viernes

                                                             El periodista... 3

Me levanté para irme notando que mi acidez estomacal había desaparecido. Me sentía satisfecho, tenía una historia que, si la trabaja bien, sería estrepitosa, pero cuando los miré desde mi altura, en pie, vi cuatro vidas derrotadas dentro de cuerpos frágiles, obstinados y, por lo visto, todavía sanos. Me miraban confiados, y por supuesto no tenían ambiciones de notoriedad como lo afirmó mi jefe. Habían pasado en silencio y en silencio querían irse, y estaba seguro de que el encuentro con esa piedra era lo único importante que les había sucedido durante todas sus vidas, demasiado importante, diría una exageración, una burla del destino. Tuve un momento de confusión porque, al observarlos, se mezclaba en mí la satisfacción de saber que yo no me encontraría jamás como ellos, pero al verlos expectantes, esperando como si yo fuera lo último a quien aferrarse me llenaban de tristeza, y, para colmo, el muerto volvió a dar señales de vida en ese bar oscuro y fumoso. Me pareció que, con las manos en los bolsillos, daba vueltas alrededor nuestro.

―Pero, con respecto a ese… muerto… ¿No vino nadie a preguntar, a investigar?

―Ni los perros ―se apresuró a contestar Clara. Era un hombre malvado, y seguramente ninguno sintió su falta o lloró por él… era…

― ¡Basta, Clarita! ―la interrumpió Bonifacio.

Mientras manejaba hacia la redacción ya había armado la historia. Por supuesto sin un final, porque, incorporándome realmente a los sucesos, ya que iría a la embajada, los epílogos podían ser varios. Mi entusiasmo era cada vez mayor. De lo que estaba seguro era que, Bonifacio, en unos de sus vagabundeos por la ciudad se encuentra sin querer en medio del tiroteo. Uno de los ladrones, al ser herido, suelta la valija, esta se abre por el golpe al caer y desparrama el contenido, El Gran Káiser llega rodando hasta él, y sin pensarlo dos veces huye con el diamante. Se sienten inmensamente ricos cuando lo observan sobre la mesa, pero siguen siendo tan pobres como antes. Se ponen en contacto con la embajada, llega un tipo sin escrúpulo, los amenaza luego de negarse a pagar lo que ellos le pedían como justa recompensa, y en un acto de defensa propia lo matan… ¿y quién si no Miguel podía hacerlo? Clarita lo momifica y luego lo recubre con cera… ¿Para qué? ¿No sería mejor hacerlo desaparecer? No. Lo expone en su sala de figuras de cera, por supuesto en un lugar imaginario, solo para tener enganchados a los lectores.

Cuando llegué al edificio del diario, el treintañero cortejador de la condesa me estaba esperando en la entrada con dos gorilas, a los que ordenó de no intervenir. Pude comprobar lo que ya me imaginaba: que era un cobarde; de los peores, pues buscaba notoriedad, ya que estaba seguro de que antes de llegar hasta mí, los guardias de la editorial lo habrían detenido, como luego puntualmente sucedió. Así y todo, logró asestarme un puño en el rostro, por suerte con poca convicción, que me dejó con las ganas. Pero el gesto estaba destinado a los demás presentes que se alarmaron cuando oyeron sus gritos para comenzar con la farsa;

―¡Infame! ¡Falso! Nos veremos en los tribunales. Hasta creo que esperaba los aplausos de los atónitos espectadores.

Verdaderamente él no me preocupó tanto como sus extraños amigos. Esos no se ofenden por nada: sólo obedecen. ¿De dónde habían salido? 

Sobre él ya había hecho averiguaciones. Sabía a qué familia pertenecía ese energúmeno Don Juan semi–aristocrático, quiénes eran sus amistades y los círculos que frecuentaba, bastantes opacos y sospechosos. Sus gorilas deberían de pertenecer a esas cofradías. Lo había anotado todo, a partir de cuando supe que había comenzado a cortejar a la condesa, para saber qué clase de tipo era.

Mi director, al ver mi estado, me miró riendo. Por lo visto le causaba gracia mis vestidos desaliñados y mi rostro marcado.

 ¿No es un trabajo algo peligroso?  –me preguntó con sorna.

Entonces aproveché para decirle que merecía un aumento.

La de tu aumento es una historia que creo no tendrá un final, por lo que a la dirección le compete, ni feliz ni triste –me respondió hermético.

Tuve que admitir que, además de ser un excelente periodista, también es un inigualable contemporizador cuando se trata de plata, mejor dicho, un inigualable tacaño. Sin embargo, estaba seguro de que mi aumento, como premio en toda historia, llegaría, con o sin accidentes callejeros. Sólo tenía que insistir. La obstinación no me falta, pero ese último encontronazo, con los dos personajes que se agregaron sin tener nada que ver, me hicieron reflexionar. No era la primera vez que me agarraba a trompadas para defenderme de corruptos y fanfarrones que denunciaba, pero jamás con guardaespaldas. Consideré que sería mejor agenciarme un arma.  Pareció que mi jefe había leído mis pensamientos pues agregó;

Si continuás de esa manera lo único que conseguirás será una medalla post morten... Después un largo discurso de parte mía en el cual no ahorraré elogios...  ¡y menos aumentos de sueldo que desgraciadamente ya no te servirán!   –añadió señalándome con el dedo mientras reprimía un ataque de risa– dálo por seguro. ¡Ah! Sería una situación sublime. En tu funeral y con la gravedad de los vestidos oscuros, yo, alto y claro pronunciaría un discurso memorable – y finalmente largó su risotada contenida que me devolvió el buen humor, no tan negro como el suyo.

