lunes


                                                               EL MEDIADOR 1 


—¡Adelante, Aguirre!  Pase, pase. Póngase cómodo –exclamó el ministro del interior de la República Amerindia  –extendiéndole la mano con un gesto de afectada afabilidad. ¡Bien tornado al servicio activo! –agregó, y le pidió que tuviera un poco de paciencia: su secretaria y otros empleados iban y venían con carpetas, máquinas de escribir, computadoras. No hacía una semana que había jurado como ministro y todavía faltaban tantas cosas para ordenar.

Era un hombre joven para ese cargo, alto, apuesto, con un cabello fino y negro que continuamente le caía sobre la frente, obligándolo a ponerlo en su lugar, con estudiada lentitud. Cuando hablaba lo hacía mirando hacia otra parte, como si en las paredes estaba lo que tenía que decir, o en ellas individualizar una posible vía de escape en casos extremos. El detalle de tener el nudo de la corbata flojo sobre una camisa blanquísima no disminuía para nada, todo lo contrario, la elegancia de su porte. Podría haber sido un actor tranquilamente, y no era extraño que fuera un político, al fin y al cabo, hay poca diferencia entre uno y el otro, se dijo Aguirre al verlo por primera vez desde la puerta. Y apostó a que el apretón de manos sería así: flojo, de rito inútil pero imprescindible, veloz, sin tonicidad. No se equivocó: todos los políticos que se cruzaron en su carrera daban la mano de esa manera; ya se había acostumbrado y él la daba de la misma manera.

El anterior ministro que había ocupado el cargo duranto los últimos cinco años, que no era un político, sino un militar, producto del último cuartelazo, no se la había dado, y en aquella ocasión fue directo, sin tantas vueltas ni cortesía al comunicarle que lo suspendía de su función de enlace entre el ministerio y la policía. No se fiaban de él, porque era un civil, pero sobre todo porque era un sociólogo, de quienes cualquier uniformado desconfía instintivamente. En su lugar nombraron a un coronel, y así les fue, no sólo en los asuntos internos, sino en general.

En esos cinco años lograron armar con obstinación tal desquicio que fue inevitable que el país quedara aislado del resto del mundo. Al inicio, de frente a pocas y desperdigadas señales de desaprobación por el golpe, con el pasar del tiempo fueron capaces de unir y estructurar en un solo bloque a comunistas, socialistas, liberales, democráticos y cualquier otra asociación que tuviera una pizca de sensatez. La represión y sus puntuales respuestas fueron en aumento, en la misma proporción a los problemas económicos. Escasez de bienes primarios, inseguridad, y siempre, todos los días, muertos y más muertos. Hasta extranjeros, que no tenían nada que ver con los problemas vernáculos. Caían para luego desaparecer observadores de las Naciones Unidas, personajes pertenecientes a organismo por la paz mundial, periodistas, religiosos, gente de negocios. Era alucinante escuchar las proclamas del gobierno militar tratando de justificar esas atrocidades. Qué una conjura internacional elucubrada en los más oscuros antros de la plutocracia mundial, qué las frías decisiones de politburó nihilistas y dogmáticos, qué la indiferencia, qué la inmoralidad mundial reinante. Parecía que el último reducto de la civil humanidad se fuese instalada en la República Amerindia.  

Y al final, el golpe de gracia.

Una guerra con el país lindante, que a inicios del siglo XVIII formaban uno solo, también en esos momentos gobernado por militares.

Se había llegado a la final del campeonato de fútbol regional, y el equipo de la República Amerindia, “sólido bloque deportivo de varonil voluntad occidental y cristiana” –como gustaba definirlo el gobierno militar, aun sabiendo que los jugadores eran en su mayoría aborígenes y animistas–, perdió por uno a cero al último momento, por un discutible penal.

En la frontera –que durante siglos fue el tránsito pacífico de poblaciones imposible de diferenciarlas en sus rasgos somáticos y culturales, ya que compartían el mismo idioma, las mismas creencias y la misma pobreza, después del partido alguien lanzó una piedra, de una garita militar a la otra, al grito de ¡Tramposos hijos de puta! Piedra que en respuesta se redobló; luego salió un tiro, luego dos, tres –siempre debidamente respondidos―,  luego una ráfaga, con copia inmediata, después un par de cañonazos que fueron a parar más allá del blanco, en ambas direcciones, haciendo estragos de ovejas en un lado y un tremendo agujero en un improvisado campo de fútbol  en el otro, y entre gritos, ayes, puteadas y humo, al cabo de menos de media hora, entró en acción la arrolladora avanzada del primer cuerpo de caballería blindada de ambos beligerantes: cuatro tanques por bando, reliquias de la última guerra mundial que invadiendo sin encontrar resistencia, ya que por motivos estratégicos lo hicieron por puntos diversos que estaban lógicamente desguarnecidos, se encontraron con haber conquistado espacio enemigo en ambos países, en medio de la selva, sin alma viva, sin carreteras que llevasen a zonas neurálgicas, dignas de ser asediadas. A pesar de eso la euforia de los mandos militares fue apoteótica, pues era la primera guerra ganada por ambos contendientes después de las últimas, doscientos años atrás, que se libraron por la independencia nacional.

