martes

                                           DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 

La fotografía daba vueltas en su mano mientras esperaba que saliera. Hacía más de una hora que había entrado en ese negocio de zapatos y carteras y por lo visto, de acuerdo a sus gestos que podía ver a través de la vidriera, sus desplazamientos indecisos y los diálogos que se imaginaba tendría para rato.  

La mujer en la fotografía en blanco y negro que sonreía al lado de su marido era una de las tantas mujeres que esposos desconfiados le encomendaban investigar. Volvió a mirarla comprobando una vez más que la infidelidad, si tenía algo en común en todos los casos que recordaba, era que todas ellas no eran de una belleza extraordinaria como en las películas. Y esta nueva clienta tampoco escapaba de su clasificación, producto de años de experiencia como investigador privado; pero era hermosa a su manera.

Su cráneo era más bien redondo, como si algunos de sus lejanos antepasados hubiera sido un habitante de las estepas mongolas. Su peinado era el resultado de haber tirado con energía hacia atrás sus cabellos negros y brillantes. Sus pómulos eran notorios, de una piel pálida, casi blanca. Sus ojos de un color oscuro tendían a ser estrechos y alargados, y con una boca más bien ancha, de labios finos.  Por todos esos aspectos casi rústicos, fuera del prototipo de las bellezas claras, de rostros ovalados y marcadamente simétricos, es que tenía ese aspecto, según él, de mujer desconfiada y enérgica, segura de sí, mientras miraba ansiosa al objetivo, como si supiera de su unicidad estética y racial.

La dio vuelta otra vez para controlar la fecha en el dorso que, con la facilidad que tienen los ex policías, ya había memorizado: desde entonces habían pasado... cinco años... tres meses y.… dos días. Era uno de los pocos casos de matrimonio con el menor tiempo transcurrido desde el inicio de la convivencia hasta la sufrida denuncia del marido.

Por lo visto esa pareja, al inicio, además de ser felices sentados sobre un sillón rodeados de dos perros, un gato y un papagayo, mostraba a la cámara una peculiaridad en el trato, una manera de estar juntos que tal vez se había trasladado a la vida cotidiana: ella con su mano derecha apoyada en el hombro derecho de su marido, como queriéndolo atraer hacía su cuerpo, mientras que con la izquierda señalaba y miraba el objetivo de la máquina fotográfica. Él, que riendo trataba de oponerse, como pidiéndole que no lo sometiera a algo que lo divertía, pero a lo cual no quería dar su consentimiento, mientras que el gato, acurrucado encima del respaldo, controlaba a los pekineses que querían alcanzarlo. Después, el tiempo, había hecho el resto: de la felicidad a la sospecha. Pero era extraño el lenguaje de la foto, porque mirando al marido en esa actitud que se podría definir de sometimiento, era imposible no compararlo con la actitud que había demostrado en la primera reunión: un tipo poco paciente, imperioso, casi mal educado.

Cuando éste lo llamó y le pidió que fuese a su empresa, en la entrevista hizo lo que siempre hacía en estos casos. Después de presentarse lo dejó hablar, sin interrumpirlo, a no ser que para pedir aclaraciones. Fue entonces que le entregó esa fotografía. Nuestro detective la observó por un instante, y le preguntó si no tenía otra en donde, si era posible, estuviera ella sola y de busto entero, ya que, finalizada la pesquisa, andaban a parar en un archivo donde sólo había ese tipo de fotos.  Era un detective metódico, y gatos, perros y loros no quedaban bien en su galería de casos terminados.

El marido, con evidente irritación, luego de escuchar el pedido de una nueva foto, le respondió que sí, que tenía, ¡y tantas!, pero no daban toda la información sobre ella. En esta foto (recordó el índice extendido y rígido junto al énfasis del pronombre pronunciado después de entregársela), se pueden ver sus rasgos sin ninguna dificultad, pero además da información precisa sobre toda su... personalidad.

Y no insistió, porque primero constató que no cedería en su obstinación, ya que lo miraba desafiante, y segundo, que esa personalidad, (que a él no le interesaba, y además no entendía cómo la personalidad de una mujer podía verse en la imagen bidimensional de una foto) no disminuía para nada la calidad gráfica de los rasgos de esa mujer. Después de todo era una foto muy nítida. Bastaba solo ampliarla si era necesario y evitar entredichos.  Y continuó a escuchar a Armando De La Fuente, el marido presuntamente traicionado, que imprevistamente comenzó a ilustrarlo de cómo, tantos años atrás su abuelo paterno había empezado, con tanto sacrificio a poner en pie “mi” empresa (Tenía una muy personal concepción del tiempo y de la propiedad, ya que la daba por suya antes de nacer). Cuántos obstáculos tuvo que afrontar, cuántas noches insomnes, cuántas insidias, cuanta envidia e incomprensión etc. etc. y veladamente, entre una consideración y la otra, como cosa circunstancial y casi marginal había dejado entrever la infidelidad de su Margarita.

―¿Tiene alguna pista concreta? –preguntó el detective.

