domingo

                                                       El periodista... Fin

La cara hinchada me permitió mantener un silencio con mis colegas y mi jefe que de otra manera no hubiera sabido cómo hacer para imponérmelo. Además de querer saber todo sobre los demás, no veo la hora liberatoria de revelarlo, pero el terror a que se supiese lo sucedido me llevaba, primero a callar, como era lógico para continuar a ser libre, y segundo a temer que, a la larga, tarde o temprano, tendría que dar explicaciones. ¿Sería capaz de mantener el secreto para siempre? Sí. Porque quedaría todo escrito, junto a las demás historias que guardo. Tendría que llevarme ese secreto horrendo hasta el fin de mis días. Había matado a un hombre y, sin embargo, no sentía ningún remordimiento. Trataba de no pensar. No quería ahondar buscando el por qué de mi despreocupación tan anómala, pero intuía que de alguna manera yo no era mejor que ellos.

De los personajes faltantes sólo nos enteramos de la denuncia de la desaparición del cortejador por parte de sus familiares.

Después de algunas semanas los rastros de mi cara, que al inicio di la culpa a una incomprensión en el bar, habían desaparecido... y con ellos mis irrefrenables deseos de revelar lo sucedido. De los dos gorilas ni una línea. Lo único importante fue la visita del Gran Coimero, que en libertad bajo palabra tuvo el tiempo para pasar por la redacción y charlar conmigo a cuatro ojos. Habló en tercera persona, de amigos que inexplicablemente faltaban, que probablemente habrían hecho algo de equivocado, pero que los familiares, madres, esposas, “en definitiva, seres queridos que sienten su falta... ¿Me entiende?”

Ni una pregunta directa.  Sólo afirmaciones, pero afirmaciones que no podían ser otra cosa que veladas amenazas.

Escuchando sus discursos públicos, llenos de nobles intenciones, uno queda desorientado al ver con qué facilidad pasan a otro tipo de comunicación, sibilina y llena de misteriosos hechos, consejos, recuerdos. Era evidente que él tenía conciencia de su grave situación que lo llevaría a pasar un tiempo en la cárcel, pero por lo visto esto no lo amedrentaba, todo lo contrario; parecía que lo consideraba un premio a su deshonestidad, deshonestidad que lamentablemente tendría todo el apoyo de un cierto público admirador. Por esto se permitía no desistir en su actitud descarada, y esto me causó aún más temor, pues no era él solo. A su alrededor había toda una máquina, probada, lubrificada, que no perdona. Tuvo un pequeño sobresalto cuando le mostré el grabador en el cual quedaron registradas sus palabras.  Sólo se limitó a decir sin dejar de mirar el artefacto “que hacía bien... todo tiene que quedar a la luz del día”.

Mi jefe un cierto día me miró por largo rato para al final decirme “que no quería saber nada” y que contase, dentro de sus posibilidades, con su total ayuda. El aumento aún estaba en tratativas en el Consejo de Administración.


Dejé que pasara casi un año durante el cual, además de comprobar que el aumento no llegó, no vino nadie a preguntarme algo sobre el cortejador o los pesos pesados. Es tan inhóspito ese submundo que cuando desaparece alguno de esa fauna, la sociedad que a escondidas hace uso de ellos, como con un saludable instinto de sobrevivencia, trata de liberase lo más pronto posible. Especialmente del recuerdo.

A ella traté de llamarla varias veces. Componía su número de teléfono, pero cuando llegaba al último me invadía un sentimiento de exclusión. Yo no formaba ni formaría parte de su mundo, pero ese sentimiento que la animó por años para saber algo de su marido me causaba una curiosidad morbosa, al mismo tiempo que una envidia dolorosa por no tener nada que ver con esa mujer capaz de amar de esa manera. No es un dono de elegidos el amor, es como una enfermedad, o un castigo, porque nuestra condición de organismos vivientes nos obliga a esparcir la vida, y a esta no le importa con quién a nuestro lado, o los sufrimientos que nos causará. Patricia amaba todavía a su marido, compañero que no se mereció, y yo, sin saber por qué la amaba, había llegado demasiado tarde a cruzarme en su camino. 

Recordé a mi padre que se dejó morir en plena madurez cuando mi madre se fue, y supuse que Patricia estaría tomando el mismo rumbo. Haberla visto envejecer en aquellos momentos, sin que ella se diese cuenta, había despertado en mí ese viejo instinto de protección, y animado por ese temor de que cada vez empeorase aún más, me dispuse a tratar de evitarlo. Nos encontramos un día, pero vi que era demasiado pronto ya que todavía vivía en esa realidad que ella jamás hubiera pensado que existiese: el horror del mundo. Los únicos momentos de normalidad que tuvo fueron cuando hablaba de su trabajo, pero cuando me miraba, una y otra vez, comenzando a recordar, no podía no caer en esa languidez que hacía que su cuerpo le pesara con sufrimiento. Cuando le agradecí que me hubiera salvado la vida volvió a mirarme con sus ojos húmedos y apoyó su mano fría sobre la mía.

—¿Y qué otra cosa podría haber hecho? Vos no podías ver tu cara. Era algo horrendo, inaceptable. Tuve una vida normal, una infancia feliz, una adolescencia despreocupada, sabía que sólo tenía que esperar. Todo estaba programado.  El horror lo veía sólo en las películas. Al misterio por la falta de mi marido ya me estaba acostumbrando, pero de repente se presentó con esos repugnantes animales embalsamados... Esos tres miserables... Esa señora con delantal manchado...  ¡No me lo hagas recordar por favor!, ¡no por favor!

Había comenzado a fumar.

En otro extraño momento de lucidez me preguntó cómo estaba, si seguía con mi “innatural inclinación por la vida de los otros”. Respondí que “Sí”, con énfasis exagerado, tratando de hacerla sonreír, cosa que no logré porque continuó con la mirada vaga a no ver, a no sentir, pues lo daba todo como ya visto, ya oído, ya cumplido. “¡Qué obcecado!” terminó diciendo.   

Al bar de los ramos secos de la humanidad fui después de tantas indecisiones. No concerté una cita porque realmente no quería ir, pero otra vez esa curiosidad se hacía dueño de mis actos.

Encontré solo a Bonifacio, que como siempre estaba fumando, pero al poco tiempo se hicieron presentes los otros tres. Esa facilidad para materializarse sin que fueran notificados me obligó a mirarlos con superstición. 

Si en mi sensibilidad, por supuesto subjetiva, vi envejecer a Patricia, no puedo decir lo mismo de estos cuatro que habían pasado por la misma experiencia: todo lo contrario. Además, cosa que no hacían cuando los conocí; sonríen más a menudo, como satisfechos de algo que por supuesto no quiero conocer.

Lo único que pregunté fue por el diamante.

—¡Ah, sí! El bendito diamante. Se lo pusimos en el bolsillo de su pantalón Era eso lo que quería, ¿o no? ―me contestó. 


A ella, cuando supe que no trabajaba más en la embajada, fui a visitarla a su casa. Vivía en las afueras, en una graciosa casita de estilo anglosajón. Ya dentro, y mirando desde su ventana, tuve la certeza de un río detrás de una lejana y verde barrera de árboles. Al entrar atravesé un jardín en el cual se notaba la falta de la mano masculina, pues el césped estaba alto y abandonado, pero con excedencia de instintos femeninos que se abandonaban a la cantidad de flores.  El piso de madera encerado brillaba. Los cuadros con paisajes rurales, bosques y pueblos fantasmales se mezclaban con el olor a lavanda. El silencio que en esa casa reinaba era el inevitable resultado del orden de cada mueble, cada objeto, especialmente el juego de té en porcelana azul de Prusia y los cristales de la alacena. Un gato siamés que me ignoró desde cuando me vio por primera vez, continuó a enroscarse sobre si mismo en su silloncito hecho a su medida, frente a Patricia.

Una madre enjuta, casi seca, de mirada severa que me observó siempre con desconfianza, atendía con solicitud a su hija que no se levantaba de su silla de ruedas. La cuidaba como si fuera otra persona a la cual, por un misterioso motivo de los lazos sanguíneos la obligaba a una cierta consideración, pues le daba del usted.

Bebía mi té mientras observaba cómo su madre insistía para que también ella lo hiciera. Se lo decía en una mezcla de inglés y español, sin emociones. Luego le limpiaba la boca.

Pocos momentos tuvo de lucidez durante mis visitas, pero en una de ellas, para mi asombro, me preguntó qué estaba haciendo.

Los silencios eran largos y oprimentes, entonces, para aplacar la pena que sentía por ambos, me había puesto a dibujar su rostro. Aunque no era aquel que admiré cuando la conocí, ahora tenía el modelo con sus lineamientos casi inmóviles frente a mí, y el resultado tendría que ser mejor que cuando la dibujaba de memoria. A esta recurría solamente para rescatar la forma de su peinado y el collar que lucía en la fiesta. Cuando lo terminé no pude sentirme satisfecho, porque con dolor me di cuenta de que finalmente había logrado transmitir lo que sus ojos decían causándome una infinita tristeza: el vacío de lo inanimado. Se lo mostré para responder a su pregunta

—¡Qué hermosa mujer!  –exclamó mientras yo observaba sus ojos tristes que recorrían todo el dibujo, tratando de que mi respiro continuase a fluir porque veía que no se reconocía.

