jueves


Traducción de “Cambia-menti” de Vasco Rossi



Cambiar de auto es bastante fácil,

de mujer, ya es algo más difícil,

cambiar de vida es casi imposible,


cambiar todas las costumbres

eliminando las menos útiles

para cambiar de dirección,


cambiar la marca de cigarrillos

y hasta tratar de dejar el vicio

no es para nada tan difícil,


impedir que se desboquen las pasiones

sin exagerar las emociones

y que no “nos dejen caer en tentaciones”,


cambiar de lógica es muy fácil,

de idea, ya es algo más difícil,

cambiar de fe es casi imposible,


cambiar todas las razones

que nos han hecho para cometer errores

no sería ni siquiera natural,


cambiar de opinión no es difícil,

cambiar de partido es muy fácil,

cambiar el mundo es casi imposible,


solo podemos cambiar nosotros mismos,

parece poco, pero si lo lográramos

llevaríamos a cabo la revolución,


vivir bien o tratar de hacerlo,

hacer el menos daño posible,

no querer ser el mejor,

no tener miedo a la derrota,

y considerar que será bastante difícil

zafar de este estado de cosas.

martes

                                                    El periodista... 4

El Secretario de Relaciones Públicas no era un hombre; era una mujer, y esto me puso aún más de buen humor. Con ellas las entrevistas no transcurren como con los hombres, con los cuales siempre me parece encontrarme en medio de un mar tempestuoso, como tripulante de naves de guerra que se enfrentan cañoneando preguntas y respuestas a mansalva, sin ninguna intención de hacer marcha atrás, y que al quedarse sin municiones continúan a agredirse insultándose desde los puentes.
Con ellas como máximo me siento sobre un lago apenas encrespado, en el cual las mismas preguntas y respuestas, cargadas de ironías unas y llenas de desprecio las otras, se saludan con la mano desde la borda esperando volver a verse. ¡Son tan vanidosas! Por este motivo creo que no guardan rencor, y menos cuando de aparecer en revistas de moda se trata: no tienen tiempo, no como nosotros que somos igual de vanidosos y rencorosos hasta morir. Pero esa encargada, rotunda expresión rubicunda de la raza anglosajona había adherido en forma maciza a la representación masculina. También ella lucía un ambo, azul oscuro en este caso, pero con botones metálicos que trajeron a mi memoria viejos estereotipos de uniformes militares. Pude comprobar que estaba excitadísima por la entrevista, y no había mejor manera de demostrarlo que acomodando una y otra vez su notoria humanidad en el sillón.
Acepté un té que me ofreció en su pensado, lento y seguro español y luego, en su lengua natal, lo ordenó a alguien en la oficina contigua de la cual, al entrar, ignoraba la presencia.
Mientras esperábamos me pasó su tarjeta de presentación al mismo tiempo que me decía que mi revista “era muy amena, algo indiscreta, por cierto, pero considerándolo bien, necesaria su lectura”, “que leía todos mis artículos” pero me reprochó, con un dejo de tristeza, la manera superficial y hasta cruel de cómo divulgué la noticia de la condesa... condesa (¡Oh, nefasta coincidencia!)  que era su íntima amiga. Ese particular me llevó a pensar que me estaba haciendo de un nuevo enemigo, pero me sentí aliviado cuando, al final, me dijo casi con complicidad; “Sí, la condesa es algo muy especial. Un espíritu libre, con un concepto de la libertad talvez un poco vistoso para este tipo de sociedad, que la lleva a mostrarse como una mujer sin prejuicios, pero no es verdad: es tan emancipada como generosa, muy culta, pero no quiere aceptar que ya tiene sus años.  Continuará a ser una niña a pesar de sus... de su edad, y espero que su crítica pueda hacerle abrir los ojos, como no lo he conseguido yo con mis consejos de buena amiga. Además –añadió con un tono de confidencia y voz apenas audible―, no es la primera vez que su pobre marido, el conde, se entera de los amoríos de su esposa”.
Largué un suspiro de alivio, y comprobé que podía ser una fuente inagotable de chismes, por lo cual decidí de conquistar su amistad y hacerle visitas más periódicas.
La que llegó con el té era una jovencita de tez morena, de evidente origen andina que me asombró por su elevada estatura. No había visto jamás una así tan alta. Me saludó en un español terso, para luego responder a una incomprensible pregunta de mi interlocutora en su idioma. Continué a mirarla con insistencia sin esconder mi asombro, mientras palabras que escuché de niño se despertaron otra vez: mistol, albahaca, chañar, maíz... “Así de alta, así de igual y flexible a una verde y noble planta de maíz”. Me propuse que de alguna manera tendría que hacerle una entrevista para que me explicara el motivo de tal excepción de su etnia.
Mi entrevistada, tan propensa a las pequeñas historias como todas las mujeres a pesar de que vestía como hombre, me informó –notando mi evidente interés por su asistente―, que la globalización no había empezado en aquellos últimos años, sino tanto tiempo atrás, agregando una sentencia que la llenó de orgullo por poseer a sus servicios tal vistosa muestra antropológica; “¡Su padre era inglés!”, afirmación que me desorientó ya que ella, para su cargo, no podía no ser sudafricana. ¿Qué tenía que ver que hubiera sido inglés? Talvez, además de ser una representante política de un notorio país, también era una socialista progresista que no creía, como yo, en fronteras, himnos y banderas. O quizás aquella teoría racista que afirmaba que todos los pueblos germánicos son más solidarios entre ellos era cierta, por el solo hecho de ser blancos y rubios, en desmedro de las gentes latinas, morochos y oscuros. De cualquier manera lo dijo con fuerte acento nacionalista, cosa que no me sorprendió observando nuevamente su porte, casi militar, pero otra vez, volviendo a mirar a esa muchacha alta,  pensé que el árbol de la   humanidad, en su  crecer traumático recibe injertos de manos que no se conforman con sus frutos naturales y quieren saborear otros gustos... y he aquí el resultado; esa belleza que no era andina, pero tampoco anglosajona, muy alta, muy altiva en su aparente humildad... y que respondía al nombre de Helda.

