lunes

                                                        EL MEDIADOR 4 

Espeche hacía changas de albañil, plomero y carpintero. Vivía con su mujer, cuatro hijos adolescentes y su suegra, en una humilde casa que había levantado con sus propias manos, en un barrio con las calles todavía sin asfaltar. Cuando Aguirre llegó estaba terminando de instalar el agua corriente, que antes tenían que transportarla desde una bomba a la intemperie. Espeche, al descubrirlo parado detrás del portón de alambre, tuvo un momento de incredulidad, ya que se había convencido de que no lo vería nunca más. Arrojó el balde con cemento hacia un costado y lo saludó con un apretón de manos que le hizo crujir los huesos, junto a un larguísimo “¡doctoooor! ¿Usted por acá? ¡Qué sorpresa!” Su emoción era sincera. Lo miraba sonriendo mientras se lavaba las manos y se las secaba en los pantalones. Lo invitó a entrar a su casa, donde hablaron a solas, tomando café en la cocina. Aguirre todavía recordaba cuando casi desnudo enfrentó a la multitud, y también de que jamás tuvo la oportunidad de preguntarle qué le había pasado por la cabeza cuando lo hizo. Ahora podía hacerlo.

—¿No lo considera que fue un acto de insensatez que le salió bien? –preguntó Aguirre.

Espeche sonrió antes de beber otro sorbo de café.

—¿Sabe en quién pensaba unos segundos antes de ponerme en pelotas? –preguntó Espeche.

—No tengo la menor idea. ¿En lo que le podía suceder, en el cuerpo de policía, en su país, en sus hijos, su esposa? –trató de adivinar Aguirre.

—No. En usted.

—¡¿En mí?!

—Bueno, no en usted propiamente dicho, sino en una de las charlas al margen de las clases que nos daba. ¿Se acuerda que una vez dijo que, en cualquier situación jodida, así sea en el trabajo, en el hogar, o en cualquier otro lado, cuando ya hemos agotado todos nuestros recursos lógicos para tratar de solucionarla, no nos convenzamos pasivamente de que no queda nada por hacer y abandonarnos a esperar...  en pelotas el desastre?

Aguirre trató de hacer memoria.

―Espere, no se esfuerce en recordar. Se lo digo yo, y estoy seguro de que son las mismas palabras que salieron de su boca a pesar del tiempo transcurrido… “siempre hay otra solución, la última, la que yo no puedo enseñárselas porque está dentro de ustedes: improvisar, señores. En esta vida todos somos actores rejuntados al azar, y de consecuencia no hay uno que no sepa declamar, aún con el silencio. Improvisar, señores, para... des-tra-mi-ti-zar... des-ma...

—Desdramatizar –intervino Aguirre.

—Sí. Eso. Y bueno, la situación era jodida. Le digo que sí, que usted tenía razón, pero me di cuenta de que para improvisar y des-dra-matizar no queda otra que ser insensato. No sé de dónde me salió desnudarme de frente a esa multitud, pero gracias a Dios dio resultado. Se quedó unos instantes en silencio, observando al doctor, y luego, como en confidencia, agregó, ¿Sabe que a veces trato de improvisar, acá, en mi casa, cuando discutimos con mi señora? Es tan testaruda como yo, y a veces me saca de las casillas, entonces, al final me meto a improvisar, para aflojar un poco la tensión, ya que de otra manera tendría que… y no se me ocurre otra cosa que hacer monerías, para des-dra..., bueno eso, y consigo traer la calma, pero lo más lindo es que ella no me entiende al verme hacer esos gestos, y me pregunta muy seria si estoy bien. ¿A usted le parece?

Aguirre a duras penas pudo contener una carcajada. Continuó a mirarlo mientras bebía su café humeante, pensando en lo que recién le había confesado, recordándolo siete años atrás cuando le preguntó con arrogancia por qué en vez de educar a los policías no educaba a esos revoltosos. Se asombró que alguien como ese policía tosco, casi iletrado, hubiera podido poner en práctica un consejo, que después de todo era pura retórica, dirigido más que nada a idealistas, sin embargo, lo había hecho, como también pedir la baja viendo la prepotencia con la cual esos milicos pretendieron mandar en un lugar que no era de ellos. Su relación con él había sido profesional, pero ahora se daba cuenta de que era un policía noble, no contaminado, puro... no como él, casi como Giulet.

