miércoles


                                                               DEJAR DE FUMAR

La realidad llegó de repente, dentro de una oscuridad tibia, jamás experimentada, sin embargo, no le era desconocida; luego un sobresalto al percibir una existencia dentro de sí mismo, hecha de la conciencia de sus músculos y el movimiento de sus globos oculares, y junto a estos el último recuerdo con la imagen del doctor y de su ayudanta.  Abrió los ojos y tuvo que esperar algunos segundos para lograr enfocar los objetos que lo rodeaban. La luz que lo iluminaba era casi dolorosa, y mientras parpadeaba, todo lo que veía a su alrededor y la certidumbre de que ése era su cuerpo, ése su respirar, ésa su mente alimentada por lo que veía y sentía, comenzaron a encajar en su memoria.

Era Jorge Ardegui, que se despertaba después de estar hibernado por más de un año para curarse del vicio de fumar. Y fue una experiencia que no repetiría. Ese tiempo lejano, vacío, que anidó en él durante un año y ahora le parecía un segundo, le pareció horrendo.

Levantó su torso, y al hacerlo sintió un leve dolor en sus espaldas y en su cintura. Nada grave, le había asegurado el doctor Anchorena, cuando le anticipó los síntomas que sentiría al recuperar su conciencia. “Un ligero cansancio, leves dolores musculares, falta de apetito, una cierta languidez, tristeza, nostalgia, todas manifestaciones que tenderán a desaparecer para dar lugar: primero, a una desorientación, normalísima, e inmediatamente luego a un… frenesí, una alegría, un optimismo incontrolable, y es ahí donde tiene que estar atento: podría ser peligroso. Sus órganos, su corazón, sus emociones estarán adormecidos por un año, y no sabemos todavía cómo reaccionarán al recobrar sus funciones vitales. Es muy probable que no suceda nada, pero tomar precauciones no está de más, por esto, recuérdelo, porque es muy importante: cuando retorne a la realidad trate de controlar ese estado de felicidad que de a poco lo invadirá. Tiene que considerar que usted, prácticamente, volverá después de haber estado en un noventa y ocho por ciento sin actividad psico-física. ¿Me entiende? Todas sus vivencias volverán inmediatamente, pero usted estuvo casi casi muerto, ¡siendo un adulto!, no un neonato sin experiencia, y volver desde allá no será como si lo hiciera retornando a su casa luego de haber ido al cine y haberse llevado un chasco por una película pésima. No, todo lo contrario: usted volverá, y digamos así, exagerando, con una bomba de alegría a punto de estallar. Además de renacer prácticamente con un año menos, el mecanismo biológico, que no hace otra cosa que transmitir felicidad a los individuos para que se multipliquen, se despertará de golpe, y si no controla esa estampida de goce puede ser peligroso. El estado de hibernación en el cual usted entrará no será total, tendrá un dos por ciento de actividad bioquímica, la suficiente para permitir drenar la nicotina cotidianamente por medio de su metabolismo, de a poco, muy lentamente. Además, su flujo sanguíneo será más puro y sus músculos, especialmente aquellos cardíacos, luego de ese descanso se despertarán con más bríos”.

Y ahí estaba ese fervor que desde el centro de su pecho se propagaba hacia la superficie de su cuerpo, hacia sus extremidades, su zona pélvica, contagiando su corazón y obligándolo a aumentar sus latidos precipitadamente. “Respire hondo y traiga a su memoria recuerdos horrendos para apaciguarlos”, le había aconsejado el doctor, y así lo hizo: imágenes de guerra con soldados horriblemente mutilados, de niños africanos famélicos, de perros abandonados, de barrios pobrísimos con hombres, mujeres y niños abandonados y sucios. Era difícil hacerlo. Ese estado de efervescencia en aumento le quitaba la concentración, pero de a poco lo logró, y su corazón, su respiro, volvieron a los viejos tiempos, cuando feliz no les prestaba atención. Recordó la decisión de someterse a ese extremo y original tratamiento de cura, e inmediatamente comprobó que aquel salivar que antaño se le presentaba llamando desesperadamente al tabaco… ¡había desaparecido!, y más aún, una repugnancia tomó su lugar, también en su boca y en la saliva cuando sintió el olor de un cigarrillo que un policía en uniforme recién había apagado. ¿Qué hacía a su lado?, se preguntó. El lugar que recordaba era el mismo, iluminado con neones blanquísimos y paredes blancas, con aparatos médicos que controlaban el funcionamiento del corazón, de su cerebro, de su respiración, de su temperatura corpórea y tantos otros de los cuales desconocía sus funciones, pero en vez de ver solamente al doctor Anchorena y su ayudanta, último recuerdo antes de entrar en un sueño hermético del cual ahora emergía, se encontró con ese agente en uniforme que recién apagaba su cigarrillo y lo miraba sin ninguna emoción alguna, y a su lado, un señor de traje y corbata. Este último era el fiscal de la república Bianchi, encargado de comunicarle la causa judicial que el estado había iniciado contra él, por el uso de sistemas de cura ilegales, y como también por abuso y apropiación indebida de la jubilación mientras no estuvo presente física y conscientemente dentro de la comunidad que había velado por él desde la infancia. Esta última acusación podría dar lugar a otra y novedosa realidad jurídica ―añadió el fiscal―, punible y aún más grave si él lograba convencer a la corte judicial de que la hibernación, desde un punto de vista fáctico, era un suicidio… temporal, pero un suicidio en toda regla, y en especial modo injusto con respecto a la sociedad, ya que no todos podrían acceder a él, en el caso de que en un futuro fuera declarado legal, y todo esto sin tener en cuenta las posibles implicaciones religiosas que despertaría en el ámbito de la mayoría cristiana, con un antecedente tan notorio como la resurreción de Lázaro.  Él, aunque no creyente pero sí persona cívica y pragmática, se esforzaría con todos sus medios para frenar legalmente una práctica que podría llevar a la ruina cualquier sociedad. “Imagínese usted una grande franja de la población acomodada y madura que, por vanidad o por comprensibles razones de existencia se hiberna dejando a jóvenes inexpertos en su lugar. Sería el principio del fin” le dijo con gravedad mientras le pasaba el acto judicial.

