lunes

                                               DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 4 

Toby se había echado en los asientos posteriores de su auto, adoptando esa única postura con la cual lo recordaba: en su casa, tendido sobre la alfombra con toda la quijada sobre esa, inmóvil. Ya en marcha modificó la posición del espejo retrovisor para verlo mejor. Esta vez la cabeza la apoyaba sobre la tapicería de los asientos, pero siempre parpadeando de vez en cuando, como si esperara algo inevitable, o conocido, sin ningún tipo de ansiedad que le permitía, aparentemente, dormir a intervalos. Esa posición pasiva del animal que daba lástima, le trajo la imagen de la semi-invalida de la sociedad protectora de animales, y no pudo contener un impulso de risa por lo absurdo de tal asociación de ideas al pensar que una, que apenas podía moverse, se preocupara por animales que, como Toby, no ofrecían ninguna resistencia a su destino, así fuera andar al matadero o acompañar como cómplice a un detective dentro de un auto. Continuarían a morir cientos, miles de esos perros y tantos otros.... Patricia, su hija, sólo había podido salvar a uno... Eustaquio Pérez quería recuperar su monita... Armando De La Fuente, con su paranoia había adivinado la infidelidad de su mujer, amante de carteras de cocodrilos como también de perros, aves exóticas y mulatos... y Margarita (o Nicoleta Acuña), a su vez se sentía humillada por un seco pero apuesto mulato... su mujer creaba vestidos de novia sin tener aparentemente ninguna necesidad de él... su hija confiaba en él... ¡burlándose! Detuvo el auto. Con la frenada Toby alzó el cogote. Se miraron. Por primera vez prestó atención a los ojos de un perro, su cristalino, su pupila, su diafragma, a ese brillar debido a la humidificación continua como en los suyos.   Estaba por decir estúpido, pero se corrigió diciéndole;  ¡Qué animal extraño que sos! 

Para llegar hasta la perrera de Javier tuvo que salir de la ruta principal doblando hacia la derecha, encarar una calle de tierra polvorienta llena de baches y cunetas que sacaron a Toby de su despreocupado abandono. La calle terminaba justo delante del portón de entrada, que estaba abierto, pero continuaba por lo menos cien metros más allá para finalmente detenerse frente a un galpón de chapas onduladas extrañamente alto: se parecía más a un hangar que a un lugar destinado a animales.

Por lo visto las oficinas de la Perrera Amistad, que estaban a su derecha, era ese largo edificio de madera pintado de blanco, elevado del suelo por los menos de medio metro gracias a robustas estacas de madera debajo. La construcción era una sucesión de puertas y ventanas, flanqueadas por una galería, también cubierta por el techo de chapas a dos aguas, en su mayor parte oxidadas. Le pareció absurdo que estuviera elevada, porque esa zona no estaba sujeta a inundaciones, así que supuso que de esa manera los animales encontraban una sombra fresca en los días de verano debajo de esas habitaciones. A su izquierda, y de frente a las oficinas, se extendía un cercado rectangular de alambre tejido, con tantos recintos y correspondientes cuchas en cada uno y que terminaba más allá del “hangar”.  El mulato, que no lo miró desde cuando entró, continuaba a tratar de enseñarle a un cachorro a sentarse. Por lo visto ya lo había conseguido, pero igualmente insistía dándole un bocado que el animal tragaba goloso cada vez que se sentaba. El maestro y alumno estaban rodeados de tantos otros perros, pocos de raza pura, tantos mestizos, y los había aún más que vagaban despreocupados. Viendo entrar a Enrique y Toby los únicos que se dirigieron a su encuentro, ladrando y muy excitados, fueron en su mayoría los de talla pequeña. Los más grandes lo hicieron luego, sin ningún apuro, y como no podía ser de otra manera el objeto de tal excitación no era el extraño que entraba, sino sólo Toby, a quien ladraban sonoramente. Este, mientras tanto, con esa flema aristocrática innata no había cambiado para nada su actitud y continuaba a caminar cansino, sujetado a su correa. Cuando llegaron a pocos metros del maestro y alumno, la jauría vociferante ya se había calmado.

Javier Solano, el mulato, se agachó para observar mejor a Toby, respondiendo al saludo, pero no así a la pregunta de Enrique. Le revisó los dientes, los ojos, las orejas, palpó el vientre y las patas del animal.

―A esta edad ya no pueden aprender nada –respondió finalmente. Lo ha salvado del matadero... ¿No es cierto? ¡Qué crueldad!  

Luego miró con atención a Enrique, y este tuvo la certeza de que Javier había comenzado a dudar de que ese tipo que tenía enfrente con un galgo, de casi un metro ochenta, de vientre voluminoso, ancho de espaldas, de voz ronca, rostro oscuro, manos grandes y bien cuidadas hubiese salvado a ese animal.

―No es mío. Es de mi hija –contestó Enrique.

Javier Solano comenzó a enumerar los otros servicios que prestaba, además del adiestramiento, ya que daba por descontado que Toby, debido a la edad, pudiera aprender algo, pero agregando al final que lo intentaría si se lo dejaba unos días. Luego se quedaron en silencio por unos instantes, durante los cuales Enrique registró todo lo que veía: el galpón hangar, las oficinas, el recinto, la camioneta gris, cuando de repente sintió exclamar a Javier;     ―¡Sentado!  y Toby obedeció. La sorpresa de que el animal obedeciera a Javier lo distrajo por unos segundos, y por ese motivo no alcanzó a ver quién había arrojado, desde la última puerta de las oficinas, un balde de agua sobre la calle de tierra. Dejó transcurrir unos instantes mientras fingía de escuchar a Javier para luego preguntarle si podía pasar al baño.