Aguirre le explicó el por qué de su visita, y cuando de pasada mencionó esa supuesta reliquia que dio origen a los desórdenes en Cerro Pelado, Espeche se levantó, fue hasta el aparador y volvió con una cajita de madera con una tapa de vidrio. Dentro había un pedazo de tela sucia.

—Tiempo atrás tuve a mi segundo hijo muy enfermo –inició Espeche, de pie, mirando su cajita. Los doctores no sabían que tenía. No daban pie con bola, entonces un día me fui hacia el norte, en donde está el cuerpo aún incorrupto de San Severino, un santo hombre que la iglesia todavía no reconoce, o no quiere reconocer. Ya ahí, sin que nadie se diera cuenta arranqué un pedacito de su vestido, y me lo traje, prometiéndole que si sanaba a mi hijo cada año volvería en procesión, a pie. Y ahí anda mi hijo, sano y fuerte. No me olvido de mi promesa, y todos los años voy con mi familia, incluida mi suegra. Bueno –continuó luego de reponer la cajita en su lugar, ¿Cuándo salimos para Cerro Pelado?

—¿Cree que nosotros dos bastaremos? ¿No sería conveniente llevar a otros? –preguntó Aguirre, tomado de sorpresa por tan espontánea decisión.

—¿Para qué más? Si esas reliquias son verdaderas, junto a la de San Severino serían dos santos que nos ayudarían... y si las cosas se ponen mal... bueno, improvisamos y des-dra... Bueno, alguna insensatez se nos ocurrirá.

En esos momentos la esposa de Espeche volvía cargada con dos bolsas del supermercado acompañada de su hija menor, una morochita delgadísima, molesta por tener que arrastrar su carrito.

—No se preocupe por lo que dirá mi esposa. Está más tranquila desde que abandoné la policía y cree que nunca más volveré a serlo. Vivía con el corazón en la boca cada vez que me iba a trabajar. No le haga caso –lo previno Espeche, y la llamó con su apellido.

—¡Doña Eliziaga! Venga un momentito que le presento al doctor Aguirre –gritó mientras le guiñaba un ojo al doctor.

Era robusta, un poco más alta que su marido, de cabello renegrido como sus ojos, de piel blanquísima y rostro casi redondo. Era una mujer jovial, pero lo saludó muy seria, sin esconder su desconfianza, imaginando que ese doctor, del que tanto hablaba su marido, no había venido sólo para saludarlo. Luego de presentarse miró a su marido.

—Estamos bien con los trabajos que hacés. No nos falta nada nada, y hasta creo que ganás más. No es necesario que vuelvas a la policía –le dijo muy seria.

—Y usted, ¿cómo sabe que el doctor vino para reintegrarme a los cuadros? –respondió Espeche, siempre sonriendo.

—¿Y qué otra cosa puede hacer acá?, y me disculpe doctor la franqueza, pero sucede que tengo miedo que un día me lo traigan dentro de un... 

—¡Bueno, basta, pájaro de mal agüero! Me prepare ropa interior y una camisa que estamos saliendo –y añadió transformando su rostro ceñudo en una súplica. Por favor doña Eliziaga.

—¡Si!... ¡Pájaro de mal agüero! –contestó su esposa fingiendo desprecio. ¿Y adónde van que tenés que llevar ropa para cambiarte? –preguntó ella, y comprobando que no contestarían le pidió a su marido que se cuidase, y luego, dirigiéndose al doctor;

—Me lo cuide doctor. Que no cometa insensateces. Están todos de la cabeza en este país. No hay ni una persona sensata. Ni en la televisión.



