viernes

                                         DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 2

Mientras tanto Margarita, desde el ascensor, habiendo visto la escena, bloqueó la puerta adivinando que el personaje estrambótico también lo usaría.

Ya dentro los tres, volvió a bloquear la puerta porque distinguió a nuestro detective, que después de abrirse paso a través de los niños, ya estaba en el corredor y se dirigía al ascensor que lo esperaba. Agradeció por la cortesía de la espera sin mirar a ambos, pero de reojo vio que ella observaba alternadamente y con disgusto, tanto al animal como a su dueño: el personaje extravagante vestido de rojo que parecía orgulloso de sí mismo.

La puerta del ascensor se cerró y con toda seguridad, debido a la sacudida del arranque, el animal, con un corto y agudo chillido se trepó de un salto al hombro de su amo, asustando a Margarita que con visible indignación le preguntó;

—¿No piensa que es una crueldad esclavizar así a ese pobre animal?

El circense no abandonó su porte risueño, todo lo contrario, además sacó pecho, y a nuestro investigador le pareció que el interpelado había sido el monito, ya que además de no saber reír, por consiguiente, muy serio como la pregunta, luego de mirarla se rascó la cabeza buscando una respuesta en el piso del ascensor, en sus paredes y en el techo. Pero respondió su dueño con una humana sonrisa.

―¡Ah...!  Supongo señora que también usted comparte las ideas de esos ingenuos idealistas protectores de animales...  Estoy seguro de que han sido ellos los que me secuestraron a Yuyu, la compañera de este que ve, Yoyo –y lo señaló con un movimiento de su cabeza.

― ¡Seguramente estará mucho mejor en manos de personas que aman a los animales, que no los explotan por intereses económicos, que no le ponen collares de hierro...! ¿No ve que son indefensos? El cautiverio no es la condición natural―   –respondió con desprecio Margarita.

―Señora, yo también amo a los animales, tal vez más que nadie, y no tengo duda de que he salvado de una muerte segura a todos los animales que trabajan conmigo...  ¡porque tienen que trabajar!, como todos. Se ganan el pan cotidiano, mejor dicho: tienen que ganarse el pan cotidiano. Cada vez hay menos selvas, o sea menos lugares adaptos para su subsistencia ya que necesitamos esos espacios y la madera de sus árboles, cada vez hay más cazadores furtivos que satisfacen la moda de poseer animales exóticos... o sus pellejos... Sí señora: este bicho tendría que agradecerme.

Dicho esto, el circense sacó de su chaqueta dos tarjetas. Una se la ofreció a nuestro detective que la aceptó curioso, pero Margarita, con un gesto de disgusto y dándose vuelta hacia la puerta, le respondió;

―¡Pero por favor! Sería lo último que haría: ir a ver animales envilecidos.

―Le agradezco su sinceridad señora –respondió el circense guardando la tarjeta rechazada, pero le hago presente que las dietas de mis animales cuestan el triple que la mía.

En el ánimo de nuestro investigador la tensión que sentía por el cauce que había tomado la pesquisa, desapareció por un instante, dándole esa satisfacción que experimentaba cuando asistía a pareceres inconciliables, la fuente inagotable de su trabajo. “Sólo me faltaría chupar un helado mientras estos dos discuten”, se dijo... pero sintió una repentina curiosidad cuando leyó la tarjeta de presentación del circense:

En el ínterin el ascensor había llegado al quinto piso y esperó, como última posibilidad, que se dirigieran a otro piso, por lo menos la mujer. Pero no; descendieron los tres, mejor dicho, los cuatro.

Ella, resueltamente, se dirigió a través del corredor.

Jürgen, luego de hacer descender de su hombro al animal, la siguió, y nuestro investigador, después de un momento de indecisión, en el cual consideró resignado que era imposible que  se dirigieran a las otras tres oficinas que ocupaban el piso:  un importador-exportador de bebidas, un depósito de legajos abandonados del Ministerio de la Justicia y una sede de la Quinta Circunscripción del Partido Comunista (casi siempre cerrada), ya que, ¿qué podrían necesitar de esas oficinas una coqueta y viciada esposa y un circense muerto de hambre y estrafalario con su mono? Efectivamente no iban a aquellas. Margarita golpeó con los nudillos el vidrio opaco de su oficina con su nombre y apellido: Enrique Schwartz.

