viernes

                                         DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 2

Mientras tanto Margarita, desde el ascensor, habiendo visto la escena, bloqueó la puerta adivinando que el personaje estrambótico también lo usaría.

Ya dentro los tres, volvió a bloquear la puerta porque distinguió a nuestro detective, que después de abrirse paso a través de los niños, ya estaba en el corredor y se dirigía al ascensor que lo esperaba. Agradeció por la cortesía de la espera sin mirar a ambos, pero de reojo vio que ella observaba alternadamente y con disgusto, tanto al animal como a su dueño: el personaje extravagante vestido de rojo que parecía orgulloso de sí mismo.

La puerta del ascensor se cerró y con toda seguridad, debido a la sacudida del arranque, el animal, con un corto y agudo chillido se trepó de un salto al hombro de su amo, asustando a Margarita que con visible indignación le preguntó;

—¿No piensa que es una crueldad esclavizar así a ese pobre animal?

El circense no abandonó su porte risueño, todo lo contrario, además sacó pecho, y a nuestro investigador le pareció que el interpelado había sido el monito, ya que además de no saber reír, por consiguiente, muy serio como la pregunta, luego de mirarla se rascó la cabeza buscando una respuesta en el piso del ascensor, en sus paredes y en el techo. Pero respondió su dueño con una humana sonrisa.

―¡Ah...!  Supongo señora que también usted comparte las ideas de esos ingenuos idealistas protectores de animales...  Estoy seguro de que han sido ellos los que me secuestraron a Yuyu, la compañera de este que ve, Yoyo –y lo señaló con un movimiento de su cabeza.

― ¡Seguramente estará mucho mejor en manos de personas que aman a los animales, que no los explotan por intereses económicos, que no le ponen collares de hierro...! ¿No ve que son indefensos? El cautiverio no es la condición natural―   –respondió con desprecio Margarita.

―Señora, yo también amo a los animales, tal vez más que nadie, y no tengo duda de que he salvado de una muerte segura a todos los animales que trabajan conmigo...  ¡porque tienen que trabajar!, como todos. Se ganan el pan cotidiano, mejor dicho: tienen que ganarse el pan cotidiano. Cada vez hay menos selvas, o sea menos lugares adaptos para su subsistencia ya que necesitamos esos espacios y la madera de sus árboles, cada vez hay más cazadores furtivos que satisfacen la moda de poseer animales exóticos... o sus pellejos... Sí señora: este bicho tendría que agradecerme.

Dicho esto, el circense sacó de su chaqueta dos tarjetas. Una se la ofreció a nuestro detective que la aceptó curioso, pero Margarita, con un gesto de disgusto y dándose vuelta hacia la puerta, le respondió;

―¡Pero por favor! Sería lo último que haría: ir a ver animales envilecidos.

―Le agradezco su sinceridad señora –respondió el circense guardando la tarjeta rechazada, pero le hago presente que las dietas de mis animales cuestan el triple que la mía.

En el ánimo de nuestro investigador la tensión que sentía por el cauce que había tomado la pesquisa, desapareció por un instante, dándole esa satisfacción que experimentaba cuando asistía a pareceres inconciliables, la fuente inagotable de su trabajo. “Sólo me faltaría chupar un helado mientras estos dos discuten”, se dijo... pero sintió una repentina curiosidad cuando leyó la tarjeta de presentación del circense:

En el ínterin el ascensor había llegado al quinto piso y esperó, como última posibilidad, que se dirigieran a otro piso, por lo menos la mujer. Pero no; descendieron los tres, mejor dicho, los cuatro.

Ella, resueltamente, se dirigió a través del corredor.

Jürgen, luego de hacer descender de su hombro al animal, la siguió, y nuestro investigador, después de un momento de indecisión, en el cual consideró resignado que era imposible que  se dirigieran a las otras tres oficinas que ocupaban el piso:  un importador-exportador de bebidas, un depósito de legajos abandonados del Ministerio de la Justicia y una sede de la Quinta Circunscripción del Partido Comunista (casi siempre cerrada), ya que, ¿qué podrían necesitar de esas oficinas una coqueta y viciada esposa y un circense muerto de hambre y estrafalario con su mono? Efectivamente no iban a aquellas. Margarita golpeó con los nudillos el vidrio opaco de su oficina con su nombre y apellido: Enrique Schwartz.