El marido tuvo un sobresalto que arrojó su cuerpo hacia el respaldo de su sillón, y en su mirada, además de la sospecha de que no era el investigador adapto, tomó forma la idea de un obstáculo que no había tenido en cuenta... porque simplemente para él no existía: su mujer lo traicionaba.

―¡Para eso lo he contratado..! ¡Para que las encuentre!― –contestó perentorio.

Se notaba que tal infidelidad lo hundía en una situación bochornosa que no había calculado, y que encima lo había llevado a la humillación de tener que dirigirse a un investigador, a quien, aunque ínfimos, tendría que proporcionarle datos. Toda su vida había sido una cuidadosa selección de momentos y personas para continuar en las hormas de su abuelo, y ahí estaba el resultado: una empresa pujante, eficiente y moderna... pero por lo visto su Margarita no entraba en esa cuidadosa selección. Con su posible infidelidad trastornaba su ánimo, especialmente su mirada. La sospecha, más que los celos, había comenzado a roer su realidad que no podía ser que indestructible.

―Sólo quiero pruebas como pueden ser fotos... grabaciones... diálogos. Usted me entiende –agregó mientras lo miraba y se levantaba poniendo fin a la entrevista.  

“Esta vida es una inagotable fuente creadora de posibilidades –se dijo mientras continuaba a juguetear con la foto. Cualquier manifestación del ánimo del hombre no hace otra cosa que crear un mercado.  Los criminales son abastecidos por un interminable y rentable mercado de armas, (¿o habrá sido al revés?).  ¿Y el erotismo? Ni hablar. El narcisismo, la piedad, la compasión... Todos tienen un mercado, y en mi caso específico la infidelidad:  los cuernos”. Y no pudo no repasar, aunque por un instante todo lo sucedido con su esposa.

Unos golpecitos en la ventanilla opuesta lo sobresaltaron.

Era un vagabundo, con la piel de la cara áspera, porosa y oscura, tal vez por la suciedad de meses sin lavarse, o por vivir continuamente al aire libre, o sencillamente por las dos. Extendía la palma de la mano pidiendo una limosna del otro lado del vidrio. No tuvo el tiempo de hacerle señas de que se marchase, porque de repente el pedigüeño se enderezó y se tocó los genitales, mientras que con la otra mano se persignaba. El motivo de tal gesto era que por la calle comenzaba lentamente a pasar un cortejo fúnebre. “También los muertos crean mercado” –añadió mientras observaba la fila de autos negros. “¿Y los vagabundos?”   Éste ya se alejaba con pequeños pasos, casi saltando, soportando una espalda curva dentro de raídos vestidos. Trataba de saber qué tipo de mercado podrían crear estos cuando Margarita salió del negocio con su nueva cartera de cocodrilo. Se detuvo para observarse en el reflejo confuso de la vidriera y comenzó a caminar. Su marido, en la entrevista, también le había dicho que su Margarita amaba todo tipo de animales vivos, siempre y cuando fuesen de raza y con colores exóticos, y a los muertos, por su utilidad, aquellos feroces y repugnantes, como el cocodrilo y la boa, que según ella no había tantos en comercio. Del cuero de vaca no quería ni sentir hablar. Nuestro investigador, luego de descender y cerrar su auto, se puso en marcha, a una cierta distancia, sin apuro. Ella, que no había dejado de detenerse en cada vidriera de prendas femeninas, en un cierto momento consultó su reloj, y de ahí en adelante no se detuvo. Fueron más de veinte minutos a paso veloz en una dirección que comenzó a serle familiar a nuestro investigador, pues llevaba directamente a su barrio: a la calle en donde estaba su oficina. A medida que se acercaban a esta última crecía en él la sospecha, infundada, por cierto, de que ella se dirigiera hacia su despacho. Alarmado se preguntó cómo podía ser, pero se impuso tranquilizarse ya que era una idea descabellada pensar que lo hubiera descubierto. Era el primer día de vigilancia y estaba seguro de que no se había dado cuenta de su presencia. ¡Pero sus pasos iban derechito a su estudio!  Dobló la esquina, miró la numeración y se dio cuenta de que los impares estaban en la vereda opuesta. Antes de cruzar controló el tráfico en ambos sentidos, y cuando lo hizo en la dirección en donde estaba nuestro detective, este no tuvo más remedio que fingir que también él miraba una vidriera. Margarita cruzó la calle con su vestido rosado, su nueva cartera y sus gafas negras. Caminó mirando la numeración, se detuvo delante del doscientos treinta y siete, que también era la del detective, miró los nombres de los residentes y luego entró. Esto lo alarmó aún más, pero en ningún momento contempló la posibilidad de no subir a sus oficinas: todo lo contrario; la curiosidad comenzó a excitarlo porque sabía que no había cometido ningún error.
Detrás de ella también estaba por introducirse un extravagante personaje vestido con un frac rojo, una galera del mismo color y un monito que caminaba a su lado, sujetado con un collar metálico y una cadena, pero antes de entrar se dio vuelta, porque lo seguían varias madres con sus niños que excitados señalaban el animal al cual no se atrevían a acercarse. Se sacó la galera, distribuyó tarjetas de presentación y saludó ceremoniosamente, obligando a su mascota a hacer lo mismo.

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