viernes

                                                          EL MEDIADOR. FIN

Espeche largó un suspiro para normalizar su respiración. Enderezó al máximo su cuerpo mirando los cerros, el cielo, aspirando con avidez mientras la anciana depositaba sus flores acompañadas con Ave María.

Después de rezar frente a esa calavera que ahora tenía flores y recuerdo, doña Encarnación, sin dejar de murmurar su letanía, caminó alrededor de ese espacio con margaritas, y cuando estuvo frente a Espeche le dijo que lo acompañaría al peluquero.

—Primero la llevo a su casa –replicó él.

—¡No, no! Voy con vos m’hijito porque tengo que seguir rezando ahí, en la peluquería.

—¿En la peluquería? –preguntó incredulo. 

La peluquería, un local estrecho, cuya fachada era un gran ventanal y una puerta de vidrio en el medioo mirando las colio las colinas, estaba en la parte opuesta de la ciudad. Para llegar hasta ella Espeche y la anciana tuvieron que dar un gran rodeo, por calles de tierra con capillitas en cada cruce sin encontrar ánima viva. Al bajar de la camioneta Espeche alcanzó ver a través de la vidriera al peluquero. Estaba sentado sobre uno de los dos sillones de trabajo, con las piernas cruzadas. En sus manos tenía un libro, y cada tanto miraba la televisión que estaba casi pegada al techo.

Éste se apresuró a guardar su lectura cuando los vio entrar. En ese mismo momento el noticiero informaba escuetamente los trascendidos de los disturbios en Cerro Pelado. Hubo una veloz entrevista al ministro del interior, quien aseguraba que todo estaba bajo control; que ya había eficientes profesionales enviados a Cerro Pelado. Luego unas imágenes veloces mostrando el edificio de la policía, la iglesia y en un mapa del país, la ubicación de Cerro Pelado.

El peluquero era un hombre joven, con gafas, de barba negra, corta y prolija, y de la misma estatura de Espeche, de ojos marrones desconfiados al verlos entrar.  Vestía un delantal corto, blanco, impecable y almidonado, que cubría una camisa celeste y corbata gris, pantalón negro, con la raya bien marcada y zapatos negros brillantes, de movimientos pausados que acentuaban su rígida elegancia. Si no fuera por su delantal corto, más que un peluquero se parecía a un profesor de medicina, listo para dar una clase demostrativa, todo lo contrario a los peluqueros que conoció Espeche. Además, para confirmar su impresión, este peluquero fuera de lo común, luego de preguntarle qué servicio tenía que hacerle, no dijo ni preguntó más nada, y sólo se limitó a mirar con evidente fastidio a la anciana y de vez en cuando la televisión.

Doña Encarnación se sentó en uno de los sillones de espera y comenzó con sus Ave María, y Espeche, a través del espejo vio que el peluquero, evidentemente contrariado, detenía su labor cada tanto. Dejaba en el aire peine y tijera y la observaba. La anciana le devolvía la mirada y continuaba con mayor fervor su rezo, rezo que habrá llegado a las habitaciones del fondo de la peluquería, ya que por la puerta de la trastienda se asomó una mujer diminuta, con vaqueros, camisa blanca y cabello negro y corto, a lo hombre. También estaba leyendo un libro, y fumando.  

—¡Esta es una peluquería! ¡No la iglesia, doña Encarnación! –la espetó desde el vano.

La anciana, como toda respuesta, dejó de invocar a la Virgen y comenzó a enumerar;

—Un soldadito sin nombre ni cruz, dos soldaditos sin nombre ni cruz...

—¡Basta doña Encarnación! ¡Termínela! No hay fosas comunes en Cerro Pelado. Son habladurías –gritó la mujer desde la puerta.

La anciana bajó la voz, pero continuó con un susurro a enumerar los soldaditos sin nombres ni cruces.

—¡Qué va a pensar el señor!  –agregó la mujer observando a Espeche.