—¿Es tu amor?

—Si, lo es –respondí apenas, esforzándome y continuando a mirarla.

—¿Cómo se llama?

—Patricia –contesté.

—¡Ah, como yo!

—Sí, es cierto, como vos.

—Es hora de dormir –sentí decir a su madre quien le arregló los cabellos con largas caricias de sus palmas. Después la miró desde lo alto por unos instantes, como buscando alguna imperfección. Luego comenzó a destrabar las ruedas de la silla, y al hacerlo, debido a los movimientos bruscos de tal operación, hizo que su hija se despertara de ese estado continuo de ensoñación por unos instantes y se preparara para realizar el corto trayecto hasta su habitación. Patricia controló con una mano incierta, descarnada y sin esmaltes en las uñas, que el cuello de su vestido y los primeros botones estuviesen bien cerrados, sin dejar de mirar a través de la ventana. Por último, apoyó las dos sobre sus piernas... entonces su madre se la llevó a través de esa casa toda de madera que olía a lavanda, sin ni siquiera saludarme.

El gato siamés las siguió.

Me quedé solo, con su retrato en la mano, también mirando a través de su ventana tratando de saber qué era lo que ella veía.

sábado

                                                              El periodista... 7


—Somos proveedores señora –informó cambiando inmediatamente sus gestos. De todo tipo de   animales   a estos...   artistas –y señaló al grupo. Y este aquí es mi amigo –agregó aferrándome el brazo. ¿Lo conoce? –preguntó con curiosidad amable. Patricia me miró indiferente.

—¿Por qué tendría que conocerlo?  –la sentí responder altiva para mi alivio. Sólo entré para comprar... esa águila.

–¡Ah, muy bien! Nosotros esperaremos. ¡Adelante, señores!, ¿le venden o no ese rapaz a esta deliciosa señora?

Clarita se adelantó luego de mirar a uno de sus cancerberos que le dio su permiso asintiendo con la cabeza, mientras que el otro escondió algo en la mano detrás de su cuerpo.

Abriéndose paso a través de cajas llegó hasta la vidriera y desenganchó de su sostén el águila de mirada torva.

—¿Quiere saber el precio antes?  –logró preguntar con timidez.

—¡No, no! Me diga cuánto es. Le pago con un cheque.

El águila estaba sobre el mostrador y Patricia, después de escribir importe y fecha, sintió mi misma curiosidad que tuve al descubrirla en la vidriera. Se acercó, curvando un poco su espalda, para ver mejor la mirada del animal, y tuvo un sobresalto que la hizo retroceder.

―¡Es increíble, parece viva...! Un animal despiadado pero hermoso... ¡Cuántas contradicciones! Espero que mi gato siamés se acostumbre a su presencia.

—¿Se lo embalo en una caja señora?  –preguntó Clarita con sus ojos asustados.

—No, no. La llevo así nomás.

—¿Así? ¡En medio de la gente!   –agregó Clarita con verdadero asombro.

—Si. No se preocupe. La llevo así porque de otra manera, si me la envuelve y no la veo, sucederá que, hasta que llegue a mi casa, continuaré a preguntarme si he hecho una buena compra... ¿A ustedes no les sucede lo mismo?

Nadie respondió. Continuaban a mirarla. Tomó su cartera primero, luego su águila con la otra mano, saludó, se detuvo un momento maniobrando con sus manos ocupadas logrando abrir la puerta y desapareció.

—Algo extravagante la señora. Pero tiene un lindo culito ¿No les parece?   –comentó cuando ya no la vio... y me dio una bofetada.

Enceguecido quise devolvérsela, pero un brazo bestial alcanzó justo a tiempo a rodearme el cuello desde atrás. Logré tirar un puntapié que esquivó riéndose, pero ya me faltaba el aire y la visión comenzó a nublarse. Sentí un dolor agudo en el estómago, luego otro en la cara acompañados con un,

―¡Estos son de parte del secretario! ¡Vamos para el fondo, valiente! Todavía hay más. Y vos, bajá las cortinas y cerrá la puerta con llave –le ordenó a Bonifacio. Su cigarrillo apagado le temblaba en la mano.

—¿Quién tiene las otras llaves? –preguntó titubeando Bonifacio cuando comprobó que las suyas ya no estaban en la cerradura. Clarita sacó un manojo y se lo arrojó.

Aunque trastornado y dolorido, sentí ese olor desagradable de productos medicinales que me han repugnado   cuando entraba en un hospital. Era el mismo del laboratorio de Clara. El esbirro continuaba a aferrarme el cuello, pero aflojó un poco la presa, porque, como yo, miró atónito el público que nos rodeaba.

Sobre una tarima apenas realzada que bordeaba la pared del taller de una punta a la otra, había una ordenada cantidad de figuras humanas.

Eran personajes que conocía y otros que no, pero en cera sus existencias eran rotundamente macabras sobre ese escenario, como actores iluminados con una lechosa luz natural que provenía de una claraboya con vidrios opacos. Los había visto en películas viejas, en blanco y negro, pero no recordaba los nombres, todos pertenecientes al cine americano. Uno de los que conocí era un Elvis Presley con su inconfundible parada con los pies abiertos. Parecía que había comenzado a dar el ambiente festivo a lo que estaba por suceder.  También descubrí a Fred Astaire y Ginger, ¡y una deliciosa Marlín Monroe que todavía encantaba con sus ojos soñadores!  Continué a recorrer atónito esa absurda y horrenda galería de personajes, deteniéndome en uno que vi en una fotografía, a las espaldas de Patricia en su oficina. Estaba de pie, todavía elegante dentro de su traje, las manos a jarra, y una sobaquera con su pistola visible.  Me pregunté quién de los cuatro tuvo esa idea de mofarse de su prepotencia. Sentía que me mareaba, y no era por los golpes recibidos.

—¡Mirá cuánto público tenés ahora periodista de mierda!   –susurró mientras se sacaba la chaqueta y comenzaba a remangarse la camisa, sin dejar de observarlos. Cuando terminó se quedó pensativo mirando una de las figuras y agregó,

―Pero aquel, el tercero, es igualito a ese inglés que nos propuso un negocio sobre un diamante, y después desapareció. Era un falso hijo de puta. Había que apretarlo para que nos devolviera la pasta. ¿Qué hace su figura acá? No sabía que era tan famoso como los otros.  Bueno, no importa. Después lo averiguaremos, ahora tenemos otra prioridad. Y volvió a recordarse que me odiaba.

El otro con la pistola también le dio una mirada rápida, en tanto continuaba a controlar los ramos secos de la humanidad. Estos eran aún más patéticos pues estaban aterrorizados. Traté de liberarme, pero no pude, y cerré instintivamente los ojos pues estaba por venir otro golpe que no llegó porque Patricia y su águila se asomaron por la puerta pidiendo permiso.

Comenzó a pedir disculpas argumentando que se había arrepentido, y venía para devolverla, pero se detuvo de golpe sin terminar la frase cuando me vio.  Por lo visto yo tenía que estar en un estado lastimoso, pues alcancé a ver un gesto de compasión y de repugnancia en su rostro, y sentí, a través de su pena por alguien a quien no podía amar porque llegó tarde, que se había decidido a hacer algo.

—Pero ¡¿qué le están haciendo?! –exclamó.

El de la pistola, que trató de esconderla, le preguntó que diablos hacía acá y se le acercó con el arma a sus espaldas para detenerla, o talvez para echarla, pero Patricia se disculpó otra vez, y mientras apoyaba el águila en el suelo se puso a buscar el recibo que Clara No le había dado, dando la impresión de quien quiere irse lo más rápido posible, pero en vez sacó una pistola pequeña, pequeñísima... y disparó.

Sentí con alivio que el brazo del que me aferraba se apartó con violencia de mi cuello para dirigirse hacia su sobaquera, al mismo tiempo que otro proyectil, casi sin ruido, partía y lo golpeaba sordamente, se detenía adentro y acompañaba la tremenda mole que se desplomó. Los disparos habían sido una liberación, pero no me di cuenta de la gravedad de la situación porque continuaba prisionero del odio hacia el cortejador. De repente recordé las enseñanzas extremas de defensa personal, y sabía que un golpe en la nuez de su garganta podía ser mortal.  Pero golpeé lo mismo, con furia desatada, aprovechando su desconcierto. Sorprendido se llevó las manos a la garganta, quiso decir algo, pero lo que dijo era incomprensible debido a la sangre que le salía a borbotones de su boca. Sus pupilas trataron desesperadamente de escapar a través de los parpados superiores, transformando sus ojos en dos esferas blancas. Se le iba la vida que había elegido, y también se desplomó.

