jueves

                                                            EL MEDIADOR 5

A Cerro Pelado llegaron al anochecer, con treinta y seis grados de calor. Aguirre se dirigió directamente al cuartel de la policía, una construcción que ocupaba toda una manzana. Un edificio pintado de blanco, de dos pisos a techo plano ocupaba una de las caras del cuadrado, mientras que las otras tres eran altos muros con alambre de púas en sus cimas y un portón en la fachada posterior, para el ingreso de los vehículos. La enorme puerta principal de madera y herrajes tenía sus dos batientes abiertos, pero el pasaje estaba custodiado por una reja del mismo tamaño y forma, medio metro más atrás, que a su vez contenía una pequeña puerta, por la cual solo podía pasar una persona a la vez, y detrás de ésta, a los costados, dos policías armados miraban, ya sin emoción alguna, a un grupo de cinco personas en la calle. Cuatro estaban sentados sobre el pavimento, el quinto, de barba, se paseaba fumando, mirando cada tanto el frente del edificio, que, en sus ventanas, tanto aquellas de la planta baja como las del primer piso, todas enrejadas, se notaban aún las señales del último disturbio: marcas del carbón de tizones arrojados contra la pared, manchas de diversos colores, vidrios rotos, y el residuo de hollín de dos principios de incendio en las paredes, a ambos lados del portón. Todavía se sentía el olor a nafta, a kerosene, a goma quemada. Un barril de metal cortado a la mitad, tiznado por el fuego que contuvo, y montones de neumáticos rodeaban a ese grupo, y detrás, apenas en pie, un cartel de tela con la escrita “Respeto por las reliquias de nuestro comandante Federico”.

Luego de presentar sus credenciales, Aguirre y Espeche fueron recibidos por el comisario Ayala, un hombre de estatura media, enjuto y seco. Daba la sensación de que trataba de dominar crispaciones nerviosas con su rigidez casi innatural, con un tic facial que consistía en estirar los tendones que partían del mentón hasta la base del cuello. Llevaba su pistola de ordenanza bien a la vista, con la tapa de seguridad de cuero desabrochada. La piel de su rostro era marrón claro, con ojeras oscuras, casi violetas, de alguien que no dormía últimamente o tal vez señales de una enfermedad agazapada. Detrás de él, en perfecto orden, apoyadas sobre la pared se veían lanza-gases y carabinas. Recién acababa de hablar con el ministro del interior, le dijo después de saludarlos; quería saber si habían llegado. Luego acomodó delante de él, sobre el escritorio, una pila de legajos.

El primero era de Luis Ignacio Rivarola Méndez, alias Néstor. El comisario leyó velozmente los datos personales y ralentizó cuando llegó a los folios donde constaba toda la supuesta actividad política en los tiempos de la dictadura. Se sospechaba que participó activamente en la columna “Patria y Libertad” que lideraba el comandante Federico. Aun sin pruebas fue detenido igualmente, pero junto con otros logró evadir en una famosa fuga organizada por tal comandante. Rivarola Méndez era ese que, en el medio de la plaza, el domingo pasado, luego de la misa, se puso a gritar que las reliquias guardadas en la iglesia no eran del comandante.  “Tuvimos que arrancarlo de las manos de quienes querían lincharlo. Ahora está protegido en una de nuestras celdas” –aclaró el comisario.

El segundo era el legajo del hombre delgado y con barba que Aguirre vio al entrar, Carlos Miguel Ruiz Alcoza. El comisario leyó los datos, luego su prontuario.

―También participó en la guerrilla, pero en otra columna; por esto último no creo que lo haya conocido al comandante Federico. Es un devoto religioso; digamos medio fanático. En definitiva, tenemos dos participantes acomunados por la misma ideología en tiempo de guerra, pero enfrentados en tiempos de paz.

―Y del comandante Federico, ¿hay algo? –preguntó Aguirre.

