lunes

                                                                    EL MEDIADOR 6

Se estaba por dormir cuando sonó el teléfono. Del ministerio le pasaron una llama telefónica del exterior: era Giulet.
Después de oír los reproches de ella por haberse ido en manera tan precipitada, Aguirre le contestó que todo fue debido al calibre de los personajes políticos con quien colaboraba, y que cuando terminaría lo que estaba haciendo volvería. Necesitaba tiempo para reflexionar.

—Júramelo –la oyó decir con esa erre que le costaba pronunciar.

—Te lo juro, Giulet.

—No lo creeré hasta que no te vea –respondió Giulet y cortó.

Aguirre se quedó por un largo rato oyendo el sonido de oquedad del teléfono, mirando la oscuridad, recordando que cuando estuvo  con ella el tiempo inexplicablemente le pasaba veloz, tan veloz que hasta le sacaba el respiro, y sin embargo, a pesar de esa velocidad en donde los momentos y los objetos circundantes tendrían que ser mínimos e instantáneos, podía recordar con inaudita fidelidad cada cosa, cada gesto de ella, de él, la mesa del bar con los tiques arrugados de los café consumidos,  la tarde y ¡la forma de una nube!, el color de cada edificio, las palomas que rondaban alrededor de ellos esperando una migaja. Ese día ella abrió su cartera y sacó un paquete de galletitas ya comenzado, e inició a desmenuzarlas para dárselas, y en ese mismo momento Aguirre sintió la reyerta ácida y apenas contenida de una pareja que se había detenido a sus espaldas. Fueron sólo unos instantes, en los cuales oyó decir “¡siempre decís lo mismo”; “¡Pero escuchame!”; “¡No me toqués!”.

Giulet también se había dado cuenta, pero continuaba a arrojar migas.

Luego que esa pareja se alejó, Aguirre, observando la superficie de la mesa de metal, exclamó cómo para sí mismo; “¡Qué tristeza!”.

Giulet sonriendo le preguntó “¿Por qué tristeza? Son cosas de todos los días; es más: te digo que son necesarias. ¿Te asustan esos momentos?”

“En parte sí porque no los entiendo. Tanta pasión al principio, y luego...”

“¡Qué ingenuo y a la vez romántico que sos!  –respondió riendo ella, continuando a dar de comer a las palomas.

Ingenuo le había dicho, lo mismo que pensaba de ella, también de Espeche... y entonces ¿para qué le había dicho que volvería? ¿Y por qué comenzaba a sentir un afecto incomprensible por Espeche?



El doctor y Espeche se despertaron al mismo tiempo. Bebieron un café cada uno y sin decir palabra se dirigieron a la iglesia. Cuando pasaron frente al edificio de la policía constataron que ya no eran cinco los manifestantes, sino un consistente grupo, con mujeres y hasta niños. Alguien los señaló y todos los presentes se dieron vuelta para observarlos.

Llegaron a la iglesia con la misa ya iniciada.  Espeche, luego de santiguarse, se sentó en uno de los últimos bancos y agachó la cabeza, mientras que el doctor prefirió quedarse al lado de la puerta de entrada, y ahí, mientras pensaba que también Giulet podría estar un día junto a ellas, esperó que el oficio religioso terminara para las no más de diez feligresas presentes.

El cura, luego de augurar paz y concordia, se había retirado, y la única anciana que aún permanecía se levantó con dificultad de su asiento, se persignó otra vez y se dirigió al costado de la nave, hacia un altar repleto de velas ardientes que rodeaban una teca de madera y vidrio. También el doctor y su ayudante se dirigían hacia ese lugar, mirando cada tanto en las paredes las representaciones de la pasión del Cristo; el juicio, la condena, los azotes, la coronación con espinas, los escarnios, la caída, la crucifixión. La anciana rezaba mientras encendía una nueva vela, y como no lograba encontrar un lugar libre, Espeche le susurró amablemente que lo haría él por ella, que tenía el brazo más largo y no se quemaría con las otras velas. La anciana lo miró con sus ojos velados llenos de lágrimas, y tomándolo de la mano lo apartó unos metros. Aguirre mientras tanto, teniendo cuidado de no exponer su corbata al fuego de las velas, esforzó la vista para observar ese tubo de vidrio dentro de la teca, con unos huesos y un pedazo de piel, todavía con el pelo… ¡rojizo!

En esos momentos el cura, ya sin los paramentos sacerdotales, se acercó con su rostro redondo, afable y tímido, como si tuviera temor de molestar. Ya sabía quién era el doctor y cuál su misión, y antes que Aguirre demostrara su curiosidad por esas reliquias, don Suarez, el cura, le dio a entender que esas muestras de fe popular, contra su voluntad, las tuvo que permitir para que fueran expuestas a la adoración.

