viernes

                                                               Julia y Miguel

Cuando decidieron fugarse Julia tenía diez y siete y él diez y seis apenas cumplidos. Al reflexionar sobre esas edades se sentía molesto, porque ese año de menos francamente no se lo merecía. Hubiera querido ser mayor que ella, y por esa idea comenzó, por primera vez, a imaginarse mundos paralelos, en los cuales él era, además de mayor, inmensamente rico, o un poeta renombrado, o un campeón invicto del cubo mágico, pero continuaba a tener uno menos y no había manera de cambiar la realidad. Y ahora estaban por huir, como bandidos, abandonando amigos y familiares, la secundaria, animales, todas las tardes que pasaban rapidísimas y los domingos que duraban menos. Estando lejos y libres esos momentos serían un recuerdo se decían, porque estarían juntos para siempre. Si huían era por culpa del padre de ella, que, además de preguntarles con ironía adonde irían a vivir ya que no poseían nada, les aconsejaba, o mejor dicho les ordenaba que dejaran pasar el tiempo; que eran jóvenes e inexpertos y que cuando serían adultos sensatos, esa locura de adolescentes enamorados la recordarían con una sonrisa nostálgica, y lo peor de todo, lo más ofensivo: “¡Pero si apenas han salido de la niñez!” repetía, como si estuviera defendiéndolos frente a un juez que los había condenado por algo que no habían cometido. Se lo había dicho a Miguel dos veces, y a la tercera, éste, aferrando con fuerza la mano de Julia, le contestó lo que cierta vez escuchó decir a su tío Antonio: “que el amor no seleccionaba sus víctimas en base al tiempo, sino en base a los cuerpos y a los pocos elegidos que en ellos vivían sufriendo”. El padre lo miró en silencio abriendo aún más sus ojos. No podía creer que un mocoso de esa edad tuviera otra explicación para el amor que no fueran las conocidas. Había sentido tantas, pero esta era nueva. Él y su esposa se enamoraron de adultos, no tan jóvenes, como correspondía, entonces, luego de un instante se dirigió a ella advirtiéndola que, “estos dos y los señaló con el dedo, un día le darían un gran dolor de cabeza”. Miguel agregó “cómo era qué sólo ahora llegaba a tal conclusión”, e inmediatamente sintió exclamar a la madre “oh, Dios mío, que locura”, no sabiendo si reír, o llorar, o agarrar a su hija a bofetadas. Esa tarde, al despedirse de Julia en la puerta, recibió uno de esos besos que ciegan, dejan mudos y sordos, sin el tacto y el olfato. Parpadeó varias veces hasta comprobar que Julia ya no estaba frente a él. Había cerrado la puerta, y a través de esta sintió su rotunda negativa de hablar con su madre. Se iba a dormir.   

