martes


                                             El periodista de Costumbre y Sociedad

Chisme y noticia comparten el mismo linaje, y si son valoradas con distintos pareceres es debido a que el chisme, lamentablemente, tiene una cierta familiaridad sonora con chusma. Las noticias, pretendiendo ser verdaderas por su noble etimología latina, también pueden ser falsas, y no todos los chismes deben ser falsos porque provienen de la chusma patricia o de aquella plebeya. En el fondo creo que es un prejuicio, generado por cómo se presentan los distintos grupos humanos cuando se disponen a trasmitir algo. Para mí una reunión de científicos, o de oligarcas satisfechos que discuten animadamente, unos por el último descubrimiento físico y el otro por lo que hizo tal o cual personaje, o simplemente ambos por la política, poco difieren de un grupo de comadres que desparraman sus pareceres sobre cosas, hechos o personas. La diferencia es solo superficial, de apariencia. Son los parientes ricos y pobres del humano opinar, y ambas contribuyen al progreso de la humanidad.  Es obvio que las noticias, o chismes, por sus naturalezas comunicativas tienen que salir a la luz, de consecuencia deben ser publicadas, para pocos o para muchos. Yo, siendo periodista de Costumbre y Sociedad en el diario Nuestro Tiempo, me encargo de los para muchos, los lectores ávidos de chismes que me dan de comer.

Siempre fui chismoso, y no me avergüenzo de serlo porque considero que soy como un científico, una especie de investigador obstinado, ya que no me quedo con el primer chisme que oigo, porque sé que vendrán otros detrás, y muy a menudo hasta noticias. No puedo decir lo mismo de mi madre. Cuando supo de mis precoces intentos periodísticos en la escuela primaria, comenzó a exclamar escandalizada, ¡Oh, Dios mío!, ¡qué hemos criado! Mi padre, no. Se limitaba a sonreír, aunque yo intuía que lo que quería hacer era desternillarse de risa. No lo hacía porque nunca quiso llevarle la contra a mi madre, pues le tenía una devoción, un amor, una veneración rayana en lo humillante. Yo soy inmune a ese sentimiento porque, lo confeso, soy algo narcisista, egoísta, y más de una vez maligno con mis entrevistados. Para colmo mi trabajo, que me ocupa todo el día y parte de la noche, me obliga a ser cínico, relativo, para estar a la moda y otras sandeces más, pero con frecuencia he envidiado a mi padre. ¿Cómo se puede amar de esa manera? Cuando mi pobre vieja se fue, lo hizo repitiéndome que no hiciera mal a ninguno, que no hablara mal de nadie, que no juzgara para no ser juzgado, que fuera franco y sincero. Le dije que lo haría, pero estoy seguro de que no me creyó. Era imposible. Sólo cuando me vio llorar mientras le sostenía su mano creo que su alma se tranquilizó, ya que, de pibe, frente a mis merecidas palizas jamás derramé lágrimas. La miraba desafiante, poniéndole la otra mejilla, sin moverme. Pobre mujer. Pensaba que tenía un monstruo como hijo. No sabía que sus cachetadas eran como una caricia para mí, pero yo ni muerto se lo habría revelado. Me lo recordaba siendo ya adulto. Y se fue, ella en paz al verme llorar, como jamás lo había hecho, por primera y última vez. Mi padre se fue al poco tiempo de ella, en completa salud mental y física, pero devastado interiormente. El motivo de su existencia se detuvo en el mismo momento que arrojó aquel puñado de tierra sobre su ataúd. En su agonía me hablaba de campos calcinados, de ciudades vacías, de fría oscuridad y soledad que ahogaba. ¿Qué hago en este mundo sin ella?, repetía. Antes de caer en aquel estado de postración lastimosa, cuando todavía, a mala pena mostraba su voluntad de vivir, me confesó que, al igual que mi madre, él no aprobaba el trabajo que yo había elegido. Como ella él esperaba que yo fuese un abogado, pero no sacerdote como imponía mi madre si las leyes no me gustaban; sin embargo, estaba contento con mi libertaria elección y que en el fondo… me envidiaba por eso. Mi pobre viejo. Tuvo la lucidez de decirme algo que yo, al principio, no consideré: los enemigos que me haría ejerciendo mi profesión. Luego, como era su costumbre de persona culta que intercala frivolidades dentro de sus serias peroratas, agregó, “¡Un chismoso con título universitario!, ¡y encima bien pagado! Como decía tu madre: hay de todo bajo la viña del buen señor”. Y se fue también él con el recuerdo de su amada. La tristeza corroe, pulveriza, sopla y lleva a lugares desconocidos. Por él no derramé ni una lágrima. Se habría avergonzado.