—Nuestra santa madre iglesia tarda tanto en aceptar nuevos santos, pero un día estos restos serán canonizados, porque ya han producido un milagro. Sucederá lo mismo que con la aceptación del culto de la santísima Virgen María, que tardó cientos de años para ser reconocido. Rezo por usted y por el éxito de su misión. La concordia en este pueblo debe volver a reinar. Además de escuchar a Ruiz Alcoza, hable con estas personas –y le entregó un papel escrito. No todos son tan rígidos como Ruiz Alcoza; quieren vivir en paz, olvidar, pero sucede que ese hombre tiene una personalidad... casi diabólica, magnética, y no creo que esté bien de la... –y se indicó la cabeza.


Luego que don Suarez se fue, Aguirre tuvo que esperar que Espeche terminara de hablar con la anciana. Ésta le aferraba el brazo mientras continuaba a decirle algo, con el rostro sufriente. Quería arrastrarlo a un lugar de sus recuerdos.  Espeche la escuchaba con atención y extrajo de su chaleco su libreta de apuntes para anotar algo que la anciana le dictaba. Después ella continuó a rezar de frente a las velas mientras Espeche, luego de agudizar la vista para ver también él las reliquias, alcanzó al doctor.

—¿Qué ha descubierto, Espeche? –preguntó curioso Aguirre.

—Si esta anciana no delira, creo que algo jodido. Me habló de un campo de flores amarillas, no muy lejos de acá, donde hay más de cien soldaditos masacrados y sin cristiana sepultura, enterrados así nomás, apenas cubiertos con tierra, sin que nadie haya rezado un padrenuestro. Yo le creo, porque en esta zona ni los milicos ni los guerrilleros andaban con miramientos. ¿Usted qué piensa hacer, doctor?

Aguirre no contestó inmediatamente porque recién ahora se daba cuenta del horror de aquellos años.

—Trataré de hablar con ese grupo. Por ahí consigo calmarlos un poco. ¿Y usted? –respondió Aguirre.

—Yo tendría que ir al peluquero, por la barba, pero me parece que antes me agencio una pala y me doy una vuelta por ese campo de flores amarillas. ¿Vio las reliquias, doctor?

—Sí, las vi –respondió Aguirre volviendo a pensar en ellas, pero no le contestó.

—¿Y...?

—Por los pocos pelos que vi, ese comandante era pelirrojo, pero la falange no es la de un ser humano.

Espeche lo miró, como con desconfianza.

—¿Está pensando en esos monos que vimos, doctor? –preguntó.

—Exactamente en ellos –respondió el doctor.


Ya afuera de la iglesia y observando los manifestantes, Aguirre tomó coraje y se dirigió hacia ese grupo que encabezaba Ruiz Alcoza. Mientras se acercaba, recordando que una misma situación como la que estaba por enfrentar había experimentado Espeche aquella vez, se preguntó qué improvisación podría inventarse para des-dra-ma-ti-zar, y sólo imaginarse en calzoncillos y medias y la dificultad de Espeche para pronunciar esa palabra, le arrancó una sonrisa. No se dio cuenta, pero también estaba improvisando con esos recuerdos. Cuando estuvo de frente a ellos, especialmente de Ruiz Alcoza, alzó su mano como para llamar la atención de los que estaban más alejados.

—Ustedes ya saben quién soy y qué es lo que vine a hacer –inició Aguirre e hizo un silencio, recorriendo con su mirada a todo ese grupo. Por una causa justa este pueblo inmoló a más de uno de sus jóvenes hijos idealistas, pero me pregunto si no es hora de olvidar el pasado...

—¡Sólo queremos que ese... arrogante sea castigado, nada más! Ha ofendido a toda la comunidad –lo interrumpió Ruiz Alcoza.

—No sé si lo saben, pero no hay reato de opinión. Este actual gobierno... democrático, tiene el deber de defender a cualquiera que sea perseguido por expresar su pensamiento...

—No es un pensamiento, doctor. Es un insulto, liso y llano –volvió a interrumpirlo Ruiz Alcoza.

Del grupo alguien gritó “dejalo hablar, Ruiz Alcoza”, y éste se giró para acallarlo, pero sintiendo a otros que pedían lo mismo esperó que el doctor continuara.

—Las autoridades tienen el deber de protegerlo –continuó el doctor    

—¿Nos está amenazando, doctor? –preguntó Ruiz Alcoza.

—No tergiverse mi discurso, Ruiz Alcoza. Sabe bien que tengo la obligación de proteger a Rivarola Méndez. Hablaré de nuevo con él tratando de convencerlo de que se aleje de este pueblo, pero…,

—¡Sí, trate de llevárselo! ¡Verá lo que le contesta! ¡Ese está de la cabeza! ―lo interrumpió Ruiz Alcoza.