Unos días después, el de la fuga, mientras esperaba escondido detrás del ligustro que Julia terminara de discutir con sus padres, él comenzó a manipular un cubo mágico que no había logrado jamás uniformar, y a un cierto momento, con una repentina intuición, supo que estaba por dejar con un mismo color todas las caras. Le faltaban cuatro o cinco movimientos como máximo, pero al sentir a Julia, que, desde su ventana le preguntaba dónde estaba, dejó por un momento su frenético girar y girar. Le susurró “aquí, detrás del ligustro”, y continuó con sus giros y regiros. Ahora le faltaban como máximo dos o tres movimientos, pero Julia añadió, “ahí voy”, y comenzó a deslizarse por la pared mediante una cuerda. Miguel observó su cuerpo vestido con vaquero y una gruesa campera con capucha descender con dos decididos resbalones, entonces, indeciso aún, guardó su cubo en su mochila y se olvidó inmediatamente del juguete al ver a Julia y su sonrisa cómplice que se acercaba. Viéndola caminar de esa manera se le ocurrió que era una heroína, de esas de las historietas, que había impuesto la justicia después de una trifulca con sus súper poderes, pero le preguntó para qué se había puesto esa campera de invierno si estaban en primavera. Ella le contestó que, si escapaban, sería para siempre, o sea con tantos otoños e inviernos por delante. Luego miró la ventana de su habitación agregando que tendría que haber traído consigo más cosas. “No importa” añadió. Dejaría pasar un poco de tiempo y volvería para llevarse el resto, cuando las cosas se calmaran y sus padres se hubieran resignado. Entonces, viendo que Miguel la miraba embelesado, le dijo, “bueno, huyamos, amor mío”, pero antes volvió a mirar por última vez su casa; a sus padres, que detrás de los vidrios de la ventana comenzaban a cenar juntos a su hermanita Leandra y a su hermano Luis. Musitó “adiós”, y en cuclillas terminó de empujar su campera en la otra mochila que había traído Miguel. Ya estaba dispuesta a caminar el kilómetro y pico hasta la carretera, pero él le dijo que había conseguido dos bicicletas. Julia le preguntó de dónde las había sacado y Miguel le respondió que las tomó prestada, por un rato, frente al supermercado; que eran viejas, y que seguramente volverían a sus dueños por ese motivo. Cuando finalmente llegaron sudados hasta la ruta porque habían pedaleado con euforia imaginándose a los gritos el futuro que los esperaba, apoyaron las bicis en una alambrada, y esos dos adolescentes, con sendos y enormes bultos en sus espaldas comenzaron a hacer dedo. Pasaron dos gigantescos camiones que por toda respuesta a sus señas talvez tratando de disculparse porque no tenían lugar, hicieron parpadear sus faros, e inevitablemente una repentina masa de aire los embistió, despeinándolos al continuar raudos con la misma velocidad. El tercero también hizo señas con sus luces, pero comenzó a aminorar la marcha. Se detuvo mucho más allá de donde estaban, dentro de una nube de polvo, y esos dos inconscientes comenzaron a correr hacía ella. Miguel le preguntó si iba en dirección de Los Cerros, a lo que el camionero respondió que podía dejarlos en un cruce, y que desde ahí hasta Los Cerros había otros cincuenta kilómetros. En Los Cerros vivía el tío de Miguel, Antonio, medio loco, medio filósofo, medio artista y amante del rocanrol. Miguel miró a Julia y ésta, con un gesto resignado, le dijo que le parecía bien, entonces le preguntó al camionero si podía llevarlos. «Si no hubiera podido, no me habría detenido. ¿No te parece, pibe?» respondió el otro, e inmediatamente les ordenó que subieran, en tanto metía en la guantera revistas de fútbol y de mujeres que estaban desparramadas en los asientos laterales. Puso la flecha, miro el espejo retrovisor externo, regresó a la carretera, y sin mirarlos, feliz como si el enamorado fuese él, dijo, «se parte hacia la aventura, fugitivos; el amor, siempre de a dos huye; atrás queda la incomprensión, adelante lo desconocido que no da miedo». Miguel y Julia se miraron alarmados. «Yo también de pibe me escapé con mi noviecita comenzó el camionero. Bueno, no tanto de pibe aclaró. Teníamos veinte y diez y ocho respectivamente, y me volvería a escapar, a pesar de que las cosas, como no podía ser de otra manera, no fueron las que esperábamo. La vida es una mujer desnuda que se mira al espejo, muchachos; misteriosa, liberal e ignorante de todos aquellos que la están mirando con la boca abierta; tan pero tan linda que lastima». Los chicos volvieron a mirarse, pero esta vez sonreían, entonces Julia le dijo que, “a estas horas, ella, su noviecita, lo estaría esperando. El camionero le respondió lleno de orgullo, «claro que me está esperando… pero no es con la cual me escapé por primera vez», y al ver la desorientación de los tortolitos agregó que no se desanimaran, son cosas que pasan. Miguel la atrajo hacia él y le susurró en el oído que eso, a ellos, no les sucedería.

                                                                     

