domingo

                                                           El Centro Social

Hasta el gato demostraba pertenecer a ese centro social; de un color indefinido, entre el negro y el gris, pelaje hirsuto y descuidado, evidentemente sin dueño, tajos en sus orejas, resultado de peleas por la sobrevivencia y claros con pocos pelos, como si fuera sarna, sin nadie que se ocupara de él, un vagabundo, en definitiva. Cada tanto aparecía en el portón de entrada en busca de piernas para refregarse, y no obstante su aspecto salvaje se dejaba acariciar, hasta un cierto punto; luego desaparecía para escapar a la cocina en donde siempre había algo de comer.

Nada que ver con Evaristo, que cuando llegó vestía aún su impecable traje, zapatos brillantes, camisa rosada, corbata bien anudada y una bolsa conteniendo modelos que tenía que examinar: la gerencia se los entregó a último momento, como siempre, y no tuvo ganas de quedarse después del horario para hacerlo. Estaba cansando y quería escuchar música.

Descubrió el aviso en el diario, en la sección Espectáculos, un cuadradito en el fondo de la página, de no más de cinco centímetros por lado, reducido al mínimo para ahorrar, pero leyó con sorpresa las únicas palabras enteras que le interesaron: “Jazz sesión”, las demás eran abreviaturas incomprensibles como Esc Lab Prof Pisano contrab sax y bat 17.30  Cen Soc Bio Ferrov Can de boch.

Llegó a la seis, junto al gato, y entró atraído por los compases precisos de un contrabajo y las discordancias y titubeos de un piano, una batería y un saxofón. En el mostrador se apiñaban vasos y botellas y no había nadie quien sirviera, y tampoco público; sólo los músicos en un reducido y mal iluminado palco: en camiseta y sudando el baterista; camisa afuera y profundamente concentrado el saxofonista con sus mejillas a punto de reventar; remera ajustada ciñendo un grueso cuerpo el pianista, y un piloto gris hasta las pantorrillas el contrabajista, que daba muestras de éxtasis, como si estuviera en alguna parte del universo transportado por su tun tun cavernoso.