Jürgen Schwartz y su mascota se habían detenido unos pasos más atrás.

―Parece que nos hemos puesto de acuerdo para llegar al mismo    tiempo –murmuró nuestro investigador, Enrique Schwartz, mientras abría la puerta.

Margarita se había sacado las gafas oscuras y lo miró como asombrada, con insistencia. La expresión de sus ojos   –ahora veía que eran verdes– era la misma de la fotografía: una alegría curiosa, pera esta vez intrigada.

Al contrario de Armando De La Fuente, su marido, Margarita fue directamente al grano y le alar una tarjeta en la cual se leía ¡Nicoleta Acuña!, Veterinaria. Nuestro investigador tuvo un pequeño momento de incertidumbre porque nada coincidía: la perseguida se convertía de alguna manera en perseguidora; no se llamaba como creía, y hasta consideró que no fuesen marido y mujer. Mientras ella inspeccionaba la oficina, deteniéndose especialmente en los diplomas obtenidos durante la permanencia de Enrique en la policía, le reveló que su dirección y confiabilidad se la dio una íntima amiga que había contratado tiempo atrás sus servicios (Le repitió el nombre que Enrique recordó inmediatamente), y que no lo había llamado antes por teléfono para concertar una cita porque estaba pasando por “una situación algo delicada, en la cual era aconsejable mantener la mayor reserva”.

Enrique Schwartz, como buen ex-policía y apasionado investigador, experimentaba las incertidumbres que su oficio le deparaba como retos a su sagacidad, una incitación a su curiosidad, un estímulo para poner en práctica su despreocupación y desprecio por el peligro, pero esta situación, tan ambigua como extraña, comenzó a hacerlo sentir frágil, expuesto a insidias que no había considerado. Tener en su oficina a una frívola e hipócrita mujer de la cual no sabía cuál era el nombre verdadero y junto a esta un extravagante circense vestido de rojo con un mono era casi humillante.

No habían pasado dos días desde su entrevista con el marido que lo contrató para que la siguiese, y ahora tenía frente a frente a la posible esposa infiel, con otro nombre, dispuesta por lo visto a contratar sus servicios. Se esforzó para calmarse logrando esconder su inquietud y esperó.

A todo esto, Nicoleta-Margarita había sacado una fotografía de su cartera; la observó por unos instantes durante los cuales sus ojos, siempre felices, se transformaron en dos ojos verdes resignados... casi aburridos. Luego se la pasó y le pidió “toda, pero toda la información posible” del retratado. Enrique, ya más relajado, casi riendo interiormente, creyó adivinar de quién se trataba, e imaginó todas las ventajas que obtendría simplemente por no hacer nada, ya que marido y mujer se sospechaban mutuamente, pero se equivocó: no era Armando De La Fuente el que estaba en la foto, sino un apuesto... mulato de extraños ojos claros, de tupida cabellera, físico lampiño y atlético, con coloridos pantalones cortos y en chancletas.

Primero trató de esconder su sorpresa, y luego su satisfacción porque, sea como sea, ahorraría tiempo y dinero al no seguirla ya que tenía casi toda la información de la infidelidad de Nicoleta-Margarita en esa foto.

Comenzó a hacerle preguntas generales, pero antes que nada establecer sus honorarios porque había decidido también de llevar a cabo su encargo, sabiendo que su marido, llegado el momento de ajustar las cuentas con su infiel esposa, no revelaría jamás el nombre de quien le había proporcionado los datos ya que estaba bien estipulado en el contrato.

El atrayente mulato, Javier Solano, vivía en las afueras de la ciudad, en una perrera, o   algo   por el estilo, “un terreno donde hay más animales que gente” –precisó Nicoleta-Margarita agregando;

―Este es mi número de teléfono privado –y mientras cerraba su nueva cartera, sin mirarlo y como si hablara consigo misma añadió. Si no respondo no se preocupe. Lo llamaré yo.




miércoles

Con respecto al artículo "Las madres que nos parieron", de El País, del 20 06 2017


¿Por qué será que hoy

me acuerdo de mi abuela?,

india pía y silenciosa

que paría hijos en pie

haciendo fuerza de una soga

anudada a las vigas de los techos,

como si sonara las campanas,

para luego en palangana,

agua pura, cristalina y tibia...

dos tijeretazos, el fajado,

una sonrisa resignada

y al trabajo.