Cuando pronuncié el nombre del gran diamante, mi entrevistada, muy a pesar mío, no demostró ninguna sorpresa. Todo lo contrario, y se limitó a responder casi con fastidio que ese nombre venía a flote cada tanto. No le había ordenado nada a Helda, pero esa alta belleza andina se apareció con una carpeta en la cual la secretaria se informó con ojeadas rápidas de su contenido, como si ya la hubiera consultada más de una vez.
Lo único que puedo decirle es que El Gran Kaiser, antes que nada, es propiedad de mi gobierno.
¿Y dónde se encuentra ahora?   –pregunté con ficticio desinterés, pero excitado interiormente sabiendo que era una pregunta molesta. 
No lo sabemos –me respondió mientras, para mi íntima satisfacción, pude comprobar que un bochorno colorido comenzó a invadirla.
¿Ha sido robado?  
No diría... “robado” ... digamos que –y para continuar necesitó la ayuda de la presencia de Helda, que sólo se limitó a devolverle una mirada impasible, como para hacerle recordar que no debía perder su aplomo–...  se considera momentáneamente “extraviado”.
Supongo que continuarán con su búsqueda.
–Sin ninguna duda. Si bien su valor es incalculable es antes que nada un símbolo, una parte de la historia de mi país... ¿Puedo saber cuál es su interés por El Gran Kaiser?

Yo no sé cómo hago para disimular mi cinismo... (y sin él, ¿cómo haría para subsistir en este medio?) pues estaba excitado viendo cómo había cambiado su actitud, tan francamente amigable y social al principio, y después tan “estrictamente funcionaria de Relaciones Públicas”, pero ya me había hecho una firme idea: mi rostro debía expresar la rutina del rostro de un periodista de Costumbre y Sociedad, un poco despistado, a caza de frívolas novedades.
Mi revista cree que sería interesante indagar viejos misterios en noticias del pasado. El Gran Kaiser es, entre tantas, una de las más insólitas.    
Supongo que comprenderá que también es insólito la ausencia de tal.... “símbolo” de su lugar de origen indiscutible –me respondió agregando una frase que hizo inútil la que yo estaba por decir―,Y MI GOBIERNO HARÁ LO IMPOSIBLE PARA RECUPERARLO.
“Lo imposible” –me dije a mí mismo pensando en Bonifacio.

En tanto me despedía le pregunté si estaría presente en el próximo desfile de moda. Sabiendo de antemano que no había sido invitada –pues tuve acceso a la lista de invitados―, le alargué una de las tantas entradas gratis que llevo como fuente de corrupción para casos como estos. Por su reacción no tuve dudas de que volveríamos a ser como viejos amigos necesitados el uno del otro, pero a Helda, aún asombrado, le insinué una entrevista para ahondar en esa nueva curiosidad que me intrigó: las condiciones en las cuales se entreveraron dos solitarios componentes de dos etnias completamente diversas y aún más lejanas, dando como resultado este nuevo fruto con un rostro andino, tan bello como tan bien colocado en la cima de un cuerpo esbelto.    