Si no hubiera explicado que estaba ahí por el aviso, el pianista, un tipo hosco, que por lo visto era el responsable del centro social y lo examinó de los pies a la cabeza, seguramente lo habría tomado por un espía, pero tuvo que reconocer la observación del contrabajista que consideraba el aviso bastante enmarañado e incomprensible. Lo que le parecía muy sospechoso al pianista era la hora de llegada de Evaristo, demasiado temprano, según aquel, sin embargo, era esa, estaba bien clarito: las 17.30. Toda esa animadversión recelosa se debía a que el gobierno de la provincia había pasado en manos de la derecha conservadora, y amenazaba con cerrar todos los centros sociales, y el nuevo, pulcro, único, elegante y sospechoso cliente podía ser un enviado para recabar información. Evaristo se sentó en un rincón a esperar que la jazz sesión comenzara, a las ocho, o a las nueve como le aseguró vagamente el pianista con cara de pocos amigos, todavía no muy convencido de que uno vestido de esa manera viniera a su centro social. Mientras tanto escucharía las lecciones de jazz que el profesor Pisano, contrabajista, daba gratis en la Escuela Laboratorio del Centro Social en el Barrio Ferroviario, al lado de las canchas de bochas: estos eran los datos completos del aviso que para economizar había sido reducido al hueso. Entre los silencios de lección y lección alcanzó a oír voces a sus espaldas, detrás de la pared, especialmente cortos y secos gritos femeninos. Se levantó curioso y abrió una puerta de metal encontrándose con un vasto espacio dentro del cual, a un costado, muchachos sudamericanos y africanos observaban a un par de chicas que, con guantes y protecciones en la cabeza y el abdomen practicaban box con manos y pies. Se estaban dando de lo lindo y se detuvieron al verlo. Evaristo saludó a todos y preguntó si no molestaba. Ninguno le contestó y continuaron a tirar patadas y puños. En la pared un cartel rezaba “contra el machismo irracional, aprendé a defenderte”. Estuvo algunos minutos observando sus tácticas. Saltaban en círculo controlándose mutuamente, con rostros agresivos y sudados, y luego, a turno, largaban directos, ganchos y patadas voladoras. Al grito de una de ellas se detenían, repetían el último golpe o patada, se ponían de acuerdo con la angulación y altura, y continuaban a darse. Eran hermosas a pesar de sus rostros fieros encajados dentro del casco de protección. Terminado el primer round volvió a su puesto para continuar a escuchar ese cuarteto aprendiz y descubrió que el bar comenzaba a tomar vida. Una voluntaria universitaria (lo supo después que lo era) estaba despejando el mostrador, lavando y acomodando copas y botellas usadas el día anterior. Después, mientras el lavavajillas funcionaba, ella continuó a resolver problemas de química. Abandonó por un instante sus estudios y sonriendo le sirvió la cerveza que había pedido. En un rincón, a continuación del mostrador, comenzaba una especie de sala de lectura, con dos gastados sillones, anaqueles en las paredes y cajas por el suelo llenas de volúmenes. También otro piano, y encima de este un libro sobre el Marqués de Sade. Un africano leía y otro manipulaba su celular. La voluntaria del mostrador no pudo seguir con sus problemas de química. Había llegado su novio y ahora se besaban, se miraban y acariciaban detrás de la barra. A todo esto, las lecciones de jazz comenzaron, y en el arco de pocos minutos el centro social se llenó de muchachos que fraternizaban sin importarles el color de la piel y no les interesaba el jazz. Reían, hablaban serios, fumaban, bebían y comenzó a sentir olor a mariguana. Tal vez más tarde se atrevería a pedir un porro. Por ahora le largaban miradas sospechosas debido a sus vestidos y a esa caja con una marca re-conocida de ropa femenina. La agitación en las conversaciones fue subiendo y Evaristo no sabía por qué, y no le importaba. Los músicos aprendices, salvo el contrabajista que continuaba en ascesis, abandonaron el palco y en su lugar subieron otros más avezados. Comenzaba la Jazz Sesión del aviso. El saxo se largó en un lamento fraseado que lo paralizó por la intensidad, luego le respondió el contrabajo, muy grave; después el piano, despreocupado y brillante, como para compensar la tristeza de los anteriores, todos debidamente cobijados por el tenue retumbar de la batería y el raspar de los platillos. Estaba acodado en el mostrador, escuchando absorto, cuando de repente oyó exclamar a la voluntaria química «¡La traen acá! ¡Hay que organizarse!»  A quién traen, se preguntó Evaristo, sobresaltado, y estuvo de acuerdo en que se organizaran, fuese quien fuese a la que traían. Ya tenía más de cinco cervezas encima, la cantidad necesaria para estar sin ninguna duda del lado de cualquier perseguido. En el fondo estaba harto de dar su opinión sobre lo que se usaría en el próximo invierno, o verano, o primavera, o lo que mierda fuese. Esos pibes y pibas mal vestidos, y hasta a veces malolientes, eran mucho más genuinos que las vedetes, o actrices anoréxicas que impondrían el uso de lo que tenía en su bolsa. De un grupo de muchachos y chicas, que no estaban de acuerdo en nada, escuchó al final el veredicto definitivo: era una refugiada política, y no había que hacerle caso al gobierno que afirmaba que era una terrorista. Bueno, además de que tendrían que tener razón ahora sabía a quién esperaban. Para escuchar mejor se sentó junto al único grupo de espectadores que había ocupado una mesa, de su edad y burgueses como él, bien vestidos y amantes del jazz, con su bolsa de marca sobre sus piernas, de frente al palco.

Pero la jazz sesión no comenzaría.

De repente se abrió la puerta y un grupo entró rodeando a una chica vestida con campera verde, camisa a cuadros, vaqueros y borceguíes. Su cabello, tan renegrido como sus ojos formaban una cola ondulante detrás de su nuca cuando miraba de un lado para otro. No daba muestras de temor. Parecía que sólo quería saber dónde se encontraba. El pianista abandonó su instrumento para dirigirse al grupo, mientras los demás músicos callaron. Comenzaron a deliberar agitados, y uno de los que la rodeaban lo señaló con el mentón, solo a él, a Evaristo. Por lo visto los otros eran habitués conocidos. El pianista lo miró a su vez y evidentemente contestó algo que a los otros no los convenció más de tanto. Entonces se levantó y alargando su jarra de cerveza gritó: Non problem. Y la bebió de un sorbo. No quería irse, porque los músicos eran buenos, pero se había dado cuenta de que no era bien visto.    

Pero tuvo que quedarse y participar en una noche que no olvidaría jamás.