Chile, Chile, Chile

¿Por qué será que hoy me acuerdo

de la geografía

de la mitad de mi persona?


martes


                                                                       A la mañana

ella baja las escaleras,

y después del último escalón

se apoyará sobre esta tierra,



                                                                y no sé si las columnas

de este templo diurno

podrán sostener y explicar

aunque sea con un oráculo,

de lo que siento al verla.



Es la patología de lo esencial

que perdurará mientras la vea.








                                           DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 

La fotografía daba vueltas en su mano mientras esperaba que saliera. Hacía más de una hora que había entrado en ese negocio de zapatos y carteras y por lo visto, de acuerdo a sus gestos que podía ver a través de la vidriera, sus desplazamientos indecisos y los diálogos que se imaginaba tendría para rato.  

La mujer en la fotografía en blanco y negro que sonreía al lado de su marido era una de las tantas mujeres que esposos desconfiados le encomendaban investigar. Volvió a mirarla comprobando una vez más que la infidelidad, si tenía algo en común en todos los casos que recordaba, era que todas ellas no eran de una belleza extraordinaria como en las películas. Y esta nueva clienta tampoco escapaba de su clasificación, producto de años de experiencia como investigador privado; pero era hermosa a su manera.

Su cráneo era más bien redondo, como si algunos de sus lejanos antepasados hubiera sido un habitante de las estepas mongolas. Su peinado era el resultado de haber tirado con energía hacia atrás sus cabellos negros y brillantes. Sus pómulos eran notorios, de una piel pálida, casi blanca. Sus ojos de un color oscuro tendían a ser estrechos y alargados, y con una boca más bien ancha, de labios finos.  Por todos esos aspectos casi rústicos, fuera del prototipo de las bellezas claras, de rostros ovalados y marcadamente simétricos, es que tenía ese aspecto, según él, de mujer desconfiada y enérgica, segura de sí, mientras miraba ansiosa al objetivo, como si supiera de su unicidad estética y racial.

La dio vuelta otra vez para controlar la fecha en el dorso que, con la facilidad que tienen los ex policías, ya había memorizado: desde entonces habían pasado... cinco años... tres meses y.… dos días. Era uno de los pocos casos de matrimonio con el menor tiempo transcurrido desde el inicio de la convivencia hasta la sufrida denuncia del marido.

Por lo visto esa pareja, al inicio, además de ser felices sentados sobre un sillón rodeados de dos perros, un gato y un papagayo, mostraba a la cámara una peculiaridad en el trato, una manera de estar juntos que tal vez se había trasladado a la vida cotidiana: ella con su mano derecha apoyada en el hombro derecho de su marido, como queriéndolo atraer hacía su cuerpo, mientras que con la izquierda señalaba y miraba el objetivo de la máquina fotográfica. Él, que riendo trataba de oponerse, como pidiéndole que no lo sometiera a algo que lo divertía, pero a lo cual no quería dar su consentimiento, mientras que el gato, acurrucado encima del respaldo, controlaba a los pekineses que querían alcanzarlo. Después, el tiempo, había hecho el resto: de la felicidad a la sospecha. Pero era extraño el lenguaje de la foto, porque mirando al marido en esa actitud que se podría definir de sometimiento, era imposible no compararlo con la actitud que había demostrado en la primera reunión: un tipo poco paciente, imperioso, casi mal educado.

Cuando éste lo llamó y le pidió que fuese a su empresa, en la entrevista hizo lo que siempre hacía en estos casos. Después de presentarse lo dejó hablar, sin interrumpirlo, a no ser que para pedir aclaraciones. Fue entonces que le entregó esa fotografía. Nuestro detective la observó por un instante, y le preguntó si no tenía otra en donde, si era posible, estuviera ella sola y de busto entero, ya que, finalizada la pesquisa, andaban a parar en un archivo donde sólo había ese tipo de fotos.  Era un detective metódico, y gatos, perros y loros no quedaban bien en su galería de casos terminados.

