jueves

                                                     El gran escarmiento. Fin


Es hermoso… pero incomprensible. ¿De dónde lo copió?

De ningún lado. Fue un sueño, muuuy pero muy largo, porque también tenía que aprenderlo en ruso, en japonés, en alemán, español y francés. Todavía no sé cómo. ¿Quiere que se lo lea de nuevo? preguntó con una sonrisa, mezcla confusa de goce infantil, avidez y esperanza de otro billete.

Desde el aeropuerto llamó a Michel, una colega de trabajo, periodista de la sección espectáculos y sociales, caminadora incansable y tenaz. Debió esperar que terminara de desahogarse con ella. Su enojo era contra esas esferas, por ahora pocas, que no tenían un lugar mejor donde aparcar que sobre la Torre Eiffel, como si fueran una continuación de ésta.

¡Es horrible, Margaret! ¡Estéticamente inaceptable y chabacano! Cuando llegás a la punta de la torre te quedás enganchada mirando su absurda continuación en objetos redondos y brillantes que nada tienen que ver con la estructura de la torre. Los turistas tendrían que aparcar sobre los edificios.

Margaret sonrió y estuvo de acuerdo con ella. Luego, cuando se calmó, le pidió por favor que, en sus cotidianas caminatas por el centro de París prestara atención a los vagabundos, si veía algo de extraño, o exótico en alguno de ellos.

¿En los vagabundos? ¿Algo exótico o extraño en ellos? Ya de por sí son extraños y exóticos… ¿Y qué tipo de exotismo o extrañeza tendría que buscar?

Margaret titubeó. Era ridículo lo que se la había ocurrido.

Si hablan otros idiomas, especialmente declamando una poesía.

Sintió la carcajada de su amiga del otro lado de la línea que seguramente estaba observando su amada torre con ese bonete brillante de ESAL.

¿Vagabundos poetas que hablan otros idiomas? ¡Pero si apenas saben el francés esos pobres cristos! Está bien, me fijaré… Pero, si me hablan en chino que no lo entiendo, ¿qué hago? y volvió a reír. Es una broma, Margaret. Pero, ¿en qué diablos andás?

Después te cuento.

Luego llamó a Gus y le narró lo sucedido.

¿Un vagabundo políglota que recibió en sueños una poesía? Entiendo lo que estás sospechando, pero es un vagabundo, Margaret. Lo comprendería si hubiese sido una personalidad… normal y más o menos nota. ¿Y que decía la poesía?

Margaret estaba por extraerla de su cartera, pero sintió el último llamado del vuelo hacia Nepal, lo que la obligó a despedirse precipitadamente.

Mientras sobre volaban África pensó que quizás en ese momento lo estaban haciendo justo sobre la fábrica de Gus, en línea vertical, y que él, sabiendo que en algún momento pasaría por allá arriba, habría levantado la vista en su búsqueda, pero la distrajo otra esfera que, a lo lejos, los dejaban atrás. Quiso seguirla con la mirada, pero la pequeña ventanilla no se lo permitió. Sacó su tablet y buscó la poesía. ¿Quiénes eran esos que entenderían y querrían si todos entendemos y queremos? En ese momento su compañera de viaje, una señora madura que leía las noticias, exclamó con verdadero estupor y pena,

¡Oh, Dios mío! ¡Ha muerto el Papa! y se persignó varias veces―. Pero, ¿cómo es posible, tan joven y tan sano? ¡Qué tiempos me han tocado vivir! ―y no pudo contener las lágrimas.

Margaret comenzó a leer los primeros despachos. Su compañera estaba en lo cierto: era el Papa más joven, sesenta años, desde el apóstol Pedro con una salud que todos sabían que era óptima. Y demostraba más edad de sus sesenta efectivos. Un ataque cardíaco fulmíneo. Había estado en una rueda de prensa con él, en el Vaticano, y le tenía verdadera simpatía por su lucha para humanizar lo sagrado y devolver la simplicidad de vida y abnegación de los primeros cristianos a su iglesia. Era otro jesuita, como su antecesor, Francisco, y de este había tomado su nombre pontificio: Francisco segundo.

Pocos momentos antes de aterrizar en el aeropuerto tibetano observó embelesada la cadena del Himalaya. Le traía gratos recuerdos inducidos por otros amores. A ese país, su abuela, según la narración de su madre, tantos años atrás había llegado con su abuelo en busca de otro modo de vida, de otra religión. Conservaba todavía souvenirs de aquel viaje, viejas pulseras y collares de cuencas, desteñidos banderines, postales ajadas, fotos kodak con su madre pequeñísima y redonda en sus brazos.

Mientras viajaba hacía el templo se dijo que tal vez sus abuelos habían hecho la misma calle y habrían visto las mismas cosas que esa comunidad, por lo visto fuera del mundo, conservaba obstinadamente.    

Un joven monje tibetano le pidió casi tímidamente que esperara ahí, donde se habían detenido, en el inicio de un gran espacio adoquinado rodeado de cobertizos. El color ocre dominaba en la mayoría de los edificios, bajo un cielo celeste que hacía más nítida la cadena montuosa. Sentía una fragancia nueva junto al chasquear de innumerables banderitas rojas azotadas por el viento. El XV Dalai Lama estaba en el centro de ese espacio, terminando de hablar y bromear con unos monjes aún más jóvenes que el que la había acompañado. Se dirigió hacía ella con un paquete de periódicos de distintos países bajo el brazo. Tuvo que pedirle a su ayudante que se los sostuviera mientras la saludaba. Luego atravesaron la plaza en tanto le daba noticias históricas de ese templo después de informarse del nombre, su lugar de origen, y al periódico que representaba.

Se sentaron frente a frente sobre unos almohadones, Margaret sacó su grabador y su agenda mientras el Dalai Lama continuaba a mirarla y sonreír. Tenía que preguntarle cómo pensaba encarar la última controversia en la doctrina cuando sonó su móvil. Se ruborizó por tal falta de descuido con respecto al protocolo, aunque si este fue ínfimo y elemental, y le pidió que la disculpara, verdaderamente abochornada, mientras revolvía en su cartera para extraerlo y apagarlo, pero el entrevistado le dijo que no se desesperara, que respondiera sin ningún tipo de problema; podía ser una llamada importante:  el Dalai Lama esperaría. Se levantó mientras comenzó a escuchar a su colega Michel que, excitada, le decía que sí, que había encontrado a un vagabundo que recitaba poesías en varios idiomas, que cómo había hecho para saberlo y qué tenía que ver con los mensajes recibidos por todos los componentes del CMC, todos burgueses sanos y educados. Luego de un silencio le preguntó si se acordaba de algunos versos. Margaret no tuvo problemas en repetir el primero, casi susurrando, mientras se alejaba en busca de un lugar más privado.

―¡La puta madre! ¡Es el mismo! ―exclamó Michel―. Cuando vuelvas tendrás que contármelo, de la A hasta la Z. ¿Qué mierda está sucediendo, Margaret? ¿Encontraste al dulce viejito rojizo?

―Estoy con él. Por eso te dejo.

