viernes

                                                               Amigas 7




Eran quince minutos que viajaban dentro del auto en silencio, en dirección de su casa. Su esposa miraba fijamente un punto en la base del parabrisas. De repente su marido comenzó casi a gritar.

—¡No es de ella la culpa! Son esos, sus amigos. Es como una moda. Siempre fue una... mentecata. ¡Hacer venir a ese... degenerado...! ¡Justo cuando sabía que estaría yo! ¡Y no la defiendas! –gritó cuando vio que su mujer saldría en defensa de Luisa. ¡No digas nada! ¡Te lo prohíbo!

Su esposa no lo escuchó porque había puesto toda su energía y voluntad para deformar su rostro.

—¡Es increíble! ¿Cómo podés ser tan obtuso? ¿Cómo podés creer que tu hija lo hizo a propósito? ¿No le viste la cara de vergüenza que puso cuando lo vio?

El porte de ese degenerado y la caricia de los cabellos de Luisa por parte de Telma se repetían constantemente en el coronel; desde cuando Javier abrió la puerta; los pasos afeminados que dio, ese abrazo a su hija, los besos a la otra... el quedarse pegado a su esposa, ¡y su esposa que lo abrazaba como si fuera su hijo!, la desfachatez de preguntarle si se recordaba de él, su perfume, su vestido, y otra vez sentir el timbre, verlo nuevamente, ridículamente descompuesto con los brazos como un espantapájaros,  la sorpresa de su hija, los abrazos... Ugachín... ¿se recordará de la frase en código para acudir a la reunión de emergencia? Si estaba borracho seguro que sí, y con otras palabras claves citaría a su vez a todos los demás componentes del grupo de apoyo, un grupo que si el comandante lo creía necesario podía actuar independientemente, sin rendir explicaciones ni obedecer a otro que no fuera él; solamente él era el responsable, exactamente igual como actuaban esos subversivos degenerados y sin Dios: atacar a sorpresa, desaparecer, hacer el mayor daño posible, neutralizarlos de cualquier manera, a ellos y a todo aquel que tuviera contacto con ellos, con cualquier medio, su esposa continuaba a preguntarle si se daba cuenta de lo que había dicho en la reunión, cómo se la había ocurrido preguntar por los padres de Javier, que por favor bajara la velocidad, cosa que no hizo, porque también él como su esposa estaba obstinado en apretar el volante y el acelerador, con un gesto en el rostro aún peor... bajó del auto, abrió la puerta de entrada, luego la puerta del ascensor, luego la de su casa mientras se repetía la frase en código, entraron en silencio a su departamento y el coronel se dirigió directamente a su estudio, en donde abrió la caja fuerte y extrajo su arma reglamentaria, se la colocó detrás, para que su mujer no pudiera verla y le dijo que tenía que salir, que volvería más tarde, ya en la vereda marcó un número en el móvil en dotación, nuevísimo, imposible de rastrear, pero no contestó nadie, volvió a insistir hasta que oyó la voz de Ugachín, que no respondió a la primera llamada porque tuvo que  alejarse de un grupo de amigos para que no lo oyeran y no llegó a tiempo, entonces el coronel dijo la frase en código, y del otro lado, Ugachín respondió “entendido” y añadió la otra palabra en código de confirmación agregando “¿comienza el baile mi coronel?”; “No haga comentarios suboficial mayor, se limite a cumplir las órdenes” respondió él y cortó, irritado por esa falta de concentración de Ugachín, que hablaba cuando no tenía que hablar, y hasta develó su grado en la conversación.

Esperó exactamente cuarenta y cinco minutos, cuando un sedán negro se detuvo en el preciso punto de la vereda en donde esperaba, y subió.



Javier no sabía cómo hacer para sacar a Luisa de su estado de abatimiento, de vergüenza por el comportamiento de su padre. Trataba de explicarle las razones de su visita sabiendo que también estarían su padre y su madre, jurando y re jurando que ya ni se acordaba de lo sucedido. ¡Han pasado diez años Luisa! –le decía. ¡Era un pibe! No es que me lo haya olvidado, ¡pero me parece algo tan lejano!

Además de su amiga, quería saludar a la madre de Luisa, de quien guardaba buenos recuerdos. Nada más. Telma no lo ayudaba en su intento porque fuera como fuera, podría haber venido más tarde, u otro día, o llamar por teléfono primero.

—¿Te dije o no que aparecería en cualquier momento, Luisa?

― ¡Pero justo ahora, Javi! ¡Ha sido una ingenuidad! ―lo reprochó Telma.

Javier parpadeó y miró el piso.

― ¡Basta, Telma! ―intervino Luisa.