El marido, con evidente irritación, luego de escuchar el pedido de una nueva foto, le respondió que sí, que tenía, ¡y tantas!, pero no daban toda la información sobre ella. En esta foto (recordó el índice extendido y rígido junto al énfasis del pronombre pronunciado después de entregársela), se pueden ver sus rasgos sin ninguna dificultad, pero además da información precisa sobre toda su... personalidad.

Y no insistió, porque primero constató que no cedería en su obstinación, ya que lo miraba desafiante, y segundo, que esa personalidad, (que a él no le interesaba, y además no entendía cómo la personalidad de una mujer podía verse en la imagen bidimensional de una foto) no disminuía para nada la calidad gráfica de los rasgos de esa mujer. Después de todo era una foto muy nítida. Bastaba solo ampliarla si era necesario y evitar entredichos.  Y continuó a escuchar a Armando De La Fuente, el marido presuntamente traicionado, que imprevistamente comenzó a ilustrarlo de cómo, tantos años atrás su abuelo paterno había empezado, con tanto sacrificio a poner en pie “mi” empresa (Tenía una muy personal concepción del tiempo y de la propiedad, ya que la daba por suya antes de nacer). Cuántos obstáculos tuvo que afrontar, cuántas noches insomnes, cuántas insidias, cuanta envidia e incomprensión etc. etc. y veladamente, entre una consideración y la otra, como cosa circunstancial y casi marginal había dejado entrever la infidelidad de su Margarita.

―¿Tiene alguna pista concreta? –preguntó el detective.

El marido tuvo un sobresalto que arrojó su cuerpo hacia el respaldo de su sillón, y en su mirada, además de la sospecha de que no era el investigador adapto, tomó forma la idea de un obstáculo que no había tenido en cuenta... porque simplemente para él no existía: su mujer lo traicionaba.

―¡Para eso lo he contratado..! ¡Para que las encuentre!― –contestó perentorio.

Se notaba que tal infidelidad lo hundía en una situación bochornosa que no había calculado, y que encima lo había llevado a la humillación de tener que dirigirse a un investigador, a quien, aunque ínfimos, tendría que proporcionarle datos. Toda su vida había sido una cuidadosa selección de momentos y personas para continuar en las hormas de su abuelo, y ahí estaba el resultado: una empresa pujante, eficiente y moderna... pero por lo visto su Margarita no entraba en esa cuidadosa selección. Con su posible infidelidad trastornaba su ánimo, especialmente su mirada. La sospecha, más que los celos, había comenzado a roer su realidad que no podía ser que indestructible.

―Sólo quiero pruebas como pueden ser fotos... grabaciones... diálogos. Usted me entiende –agregó mientras lo miraba y se levantaba poniendo fin a la entrevista.  

“Esta vida es una inagotable fuente creadora de posibilidades –se dijo mientras continuaba a juguetear con la foto. Cualquier manifestación del ánimo del hombre no hace otra cosa que crear un mercado.  Los criminales son abastecidos por un interminable y rentable mercado de armas, (¿o habrá sido al revés?).  ¿Y el erotismo? Ni hablar. El narcisismo, la piedad, la compasión... Todos tienen un mercado, y en mi caso específico la infidelidad:  los cuernos”. Y no pudo no repasar, aunque por un instante todo lo sucedido con su esposa.

Unos golpecitos en la ventanilla opuesta lo sobresaltaron.