Volvió a su lugar considerando si no sería inútil disculparse otra vez por esa inoportuna interrupción, pero antes de que volviera a sentarse, el Dalai Lama le preguntó con evidente curiosidad dónde había escuchado esas palabras. Margaret se sorprendió de que tuviera tan fino oído, porque, para alejarse, había caminado más de cinco metros y ella las había dicho en voz baja y de espaldas, pero al mirarlo más detenidamente se dio cuenta de que su curiosidad mostraba también una cierta preocupación, o temor, como cuando se busca algo entrañable que momentáneamente se ha extraviado y se teme por su inevitable pérdida.

―¡No me diga que también usted las escuchó! ―preguntó ya convencida de que era así.

―Y también mi querido amigo Francisco segundo, una persona hipersensible, buena y savia. Estuvimos charlando largo rato sobre el asunto, y podía sentir su angustia por las diversas interpretaciones que no eran tan evidentes. Su pobre y sufrido corazón de cristiano no pudo soportarlo.  

―¿Puedo preguntarle cuáles fueron esas interpretaciones? Yo lo leí tantas veces y continúa a ser tan enigmático como oscuro.

El Dalai Lama hizo silencio por algunos segundos, luego la miró como si lo que estaba por pedirle le causara sufrimiento.

―¿Me promete de no revelarlo, aún sabiendo que es una de las tantas interpretaciones?

Margaret apagó su grabador y se lo prometió.

―Esos que entienden y quieren serían ciertas personas que sacrificarían su yo carnal para transformarse en algo superior dedicados a cuidar lo existente.

―¡Pero, si han matado y destruido a mansalva! ¿Qué clase de cuidado es eso, su santidad? Además, ¿qué significaría ese “creada con el entre cruzar de ínfimas vidas hechas de agua...” y otros elementos que no me acuerdo? ¿Y quiénes serían esos “en cuatro cualquier objeto es posible?

―Es muy doloroso aceptar aquella evidencia, pero hay una justificación cruel más abajo, cuando habla de frenar los desvíos caóticos ―explicó el Dalai Lama―. Y con respecto a ese grupo de cuatro creo que el recuerdo de la muerte de aquel general americano que dio la orden de atacar, que supongo habrá visto, puede explicarlo.

―Le envolvieron la cabeza dentro de una esfera líquida, hasta que se asfixió. ¡Qué muerte horrenda! ―exclamó Margaret.

―Sí, es verdad, horrenda. Pero, ¿cómo es posible llegar a tener un poder de esa naturaleza, que de la atmósfera circundante poblada de esos elementos en mayor o menor medida puedan transformarla en un objeto apto para cumplir un cometido, aún si deleznable? Tres serían los elementos, y el cuarto la voluntad de ese, o esa, que entendió y quiso cruzar “el fino umbral arrastrando un organismo penoso”. La actualidad nos está mostrando que es posible un cierto tipo de existencia inserido en un programa, y tal vez los responsables de lo que hemos visto estén mucho más adelantados, con la posibilidad de que, además de existir dentro de un programa volátil y ubicuo, tengan el poder de crear objetos a su voluntad a partir de los componentes elementales que nos rodean, y que esos objetos, como por ejemplo las ESAL, sean capaces de ejecutar órdenes mecánicas y viajar a velocidades impensables como los hemos visto.

―¡Pero, es horrenda tal posibilidad!  Serían cómo dioses, con un poder infinito, y sobre todo crueles ―respondió Margaret.

―No cómo dioses porque creo que no puedan crear otro universo, solo cuidarlo. Desaparecerán con él cuando llegue la hora de éste, y volverán a ser una posibilidad en la cadena de la existencia que lleva a lo racional cuando, luego del nacimiento de otro, en su interior broten los primeros síntomas de vida. En el fondo pienso que sean realidades psicológicas sin un cuerpo, que no vacilan en destruir lo que consideran nocivo o peligroso para la maravillosa vida que han descubierto en sus viajes sin tiempo, en este caso la terrena. Cómo los jardineros que arrancan sin miramientos los pétalos marchitos de las rosas, o extirpan las malas hierbas de un prado cuando comprueban que pueden contagiarlo todo.

Se quedaron en silencio, mirándose mutuamente como si una pena anduviera de uno a la otra.

―Usted sabe bien que no todos pueden entender y menos querer. Es una posibilidad injusta, sólo para elegidos…

―No para elegidos, estimada señora, solo para los libres albedríos ―la interrumpió.

―Ya. Parecen los buenos de las películas, pero ¿y los otros, los que la ignoran o no les interesan tales posibilidades tecnológicas, los “pobres de espíritu”, como decía Jesús?

―También a mí me angustian esos hermanos ―terminó diciendo el Dalai Lama, para luego recuperar su jovialidad agregando―, pero recuerde que estamos hablando de una probabilidad, y después de todo podrán continuar a vivir tranquilos… “esperando la nada sobre esta esfera” porque, con lo ocurrido ya no corren el peligro de desaparecer por la locura de unos pocos.

  
                                          El gran escarmiento 9

Gustav Van Hellen también vio con horror esa segunda matanza junto a Margaret Lepois, pero no ocultó su satisfacción cuando individuó posteriormente a John Stallinger con un brazo vendado y parte de su cuerpo chamuscado. Y, por supuesto, se escandalizó al saber quién era el que lo sostenía materialmente; el insospechable presidente de la WOC, Joshep Aaron Hamilton.

El primero es el que me llenó de mensajes amenazándome de matarme con sus propias manos cuando inicié esta aventura le dijo a Margaret.

Con esa facha no puede hacer el sacerdote, o un normal hombre de negocios, o padre de familia. Sólo puede hacer de energúmeno. Lo pondré en mi lista para hacerle una entrevista. Me fascinan esas clases de tipos tan insociales respondió Margaret tomando nota del nombre.

Gustav, al reflexionar sobre ese nuevo estrago, tuvo un momento de duda. Su convicción de que no era obra de la divinidad por un momento se desmoronó, porque recordó algunos pasajes de la Biblia que sus padres lo obligaban a leer: “con fuerza potente el brazo del señor os liberará de los inicuos y violentos que os someten”, y JS y JAH compartían ambos atributos.    

También él, en el primer ataque, trastornado e influenciado por el desconcierto y terror de sus padres creyó que era un castigo divino. Estos, protestantes luteranos, desde las primeras imágenes no tuvieron dudas de que el día del juicio final había llegado. A la tarde de esa primera jornada, sin comunicación ni acuerdo previo, arrastrados por ese sentido de culpa que por siglos le habían inoculado, se sumaron a una gigantesca manifestación en las afueras de Copenhague para implorar piedad mediante rezos. Él, empujado por la incertidumbre, tanto por el terror y más aún por la esperanza, los acompañó el primer día. El parque era un hervidero de hombres y mujeres de todas las edades, con la mayoría que daba muestras de resignación y evidente extravío, otros llorando, otros vociferantes o exaltados que por fin veían sus profecías o la de otros cumplida, otros caminando sin rumbo fijo, los ojos hacia el cielo y rezando, pero lo más desgarrador fue ver a los niños que lloraban sin entender lo que sucedía. Hubo focos de histeria y hasta intentos de suicidios. A medida que avanzaba la tarde de ese día de primavera, con un sol avaro y nubes lentas y blanquísimas, la multitud fue creciendo con la llegada de más desazonados. Jamás había visto en su país una manifestación de tal magnitud. Esa cantidad incontable de sus connacionales penosamente desorientada y abatida estaba ahí, a la espera de algo que Gustav comenzó a sospechar que no llegaría para cumplir una apocalíptica profecía, porque recién entonces se dio cuenta de que había destruido las armas con las cuales los países podían borrarse de la faz de la tierra mutuamente, ya que la carrera a la proliferación atómica había iniciado otra vez.