Ya dentro del edificio central de la policía, adonde fueron para regularizar la reincorporación de Espeche antes de partir, éste decidió de ir a saludar a sus antiguos camaradas. El doctor Aguirre lo acompañó, más que nada por la curiosidad de volver a ver aquel grupo de policías con los cuales había compartido horas de estudio. Recordó que los escuchaba y trataba de hacerse una idea de qué grado de cultura tenían. Los resultados al inicio fueron desalentadores, pero se sintió satisfecho al lograr imponer, no sin resistencias explícitas o veladas, que a veces parecía que llegarían a la agresión física a su persona, de que no bebieran en horas de servicio. Para ese fin el carisma y autoridad de Espeche fue determinante, pero su mayor alegría fue, después del primer año, sentir recitar de memoria los elementales derechos de incolumidad física y asistencia legal de los detenidos.

En la cafetería en la cual entró Espeche había una veintena de sus ex colegas, pero sólo tres se levantaron y fueron al encuentro de su antiguo jefe. Aguirre, mientras tanto, se dirigió a la vieja sala donde daba las clases, a pocos metros de la cafetería, y sin entrar observó las cajas y trastos en desuso que cubrían todo el espacio. De las butacas, su escritorio y el pizarrón no había ni rastros.

Sintió a Espeche a sus espaldas decirle que había terminado de saludar y juntos fueron a ver al capitán Ortega, quien al ver a Espeche exclamó “¡Sabía que lo conseguiría, doctor!

Cuando abandonaron el edificio, ya dentro del auto, el doctor le hizo notar que solamente tres ex colegas se levantaron para saludarlo, no así los otros.

—¿Esos otros son nuevos, y por eso no lo saludaron? –preguntó Aguirre.

—No. Son los mismos de cuando estaba yo. ¿No se los recuerda? Los que me saludaron son los únicos tres que no se metieron en nada durante la intervención militar. Los comprendo. ¡Pobres! Me imagino todas las presiones y burlas que habrán tenido que soportar de los otros. Es difícil ser honesto cuando está todo podrido, doctor.  



Durante el viaje hacia Cerro Pelado, Espeche lo puso al corriente de lo sucedido durante esos cinco años en la policía.

—El viejo comisario general Ruiz no se suicidó doctor. Fue una burda escena la que armaron con ese muerto. ¿A usted le parece que ese viejo rezongón de Ruiz decidió suicidarse, así, de un día para otro?  ¡Pero si tenía dos huevos grandes como de avestruz!, y quien los tiene no piensa jamás en el suicidio, y era más honesto que nuestro Señor Jesucristo. Lo frecuenté durante todo el tiempo. Estaba por presentar una denuncia... ¡qué ingenuo! Se lo pedí encarecidamente que no lo hiciera. Los milicos metían presos a sospechosos, parientes, conocidos de estos y vendían todas sus propiedades cuando sabían que iban al matadero. Cuando vuelva a sus funciones, doctor, tendrá que tener cuidado. Hay más de uno de mis colegas que está metido hasta la coronilla. Está todo podrido, doctor, y será difícil enderezarlos. Están todos de la cabeza.

Hacía un calor insoportable dentro del auto. No tenía aire acondicionado y Aguirre sudaba.

—¿No tiene calor, Espeche? –preguntó.

—Sí. Hace calor, pero no me molesta. Además, no sudo ¿se dio cuenta?

—Por eso se lo pregunté.

—Jamás sudé... No. No es cierto. Sudé una vez... ¿Y sabe cuándo?, cuando me puse en pelotas frente a aquella manifestación. Me estaba cagando de miedo.



Aguirre le contó a medias lo que había hecho durante los años de inactividad. Su viaje al viejo mundo, sus mujeres y sus museos. De su pasión por el juego ni una palabra. Espeche le preguntó cómo era ese viejo continente, cómo era su gente, cuál la diferencia con la República Amerindia, y Aguirre le dijo que la gente era igual a la de acá, con otros colores, que el militar hacía rato que no se metían en la cosa pública, que no había tantos espacios libres, y que la diferencia más notable eran sus casas, sus palacios, sus monumentos. Todos viejos, eso sí. Viejísimos. Y muchísimos.

—¿Todos viejos? –preguntó asombrado Espeche. ¿Y de cuántos años?

—¡Tantos!  –respondió Aguirre. De más de cien. Hay algunos que tienen miles de años.