Creo que el gusto por los chismes fue la consecuencia del narrar frío, objetivo e impersonal de los grandes historiadores que de pibe comencé a leer con avidez. Me molestaba sobremanera no saber qué opinaban las mujeres, las amantes, los amigos o familiares (especialmente las suegras) de los grandes personajes antes de tomar decisiones que pasarían a la historia. Esto fue el motivo; y la ocasión me la dio mi peculiar inteligencia que estaba sobre la media de los alumnos de la escuela primaria. Como terminaba siempre primero los deberes en clase, me quedaba tiempo para observar a mis compañeros, y ahí se presentó ese dulce morbo de querer saber todo sobre ellos. Comencé a llevar un diario con apreciaciones personales, y luego, como si fuese estado una iluminación, me inventé entrevistas, como lo hacían los grandes periodistas. Qué sorpresa me llevé. Nunca había imaginado que la vanidad por ser consultados me llevaría a saber tantas cosas sobre mis compañeros. Continuaba las entrevistas hasta en sus hogares. Me contaban sobre sus amistades, sus noviecitas, sus familiares y vecinos. Sobre estos dos últimos había todo un submundo, a veces sórdido, a veces hilarante. Cuando nuestro maestro, el señor Spinelli ―guapo y elegante con sus lentes sin marcos, su bigotito a la Clark Gable, su cabello renegrido y ondulado peinado para atrás, con su delantal blanco y rígido―, supo de mi pasión, me llevé otra sorpresa, ya que siendo también él periodista, pero político, me alentó a que siguiera, dándome las primeras nociones técnicas como también un rudimentario código ético que, paradójicamente, cuando me ocupé de él, no respeté. Creo que los buenos profesores sobresalen porque son capaces de hacer soñar a sus alumnos. Repito que mi único interés era saber de los otros; la metafísica no sabía ni me interesaba saber qué era, pero cada vez que observo este universo a través de sus estrellas, constelaciones, cometas y nosotros dentro con nuestras pequeñas existencias, no puedo no recordarme de mi viejo maestro Spinelli. En el medio de una lección de geometría sacó un lápiz muy bien afilado y nos lo mostró, la punta dirigida a la pared a nuestras espaldas. “Hagan abstracción”, nos dijo. “Consideren que la punta del lápiz es un simple e infinitesimal punto, luego traten de imaginar qué hay detrás de un punto”. Por supuesto que no teníamos ni idea de qué podía haber detrás de un punto. “Una línea”, intervino él, viendo nuestra falta de entrenamiento en abstracciones, girando el lápiz y mostrándolo de costado. Lo devolvió a su bolsillo y nos preguntó qué podría haber detrás de una línea. Entonces fue fácil, ya que era un razonamiento lógico. “Una superficie”, gritamos al unísono. “Perfecto”, respondió él, agregando, “¿Y detrás de una superficie?” Era todavía más fácil: ¡“¡un volumen!”, respondimos fieros. “Muy bien, señores, muy bien”. Y ahí se quedó, con su satisfacción resignada retomando la lección sobre las propiedades de un círculo. Me quedé con la boca abierta, porque quería saber qué había detrás de un volumen. Era importante. Había despertado en mi otro tipo de curiosidad. Y se lo pregunté. “Yo no lo sé, respondió. Tal vez vuestra generación podrá acercarse a la respuesta”.  

Mi generación comenzó a chismear sobre un posible aterrador estado, infinitésimamente pequeño de todo el universo en su origen, más pequeño aún que la punta afilada del lápiz, luego una explosión espeluznante y su consecuente expansión y, lógicamente, como todo en esta existencia sobrecogedora, su muerte luego de su retracción, un volver a los orígenes, un morir puntual para nacer como un nuevo universo en otro y desconocido lugar, y comenzar otra vez, como las plantas, como nosotros. El famoso Big Bang. Por ahora es un chisme. Quizá más adelante sea una noticia.