viernes

                                                             El periodista... 3

Me levanté para irme notando que mi acidez estomacal había desaparecido. Me sentía satisfecho, tenía una historia que, si la trabaja bien, sería estrepitosa, pero cuando los miré desde mi altura, en pie, vi cuatro vidas derrotadas dentro de cuerpos frágiles, obstinados y, por lo visto, todavía sanos. Me miraban confiados, y por supuesto no tenían ambiciones de notoriedad como lo afirmó mi jefe. Habían pasado en silencio y en silencio querían irse, y estaba seguro de que el encuentro con esa piedra era lo único importante que les había sucedido durante todas sus vidas, demasiado importante, diría una exageración, una burla del destino. Tuve un momento de confusión porque, al observarlos, se mezclaba en mí la satisfacción de saber que yo no me encontraría jamás como ellos, pero al verlos expectantes, esperando como si yo fuera lo último a quien aferrarse me llenaban de tristeza, y, para colmo, el muerto volvió a dar señales de vida en ese bar oscuro y fumoso. Me pareció que, con las manos en los bolsillos, daba vueltas alrededor nuestro.

―Pero, con respecto a ese… muerto… ¿No vino nadie a preguntar, a investigar?

―Ni los perros ―se apresuró a contestar Clara. Era un hombre malvado, y seguramente ninguno sintió su falta o lloró por él… era…

― ¡Basta, Clarita! ―la interrumpió Bonifacio.

Mientras manejaba hacia la redacción ya había armado la historia. Por supuesto sin un final, porque, incorporándome realmente a los sucesos, ya que iría a la embajada, los epílogos podían ser varios. Mi entusiasmo era cada vez mayor. De lo que estaba seguro era que, Bonifacio, en unos de sus vagabundeos por la ciudad se encuentra sin querer en medio del tiroteo. Uno de los ladrones, al ser herido, suelta la valija, esta se abre por el golpe al caer y desparrama el contenido, El Gran Káiser llega rodando hasta él, y sin pensarlo dos veces huye con el diamante. Se sienten inmensamente ricos cuando lo observan sobre la mesa, pero siguen siendo tan pobres como antes. Se ponen en contacto con la embajada, llega un tipo sin escrúpulo, los amenaza luego de negarse a pagar lo que ellos le pedían como justa recompensa, y en un acto de defensa propia lo matan… ¿y quién si no Miguel podía hacerlo? Clarita lo momifica y luego lo recubre con cera… ¿Para qué? ¿No sería mejor hacerlo desaparecer? No. Lo expone en su sala de figuras de cera, por supuesto en un lugar imaginario, solo para tener enganchados a los lectores.

Cuando llegué al edificio del diario, el treintañero cortejador de la condesa me estaba esperando en la entrada con dos gorilas, a los que ordenó de no intervenir. Pude comprobar lo que ya me imaginaba: que era un cobarde; de los peores, pues buscaba notoriedad, ya que estaba seguro de que antes de llegar hasta mí, los guardias de la editorial lo habrían detenido, como luego puntualmente sucedió. Así y todo, logró asestarme un puño en el rostro, por suerte con poca convicción, que me dejó con las ganas. Pero el gesto estaba destinado a los demás presentes que se alarmaron cuando oyeron sus gritos para comenzar con la farsa;

―¡Infame! ¡Falso! Nos veremos en los tribunales. Hasta creo que esperaba los aplausos de los atónitos espectadores.

Verdaderamente él no me preocupó tanto como sus extraños amigos. Esos no se ofenden por nada: sólo obedecen. ¿De dónde habían salido? 

Sobre él ya había hecho averiguaciones. Sabía a qué familia pertenecía ese energúmeno Don Juan semi–aristocrático, quiénes eran sus amistades y los círculos que frecuentaba, bastantes opacos y sospechosos. Sus gorilas deberían de pertenecer a esas cofradías. Lo había anotado todo, a partir de cuando supe que había comenzado a cortejar a la condesa, para saber qué clase de tipo era.

Mi director, al ver mi estado, me miró riendo. Por lo visto le causaba gracia mis vestidos desaliñados y mi rostro marcado.

 ¿No es un trabajo algo peligroso?  –me preguntó con sorna.

Entonces aproveché para decirle que merecía un aumento.

La de tu aumento es una historia que creo no tendrá un final, por lo que a la dirección le compete, ni feliz ni triste –me respondió hermético.

