miércoles

                                                        EL MEDIDADOR 7

En ese momento se abrió una puerta y en ella apareció un pibe de diez o doce años, que sin importarle la presencia de Aguirre comunicó a su madre que ya había pelado las papas, y ahora necesitaba saber qué más hacer.

—Cortalas a lo largo por la mitad, y a lo ancho con un espesor igual a.… tu pulgar... y no te preocupes si el último pedacito es más chico. Y tu hermana, ¿qué hace?

—Está lavando la verdura para la sopa –contestó el pibe observando fijamente su pulgar.

—Señora, contra la absurdidad de todo lo ocurrido, ¿no cree que es necesario darnos otra oportunidad? –respondió Aguirre mirando como el pibe se alejaba observando su pulgar. Que nos permita tomar la sopa en paz, sin que haya ausentes en la mesa.

La doctora atravesó la sala mientras repetía “poesía inútil, doctor”, abrió la puerta y llamó “pase el siguiente”, y se detuvo, esperando que Aguirre se fuera. Éste estaba nuevamente por pasar sobre el perro que continuaba allí, cuando sintió decir a sus espaldas;

—Dígale a Luis Ignacio que le llevaré la sopa que le gusta.

Ya dentro de la camioneta el comisario Ayala le preguntó si había conseguido algo de parte de la esposa de Rivarola Mendez.

—La sopa que le gusta –respondió Aguirre, absorto, decidido a pedir refuerzos.

—¿Sopa? ¿Qué sopa me gusta, doctor?  preguntó desconcertado Ayala.

—No a usted. Me disculpe. Me ha dicho la mujer que le llevará la sopa que le gusta. Huelo mal comisario, como si fuera la última voluntad de un condenado. Cuando lleguemos hablaré con el ministro. Necesitaremos refuerzos. Mientras tanto encerraremos bajo llave a ese exaltado.

—Se lo dije doctor. Están todos locos en este pueblo. Incluidas las mujeres.

Luego de descender de la camioneta, ya en el patio de la comisaria, Aguirre se dirigió a la puerta principal porque el griterío, a intervalos, aumentaba para luego disminuir. Pasó delante de la celda de Rivarola Méndez que cantaba a raja gola una marcha revolucionaria en esos momentos de relativo silencio, con los ojos expectantes, esforzándose por escuchar y responder con estrofas encendidas a esa vocinglería ininteligible al externo, sumido en una excitación que paralizaba su cuerpo. Aguirre, desde la vereda, constató que la muchedumbre había aumentado gracias a un nuevo grupo compuesto de hombres y mujeres que discutían acaloradamente con Ruiz Alcoza, y al escuchar a este último llamar por su apellido con quien discutía, un tal Fernández, el doctor se dio cuenta de que era uno de los apellidos que le había dado el cura, uno que no aprobaba la actuación de Ruiz Alcoza. Evidentemente trataba de hacerlo entrar en razones, con poco resultado, ya que los seguidores de Ruiz Alcoza, formando un cordón alrededor de su guía, por medio de empujones comenzaron a aislar al Fernández. Aguirre volvió a entrar en el edificio y los guardias, con chalecos antibalas y cascos, cerraron con llave el pequeño portón de rejas. Llamó al ministro, expuso la situación y aconsejó de mandar más policías, y se quedó esperando la repuesta.

—Hola, señor ministro, ¿está todavía ahí? –preguntó Aguirre luego de un silencio prolongado.

—Si. Estoy aquí, doctor. Déjeme pensar un momento –respondió el ministro, y volvió a quedarse en silencio. ¿Es resistente el edificio de la comisaría? ¿Logró entrar algún manifestante en el último disturbio?  –preguntó el ministro de repente.

—No. Solo daños en la fachada –contestó desconcertado Aguirre.

—Bueno, entonces trate de dilatar la situación, doctor. Prométales cualquier cosa, lo que se le ocurra. Hasta dinero, si quiere. Por ahí se puede corromper a alguien. Use la imaginación. Además, ¿no se llevó consigo a ese suboficial de la famosa marcha, el que solo y desnudo los persuadió? Seguro que a él se le ocurre algo. Mandar más efectivos no es conveniente. No somos los militares. Aún con razones de tranquilidad pública mandar más efectivos pasaría por un acto represivo a los ojos de la comunidad mundial. Tendrá que disculparme, pero ahora tengo que dejarlo porque hay una reunión con el presidente. Me tenga informado. No se expongan inútilmente –y cortó.

Aguirre se quedó mirando su teléfono, maldiciéndolo y añorando el juego de azar afortunado, cuando no había conocido aún a Giulet.

—¡Doctor! –exclamó el comisario Ayala a sus espaldas. Imagine quién llegó: la mujer del revirado. Está en el portón de atrás. Vaya a recibirla, es mérito suyo.

La doctora Eleonora García, rígida en el umbral, sostenía un objeto envuelto con una servilleta blanca, con sus cuatro puntas anudadas. El agente de guardia le comunicó que tendría que revisar ese bulto, pero sintiendo al comisario, que desde lejos le decía que no era necesario, dejó que pasara.

