sábado

                                           DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 3

Jürgen, apenas Nicoleta-Margarita cerró la puerta, entró sin esperar que lo llamaran. Todavía el perfume de ella flotaba en el ambiente y aspirándolo el circense exclamó;

―¡Qué mujer! Sin pelos en la lengua ¡Eh! Me parece que ama sólo los animales exóticos, pero bien muertos... ¿Vio su cartera?  –y se sentó.

El monito con un salto también lo hizo, sobre el escritorio, y comenzó a observar los papeles, los libros, las paredes, el techo...

―¿No es que ensucia?  –preguntó Enrique comprobando que el ano del animal se apoyaba sobre el vidrio del escritorio.

―¡Noo! Lo bañé esta mañana... ¡Un lío! No es que le guste tanto el agua.  Se trepa por todos los lados, pero al final lo logro... Solamente para el baño es indócil...  Es muy inteligente... ¡Hace esas monerías que divierten tanto al público...! Pero últimamente, sin su Yuyu, ya no es el mismo. A veces no quiere hacer nada, está como deprimido... Veamos si logro que haga algo. Yoyo... saluda al señor como un chinito –le ordenó. El monito lo miró, emitió un leve chillido, se puso de pie y flexionando sus rodillitas se inclinó varias veces con las manitas entrecruzadas. La sonrisa de Enrique fue un resoplido debido a tal absurdidad

―No lo veo tan...  deprimido...  ¿En qué puedo servirlo...? Aunque ya me lo imagino –preguntó Enrique Schwartz buscando al mismo tiempo en su chaqueta la tarjeta que le había dado en el ascensor. Señor... Jürgen. Jürgen Schwartz.

Con ese apellido, que también era el suyo, había cuatro personas en todo el país: tres no tenían nada que ver con él y el cuarto era un lejano pariente. Le importaban pocos los parientes, además trataba de verlos lo menos posible, pero sólo por curiosidad le preguntó si tenía alguna relación con aquel último.

―¡No!  Ese no es mi apellido. Me llamo Eustaquio Pérez. Elegí ese porque es... exótico, atrae... Es casi impronunciable –respondió Jürgen transformado en un santiamén en Eustaquio. Y continuó;

―Sí. Es sobre Yuyu... Me la robaron y si no la recupero pienso que Yoyo no será jamás el mismo... Los dos hacen uno de los números con más éxito.

Enrique observó su aspecto. Esos personajes, mitad actores, mitad pordioseros lo abochornaban. Como consideraba la compasión como algo superficial e innecesario, propio de mujeres y curas, todas las actuaciones de ellos le parecían un patético, miserable intento de suplantar las virtudes que no poseían para ser verdaderos actores, con sólo adoptar una apariencia extravagante. Eran casi una absurda copia de la existencia, pues prometían maravillas que al final eran torpes intentos de malabarismos, o burdo ilusionismo, poniendo en acto situaciones ridículas y resolviéndolas con finales resabidos e insulsos, con tantos colores chillones para esconder la falta de ingenio, con tantos ruidos que querían ser música, con tantas luces que en vez de iluminar acongojaban. Una tristeza desoladora.

Miró al monito que aparentemente manipulaba algo invisible o muy pequeño. También este, igual que su dueño, lo observaba con la incertidumbre de alguien que espera algo con ansiedad.

―¿Conoce mis honorarios?  –preguntó mientras le pasaba una hoja en la cual estaban los precios por día, eventuales gastos extras, transporte, comunicaciones y un apartado en donde se establecía un extra del diez por ciento en caso de éxito de la pesquisa. Eustaquio Pérez leyó la información junto a su monito, que también miraba la hoja, y a quien le comentó por lo bajo que eran “algo saladas las tarifas”.

―Además siempre exijo un anticipo –añadió Enrique, esperando que se mandaran a mudar.

―Sí. Nos parece justo. ¿No es cierto Yoyo?  –y observó su monito. Todo sea por tu Yuyu.

Cuando se fueron, Enrique Schwartz observó el recorte de diario que le había dejado como único indicio de quién podría haberle robado su Yuyu. "Tumultuosa manifestación frente al Circo Schwartz por parte de la Sociedad Protectora de Animales",  rezaba el título. En la foto se veía una muchacha apoyada sobre un bastón, sosteniendo una pancarta en la cual se leía "Somos todos animales, pero nosotros somos más animales que ellos".

Eustaquio Pérez le había dejado varios cilindros de monedas envueltas en papel de diario junto a un montón de billetes en concepto de adelanto. Trataba de estirarlos pasándole la mano por encima, mientras llamaba a su amigo, jefe de gráficos en el diario El Día para pedirle el original de la fotografía de esa muchacha semi-inválida.

...

Necesitaba un animal para presentarse en la perrera de Javier Solano. Un perro era lo más fácil, y el de su hija sería perfecto.