En ese mismo momento el programa que la televisión estaba mandando fue interrumpido por un periodista. Con indiferencia profesional anunció que la situación en Cerro Pelado se había agravado, y a continuación pasó a detallar los trascendidos.

“Un individuo, de nombre Luis Ignacio Rivarola Méndez, que días atrás la policía local logró salvarlo de una turba que se proponía lincharlo por motivos aún no claros, y alojado en las dependencias policiales para su seguridad, armado de un fusil arrebatado a un agente, abrió el fuego contra la multitud al grito de “viva la revolución”. Hay dos heridos de los cuales no se sabe la gravedad. El agresor, luego de disparar, se atrincheró en un quiosco cercano, y desde ahí amenaza, tanto a las fuerzas del orden como a la multitud. Su supone que ha tomado como rehén al propietario del negocio. También ha trascendido que pretende la presencia de un tal comandante Federico.  

—¡Oh, madre de Dios! ¡Más muertos! –exclamó con voz quebrada doña Encarnación.

—¡Te lo dije que ese estaba de la cabeza! –gritó la mujer dirigiéndose al peluquero. Éste se había quedado con sus instrumentos de trabajo en el aire, inmóvil, mirando la pantalla, y no escuchó a Espeche que le pedía la cuenta y agregar apurado que la barba se la afeitaría después.


Espeche, obligado a entrar por el portón de atrás del cuartel policial, tuvo que esperar porque el guardia, tenso por el griterío que provenía del frente del edificio, no lo reconocía: había tomado servicio media hora antes y no tenía ninguna notificación de que alguien estuviera afuera y debía entrar.  Tuvo que presentarse Aguirre para tranquilizar al agente. Espeche lo puso al corriente de su macabro descubrimiento, narración que hizo empalidecer al doctor, quien le pidió que por ahora mantuviese ese secreto.

—Escuché por televisión lo que ha sucedido, doctor. Han llegado periodistas de todos lados. ¿Cómo fue posible que obtuviera un arma, doctor?

—Ese loco todavía recordaba la formación militar que recibió. No le costó nada arrebatarle la carabina a ese pobre infeliz que lo vigilaba. Le dio un puñetazo y ahora está en la enfermería, con el rostro tumefacto y aterrorizado. Le aconsejé a Ayala que lo encerrara bajo llave, pero no lo hizo porque apareció su abogado amenazando causas judiciales por la privación ilícita de la libertad. Ahora también ese leguleyo está aterrorizado. Tiene miedo que los policías le echen la culpa del lío que armó su defendido, y solito se encerró en la celda que ocupaba su cliente.  Ese loco se decidió a escapar después de que estuvo su mujer quien le trajo la sopa que le gustaba.

—¡Su mujer! ¿Con la sopa que le gustaba? Por lo visto no logró convencerlo.

—Para nada. Para mí que ella ya sabía lo que iba a hacer. Estuvieron juntos un buen rato. Se abrazaron, lloraron, se consolaron mutuamente y al final, ¿sabe lo que hicieron?... Se pusieron a bailar, románticamente, dentro de la celda. Alucinante. La sopa me parece que era el último deseo de un condenado a muerte. Este pueblo está lleno de locos, Espeche.

—Sí, doctor. Y de gente extraña... Usted, doctor, ¿ha visto alguna vez a un peluquero impecable en su vestir, que lee gruesos libros, pero no hace preguntas ni entabla conversación alguna? –preguntó Espeche al improviso.

El doctor, que todavía pensaba en Rivarola Méndez, su mujer, la sopa, pero más que nada en los disturbios de afuera, no prestó atención a la insólita pregunta de Espeche.

—Lo único que veo extraño en un peluquero es que no hable –respondió finalmente Aguirre, absorto.

En ese momento se sintieron disparos provenientes de la calle.

—¡Los de Ruiz Alcoza tienen armas de fuego! –gritó el comisario Ayala con la suya en la mano, apoyado contra la medianera que daba a la calle, a un costado del portón. ¿Qué hacemos doctor?

