jueves

                               DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 5

Había ya puesto en marcha el auto para irse, pero tuvo que detenerse porque Patricia lo estaba alcanzado. Bajó la ventanilla y su malhumor se disipó al ver el rostro sonriente de su hija.

―¿Y, inspector Columbo? ¿Qué pasó? ¿Afloja o no?  Y se largó a reír.
.......

La camioneta gris se detuvo en los estacionamientos de un supermercado. Javier bajó, dio la vuelta, abrió la puerta del acompañante y ayudó a bajar a la mujer que había hecho el viaje con él. A Enrique, que  estacionó inmediatamente después del ingreso, lo suficientemente lejos como para que no sospecharan, ya lista su máquina fotográfica, esa gentileza le pareció inaudita, pero comprendió inmediatamente el motivo, ya que la mujer que descendió tomó un bastón que había quedado dentro del auto. Enrique reconoció a la muchacha que había visto en las oficinas de la perrera, por el pelo recogido, pero ahora que se había dado vuelta, a través del teleobjetivo, pudo comprobar que era la semi-inválida de la sociedad protectora de animales, fotografiada en la manifestación frente al circo de Eustaquio Pérez. Continuó a disparar fotos con esa ligereza de ánimo debido al estupor que causan las coincidencias favorables.



Con las fotos sobre su escritorio ya reveladas, se dispuso a elegir aquellas más comprometedoras para mostrárselas a Nicoleta Acuña.  Mientras escogía aquellas tres fotos en la cuales el rostro de la semi-inválida era nítido, marcó el número de teléfono de Elisa, pero volvió a colgar porque sabía que no respondería. En la primera foto seleccionada la mirada recíproca de los dos, y en la segunda y tercera el beso que iniciaba y terminaba Javier. Con las otras se entretuvo recorriéndolas como en una historieta. La primera era aquella en donde él la ayudaba a bajar del auto... y ya en el fondo, fuera de foco, la silueta de una mujer que por lo visto había reconocido a la pareja. En las siguientes, como en los recuadros de celuloide de una película, se veía el movimiento de Javier que se agachaba para anudarle un cordón de los zapatos a la semi-inválida; luego, ya en pie, la imagen nítida de aquella otra mujer, fuera de foco en las anteriores, que se había acercado y ahora sólo reconocía a Javier. Luego, en las fotos siguientes, la atención exclusiva de la recién llegada hacia el muchacho; sus gestos ampulosos con absoluta indiferencia por la presencia de la semi-inválida y el inevitable gesto serio y el bochorno de Javier. Después el saludo de despedida de la intrusa y los posteriores intentos del muchacho mientras caminaban de espaldas para recomponer  la situación.

...

Armando De La Fuente lo esperaba en pie, detrás de su escritorio, con los puños apoyados sobre el vidrio.  Había apenas terminado de dar disposiciones a su secretaria que ya se iba, con frases cortas y secas: “mañana, a primera hora, sin falta”. “Comuníquelo a quien corresponda”.

Era un hombre de estatura más bien baja; no llegaría al metro setenta, con una voz agradable, casi aguda y con un visible esfuerzo para contener su estado de híper actividad. Su rostro, que hasta ese momento no mostraba ninguna señal de tensión, viendo aproximarse a Enrique no pudo disimular una mueca de desconfianza ni una rigidez del cuerpo casi instantánea. No lo miraba de frente, lo hacía casi de costado.

Enrique, en el momento de entregarle la foto del mulato, sintió que ahora lo observaba con el odio de alguien a quien se le había obligado a compartir una humillación. Mientras su cliente la observaba, se convenció de que no se había equivocado al apostar que le habría bastado sólo mostrarle esa con el supuesto amante de su Margarita-Nicoleta, y que ella misma le había dado. Estaba seguro de que no necesitaba otras pruebas más contundentes, como podrían haber sido las fotos de los dos juntos.  Si se las hubiera pedido le habría respondido que tendría que esperar, pero no tenía duda de que era un caso terminado (rápido y provechoso) porque su cliente, después de observar la foto y luego memorizar la dirección de la perrera se dijo a sí mismo “no me equivoqué, no me equivoco nunca”, y sin mirarlo, con una voz que cambió de tono y registro para esconder su humillación  transformándola en un susurro impersonal,  le dijo  que el cheque por sus servicios se lo confeccionaría su secretaria.

Dirigiéndose al ascensor con la paga en el bolsillo, observó todos los objetos que dejaba atrás: eran fríos los cuadros de arte figurativo, los muebles, los pomos de las puertas, las ventanas luminosas, las revistas brillantes para la espera, las alfombras mullidas. Todos rígidos, valiosos, muy atrayentes, muy perfumados y sobre todo muy asépticos; como la luz blanquísima de las lámparas y la secretaria monísima.



A Margarita-Nicoleta la llamó casi al mediodía y por la voz la había despertado: en media hora estaría con él.