Tuve que admitir que, además de ser un excelente periodista, también es un inigualable contemporizador cuando se trata de plata, mejor dicho, un inigualable tacaño. Sin embargo, estaba seguro de que mi aumento, como premio en toda historia, llegaría, con o sin accidentes callejeros. Sólo tenía que insistir. La obstinación no me falta, pero ese último encontronazo, con los dos personajes que se agregaron sin tener nada que ver, me hicieron reflexionar. No era la primera vez que me agarraba a trompadas para defenderme de corruptos y fanfarrones que denunciaba, pero jamás con guardaespaldas. Consideré que sería mejor agenciarme un arma.  Pareció que mi jefe había leído mis pensamientos pues agregó;

Si continuás de esa manera lo único que conseguirás será una medalla post morten... Después un largo discurso de parte mía en el cual no ahorraré elogios...  ¡y menos aumentos de sueldo que desgraciadamente ya no te servirán!   –añadió señalándome con el dedo mientras reprimía un ataque de risa– dálo por seguro. ¡Ah! Sería una situación sublime. En tu funeral y con la gravedad de los vestidos oscuros, yo, alto y claro pronunciaría un discurso memorable – y finalmente largó su risotada contenida que me devolvió el buen humor, no tan negro como el suyo.

También el ambiente de mi trabajo junto a todas las noticias que incuba, elabora y hace explotar es íntimamente parte de esa frivolidad tan sanguínea que se llama Costumbre y Sociedad. Sociedad con costumbres de avidez continua, de amistades intermitentes, de deseos de fama asfixiante, de sinceridad de ocasión, de tantos odios y simpatías. Estoy metido hasta la coronilla en el, a menudo me siento ahogar, pero si me faltara no sé que haría.

Terminé de hacer los primeros bosquejos de la historia del diamante y los viejos, y la primera frase que había escrito me pareció perfecta para que se transformara en el título del artículo “¿Dónde está el Gran Kaiser?” Volví a leer esas dos páginas y me di cuenta de que le faltaban los componentes importantísimos por lo cuales me siguen tantos lectores: el amor, la pasión, el sexo. Era evidente de que de ese ramo seco de la humanidad nada de sublime de esas manifestaciones podría obtener, y fue en ese momento que recordé que Patricia K, luego de mi insistencia, con una cierta resignación accedió a darme el número de teléfono, el de su trabajo, avisándome que andaba siempre muy ocupada, pero que insistiera; ella trataría de hacer un paréntesis.

Comencé a buscarlo ansiosamente porque no recordaba dónde lo había guardado aquella noche, hasta que lo encontré en el bolsillo posterior de mi pantalón, escrito sobre una servilleta del Palace Inn Hotel. Lo repetí mentalmente descubriendo que su conformación sonora me llevaba –pues tengo una memoria audible muy desarrollada–, a algún otro que había escuchado recientemente. Busqué y encontré también ese: ¡era, salvo por el último número, seguramente un interno, idéntico al teléfono de la embajada que había anotado Bonifacio!

Me quedé sin pensamientos por un instante, pero luego estos retornaron desordenadamente a afluir alrededor de ella, mas no se me ocurrió pensar que los hechos estaban íntimamente ligados.

Era una coincidencia que me causó estupor y una alegría incontenible. No podía ser que un buen augurio.

El recuerdo de su personalidad, esa mezcla de despreocupación mundana que sintetizaba clarísimo en frases tan inesperadas como efectivas, junto a una consciente percepción del efecto que causaba su belleza en los hombres, hizo posible que la coincidencia pasara a segundo plano.



Antes de dirigirme al Secretario de Relaciones Públicas de la embajada, me enteré de que Patricia K. era una agregada comercial, según una chapa dorada sobre su puerta. Golpeé y me abrió la puerta, junto a una oleada de perfume que aún conservaba en mi memoria, una señora con ambo oscuro perfectamente adherido a su cuerpo, sin ningún pliegue. Se me ocurrió que sus hombreras, que en otras mujeres son evidentemente postizas, en ella no hubieran sido necesarias, ya que todo su cuerpo era una invitación delicada a extraviarse observando su figura. ¡Madre mía! ¿Por que nos enamoramos de ciertas mujeres y de otras no? ¿Qué tenía esa mujer si he tratado con otras aún más bellas? ¿Por qué es tan caótico el amor?

Me saludo extendiéndome la mano, como si fuera la primera vez que nos veíamos; luego me invitó a sentarme.

En el bolsillo de su pecho se asomaba un pañuelo rígidamente ordenado del cual imaginé su fragancia. Observé nuevamente mientras recordaba ese collar de diminutas piedras brillantes que se apoyaban en su piel. Su cabello estaba prolijamente recogido, y, sin embargo, no había nada que me retrajera a la mujer que en la fiesta de la condesa bailó conmigo, apenas excitada por el poco alcohol que bebía con lentitud. Estuve a punto de tamborilear los dedos sobre su escritorio, gesto que siempre hago para comenzar cualquier entrevista, consciente del efecto que ejerzo sobre el entrevistado, pero me detuve a observarla, directamente a los ojos, e inexplicablemente abandoné cualquier intento de preguntar para saber. No quería saber nada que no fuese algo íntimo de si misma, pero no sabía por dónde empezar. Se dio cuenta y con apenas una sonrisa esbozada fue ella que inició con las preguntas.