También el ambiente de mi trabajo junto a todas las noticias que incuba, elabora y hace explotar es íntimamente parte de esa frivolidad tan sanguínea que se llama Costumbre y Sociedad. Sociedad con costumbres de avidez continua, de amistades intermitentes, de deseos de fama asfixiante, de sinceridad de ocasión, de tantos odios y simpatías. Estoy metido hasta la coronilla en el, a menudo me siento ahogar, pero si me faltara no sé que haría.

Terminé de hacer los primeros bosquejos de la historia del diamante y los viejos, y la primera frase que había escrito me pareció perfecta para que se transformara en el título del artículo “¿Dónde está el Gran Kaiser?” Volví a leer esas dos páginas y me di cuenta de que le faltaban los componentes importantísimos por lo cuales me siguen tantos lectores: el amor, la pasión, el sexo. Era evidente de que de ese ramo seco de la humanidad nada de sublime de esas manifestaciones podría obtener, y fue en ese momento que recordé que Patricia K, luego de mi insistencia, con una cierta resignación accedió a darme el número de teléfono, el de su trabajo, avisándome que andaba siempre muy ocupada, pero que insistiera; ella trataría de hacer un paréntesis.

Comencé a buscarlo ansiosamente porque no recordaba dónde lo había guardado aquella noche, hasta que lo encontré en el bolsillo posterior de mi pantalón, escrito sobre una servilleta del Palace Inn Hotel. Lo repetí mentalmente descubriendo que su conformación sonora me llevaba –pues tengo una memoria audible muy desarrollada–, a algún otro que había escuchado recientemente. Busqué y encontré también ese: ¡era, salvo por el último número, seguramente un interno, idéntico al teléfono de la embajada que había anotado Bonifacio!

Me quedé sin pensamientos por un instante, pero luego estos retornaron desordenadamente a afluir alrededor de ella, mas no se me ocurrió pensar que los hechos estaban íntimamente ligados.

Era una coincidencia que me causó estupor y una alegría incontenible. No podía ser que un buen augurio.

El recuerdo de su personalidad, esa mezcla de despreocupación mundana que sintetizaba clarísimo en frases tan inesperadas como efectivas, junto a una consciente percepción del efecto que causaba su belleza en los hombres, hizo posible que la coincidencia pasara a segundo plano.



Antes de dirigirme al Secretario de Relaciones Públicas de la embajada, me enteré de que Patricia K. era una agregada comercial, según una chapa dorada sobre su puerta. Golpeé y me abrió la puerta, junto a una oleada de perfume que aún conservaba en mi memoria, una señora con ambo oscuro perfectamente adherido a su cuerpo, sin ningún pliegue. Se me ocurrió que sus hombreras, que en otras mujeres son evidentemente postizas, en ella no hubieran sido necesarias, ya que todo su cuerpo era una invitación delicada a extraviarse observando su figura. ¡Madre mía! ¿Por que nos enamoramos de ciertas mujeres y de otras no? ¿Qué tenía esa mujer si he tratado con otras aún más bellas? ¿Por qué es tan caótico el amor?

Me saludo extendiéndome la mano, como si fuera la primera vez que nos veíamos; luego me invitó a sentarme.

En el bolsillo de su pecho se asomaba un pañuelo rígidamente ordenado del cual imaginé su fragancia. Observé nuevamente mientras recordaba ese collar de diminutas piedras brillantes que se apoyaban en su piel. Su cabello estaba prolijamente recogido, y, sin embargo, no había nada que me retrajera a la mujer que en la fiesta de la condesa bailó conmigo, apenas excitada por el poco alcohol que bebía con lentitud. Estuve a punto de tamborilear los dedos sobre su escritorio, gesto que siempre hago para comenzar cualquier entrevista, consciente del efecto que ejerzo sobre el entrevistado, pero me detuve a observarla, directamente a los ojos, e inexplicablemente abandoné cualquier intento de preguntar para saber. No quería saber nada que no fuese algo íntimo de si misma, pero no sabía por dónde empezar. Se dio cuenta y con apenas una sonrisa esbozada fue ella que inició con las preguntas.

Bueno, ¿a qué debo (¡e hizo un cambio de pronombre que me desorientó aún más!)  su visita?

Sus ojos eran de un inmenso y triste gris claro, que por lo visto no tenían ninguna intención de parpadear mientras la miraba tratando de transmitirle mi desorientamiento. Recordaba aún que los había cerrado divertida mientras acercaba su cabeza, con un mohín de vergüenza hacia mi hombro, cuando bailábamos en el Palace Inn. De esto me pareció que no hubiera sido la noche anterior; estaba ahí todavía, al alcance de mi mano, de mi memoria que se hacía más vívida por el deseo, noche en la cual hubiera querido continuar a estar.

