miércoles

                                                         EL MEDIADOR 2

José María Aguirre, en los años del gobierno militar, con un sueldo que continuó a recibir puntualmente (irregularidad que jamás entendió y mucho menos indagó el por qué), sin nada que hacer, ya que había sido bruscamente separado de su cargo, se dedicó a esa otra pasión que lamentablemente no podía darle la seguridad de un sueldo estatal como sociólogo: la pasión por las mujeres y el juego.  Pasiones moderadas, consciente, como buen profesional del ánimo, de cuando una pasión se transformaba en patología.
Todavía se preguntaba cómo era que continuaba soltero, ya que se enamoró perdidamente de tres mujeres en esos tres años. Realmente con sus casi cincuenta años era todavía un buen partido del punto de vista femenino; de estatura mediana, robusto, el cabello entre cano, una sonrisa siempre pronta, con unos ojos negros vivaces que cuando quería se transformaban en una indefensa y lánguida mirada, un susurro siempre enamorado su hablar que abría grietas en el ánimo de las mujeres. No tenía problemas financieros, el departamento era suyo, también el auto, y continuaron, misteriosamente, a pagarle el sueldo. Por supuesto que se había indignado con la irrupción de los militares, y sabía que terminarían mal, como  la historia lo demostraba, hundiendo cada vez más a su país, pero esto no le preocupaba tanto;  en definitiva, era inmensamente feliz, felicidad que por tres veces lo abandonó cuando sus “amores que perturbaban su sueños y lo dejaban desnudo de frente a la soledad y a lo insondable de la vida” –frase inoxidable pero siempre efectiva frente a sus turbulentos amores―, lo obligaban a decidirse de una vez. Era en esos momentos que descubría que sus casi cincuenta años, que al principio eran señal de madurez atractiva, jugaban en su contra: “ya no sos tan joven”, le repetían todas ellas, como si se hubieran puesto de acuerdo para salvar esa alma extraviada y formar una prolífera familia. Entonces abandonaba su departamento, desconectaba su móvil, y se refugiaba en la casa de sus padres, donde tenía que soportar la rigidez de su madre que no veía con buenos ojos a un hijo que a esa edad continuara a vivir con ellos; los gruñidos de su padre que, a pesar de todo, lo admiraba por haberse mantenido soltero, pero con la alegría de su hermanita menor quien lo obligaba a ir de compras con ella, bajo la amenaza de revelar su nueva dirección a sus amores abandonados.
Pero por fortuna también tenía el juego de azar, especialmente el póker y la ruleta.      
Tuvo una increíble racha de suerte al inicio de su inactividad, racha que lamentablemente le trajo un constante dolor de cabeza, en una zona bien precisa. El casino en el cual llegó a ganar casi cinco mil dólares en una sola noche, lo acusó de usar martingalas o sistemas desconocidos, acusación que en parte era verdad, ya que Aguirre conocía y practicaba los estudios sobre las probabilidades, y antes de iniciar a jugar pasaba horas, a veces días, tomando nota de los números afortunados, y sobre todo el reducido lenguaje corporal del crupier. Le gustaba creer que su fortuna era debido al preciso lenguaje de los números, pero en el fondo sabía que era solo suerte momentánea. El director, después de que Aguirre cobró sus apuestas, gentilmente le rogó que lo acompañara a su despacho para comunicarle la acusación. Aguirre, que de tan feliz que estaba bebió más de lo debido, no se amilanó, y con altivez le contestó que el director del casino no estaba hablando con un desconocido e indefenso jugador, sino que lo hacía casi con un miembro de las fuerzas armadas; y le mostró su credencial, ya no válida, por cierto, del Ministerio del Interior. El director continuó a mirarlo impasiblemente a través de sus gafas, con sus ojos bondadosos, luego llamó a alguien que se hizo presente casi inmediatamente, uniformado de general de una estrella, con un cigarro y una copa en la mano. Era el dueño, mejor dicho, como lo supo después, el socio en minoría de la sociedad que administraba el casino.  Este mandó a controlar su credencial mientras continuó a fumar y a beber, hablando animadamente con Aguirre, preguntándole si había conocido  a tal o cual personaje en la policía y en el ministerio, personajes que Aguirre conocía sin duda alguna, pero cuando le trajeron la información sobre su identidad y situación actual, sin cambiar su cortesía, llamó a otros dos, a quienes les ordenó que acompañaran al señor Aguirre hasta la puerta de atrás, y que lo despidieran como se lo merecía, o sea con un buen puntapié en el trasero, orden que uno de esos esbirros, con celo profesional y ferocidad, amplió aún más con un tremendo golpe a su cabeza. Aún hoy, cuando se tocaba esa parte de su cráneo, sentía el dolor.