Y fueron dejando de lado el mal momento, gracias a la novedad que representaba un bailarín de una compañía de danza moderna. Javier había traído consigo las grabaciones de las últimas representaciones, y Luisa no podía creer que su amigo fuera capaz de hacer esos pasos y esas volteretas.

—Esperá un poco, te hago ver lo que más me gusta –la interrumpió Javier e hizo avanzar el filmado.

En la pantalla de la televisión se alzó lentamente un telón mientras la orquesta atacaba con los primeros compases, graves y lentos. Luisa reconoció a su amigo que con una bailarina iniciaban la danza, y se dio vuelta para mirarlo, para compartir su admiración. Javier le preguntó si le gustaba la sinfonía  mientras terminaba de armar un cigarrillo que dio a Telma, quien continuó a mirar la pantalla dando cada tanto pitadas. Cada vez que Telma fumaba uno de esos “porros” era más divertida que nunca, y Luisa se preguntó por cuanto tiempo Telma podría contener la euforia que le causaba. Ella estaba en el piso, con los pies entrecruzados, como en las lecciones de yoga, apoyando sus espaldas en las piernas de Telma, que estaba sentada junto a Javier. La sinfonía fue aumentando de volumen junto a la coreografía, y de a poco el escenario se fue llenando con los demás bailarines. Luisa había escuchado tantas veces esa sinfonía, pero no recordaba el título, y no tenía ninguna intención de preguntar. Estaban las tres en silencio. Telma alargó la mano, sin dejar de mirar la tv, y colocó el cigarrillo delante de la boca de su amiga. Esta sería la segunda vez que Luisa fumaba, y de la primera recordaba que junto al sueño que le causó también le agarró un ataque de risa, y cuando se despertó, sin saber dónde estaba, Telma, que se había acostado a su lado, con los ojos húmedos, le contó que en el sueño le había pedido... que no la abandonara.

Luisa le dio una pitada, esperando que esa fragilidad suya no volviera a repetirse, que sólo llegaran las ganas de reír, pero de repente sintió las manos de su amiga que le acariciaban el cabello. Parecía que lo hacía acompañando la cadencia, los compases largos de la sinfonía. El humo, el placer, la transportaron a un extraño estado de sensibilidad, dentro del cual, absurdamente sentía estar en un lugar que, de tan, pero tan frágil era imposible que no le sucediera algo doloroso.



Ugachín observaba la foto que su coronel le había pasado, y no hacía ningún esfuerzo para disimular el balanceo de su mano. Todavía no se había recuperado de la borrachera de la noche anterior. Cuando estaba en esas condiciones, a mitad entre la sobriedad y la resaca, era cuando más lucidez demostraba.

El padre de Luisa lo seleccionó como ayudante, sin ninguna razón en especial. Por organigrama debía tener uno, pero ese indio de pura cepa, además de ser un incansable cebador de mate y bebedor empedernido, demostró un inaudito interés por las tácticas de antiguas batallas. No conocía ninguna, pero como se imaginaba que no podían no haber existidas, quería saber cómo se habían desarrollado. Su coronel no dudó en perder tiempo mostrándole los manuales militares y explicarle el desenvolvimiento y resultado de las más famosas. Ugachín escuchaba mientras miraba los esquemas con atención entusiasta, y al final de la explicación de su coronel, siempre decía lo mismo: “La comunicación mi coronel. Una segura y contínua comunicación entre el frente y los mandos reduce al mínimo el riesgo de una derrota. Las unidades deben estar continuamente informadas de cómo va la cosa. ¿Sabe lo que pienso mi coronel? Que con la información precisa y a tiempo, en las próximas guerras la victoria será del comandante más corajudo; sí, porque a igualdad de informaciones y pertrechos, los ejércitos teóricamente no podrían arriesgarse a un encuentro incierto, y es ahí que el jefe con más huevos y fantasía interviene. ¿No le parece mi coronel?

No se equivocaba, reconocía su coronel.

—¿Qué poder de fuego tienen estos individuos? –preguntó Ugachín mirando la foto.

Su coronel, dos días atrás, se había presentado en la unidad central de investigación, recientemente creada, de operatividad autónoma, fuera de la cadena de mandos, que sólo obedecía al comandante en jefe del ejército.  Llevó el nombre de Javier y el lugar en donde se exhibía, con la seguridad de que no habría ningún indicio sobre él, ya que era un personaje público con escasa trascendencia, que no había hecho jamás una declaración de tipo político o social que lo comprometiese, pero si era así, él le inventaría una. A los pocos días, para su sorpresa,  tuvo un informe completo.