Margaret, gracias al sensacional relato de la primera periodista en haber volado en un ESAL, fue contratada por Le Fígaro, y para llevar a cabo uno de sus primeros encargos profesionales tuvo que trasladarse, primero hasta Nueva York, y luego, desde ahí, viajar hasta Nepal, donde tenía una cita con el XV Dalai Lama. No se había olvidado de JS, y trató de entrevistarlo de pasada mientras estuvo en EEUU, cosa que le causó una frustración tremenda y al mismo tiempo un odio por ese personaje que, además de ser un fanfarrón violento no le concedió la entrevista por el simple hecho de ser una mujer. Tuvo que intervenir la guardia del hotel en donde recibía a los periodistas porque, luego de escucharlo con estupor, comenzó a insultarlo y a cierto momento trató de arañarlo. Se alejó del hotel indignada y a punto de llorar mientras le retumbaban en la cabeza las burlas obscenas de JS. Afuera, sobre el asfalto, alcanzó a ver los primeros copos de nieve de ese invierno que prometía ser uno de los más rígidos. Alzó la vista para mirar las nubes grises y gordas, madre de esos primeros, lentos, desorientados y diminutos actores contorsionistas que desde siempre la hechizaban. Se detuvo a observarlos sintiendo que su calma se restablecía, pero por inercia visiva, casi sin ningún interés, siguió la trayectoria de un ESAL que, luego de atravesar una de esas nubes, descendió lentamente hasta tocar tierra, volviendo a elevarse después de que su dueño se apeó y con el telecomando le ordenó que aparcara ordenadamente sobre la azotea del edificio en el cual entró apurado. Al igual que a ella, a pocos transeúntes llamó la atención porque no era el primero que veían. Desde hacía un año cada vez eran más frecuentes. Entró en un bar, pidió un café que no bebió por culpa del recuerdo de ese despreciable personaje arrogante. Pagó, salió al viento helado y caminó varias cuadras mientras la nevada comenzaba a arreciar. Dentro de esa multitud en movimiento callejero que es New York, no le llamó la atención un grupo de personas que rodeaban a alguien, tratando de comunicarse entre ellos en varios idiomas, pero se detuvo porque creyó oír el suyo en las últimas palabras de un verso. Era un vagabundo que se protegía del frío dentro del recoveco de una pared, con un sobretodo sucio que le iba holgado, un gorro de lana, barbudo y con guantes de lana sin las puntas de los dedos. Los que lo rodeaban ya comenzaban a batir los pies por el frío, pidiéndole que se apurara y que lo leyera en la lengua de algunos de los presentes. El improvisado y desaliñado poeta, halagado por la presencia de un público tan variado, anunció,

Ahora lo leeré en japonés ―dijo dirigiéndose a uno de esos, sin dudas de la misma nacionalidad, pero antes aclaró. Yo no sé leer ni escribir en ese idioma, solo sé el inglés, así que lo que sentirán es la escritura aproximativa de esos sonidos que escuché durante el sueño, varias veces, como para que los aprendiera de memoria.

Y lo declamó, bajo la mirada condescendiente del asiático que lo interrumpió educadamente dos veces, solamente para corregir una pronunciación. Cuando terminó, el turista aplaudió y agradeció con una inclinación y le dio unas monedas, pero antes de alejarse precipitadamente por el frío, uno de los presentes le preguntó si era verdad que lo había hecho en japonés, y si el primer verso decía más o menos “sólo los que entiendan y quieran podrán atravesar un… umbral, o algo parecido”, el aludido respondió que sí, pero que el tema general no lo entendió porque era muy oscuro. Margaret esperó que lo leyera para un ruso que, luego de escucharlo y por lo visto satisfecho por la lectura, apresuradamente le dejó un dólar. Margaret era la única que quedaba, y le mostró un billete de cinco dólares porque comenzó a recordar a aquel periodista italiano que había recibido un mensaje en sueños. Ahora era uno de los miembros del CMC. El vagabundo no se hizo rogar. Cuando terminó, Margaret le pidió que le mostrara la hoja de donde lo había leído. Era la representación sonora de su idioma, nada que ver con la escritura en francés, pero comprensible. Lo copió en su agenda.

Sólo los que entiendan y quieran

podrán atravesar el fino umbral

arrastrando un organismo penoso

para pasar a la vida concreta e ideal

creada con el entre cruzar de ínfimas

vidas hechas de agua, de gas y metal

siempre a la par del tiempo y espacio.

En cuatro cualquier objeto será posible

para cuidar los infinitos brotes de vida

que en un universo de soles sin límites

continuan a emerger llegada su hora,

para impedir, frenar los desvíos caóticos,

sí, sólo los que entiendan y quieran

con pena por los que continuarán a dormir

sobre la esfera natal esperando la nada.

lunes

                                             El gran escarmiento 8

Cuando finalmente se logró completar la lista de quinientos setenta y nueve miembros que compondrían la Asamblea Ejecutiva del CMC, el primer punto tratado fue dónde reunir toda esa inmensa cantidad de personajes civiles, tres por país, entre científicos de todas las categorías, intelectuales, periodistas, artistas y hasta gente común que hubiese descollado por sus reconocidas posiciones públicas en busca de una sociedad mejor. Por supuesto que fue un tremendo golpe para la imagen de la clase política mundial, y, de hecho, inmediatamente después de recuperarse del trauma de destrucción y muerte, y sabiendo que habían sido excluidos de la selección por razones que nadie comprendía, comenzaron a expresar públicamente sus dudas con respecto a la idoneidad que podrían tener los sí elegidos. No se podía afirmar que criticaban sin motivo alguno, porque era evidente que un intelectual, un artista o un científico, por más excelentes que fueran, continuarían a ser un intelectual, un artista y un científico con una visión particular de la realidad. La mayoría de los nominados eran conscientes de esa contradicción y se preguntaban honestamente, sin más, el por qué fueron elegidos propio ellos, sin darle tanta importancia, mientras que una minoría hacía todo lo contrario, o sea no se lo cuestionaban, y hasta se mostraban altivos por tal predestinación. Los más patéticos eran los actores, que, con sus peculiares sensibilidades dramatizaban todo ahondando en los momentos de reflexión la búsqueda, no solo del por qué, sino también quién, cómo, cuándo y en qué lugar se decidió sus destinos y el del planeta.