Bueno, ¿a qué debo (¡e hizo un cambio de pronombre que me desorientó aún más!)  su visita?

Sus ojos eran de un inmenso y triste gris claro, que por lo visto no tenían ninguna intención de parpadear mientras la miraba tratando de transmitirle mi desorientamiento. Recordaba aún que los había cerrado divertida mientras acercaba su cabeza, con un mohín de vergüenza hacia mi hombro, cuando bailábamos en el Palace Inn. De esto me pareció que no hubiera sido la noche anterior; estaba ahí todavía, al alcance de mi mano, de mi memoria que se hacía más vívida por el deseo, noche en la cual hubiera querido continuar a estar.

—Si mal no recuerdo, porque estaba algo alegre, habíamos quedado en que te llamaba... pero se dio la casualidad de que tengo que entrevistar al encargado de Relaciones Públicas de la embajada... y descubrir que trabajás en el mismo lugar me parece de buen augurio. ¿No te parece?

Sonrió antes de contestarme que los augurios eran más... “emocionantes” si estaban dirigidos a dos personas, jamás a una. Luego agregó, con esa seguridad que da el hecho de saber que todo está bajo control y puede permitirse un gesto de cortesía (¿o de compasión?)   que también ella, en la fiesta estaba algo alegre y despreocupada.

Como   puede   ver   el   trabajo que realizo me ocupará prácticamente todo el día –me dijo señalando una ordenada columna de carpetas sobre su escritorio, y otra sobre un mueble a sus espaldas. Sobre la pared descubrí asombrado un diploma de Tiro al Blanco Móvil con su nombre.

No es necesario darme del usted –le respondí en tanto observaba otra fotografía en la cual posaba sonriente al lado de un hombre apuesto.

Lo sé. También sé que... eres comprensivo y discreto –me respondió cuando se percató de que continuaba a observar, alternativamente, el retrato y su diploma.

 Es... mi marido –me aclaró. Él era también campeón de tiro.

Con las mujeres difíciles había puesto a punto una estratagema que me dio siempre resultado: poner una cara de desamparo que hacía imposible que en ellas no se asomara ese instinto que las distinguen: la compasión. A veces hasta en situaciones límites, como la que estaba experimentando, en la cual parecía que todo estaba irremediablemente perdido. También ahí dio resultado, y podía abandonar el campo de batalla sin haber sufrido una derrota humillante, esperando ingeniar otros artilugios más convincentes en futuras ocasiones, pero me di cuenta de que no había fingido un aspecto de desamparo: realmente, frente a ella y sabiendo que estaba casada, me sentí desolado... pero no pensé en aflojar.

Después de explicarme sumariamente que es lo que hacía en la embajada, me pidió mi número de teléfono y se comprometió a llamarme cuando tuviera algo de tiempo. Extrañamente no me importó si me llamaría o no, porque me quedé como suspendido con el sonido de esa frase que prometía una intimidad: Te llamaré.

Mientras me estaba yendo me preguntó qué había venido a hacer a su embajada.

Realmente quería verte de nuevo –contesté sin olvidar de mostrar un rostro devastado.

—¡No empecemos por favor! –me respondió mientras le afloraba un ligero enojo que la tornó aún más atractiva. Quise continuar a provocarla, pero tuve temor a su reacción.

No sé si les dije algo que a ustedes les parecerá banal, pero mi profesión, que a todas luces se ocupa de la frivolidad, me obliga a declamarlo para liberarme de mal entendidos, para dejar bien en claro que no soy un superficial o un frívolo periodista. Amo esta vida no sólo porque además de fresco y con todas las luces ya encendidas, me despierto, antes que nada, con una propicia hambre, con proyectos que jamás son los mismos y con una fuerza, que, indudablemente tiene que ser sexual, que hace posible cualquier esbozo de tarea futura, aún si no hay en ella mujer alguna. Que me perdone quien ha escrito esa hermosísima frase en la Biblia, pero realmente sólo ellas son “La sal de la vida”.

Siempre habrá una mujer. Siempre las hubo. Sin ellas –mejor dicho, sin esa fuerza que está dirigida a todas, no a una, el mundo no hubiera tomado el rumbo que tomó. Mientras exista esa tensión hacia todas ellas, todo continuará a existir, todo será bello y prometedor a pesar de que este mundo es un horror continuo. Hasta la metafísica, esa ciencia obsoleta y abstrusa no habría nacido ya que la Belleza, el Bien, lo Bueno, lo Justo ¿En dónde tendríamos que buscarlos si no en ellas? Y si a veces aquellas virtudes en ellas no se manifiestan es simplemente porque les ha tocado existir en un mundo exclusivamente masculino.