—Es sólo sopa para el huésped... pasajero –explicó Aguirre al guardia, que tenso por la situación continuaba a abrir y cerrar sus dedos sobre la carabina.

Rivarola Méndez continuaba con su contrapunto musical, todavía más acérrimo, pero al ver a su mujer su cuerpo y sus gestos se relajaron. No estaba sorprendido, parecía que en su exaltación reservaba un lugar para ella, como algo necesario.

—¡Eleonora! Llegaste –y la abrazó. Sabía que vendrías. ¿Y los chicos?  –añadió entre sollozos.

Eleonora García, consolándolo con golpecitos en la espalda, y al mismo tiempo que miraba al doctor, le respondió que estaban bien.

—Te traje la sopa que te gusta



Espeche, con una camioneta idéntica a la que usaría Aguirre y el comisario para ir hasta Los Manantiales, luego de cargar una pala fue en busca de la anciana. Le había dado la dirección, en las afueras del pueblo, y cuando llegó fue recibido por uno de los que estaban junto a Carlos Miguel Ruiz Alcoza frente a la comisaría.

—¿Para qué quiere verla? –le preguntó desconfiado cuando Espeche pidió verla.

—Sólo algunas preguntas –respondió éste.

—¡Deje en paz a mi abuela que no está bien de la cabeza!

—El que no está bien de la cabeza sos vos –respondió doña Encarnación, saliendo de atrás de su nieto, con una voz débil, para nada sumisa, autoritaria.

Se había cubierto la cabeza con un pañuelo negro y llevaba en sus manos un ramo de flores junto al rosario.

—¿Se ha agenciado una pala m’hijito? –preguntó la anciana sin prestar atención a lo que le decía su nieto.

 —¡Abuela!, son sólo ideas suyas la de esos muertos. No hay fosas comunes, ni nunca las hubo. ¡Abuela! Vuelva para acá.

—¡Qué no hay muertos! Desde que nací no he visto otra cosa que ver morir a inocentes. Y encima estos no han tenido una cristiana sepultura. Adónde habrá ido a parar la compasión me pregunto a veces. ¿Vamos m’hijito?

Junto a la anciana Espeche atravesó la periferia de un pueblo sin alma viva, como si toda la población y su actividad se hubieran concentrado cercana a la iglesia y al cuartel de policía. Viajaron por media hora sin encontrar a nadie, en silencio los dos, y cuando doña Encarnación le dijo que después de esos árboles tenía que doblar a la derecha, comenzó a desgranar su rosario y a recitar Aves María. Espeche estuvo a punto de pedirle que no lo hiciera. Se le había hecho un nudo en la garganta, idéntico a la imposibilidad de respirar cuando de pibe oyó por primera vez, con voz monótona y débil, rezar a su abuela, también con el rosario entre las manos. Ese día pensó que moriría asfixiado. Se esforzaba angustiosamente para obligar al respiro que volviera a su cauce natural, pero cuando comprobó que ya no podía hacer más nada, y trataba de comunicarle a su abuela su desesperación por el temor de morir y que no rezara más, de repente la respiración volvió a llenarle de nuevo los pulmones, pero acompañado de un llanto liberador que hizo sobresaltar a su abuela.

—Es el ánima en pena de Francisco que te ha hecho llorar –arguyó la anciana que rezaba por su nieto Francisco, un muchacho de veinte años, que una semana atrás había salido con los animales para hacerlos pastorear en una planicie donde la hierba era tierna, y no volvió nunca más. Los animales regresaron gracias a los perros pastores, pero de Francisco no se supo absolutamente nada.

Espeche dobló luego de esos eucaliptus y detuvo la camioneta porque lo invadió un deseo irrefrenable de llorar. La anciana lo miró y le dijo que no temiera.

—¿Los escuchás vos también? –añadió doña Encarnación.

Espeche se avergonzó de revelarle su temor, y mintió diciendo que el hecho de no haber encontrado a nadie durante media hora de viaje lo había inquietado, porque parecía un pueblo fantasma.

—Es lo mismo m’hijito. Son siempre ausencias.

Espeche puso en marcha otra vez la camioneta, y luego de dejar atrás una hondonada, doña Encarnación le ordenó de detenerse.

Al costado del camino de tierra rojiza, un prado de hierba verde se abría, y en su centro unas franjas irregulares de flores amarillas se mostraban al sol.

—Ves –le dijo la anciana. Las margaritas han crecido solamente sobre esos muchachitos, como señal de que ellos no quieren irse sin que antes alguien los despida. ¡Pobre chicos!

Espeche, con la pala en sus manos, no se atrevió a pisar esas flores para llegar al centro, entonces comenzó a excavar en el borde, donde comenzaban. A la tercera palada, a no más de veinte centímetros de profundidad, el metal de la herramienta chocó con algo sólido. Espeche apartó la tierra que cubría el objeto con dos orificios oculares oscuros, llenos de detritos que observaban el cielo.

—¿Me creés ahora? –preguntó doña Encarnación.

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