—Absolutamente nada –respondió el comisario apartando los legajos. Jamás lo vieron, excepto sus más allegados, que estarán todos muertos, supongo. Fue una matanza tremenda, de ambos bandos. Andaba siempre encapuchado cuando hablaba con alguien que no fuese de su columna. Al final lo acorralaron, estaba solo y por lo visto le explotó en las manos una bomba que pulverizó casi todo el cuerpo. Lo que se venera en la iglesia son unos pedazos de huesos y un poco de piel. Lo que Ruiz Alcoza, el que está ahí afuera logró recoger.

—Y ese Luis Ignacio Rivarola Méndez, el tal Néstor, ¿con qué argumentos sostiene que los restos no son del comandante Federico?

—Afirma de que está vivo, que lo vio después de la explosión.

—¿Y dónde lo vio?

—No lo quiere decir, pero para mí son todas invenciones suyas. No está bien de la cabeza. Todavía delira con continuar la lucha, con la victoria final, con la reforma agraria, con desfiles y otro montón de fantasías. ¿Por qué no se lo llevan a la capital? Acá continuará a hacer quilombo. Al otro, ese Ruiz Alcoza, grupos religiosos lo siguen como si fuera un profeta. Para colmo unos meses atrás un hombre que ya lo daban por muerto se curó inexplicablemente, y ya se puede imaginar en quién individuaron al autor del milagro: en el comandante Federico. Este pueblito, además de ser muy católico, se siente orgulloso de haber dado tantos hijos por la resistencia, pero la mayoría quiere olvidar el pasado. Reconocen que hubo demasiados muertos, pero ese Ruiz Alcoza... es un obstáculo.

—¿Ha tratado de convencer a Ruiz Alcoza de la inestabilidad síquica de ese Rivarola Méndez alias Néstor, comisario?

—¡Claro que sí! Pero sólo quieren verlo castigado, entre rejas, y yo no puedo detener a uno por el solo hecho de ponerse a gritar en medio de la plaza.

—Lo entiendo comisario –contestó Aguirre, y se dio cuenta de que estaba agotado por el viaje. Ya es tarde comisario, pero antes de ir a descansar quisiera darle una ojeada a ese Néstor –agregó Aguirre mientras miraba a Espeche que se había acercado a la ventana y miraba la calle. ¿Siguen ahí, Espeche?

—Sí, doctor. Firmes como enanos de jardín.



Rivarola Méndez, alias Néstor, estaba dentro de una de las primeras celdas de un largo corredor. Un policía que se aburría de hacer la guardia se levantó de su silla para saludarlos. La puerta estaba abierta y un olor a trapos húmedos y orín fue lo primero que sintió Aguirre.  El custodiado leía sobre un catre, en calcetines. Al verlos, su rostro, hasta ese momento concentrando en la lectura del libro que tenía entre sus manos, cambió de expresión, como de espera gratificada. Se levantó, y ya en pie, con el puño izquierdo cerrado exclamó;

—¡Venceremos comandante! –mirando al doctor, como si este fuese ese fantasmagórico comandante y luego, menos eufórico agregó: ¡Finalmente civiles! Seguramente vienen de la capital, llenos de ideas libertarias. Lamentablemente también por ustedes hemos luchado, por burgueses satisfechos, ambiguos y sin solidaridad, que participaban de la lucha a través de la televisión, entre una telenovela y otra.

Aguirre y el comisario se miraron.

Era un hombre delgado y alto, con el pelo y la barba revuelta, de ojos negros y brillantes hundidos en su rostro huesudo. El pantalón y la camisa eran holgados, como si hubiera adelgazado demasiado últimamente.

—Buenas noches, Rivarola Méndez. ¿Cómo está? –preguntó el doctor observando los sucios muros grises de la celda.

—¡Mejor que nunca!  A la espera del comandante, y cuando llegue le demostraremos a todos esos chupa cirios de este pueblo que lo que veneran no son sus huesos.

—Y según usted, ¿de quiénes serían? –preguntó Aguirre.