La miré sabiendo que vendrían momentos memorables, tan sólo en pensar que lo haría. No había lugar en mi exaltación para lo contrario. “Te llamaré” continué a repetirme, y esa intimidad verbal me llenó de orgullo, de ansiedad, de pasión, de una alegría casi eléctrica. “Te llamaré”.  Sí... y respondí a su pregunta.

Mi revista, siempre frívola, quiere saber algo más sobre un diamante sud africano desaparecido hace tiempo –contesté sin tener en cuenta que jamás hubiera revelado tal infame característica de la empresa para la cual trabajo a otra persona.

¿Diamante? –repitió mientras su mirada se apartó de mí para observar el pasillo vacío, el que me llevaría hasta la oficina del encargado de las relaciones públicas de la embajada. Se quedó inmóvil como si tratara de recordar algo. La segunda puerta a la izquierda ―agregó finalmente.


domingo


Mi viejo gato haragán se estira perezoso

para luego enroscarse blandamente y quedar

ensimismado barruntando cual filósofo

el extraño sino de la vida.



Entrecierra los ojos perspicaces y se olvida

que en sus grietas las lauchas de la alegría

duermen grises bien seguras y al amparo.



Su misión reposando hoy es otra;

es dar lecciones de abandono

ahorrando astucia y eficacia

para aquel que camina,

fuma, piensa y se pasea

arrastrando las dos patas.

¡Esta extraña ligereza de lo transitorio!

El mismo tiempo dividido en ilimitados

pedazos de conciencia, no iguales a sí misma,

porque cambian según como cambian

las reflexiones volátiles de quien tuvo

que aprender  a tener derecha la osamenta

y esperar que muerte diga ya está bien,

es suficiente, ya es hora, no hay prisa,

pero es tiempo de abandonar esta experiencia.

Y así de transitorio también son los sueños,

como el polvo de cúmulos de universos

que ensombrece esta tierra y su fervor.

Tuve todo al alcance de mi mano

porque soy lo que he pagado, un sueño

en los cuales a veces estuve vivo

y en otras me perdí completamente,

añorando en uno y en el otro, su contrario,

simple desacuerdo con toda mi persona

sometida pero con rebeldía a esto

que llamamos existir.





  
                                         El Periodista de Costumbre y Sociedad 2

Un enemigo hecho y, espero más adelante, algo más que una amiga: una deliciosa morocha, con insondables y tristes ojos marrones, de nombre Patricia K, también presente en la fiesta, que otra vez me ha hecho reflexionar sobre mi profesión. No es que no lo haya hecho antes. Defiendo lo que hago y no acepto cuando me tildan de periodista de bajos instintos, y a menudo me he ido a las manos por ello. Considero las críticas o, como envidia porque me leen tantos, o producto de los prejuicios de una sociedad hipócrita que no soporta ver sus trapos sucios. Pero, debo reconocerlo, me dolió su apreciación, siempre la misma: falta de metas más nobles, ligereza, frivolidad. Sólo su belleza me llevó a no contrastarla. Di a entender que algo de razón tenía, sólo para dejar puertas abiertas y volver a encontrarla. He conocido a tantas mujeres hermosas, pero, ¿qué tenía ésta de especial? A parte de la efectividad de sus frases críticas, su desenvoltura, su gracia, creo haber percibido una especie de obstinación, o insatisfacción por algo o alguien. Lo sentí en el tono de su voz cuando hablamos sobre el género masculino. Y de repente me dijo que tenía que irse. Me dio un beso en la mejilla y desapareció.

Continué a beber cuando me quedé solo, demasiado me parece, sordo dentro de ese irreal globo rutilante y ensordecedor de la fiesta, y si mal no recuerdo contesté algo poco amable al cortejador oculto cuando pasó a mi lado.

Me desperté pensando en ella y con la resaca en la boca. También que tenía que encontrarme con un tipo que afirmaba tener información sobre un diamante valioso y desde tiempo extraviado. Eso es lo que me comunicó mi jefe de redacción. “Talvez es uno que anda buscando notoriedad, pero es un buen motivo para que te inventes un artículo con gancho. Yo jamás vi un diamante, ¿Y vos? Andá y gánate el pan”. Admiro a mi jefe, arrabalero y aristocrático al mismo tiempo, directo y noble. Renguea de una pierna, resultado de su pasión por el periodismo: siguiendo en directa una de las tantas y estúpidas guerras que inventamos recibió un balazo. Morirá, estoy seguro, al pie de su máquina de escribir, viendo y narrando.

