viernes

                                         DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS - FIN

La jirafa, mientras tanto, había comenzado a avanzar, vaya a saber por qué en dirección de Margarita-Nicoleta-Elizabeta,  y su largo cogote comenzó a descender hacia ella.

―¿Muerde?  –preguntó horrorizada.  ¡Decíle que se vaya! Estaba por perder el equilibrio con tal de que el animal no la tocara.

Enrique fue el único que sintió un auto detenerse bruscamente y cerrar de la misma manera su puerta porque, entre la jirafa que pacíficamente investigaba, el desconcierto de Javier, el enojo de Helena y el honor embarrado de Margarita-Nicoleta-Elizabeta no habían podido escucharlo.

“Estamos todos”   –pensó nuestro detective sabiendo quién era. Si algo le faltaba a la escena era la amenaza  de Armando De La Fuente... pero podía ser  el único que lograría transformar una comedia en una tragedia. El viejo instinto de Enrique le hizo abandonar su resignación divertida, y por eso se palpó el arma, y esperó.

Armando De La Fuente entró con una pistola en la mano y se dirigió directamente hacia su Margarita.

―¿Qué piensa hacer con esa arma?  –gritó Enrique. Mejor que la guarde.

―¡Usted no se meta!  Ya ha hecho su trabajo, y lo que yo haga  no le importa.

La sorpresa de Margarita se transformó en rabia al enterarse de que su marido y el investigador se conocían. Hubiera querido saltar y comenzar a los carterazos contra Enrique, pero no estaba a su alcance, además el barro y los excrementos, mejor dicho, el temor de ensuciar sus zapatos no se lo permitían, así que no tuvo más remedio que largar puñetazos a su marido que se había atrevido a aferrarla del brazo. Chillidos, insultos y carterazos continuaron a alternarse por unos instantes, mientras que la mano armada de Armando De la Fuente, tratando de defenderse, se meneaba de aquí para allá, dándole a Enrique el temor de que se le escapara un tiro.

Margarita trataba de golpearlo al mismo tiempo que intentaba  zafarse del barro. Gritaba tanto por el disgusto de la presencia de su marido pero más que nada por sus zapatos;

―¡Imbécil! ¡Idiota!

Debido a su baja estatura, el marido trataba de parar los golpes que le caían desde lo alto, y el tono de su voz había perdido la seguridad y agresividad de cuando entró: ahora le suplicaba con palabras entrecortadas, se disculpaba al mismo tiempo que trataba de evitar los golpes.

Observándolos otra vez lo invadió el mismo bochorno que sentía viendo a esos personajes como Eustaquio Pérez que trataban de hacer reír en manera lastimosa.  El bochorno se transformó en aburrimiento, luego en disgusto, entonces con desprecio, casi con desgano sacó su arma y disparó. Primero hacia el suelo, a poca distancia de los pies de él y de ella, salpicando los vestidos de ambos, luego, viendo que había logrado detenerlos, disparó hacia el techo del galpón para llamar aún más la atención, incluida la de la jirafa que pegó un salto hacia atrás.

―¿Va a usar esa arma o no?  –preguntó, y volvió a disparar a los pies.

―¿Sí o no?  –y  disparó nuevamente, esta vez mucho más cerca que el anterior.

Margarita-Nicoleta-Elizabeta, con el terror grabado en los  ojos, despeinada y salpicada huyó primero con los zapatos embadurnados.

El marido se estaba recuperando de su agitación, y mientras miraba con desconfianza a Enrique se golpeó el muslo con su arma, sin saber qué hacer, pero viendo que el detective tiraba hacia atrás el pestillo de la suya, lentamente retrocedió hacia la puerta y desapareció.

Enrique respiró profundamente, se dio vuelta y continuó hablando con Javier.

―Bueno.  ¿Dónde habíamos quedado..? Ah sí. Ustedes tienen algo que tengo que devolver a su legítimo dueño.



Detuvo el auto y descendió con Yuyu que lo acompañaba por medio de una correa y un collar de metal. Pidió un helado en medio de la algarabía de los chicos que obligaron al animal a treparse al hombro de Enrique en busca de seguridad, y desde ahí  miraba esa tribu de bípedos que no eran tan tímidos como ella. Enrique estuvo a punto de desalojarla porque se sintió... ridículo, pero no hizo absolutamente nada. Ya dentro del auto los lengüetazos que daba él eran groseramente sonoros y prolongados, en comparación con los delicados lamidos que Yuyu daba al dedo índice de su nuevo amigo, lleno de la golosina.



Patricia, al verlos dentro del auto, se desencadenó en una risa casi histérica, y luego de establecer los primeros contactos con el animal, hechos de chasquidos con los dedos y la boca, caricias precavidas primero y después efusivas, comprobando que era un manso animal, se lo llevó para presentársela a Toby.

Enrique, mientras esperaba a su ex-mujer en el umbral de la puerta, observaba a Toby. Verdaderamente era un perro peculiar, porque sólo se limitó a mirar a Yuyu con majestuosidad, olfateándola de lejos, sin un gesto de excitación o nerviosismo por esa plebeya recién llegada.



Elisa, esta vez con un metro de sastre colgado de su cuello, transformó su desconfiada y rígida mirada hacia Enrique en incredulidad al distinguir a Yuyu.

—¿Y ese animal? –preguntó.

Enrique no alcanzó a contestar porque ella, ¡abandonando su puesto de guardia, o sea la puerta infranqueable!, se dirigió resueltamente hacia los animales.

―¿Quién le puso ese collar? ¡Qué crueldad! –y se dispuso a desabrocharlo.

―Se puede escapar  –protestó Enrique.

―¡Si hubiera querido escapar ya lo habría hecho..! Con o sin collar... Como ciertas personas –agregó sin mirarlo.

Enrique se acercó al grupo cabizbajo.

―Hay un circo de mala muerte en el parque de la ciudad. Sólo enanos, payasos y esta monita con su compañero. Creo que lo único bueno son los panchos, la cerveza y el pochoclo ¿Quieren venir?  –preguntó ese hombre de casi un metro ochenta, consciente de lo ridículo de su propuesta, con las manos en los bolsillos de su pantalón.

―¡Oh Dios mío! –exclamó su hija. Lo que me toca sentir. Vamos chicos –dijo dirigiéndose a las mascotas–, estos animalitos tienen que hablar. Y se alejó con los bichos.

Elisa y Enrique miraron al mismo tiempo la puerta de la casa: ¡todavía estaba peligrosamente desguarnecida! y hacia ella Elisa se encaminó con decisión   seguida de Enrique. El paso de Elisa, de repente, se había hecho lento, pensativo: algo la disturbaba. Antes de llegar se dio vuelta y le preguntó si se sentía bien.

―Jamás estuve mejor― –respondió su ex-marido sacando inmediatamente las manos de los bolsillos, listo para una rendición incondicional.  

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