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                                                         EL MEDIADOR 3

Su actividad de sociólogo, en el gobierno civil anterior al golpe, ya casi ocho o nueve años atrás, consistía en estar en contacto permanente con las asociaciones que surgían en los barrios más marginales, los más propensos a generar manifestaciones de protesta, aquellos que rodeaban y asfixiaban la capital modificando su tejido urbanístico, reduciendo el trazado de las calles a caprichos estrechos y retorcidos, con las aguas servidas a la vista, con basurales como plazas, dormitorios que se transformaban en bares o almacenes, sin corriente eléctrica ni gas. Recorría centros culturales, sociedades de fomentos, escuelas. Se presentaba por lo que era, un sociólogo encomendado por el gobierno para transmitir las inquietudes de esas fuerzas vivas a la policía, policía que adolecía de un problema común a casi todas las policías de la región: considerar que las manifestaciones, o desórdenes, eran simplemente actos de unos pocos exaltados comunistas que azuzaban a un montón de negros e indios ignorantes. Había sido una buena iniciativa cultural del anterior y depuesto gobierno civil, pero tratar de educar a la policía fue y siguió siendo una empresa ardua, si no imposible y, seguramente, con los últimos cinco años de gobierno militar, sus pocos logros habrían caído en el olvido, o simplemente mostrados como teorías inútiles, y con mucha probabilidad hasta subversivas, por aquellos que decidieron alejarlo de su cargo.

Todavía recordaba la primera reunión que tuvo con un centenar de policías. Había escrito en el pizarrón “Malestar psicofísico y orígenes de las manifestaciones” y esperaba que ocupasen sus asientos.  Después de saludar sin recibir respuesta, se disponía a comenzar cuando Espeche, un suboficial mayor de rasgos indígenas, de frente angosta, cabello corto y renegrido, la piel del rostro áspera, con señales de viruela, bajo pero robusto, al mando del grupo anti-disturbios, le preguntó por qué el gobierno, en vez de educar a la policía, no educaba a todos esos revoltosos.

Aguirre le contestó que para eso estaban, aunque insuficientes, las escuelas y universidades, y a continuación le pidió, con evidente intención de polémica, que le recordara cuáles eran las funciones de la policía.

—Mantener el orden –respondió Espeche.

—¿Sólo eso? –preguntó Aguirre.

—¿Y le parece poco? –respondió el sub oficial mayor, causando las risas de sus subordinados.

—¿No cree que también tendría que prevenir? –preguntó Aguirre.

—Si tuviéramos que prevenir ya no seríamos policías. Tendríamos que saber qué es lo que quieren. Seríamos todos como usted. ¿Y quién mantendría el orden?

—Exactamente para eso estoy aquí. Usted no dejará de ser policía, pero si tiene que dar palos sabrá a ciencia cierta por qué los está dando, pero deberá evitar el ensañamiento, que desnaturaliza la misión de la policía; recordar que hay principios, antes que éticos, humanos, y que la impunidad no está escrita en ningún lado.

Fueron seis meses de encuentros semanales, en los cuales comprobó lo que ya se imaginaba: todos esos cien agentes provenían de los barrios periféricos, que apenas sabían leer y escribir y que se habían enrolado en la policía por la paga. A pesar de todo esto tuvo una inmensa satisfacción cuando recibió las felicitaciones del antaño ministro del Interior, que lo convenció de que su paciente trabajo había dado sus frutos, gracias al suboficial Espeche.

Hubo una manifestación espontánea causada por la muerte de un obrero en una fábrica. Se habría evitado si la empresa hubiera respetado las normas de seguridad. Era un padre de familia que dejaba una esposa y cuatro hijos desamparados. Después del funeral un reducido grupo de amigos y familiares reunidos en los portones de la fábrica, se convirtió en el arco de pocos minutos en un nutrido grupo que avanzó desordenadamente hacia el centro de la ciudad, directamente hacia la casa de gobierno, alimentándose de otros indignados a medida que procedía.

Puesto al corriente, Espeche y su grupo tardaron poco en llegar. Tomó nota de la situación y desplegó una primera barrera de sus hombres con equipo completo, de una vereda a la otra, pero sin armas de fuego, sólo con bastones. Les ordenó que trataran de resistir al empuje de los manifestantes, sólo resistir, sin usar los bastones, y si no podían soportar la presión, dejarlos pasar. Él los esperaría al frente de una segunda hilera.

Los manifestantes se encontraron por primera vez con un grupo de policías que sólo trataban de resistir, apoyándose sobre sus talones. A esa multitud vociferante no le costó nada fagocitar la barrera, y ya libre el camino, algo desconcertados por aquella actitud practicamente pasiva, continuaron su marcha, pero de repente, todavía más desorientados, se detuvieron. Espeche los esperaba en medio de la calle, con la segunda fila detrás, también armados solamente con escudos, cascos y bastones, sin armas de fuego. Entonces, para el asombro de todos, primero se sacó el casco que arrojó junto al bastón sobre el pavimento, después las botas y luego todo el uniforme, con el chaleco anti-balas incluido, quedándose en calzoncillos, camiseta y medias, y se dirigió resueltamente al centro del grupo. Los manifestantes, incrédulos, inmediatamente lo rodearon. Las exactas palabras que pronunció para convencerlos de que se disolviesen en paz nadie las recordaba, pero después se supo que afirmó descaradamente de ser un íntimo amigo del muerto, y que si querían pasar lo harían sobre su cadáver inerme y en bolas, pero que los muertos inocentes serían dos, y encima íntimos amigos en vida, e increíblemente la manifestación se disolvió.

Por supuesto que recibió una amonestación por haber actuado fuera del reglamento, ya que desnudarse frente a un grupo de revoltosos no estaba contemplado en las férreas reglas policiales, amonestación que pasó al olvido cuando Aguirre, con una nota adjunta firmada de su puño y letra exaltando su actuación, le entregó la felicitación oficial del ministro: era Espeche que se la merecía, y éste la enmarcó y la colgó en su despacho.



Luego de abandonar el Ministerio del Interior, Aguirre se dirigió al departamento de policía. Después de casi seis años volvía a entrar en ese edificio gris, tenebrosamente burocrático, falsamente apático y quieto, donde el eco de las pisadas de tacos y la apertura y cierre de rejas era una constante continua en los pasillos. El comisario general era el capitán Ortega, que cuando Aguirre fue desplazado era el segundo del comisario Ruiz, un tipo recto y honesto éste último, muerto misteriosamente al poco tiempo que fue destituido.

—Ruiz no se suicidó, doctor Aguirre –intercaló Ortega en la narración de aquellos años de pesadilla. Aún pasado a retiro continuó a pertenecer a la policía, y había descubierto algo sucio. Estamos tratando de recomponer la situación de aquellos tiempos, y cuando estemos listos, presentaremos la denuncia. Los milicos que nos coparon pusieron todo patas para arriba, están y continúan a estar de la cabeza. Tendrá que comenzar de cero para reeducar a los cuadros. El suboficial Espeche pidió la baja a los pocos meses del golpe, hastiado. No pudo soportar ver el descalabro que causaron los milicos. Lo he llamado varias veces para que se reintegrara, pero no me ha escuchado. Quizás a usted le haga caso. ¿Por qué no lo intenta?

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