Entró en su oficina con otra cartera, por lo visto de piel de boa y con otro perfume. Miró las fotos y exclamó incrédula, “pero... ¡es renga!”, y volvió a observarlas con mayor atención: ¡Renga!, –añadió escandalizada buscando confirmación en el rostro de Enrique.

―Así parece –contestó este.

Escribió la cifra, lo firmó y se lo entregó, dejándolo en un estado de molesta sensación. Juntó los cheques de marido y mujer y los alzó para observarlos sin ningún motivo, como si fueran transparentes. Luego se levantó, buscó la fotografía en la cual Javier anudaba el cordón del zapato de la semi- inválida, y del olvido trajo el mismo gesto que había cumplido tantos años atrás con Elisa, y pensó que recuperar la monita sería mucho más noble.



El portón de la perrera, como siempre, estaba abierto y varios perros vinieron a olfatearlo: por lo visto en él aun persistía el olor de Toby. Alguien en el galpón hizo que la puerta quedara semi abierta y hacía él se dirigió. No tenía ningún apuro. Pasando saludó a la señora regordete que continuaba a lavar cacharros, quien lo miró como si lo hubiera visto pasar siempre a esa hora. No tuvo que abrir del todo la puerta del galpón porque pasaba tranquilamente, sin hacer ruido, pero maldijo cuando comprobó que estaba pisando barro y bosta de animales.

La parejita estaba de espaldas; él, semi agachado, tratando de medicar la pata de un burro, en tanto que ella aferraba el bozal. El animal hizo un movimiento brusco.

―¡Qué no se mueva, Helena!  –exclamó Javier, inmovilizándose por unos segundos para luego continuar con la cura.

El fondo del galpón era una gran abertura, a través del cual se veía otro recinto rectangular de alambre tejido del ancho del galpón. En él pastaban otros burros, caballos, cebras, que por el aspecto eran todos viejos.  Probablemente cuando fue construido ese ambiente de chapas, con esas medidas tan grandes, sobre todo en altura, había sido para darle otra destinación que desconocía, y no para cobijar animales, salvo esa jirafa que se acercaba lentamente hacia ellos. También había jaulas dentro de las cuales inmóviles boas y camaleones con sus miradas reducían todo a una atemporal quietud amenazadora,  y en una de esas otras jaulas alcanzó a divisar a Yuyu: no tuvo dudas porque era el único monito idéntico a Yoyo.

La jirafa había sacado de su concentración   a Helena, que descubrió a Enrique con evidente asombro.

―¿Qué hace usted aquí?  ¡Es una propiedad privada! ¿Cómo hizo para entrar? –exclamó Helena.

Javier, que reconoció al hombre del galgo, con tranquilidad reprochó a su amiga.

―¡Qué decís Helena!... ¡Si está todo abierto!  Es un lugar público... además lo conozco ¿Qué ha decidido... señor..? Ah sí... Schwartz.

―¡¿Schwartz?!  –repitió alarmada Helena. ¿Es pariente  del...?

―No tengo ningún parentesco con ese personaje, pero ustedes tienen algo que es de su propiedad.   

En ese momento la puerta se abrió totalmente haciendo que la luz diurna hiciese más nítido todo el ambiente.

Ya habíamos dicho que Enrique consideraba que Eustaquio Pérez con sus atuendos chillones, su porte histriónico, extravagante, escondía junto a tantas otras cosas ―como ser la falta de originalidad―, la ridiculez; pero comprobó que el ridículo no estaba solo en esos personajes de los circos itinerantes, sino también en las personas que de ambiciones artísticas estaban desprovistas, pero que pertenecían a otro tipo de circo: el cotidiano. Eran más refinadas, elegantes, con una cultura aparentemente elevada, pero que en vez de vestir ropas coloradísimas y exóticas vestían de acuerdo a los dictados de la moda. Toda esa escena era tan ridícula, con monos, jirafas, burros, semi-inválidas, mestizos apuestos y una mujer que no lo perdonaba... y él que al improviso había decidido de recuperar una monita.

Margarita-Nicoleta, con su nuevo vestido, su nueva cartera, sus nuevas gafas, observando que sus nuevos zapatos (¿de qué piel de animales eran esta vez?)  comenzaban a hundirse en la tierra y en los excrementos de los animales del galpón, se detuvo evidentemente escandalizada:  quería llegar hasta Javier, pero sus celos, o amor, o vanidad herida se habían empantanado.

―¡Elizabeta! –exclamó Javier mientras que a Enrique el nuevo nombre de Nicoleta no le causó ningún asombro: sólo se preguntó cuál sería el verdadero. Javier continuó:  ¿Qué hacés acá?

―¡Otra de tus amigas! ―exclamó con desprecio Helena.

Margarita-Nicoleta-Elizabeta se acomodó las gafas y trataba de lloriquear, pero sus cualidades artísticas no llegaban a tanto, por lo que solo logró decir con tono dramático;

―¡Quería verlo con mis propios ojos..! ¡Y también a esa... renga! –agregó señalando a Helena.

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