―Al final de la galería a la derecha –contestó el mulato.

Subió la escalera crujiente que llevaba a la galería y comenzó a caminar en ella. Todas las ventanas estaban abiertas, y en la antepenúltima alcanzó a ver fugazmente el perfil de una mujer con el pelo recogido en una coleta que, sentada, estaba escribiendo en su ordenador. Fue un instante, porque en ese momento ella se giró hacia su derecha para copiar lo que estaba escribiendo sin prestarle la más mínima atención. Él continuó a caminar, y al final de la galería, a través de la puerta desde la cual alguien había arrojado el agua, vio a una señora baja de estatura, regordete, de cabello renegrido, en delantal, que enérgicamente lavaba cacharros, mientras que sobre una hornalla algo parecido a una olla de grandes dimensiones humeaba. Llegado hasta el baño en el se encerró  y estuvo por unos minutos, en pie, apoyado a la pared de madera después de haber revisado el botiquín, en el cual solo había artículos de higiene masculina.

Volvió sobre sus pasos, saludó a la señora regordete que ahora revolvía con un cucharón dentro de esa especie de marmita, y pasando por la ventana que le interesaba comprobó que ya no había nadie. Tampoco en las demás ventanas abiertas vio persona alguna. Descendió nuevamente la escalera tratando de adivinar dónde se podía encontrar la muchacha del ordenador y llegó hasta el mulato, siempre mirando distraído a su alrededor. Sólo le quedaba el galpón, pero decidió encarar otra estrategia. Ya de frente a él, y antes de despedirse, prometió de considerar los consejos de Javier Solano y se comprometió a llamarlo en caso de que su hija estuviese de acuerdo en dejarle el animal. Y se marchó acomodando sus pasos a los de Toby.



Al día siguiente, apostado dentro de su auto a no más de cien metros del cruce de la calle de la perrera y la ruta principal, luego de una hora de espera vio salir la camioneta de la Perrera Amistad. También él se puso en marcha. Luego de algunos minutos de seguimiento consideró que la camioneta gris continuaría en esa dirección por bastante tiempo... lo suficiente para pensar en otra cosa.

...

El día anterior había vuelto a su casa para devolver a Toby, y su ex-mujer, con las manos ocupadas esta vez con telas y alfileres, volvió a abrirle la puerta.

―No lo he cansado... y tiene las patas limpias  –se excusó inmediatamente. Elisa se agachó, feliz de ver de nuevo a su Toby quien respondió al  efusivo recibimiento de su patrona con su habitual desinterés. Aferró la correa y lo arrastró del otro lado del umbral de la puerta, en su terreno, dentro de su casa, y ahí se quedó, inmóvil, observando a su ex marido. Pasaron unos segundos en los cuales Enrique se sentía cada vez más inadecuado porque no encontraba palabras, mientras que la mirada de Elisa, sin cambiar de intensidad, no esperaba otra cosa que él se marchara.

―¿Puedo entrar? Después de todo también es mi casa –se animó a decir.

―También es la mía... ¿Y para qué querés entrar?

La rigidez emocional de Elisa, que se había acentuado después de la separación, en el fondo, lo divertía. Ella desde siempre se había comportado de esa manera; con una intransigencia de vieja abuela, de hermana mayor, de esposa prudente: una especie de conservadurismo femenino que por ser tal, al final  se resolvía siempre a regañadientes con la aceptación de una situación, persona, cosa o idea. Pero últimamente Enrique comprobaba que la actitud hacia él no cambiaba, y esto lo desalentaba porque no quería perderla. Por lo visto la separación la había fortalecida... mucho más  que a él.

―Bueno, entonces si no me ofrecés un café ¿qué te parece si el sábado que viene te invito a cenar?

Toby, después de dar una vuelta sobre sí mismo, se sentó al lado de su patrona, y con su mirada impersonal parecía que apoyaría incondicionalmente lo que estaba por decir su dueña, que fingiendo hastío, aburrimiento y rabia contenida contestó;

―¡Pero vos no querés... o no podés entender que..!  –y a ese “podés” le dio la entonación de un no poder por una tara congénita... y se detuvo ahí porque sabía que Enrique conocía lo que estaba por reprocharle y que a ella le causaba, más que dolor, humillación: la infidelidad de su marido cuatro años atrás.

No podía odiar a esa mujer que había amado desde un primer momento porque era algo casi fisiológico. Cada vez que surgían estas u otras discusiones con buenos motivos para odiarla, como en este caso donde ponía en duda su capacidad de querer o  poder entender, un desánimo lo invadía. Ahora tenía toda la razón del mundo: la había traicionado... pero en cualquier otra situación le sucedía lo mismo, una especie de dependencia de ella lo desarmaba, por eso, al observarlo echado a los pies de su ama, un acceso de furia dirigida a Toby lo embistió, porque le pareció que el animal, con su plácida y estúpida mirada, le decía “ella tiene razón, hermano”.

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