Su ex-mujer lo recibió con un sobresalto cuando abrió la puerta. Continuaba a ser hermosa a pesar de que los años habían labrado leves arrugas en la extremidad de los ojos. De todas las imágenes que tenía de ella eligió esa, nueva, única, y se olvidó de las otras.   No lo hizo pasar, aunque la casa continuaba a ser de Enrique y por lo visto, para abrirle la puerta, había interrumpido una conversación telefónica rodeada de bobinas de telas, de vestidos en confección, máquinas de coser, planchas, maniquíes, perchas... en la sala que antaño había sido el común comedor.

Su hija, Patricia, se prestaba como modelo para un vestido de novia, y continuaba embelesada girando y observándose en un espejo gigantesco. La madre la sacó de su encantamiento comunicándole quién había llegado, y así, con el vestido de novia puesto, sujetando pedazos que todavía no habían sido cosidos sobre el, corriendo fue a su encuentro mientras su madre volvía a su labor.

Una vez se había ensuciado toda la cara con el chocolate que estaba bebiendo. ¿Cuántos años tenía en aquel momento? Poco más de uno. Pataleaba en su sillita, golpeaba la mesa con las palmas de sus manos enérgicamente mientras él la observaba.... y de repente esa niña le dirigió una sonrisa con la cual comenzó una camaradería que aún no había terminado y que no terminaría jamás, y ahora se probaba, para otra, un vestido de novia.

―¿Qué tal me queda? –le preguntó excitada sin saludarlo, como si su padre continuara a vivir en esa casa. Es uno de los mejores modelos que ha realizado... ¿Pero ¿qué hacés ahí parado...? ¡Ah! Seguro que no te dejó entrar... Para odiarte tanto seguro que te habrá querido también tanto. ¿O no? ¿Hasta cuándo durará esta payasada entre ustedes?

―Patricia, por favor, terminala... no entendés― –respondió su padre con verdadero fastidio.

―¡Sí que entiendo! Vos sos un egoísta insensible y ella es una testaruda sin remedio –respondió su hija con verdadera decisión.

Esa mocosa, o mejor dicho esa adolescente, verdaderamente no entendía nada... Pero ¡tenía un poder de síntesis!

―Necesito a Toby por unas horas –cortó tajante Enrique.

Patricia, luego de continuar a mirarlo fijo por unos instantes, sabiendo que sus palabras todavía se estaban decantando dentro de su padre, gritó sin darse vuelta.

―¡Elisa...! Tu ex necesita llevarse a Toby por unas horas ¿Qué hacemos? ¿Se lo prestamos? Mientras lo miraba estaba por estallar de risa.

―¡Pero que lo devuelva limpio! –contestó su madre de espaldas, continuando a controlar un pedazo de tela, con movimientos casi violentos, visiblemente molesta. ¡Que no me toque lavarlo a mí!  ¡Y que no lo haga cansar!



Toby era un galgo español que después de haber participado en innumerables carreras de esa raza, llegado a los tres años y agotado su rendimiento, había sido descartado; de consecuencia su destino era ser sacrificado. Patricia se había enterado de la suerte que les esperaban a esos animales, que años tras años eran suprimidos como en una cadena de montaje, pero al revés, logrando salvar entre tantos condenados a Toby. Elisa, su madre, se había siempre opuesto a tener un perro en su casa, pero conociendo la historia de Toby se había apiadado del animal y desde cuando llegó, abandonando su anterior y rígida oposición sin dar explicaciones, ese perro fue objeto de una atención especial de parte de madre e hija. Pero para Enrique aquel perro era el perro más taciturno, impasible, estático, mudo y apático que había visto jamás.  Por todo eso, para convencerse de que después de todo era un perro normal, cada vez que a la madrugada, con frio o calor, salía a correr sus cinco kilómetros, se lo llevaba consigo a través del parque cuando aún él y su esposa vivían juntos.

Una característica de los perros de esta raza es que se recuperan en poco tiempo luego de un esfuerzo, y trotear al lado de Enrique no era paragonable en nada a las carreras en los canódromos en las cuales, según los comentarios de su ex-dueño, alcanzaba casi los sesenta kilómetros por hora; por este motivo, cuando volvían, Toby demostraba la misma placidez, indiferencia y lentitud con la cual había salido, pero inevitablemente con las patas embarradas mientras Enrique jadeaba. Esto bastaba para que Elisa, luego de reprochar a su marido, lo bañara inmediatamente con champú, agua tibia y al final, con una sucesión de consideraciones lastimosas sobre su fragilidad debido a su ¡delgadez! y a su pelo corto, cuidadosamente lo secaba con toalla, bien ventilado con un secador, rito al cual Toby se sometía sin demostrar ningún tipo de emoción, rígido como una estatua.

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