Javier y tres compañeros más estaban catalogados como sujetos de escasa peligrosidad: media-media-baja, y esta graduación se debía al hecho de que dentro de sus admiradores había un ideólogo, un profesor universitario, con el cual, a la salida del teatro mantenían prolongadas charlas en el bar adyacente. Nada más. No existían pruebas de que hubiera presenciado las clases, o que perteneciera al círculo que acompañaba a ese profesor. El escueto informe que recibió venía acompañado con fotografías de ese grupo. Leyó los datos de Javier. No había nada que ya no supiera, ni siquiera que fue exceptuado del servicio militar: “No apto”. También había una foto de la casa que actualmente alquilaba junto a los otros tres. A Ugachín le dio las fotos individuales de cada uno, y una en grupo, sin ningún dato, junto a la de la casa, y respondió a su pregunta. 

—Forman parte del grupo ideológico, los que captan adherentes. Generalmente desarmados.

Ugachín observó más de cerca la foto en grupo y comentó como para sí.

—Son todos flacos... parecen... ¡bailarines! Sí, bailarines mi coronel. Seguro que también son maricas. ¿Qué tenemos que hacer con ellos?

El coronel lo miró. Su ayudante todavía olía a alcohol, y en esa condición era más perspicaz que nunca, adivinaba las cosas. El coronel antes de contestarle observó a su alrededor. El galpón en el cual estaban era un viejo taller de reparaciones de autos que su grupo de tareas, informándose de que el último dueño había muerto sin herederos, no tuvo problemas en ocupar sin oposición de nadie. Cizallaron la cadena de la puerta que el juez había dispuesto, y con todos los utensilios y máquinas casi nuevas con las cuales se encontraron, continuaron con las tareas de camuflaje de autos, en su mayoría en la misma condición jurídica del taller, que otros grupos independientes como el suyo traían para cambiarle el color, la sustitución de patentes o simples controles. Había olor a grasa, a kerosene, a solvente.   

—Neutralizarlos y transportarlos al Centro Dos. Ahí sabrán que hacer. Además de los sargentos Giménez y Rodríguez se lleve estos hombres como grupo de apoyo –respondió el coronel dándole una lista.

—¿El día y la hora, mi coronel?

—Será comunicado con dos horas de anticipación. Mientras tanto plante un grupo frente a la casa para controlar los movimientos.

Esto sucedió un viernes a la noche. El sábado a la mañana, por primera vez y para la sorpresa de su esposa, decidió acompañarla al supermercado para hacer las compras. Su esposa, intrigada por esa decisión imprevista, le preguntó el motivo de tal inusual urgencia que se traducía en una impensable paciencia de su marido frente a su indecisión cuando tenía que elegir un producto. El coronel contestó “qué mal había, ya que eran tantos los hombres que acompañaban a sus respectivas esposas. Además, no sabía cómo era un supermercado por dentro”.



Más o menos a esa misma hora Luisa y Telma estaban en un invernadero.

Mientras Luisa, que en vez de elegir flores parecía que se paseaba entre de ellas, Telma quería saber si en el balcón de su departamento podía plantar papas, zanahorias, berenjenas. El encargado dudaba del resultado, pero no lo daba por imposible, siempre y cuando hubiera un extracto ancho y profundo de tierra y bastante sol. “Es necesario tanto espacio; no sé si vale la pena por cuatro o cinco papas o berenjenas, señora” –aconsejó el vendedor. Telma se acordó de Chicha, que por ahí se le ocurría cambiar de baño e ir a ensuciar sus tubérculos y legumbres, entonces le preguntó por una planta de limones. Cuando salieron Luisa le preguntó quién metería en los inviernos dentro del departamento esa tremenda maceta con el limonero, que además también crecería. Telma le respondió que le pediría ayuda al policía del tercero. Luego agregó empujando el carro con su planta “Si vos supieras del amarillo y del olor de los limones, cuando se asoman a los primeros calores, con sus cabecitas rubias y sus azahares”.



El padre de Luisa almorzó ese sábado como siempre, en silencio,  y antes de tomar el café, como si la decisión le hubiera llevado interminables horas de consulta consigo mismo, le dijo a su esposa que  mañana, domingo, invitaría a almorzar a su hija y su amiga, y que si sólo cocinaba verduras o fideos, para él estaba bien. Sólo pretendía un buen vino, que él se encargaría de comprar. Su esposa, para su alegría, andaba de sorpresa en sorpresa.