Con el pasar del tiempo nadie se dio cuenta de que las opiniones negativas de los políticos hacia los asambleístas desaparecieron por el simple devenir y pesar de la realidad, pasando de criticar sin piedad a aconsejar de qué cosas y cómo tendría que ocuparse el CMC: este órgano legislativo y ejecutivo, viendo que se le presentaba una labor titánica, compleja, como asimismo una oportunidad única, inmediatamente comenzaron a tomar contacto con aquellos, en busca de consejos o sugerencias, siempre en secreto al principio, por temor a una represalia que viniese del alto, ya que si los habían excluido alguna razón habría, pero luego, viendo que nadie era castigado por tal supuesta osadía, a hacerlo y reconocerlo púbicamente. De ahí el silencio periodístico de los políticos. Por supuesto que a estos, por los mismos motivos infundados y también por el terror al frío, ni se les ocurría acercarse al gigantesco edificio, siempre de color amarillento, con gigantescos ventanales, realizado por una de las tantas fábricas de módulos habitacionales para concretizar uno de los primeros decretos de la Asamblea: dónde instalar la sede de la misma. Luego de extenuantes días de debate, porque cada grupo quería que fuese en su país o región, se terminó por ubicarla en la Antártida, neutra y blanca, encima del polo magnético sur, alejados de todos.

Leonardo Aguirre, el transportista de todo género que entrevió las ilimitadas posibilidades de esas esferas desde el inicio, vendió por poco su destartalado camión con el cual iba y venía desde el Paraguay hacia Uruguay o la Argentina, y fue uno de los primeros en comprar una que le permitió ensanchar de manera planetaria su negocio de intermediario. También fue uno de los contratados por la CMC para recoger en su país de origen a cinco congresistas y llevarlos hasta la Antártida mientras estos todavía no poseían una propia durante los primeros meses. Cada vez que lo hacía encendía su tele video y se conectaba con su padre para mostrarle el tipo de carga que en aquellos momentos llevaba. El anciano, luego de enfocarlos la primera vez, preguntó,

―Pero esos, ¿son chinos o esquimales? ¿De dónde los sacaste? ¿Y los llevás junto a las verduras?

―No, papá. Ahora estoy haciendo transporte de personas. Muy importantes. Peces gordos. Son los congresistas del consejo mundial.

―¿Del CMC? ¡Demonios!, lo que me toca ver ―y llamó a su RAE4 para que también esas “cuatro latas” se enterase de la novedad―. ¿Y adónde los llevás?

―A la Antártida, justo encima del Polo Sur.

RAE4, al sentir el nombre de esa entidad geográfica, comenzó a dar información sobre ella; temperaturas, distancias…

―¡Silencio, por favor! ―le ordenó su padre y agregó― ¡Pobres tipos! ¡Con el frío que hace ahí!

―¡Ni lo sienten, papá! Un palacio enorme de vidrio con todas las comodidades, veinte grados continuos mientras afuera sopla el viento polar, salas de reunión, dormitorios, comedores, gimnasios. En el viaje anterior pude pasar desapercibido que me permitió conocer su interior, y llegué hasta el lugar en donde estaba reunida casi la totalidad. Tendrías que haberlo visto. Más de quinientos tipos que por poco no se iban a las manos. Creo que estaban discutiendo por la futura ubicación de las miles de fábricas que esperaban la aprobación, y cada grupo tiraba para su terruño, aun sabiendo que debían respetar un listado de prioridades bien preciso: las zonas más pobres primero.

―El género humano no cambiará nunca. ¡Discutir no para erradicar la pobreza, sino para saber dónde poner la riqueza! Lo que todavía no entiendo es cómo hacen para no entrar en conflicto con el poder político imperante, ya que se instalan dentro de sistemas sociales prexistentes y todavía en perfecto funcionamiento. Supongo que es debido a la total falta de poder disuasivo de los dirigentes.

―El conflicto existe, pero llegarán a un acuerdo ya que traen un progreso que ni se soñaban. Todas las fábricas se ubican en zonas despobladas, y cuando comienzan a realizar ganancias están obligadas a invertir el excedente en fines sociales para la municipalidad que ocupan. Construyen con prioridad hospitales, escuelas, viviendas para sus obreras y obreros, centros recreativos, sociales y religiosos. ¿Has visto las hasta ahora pocas torres de diez pisos destinadas a los empleados? Tardan menos de un mes en levantarla. A pesar de que son todas de la misma altura sobresalen en el paisaje debido a que son como jardines colgantes, rodeadas de balcones repletos de plantas, hiedras, flores y pequeños árboles, y encima de éstas las primeras esferas privadas de los habitantes, flotando y esperando una señal tele comandada para abandonar el orden en el cual aparcaban, descender hasta el piso debido y esperar ser ocupadas. Las torres están dotadas de ascensores, pero casi ninguno los utilizan. Salen y entran del mismo piso, directamente a sus esferas. De ensueño, papa, con las calles allá abajo, libres y sin asfalto, con obreros y obreras trabajando cinco horas al día solamente.

― ¡Madre mía! Todavía no lo puedo creer, pero los impuestos, ¿a quiénes se los pagan?

―Por el uso del suelo a la municipalidad en la que operan, pero se niegan a pagar las tasas a las ganancias y derivados sosteniendo, y con razón, que lo hacen con creces al invertir los excedentes en el territorio con fines sociales, y dudan que esas ingentes cifras podrían ser bien administradas por la vieja burocracia. También alegan que los gobiernos actuales ya no tendrán tanta necesidad de ingresos, porque irán desapareciendo de a poco las mega estructuras, como por ejemplo carreteras, ferrovías, puertos, aeropuertos, hospitales y escuelas, y, además, en los presupuestos anuales no existen gastos para la defensa. Sólo reducidos cuerpos policiales para la vigilancia urbana.

―Duro golpe para los coimeros ―exclamó con evidente satisfacción su padre―. Parece un mundo perfecto.

―Parece, pero hay nuevos desafíos. Con más tiempo libre y medios de transportes baratos corren peligro los lugares históricos y turísticos. Todos por sobre uso. Además, tendrán que crear nuevas rutas para las esferas por lo insuficiente de las anteriores. La Tierra será un planeta continuamente atravesada por infinidad de ESLA. Y ya hay vaticinios de que la frivolidad y el egoísmo aumentará con tanto bienestar. Parece que no servimos para la tranquilidad burguesa como dice usted.

―¡Y recién te diste cuenta ahora! Se ve que jamás leíste un libro de Historia.



