jueves


                                                                  EL PEZ Y SU MONEDA 

Se había deslizado sin problemas por el canal que desde su amarradero lo llevaba a mar abierto. Los atiborrados y altos juncos junto a las espesas plantas acuáticas le dieron esa sensación de que estaba saliendo otra vez, confiado y sin prisa, a través de una galería de murallas verdes hacia el centro de una arena de combate; como un antiguo gladiador, en donde con un único espectador –su perro “Proletario” ―, encararía nuevamente una posible lucha de paciencia y destreza.

Proletario aún no se había acostumbrado a tan poco y tambaleante espacio que era su vieja lancha de madera con motor, un toldo remendado y barra de timón. Sobre ella andaba inquieto, de una borda a la otra, mirando el agua con curiosidad de perro y cola continuamente en movimiento. Observando su rostro contento a la vez que ansioso, se podría decir que daba su aprobación a tan extraño sustento por donde caminaba.

Pero la serenidad suya y la inquietud de Proletario estaban por terminar con el imprevisto sonido de la sirena de un yate inmenso, de proa lanzada. Había entrado en el canal y procedía hacia ellos con velocidad no aconsejada en tales pasajes. Maldiciendo se puso en pie inmediatamente, aferró aún más fuerte la barra y abriendo las piernas para obtener mayor apoyo, aconsejó a su perro de hacer los mismo con sus cuatro patas.

Proletario, sin prestar atención a su recomendación, comenzó a ladrar al yate apenas lo vio, pero sin ninguna agresividad; quizás resignado debido a su nombre de perro, o tal vez lo saludaba porque era el perro más estúpido que jamás había tenido, pero él largó unas cuantas imprecaciones.

Mientras trataba de virar lo más rápido posible para encarar la onda de proa, alcanzó a ver en la cubierta de la lujosa embarcación a uno de los tripulantes, seguramente el dueño. Los miró como objeto relativo para establecer la velocidad de su yate, o sea sin ver que eran un pescador y su perro, a la vez que gritaba;

«¡No amorcito mío, nooo, disminuye la velocidad...! vas demasiado rápido».

La ola hizo cabecear con violencia la proa que se desplomó en el agua y luego la popa. Proletario perdió el equilibrio, y como avergonzado escondió su cola entre las patas.

Una buena cantidad de agua todavía dulce los mojó a los dos.

Continuó a imprecar hasta cuando se encontró en la desembocadura del canal en la cual su placidez daba paso a las primeras olas del mar. El olor salobre, la inmensidad del mar y del cielo le hicieron olvidar el yate.

Mientras corría el toldo para procurar un poco de sombra para ambos, notó que más allá del vuelo de unas gaviotas se materializaba la estela gaseosa de un invisible avión... luego solo nubes y cielo celeste. Continuó a sentir graznidos de gaviotas cercanas que no lograba ver; el chasquear del agua contra la borda junto al pof pof de su viejo motor, y el respirar agitado de Proletario que se había echado bajo la sombra.

Comenzó a silbar, como siempre lo hacía cuando estaba en mar abierto, esas cuatro notas que se conocen instintivamente como el llamado de alguien a un otro en un lugar desconocido, Do Do Sol Re.… pero por supuesto no llamaba a nadie: sólo lo hacía para confirmar que estaba ahí, feliz. Mientras silbaba miraba a su alrededor y divisó la silueta gris de la nave de aquellos locos que habían llegado a Santa Lucía, su pueblo costero, convencidos de que, en sus costas, que en la antigüedad era paso obligado de galeones para la Europa, tendría que haber uno, por lo menos uno, naufragado y cargado con oro. Pero desde hacía años –y con otros tantos locos como esos―, que ninguno había encontrado absolutamente nada. Dejó de silbar y sonrió indulgente porque por lo menos sacaban de su sopor a Santa Lucía con las expectativas que despertaba, especialmente en Jorge, su joven amigo que creyó divisarlo en uno de los tantos botes, que como pececitos hambrientos rodeaban la nave para ver los preparativos y las zambullidas de los hombres ranas, que luego de cada inmersión y regreso jamás traían buenas noticias.  Era una fiesta para Jorge y sus amigos, y supuso una especie de funeral para los otros.

Por todo esto, por la algarabía que causaban en el pueblo y por haberse demostrado buenos clientes para el huerto y la cocina de su mujer, Margarita, murmuró una plegaria de agradecimiento a Dios y en otra, no muy convencido –ya que pudo imaginarse el desbarajuste que habría causado el hallazgo―, le rogó que por lo menos les hiciera descubrir, no un tesoro completo, sino algún pedazo de mástil, si aún subsistía, o viejos y oxidados pedazos de hierro de la nave, un cañón inservible o  armas inútiles, pero nada más. Y que se marcharan de una vez.

Con Margarita, antes de salir había tenido la enésima escena de preguntas cargadas de reproches por parte de ella y de respuestas no muy convincentes por parte de él.

