domingo

                                         El Periodista de Costumbre y Sociedad 2

Un enemigo hecho y, espero más adelante, algo más que una amiga: una deliciosa morocha, con insondables y tristes ojos marrones, de nombre Patricia K, también presente en la fiesta, que otra vez me ha hecho reflexionar sobre mi profesión. No es que no lo haya hecho antes. Defiendo lo que hago y no acepto cuando me tildan de periodista de bajos instintos, y a menudo me he ido a las manos por ello. Considero las críticas o, como envidia porque me leen tantos, o producto de los prejuicios de una sociedad hipócrita que no soporta ver sus trapos sucios. Pero, debo reconocerlo, me dolió su apreciación, siempre la misma: falta de metas más nobles, ligereza, frivolidad. Sólo su belleza me llevó a no contrastarla. Di a entender que algo de razón tenía, sólo para dejar puertas abiertas y volver a encontrarla. He conocido a tantas mujeres hermosas, pero, ¿qué tenía ésta de especial? A parte de la efectividad de sus frases críticas, su desenvoltura, su gracia, creo haber percibido una especie de obstinación, o insatisfacción por algo o alguien. Lo sentí en el tono de su voz cuando hablamos sobre el género masculino. Y de repente me dijo que tenía que irse. Me dio un beso en la mejilla y desapareció.

Continué a beber cuando me quedé solo, demasiado me parece, sordo dentro de ese irreal globo rutilante y ensordecedor de la fiesta, y si mal no recuerdo contesté algo poco amable al cortejador oculto cuando pasó a mi lado.

Me desperté pensando en ella y con la resaca en la boca. También que tenía que encontrarme con un tipo que afirmaba tener información sobre un diamante valioso y desde tiempo extraviado. Eso es lo que me comunicó mi jefe de redacción. “Talvez es uno que anda buscando notoriedad, pero es un buen motivo para que te inventes un artículo con gancho. Yo jamás vi un diamante, ¿Y vos? Andá y gánate el pan”. Admiro a mi jefe, arrabalero y aristocrático al mismo tiempo, directo y noble. Renguea de una pierna, resultado de su pasión por el periodismo: siguiendo en directa una de las tantas y estúpidas guerras que inventamos recibió un balazo. Morirá, estoy seguro, al pie de su máquina de escribir, viendo y narrando.

Y allí estuve en horario, en un bar fumoso y sin un mísero limón que aliviara mi acidez por lo bebido la noche anterior, de frente no a uno, sino a cuatro viejos. Dos hombres y dos mujeres.   Bonifacio, Miguel, Luisa y Clara. Viven juntos no sé dónde y por las reticencias, los silencios y las caras de asustada complicidad cuando trataron de darme la ubicación, juraría que son okupas. Son solteros, fuman todos menos Miguel, un robusto anciano. Un ramo seco de la humanidad, me dije al verlos, de los cuales creí que nada obtendría. ¿Qué información sobre un diamante podrían tener esos cuatro viejos? Y, sin embargo, si hubiera hecho caso a ese fugaz estremecimiento que me causó el bar y ese grupo, tendría que haberme ido ahorrándome todas las experiencias que vendrían después, pero desperdiciando una historia rocambolesca. Bonifacio, un anciano de rostro consumido y ajado por el tabaco, de no más de setenta años lleva la batuta. Habla por todos después de buscar la aprobación de los otros.

Luisita, que se me antoja pizpireta desde la cuna, fuma unos sutiles cigarrillos con el filtro color marrón mientras inspecciona sus uñas, cambia la posición de su cuerpo en la silla, y en los momentos en que se cruzan nuestras miradas adopta una actitud como si yo fuera alguien que le está exigiendo un dato difícil de encontrar. En su juventud tuvo que haber sido hermosa.

Clara es una rotunda expresión de beatitud, asociada a su cigarrillo que se consume sin ser aspirado, seguramente ingenua y algo despistada. No se atreve a mirarme por más de dos segundos, pero ríe casi bobamente cuando escucha algo divertido de los demás. Es la única que trabaja, de enfermera por horas, y tiene un negocio macabro en un barrio periférico: además de la venta de vivos, embalsama animales y hace figuras de cera.

Miguel, el robusto anciano, tuvo una experiencia como religioso. Queriendo saber más sobre Dios y lo inescrutable de su esencia, entró como novicio en una congregación de frailes, que abandonó después de un año. Su incapacidad para entender lo incomprensible y su fuerza física hicieron que terminara como fraile de servicio. Cortar leña, barrer, lavar, sembrar, arar, levantar paredes, etc. etc. Prefirió quedarse con sus dudas metafísicas en vez de quebrarse el espinazo por otros. Más adelante le haré una entrevista exhaustiva, porque también es una historia digna de ser contada.

Bonifacio, con la sola aprobación entusiasta de las mujeres, ya que Miguel parecía mudo o incapaz de entender, me hizo saber la admiración que sentían por mí y por mis artículos. Especialmente los chismes veraniegos; que me consideraban uno como ellos, de pueblo y de idioma, y por estos motivos me pidieron ayuda para tratar de obtener algo de dinero por el diamante El Gran Káiser, por supuesto con un generoso reconocimiento para mí si todo andaba a buen puerto. No sé si no entendí o no quise entender. Del Gran Káiser sabía algo. Cuando cursaba la universidad me enteré de un estrepitoso golpe a la joyería Joel’s durante el cual desapareció. Los ladrones, durante un tiroteo con muertos y autos quemados, desparramaron en la acera y vereda cantidad de esas piedrecillas luminosas y duras, incluido el Gran Káiser, un gran diamante originario de las minas del Sud África, y en aquellos tiempos destinado al emperador alemán. De ahí su nombre.