A Jorge Ardegui, esos argumentos no le causaron estupor como lo harían después, ya que continuaba a sentir, cada vez con mayor virulencia, esa repugnancia por el olor a colillas mal apagadas. Estaba a punto de vomitar, y mirando a su alrededor pidió que, si alguien estaba fumando, lo dejara de hacer, por favor. El policía, un hombrón oscuro de mirada torva, viendo sus gestos faciales, pasó velozmente su mano abierta frente a su rostro para disipar un inexistente humo.

Gracias, agente -dijo JA-, pero no es el humo, que ya se fue. Creo que una colilla continúa encendida en alguna parte.

El policía la buscó a su alrededor, dio dos pasos y luego de aplastarla con más fuerza, le dio un puntapié para alejarla.

JA, ahora sí verdaderamente sorprendido y sin salir de su estupor, comenzó a leer el acto judicial… sin entender absolutamente nada.

El juez Sandoval, de la Quinta Sección continuó el fiscal Bianchi, considerando las pruebas de facto aportadas como irrefutables, ya que ha sido individuada infraganti y secuestrada el arma del delito como el cuerpo del mismo, en este caso usted y esta… ―y miró de una punta a la otra la cápsula celeste con su cubierta superior transparente y alzada en donde, durante un año, JA había dormido y en la cual ahora estaba sentado, totalmente desnudo― como decía, este artefacto, ha decidido imponerle una caución de veinte mil pesos y no encarcelarlo, ya que es un crimen menor, pero igualmente retirarle el pasaporte, y la obligación de presentarse todos los días a la comisaría más cercana a su domicilio. Además…, ―y se detuvo por un instante para ordenar lo que estaba por agregar.

JA, con el acto judicial en la mano del cual, por su desconcierto nada había entendido, luego de escuchar a Bianchi, comenzó a sentir frío en su espalda, especialmente sobre todo el largor de su columna vertebral, y fue entonces que se dio cuenta de que estaba completamente desnudo. Inmediatamente se cubrió pene, testículos y la abundante vellosidad con la comunicación firmada por el juez Sandoval.

El fiscal y el policía miraron el insólito uso del documento oficial, acto que no pasó inadvertido a JA, quien pidió por favor que le alcanzaran su bata que estaba doblada y ordenada dentro de un armario. Iñiguez, el policía, luego de ir y volver con paso cansino se la pasó. Ya afuera de la cápsula y cubierto, JA fue hasta el armario, caminando con una cierta dificultad, muy lentamente, comprobando que su sentido de la verticalidad comenzaba a normalizarse. Se había olvidado de pedir sus pantuflas. Volvió con ellas calzadas, ya seguro de que no caería, y cuando estuvo frente a ellos continuó a escuchar.

―Como estaba diciendo, señor Jorge Ardegui, también hemos presentado una denuncia contra… ―y buscó en su tablet el nombre y apellido― la señora Juliana Margarita Ardegui, su esposa, por complicidad necesaria, ya que no podía no saber de sus intenciones, aunque reconozco que será difícil de probar este ilícito, no imposible, porque… ―y se detuvo, incierto de cómo proseguir y para ordenarle a Iñiguez que lo dejara solo con el transgresor por un momento. Ya solos prosiguió, no sin antes tomar aire―. Señor Aguirre, usted estuvo… ilegalmente muerto durante un año en el cual han sucedido cosas que cuando las conozca estoy seguro de que no lo dejarán indiferente. En un año el mundo, digamos, se ha acelerado, no sé si para bien o para mal, ya que se estuvo a punto de declarar la tercera guerra mundial entre Estados Unidos y la Confederación Asiática Oriental, pero también, y finalmente, se descubrió la cura del resfrío, de la gripe, y de algunos tumores. La temperatura por el efecto invernadero se ha estabilizado, con muchas probabilidades de que disminuya, como asimismo el porcentaje de monóxido de carbono en la atmósfera gracias a los últimos acuerdos comerciales mundiales. Hay más con respecto a la actualidad mundial, pero no quiero aburrirlo, entonces, volvamos a su situación personal. Yo continuaré a tratar de demostrar la complicidad de su esposa, pero lamentablemente, muy a mi pesar, tengo que informarlo que, cuando fui a comunicarle la decisión judicial a su esposa me enteré de que no vivía más en su casa…, y que había decidido… de abandonarlo, cosa que usted no podía saber. ¿Entiende mi posición, señor Ardegui? Es lamentable que quien tenga que informarlo de su… anómala situación íntima sea yo. ¿Me entiende, señor Ardegui? Lo siento mucho.


La continuación de este cuento, como también todos los anteriores y poesías que he publicado, podrán seguir leyéndolos en esta nueva dirección: WWW.CUENTOSDEMIPADRE.COM
Gracias, y viva la literatura. Agrego que este primer capítulo ha sido modificado. Gracias.

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