Fue entonces que me abandonó el odio al compás de mi respiración que se normalizaba. Ya no sentía el dolor de los golpes en mi estómago y en la cara pues el horror, apenas descubierto de lo que acababa de hacer, me quitó cualquier otra percepción, sin embargo, me sobresalté al sentir el comienzo del llanto histérico de Luisa.

—¡No…! ¡Más muertos! ¡No…! ¡Es toda culpa de esa piedra!  ¡Culpa tuya! –y señaló a Bonifacio que trataba de calmarla.  ¡No!  ¡No me toques!  ¡Y culpa de esa señora...! ¡Y de ese periodista! ¡Y de ustedes!  Bonifacio logró abrazarla, y al sentirse protegida comenzó a llorar sin histeria. Un llanto largo, con convulsiones que iban desapareciendo de a poco. Un llanto de derrota, de abandono.

—No es culpa de nadie –atinó a decirle Bonifacio mientras miraba los otros dos. Tenemos que continuar a estar juntos por que nadie nos ayudará. No desesperes. Hemos pasado tantas, y creo que salaremos también de esta. Fuerza Luisita, fuerza pequeña.

Patricia todavía estaba en pie con la pistola en la mano observando esa estatua de cera que le era familiar, pero no se atrevió a acercarse. Sacudió lentamente su cabeza, negando algo muy íntimo y repugnante. Luego se tapó la boca, sollozó y alcanzó a decir;

—¡Que horror, Dios mío!

Me miró y vi que había comenzado otra vez a envejecer.

—¿Y ahora...?,   periodista de Costumbre y Sociedad ¿Publicarás también esto? –y señaló los tres muertos. Después miró al fondo, a su estatua de cera, con los ojos velados.

—Supongo que tendrán el mismo fin –se dijo a si misma. 

Buscó a Clara con la mirada y la observó como quién mira a un personaje desconocido al cual, por motivos fortuitos, es necesario conocer. El reproche fue pausado, pero con voz firme.

—No sé cómo ha podido hacerlo. ¿De dónde saca el coraje?

Pero en la respuesta de Clara no había vestigios de culpa alguna ya que, según ella, era lo único que se podía hacer.

—Al principio solo embalsamaba animales que me traían ya muertos señora, YA MUERTOS. ¿Me entiende? Animales de todo tipo.   Sabiendo que es una disciplina macabra, me pregunté muy a menudo por qué lo hacía, y la respuesta era simple: odio la muerte, el paso del tiempo... y el dolor, señora... tanto en mí como en esas criaturas maravillosas. Quería detenerlo para siempre, que el tiempo no envileciese esa asombrosa variedad de cuerpos y colores. Después, pero solo en cera, continué con personajes que amé en mi juventud; músicos, artistas, personajes de historietas, pero de golpe llegaron los otros, esos únicos animales feroces. ¿Me entiende?

Patricia hizo un esfuerzo para recuperarse, o quizás para tratar de ignorar lo apenas oído, o de escapar de una situación alucinante. Estaba desorientada. Por unos instantes sus movimientos y frases fueron inciertas. Con el dedo índice de la mano izquierda comenzó como a contar, o a acomodar objetos invisibles que estaban de frente a ella, a sus pies. Luego farfulló algo como policía y vestido sucio. Cuando finalmente emergió de esa confusión, dijo que era mejor que la policía no supiese nada, como si fuera, además de una obligación, fácil para los viejos liberarse de tres muertos y una momia. A Clara le hizo notar que tenía manchado el vestido de rojo, y le ordenó que se lo limpiara. Luego se dio cuenta de que todavía aferraba su pequeña arma. Parecía que no recordaba de dónde la había sacado. Luego agregó, 

—Ahora tiene más... trabajo... ―y cuando a continuación volvió a exclamar, ¡Qué horror, Dios mío!  temí que de nuevo cayera en el estado de extravío anterior, pero cuando se sacó la mano de la boca les dijo que rompieran el cheque, porque no pensaba llevarse esa águila: es horrenda, añadió; además, mi gato siamés la destrozaría.  Estas son las llaves de la puerta. Me miró antes de irse con esos ojos ya viejos, viejísimos, tristes y grises.


                                                           



                                                       El periodista... 6

La dirección que me había dado Bonifacio estaba en un barrio que conozco de pibe.  Siempre estuvo de boca en boca ya que sus habitantes, en no más de cuatro o cinco manzanas, lo habían transformado en un mercado colorido y con un bullicio en el cual da gusto zambullirse. En él se pueden respirar los olores de especias, frituras y descubrir objetos ingenuos como sólo puede ofrecerlo un mercado sin pretensiones de notoriedad o esnobismo. Un mercado de barrio, en definitiva, en donde no hay etnia que no esté representada, y la lengua española resultante es la más disparatada que escuché.

Había de todo en sus innumerables mostradores. Comenzando por el rudo y despechugado herrero que, con su fragua al aire libre, manipulaba unas cadenas de bicicletas. Las soldaba entre si para que se contornearan hacia arriba. Era la figura de una peligrosa cobra, que tan peligrosa no debería de ser, ya que le había colocado un par de anteojos con sus respectivas patillas hechas con alambres. Pequeños autos de Fórmula Uno con pedales y manubrios realizados con hierros oxidados y rezagos de latas de conserva sus costados. Diminutos libros de máximas populares escritos a mano, con admirables dibujos. Una desopilante banda musical en creta, cuyos componentes eran panzudos y sonrientes... ¡penes! con sus instrumentos. Un enigmático grupo, siempre en cerámica tosca y rosada, de mujeres embarazadas completamente desnudas. Dos de ellas, no más altas de treinta centímetros, estaban en pie, con sus voluminosos vientres que se tocaban. Chusmeaban al oído mientras miraban desde allá abajo al observador curioso y desorientado como yo. Una de ellas, con gesto intrigante, ceñuda, le susurraba algo a la otra que a su vez mostraba un rictus maligno. Estaban hablando de mí, y por lo visto, ¡hablando mal! Otra, que dentro de una bañadera miraba absorta hacia arriba, tal vez en busca del cielo, o del agua que no caía, y la última estaba muy ocupada contando billetes, sentada sobre un taburete y en chancletas. Estampitas de santos y de santas, junto a otras con la figura de una curandera, ya muerta, que por lo visto fue más que un ser terreno, pues se había ganado una aureola luminosa detrás de su cabeza. Otras con un negrito fallecido en un accidente de tránsito con alas de ángel, por supuesto blancas. Todas con sus respectivas plegarias, y flotando sobre ese animado mercado, el aroma a tostado, fritura y asado de los innumerables puestos gastronómicos.

En un cono de papel de diario compré maníes que dejé de masticar de repente. Había caminado despreocupadamente, como cuando era pibe, dejándome llevar por una multitud que buscaba el asombro por enésima vez, y sin quererlo me encontré de frente a un negocio que en aquellos tiempos no existía. En sus vidrieras exhibía animales que no habían perdido su realismo, ni la ferocidad, o la gracia... pero estaban rígidos. El tiempo se había detenido para siempre sobre ellos en un momento y en una actitud precisa. Recordaba haber visto animales embalsamados, y todos, sin excepción, daban la tétrica certeza de que eran animales muertos, ya que a pesar de la impecable elaboración y calidad del material –generalmente de vidrio―, sus ojos jamás podían reemplazar la chispa de la vida que se anidó en los originales. Pero los que estaba viendo transmitían sorprendentemente la maravilla de los ojos vivos. Había un águila, gatos monteses, perritos caniches, víboras, yacarés que continuaban a amenazar, aterrorizar o enternecer. Busqué la directriz de la torva mirada del águila, tratando de ver más de cerca sus ojos para comprobar si me espantaban o no, pero en vez descubrí a Bonifacio, que detrás de la puerta de vidrio me observaba inmóvil. Si no fuera por el eterno cigarrillo entre sus dedos hubiera jurado que también él estaba embalsamado. Parecía que algo lo preocupaba. Me hizo pasar y continuó rígido, como en guardia, observando el trajín del público.

Ya adentro descubrí que en el oscuro y atiborrado negocio había aún más animales embalsamados. De frente a una jaula llena de canarios, petirrojos y loritos, me alarmé al descubrir, también adentro, un gato, en actitud de iniciar su salto felino que le daría el codiciado e inocente bocado. Era tan real que, en su verosimilitud, me pareció verle menear lentamente la cola rígida y amenazante. Me alejé de la jaula con esa aversión por la crueldad de la naturaleza, deseando darle un puntapié a ese animal, pero mi admiración por el arte logrado me obligó a ser cuidadoso.  Era un vivo aterrorizado que caminaba entre bellezas muertas que parecían vivas. Esquivé un perro que se desperezaba en el medio del corredor, porque en el fondo a donde me dirigía, me pareció haber visto algo inusual en un negocio dedicado solo a animales.