Jürgen Schwartz y su mascota se habían detenido unos pasos más atrás.

―Parece que nos hemos puesto de acuerdo para llegar al mismo    tiempo –murmuró nuestro investigador, Enrique Schwartz, mientras abría la puerta.

Margarita se había sacado las gafas oscuras y lo miró como asombrada, con insistencia. La expresión de sus ojos   –ahora veía que eran verdes– era la misma de la fotografía: una alegría curiosa, pera esta vez intrigada.

Al contrario de Armando De La Fuente, su marido, Margarita fue directamente al grano y le alar una tarjeta en la cual se leía ¡Nicoleta Acuña!, Veterinaria. Nuestro investigador tuvo un pequeño momento de incertidumbre porque nada coincidía: la perseguida se convertía de alguna manera en perseguidora; no se llamaba como creía, y hasta consideró que no fuesen marido y mujer. Mientras ella inspeccionaba la oficina, deteniéndose especialmente en los diplomas obtenidos durante la permanencia de Enrique en la policía, le reveló que su dirección y confiabilidad se la dio una íntima amiga que había contratado tiempo atrás sus servicios (Le repitió el nombre que Enrique recordó inmediatamente), y que no lo había llamado antes por teléfono para concertar una cita porque estaba pasando por “una situación algo delicada, en la cual era aconsejable mantener la mayor reserva”.

Enrique Schwartz, como buen ex-policía y apasionado investigador, experimentaba las incertidumbres que su oficio le deparaba como retos a su sagacidad, una incitación a su curiosidad, un estímulo para poner en práctica su despreocupación y desprecio por el peligro, pero esta situación, tan ambigua como extraña, comenzó a hacerlo sentir frágil, expuesto a insidias que no había considerado. Tener en su oficina a una frívola e hipócrita mujer de la cual no sabía cuál era el nombre verdadero y junto a esta un extravagante circense vestido de rojo con un mono era casi humillante.

No habían pasado dos días desde su entrevista con el marido que lo contrató para que la siguiese, y ahora tenía frente a frente a la posible esposa infiel, con otro nombre, dispuesta por lo visto a contratar sus servicios. Se esforzó para calmarse logrando esconder su inquietud y esperó.

A todo esto, Nicoleta-Margarita había sacado una fotografía de su cartera; la observó por unos instantes durante los cuales sus ojos, siempre felices, se transformaron en dos ojos verdes resignados... casi aburridos. Luego se la pasó y le pidió “toda, pero toda la información posible” del retratado. Enrique, ya más relajado, casi riendo interiormente, creyó adivinar de quién se trataba, e imaginó todas las ventajas que obtendría simplemente por no hacer nada, ya que marido y mujer se sospechaban mutuamente, pero se equivocó: no era Armando De La Fuente el que estaba en la foto, sino un apuesto... mulato de extraños ojos claros, de tupida cabellera, físico lampiño y atlético, con coloridos pantalones cortos y en chancletas.

Primero trató de esconder su sorpresa, y luego su satisfacción porque, sea como sea, ahorraría tiempo y dinero al no seguirla ya que tenía casi toda la información de la infidelidad de Nicoleta-Margarita en esa foto.

Comenzó a hacerle preguntas generales, pero antes que nada establecer sus honorarios porque había decidido también de llevar a cabo su encargo, sabiendo que su marido, llegado el momento de ajustar las cuentas con su infiel esposa, no revelaría jamás el nombre de quien le había proporcionado los datos ya que estaba bien estipulado en el contrato.

El atrayente mulato, Javier Solano, vivía en las afueras de la ciudad, en una perrera, o   algo   por el estilo, “un terreno donde hay más animales que gente” –precisó Nicoleta-Margarita agregando;

―Este es mi número de teléfono privado –y mientras cerraba su nueva cartera, sin mirarlo y como si hablara consigo misma añadió. Si no respondo no se preocupe. Lo llamaré yo.




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