Y allí estuve en horario, en un bar fumoso y sin un mísero limón que aliviara mi acidez por lo bebido la noche anterior, de frente no a uno, sino a cuatro viejos. Dos hombres y dos mujeres.   Bonifacio, Miguel, Luisa y Clara. Viven juntos no sé dónde y por las reticencias, los silencios y las caras de asustada complicidad cuando trataron de darme la ubicación, juraría que son okupas. Son solteros, fuman todos menos Miguel, un robusto anciano. Un ramo seco de la humanidad, me dije al verlos, de los cuales creí que nada obtendría. ¿Qué información sobre un diamante podrían tener esos cuatro viejos? Y, sin embargo, si hubiera hecho caso a ese fugaz estremecimiento que me causó el bar y ese grupo, tendría que haberme ido ahorrándome todas las experiencias que vendrían después, pero desperdiciando una historia rocambolesca. Bonifacio, un anciano de rostro consumido y ajado por el tabaco, de no más de setenta años lleva la batuta. Habla por todos después de buscar la aprobación de los otros.

Luisita, que se me antoja pizpireta desde la cuna, fuma unos sutiles cigarrillos con el filtro color marrón mientras inspecciona sus uñas, cambia la posición de su cuerpo en la silla, y en los momentos en que se cruzan nuestras miradas adopta una actitud como si yo fuera alguien que le está exigiendo un dato difícil de encontrar. En su juventud tuvo que haber sido hermosa.

Clara es una rotunda expresión de beatitud, asociada a su cigarrillo que se consume sin ser aspirado, seguramente ingenua y algo despistada. No se atreve a mirarme por más de dos segundos, pero ríe casi bobamente cuando escucha algo divertido de los demás. Es la única que trabaja, de enfermera por horas, y tiene un negocio macabro en un barrio periférico: además de la venta de vivos, embalsama animales y hace figuras de cera.

Miguel, el robusto anciano, tuvo una experiencia como religioso. Queriendo saber más sobre Dios y lo inescrutable de su esencia, entró como novicio en una congregación de frailes, que abandonó después de un año. Su incapacidad para entender lo incomprensible y su fuerza física hicieron que terminara como fraile de servicio. Cortar leña, barrer, lavar, sembrar, arar, levantar paredes, etc. etc. Prefirió quedarse con sus dudas metafísicas en vez de quebrarse el espinazo por otros. Más adelante le haré una entrevista exhaustiva, porque también es una historia digna de ser contada.

Bonifacio, con la sola aprobación entusiasta de las mujeres, ya que Miguel parecía mudo o incapaz de entender, me hizo saber la admiración que sentían por mí y por mis artículos. Especialmente los chismes veraniegos; que me consideraban uno como ellos, de pueblo y de idioma, y por estos motivos me pidieron ayuda para tratar de obtener algo de dinero por el diamante El Gran Káiser, por supuesto con un generoso reconocimiento para mí si todo andaba a buen puerto. No sé si no entendí o no quise entender. Del Gran Káiser sabía algo. Cuando cursaba la universidad me enteré de un estrepitoso golpe a la joyería Joel’s durante el cual desapareció. Los ladrones, durante un tiroteo con muertos y autos quemados, desparramaron en la acera y vereda cantidad de esas piedrecillas luminosas y duras, incluido el Gran Káiser, un gran diamante originario de las minas del Sud África, y en aquellos tiempos destinado al emperador alemán. De ahí su nombre.

Se sabe que cuando se llega a viejo, además de los reflejos, también se retraen a una especie de infantilismo, de ingenuidad.  No podía creer lo que me estaban pidiendo. Me daban pena. Entonces me levanté para irme, con más acidez estomacal que cuando llegué por el tiempo perdido, pero antes les largué un discurso en el cual, con no tanta diplomacia, les di a entender la estupidez de la propuesta, como también la imposibilidad de que una joya de ese valor hubiera terminado en sus manos. Y agregué con sarcasmo que esa piedra seguramente no la tenían encima en esos momentos, porque era demasiado peligroso. Asintieron los tres, como lo había supuesto. No todos los días se anda con un diamante valorizado en millones de dólares en el bolsillo de unos pantalones raídos y sucios. Estaba por saludarlos cuando Bonifacio, depositando un cuadrado de carta brillante sobre la mesa, me detuvo,

¿Por qué no le da una ojeada?

Era una instantánea Polaroid, ya media amarillenta, que no me causó sorpresa: ninguno de ellos usaba teléfonos de última generación como el mío, con cámara de fotos incorporada.