No me equivoqué. Debajo del haz de luz que provenía desde algún lugar del techo había un niño luminoso de pocas semanas, rollizo y feliz   sobre una balanza cuyo fiel señala cero kilogramos. Desde mi anterior posición confundí la balanza con un montón de heno, y, por consiguiente –ya que no puedo no evocar tal evento―, apoyado sobre esa hierba tendría que estar el Niño Jesús. Traté de descifrar si el artista había querido dar una versión moderna de su nacimiento, pero descarté tal hipótesis ya que el niño, con un alambre dorado a guisa de aureola, no era un niño: era una niña feliz que reía despreocupada chupándose el dedo, ¡pero de cera!  Retrocedí instintivamente, espantando de frente a esa inocente belleza de una semejanza estremecedora. En la historia que me había inventado para tener enganchado a mis lectores, el tipo de la embajada terminaba siendo una figura de cera, pero era solo una fantasía, no podía ser real. Sin embargo, el mismo estremecimiento que me invadió las dos veces que fui hasta el bar, volvió a presentarse. Quise irme inmediatamente, pero mi curiosidad, a menudo insensata y llena de razones tan oscuras como el ambiente del negocio, me obligó a no moverme de donde estaba, al lado de esa niña, sin saber cuál era el motivo de mi curiosidad que me angustiaba. Comencé a sudar; la frente, las manos, la columna vertebral. Esperaba transmitirle a Bonifacio mis indicaciones para que se reuniera con la señora Kruger, incluida mi presencia como garantía, pero al lado de esa figura luminosa que, inexplicablemente me daba algo de tranquilidad dentro del terror que sentía. Luego desaparecer, lo más rápido posible. Estuve a punto de llamar a Bonifacio, pero vi que trataba de impedir la entrada a una señora, señora que repetía su nombre, Patricia, y el de su marido. Bonifacio continuaba a oponer resistencia, pero pude sentir que se quedaba sin argumentos, mudo de repente, cuando Patricia le mostró una foto. Entonces comenzó a retroceder. Lo hizo hasta que lo detuve palmeándole sus espaldas. Fue un gesto que calmó tanto a ella como a Bonifacio. Para mí fue el inicio de una pesadilla.

Me miró con sus grandes ojos tristes y grises mientras guardaba la foto en su cartera. Sentí que comenzaba, en ese preciso momento, junto a mis recuerdos recientes y con seguridad en los suyos, muchos más dolorosos... a envejecer. Ya no era más la señora segura de si misma, pues al bajar la mirada descubrió que su mano comenzaba a sufrir de un imperceptible temblor.

—¿Sorprendido? –me preguntó. Estuve por responderle que sí, pero Bonifacio exclamó;

—¡Pero! ¡Ustedes se conocen!  –mientras se deshacía de mi mano sobre su hombro al descubrir que había sido traicionado.

—¡Yo no sé nada de ese tipo! –continuó. Y usted... periodista, ¿cuáles son sus intenciones? No sé nada de su marido señora. Jamás lo he visto, y no sé cómo se le ocurre venir a parar aquí.

Patricia continuó a envejecer pues su voz se hizo cada vez más inaudible.

—Bonifacio... él no tiene nada que ver. Comencé a seguirlo sin que se diera cuenta a partir del momento en que estuvo en mi embajada. Y poco me costó saber por parte de la Kruger qué era lo que le había llevado hasta ella. Simplemente he atado cabos. Solo quiero saber... donde está mi marido. Nada más que eso. No los estoy acusando de nada.

—Se lo repito señora: yo no sé nada de su marido. Y tampoco sé qué cabos ha atado. A este periodista lo llamé por otro asunto... que no tiene nada que ver con su marido.

—¿Por El Gran Kaiser? –preguntó ella abriendo sus ojos. Mi marido también estaba interesado, muy interesado desgraciadamente, y cómo ha reaccionado al ver su fotografía, creo que usted lo sabe muy bien.

Comencé a mentir tratando de salvar lo que se podía.

—Patricia... Bonifacio no sabe nada de tu marido. Lo vio una sola vez y.… se llevó con la fuerza el diamante.

―No me extraña que se lo haya llevado con la fuerza, pero después, ¿qué hizo? Sé que no era un santo, pero eso a ustedes no tendría que interesarles. Tendría que haber vuelto, siempre volvía a mí. Era mi hombre.

Bonifacio me miró. No sabía qué contestar o hacer. Instintivamente se dio vuelta para buscar la ayuda de sus amigos que apenas habían entrado de la parte de atrás, pero no estaban solos.

El treintañero cortejador y sus dos gorilas los empujaban hacia nosotros.

—¿Quiénes son estos? ¿Por dónde entraron? –preguntó Bonifacio sorprendido mientras que una rigidez fría se apoderaba de mi cuerpo.

Observé a Miguel que, no obstante su grandeza corporal, mostraba un terror que lo hacía parecer a un adolescente confundido, con una torpeza que daba lástima. Estaba seguro de que su murmurar silencioso no era otra cosa que una plegaria entrecortada.  Luisita moqueaba, y le era imposible continuar a retorcer su pañuelo pues ya estaba rígido. Clarita, con un delantal manchado con algo que esperé no fuese sangre, se refregaba las manos con ahínco y caminaba incierta pero obediente.

—¡Adivina! –le respondió el treintañero cortejador a Bonifacio, ignorando su presencia, mientras se me acercaba, luminosa su cara de alegría a la vez que con pequeños movimientos de las manos aplaudía.

Él no me preocupaba tanto porque sabía que era un cobarde: el problema más grave y por ahora insalvable eran sus voluminosos amigos.

—¡Vaya, vaya!, ¡pero ¡qué tenemos acá! Volvemos a encontrarnos ¿No?

—¿Y ustedes quiénes son?  –preguntó Patricia, que de repente, en esa situación inverosímil retomó su actitud fría, casi arrogante.

Por lo visto ni el cortejador con su entusiasmo por verme, ni sus obedientes gorilas se habían dado cuenta de ella.