—Yo soy médico cirujano, y le puedo asegurar que esos huesos, aún si son pocos, no son de hombre. Serán de algún animal que se le parezca. Si tiene un poco de cultura general se dará cuenta usted mismo. Vaya a verlos... si lo dejan entrar –contestó Rivarola Méndez resoplando, y luego riendo preguntó, ¿Todavía están ahí afuera esos fanáticos, comisario? –y recibiendo la confirmación añadió, Bueno, yo no puedo continuar a estar aquí. Hay que armar la defensa, aleccionar los cuadros.  

—Sería conveniente que se quedara acá por un tiempo. Hasta que se calmen las cosas –aconsejó Aguirre. Ya encontraremos una solución.

—¡Soluciones! ¡Soluciones! No hay soluciones posibles porque todo es una lucha continua. La lucha es el fin y principio de todas las soluciones, la vida misma es una lucha despiadada –respondió golpeando un puño contra la palma de su mano, con el rostro enajenado, y volvió a tirarse sobre el catre, continuando a leer su libro sobre tácticas guerrilleras.



Antes de atravesar la pequeña puerta de rejas para abandonar el edificio, Aguirre le confesó al comisario Ayala el temor de que Rivarola Méndez escapara.

—No puedo tenerlo bajo llave. Será un desequilibrado, pero conoce sus derechos. Ya ha venido un abogado a hablar con él. Están todos locos de remate. Tanto éste como ese otro que está ahí afuera.

—Los tiros y los muertos siempre dejan secuelas, comisario. Ahora yo y mi ayudante nos vamos a descansar. El viaje ha sido largo. Mañana iré a hablar con los otros.

Cuando estuvieron en la vereda, Aguirre observó a Ruiz Alcoza. Estaba por dirigirle la palabra, pero viendo que el otro lo miraba desafiante decidió continuar hacia el hotel donde se hospedarían. Este era el segundo día desde el inicio de los disturbios, y tal vez mañana sería más accesible, pero inesperadamente Ruiz Alcoza lo interrogó;

—¿Quiere hablar con nosotros, doctor Aguirre?

Este se sorprendió al oír su apellido que suponía imposible que lo conocieran, pero no hizo ninguna observación sobre esa revelación. El pueblo era chico. Se acercó hacia él mientras sus compañeros se ponían en pie.

—No le parece que todo esto es excesivo, señor Ruiz Alcoza.

—Excesivo es que se ofenda una reliquia sagrada. Ya ha hecho un milagro y no permitiremos que ese... fanático la insulte. Tiene que tener su castigo, e ir a la cárcel.

—No es punible el reato de opinión –contestó Aguirre.

—Entonces no nos iremos de aquí hasta que... no pida perdón, sinceramente, de rodillas, delante de las reliquias.

Aguirre lo miro desconcertado.

—¡Pero usted se da cuenta de lo que está pidiendo! –preguntó.

—¡Claro que sabemos lo que estamos exigiendo!: respeto –replicó fiero Ruiz Alcoza.

Aguirre estaba desorientado y comenzó a temer que la situación se le fuera de las manos. Dos exaltados intratables. Se despidió asegurándolo de que trataría de resolver la situación.





—¿Qué piensa hacer, doctor? –preguntó Espeche entrando en la pensión.

—No lo sé, Espeche, no lo sé. Mañana trataré de hablar con otros. Quizás encuentre alguien más razonable. Yo conté diez policías dentro. Son pocos. Si las cosas empeoran habrá que pedir refuerzos. ¿Usted qué haría?

Espeche pensó un momento.

—Yo mañana iría a misa.

—¿A misa? –preguntó asombrado Aguirre.

—Y sí. Así podemos ver esos huesos. ¿Y quién le dice que por ahí no nos den una mano?

Aguirre continuó a pensar en Espeche y sus salidas inesperadas. Ya le había ido bien una de esas, cuando se desnudó de frente a aquellos manifestantes, pero esperar que esas reliquias los ayudasen era una eventualidad que no podía considerar.

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