—¡Redoble la guardia en los ingresos! Yo llamo al ministro para pedirle refuerzos. Si no lo hace inmediatamente abandonamos este pueblo de locos, y nos mandamos a mudar –añadió el doctor, pero esta vez dirigiéndose a Espeche.

―Me disculpe, doctor, pero yo no me muevo de acá. Me quedo. Verá que algo ocurrirá… o, mejor dicho, se les ocurrirá ―respondió su ayudante.

El doctor lo miró incrédulo. Estuvo a punto de largarle una ácida perorata sobre sus supersticiones, pero viendo que se lo había dicho sin ningún tipo de prepotencia o de bravuconada, no dijo nada.

Por el portón enrejado se podía ver a grupos de personas que se guarecían en los ingresos de las casas del otro lado de la calle. Los tiros habían cesado y ahora se sentía un griterío ininteligible, con furiosas y marcadas imprecaciones, órdenes imperiosas, consejos, y ¡también risas!... y a veces carcajadas, cuando de repente, en el medio de la calzada y frente al portón del cuartel, de derecha a izquierda pasó gesticulando Rodríguez Ibarra, uno de los apellidos que, junto al de un tal Fernández, el cura escribió en la esquela y entregó al doctor señalándolos como personas sensatas con respecto a Ruiz Alcoza. Con su gesto temerario Rodríguez Ibarra había logrado llamar la atención, y ahora gritaba que a esta “diabólica” situación se llegaba gracias a la intolerancia de “ciertas personas”; que debían avergonzarse y volver inmediatamente a sus hogares. Pasaron unos segundos de total silencio, en los cuales el pacifista, viendo que podía convencerlos, seguro de sí mismo y con aún mayor decisión se dispuso a continuar con su discurso, pero Rivarola Méndez, que no hacía distinción de religiosos pacifistas disparó varias veces, logrando herirlo superficialmente en un brazo. Rodríguez Ibarra de un salto se guareció en el umbral del portón del cuartel, a pocos metros de Ayala, quien lo introdujo para medicarle la herida. Estaba aterrorizado y continuaba a repetir “¡Me ha disparado! ¡Ese fanático me ha disparado! ¡Dios mío, ese loco me ha disparado! ¡Están todos locos en este pueblo!” Su herida no era grave, pero la situación en la calle sí, ya que como respuesta a los disparos de Rivarola Méndez se sintió una granizada de otros que provenían de diversos puntos de la calle y que acribillaron el quiosco y su vidriera: Rivarola Méndez había logrado poner de acuerdo a las dos alas enfrentadas de sus contrincantes.

Aguirre, apartándose en un ángulo para poder oír mejor, fue interrumpido por Espeche en el momento en que el ministro otra vez le decía que esperara un momento porque tenía que reflexionar. Segundos antes le había preguntado si él, como así mismo Espeche, los demás personales policiales y las armas estaban todas al seguro. Aguirre, desorientado e incrédulo por tal preocupación contestó que sí... y el tiempo pasaba.

—¡Ministro! ¿Está todavía en línea? –preguntó Aguirre, tapándose el otro oído.

—Sí, doctor. Estoy pensando. Espere un momento.

—Corte, doctor –intervino Espeche. Es inútil. No hay crisis que duren eternamente. Estos mismos locos resolverán la cuestión. Si intervenimos se las agarrarán con nosotros y eso es lo que quiere ese revirado de Rivarola Méndez. Después de todo tan loco no es.

Aguirre miró su móvil, y antes de cortar alcanzó a escuchar que el ministro le aconsejaba de dejar correr la cosa, que mandaría un cuerpo, no armado por supuesto, pero no ahora, que se cuidaran y que lamentablemente tenía que ausentarse: tenía otra reunión impostergable.  

De repente los disparos cesaron y se oyó clara la voz de alguien que llamaba al camarada Néstor. A pocos metros del quiosco el peluquero culto y elegante estaba en pie.

—¡Camarada Néstor! ―gritó el peluquero con las manos a jarra, de frente a lo que quedaba de la puerta de vidrio. ¿Se acuerda de esta contraseña? –y pronunció una frase con un tono de voz que sólo él y el camarada Néstor podían oír. Éste, desde su escondite, luego de unos instantes de total silencio, respondió;

—¿Y la respuesta cuál era?