miércoles

                                                         El periodista...  5
Me fui satisfecho de la embajada porque mi historia se iba llenando de a poco. Esta vez con personajes inesperados, pero, ¿con Patricia, que tendría que hacer? Probablemente nada, no incluirla porque era un personaje que no cuadraba en la narración, demasiado marginal y a la vez demasiado importante para mí, porque simplemente deseaba que se materializara frente a mí, que no fuera otra de las tantas historias que contaba, que fuera una nueva y verdadera, incluyéndome. Todavía retumbaba en mi cabeza su promesa, “te llamaré” mientras me dirigía al bar, presunta guarida social y cultural de Bonifacio y sus amigos.
Como ninguno de ese ramo seco de la humanidad usaba teléfono, y del bar oscuro y fumoso me olvidé de pedir el número, tuve que ir personalmente para comunicarles los resultados de mi visita a la embajada.
Hay algunos barrios de mi ciudad, que, en ciertos momentos del día, parecen que fueron construidos solamente para mostrar casas, jardines y departamentos, inmersos en un silencio continuo, sin alma viva en las veredas o calzadas, y menos en los cielos, en donde desde hace tiempo no se ve un pájaro atravesar sus calles de luz. De vez en cuando algunas gaviotas, acontecimiento casi sobrenatural, ya que el mar está lejos.
El bar ya no era fumoso, pues no había nadie, pero sí continuaba a dar ese aspecto lúgubre por el marrón predominante de sus muebles antiguos, que la única ventana, con su poca luz solar debido a los departamentos de enfrente, no lograba despejar. Llamé, golpeé las manos, esperé, pero nadie respondió. Me dispuse a esperar en tanto daba una ojeada a las fotos en blanco y negro de boxeadores, futbolistas y cantores colgadas de la pared, y como nadie se presentaba fui hasta la trastienda, una especie de cocina, comedor y sala de estar con televisión funcionante incluida. El dueño había dejado por la mitad una novela. Pasé por un estrecho pasillo que me llevó hasta el baño reservado del propietario, tan mínimo y asfixiante como el destinado al público, pero con ducha. Oriné, me lavé las manos, salí al claustrofóbico patio posterior, un cubo de cuatro por cuatro que se elevaba frío, gris y cementoso, con repetitivas ventanillas cerradas y cruzado por infinidad de cables y tubos adosados a la pared, hacia un cielo inútil. Volví al salón, giré entre sillas y mesas marrones, sintiendo una mezcla de olor entre café y mortadela; me detuve acodándome sobre el mostrador, lo rodeé y me serví una botella de cerveza de la heladera; dejé el importe sobre el mostrador y el mensaje para Bonifacio debajo de un cenicero apenas iniciado. Y nuevamente tuve ese estremecimiento irracional, idéntico al que sentí cuando entré por primera vez. Probablemente se debía a que la gente se había como evaporado, dentro y fuera. Solamente al alejarme alcancé a ver la única señal de vida: un cuatro por cuatro, negro, que arrancaba unos metros más allá. Necesitaba otro tipo de bar, el mío, a pocos pasos de la editorial.
Alfredo, el mozo engominado y amigo, que está muy satisfecho de ser mi informante sobre el limitado y no siempre igual grupo de habitués del bar, estaba agitado, y pude imaginarme el por qué. Cuando repasa mi mesa nerviosamente limpiando inexistentes restos, como lo hacía entonces, quería decir que había alguien que merecía mi atención. En los demás casos, mientras limpia sin apuro, es un gentil provinciano que lee mis artículos y agrega particulares de su cosecha propia. También a él le hice una entrevista sobre su vida y espera un día verla publicada. El motivo de su agitación era la pareja que estaba en el fondo, no aquel dúo sentados un poco más allá. Para él eran clientes nuevos, no para mí: el de la izquierda era uno de los dos matones que acompañaban al cortejador en la entrada de la editorial. La pareja estaba formada por una misteriosa señora con gafas oscuras y el secretario para su Propio Fomento de la Pequeña y Mediana Empresa.
No era su esposa: a ella la conocía muy bien. El secretario es un obstinado y vanidoso Don Juan que ya aburre. Además, siendo archiconocida su fama, no sé cómo las mujeres continúan a caer en sus brazos. Es muy buen mozo, hay que reconocerlo, pero la explicación de esa obstinación femenina es que él, como tantos otros de sus pares, es la puerta obligada para ingresar a las praderas de la fama de la televisión. También su señora tiene sus encantos, a pesar de las décadas de edad   que le lleva de ventaja, y supongo que todos sus amoríos sean soportados por su esposa, ya que con su liberal cónyuge habían formado una pequeña banda receptora de coimas, dentro de la cual se rompen todas las reglas éticas, tanto políticas como familiares. Pero me extrañaba que no le pagase con la misma moneda. Probablemente el motivo se debía a esa no probada afirmación de que las mujeres envejecen, los hombres maduran.   
Pero no tenía ganas de hacerle preguntas molestas, porque estaba, no cansado, ni aburrido. Además, esos dos gorilas eran sus guarda espaldas. Digamos que estaba en esa mediana zona en la cual los sentimientos trataban de anular el pensamiento y estos a su vez exacerbaban aquellos... y viceversa. Buscando a alguien que se compadeciera de mí, se lo dije en manera simple y poética a Alfredo: “¡Dos grandes y tristes ojos grises en un cuerpo femenino, Alfredo! ¡Dos! Aunque mi melancolía era casi dolorosa, Alfredo me hizo reír, porque, no estando enamorado, no entendió las perogrulladas que puede decir uno que sin quererlo lo estaba. Con su acento provinciano me respondió que no tenía dudas de que fuesen dos ojos, pero antes de irse, apiadándose de mí, sin que se lo hubiera pedido, me dejó un Martini y su aceituna con la cual diría que me identifiqué: hundido en un ambiente dulce que asfixiaba, y con una difusa e incorpórea asta que me atravesaba el pecho. ¿Sería así de blando mi corazón?
Aunque trataba de negarlo sabía que ella, como el escarbadientes en la aceituna, era la culpable: la señora con ambo oscuro, con un retrato del marido a sus espaldas y un diploma de Tiro al Blanco. Sí. La señora que, en la fiesta de la condesa, después de saber quién era yo y cuál mi profesión, con palabras que, si no hubieran sido dichas por un rostro delicioso pero desconocido, habría jurado que era mi madre quien las pronunciaba. 
“¿Sabés..? Pienso que es necesario mostrar las debilidades de las personas, especialmente de esos personajes en vista, pero creo que quien las saca a la luz, de alguna manera también comparte los mismos defectos. ¿Puede ser?
Me sentí ofendido. Profundamente ofendido. Estaba por contestarle con una infinidad de argumentos a mi favor de los cuales jamás tuve dudas, empezando con que yo no soy un personaje público y.… tuve que callar porque realmente nunca me había hecho tal pregunta con seriedad, pero más que nada porque estaba en el medio de mi estrategia para conquistarla. Sin embargo, tenía algo de razón. Y eso me dolió.
Mientras observaba cada tanto los mohines de la señora con gafas amiga del secretario, comencé a dibujar en una servilleta el recuerdo del rostro de Patricia. Soy también un excelente retratista, y con frecuencia acompaño mis artículos con los dibujos de las caras de mis entrevistados. Mi jefe dice que, técnicamente, soy un genio. Lo que no dice sabiéndolo, y estoy, a pesar mío, de acuerdo con él, es que no soy capaz de desvelar a retrato terminado lo que esconden ciertas miradas y gestos. Son hermosas fotografías hechas a lápiz, pero, como en el caso de los ojos grises de ellas, no pude transmitir lo que confusamente sentía al observarlos: eran perfectos, idénticos a los de una foto para llevar en la billetera, satisfechos de la vida, del pasado y del futuro, pero mudos. Antes de conservarla en mi bolsillo, estuve a punto de hacer un bollo con la servilleta con su rostro a medio terminar. En su lugar me puse a garabatear el árbol de la humanidad para no pensar en lo que me había dicho. Creo que, de pibe, fue el primer dibujo que hice en el cual el objeto representado se parecía más o menos al modelo. Como todo niño civilizado le coloqué debajo una casita con el techo a dos aguas a pesar de que donde nací todas eran a techo plano. El contorno del árbol era una línea ondulada, queriendo representar el follaje, pero con el pasar del tiempo se fue reduciendo a un grueso tronco pelado del cual partían infinidad de ramas sin hojas, ramas que a su vez se bifurcaban en otras, y así, hacia un posible infinito. Asigné a una de esas a Helda; otra a su jefa, la secretaria; otra a Patricia, todas con la posibilidad de generar más bifurcaciones, menos cuatro, en el borde del diseño, con una equis en sus extremidades para significar que más de ahí no podían ir: eran las ramas de los cuatro viejos.
Bebí otro Martini, pensando en los ojos grises y tristes de Patricia y en lo que me había dicho, decidido a irme, sin embargo, di media vuelta y me encaminé hacia el secretario y su nueva amiga cuando me llamó.
Es tanta la impunidad de estos buitres del verbo, tan vistosos y cautivadores como sus ropas, que tuvo la desfachatez de invitarme a su mesa y presentarme a su amiga que estaba tan estúpidamente excitada como él tan pedante y presumido. Él sabía bien que en más de uno de mis artículos dejé filtrar las denuncias de sus velados pedidos de “ayuda partidaria” a honestos y pequeños empresarios en cambio de rapidez en los trámites. A su oficina la conocen como la “oficina de los sobres marrones”, una de las más concurridas, y lo peor es que nadie se lamenta. Tampoco lo hicieron los que me confirmaron lo que ya se sabía. Lo aceptaban con resignación, como parte inevitable de la burocracia, pero no dejaban de pagar.
—Te presento a un baluarte, a un guardián de la libre información –le dijo a su amiguita mientras le acariciaba la espalda, como si ese cuerpo fuese suyo. Largas y lentas caricias desde sus hombros hacia abajo, mientras me sonreía. Es muy simpático –continuó. Me hace reír con sus “chismes” sobre mí. No sé dónde los pesca.  Y lo peor es que no se preocupa que le puedo hacer causa. Se aprovecha porque sabe que soy muy tolerante. ¿No es cierto?
—¿Tolerante? Sí. Muy tolerante. Con todos. El secretario, además de tolerante es muy famoso. ¿Lo sabe usted? –respondí dirigiéndome a ella.
—¡En serio! No lo creo. No sale nunca en los diarios –respondió como si tuviera piedad por él.
Él tuvo un acceso de risa mezclado con una tos imprevista.
—¿Todo viento en popa, secretario? –le pregunté.
—¡Todo viento en popa! ¡Cómo nunca!, querido periodista de Costumbre y Sociedad. Me gustaría que un día de estos me hiciera una entrevista para convencerlo de que todo lo que dice sobre mí son... “chismes” de comadres. ¿Qué me dice?
—Cuando quiera. Lo estoy esperando –respondí sabiendo que jamás me la daría.
—Veré cómo puedo hacer. ¡Es un ir y venir de gente mi despacho! Empresarios siempre desesperados. No tengo nunca tiempo. Pero le buscaré un lugarcito –me respondió continuando a acariciarle la espalda a su amiga, observándome contento desde su sillón. 