—¡Miles de años! Se estarán cayendo a pedazos –observó Espeche.

—¡No! Ni en sueño. Se gastan millones para tenerlos en pie.

—Pero si tienen poco espacio y esas casas son tantas, ¿Por qué no las tiran abajo y hacen nuevas?

—¡La memoria, Espeche! ¡La memoria!

Continuaron a hablar y sin darse cuenta dejaron la planicie que los había absorbido, comenzando a introducirse en una selva subtropical. La atravesaban a velocidad sostenida, observando esa mole verde y húmeda que se alzaba a sus costados.  Tuvieron que aminorar la marcha porque habían llegado a un pequeño poblado, al costado del camino, en un inmenso claro obtenido a fuerza de derribar árboles. El tránsito de carros y animales había llegado a su punto máximo. Grupos de niños desnudos chapoteaban en charcos transparentes, donde los tallos y las hojas sumergidas eran más verde y nítidas que nunca, mujeres con críos a sus espaldas y haces de leña diminuta en equilibrio sobre sus cabezas. Ancianos descalzos, con chalecos y sombreros negros de ala corta, inmóviles, mirando al borde del camino, asombrados de cómo pasaba el auto. Los carros volvían a sus hogares, con el resto de frutas y peces que no habían sido vendidos.

—Por acá cerca estará el pueblo donde nacieron mis abuelos –comentó Espeche, siguiendo con la mirada un carro y su cansino conductor que dejaban atrás.

—Me pareció entender que provenían de un pueblo al pie de la cordillera –respondió Aguirre confundido.

—No. Esos eran mis abuelos maternos. Los paternos son de por aquí.

Espeche, que no cesaba de mirar hacia todos lados, como si lo que observara lo había visto antes, le preguntó si sabía cómo se decía en su lengua “carro”, y como Aguirre no lo sabía, dijo un vocablo impronunciable para el doctor. Luego, sin pausa, comenzó a traducir pibe, hombre, mujer, agua, camino, montaña, árbol, bosque. Luego los verbos y sus declinaciones.

—Por lo visto no ha olvidado la lengua de sus antepasados –exclamó Aguirre asombrado.

—La memoria doctor. Nuestra memoria. Yo todavía la hablo, pero mis hijos apenas si conocen dos o tres palabras. Lamentablemente desaparecerá como todas las cosas que nunca se creyeron mejores que otras.

Después de ese claro habitado, volvieron a introducirse en una selva tupida y húmeda. Aminoraron la marcha porque el estrecho asfalto comenzaba a presentar baches imprevistos, y cada tanto, en hondonadas, debían cruzar a paso de hombre las aguas de algún torrente cercano que desbordando inundaba la ruta. Sobre ellos era una volar continuo de aves coloridas y graznantes que pasaban de la derecha hacia la izquierda, igual que los pequeños y veloces animales que cruzaban la carretera, como si huyesen, o alguien los llamase, o abandonaran un lugar ya no seguro.  Espeche se los indicaba con sus nombres en su lengua. De repente se vieron envueltos dentro de una nube de insectos que prácticamente cubrió todo el parabrisas. Aguirre quiso detener la marcha para descender, pero su compañero le aconsejó que continuara todavía, aún si no se veía nada, lentamente, porque esos insectos seguramente se abalanzarían sobre él si salía del vehículo. Cuando finalmente frenó y descendió, tuvo que recurrir a un trapo húmedo para limpiar esa masa viscosa. Estaba por subir para continuar la marcha cuando unos alaridos llamaron su atención. A no más de cincuenta metros un grupo de monos pelirrojos atravesó la ruta sin ningún apuro. Las hembras cargaban en sus lomos a sus cachorros, y algunos de estos últimos, ya más grandes y rebeldes, trataban de huir del cuidado de sus madres, mientras que los machos más jóvenes cerraban la columna. El jefe, con el pelaje desteñido por la vejez, pero aún robusto y autoritario, se sentó a mirar a Aguirre, en medio de la ruta, mientras que cada tanto controlaba el paso de su gente. Cuando el último rebelde, perseguido por su madre hubo cruzado, se levantó y tranquilamente desapareció en el bosque.