Sobre un pedazo de arrugado papel de diario la fotografía mostraba el volumen brillante de una descomunal piedra poliédrica, y detrás, con muy poco sentido de la solemnidad de la ocasión y del supuesto valor del objeto se veía, fuera de foco, pero inconfundiblemente, una lavabo y platos amontonados.

La calidad de la imagen era deficiente, pues ya tenía sus años, pero logré ver aún los reflejos de la escala cromática... Violeta, anaranjado, amarillo. Creo que me quedé rígido al observarla, por un tiempo larguísimo, igual al necesario para que pudiera encajar esa belleza y su milenaria estabilidad atómica en la realidad que me rodeaba: un tétrico bar perdido en la periferia, cuatro andrajosos viejos y un periodista en busca de noticias con la boca abierta y acidez estomacal. Transparencia, brillo, delicadeza y estupor en un objeto tan viejo como el mundo, que, desde las entrañas del planeta, luego de que sus elementos primordiales sufrieran inimaginables presiones para llegar a ser lo que era, fue vomitado hacia la superficie, como lágrimas, esperando un día reflejar la luz del sol, su padre y madre. A duras penas salí de la fascinación, del magnetismo que me causaba, pero lo primero que hice fue buscar indicios de una falsificación. Un montaje era imposible porque no encontré absolutamente nada de anómalo. Además, dudé de que esos cuatro tuvieran conocimiento de una técnica que señorean pocos. Entonces hice la pregunta que no había previsto,

―¿Cómo llegó a sus manos?

―Llegó ―contesto Bonifacio, dándome a entender que no quería entrar en detalles. Sin que nosotros lo hubiéramos querido, pero llegó, y ahí está. Al principio no lo podíamos creer. ¡Éramos inmensamente ricos! Lo mirábamos y ya desfilaban frente a nuestros ojos compras, gastos y fiestas, fumábamos costosos toscanos en hoteles de lujos mientras Clara y Luisa mostraban sus joyas y vestidos. Pasó el tiempo, y continuaba a estar en nuestro poder, pero seguíamos siendo tan pobres como ahora, porque no sabíamos qué mierda hacer, a quién pedir algo por él. Tuvimos que volver a leer los diarios del día de la desaparición, y finalmente nos enteramos de que pertenecía a la República del Sud África. Nos pusimos en contacto con ellos, pero… salió todo mal.

―¿Qué quiere decir “salió todo mal”? pregunté, sin dejar de observar la foto.

Hubo un silencio durante el cual noté que se miraban entre ellos.

Vino un tipo de la embajada y…

Hubo un muerto ―lo interrumpió Luisita. Pero no fue culpa nuestra.

La miré de repente esperando haber oído mal, pero los suyos, que habían oído muy bien le musitaron casi al unísono,

¡Porque no te callás, Luisita!

Después de metabolizar el miedo repentino por esa revelación, me di cuenta de que esa historia comenzaba a ser apasionante. Pero con ese repentino muerto, presunto o real, yo también no sabía qué hacer.

Hagan de cuenta que no escuché nada ―les dije mientras ya estaba armando mi historia particular de esa piedra: uno de los viejos, pasando por casualidad frente a la joyería Joel’s en el momento del atraco, se encontró con que un diamante grueso como una ciruela había rodado hasta él. ¿Y el muerto…? Lo dejé para después. Era la primera vez que me encontraba con uno. Llené con los datos necesarios mi agenda, a mano, porque me pidieron que no grabara sus voces, les aseguré con juramentos que, como un buen cura, lo que me habían narrado quedaba encerrado dentro del secreto de la confesión; que si no tenían nada en contrario publicaría más adelante la historia, por supuesto cambiando nombres y situaciones; y, con una cautela timorata pregunté, qué fue de… ese muerto.

―¿Por qué no la publica después de que estemos muertos, con los nombres y situaciones verdaderas? No nos falta tanto ―respondió Bonifacio, e inmediatamente buscó con la mirada la aprobación de los otros que asintieron con una sonrisa cerrada, con un humm, abriendo los ojos como si esperaran una agradable sorpresa, incluido Miguel. Los muertos están siempre bien ―añadió Clara, y en ese momento supe dónde iría a parar ese muerto en mi imaginación: lo embalsamó y luego hizo una figura de cera. Era una historia perfecta, macabra, inventada pero genial. Les prometí mi ayuda, pero limitada solamente a tantear la embajada, y si era verdad lo que me habían contado, ponerlos en contacto a ambos a través de mi supuesta autoridad como periodista, y que se las arreglaran entre ellos. Y si todo salía bien, unos pesos no me vendrían para nada mal.


No copie, use la imaginación...

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