―¡Pará un poco, Ruiz Alcoza! Dejá escuchar ―protestó otro.

―… no prometo nada. Mientras tanto consideren la gravedad de la situación. Atacar y obligar a las autoridades policiales a refugiarse en la comisaría puede dar lugar a reacciones imprevistas. Yo les aconsejaría que se disolviesen en paz con la promesa de que haré todo lo posible para resolver esta…

―Si usted tiene el deber de proteger a ese… hereje, nosotros tenemos el derecho de protestar hasta que se resuelva la situación. Y no seremos los primeros en romper la tranquilidad de nuestro pueblo, a no ser que ese loco lo haga antes. De acá no nos moveremos ―respondió Ruiz Alcoza mirando con desprecio a los suyos.


Aguirre, luego de hacer un cálculo veloz de cuántos eran, entró en la comisaría. Los guardias le abrieron el pequeño portón con movimientos tensos. Los gritos de “lléveselo”, “que se vaya”, se habían hecho cada vez más unánimes.

Rivarola Méndez lo esperaba en pie, excitado, en medio de su celda, sin zapatos, gritando con el puño izquierdo cerrado “la hora ha llegado, comandante Federico, por la liberación de las masas de la ignorancia, de las supercherías, la lucha continúa”.

Aguirre, viendo que era imposible hacerlo razonar abandonó la celda junto al comisario Ayala.

–¿Qué hacemos, doctor? –preguntó el comisario.

Aguirre había decidido llamar al ministro del interior y exponerle la situación con la esperanza de que este conociera alguna ley de emergencia, como para poder justificar el traslado por la fuerza de un ciudadano, pero antes preguntó al comisario si sabía si Rivarola Méndez tenía familiares.

–Está casado, o juntado, por lo que hemos podido averiguar. La mujer vive en el próximo pueblo, Los Manantiales. Es una doctora como él. Atiende un consultorio gratis. Me he comunicado con ella para tratar que de su parte lo convenciera, pero me di cuenta de que no le interesa para nada su esposo. Se desentendió completamente. ¿Quiere intentarlo usted, doctor?

Salieron por el portón de atrás de la comisaría, en una camioneta ruinosa y dura de volante, y luego de media hora de viaje llegaron hasta el consultorio, una casa con un pequeño y descuidado jardín en el ingreso, con gallinas que escarbaban y un perro que dormía en el umbral de la puerta que no se movió cuando Aguirre paso sobre él: abrió por un momento los ojos, lo miró y continuó a dormir. El vestíbulo había sido transformado en la sala de espera, y en ella una mujer con su bebé y un anciano de sombrero negro y chaqueta del mismo color esperaban. El comisario Ayala prefirió quedarse en la camioneta, y al preguntarle Aguirre el por qué, respondió que era mejor así, y agregó;

—Cuando vine la primera vez me recibió con disgusto. Es intratable como su marido. Estos idealistas comparten el mismo desprecio por todos aquellos que, por diversos motivos no necesitan su ayuda ni comparten sus creencias. Espero que usted tenga más suerte, doctor.

La doctora Eleonora García se asomó a la sala de espera en compañía de una señora con su hijo en brazos. Le repetía las dosis que debía suministrarle a ese bebé cuando notó la presencia de Aguirre, e inmediatamente tuvo un momento de indecisión, pero luego de pedirles un poco de paciencia a los dos pacientes que esperaban, hizo pasar al doctor.   

—¿Cómo está Luis Ignacio, doctor Aguirre? ¿Sigue soñando todavía con la victoria final? –preguntó la doctora Eleonora, sin mirarlo y ordenando los instrumentos que había apenas utilizado.

—Ese sueño irreal nos está creando graves problemas, doctora. Vine hasta aquí con la esperanza de que usted pudiera darnos una ayuda antes de que lo traslademos contra su voluntad a otro lugar.

—Haga lo que crea necesario, Aguirre. Usted mismo lo ha dicho con otras palabras: Luis Ignacio ha perdido el sentido de la realidad, y aunque no fuera así yo no movería un pelo para ayudarlo, a ambos; él está loco de remate, y no va a parar hasta que... ¡pobre! y usted... usted vino con ese comisario Ayala, ¿no es cierto?, con ese fascista que no tuvo inconvenientes de ponerse a las órdenes de los milicos. ¡Es un cobarde! Tuvo la desfachatez de presentarse para pedirme lo mismo que usted. Ojalá que esos... clericales fanáticos lo pasen por encima, y que lo remuevan de su puesto por inepto y lo manden bien lejos.

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