El tres de abril del dos mil veintinueve, tres años exactos a partir del GE, con un tráfico mundial reducido prácticamente a cero porque el planeta conmemoraba el desastre sufrido, los televidentes creyeron que aquella pesadilla volvía a repetirse. El organigrama del CMC estaba llegando a su fin con respecto a la distribución de los centros de producción. Todas las zonas más deprimidas económicamente tenían sus centros generadores de bienestar, y finalmente les tocaba a los países desarrollados. El conflicto estalló en el Missouri, en EEUU, cuando las primeras esferas comenzaron los trabajos preliminares para instalar la que sería la primera productora de ESAL en tierra americana. John Stallinger, cabecilla del FART, había logrado reunir una considerable cantidad de seguidores mediante una propaganda furibunda de rechazo. Con un centenar de secuaces, que a medida que se dirigían hacia el “lugar sagrado profanado por los colaboracionistas” aumentó de otro centenar, se plantó en el “lugar sagrado”, y cuando llegaron las primeras ESAL, comenzaron a ahuyentarlas mediante piedrazos, demostraciones de fuerza e improperios. La noticia se hizo viral, pero nadie creyó que pasaría a mayores. Era una ridiculez lo que estaban viendo, sin embargo, igualmente comenzaron a presentarse curiosos y oponentes del FART, con estos últimos que trataban de convencerlos de que después de todo era un dono inesperado todas esas fábricas que abaratarían los bienes de consumo y crearían una nueva sociedad económica sin fines de lucro desmedido como la actual. También se presentaron aquellos que consideraban una injusticia que la grande América, con sus estados más pobres, hubiese sido relegada por última, y detrás grupos de plegarias, y más curiosos. Y como sucede en estos casos donde unos pocos, a través de consignas altisonantes logran atraer a desprevenidos y a otros que adhieren en el momento porque antes estaban demasiado lejos, al poco tiempo ese grupo original de no más de cien personas se transformó en una multitud confusa y vociferante con una minoría dispuesta a todo.

El CMC, luego de este segundo desastre, incomparablemente menor en la cantidad de daños con respecto al primero, en una sesión plenaria trasmitida a todo el mundo y a través de su portavoz, afirmó que era una injusticia sin fundamentos, gratuita y cruel, pero comprensible, suponer que había surgido de su seno el pedido de una esfera para reprimir a los manifestantes, simplemente porque, no conociendo los autores del desastre y al mismo tiempo creador telemático del CMC y las fábricas,  no sabían a quién y cómo dirigirse, y que lamentaba profundamente los trecientos cincuenta y dos muertos electrocutados, y los dos mil quinientos treinta y un heridos con quemaduras de distintos grado. Y agregó que, por lo visto, fuese quien fuese el autor, éste velaba por la continuidad de la transformación económica y social de la grande comunidad terráquea con terrible determinación. Luego pedía moderación, paciencia y tolerancia, ya que era evidente que esas virtudes les eran desconocidas a esa entidad, persona, cosa o lo que fuera. Finalmente, y para dejar bien en claro que el CMC era un órgano tan novedoso y único como misterioso, del cual ni sus mismos componentes sabían quién o quiénes eran los autores, revelaron por vez primera que, dentro del programa recibido con las reglas a seguir durante los primeros años, en una específica ordenaban a la CMC de no entrometerse en las cuestiones políticas o judiciales de los actuales estados. Además de controlar la distribución de la magnetita, de cuya fábrica en el espacio también reconocían saber bien poco, sólo tenían que limitarse a ubicar el lugar y dirigir las construcciones y resolver los problemas técnicos que se presentaran. La aclaración fue necesaria debido a la presión que sufrían por parte de otra infinidad de gentes e instituciones que pedían el juicio y la condena de John Stallinger y su jefe, Joseph Aaron Hamilton, ejecutor y mandante de las intimidaciones y de los disturbios que terminaron con el primero con quemaduras leves. Luego de esa batalla se pudo ver nuevamente cómo una esfera, reduciendo su tamaño y posicionándose sobre JS, lo iluminó con un enceguecedor rayo de luz y le sonsacó toda la información sin que nadie hubiera oído el interrogatorio.

La confusión era tremenda porque una grande mayoría silenciosa creía que el CMC ya tenía poderes universales, por este motivo, para afirmar su autoridad e independencia, el estado de Missouri se limitó a acusarlos de la alteración premeditada del orden público, sin siquiera tomar en consideración las innumerables voces que pedían que fueran condenados por sedición, puesto que sus actuaciones estaban dirigidas contra un poder alieno que hasta ahora únicamente había ocupado abusivamente espacios estatales, si bien con fines claramente positivos. Fueron obligados a pagar una multa y quedaron inmediatamente en libertad, convirtiéndose en dos especies de héroes, pero mediáticos, ya que públicamente comenzaron a ser despreciados. Se presentaban en cualquier audición, JS mostrando con orgullo sus quemaduras que habían cancelado parte de sus tatuajes, con un brazo vendado, defendiendo la libertad y llamando a la resistencia, y JAH, con su discurso cuidadoso llamando a la defensa del libre comercio y condenando el monopolio prepotente de esas fábricas a las que nadie había llamado.