—Si mal no recuerdo, porque estaba algo alegre, habíamos quedado en que te llamaba... pero se dio la casualidad de que tengo que entrevistar al encargado de Relaciones Públicas de la embajada... y descubrir que trabajás en el mismo lugar me parece de buen augurio. ¿No te parece?

Sonrió antes de contestarme que los augurios eran más... “emocionantes” si estaban dirigidos a dos personas, jamás a una. Luego agregó, con esa seguridad que da el hecho de saber que todo está bajo control y puede permitirse un gesto de cortesía (¿o de compasión?)   que también ella, en la fiesta estaba algo alegre y despreocupada.

Como   puede   ver   el   trabajo que realizo me ocupará prácticamente todo el día –me dijo señalando una ordenada columna de carpetas sobre su escritorio, y otra sobre un mueble a sus espaldas. Sobre la pared descubrí asombrado un diploma de Tiro al Blanco Móvil con su nombre.

No es necesario darme del usted –le respondí en tanto observaba otra fotografía en la cual posaba sonriente al lado de un hombre apuesto.

Lo sé. También sé que... eres comprensivo y discreto –me respondió cuando se percató de que continuaba a observar, alternativamente, el retrato y su diploma.

 Es... mi marido –me aclaró. Él era también campeón de tiro.

Con las mujeres difíciles había puesto a punto una estratagema que me dio siempre resultado: poner una cara de desamparo que hacía imposible que en ellas no se asomara ese instinto que las distinguen: la compasión. A veces hasta en situaciones límites, como la que estaba experimentando, en la cual parecía que todo estaba irremediablemente perdido. También ahí dio resultado, y podía abandonar el campo de batalla sin haber sufrido una derrota humillante, esperando ingeniar otros artilugios más convincentes en futuras ocasiones, pero me di cuenta de que no había fingido un aspecto de desamparo: realmente, frente a ella y sabiendo que estaba casada, me sentí desolado... pero no pensé en aflojar.

Después de explicarme sumariamente que es lo que hacía en la embajada, me pidió mi número de teléfono y se comprometió a llamarme cuando tuviera algo de tiempo. Extrañamente no me importó si me llamaría o no, porque me quedé como suspendido con el sonido de esa frase que prometía una intimidad: Te llamaré.

Mientras me estaba yendo me preguntó qué había venido a hacer a su embajada.

Realmente quería verte de nuevo –contesté sin olvidar de mostrar un rostro devastado.

—¡No empecemos por favor! –me respondió mientras le afloraba un ligero enojo que la tornó aún más atractiva. Quise continuar a provocarla, pero tuve temor a su reacción.

No sé si les dije algo que a ustedes les parecerá banal, pero mi profesión, que a todas luces se ocupa de la frivolidad, me obliga a declamarlo para liberarme de mal entendidos, para dejar bien en claro que no soy un superficial o un frívolo periodista. Amo esta vida no sólo porque además de fresco y con todas las luces ya encendidas, me despierto, antes que nada, con una propicia hambre, con proyectos que jamás son los mismos y con una fuerza, que, indudablemente tiene que ser sexual, que hace posible cualquier esbozo de tarea futura, aún si no hay en ella mujer alguna. Que me perdone quien ha escrito esa hermosísima frase en la Biblia, pero realmente sólo ellas son “La sal de la vida”.

Siempre habrá una mujer. Siempre las hubo. Sin ellas –mejor dicho, sin esa fuerza que está dirigida a todas, no a una, el mundo no hubiera tomado el rumbo que tomó. Mientras exista esa tensión hacia todas ellas, todo continuará a existir, todo será bello y prometedor a pesar de que este mundo es un horror continuo. Hasta la metafísica, esa ciencia obsoleta y abstrusa no habría nacido ya que la Belleza, el Bien, lo Bueno, lo Justo ¿En dónde tendríamos que buscarlos si no en ellas? Y si a veces aquellas virtudes en ellas no se manifiestan es simplemente porque les ha tocado existir en un mundo exclusivamente masculino.

La miré sabiendo que vendrían momentos memorables, tan sólo en pensar que lo haría. No había lugar en mi exaltación para lo contrario. “Te llamaré” continué a repetirme, y esa intimidad verbal me llenó de orgullo, de ansiedad, de pasión, de una alegría casi eléctrica. “Te llamaré”.  Sí... y respondí a su pregunta.

Mi revista, siempre frívola, quiere saber algo más sobre un diamante sud africano desaparecido hace tiempo –contesté sin tener en cuenta que jamás hubiera revelado tal infame característica de la empresa para la cual trabajo a otra persona.

¿Diamante? –repitió mientras su mirada se apartó de mí para observar el pasillo vacío, el que me llevaría hasta la oficina del encargado de las relaciones públicas de la embajada. Se quedó inmóvil como si tratara de recordar algo. La segunda puerta a la izquierda ―agregó finalmente.


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