El peluquero volvió a decir algo, siempre inaudible para los demás, y acto seguido entró, teniendo cuidado por dónde pisaba, ya que era un reguero de vidrios rotos. Se plantó en medio de la sala y esperó que el camarada Néstor se le acercara. Ahora, desde la calle se los podía ver, uno frente al otro. El peluquero comenzó a gesticular, a indicarlo con inconfundible autoridad, repetidamente; luego señaló hacia el exterior y, finalmente, dándose vuelta ordenó a alguien que estaba a sus espaldas que se fuera. El dueño del quiosco no esperó que lo repitiera y desapareció casi al instante. El peluquero, nuevamente con las manos a jarra, con gestos inequivocables, lo intimó a que saliera. Como toda respuesta el camarada Néstor, luego de retroceder unos pasos, lo observó de los pies a la cabeza, le señaló con desprecio el delantal, los pantalones, los zapatos, la delicada barba... y levantó su fusil que hasta ese momento apuntaba hacia el suelo… y disparó a quemarropa. Dos veces. Lo miró sin emoción cómo el peluquero se retorcía sobre el piso de baldosas, hasta que quedó rígido, llevándose en su rostro la sorpresa. Luego, y mirando hacia el exterior, lo apoyó en su mentón, cerró los ojos, tensó los músculos de la cara y volvió a disparar.

El silencio que cayó sobre Cerro Pelado parecía espeso, imposible de romper. Cada uno de los manifestantes y los policías continuaban en su lugar, mirando el drama que los había enmudecido. Luego, la mujer de vaqueros y pelo corto que estaba en la peluquería, entró en el quiosco, se arrodilló a su lado, lo tomó de la nuca y comenzó, entre sollozos, a repetir;

—¡Te lo dije que ese estaba de la cabeza, te lo dije! ¡En este pueblo están todos de la cabeza! ¡Pero por qué amor mío! ¿Por qué? ¿Y ahora, yo qué hago?

También entró la doctora Eleonora García, con unas mantas, y sin decir palabra, luego de apartar a la otra, cubrió los dos cuerpos. Luego se dio vuleta y miró la calle vacía sacudiendo su cabeza.

Parecía que la paz, finalmente, había llegado a Cerro Pelado, pero no era así. De uno de los umbrales, Ruiz Alcoza, con una carabina que sostenía desganadamente y apuntaba hacia abajo, dio unos pasos mirando alternadamente al quiosco y a los demás que volvían a poblar la calzada. Comenzó a rascarse la cabeza, y alguien, a sus espaldas gritó,

―¿Estás contento ahora?

Ruiz Alcoza, alzando nuevamente su arma contestó que él no había empezado.



Volvían en silencio, atravesando otra vez esa selva húmeda y espesa, en donde otro tipo de guerra muda continuaba agazapada. Estuvo a punto de frenar para no atropellar a un animal espantado que cruzó rapidísimo la ruta seguido de otro más grande. Parecía un conejo la víctima elegida; el otro seguramente era un lince. El primero dobló a noventa grados con una agilidad y velocidad sorprendente, pero el otro no se quedaba atrás. Millones de años de entrenamiento y hambre lo habían vuelto tan veloz como su posible víctima. Se perdieron dentro de la selva. Algunas plantas trepadoras, con paciencia, habían logrado secar lo que antaño fue un robusto árbol. Parecía que solamente en los cielos no se libraban combate. Al cielo miraba Aguirre cuando le dijo a Espeche que no había sido necesario recurrir a la improvisación para resolver aquel maldito embrollo.

―¿Sabe lo que pienso, doctor? Que la vida es una improvisación continua, y tarde o temprano se resuelve por sí misma sin tenernos en cuenta. No espera la pequeña improvisación nuestra para ajustarse. Además, en un pueblo en donde la mayoría están de la cabeza, ¿Qué se podía esperar?

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