viernes

                                                         El gran escarmiento 7
Joshep Aaron Hamilton, presidente de la WOC (World Oíl Co) junto a sus cuatro asistentes esperaba que la asamblea de socios que había estipulado tuviera comienzo. Hasta ese momento eran los únicos presentes, y hacía dos horas que estaba ahí, recibiendo continuas actualizaciones políticas y económicas mundiales que, luego del filtro interpretativo de sus expertos, leía casi con desgana porque eran, según él, datos inútiles que hacían aún más inmenso y oscuro el porvenir.
¡Ah, señores míos!  repetía cada tanto cambiando los animales, extintos o no, para dar forma a sus metáforas pesimistas―, es como si un Tiranosaurio Rex se presentara en el Central Park con lentejuelas. ¡Dios mío! ¡Qué desastre!
Lo que más lo apremiaba era la curva de producción de las hasta ahora pocas fábricas de esos… objetos malhadados de los ESAL. Todos los días, sin excepción, preguntaba por el variar, inexorablemente siempre en aumento aún si con valores mínimos, de las proyecciones productivas. Y volvió a exigirlas. Con un promedio de las puestas en marcha hasta ese momento, sustentado con datos estadísticos ciertos del crecer geométrico de esas fábricas en los últimos tres años, sus ayudantes llegaban a la conclusión que se necesitarían diez años para proveer trescientos millones de ESAL a cada familia del planeta con un promedio de cuatro coma seis componentes cada una.
Siempre incluyendo en esas familias a negros, aborígenes, hispanos, judíos, árabes y chinos, ¿no es cierto? preguntaba JAH, imaginándose con disgusto que una de esas esferas descargase en su playa exclusiva a dos obesos y obscenos afro americanos con su numerosa prole, producto de un fornicar continuo y hediondo. Prefería que fueran judíos, por lo menos eran los únicos que compraban y vendía continuamente siendo blancos, luego hispanos, pero altos; luego…
Sí, señor le respondía una de sus ayudantes. Puesto que todas esas fábricas están en zonas en donde este tipo de gente es mayoría, no es de extrañarse que los primeros a usarlas sean propios esos grupos étnicos.
¡Grupos étnicos que reciben gratuitamente, sin ningún esfuerzo este… regalo del cielo! ¡Pero, qué clase de justicia divina hay! ¡Nosotros hemos hecho la América grande! ¡Con sacrificio, esfuerzo, fe en Dios y obstinación, desde los orígenes, cuando esta tierra estaba poblada de salvajes! ¡Nos hemos dado una constitución que envidian los demás países, basada sobre las libertades individuales y el control estricto de las instituciones! ¡Hemos luchado contra regímenes criminales como el nazismo y fascismo donando la sangre de millones de nuestros hijos! ¡Fomentamos las artes, el libre comercio y la paz entre las naciones! ¿Por qué tendrían que gozar primero ellos de ese beneficio… celestial o no? ¡No hacen otra cosa que rezar, bailar, hacer hijos y dormir la mayor parte del tiempo! ¡No son capaces de construir o inventar nada, y ni siquiera contribuir a esto! y preguntaba a sus consejeros. Díganme sinceramente, ¿estoy equivocado o no? Amy Lewis, Stephanie Connell y Bobby Sheffard comenzaron a recoger sus carpetas, sin mirarlo, sonriendo levemente. Eran buenos analistas, profesionales reservados y JAH sabía que compartían al noventa por ciento su punto de vista. Eran hijos de familias con un pasado conservador, una del Arkansas y dos de Carolina del Norte. Los fue incorporando de a poco, a medida que la complejidad del mundo comercial y financiero con el pandemonio de la tecnología se hacía más sofisticado, tratando en lo posible que los candidatos compartieran su visión, pero al último que se incorporó a su equipo, Thomas Glenn, de la California, lo contrató siendo consciente de que era uno de esos progresistas que en tema de antropología no estaría de acuerdo con él. No quería un grupo rígido y homogéneo a su redor, además había sido un brillantísimo estudiante y no podía dejar pasar esa oportunidad de tener a sus servicios tal lumbrera. Tiempo después comenzó a sospechar que era homosexual, y hasta el momento nada hacía suponer lo contrario, pero eso no le importaba. Y fue a Thomas a quien, modificando la pregunta, se dirigió, viendo que no le había quitado los ojos de encima durante toda su agitada perorata.
―Como siempre nuestro Thomas no estará de acuerdo totalmente conmigo, ¿no es cierto?, pero le ahorraré saliva: que la América es la democracia más avanzada del planeta, como yo, no tiene dudas y está orgulloso de ser su ciudadano, pero es crítico con el pasado de su país, cosa que no entiendo. ¿Qué sentido tiene andar diciendo que nuestros padres no fueron justos con los salvajes que hallaron cuando llegaron desde Europa? Ahora están bien integrados, eso demuestra que, no obstante hayamos sido duros con ellos, el resultado final los ha favorecido.
―Que estén integrados es relativo, y rescatar aquellos momentos de nuestra historia y discutirlos públicamente ha hecho posible un cambio de mentalidad, señor Hamilton. A nadie se le ocurriría actuar de la misma manera en un hipotético caso de descubrir una civilización relativamente menos avanzada, aquí o en el universo.
―¡Relatividad! ¡Relatividad! ¡Cuánto les gusta a los progresistas usar esa palabra! Y no sé por qué los llamamos progresistas, como si el progreso de nuestro país lo hubieran realizado ellos, cuando es evidente que ha sido posible gracias a los granjeros, guerreros, albañiles, carpinteros, herreros, mineros, gentes de antes y de ahora; gente recia y decidida que desconocían y desconocen ese vocablo. Y como supongo que va a defender a negros, hispanos y árabes le recuerdo que, si usted hubiera nacido entre ellos, en este momento no sería lo que es ni estaría donde está, ¿no es cierto?
―Es verdad lo de ser y estar, pero si hubiera nacido entre ellos, sin conocer otro tipo de civilización no hay dudas de que yo sería feliz, señor Hamilton.
―En la más completa ignorancia, pero es verdad. He visto a esos indios en la Amazonia que andan casi desnudos, comen hierbas y lo poco que pescan, viviendo en la más absoluta promiscuidad y, sin embargo, de acuerdo a lo que afirmaba el investigador, eran felices. ¿Cómo podían serlo? Es innatural, y sobre todo incomprensible.
JAH visualizaba todavía ese sano crío aborigen, con su panza prominente, desnudo y con una sonrisa de oreja a oreja, pero los ESAL y el hecho de que aún no se hubiera presentado ninguno de sus socios le hizo volver a la gravedad de la situación. Su país ya no contaba con las fuerzas armadas ni con sus fábricas de armas, destruidas en menos de tres días, pero no tenía dudas de que se recuperaría; cómo, no tenía la más mínima idea porque jamás había visto tal poderío que no hubiera sido el de su América, pero se pondría otra vez en pie, reverdeciendo aquel viejo instinto de lucha y sacrificio que la había hecho grande, a los garrotazos y piedrazos a falta de armas si era necesario… fue entonces que se acordó de John Stallinger. Tomó su teléfono, les dijo a sus asesores que esperaran un momento, salió al pasillo y cuando el otro respondió le preguntó como andaba la campaña de presión contra todos esos… privilegiados directores de fábricas. El auto proclamado jefe del FART le contestó que cada vez había más fábricas, y por consiguientes más directores, lo que complicaba la tarea de intimidación, y que más de uno lo amenazó con dirigirse al CMC para que, por el intermedio de sus componentes, volviera una de esas esferas ofensivas y lo carbonizara. Esto último no lo creía porque el CMC era un montón de científicos, artistas, filósofos y periodistas de carne y hueso, bien humanos, pero era consciente de que esa asamblea de tres representantes por cada país del planeta, era la más cercana a la incomprensible “cosa” responsable de lo sucedido. Entre todos controlaban la transformación de la magnetita, en una fábrica en órbita alrededor de la Tierra, material primordial y estratégico, ya que de él dependía la funcionalidad de las esferas fabricadas en tierra firme. De cualquier manera, trataría de corromperlos o amenazarlos. Luego le recordó que los directores, siguiendo el ejemplo de aquel danés, al que le dieron la dirección de una fábrica en medio del desierto del Níger, luego de sus amenazas habían contratado un sistema de seguridad industrial, con hombres desarmados, por supuesto, pero prácticos con el judo, el karate y la lucha cuerpo a cuerpo.
―Ahá, entiendo, pero si mal no recuerdo usted es cinturón negro, o algo parecido ―respondió JAH.
―Si, entiendo lo que quiere decir, pero no voy a ir a ese desierto del otro lado del planeta con mis pocos hombres dispuestos a correr el riesgo de ser apaleados, por la guardia y por esos humanoides tele comandados. Son capaces de hacer cualquier tarea, como ajustar una tuerca, enhebrar un hilo o escribir. Estoy seguro que también sabrán tirar golpes, o hacer tomas de judo, y encima están hechos de metal.
JAH se acercó aún más a la pared, para poder hablar con mayor reserva, no obstante fuera el único que estaba en el pasillo, y le dijo en voz baja que él sabía que era aún posible conseguir armas, que no todas habían sido destruidas, porque de otra manera habrían tenido que exterminar a cada posesor de armas en América, o sea a toda la población. JS le respondió que entendía lo que quería decir, pero le recordó lo sucedido a su amigo Peter Johnson, propietario de una pequeña fábrica de armas. Cuando vio una de esas esferas salió con un bazuca de su producción, pero antes de que tomara la mira, uno de esos rayos malditos le hizo reventar su arma dejándolo sin cabeza, manos y medio torso.
―Mmm… respondió JAH. Parece que la lucha es despareja, John. 
―Sí, señor Hamilton. Creo que tendremos que resignarnos a convivir con ellos. Pero no se la van a llevar gratis. Alguna grieta le encontraremos.
―Bien, John, bien. Continúe sin desfallecer, que a veces las causas perdidas son las más nobles.
―Necesitaría dinero, señor Hamilton.
―Sí, entiendo. Hable con mi secretaria.
Amy asomó su cabecita, lo ubicó y le dijo que los demás habían llegado.
JAH, a la cabecera del inmenso escritorio desplegó sus tablas de proyección y comunicó a sus socios que habría que tomar por cierto que, a partir de hoy y dentro de diez u once años, el consumo de petróleo llegaría a no más mil barriles al día. Un desastre agregó mirándolos a la vez que sus pares lo hacían como si él fuera la representación visiva de esos mil barriles diarios.
Willy O’Farrell, presidente del monopolio del acero, preguntó por qué el pánico no se había desatado en vista de tal perspectiva. Oshiro Tagate, el delegado de todas las marcas automovilísticas le respondió que el gobierno federal americano, con los inmensos recursos provenientes de la falta obligada de presupuesto para la defensa, había inyectado liquidez para que la producción continuara, y pedía encarecidamente de evitar tomar medidas drásticas. Era necesario esperar, conscientes de que esas naves esféricas reemplazarían a los autos, aviones, transatlánticos y trenes a combustión interna y, mientras tanto, buscar otras soluciones.
―Que es una manera elegante de decirnos que cuando llegue esa fecha nos encontraremos sin inversión ni ganancias ―respondió Willy O’Farell y agregó,
―Yo desviaría a partir de ahora los recursos hacia otro tipo de producción.
―¿Y cuál? ―pregunto JAH―, si esos establecimientos fabrican desde clavos hasta viviendas a módulos. Para hacer un departamento de diez pisos ya listo para entrar no tardan más de un mes.
Hubo un silencio.
―Y con todo el acero de las inmensas flotas que todavía andan a la deriva compuestas de portaviones, cruceros, cisternas, ¿no se podría hacer algo? ―preguntó WO.
―Comprarlas por poco o casi nada se puede, pero quién compraría a su vez esas chatarras si también fabrican a partir de la arena todo tipo de metal. ¡Es increíble!  ―respondió JAH pasándose la mano por la cara.
―Hasta no hace tanto, nuestras industrias de la instrumentación médica parecían haber quedado afuera de los intereses de esos… fabricantes, pero ya han puesto a la venta, a un precio inconcebible, un nuevo tipo de revelador radial en profundidad de una persona. ¿Lo han visto?  ―preguntó Karl Strauss, delegado representante de ese sector.
Se refería a un sistema explorador del cuerpo humano con el principio mecánico de la resonancia magnética, pero con la diferencia de que el paciente, en pie, era recorrido verticalmente por un aro revelador a sección rectangular, y cuyos resultados no eran manchas que había que interpretar, sino definidos detalles que llegaban hasta el grandor de una molécula de cualquier parte del cuerpo, a partir de su centro y hacia el exterior. Cualquier médico de cabecera podía acceder a esa nueva tecnología a un precio inconcebible realizando una diagnosis total en no más de diez minutos. Además, elaboraba la estrategia medicamentosa o práctica quirúrgica a seguir con la supervisión del profesional, cosa que de rebote andaba a interferir con los intereses de la industria de los medicamentos, puesto que también se habían puesto en marcha laboratorios de investigación que en poco tiempo producían la medicina requerida. Y no había patentes de invención que valiera. Simplemente no las reconocían.
―¿Y dónde custodian la ingente liquidez que producen las ventas de esos artefactos? ―preguntó Albert Carlson, representante de un grupo bancario y miembro del FMI.
―Buena pregunta, Albert ―contestó JAH― Por lo que se sabe no han creado todavía sedes bancarias, así que supongo que los sótanos de esas fábricas estén repletos de billetes. ¡Que trogloditas!
―La industria alimentaria, hasta ahora, ha quedado al margen de este proceso diabólico. Y espero que continúe así ―intervino Mary Lagarden, representante de la Food International Co.
―Bueno, por lo menos nos queda algún sector en donde invertir nuestros lamentables futuros inactivos ―respondió JAH y agregó―: Ideas, señores, queremos ideas nuevas para un nuevo desafío. ¿Cuál otro sector está en las mismas condiciones?
―El turismo, la gastronomía, el entretenimiento, el arte ―respondió Amy Lewis.
―Todas actividades que no conocen el sacrificio corporal y psíquico de las otras más nobles ―dijo con desprecio JAH.
―Y la financiación a bajísimo interés para que cualquiera pueda acceder a esos bienes que producen, antes de que lo hagan… esos, o ellos, o quien sea ―replicó Albert Carlson―. Además, deberíamos insistir para que ese CMC nos reciba y escuche nuestros reclamos.
―¡Pero si hasta ahora nos han dicho que no ven el beneficio que podemos acarrearles!, y si llegado el momento, nos convocarían ellos. ¡Qué arrogantes! ―exclamó JAH.
―Hay que insistir para formar parte de ellos, de cualquier manera, aunque sea minoritaria ―insistió Albert y añadió― si no podemos vencerlos tratemos de infiltrarnos. Está nuestra sobrevivencia de por medio.
―Tiempos tenebrosos se aproximan ―terminó diciendo JAH, volviéndose a pasar la mano por la cara.