Mi oficina de redacción sufre, como cualquier otra similar, ese proceso dinámico que se manifiesta en todo cuerpo en movimiento y pasible de aumentar su velocidad. A las primeras horas de la mañana arranca con la placidez o desgano del café, los comentarios, la lectura de los últimos acontecimientos, pero de repente comienza a acelerar con los llamados urgentes de las rotatorias, las órdenes y contra-órdenes, clientes, corresponsales ansiosos, gente que va y viene. El máximo se alcanza cuando todos los teléfonos, como en un complot preciso y puntual pergeñado por una naturaleza que no puede vernos tranquilos, comienzan a sonar. 
Todos los días igual. 
Es tan monótono su mecanismo que lo sé de memoria, y sabiendo que me iba a quedar sin línea telefónica levanté el mío para reservarme una, pero la telefonista, desde el fondo, me gritó que colgara pues tenía una llamada para mí. Era Bonifacio. 
—Dentro de media hora estaré ahí. Creo tener buenas noticias para ustedes ―le dije inmediatamente.
—Mejor que nos veamos en esta otra dirección.
 Mientras la anoté le pregunté el por qué del cambio.
—Le había dicho que soy desconfiado... También soy muy intuitivo... Huelo que algo no va bien pues en el bar estuvo.... 
En ese momento mi jefe de redacción me gritó desde su oficina diciéndome que la condesa y su marido iniciaron una causa judicial contra la revista por difamación, e inmediatamente le ordenó a su secretaria que llamara al abogado de la revista agregando;
—¡Que se gane el sueldo ese leguleyo! 
En esos momentos suyos de pura y sanguínea condición para el mando de periodistas, siento admiración y envidia por mi jefe. Conoce el oficio. Su renguear precipitoso no le impide reordenar las filas de sus subordinados en momentos de pánico. Todo lo contrario, parece que está a sus anchas.
―Y del energúmeno de su cortejador, ¿se sabe algo? –pregunté excitado. 
—Tené cuidado con ese pues lo han visto junto a dos “pesos pesados”, amigos del secretario para el Fomento de la PMI. Gente de mala calaña. También llamó una tal Kruger...   funcionario de la embajada del Sudáfrica... ¿Es un hombre o una mujer...? –me preguntó desorientado. Bueno, quiere tener un espacio para responder a las insinuaciones que has hecho con respecto a la responsabilidad que tiene su país en la desaparición del Gran ... ¿Cómo carajo se llama esa piedra?
—¡Kaiser!  –le grité. 
—Si, eso.... ¡Grande pibe!... Continuá así... Has creado un lindo avispero... Te amo.
Quise continuar hablando con Bonifacio, pero del otro lado ya no había nadie. 
Entré en el auto pensando en el amor de mi jefe –correspondido sin lugar a dudas–    pero más que nada en los pesos pesados amigos del secretario, y por ese motivo no dejé de controlar el espejo retrovisor. Durante todo el trayecto hasta la nueva dirección que me dio Bonifacio, lo único sospechoso fue un cuatro por cuatro, negro, que estuvo siempre un auto de por medio detrás de mí. No alcanzaba a ver quién lo manejaba. Dejé de preocuparme cuando, antes de que yo la abandonara, dejó él la autopista en la salida anterior.

jueves


Traducción de “Cambia-menti” de Vasco Rossi



Cambiar de auto es bastante fácil,

de mujer, ya es algo más difícil,

cambiar de vida es casi imposible,


cambiar todas las costumbres

eliminando las menos útiles

para cambiar de dirección,


cambiar la marca de cigarrillos

y hasta tratar de dejar el vicio

no es para nada tan difícil,


impedir que se desboquen las pasiones

sin exagerar las emociones

y que no “nos dejen caer en tentaciones”,


cambiar de lógica es muy fácil,

de idea, ya es algo más difícil,

cambiar de fe es casi imposible,


cambiar todas las razones

que nos han hecho para cometer errores

no sería ni siquiera natural,


cambiar de opinión no es difícil,

cambiar de partido es muy fácil,

cambiar el mundo es casi imposible,


solo podemos cambiar nosotros mismos,

parece poco, pero si lo lográramos

llevaríamos a cabo la revolución,


vivir bien o tratar de hacerlo,

hacer el menos daño posible,

no querer ser el mejor,

no tener miedo a la derrota,

y considerar que será bastante difícil

zafar de este estado de cosas.

martes

                                                    El periodista... 4

El Secretario de Relaciones Públicas no era un hombre; era una mujer, y esto me puso aún más de buen humor. Con ellas las entrevistas no transcurren como con los hombres, con los cuales siempre me parece encontrarme en medio de un mar tempestuoso, como tripulante de naves de guerra que se enfrentan cañoneando preguntas y respuestas a mansalva, sin ninguna intención de hacer marcha atrás, y que al quedarse sin municiones continúan a agredirse insultándose desde los puentes.
Con ellas como máximo me siento sobre un lago apenas encrespado, en el cual las mismas preguntas y respuestas, cargadas de ironías unas y llenas de desprecio las otras, se saludan con la mano desde la borda esperando volver a verse. ¡Son tan vanidosas! Por este motivo creo que no guardan rencor, y menos cuando de aparecer en revistas de moda se trata: no tienen tiempo, no como nosotros que somos igual de vanidosos y rencorosos hasta morir. Pero esa encargada, rotunda expresión rubicunda de la raza anglosajona había adherido en forma maciza a la representación masculina. También ella lucía un ambo, azul oscuro en este caso, pero con botones metálicos que trajeron a mi memoria viejos estereotipos de uniformes militares. Pude comprobar que estaba excitadísima por la entrevista, y no había mejor manera de demostrarlo que acomodando una y otra vez su notoria humanidad en el sillón.
Acepté un té que me ofreció en su pensado, lento y seguro español y luego, en su lengua natal, lo ordenó a alguien en la oficina contigua de la cual, al entrar, ignoraba la presencia.
Mientras esperábamos me pasó su tarjeta de presentación al mismo tiempo que me decía que mi revista “era muy amena, algo indiscreta, por cierto, pero considerándolo bien, necesaria su lectura”, “que leía todos mis artículos” pero me reprochó, con un dejo de tristeza, la manera superficial y hasta cruel de cómo divulgué la noticia de la condesa... condesa (¡Oh, nefasta coincidencia!)  que era su íntima amiga. Ese particular me llevó a pensar que me estaba haciendo de un nuevo enemigo, pero me sentí aliviado cuando, al final, me dijo casi con complicidad; “Sí, la condesa es algo muy especial. Un espíritu libre, con un concepto de la libertad talvez un poco vistoso para este tipo de sociedad, que la lleva a mostrarse como una mujer sin prejuicios, pero no es verdad: es tan emancipada como generosa, muy culta, pero no quiere aceptar que ya tiene sus años.  Continuará a ser una niña a pesar de sus... de su edad, y espero que su crítica pueda hacerle abrir los ojos, como no lo he conseguido yo con mis consejos de buena amiga. Además –añadió con un tono de confidencia y voz apenas audible―, no es la primera vez que su pobre marido, el conde, se entera de los amoríos de su esposa”.
Largué un suspiro de alivio, y comprobé que podía ser una fuente inagotable de chismes, por lo cual decidí de conquistar su amistad y hacerle visitas más periódicas.
La que llegó con el té era una jovencita de tez morena, de evidente origen andina que me asombró por su elevada estatura. No había visto jamás una así tan alta. Me saludó en un español terso, para luego responder a una incomprensible pregunta de mi interlocutora en su idioma. Continué a mirarla con insistencia sin esconder mi asombro, mientras palabras que escuché de niño se despertaron otra vez: mistol, albahaca, chañar, maíz... “Así de alta, así de igual y flexible a una verde y noble planta de maíz”. Me propuse que de alguna manera tendría que hacerle una entrevista para que me explicara el motivo de tal excepción de su etnia.
Mi entrevistada, tan propensa a las pequeñas historias como todas las mujeres a pesar de que vestía como hombre, me informó –notando mi evidente interés por su asistente―, que la globalización no había empezado en aquellos últimos años, sino tanto tiempo atrás, agregando una sentencia que la llenó de orgullo por poseer a sus servicios tal vistosa muestra antropológica; “¡Su padre era inglés!”, afirmación que me desorientó ya que ella, para su cargo, no podía no ser sudafricana. ¿Qué tenía que ver que hubiera sido inglés? Talvez, además de ser una representante política de un notorio país, también era una socialista progresista que no creía, como yo, en fronteras, himnos y banderas. O quizás aquella teoría racista que afirmaba que todos los pueblos germánicos son más solidarios entre ellos era cierta, por el solo hecho de ser blancos y rubios, en desmedro de las gentes latinas, morochos y oscuros. De cualquier manera lo dijo con fuerte acento nacionalista, cosa que no me sorprendió observando nuevamente su porte, casi militar, pero otra vez, volviendo a mirar a esa muchacha alta,  pensé que el árbol de la   humanidad, en su  crecer traumático recibe injertos de manos que no se conforman con sus frutos naturales y quieren saborear otros gustos... y he aquí el resultado; esa belleza que no era andina, pero tampoco anglosajona, muy alta, muy altiva en su aparente humildad... y que respondía al nombre de Helda.