El camión continuaba veloz. Iluminaba y se introducía en la noche y en el asfalto. Cada tanto una liebre se salvaba por un pelo de las ruedas cruzando a los saltos, mientras Pablo, el camionero, no paraba de contarles su aventura. Detenía su relato cuando toda su atención se tenía que concentrar en adelantarse a un colega, o mirar como lo superaban, y en ambos casos hacía sonar una potentísima bocina a la vez que saludaba ampulosamente al otro conductor. Julia se sobresaltó cuando la sintió por primera vez. Era ensordecedora. «Son las primeras notas de la novena sinfonía de Beethoven» explicó Pablo», y la repitió, en el medio de la soledad: tatatataaaá, pidiéndoles súbito silencio y que prestaran atención. Otro camionero, invisible y lejanísimo le respondía con un bocinazo apenas audible por la distancia. «¿Escucharon? A veces, en noches como ésta, en medio de la soledad, estamos ahí, dale que dale, a veces por horas, llamando, o contestando a otro camionero en las mismas condiciones hasta que desaparece. Es una manera de estar despierto y hablar con alguien en medio de esta llanura interminable. Somos como una familia de solos hermanos en la ruta. Una familia desparramada y desconocida, siempre a cien por hora y a los bocinazos». Se quedó en silencio algunos segundos y de repente exclamó, como si fuera evidente su existencia, que, «para escaparse de casa era imprescindible la ayuda de un tío; mejor de la parte materna, porque generalmente los tíos paternos eran tan refractarios como los padres de los enamorados. Sobre los abuelos no había que depositar confianza, porque viejos y ya se habían olvidado de los fervores de la juventud, pero, sobre todo, seguramente sin posibilidades materiales, y no era justo vivir, aunque por pocos días, a sus espaldas. Sobre hermanos o hermanas mayores ni hablar. Envidia y competición eran los problemas irresolubles. Terminarían traicionados» ―sentenció.  Miguel y Julia volvieron a mirarse incrédulos, y esto no pasó desapercibido a Pablo, que, como si hubiera descubierto un secreto que tan solo él podía descubrir, exclamó, «¡no me digan que hay un tío!» Los chicos lo miraron sin decir nada, pero sus ojos asombrados, además de decir que sí, también preguntaban cómo había hecho para adivinarlo. «¡Lo sabía!  gritó el camionero exultante al tiempo que golpeaba el volante añadiendo: Las casualidades no vienen solas. Yo también tenía un tío, soltero y medio loco. Es el clásico tío solterón que se divertía como un pibe contando historias fantásticas. En esos tiempos yo le creía todo. Para mí era normal que un día estuviera en África… y al día siguiente en China, luchando contra feroces dragones, que, al final, terminaban siempre igual: con un palo entre las fauces que los tornaba inofensivos, lo que le permitía descuerarlos, ahí nomás, y con la piel hacer carteras, asegurándome ya que veía mi cara de espanto, que no sufrían cuando recortaba cuadradito por cuadradito, porque, como las lagartijas con sus colas, a los dragones le crecía de nuevo el cuero;  o tribus de caníbales que ya lo habían metido en la olla con vistas a un buen almuerzo, y él, en un supremo esfuerzo pegaba un salto, todavía maniatado, y escapaba con el culo humeando y con gusto a sal; o salvando hermosas princesas que al final se arrodillaban a sus pies; o poniéndose a la cabeza de una rebelión de un montón de campesinos harapientos contra el oscuro y tétrico dueño de un castillo. Cada vez que venía a visitarme mi madre le pedía por favor que no me contara esas historias disparatadas, porque después no conciliaba el sueño, y era ella que tenía que andar de aquí para allá durante las madrugadas tratando de hacerme dormir. Un día ella se puso sería, y como era la mayor de la familia lo retó fiero, amenazándolo que si volvía a insistir con esos disparates le prohibiría la entrada para siempre, y que no se atreviera a desafiarla porque le daría los mismos chirlos como se los daba cuando era pibe. Ese día fue la primera vez que vi a mi tío silencioso, y por supuesto la cena fue un aburrimiento total. Hasta mi padre se había puesto del lado de ella. Mi madre era la mayor de las hermanas mujeres, y como sucedía en esos tiempos de familias numerosas, sustituía a mi abuela en la crianza de los más pequeños. Mi tío parecía un nene mientras comía. Lo único que faltó fue que hubiera hecho puchero. La miraba de reojo, y veía que mi vieja no tenía intención de aflojar. Estuvo así, seria, pero al final no pudo más. Era su hermanito preferido, de cinco años menos, el que estaba en la mayoría de las fotos con ella, generalmente en sus brazos, orgullosa de ese bebé envuelto con trapos, como si fuera su muñeco predilecto, rodeado de gallinas, perros y chanchos. Habíamos terminado de cenar y ella continuaba a mirar su plato vacío. Vaya a saber en qué pensaba, qué cosas le pasaban por su cabecita, cuáles momentos que, a pesar de la miseria, la llenaban de nostalgia, de entrañables recuerdos, y de golpe, como si el pasado le pidiera compasión, apenas pudo contener una sonrisa. Todo volvía a la normalidad. También mi padre que suspiró aliviado. Entonces, mi tío Alfredo se levantó e hizo un gesto que en ese momento no entendí. Él, en las historias que me contaba, era siempre el súper hombre que jamás se rendía, que jamás pedía perdón por nada, con princesas que caían a sus pies, pero esa noche se arrodilló al lado de ella y comenzó a mirarla como si fuera un cachorrito, y mi madre, luego de acariciarle los cabellos le dio un beso sobre la frente. Mi tío esa noche había traído consigo una tienda, y como era verano, al ponerse de nuevo en pie me dijo, Palito (era incapaz de pronunciar Pablito) vamos a dormir afuera, en el medio del campo, mirando las estrellas. Tengo que contarte lo que me sucedió en Mongolia. ¿Sabés que allí los caballos y la gente son pequeñitos, y los críos que nacen tienen ya la misma altura de sus padres, y que los perros, porque también tienen perros y gatos son tan grandes como ellos, pero como los nuestros obedecen a sus patrones? Y yo le creí enseguida mientras mi madre, consolándose, decía que menos mal que nos íbamos a dormir afuera. Qué tío mi tío. El mío se llama, porque todavía está vivo el muy desgraciado, Alfredo. ¿Y el de ustedes?» «Antonio» contestó Miguel. «Espero que sea hermano de tu mamá respondió Pablo con una seriedad imprevista. «Sí. El menor de todos» contestó Miguel. «Perfecto. Muy bien. No hay peligro de sopladas» dijo el otro, pero volvió a preguntar cómo se llamaba.  «Antonio» repitió el pibe. «¿Es solterón?»  «».  «¿Medio loco?» «».  «¿Le gusta la música clásica?»  «No tanto. Prefiere el rocanrol» contestó Miguel. «¡Es lo mismo! rebatió Pablo. Pueden fiarse de él. Esto merece ser festejado. ¿Cenaron?»  «No. Pero tenemos unos sándwiches en las mochilas» contestó Julia.  «¡Nada de sándwiches! En el primer restaurante nos detenemos. Pago yo. Para festejar el amor» dijo Pablo. E hizo sonar el claxon: Tatatataaaá.

   

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