A esa misma hora Luisa y Telma ya habían terminado de comer unos emparedados veloces, y dentro del auto Luisa le leyó las escuetas informaciones sobre flores y limones. Gimieron y sudaron para descargar el limonero, y a pesar del frío en los pasillos del departamento, tuvieron que desabrigarse porque el esfuerzo para transportar esa pesada maceta las hizo sudar de nuevo. Luisa, obedeciendo al pedido de su amiga, le olfateó las axilas y le dijo que no olían a nada. Todo lo contrario de su Luis. Telma quiso hacer lo mismo, pero en vez de olerla comenzó a hacerle cosquillas, y Luisa tuvo que correr por los corredores para no dejarse alcanzar. Cuando finalmente entraron con sus plantas sonó el teléfono y Luisa contestó. Escuchó, otra vez cerrando los ojos con fuerza, la invitación de su padre por medio de su madre. Miraba la flor que había comprado y tuvo un incomprensible temor al acariciarla, porque según ella, no estaban para ser acariciadas, solo para observarlas, y su padre solamente quería hacerse perdonar. Le dijo que sí, que mañana irían, sin entusiasmo, y su madre no hizo ninguna pregunta por esa resignación que escuchó en su voz.

Luisa, que continuaba a mirar el teléfono mudo, le comunicó la invitación para el domingo a Telma, y ésta, tomada de sorpresa contestó;

—¡Oh, no! Qué quiere ahora ese... sicopático. Yo no voy. Me causa... una especie de miedo tu viejo. Es tan rígido, en los modos corporales quiero decir. Se parece a la estatua de la plaza. Andá vos sola. Yo me voy a la casa de Javier. Me prometió que me haría ver unos pasos de danzas, vestido de turco, ¡y con una espada!

—¡Telma! No hables así de mi padre. No es un sicopático. Vení conmigo. Por favor.



El coronel, antes de levantarse de la mesa, le dijo a su esposa que le recordara a su hija que almorzaban a las doce en punto. Su esposa, aun sabiendo de esa manía de su esposo por la puntualidad le contestó que la llamaría mañana.

Y el domingo la llamó, a eso de las nueve. Luisa, después de oír la recomendación de su madre, le aseguró que sería puntual, todavía con un tono de voz retraído, porque recordaba el encuentro con Javier. Era una ofensa que seguramente su padre jamás olvidaría. Una invitación a almorzar con él era algo inaudito, porque recordaba todavía los días, ¡semanas! en las cuales la ignoraba, o la evitaba, no le dirigía la palabra, como castigo por las pocas travesuras que hacía siendo niña. Además, Telma no tenía ninguna intención de ir. Pero a pesar de todo la acompañaría. Era así: rezongaba, pero jamás la dejaría sola.

Sonó el timbre y Telma fue a abrir.

Era Luis que quería hablar con Luisa.

Telma ni se movió del vano de la porta mientras lo miraba a los ojos, y llamó a su amiga. Luisa, al verlo sintió un cansancio imprevisto, pero le pidió a Telma que la dejara sola con él. Telma fue a buscar un abrigo y su cartera para irse, pero cuando estuvo en la puerta cambió de decisión y volviendo se encerró en el dormitorio: después de todo esa era su casa y Luisa también le pertenecía. Se apoyó con sus espaldas en la pared, al lado de la puerta, y tratando de reprimir las lágrimas se esforzaba para escuchar.

Sentía a Luis hablar con frases concitadas, a veces gemía, a veces se dejaba llevar por el furor, pero volvía inmediatamente al tono inicial, a veces eran susurros que Telma no podía oír. Le pedía que volviera, que no le importaba nada de lo que había hecho ella, que él cambiaría. Luisa continuaba a repetir “que no” “que él no podía comprender” “que era toda culpa de ella por no haber tenido el coraje antes” “que estaba confundida”, “que se fuera” “que la perdonara”.

Después hubo un largo silencio, demasiado largó consideró Telma, imposible en un diálogo. Abrió la puerta despacio, temiendo que los dos continuaran ahí, pero sólo estaba su Luisa, en pie, mirando la puerta que Luis, al irse, dejó abierta.

Telma le acercó su abrigo y la cartera y le dijo que sería hora de salir para llegar en tiempo a la casa de su padre.

—Pero antes tendrías que lavarte esa... carita de nena.

Luisa sonrió y se refregó la nariz húmeda.

La madre de Luisa fue en busca de su marido que en ese momento estaba controlando la pequeña bodega de vinos que tenía. Había encontrado un vino de su agrado, pero cuando su esposa le dijo que Luisa y Telma ya estarían en camino, decidió salir en busca de otra botella. Su esposa le recordó que era domingo, pero el coronel contestó que según él, el supermercado abría en esos días, durante la mañana solamente, y si no era así conocía una bodega y a su dueño.

Cuando estuvo en la vereda llamó a Ugachín, que esta vez no respondió y sólo escuchó la frase en código y contestó con otra.

Ugachín y su grupo, en tres autos abandonaron el viejo taller. “Comienza el baile” comentó en voz alta a sus subordinados.

El coronel se encaminó hacia el supermercado sabiendo que estaba cerrado.

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