lunes

                                               El gran escarmiento 6


No es posible, señorita… contestó Gustav balbuceando y pensando en Ingrid. Hay… tengo…

¿Por qué? rebatió velozmente ella sin darle tiempo para inventarse una mentira, y acercó su cuerpo.

  Es que… alcanzó a decir Gustav, mientras veía el aproximarse de esos dos ojos negros y comenzar a sentir su peculiar olor a transpiración.

¡Por favor, Gus! ―imploró Margaret Lepois, periodista libre y sin ataduras con ninguna editorial, dispuesta a todo con tal de ser la primera en volar, y le acarició la mejilla.

No habiendo llegado todavía la única cama que había ordenado Gustav para instalar en su dormitorio en el tercer piso, comenzaron y terminaron sobre uno de los sillones de mando de los ROE1, bastantes incómodos para otros usos, por lo angosto, pero con la posibilidad de extenderlos hasta dejarlos horizontales.

Dentro de la furiosa urgencia por parte de ambos, no supieron quién puso en marcha el sistema de control remoto, pero Margaret, alcanzando a ver el mensaje en la pantalla que titilaba anunciando la falta de los ROE1, le recordó al oído de Gus que esos humanoides dentro de poco estarían operativos gracias al director y su vice director, uno japonés y el otro hindú, de una fábrica que estaba en el comienzo del desierto de Thar, en la India.