Se sabe que cuando se llega a viejo, además de los reflejos, también se retraen a una especie de infantilismo, de ingenuidad.  No podía creer lo que me estaban pidiendo. Me daban pena. Entonces me levanté para irme, con más acidez estomacal que cuando llegué por el tiempo perdido, pero antes les largué un discurso en el cual, con no tanta diplomacia, les di a entender la estupidez de la propuesta, como también la imposibilidad de que una joya de ese valor hubiera terminado en sus manos. Y agregué con sarcasmo que esa piedra seguramente no la tenían encima en esos momentos, porque era demasiado peligroso. Asintieron los tres, como lo había supuesto. No todos los días se anda con un diamante valorizado en millones de dólares en el bolsillo de unos pantalones raídos y sucios. Estaba por saludarlos cuando Bonifacio, depositando un cuadrado de carta brillante sobre la mesa, me detuvo,

¿Por qué no le da una ojeada?

Era una instantánea Polaroid, ya media amarillenta, que no me causó sorpresa: ninguno de ellos usaba teléfonos de última generación como el mío, con cámara de fotos incorporada.

Sobre un pedazo de arrugado papel de diario la fotografía mostraba el volumen brillante de una descomunal piedra poliédrica, y detrás, con muy poco sentido de la solemnidad de la ocasión y del supuesto valor del objeto se veía, fuera de foco, pero inconfundiblemente, una lavabo y platos amontonados.

La calidad de la imagen era deficiente, pues ya tenía sus años, pero logré ver aún los reflejos de la escala cromática... Violeta, anaranjado, amarillo. Creo que me quedé rígido al observarla, por un tiempo larguísimo, igual al necesario para que pudiera encajar esa belleza y su milenaria estabilidad atómica en la realidad que me rodeaba: un tétrico bar perdido en la periferia, cuatro andrajosos viejos y un periodista en busca de noticias con la boca abierta y acidez estomacal. Transparencia, brillo, delicadeza y estupor en un objeto tan viejo como el mundo, que, desde las entrañas del planeta, luego de que sus elementos primordiales sufrieran inimaginables presiones para llegar a ser lo que era, fue vomitado hacia la superficie, como lágrimas, esperando un día reflejar la luz del sol, su padre y madre. A duras penas salí de la fascinación, del magnetismo que me causaba, pero lo primero que hice fue buscar indicios de una falsificación. Un montaje era imposible porque no encontré absolutamente nada de anómalo. Además, dudé de que esos cuatro tuvieran conocimiento de una técnica que señorean pocos. Entonces hice la pregunta que no había previsto,

―¿Cómo llegó a sus manos?

―Llegó ―contesto Bonifacio, dándome a entender que no quería entrar en detalles. Sin que nosotros lo hubiéramos querido, pero llegó, y ahí está. Al principio no lo podíamos creer. ¡Éramos inmensamente ricos! Lo mirábamos y ya desfilaban frente a nuestros ojos compras, gastos y fiestas, fumábamos costosos toscanos en hoteles de lujos mientras Clara y Luisa mostraban sus joyas y vestidos. Pasó el tiempo, y continuaba a estar en nuestro poder, pero seguíamos siendo tan pobres como ahora, porque no sabíamos qué mierda hacer, a quién pedir algo por él. Tuvimos que volver a leer los diarios del día de la desaparición, y finalmente nos enteramos de que pertenecía a la República del Sud África. Nos pusimos en contacto con ellos, pero… salió todo mal.

―¿Qué quiere decir “salió todo mal”? pregunté, sin dejar de observar la foto.

Hubo un silencio durante el cual noté que se miraban entre ellos.

Vino un tipo de la embajada y…

Hubo un muerto ―lo interrumpió Luisita. Pero no fue culpa nuestra.

La miré de repente esperando haber oído mal, pero los suyos, que habían oído muy bien le musitaron casi al unísono,

¡Porque no te callás, Luisita!

Después de metabolizar el miedo repentino por esa revelación, me di cuenta de que esa historia comenzaba a ser apasionante. Pero con ese repentino muerto, presunto o real, yo también no sabía qué hacer.

Hagan de cuenta que no escuché nada ―les dije mientras ya estaba armando mi historia particular de esa piedra: uno de los viejos, pasando por casualidad frente a la joyería Joel’s en el momento del atraco, se encontró con que un diamante grueso como una ciruela había rodado hasta él. ¿Y el muerto…? Lo dejé para después. Era la primera vez que me encontraba con uno. Llené con los datos necesarios mi agenda, a mano, porque me pidieron que no grabara sus voces, les aseguré con juramentos que, como un buen cura, lo que me habían narrado quedaba encerrado dentro del secreto de la confesión; que si no tenían nada en contrario publicaría más adelante la historia, por supuesto cambiando nombres y situaciones; y, con una cautela timorata pregunté, qué fue de… ese muerto.

―¿Por qué no la publica después de que estemos muertos, con los nombres y situaciones verdaderas? No nos falta tanto ―respondió Bonifacio, e inmediatamente buscó con la mirada la aprobación de los otros que asintieron con una sonrisa cerrada, con un humm, abriendo los ojos como si esperaran una agradable sorpresa, incluido Miguel. Los muertos están siempre bien ―añadió Clara, y en ese momento supe dónde iría a parar ese muerto en mi imaginación: lo embalsamó y luego hizo una figura de cera. Era una historia perfecta, macabra, inventada pero genial. Les prometí mi ayuda, pero limitada solamente a tantear la embajada, y si era verdad lo que me habían contado, ponerlos en contacto a ambos a través de mi supuesta autoridad como periodista, y que se las arreglaran entre ellos. Y si todo salía bien, unos pesos no me vendrían para nada mal.


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