—¡Pero… esos son chimpancés! –exclamó atónito Aguirre. ¿Los ha visto usted también, Espeche?  

—¿Qué son doctor? –preguntó Espeche sin el estupor de Aguirre.

—¡Chimpancés! –repitió éste. ¡Es imposible que los haya en estas latitudes! ¿Cómo habrán llegado?

—Ah –respondió Espeche. Nunca los había visto antes, pero que los hay, los hay.

Aguirre se alejó del auto rascándose la cabeza, tratando de volver a verlos. Se detuvo en el punto en donde habían desaparecido y esperó un carro que se acercaba en sentido contrario. Lo detuvo y le preguntó al conductor de dónde habían salido esos “chimpancés”, pero el anciano que conducía, también con chaleco y sombrero negro, no le entendía. Se acercó Espeche y en su idioma le repitió la pregunta. El anciano respondió que así no se llamaban, le dio el nombre exacto, en su lengua por supuesto, impronunciable para el doctor, y les contó que, de una pareja de ellos, tantos años atrás, habían aparecido todos esos descendientes.

—¡Pero!, ¿de dónde salieron? –preguntó todavía incrédulo Aguirre.

Espeche tradujo y cuando supo la respuesta se largó a reír.

—¿Qué dijo? ¿De dónde salieron? –insistió el doctor.

—¡De la selva! ¡De dónde quiere que salgan! –respondió Espeche y rio nuevamente.

Volvieron a ponerse en marcha, siempre lentamente porque los baches se sucedían. Aguirre continuó a referirse a esos animales, afirmando que no podían ser autóctonos, que su hábitat natural era en un otro continente. Espeche le preguntó dónde estaba ese otro continente; el doctor, luego de orientarse de acuerdo al Sol señaló con su mano derecha extendida, informándolo de las horas de vuelo que eran necesarias para llegar. Espeche entonces le dijo que si era así como decía el doctor, probablemente se habrían escapado de un circo. Él, de pibe, se acordaba todavía de toda esa gente extraña que llegaba cada tanto con camiones y carpas, y que no miraban a la gente del pueblo como aquellos que venían de la capital. No, todo lo contrario. Le daban del usted a todos, hasta a los gurises, los saludaban con reverencias inclinándose, les señalaban la butaca donde tenían que sentarse con ampulosos gestos. Parecían grandes señores, o como reyes, muy educados. Siempre preguntaban si alguno de nosotros quería unírseles. Más de uno se fue con ellos.

―Me acuerdo que Ambrosio, un muchacho algo más grande que yo, el cantor del pueblo, había decidido juntarse a ellos. Y se dio la casualidad de que uno de los actores de un pequeño drama que representaban, se enfermó. Él se propuso inmediatamente, y luego que le enseñaron rápido la parte, tuvo que reemplazarlo. El papel era chiquito, el de un policía taimado. Lo único que tenía que hacer era dar cuatro pasos y matar por la espalda, con su bayoneta, a un gaucho rebelde que, escapando, intentaba saltar una pared. ¿Y sabe lo que hizo aquel tarambana cuando luego de arrancar con su arma tropezó y se cayó de bruces? ¡Se levantó y se puso a sacudirse el polvo de la ropa! ¡Cómo si nada! ¡Mientras el gaucho rebelde no sabía qué hacer en tanto esperaba la muerte! ¡Alzaba una pata para cruzar una pared bajita y la volvía a poner en su lugar! ¡Después probaba con la otra mientras miraba para atrás, para ver cuánto le faltaba a su asesino! ¡Cómo nos reímos aquella vez! ¡Le gritábamos, tenés que matarlo, Ambrosio! ¡No limpiarte los pantalones! Aguirre rio de buena gana por un buen rato. Después volvieron a quedarse en silencio, observando como esa selva subtropical, de a poco, se transformaba otra vez en una planicie que les dejaba entrever un cerro que era verdaderamente un cerro pelado. “Parece la cabeza calva de un fraile franciscano, de esos que se rapan sólo la parte de arriba”, observó divertido el doctor.   

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