Cuando pronuncié el nombre del gran diamante, mi entrevistada, muy a pesar mío, no demostró ninguna sorpresa. Todo lo contrario, y se limitó a responder casi con fastidio que ese nombre venía a flote cada tanto. No le había ordenado nada a Helda, pero esa alta belleza andina se apareció con una carpeta en la cual la secretaria se informó con ojeadas rápidas de su contenido, como si ya la hubiera consultada más de una vez.
Lo único que puedo decirle es que El Gran Kaiser, antes que nada, es propiedad de mi gobierno.
¿Y dónde se encuentra ahora?   –pregunté con ficticio desinterés, pero excitado interiormente sabiendo que era una pregunta molesta. 
No lo sabemos –me respondió mientras, para mi íntima satisfacción, pude comprobar que un bochorno colorido comenzó a invadirla.
¿Ha sido robado?  
No diría... “robado” ... digamos que –y para continuar necesitó la ayuda de la presencia de Helda, que sólo se limitó a devolverle una mirada impasible, como para hacerle recordar que no debía perder su aplomo–...  se considera momentáneamente “extraviado”.
Supongo que continuarán con su búsqueda.
–Sin ninguna duda. Si bien su valor es incalculable es antes que nada un símbolo, una parte de la historia de mi país... ¿Puedo saber cuál es su interés por El Gran Kaiser?

Yo no sé cómo hago para disimular mi cinismo... (y sin él, ¿cómo haría para subsistir en este medio?) pues estaba excitado viendo cómo había cambiado su actitud, tan francamente amigable y social al principio, y después tan “estrictamente funcionaria de Relaciones Públicas”, pero ya me había hecho una firme idea: mi rostro debía expresar la rutina del rostro de un periodista de Costumbre y Sociedad, un poco despistado, a caza de frívolas novedades.
Mi revista cree que sería interesante indagar viejos misterios en noticias del pasado. El Gran Kaiser es, entre tantas, una de las más insólitas.    
Supongo que comprenderá que también es insólito la ausencia de tal.... “símbolo” de su lugar de origen indiscutible –me respondió agregando una frase que hizo inútil la que yo estaba por decir―,Y MI GOBIERNO HARÁ LO IMPOSIBLE PARA RECUPERARLO.
“Lo imposible” –me dije pensando en Bonifacio.

En tanto me despedía le pregunté si estaría presente en el próximo y exclusivo desfile de moda. Sabiendo de antemano que no había sido invitada –pues tuve acceso a la lista de invitados―, le alargué una de las tantas entradas gratis que llevo como fuente de corrupción para casos como estos. Por su reacción no tuve dudas de que volveríamos a ser como viejos amigos necesitados el uno del otro, pero a Helda, aún asombrado, le insinué una entrevista para ahondar en esa nueva curiosidad que me intrigó: las condiciones en las cuales se entreveraron dos solitarios componentes de dos etnias completamente diversas y aún más lejanas, dando como resultado este nuevo fruto con un rostro andino, tan bello como sus ojos celestes y tan bien colocado en la cima de un cuerpo esbelto.    

viernes

                                                             El periodista... 3

Me levanté para irme notando que mi acidez estomacal había desaparecido. Me sentía satisfecho, tenía una historia que, si la trabaja bien, sería estrepitosa, pero cuando los miré desde mi altura, en pie, vi cuatro vidas derrotadas dentro de cuerpos frágiles, obstinados y, por lo visto, todavía sanos. Me miraban confiados, y por supuesto no tenían ambiciones de notoriedad como lo afirmó mi jefe. Habían pasado en silencio y en silencio querían irse, y estaba seguro de que el encuentro con esa piedra era lo único importante que les había sucedido durante todas sus vidas, demasiado importante, diría una exageración, una burla del destino. Tuve un momento de confusión porque, al observarlos, se mezclaba en mí la satisfacción de saber que yo no me encontraría jamás como ellos, pero al verlos expectantes, esperando como si yo fuera lo último a quien aferrarse me llenaban de tristeza, y, para colmo, el muerto volvió a dar señales de vida en ese bar oscuro y fumoso. Me pareció que, con las manos en los bolsillos, daba vueltas alrededor nuestro.

―Pero, con respecto a ese… muerto… ¿No vino nadie a preguntar, a investigar?

―Ni los perros ―se apresuró a contestar Clara. Era un hombre malvado, y seguramente ninguno sintió su falta o lloró por él… era…

― ¡Basta, Clarita! ―la interrumpió Bonifacio.

Mientras manejaba hacia la redacción ya había armado la historia. Por supuesto sin un final, porque, incorporándome realmente a los sucesos, ya que iría a la embajada, los epílogos podían ser varios. Mi entusiasmo era cada vez mayor. De lo que estaba seguro era que, Bonifacio, en unos de sus vagabundeos por la ciudad se encuentra sin querer en medio del tiroteo. Uno de los ladrones, al ser herido, suelta la valija, esta se abre por el golpe al caer y desparrama el contenido, El Gran Káiser llega rodando hasta él, y sin pensarlo dos veces huye con el diamante. Se sienten inmensamente ricos cuando lo observan sobre la mesa, pero siguen siendo tan pobres como antes. Se ponen en contacto con la embajada, llega un tipo sin escrúpulo, los amenaza luego de negarse a pagar lo que ellos le pedían como justa recompensa, y en un acto de defensa propia lo matan… ¿y quién si no Miguel podía hacerlo? Clarita lo momifica y luego lo recubre con cera… ¿Para qué? ¿No sería mejor hacerlo desaparecer? No. Lo expone en su sala de figuras de cera, por supuesto en un lugar imaginario, solo para tener enganchados a los lectores.

Cuando llegué al edificio del diario, el treintañero cortejador de la condesa me estaba esperando en la entrada con dos gorilas, a los que ordenó de no intervenir. Pude comprobar lo que ya me imaginaba: que era un cobarde; de los peores, pues buscaba notoriedad, ya que estaba seguro de que antes de llegar hasta mí, los guardias de la editorial lo habrían detenido, como luego puntualmente sucedió. Así y todo, logró asestarme un puño en el rostro, por suerte con poca convicción, que me dejó con las ganas. Pero el gesto estaba destinado a los demás presentes que se alarmaron cuando oyeron sus gritos para comenzar con la farsa;

―¡Infame! ¡Falso! Nos veremos en los tribunales. Hasta creo que esperaba los aplausos de los atónitos espectadores.

Verdaderamente él no me preocupó tanto como sus extraños amigos. Esos no se ofenden por nada: sólo obedecen. ¿De dónde habían salido? 

Sobre él ya había hecho averiguaciones. Sabía a qué familia pertenecía ese energúmeno Don Juan semi–aristocrático, quiénes eran sus amistades y los círculos que frecuentaba, bastantes opacos y sospechosos. Sus gorilas deberían de pertenecer a esas cofradías. Lo había anotado todo, a partir de cuando supe que había comenzado a cortejar a la condesa, para saber qué clase de tipo era.

Mi director, al ver mi estado, me miró riendo. Por lo visto le causaba gracia mis vestidos desaliñados y mi rostro marcado.

 ¿No es un trabajo algo peligroso?  –me preguntó con sorna.

Entonces aproveché para decirle que merecía un aumento.

La de tu aumento es una historia que creo no tendrá un final, por lo que a la dirección le compete, ni feliz ni triste –me respondió hermético.

Tuve que admitir que, además de ser un excelente periodista, también es un inigualable contemporizador cuando se trata de plata, mejor dicho, un inigualable tacaño. Sin embargo, estaba seguro de que mi aumento, como premio en toda historia, llegaría, con o sin accidentes callejeros. Sólo tenía que insistir. La obstinación no me falta, pero ese último encontronazo, con los dos personajes que se agregaron sin tener nada que ver, me hicieron reflexionar. No era la primera vez que me agarraba a trompadas para defenderme de corruptos y fanfarrones que denunciaba, pero jamás con guardaespaldas. Consideré que sería mejor agenciarme un arma.  Pareció que mi jefe había leído mis pensamientos pues agregó;

Si continuás de esa manera lo único que conseguirás será una medalla post morten... Después un largo discurso de parte mía en el cual no ahorraré elogios...  ¡y menos aumentos de sueldo que desgraciadamente ya no te servirán!   –añadió señalándome con el dedo mientras reprimía un ataque de risa– dálo por seguro. ¡Ah! Sería una situación sublime. En tu funeral y con la gravedad de los vestidos oscuros, yo, alto y claro pronunciaría un discurso memorable – y finalmente largó su risotada contenida que me devolvió el buen humor, no tan negro como el suyo.

También el ambiente de mi trabajo junto a todas las noticias que incuba, elabora y hace explotar es íntimamente parte de esa frivolidad tan sanguínea que se llama Costumbre y Sociedad. Sociedad con costumbres de avidez continua, de amistades intermitentes, de deseos de fama asfixiante, de sinceridad de ocasión, de tantos odios y simpatías. Estoy metido hasta la coronilla en el, a menudo me siento ahogar, pero si me faltara no sé que haría.