Gustav se detuvo y levantó su torso desnudo.

¡Es fantástico! ¡Fantástico! ¿Cómo lo sabés?

Ella le pidió que no se detuviera mientras aferraba con las uñas sus dos glúteos, y que se lo explicaría después, pero le pidió que le jurara de que la llevaría en el vuelo inaugural.

Todo lo que vos quieras, amor respondió Gus.

Desde ese día, Margaret, entraba y salía como si estuviera en su propia casa, tomando nota, sacando fotos y auto proclamándose portavoz de Gus frente a sus ex compañeros y a los demás variados y extravagantes grupos que continuaban a llegar.

Junto a ella, el veintiséis de diciembre del 2026, más de ocho meses después del GE, con su plantel administrativo y operativo al completo junto a él y periodistas detrás, mezclados con habitantes del pueblo, festejando solamente con una botella de champán, ya que la mayoría de sus empleados eran de religión islámica, vio finalmente terminada su primera ESAL, flotando sobre el punto que sería su pequeño campo de aterrizaje, un círculo rojo pintado sobre la arena. Giraba lentamente y brillaba frente a ellos mostrando ventanillas y puertas, continuamente mantenida en su posición aérea mediante esporádicos y pequeños chorros de vapor verticales y horizontales ubicados en su Polo Sur y en su Ecuador. La cancelación de la atracción terrestre no era completa, por eso, imperceptiblemente, tendía a descender, de ahí la necesidad de un empuje hacia arriba para mantener la posición establecida cada tanto, y estando construida en un medio ambiente, la Tierra, que viajaba a más de veinte mil kilómetros por hora alrededor del Sol, esa esfera, por ínfima inercia debida a esa velocidad con la cual también ella se trasladaba sin vínculos gravitacionales con la Tierra, tendía a desplazarse siempre hacia el Este geográfico, dirección opuesta a la del planeta en su giro alrededor de su estrella, y generando una distancia que era recuperada por los chorros de vapor horizontales.

Margaret, mediante amenazas y promesas de compartir los datos que había recogido, obtuvo que sus colegas no sacaran fotos cuando ella y él entrarían en la esfera. Sabía de la relación con Ingrid, y no quería comprometerlo. Pasaron juntos más de cinco meses cada uno ocupado en lo suyo, almorzando y cenando juntos, durmiendo en la misma cama, pero fue Margaret que, desatendiendo su trabajo y durante el período de espera de los empleados, se ocupó de una elemental y precaria contabilidad empresarial y familiar. No había tenido ningún problema en conquistarlo sexualmente a cambio de una exclusiva mundial, pero a ese muchacho, incansable, decidido, inflexible y utopista trabajador pero tímido con las mujeres en la misma proporción que su dulzura y cortesía, comenzaba a tenerle un afecto que desaparecía cuando lo veía mandar, todos los días y a la misma hora, mensajes a su Ingrid. Tal vez con el tiempo, se repetía Margaret. 

Sintieron inmediatamente la falta de peso al entrar y llegaron a sus respectivos sillones casi flotando, pero sin despegarse por donde caminaban. Se ajustaron los cinturones de seguridad, Gustav accionó una leva hacia adelante, lentamente, y lentamente la esfera fue abandonando la superficie. Aumentó la velocidad vertical y en menos de diez segundos alcanzaron y atravesaron una formación de nubes blancas. Frenó de golpe sintiendo apenas que su cuerpo quería continuar el viaje vertical. Miraron extasiados toda esa superficie lechosa tan blanca que los obligó a ponerse los anteojos anti reflejos. Luego, con una aceleración en aumento que, de trescientos metros al segundo pasó a estabilizarse a ocho mil kilómetros a la hora, en veinte minutos vislumbraron la inmensidad azul del mar Atlántico. Gustav comprobó que la temperatura exterior de la superficie de su esfera no alcanzaba la temperatura crítica debido a la fricción con el aire. Todavía podía alcanzar sin problemas los doce mil kilómetros por hora. Se miraron a un cierto momento y, sin decir palabras, comenzaron a cantar un rocanrol que habían cantado y bailado juntos, solos, en medio de su oficina en el tercer piso: Amor, no te inventes barreras, porque en esta espera es probable que termine en los infiernos que están sobre esta tierra, amor…

Luego de comunicar por radio a su asistente en la fábrica que tomaban rumbo hacia Dinamarca, alzaron el volumen de una emisora que transmitía sólo ese tipo de música excitante, a toda voz, y continuaron a tratar de cantar los temas que oían. No se daban cuenta de la velocidad a la que iban porque no percibían ningún sobresalto, y lo único que sentían ere un imperceptible zumbido producto del aire que atravesaban sobre las nubes, que a su vez no permitían ver nada allá abajo como para tomar un punto de referencia, pero tuvieron consciencia de la rapidez a que viajaban, porque de repente, un punto plateado delante de ellos comenzó a tomar la forma del fuselaje posterior de un Boing de la KLM con su misma dirección, y se acercaba rápido. Más adelante, cuando estas esferas fuesen millones, no podrían depender de los reflejos de su conductor. Sería necesario crear un centro unificado del tráfico aéreo, para impostar sus velocidades, desaceleraciones y frenadas; organizar y controlar telemáticamente un futuro tráfico caótico si se querían salvar vidas humanas, sin la falible intervención humana ―se dijo Gustav mientras se apartaba aún más de la línea de vuelo del Boeing. Fue mermando la velocidad de a poco hasta situarse al lado del 747 y alcanzó a distinguir los rostros del capitán y su asistente. Gus y Margaret los saludaron con las manos sin tener idea del desconcierto y terror que estaban creando, principalmente en los pasajeros y probablemente a los pilotos. Al poco tiempo pudo escuchar la voz del comandante a través de la radio que lo imploraba de alejarse porque parte de los viajantes gritaban que les había llegado la hora y derribarían el Boeing. Margaret y Gus alcanzaron a ver sus rostros angustiados en las ventanillas. Gustav pidió disculpas, aceleró al máximo mientras reían a carcajadas y pudo observar mediante las cámaras posteriores que el comandante se los agradecía haciendo balancear las dos alas. Todavía lagrimeaban por la risa cuando Gus distinguió su país. Se estabilizó a una cuota de trescientos metros, y a una velocidad de ochenta kilómetros a la hora atravesó con mucho cuidado todo su país hasta llegar sobre la casa de Ingrid. Le había prometido de hacerlo, pero no aterrizar, y pudo distinguirla en medio de vecinos y parientes que lo saludaba excitada y le mandaba besos. Cuando Ingrid supo las características del lugar en donde trabajaría para siempre su Gus, no quiso acompañarlo. Era un lugar inhóspito y no se habría acostumbrado jamás. Esto a él no le importaba. Se conocían desde cuando iban al jardín de infantes y seguramente se habrían casado si no hubiese sido por el GE, que además de embestirlo y sacarlo a la fuerza de su tranquila y previsible vida le ponía de frentes dos mujeres tan distintas. No sabía qué hacer con ellas. Y volvieron a la fábrica porque se habían presentado problemas técnicos.


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