Este intranquilizante paseo por la metafísica lo olvidé casi inmediatamente, ya que nuevos chismes estaban llegando a mis oídos. Como dije más arriba, mi querido maestro, además de las primeras enseñanzas sobre el periodismo, también hizo posible que todas mis noticias fueran transcriptas sobre una hoja que pegaba dentro de una vitrina, al lado de la puerta de la dirección. Ahí se mostraban los horarios, las notificaciones del ministerio de educación y se constataba la cantidad de chinchillas disponibles. A mi primer periódico le di el simple nombre de Noticias, y en esa hoja que Spinelli fotocopiaba en su casa iban a parar, luego de un filtro severo por parte de él, los cumpleaños de madres, padres de alumnos y de profesores; por supuesto los pocos fallecimientos, generalmente de abuelos: cuando sucedía tal funesto evento, Noticias, con una franja negra en un ángulo, no daba otras, solo la congoja que deberíamos sentir y la fecha de los funerales. También los nacimientos de hermanitos, quién se enfermaba y de qué, cuándo estaría sano y volvería a los estudios, los objetos perdidos y hallados, alguna que otra horrible poesía de alumnos, en definitiva, un aburrimiento cósmico. Lo único que logró un poco de vivacidad fue la noticia (noticia, sí, porque era verdad) de que los sándwiches que a veces comprábamos en el almacén de don Gaetano antes de entrar en la escuela, se podían adquirir más baratos una cuadra más allá, en el almacén de doña Margarita. Y ahí comprobé el poder de la prensa: don Gaetano llevó el precio a la par de su competidora. También con mi querido profesor aprendí lo que es la censura, esa especie de terror hacia nosotros mismos que todos llevamos. Dentro de las noticias que durante la semana acumulaba con paciencia, había de todo. Alerté que más de uno de mis compañeros (yo incluido) habían comenzado a fumar; que a la salida fue X que dejó sin un diente a Y; que a Z sus padres lo fajaban; que la señorita de Historia se parecía, por las curvas, a una conocida actriz que había comenzado a ocupar nuestras fantasías. Eran estos los chismes que Spinelli censuraba. Hubiera aceptado sus recomendaciones y habría seguido publicando esas otras noticias insulsas, ya que sentía admiración por ese maestro. Él y su hermosa esposa se parecían a mis padres, y hablaba con mi maestro mucho más de lo que hubiera podido hacerlo con mi viejo. Era más liberal, más divertido, más fructuoso, lleno de ideas. Además, a los dos nos gustaba el periodismo.

Pero los chismes vuelan, y a veces se transforman en noticias. No lo creí hasta que no lo comprobé con mis propios ojos. Era un maestro apuesto, una atracción para las mujeres como también lo era la señorita de Historia para los hombres. Los vi entrar en un hotel a horas. Fue mi primera decepción, mi primera tristeza, mi primera maldición por el trabajo que me gustaba, y mi posterior arrepentimiento por lo que hice después. No podía darlo a conocer en la hoja de Noticias, así que, a la madrugada y siguiendo a los que pegaban carteles de propaganda alrededor de mi escuela, sobre los avisos de jabones, zapatos y perfumes pegué la noticia.

Era una hoja sin rótulo. No podía conducir a mi persona, pero los chismes rebotan y se multiplican. Además, ¿qué otro hubiera podido hacerlo? Después de detallar el hecho concreto, había escrito simplemente que la confianza sobre la integridad de las personas que se admiran tendría que ser eterna. Qué ingenuidad de pibe. Todavía me duele. Tuve que cambiar de escuela porque mi madre, además de comenzar a repetir ¡qué hemos criado! no abrigaba ninguna duda sobre mi autoría. Una vez recibí una carta de mi maestro. No estaba enojado ni me guardaba rencor. Decía que su vida, a pesar de todo, no había cambiado tanto. Supe que no había divorciado. Menos mal, pero no podía no imaginarme los pequeños infiernos que se encenderían entre marido y mujer cada tanto por culpa mía. Me deseaba éxito en mi carrera porque veía en mi la pasión por el periodismo, pero me rogaba que leyera un poco sobre deontología. Lo recuerdo muy a menudo. Y continuo a pedirle perdón, para mis adentros.

Después vino la universidad con años de inquietud porque no veía el momento de comenzar a investigar, a entrevistar, a revolver documentos y fotos, a contar. Luego mi ingreso casi instantáneo a Nuestro Tiempo, para ocuparme de Costumbre y Sociedad, y no solo.

Anoche estuve en la frívola megafiesta que la condesa en exilio M dio a favor de una sociedad que lucha contra una enfermedad impronunciable. Fui porque también
estaría presente aquel treintañero que se dice sea su cortejador oculto. La condesa no se escandalizó con mis preguntas: todo lo contrario; estaba excitadísima con mis envenenadas insinuaciones, pero sí, y en manera furibunda, se enojó la prometida oficial del osado cortejador. Este no sabía cómo explicarle esa novedad a su ingenua noviecita –se lo tuve que explicar yo, con lujo de detalles, agregando cosas de mi cosecha―, tan hermosa y treintañera como su novio y que logró ingresar a la fiesta sin ser invitada. 
Por supuesto que el cortejador oculto, ya visible para todos gracias a mis noticias, es mi nuevo enemigo.

     


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