Fue el gato roñoso que dio la alarma. Entró corriendo tan veloz que resbaló sobre las baldosas al girar hacia la cocina, aterrorizado por las luces azules giratorias de los autos de la policía que se detuvieron con chirridos frente al portón del centro social. El grupo que rodeaba a la chica con la cola ondulante, huyendo hacia el gimnasio, se cruzó con las que practicaban box, que a su vez fueron a ocupar el lugar de aquellos, frente al portón cerrado, junto a europeos, sudamericanos y africanos que formaban un muro, esperando. Evaristo se levantó con sus mercaderías de marca, chasqueó los labios y bebió el último, inexistente trago de su jarra decidido a hacer algo por primera vez. Entró en el gimnasio y se dirigió resueltamente hacia el grupo que protegía a la piba, que en esos momentos se daban cuenta de que no había otra salida, sino aquella principal. También estaban los baños. Uno de sus compañeros se adelantó y le bloqueó el paso. Evaristo, sin perturbarse gracias a las cervezas, miró por encima de su hombro, en dirección de la piba y le mostró, primero la caja y luego el baño. Fue la única que comprendió el mensaje, porque los otros se miraban entre ellos, sin entender. Mientras caminaba hacia allá, ella le gritó algo a su compañero que se apartó para dejarlo pasar en dirección de los vestuarios. Deshizo el nudo de la bolsa mientras andaba y cuando entró ella ya se estaba sacando los pantalones, campera y camisa. Era un espectáculo su cuerpo completamente desnudo. No usaba ni slip ni corpiño, sólo con sus botas militares y medias de lana. La ayudó a vestirse sintiendo ese perfume a cuerpo humano, femenino, sobre todo, sudado por el temor. Le mostró también los zapatos. Ella exclamó algo incomprensible en su idioma, probablemente su admiración por ese par de lujo que se calzó veloz después de sacarse y apartar sus borceguíes gastados. Salieron justo a tiempo. Luego de un tremendo golpe la policía había logrado finalmente entrar forzando la cerradura del portón, pero la resistencia continuaba, despareja, pero continuaba, y los bastonazos dolían. A una de las chicas que practicaba box fueron necesarios tres policías para inmovilizarla. Puteaba y largaba patadas a lo loco. Él se sentó luego de haber acomodado a su imprevista y ahora aristocrática compañera al lado de los burgueses, por lo visto viejos y habituales clientes, amantes del jazz que asistían atemorizados a esas escaramuzas. Uno de estos, indignadísimo, se dirigió resueltamente al policía que mandaba y luego de mostrarle algo señaló su mesa. El oficial ordenó a los suyos que abrieran una brecha, y con ademanes el burgués indignado llamó a sus compañeros. Evaristo salió del brazo con su refugiada a la moda detrás de aquellos. El vestido de gasa y tul con flores y escotado, el sombrero de paja finísima y ala ancha junto a sus zapatos rojos con taco alto estaban hechos a su medida… estaba formidable, bella, única, exótica… pero ¿de dónde había sacado ese abanico con el cual se ventilaba? Pasaron a través de los policías fingiendo indignación y contratiempo. Luego de un trote veloz, durante el cual la piba alzó su vestido para no ensuciarlo, llegaron hasta el auto de Evaristo, y ya dentro, mirando por el espejo retrovisor, se alejaron. No entendía una palabra de lo que decía, pero era evidente que estaba muy enojada.  Un celular se materializó en su mano y comenzó a hablar en su idioma con alguien. Luego le indicó una calle apartada y ahí esperaron. Se sacó los zapatos, los observó con melancolía mientras los giraba y dijo algo. Sin duda le estaba comunicado su admiración, al igual que por el sombrero. Lo acarició como si fuese la cabecita de un niño. Luego se miró el escote florido, satisfecha. Era un modelo hecho para ella. Los dos estaban de acuerdo, sin ningún tipo de duda aun si no se entendían. En ese momento se detuvo un auto al costado. Volvió a desnudarse con incomodidad debido al espacio estrecho, y antes de bajarse, así desnuda, le dio un beso en la mejilla. Subió al otro auto, la cubrieron con una manta, y desapareció.

Evaristo volvió al centro social. Los pibes estaban tratando de reparar la puerta y le sonrieron al entrar. Bebió un número impreciso de cervezas, todas gratis por supuesto, y cuando se despertó con el gato roñoso en su regazo, el centro social estaba vacío. Otra vez había botellas y vasos sobre el mostrador. Sobre la mesa le habían dejado una nota. Le pedían que cerrara bien la puerta cuando se hubiera ido y esperaban que volviese.     

                 


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