Fue el colmo.

Tuvieron que volver a la realidad cuando el total y unánime bloqueo de importaciones y exportaciones llegó a un punto insoportable. Hubo en tres días tres generales como presidente, pero el cuarto, vaya a saber con qué argumentos –probablemente la falta de municiones, se decía―, puso fin a esa jamás renegada epopeya moralizadora. Y volvieron a sus cuarteles, más ofendidos e intratables que nunca, rumiando la revancha.

El neo ministro lo llamaba porque las secuelas de aquellos cinco años aún continuaban. Se habían depuesto las armas, la economía comenzaba a dar señales de vitalidad, la paz social –que como siempre, luego de desastres, se la descubría como un bien precioso―, se estaba imponiendo, a pesar de que cada tanto explotaban manifestaciones de los más variados tipos. Los desaparecidos de ambas partes, antes que nada, que no se sabía cuántos eran, y ni dónde estaban los restos; luego las riquezas espurias obtenidas al amparo de aquellos desequilibrados; injusticias comerciales y civiles sin resolver, e infinidad de otros problemas, propio de una sociedad en recuperación, pero el motivo del llamado y vuelta al servicio de Aguirre tenía un matiz que no encajaba con ninguno de los anteriores.

Un problema “reliquiario-revolucionario” dijo el ministro, dándole a entender que lo de “reliquiario” podía aceptarse y hasta justificarse, pero lo de revolucionario, no: aunque fuese agua pasada, lo revolucionario no podía perder su valencia original. Él pertenecía a un partido, el socialista, con mayor tradición e historia en el país, que formaba parte de la coalición que gobernaba la nación, y de la revolución había hecho uno de sus credos.

En Cerro Pelado, un pueblito de no más de cinco mil habitantes, generoso proveedor de jóvenes idealistas guerrilleros en la pasada dictadura, el día anterior una multitud enfervorizada logró acorralar a las pocas autoridades que habían intervenido para salvar del linchaje a un personaje que osó gritar, en el medio de la plaza, que los restos humanos custodiados en la iglesia, no eran del comandante Federico, misterioso jefe de los insurrectos en clandestinidad en aquellos años. La policía tuvo que recurrir a cargas disuasivas que fueron violentamente rechazadas, a combates cuerpo a cuerpo, a garrotazos, a disparos al aire, a bombas de gas lacrimógeno, y constatando la exigüidad de personal, no tuvieron más remedio que acuartelarse dentro del edificio policial en espera de refuerzos. La situación hasta ese mismo momento era estacionaria. Las comunicaciones entre Cerro Pelado y el ministerio continuaban ininterrumpidamente a dar informaciones actualizadas, pero era necesario actuar, observó el ministro, y de prisa.

—Estas cosas se saben cómo inician –continuó el ministro con gesto preocupado―, pero no cómo terminan. Apenas nos estamos poniendo en pie civilmente, y en los cuerpos débiles los contagios tienen más posibilidades de extenderse. Salga inmediatamente hacia allá. Llévese el personal que crea necesario, y trate de entender, como sociólogo que es, qué está sucediendo. No escatime esfuerzos para mediar antes que nada, y si es necesario aplazar hasta el infinito esa situación, que, por lo visto, y de acuerdo con lo que me están transmitiendo, parece que es de provisora tranquilidad. Les diga que el gobierno central hará lo imposible para restaurar la tranquilidad. Los fervores revolucionarios son dignos de ser ensalzados –continuó el ministro-, que sigan así, como conciencia civil, como parte inseparable de nuestra sociedad, pero no deben ir más allá. Es inaceptable que en nombre de cuatro o cinco huesos y unos pedazos de carne humana se arme tal alboroto. Este es mi número directo, me llame cuando lo crea necesario.

Y le ofreció como despedida su blando apretón de mano.

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