«¿Adónde vas?»

«Por ahí.»

«Espero que traigas algo... o carne de pescado o de cerdo.»

Esto último lo indignaba, porque era una doble crueldad por parte de ella, ya que sabía bien que jamás tenía suficiente dinero para el carnicero, y una crítica velada a su condición de pescador desafortunado, pero cuando estaba lejos de ella era cuando más feliz se sentía de haber vivido tanto tiempo junto a esa mujer, a la cual, en más de una ocasión, y en esos momentos de incomprensible exaltación, arrodillándose le preguntaba si se casaría de nuevo con él.  Ella reía y le contestaba siempre lo mismo;

«Ni loca, porque serás siempre un pescador... seco y soñador.»

Con esas palabras, después de tirar los hilos, se adormeció, feliz y tranquilo como el vuelo de esa gaviota que alcanzó a ver.

Lo despertó Proletario, no porque entendía algo de pesca, simplemente porque era un perro que se había acostumbrado al silencio y la inmovilidad de las cosas dentro de la lancha, especialmente la de su patrón. Por eso, al ver y sentir que uno de los hilos producía esos golpes en la madera debido a los tirones, y que no habrían bastado para despertar a su dueño, decidió hacerlo él.

«¡Bien Prole... bien!» –gritó cuando se hubo despertado al instante.

Con sus manos bronceadas y callosas comenzó a frenar el sedal. Por los tirones que daba pensó que era un descomunal chorlito.

«¡Vení!, ¡vení! ¿Adónde querés ir...? Pero vení, no seas testarudo» –continuaba a decir mientras el animal se debatía haciendo trechos veloces desde un lado para cambiar improvisamente hacia el otro.

«¡Ah, Prole..! Es inmenso» –volvió a gritar excitado mientras el perro miraba ansioso el lugar en el cual el hilo, cortando el agua, levantaba pequeñas y veloces láminas informes de agua. Bien aferrado el sedal lo dejó que nadara en esas condiciones por un buen rato, luego, viendo que la velocidad había disminuido comenzó a traerlo hacia él, pero el pez aún oponía una tenaz resistencia, si bien con contra golpes espaciados. Cuando lo tuvo a tiro, y con la mano izquierda doliente por la tensión del hilo que se la envolvía, con la derecha logró atraparlo con el medio mundo... y en ese momento vio que todo el esfuerzo no había servido para nada. Era un “Busca Busca”, como él llamaba a esa especie de tiburón pequeño, medio metro más o menos de largo, porque se comía todo; desde peces hasta piedras, metales o plásticos, con la cabeza a forma de martillo y con dos ojos en sus extremidades, a ciento ochenta grados.

Proletario ladraba de contento tratando de morderlo.

«No, estúpido, no... ¿Para qué ladrás…? No sirve para nada este bicho... es casi incomible»

Se sentó porque se había agotado con el esfuerzo y pensó en su mujer. Al mirar nuevamente la víctima creyó que un ojo negro y brillante se había movido siguiendo su movimiento... pero era solo un pez que boqueaba agonizando.

«Pobre bicho ―se dijo―. Qué culpa tiene si no sirve para nada», entonces, clavándole el cuchillo a la altura de las branquias, lo abrió de la cabeza hasta la cola para sacarles las tripas que le servirían por lo menos como carnada. Mientras le sacaba los intestinos “Proletario” olía la sangre, pero bufando rechazaba el sabor.

«Bien que cocinados te gustan desgraciado... perro tonto, y si no le saco las espinas te lo comerías todo» lo amonestó, pero de repente notó una dureza y forma muy conocida por sus dedos. Hizo presión con los mismos empujando el objeto a través de la tripa. Cuando estuvo en su mano, sucia de sangre, de algas trituradas junto a granos de arena supo ya que era una moneda, algo más grande de las que conocía. La fregó y la lavó. El oro librado de su costra brillaba ante sus ojos. En un anverso un escudo desconocido, en el reverso el perfil de un hombre de nariz grande y letras que el tiempo no había podido cancelar y para él desconocidas; Carlo, equis, eles, ce.

Se irguió y buscó con la vista la nave de los locos. Los botes de sus jóvenes amigos ya no lo rodeaban. Probablemente se habían cansado de esperar una novedad. En tanto acariciaba su moneda comenzó a rogar que esa nave y sus tripulantes, decepcionados, levase anclas y se mandara a mudar. Luego pensó en su mujer. Ya no podría rechazar su oferta de segundo matrimonio. Miraba su doblón, el agua, su perro, la costa, el motor de su vieja lancha como si alguien lo estuviese obligando a elegir, pero de repente todas las otras cuerdas comenzaron a tironear. Metió su tesoro en el bolsillo, bien envuelta en el pañuelo que ella religiosamente le lavaba y bien planchado se lo dejaba sobre la mesa, y gritando le dijo a “Proletario” que hoy comerían como señores.


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