Terminé de hacer los primeros bosquejos de la historia del diamante y los viejos, y la primera frase que había escrito me pareció perfecta para que se transformara en el título del artículo “¿Dónde está el Gran Kaiser?” Volví a leer esas dos páginas y me di cuenta de que le faltaban los componentes importantísimos por lo cuales me siguen tantos lectores: el amor, la pasión, el sexo. Era evidente de que de ese ramo seco de la humanidad nada de sublime de esas manifestaciones podría obtener, y fue en ese momento que recordé que Patricia K, luego de mi insistencia, con una cierta resignación accedió a darme el número de teléfono, el de su trabajo, avisándome que andaba siempre muy ocupada, pero que insistiera; ella trataría de hacer un paréntesis.

Comencé a buscarlo ansiosamente porque no recordaba dónde lo había guardado aquella noche, hasta que lo encontré en el bolsillo posterior de mi pantalón, escrito sobre una servilleta del Palace Inn Hotel. Lo repetí mentalmente descubriendo que su conformación sonora me llevaba –pues tengo una memoria audible muy desarrollada–, a algún otro que había escuchado recientemente. Busqué y encontré también ese: ¡era, salvo por el último número, seguramente un interno, idéntico al teléfono de la embajada que había anotado Bonifacio!

Me quedé sin pensamientos por un instante, pero luego estos retornaron desordenadamente a afluir alrededor de ella, mas no se me ocurrió pensar que los hechos estaban íntimamente ligados.

Era una coincidencia que me causó estupor y una alegría incontenible. No podía ser que un buen augurio.

El recuerdo de su personalidad, esa mezcla de despreocupación mundana que sintetizaba clarísimo en frases tan inesperadas como efectivas, junto a una consciente percepción del efecto que causaba su belleza en los hombres, hizo posible que la coincidencia pasara a segundo plano.



Antes de dirigirme al Secretario de Relaciones Públicas de la embajada, me enteré de que Patricia K. era una agregada comercial, según una chapa dorada sobre su puerta. Golpeé y me abrió la puerta, junto a una oleada de perfume que aún conservaba en mi memoria, una señora con ambo oscuro perfectamente adherido a su cuerpo, sin ningún pliegue. Se me ocurrió que sus hombreras, que en otras mujeres son evidentemente postizas, en ella no hubieran sido necesarias, ya que todo su cuerpo era una invitación delicada a extraviarse observando su figura. ¡Madre mía! ¿Por que nos enamoramos de ciertas mujeres y de otras no? ¿Qué tenía esa mujer si he tratado con otras aún más bellas? ¿Por qué es tan caótico el amor?

Me saludo extendiéndome la mano, como si fuera la primera vez que nos veíamos; luego me invitó a sentarme.

En el bolsillo de su pecho se asomaba un pañuelo rígidamente ordenado del cual imaginé su fragancia. Observé nuevamente mientras recordaba ese collar de diminutas piedras brillantes que se apoyaban en su piel. Su cabello estaba prolijamente recogido, y, sin embargo, no había nada que me retrajera a la mujer que en la fiesta de la condesa bailó conmigo, apenas excitada por el poco alcohol que bebía con lentitud. Estuve a punto de tamborilear los dedos sobre su escritorio, gesto que siempre hago para comenzar cualquier entrevista, consciente del efecto que ejerzo sobre el entrevistado, pero me detuve a observarla, directamente a los ojos, e inexplicablemente abandoné cualquier intento de preguntar para saber. No quería saber nada que no fuese algo íntimo de si misma, pero no sabía por dónde empezar. Se dio cuenta y con apenas una sonrisa esbozada fue ella que inició con las preguntas.

Bueno, ¿a qué debo (¡e hizo un cambio de pronombre que me desorientó aún más!)  su visita?

Sus ojos eran de un inmenso y triste gris claro, que por lo visto no tenían ninguna intención de parpadear mientras la miraba tratando de transmitirle mi desorientamiento. Recordaba aún que los había cerrado divertida mientras acercaba su cabeza, con un mohín de vergüenza hacia mi hombro, cuando bailábamos en el Palace Inn. De esto me pareció que no hubiera sido la noche anterior; estaba ahí todavía, al alcance de mi mano, de mi memoria que se hacía más vívida por el deseo, noche en la cual hubiera querido continuar a estar.

—Si mal no recuerdo, porque estaba algo alegre, habíamos quedado en que te llamaba... pero se dio la casualidad de que tengo que entrevistar al encargado de Relaciones Públicas de la embajada... y descubrir que trabajás en el mismo lugar me parece de buen augurio. ¿No te parece?

Sonrió antes de contestarme que los augurios eran más... “emocionantes” si estaban dirigidos a dos personas, jamás a una. Luego agregó, con esa seguridad que da el hecho de saber que todo está bajo control y puede permitirse un gesto de cortesía (¿o de compasión?)   que también ella, en la fiesta estaba algo alegre y despreocupada.

Como   puede   ver   el   trabajo que realizo me ocupará prácticamente todo el día –me dijo señalando una ordenada columna de carpetas sobre su escritorio, y otra sobre un mueble a sus espaldas. Sobre la pared descubrí asombrado un diploma de Tiro al Blanco Móvil con su nombre.

No es necesario darme del usted –le respondí en tanto observaba otra fotografía en la cual posaba sonriente al lado de un hombre apuesto.

Lo sé. También sé que... eres comprensivo y discreto –me respondió cuando se percató de que continuaba a observar, alternativamente, el retrato y su diploma.

 Es... mi marido –me aclaró. Él era también campeón de tiro.

Con las mujeres difíciles había puesto a punto una estratagema que me dio siempre resultado: poner una cara de desamparo que hacía imposible que en ellas no se asomara ese instinto que las distinguen: la compasión. A veces hasta en situaciones límites, como la que estaba experimentando, en la cual parecía que todo estaba irremediablemente perdido. También ahí dio resultado, y podía abandonar el campo de batalla sin haber sufrido una derrota humillante, esperando ingeniar otros artilugios más convincentes en futuras ocasiones, pero me di cuenta de que no había fingido un aspecto de desamparo: realmente, frente a ella y sabiendo que estaba casada, me sentí desolado... pero no pensé en aflojar.

Después de explicarme sumariamente que es lo que hacía en la embajada, me pidió mi número de teléfono y se comprometió a llamarme cuando tuviera algo de tiempo. Extrañamente no me importó si me llamaría o no, porque me quedé como suspendido con el sonido de esa frase que prometía una intimidad: Te llamaré.

Mientras me estaba yendo me preguntó qué había venido a hacer a su embajada.

Realmente quería verte de nuevo –contesté sin olvidar de mostrar un rostro devastado.

—¡No empecemos por favor! –me respondió mientras le afloraba un ligero enojo que la tornó aún más atractiva. Quise continuar a provocarla, pero tuve temor a su reacción.

No sé si les dije algo que a ustedes les parecerá banal, pero mi profesión, que a todas luces se ocupa de la frivolidad, me obliga a declamarlo para liberarme de mal entendidos, para dejar bien en claro que no soy un superficial o un frívolo periodista. Amo esta vida no sólo porque además de fresco y con todas las luces ya encendidas, me despierto, antes que nada, con una propicia hambre, con proyectos que jamás son los mismos y con una fuerza, que, indudablemente tiene que ser sexual, que hace posible cualquier esbozo de tarea futura, aún si no hay en ella mujer alguna. Que me perdone quien ha escrito esa hermosísima frase en la Biblia, pero realmente sólo ellas son “La sal de la vida”.

Siempre habrá una mujer. Siempre las hubo. Sin ellas –mejor dicho, sin esa fuerza que está dirigida a todas, no a una, el mundo no hubiera tomado el rumbo que tomó. Mientras exista esa tensión hacia todas ellas, todo continuará a existir, todo será bello y prometedor a pesar de que este mundo es un horror continuo. Hasta la metafísica, esa ciencia obsoleta y abstrusa no habría nacido ya que la Belleza, el Bien, lo Bueno, lo Justo ¿En dónde tendríamos que buscarlos si no en ellas? Y si a veces aquellas virtudes en ellas no se manifiestan es simplemente porque les ha tocado existir en un mundo exclusivamente masculino.

La miré sabiendo que vendrían momentos memorables, tan sólo en pensar que lo haría. No había lugar en mi exaltación para lo contrario. “Te llamaré” continué a repetirme, y esa intimidad verbal me llenó de orgullo, de ansiedad, de pasión, de una alegría casi eléctrica. “Te llamaré”.  Sí... y respondí a su pregunta.

Mi revista, siempre frívola, quiere saber algo más sobre un diamante sud africano desaparecido hace tiempo –contesté sin tener en cuenta que jamás hubiera revelado tal infame característica de la empresa para la cual trabajo a otra persona.

¿Diamante? –repitió mientras su mirada se apartó de mí para observar el pasillo vacío, el que me llevaría hasta la oficina del encargado de las relaciones públicas de la embajada. Se quedó inmóvil como si tratara de recordar algo. La segunda puerta a la izquierda ―agregó finalmente.


No copie, use la imaginación...

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