De cualquier manera, esa credencial, que inexplicablemente el socio militar tampoco incautó, le sirvió más de una vez. Las redadas de los uniformados eran continuas e impredecibles; en los medios de transporte, en la esquina de su casa, en los bares y restaurantes. En las selvas interiores y montañas se combatía otra guerra contra los insurrectos, que, por la falta evidente de noticias, se entendía que tan fácil no era. Como máximo se afirmaba que los esfuerzos y sacrificios eran enormes, pero se esperaba en la victoria final. Con esa credencial que temía que en cualquier momento se la encautarían, se salvó de perder tiempo en los cuarteles tratando de demostrar quién era y qué era lo que hacía. También le sirvió para tramitar con cierta rapidez su pasaporte. Viajó al viejo continente, continuó a jugar moderadamente en sus casinos, y en el balance general, después de unos meses, salía ganando, con una tal racha de suerte que creyó firmemente que era un genio, que tendría que haberse dedicado al juego profesional, y no perder tiempo con la sociología.
Con todo ese tiempo a su disposición fue inevitable que conociera a más de una mujer, y especialmente a Giulet, no en un casino, sino en una pinacoteca, y en extrañas circunstancias, que le arrancó el corazón y casi su haberes y al mismo tiempo lo obligó a reflexionar sobre el destino de las personas, especialmente sobre su condensación coloquial cotidiana. A esa frase la consideraba una justificación bastante discutible y superflua sobre la existencia, ya que se presentaba puntualmente cuando se llegaba, sobre todo en casos imprevistos, a la muerte: “Era su destino”, decían.  ¿Cómo podría hablarse de destino, fatal e inevitable si durante la vida todo era una sucesión de casos al azar? En el póker hay cuarenta y en la ruleta treinta y siete “destinos”, y cuando finalmente llega la carta, o la bolita se detiene sobre uno de ellos es simplemente un caso, como cualquier otro. Con cuarenta cartas o treinta y siete números y armados con paciencia se puede prever con una cierta aproximación que sucederá, pero con la vida es imposible, se decía. Muriendo habría que decir, en vez de “era su destino”, “otro caso más”.
Había reservado una entrada para una muestra pictórica, en la cual, por primera vez se exponían mil años de pintura con la participación de la mayoría de los países. Era un evento único, así que pagó una visita exclusiva, con pocos participantes, y dio sus datos sin prestar atención a la entrada que le entregaron en la cual habría tenido que figurar su nombre y apellido. Hizo la cola observando distraídamente el público compuesto en su mayor parte por ancianos, y tuvo un momento de desconcierto al sentir pronunciar su nombre y apellido por parte de una deliciosa señora que tenía dificultad con las “erres” de su apellido. Alzó su mano perplejo para señalar su presencia, y esa morocha de grandes, luminosos e increíbles ojos marrones se le acercó con la entrada en su mano.
—Apuesto a que usted tiene mi entrada –le dijo en español, y esa “apuesta” fue el comienzo de una relación en la cual, además de presentarle emociones jamás experimentadas, también lo convenció de que no era todo un caso, sino el destino: Giuliet había nacido para él, y él para ella, y con esa certeza estuvo a punto de ceder a la insensatez de proponerle matrimonio. Viajaba continuamente a visitarla, a más de trescientos kilómetros, y todos esos viajes y los gastos en los cuales se prodigaba para ella, hicieron que su capital disminuyese de a poco. La buena fortuna en el juego lo había abandonado, simplemente porque no lograba concentrarse en los métodos de previsión, pensando en Giulet, a quien jamás reveló su debilidad por el juego, pero sí imaginarse cómo sería su futuro viviendo juntos. Entonces se decidió a ser claro y sincero con ella, mas solo logró darle confusas explicaciones que, inevitablemente, lo llevaron a volver a su patria, casi con lo justo, con un recuerdo que jamás olvidaría, un recuerdo que le había presentado una nueva pasión.
Y ahora estaba frente a su nuevo jefe, con un nuevo destino, y por primera vez maldijo la carrera que había elegido, porque viajar hasta Cerro Pelado, a más de doscientos kilómetros, en pleno verano, no era lo que se esperaba como retorno a su vieja función, pero le serviría para tratar de olvidar las otras dos pasiones, especialmente la última.

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