Era un vagabundo, con la piel de la cara áspera, porosa y oscura, tal vez por la suciedad de meses sin lavarse, o por vivir continuamente al aire libre, o sencillamente por las dos. Extendía la palma de la mano pidiendo una limosna del otro lado del vidrio. No tuvo el tiempo de hacerle señas de que se marchase, porque de repente el pedigüeño se enderezó y se tocó los genitales, mientras que con la otra mano se persignaba. El motivo de tal gesto era que por la calle comenzaba lentamente a pasar un cortejo fúnebre. “También los muertos crean mercado” –añadió mientras observaba la fila de autos negros. “¿Y los vagabundos?”   Éste ya se alejaba con pequeños pasos, casi saltando, soportando una espalda curva dentro de raídos vestidos. Trataba de saber qué tipo de mercado podrían crear estos cuando Margarita salió del negocio con su nueva cartera de cocodrilo. Se detuvo para observarse en el reflejo confuso de la vidriera y comenzó a caminar. Su marido, en la entrevista, también le había dicho que su Margarita amaba todo tipo de animales vivos, siempre y cuando fuesen de raza y con colores exóticos, y a los muertos, por su utilidad, aquellos feroces y repugnantes, como el cocodrilo y la boa, que según ella no había tantos en comercio. Del cuero de vaca no quería ni sentir hablar. Nuestro investigador, luego de descender y cerrar su auto, se puso en marcha, a una cierta distancia, sin apuro. Ella, que no había dejado de detenerse en cada vidriera de prendas femeninas, en un cierto momento consultó su reloj, y de ahí en adelante no se detuvo. Fueron más de veinte minutos a paso veloz en una dirección que comenzó a serle familiar a nuestro investigador, pues llevaba directamente a su barrio: a la calle en donde estaba su oficina. A medida que se acercaban a esta última crecía en él la sospecha, infundada, por cierto, de que ella se dirigiera hacia su despacho. Alarmado se preguntó cómo podía ser, pero se impuso tranquilizarse ya que era una idea descabellada pensar que lo hubiera descubierto. Era el primer día de vigilancia y estaba seguro de que no se había dado cuenta de su presencia. ¡Pero sus pasos iban derechito a su estudio!  Dobló la esquina, miró la numeración y se dio cuenta de que los impares estaban en la vereda opuesta. Antes de cruzar controló el tráfico en ambos sentidos, y cuando lo hizo en la dirección en donde estaba nuestro detective, este no tuvo más remedio que fingir que también él miraba una vidriera. Margarita cruzó la calle con su vestido rosado, su nueva cartera y sus gafas negras. Caminó mirando la numeración, se detuvo delante del doscientos treinta y siete, que también era la del detective, miró los nombres de los residentes y luego entró. Esto lo alarmó aún más, pero en ningún momento contempló la posibilidad de no subir a sus oficinas: todo lo contrario; la curiosidad comenzó a excitarlo porque sabía que no había cometido ningún error.
Detrás de ella también estaba por introducirse un extravagante personaje vestido con un frac rojo, una galera del mismo color y un monito que caminaba a su lado, sujetado con un collar metálico y una cadena, pero antes de entrar se dio vuelta, porque lo seguían varias madres con sus niños que excitados señalaban el animal al cual no se atrevían a acercarse. Se sacó la galera, distribuyó tarjetas de presentación y saludó ceremoniosamente, obligando a su mascota a hacer lo mismo.

jueves


                                                                  EL PEZ Y SU MONEDA 

Se había deslizado sin problemas por el canal que desde su amarradero lo llevaba a mar abierto. Los atiborrados y altos juncos junto a las espesas plantas acuáticas le dieron esa sensación de que estaba saliendo otra vez, confiado y sin prisa, a través de una galería de murallas verdes hacia el centro de una arena de combate; como un antiguo gladiador, en donde con un único espectador –su perro “Proletario” ―, encararía nuevamente una posible lucha de paciencia y destreza.

Proletario aún no se había acostumbrado a tan poco y tambaleante espacio que era su vieja lancha de madera con motor, un toldo remendado y barra de timón. Sobre ella andaba inquieto, de una borda a la otra, mirando el agua con curiosidad de perro y cola continuamente en movimiento. Observando su rostro contento a la vez que ansioso, se podría decir que daba su aprobación a tan extraño sustento por donde caminaba.

Pero la serenidad suya y la inquietud de Proletario estaban por terminar con el imprevisto sonido de la sirena de un yate inmenso, de proa lanzada. Había entrado en el canal y procedía hacia ellos con velocidad no aconsejada en tales pasajes. Maldiciendo se puso en pie inmediatamente, aferró aún más fuerte la barra y abriendo las piernas para obtener mayor apoyo, aconsejó a su perro de hacer los mismo con sus cuatro patas.

Proletario, sin prestar atención a su recomendación, comenzó a ladrar al yate apenas lo vio, pero sin ninguna agresividad; quizás resignado debido a su nombre de perro, o tal vez lo saludaba porque era el perro más estúpido que jamás había tenido, pero él largó unas cuantas imprecaciones.

Mientras trataba de virar lo más rápido posible para encarar la onda de proa, alcanzó a ver en la cubierta de la lujosa embarcación a uno de los tripulantes, seguramente el dueño. Los miró como objeto relativo para establecer la velocidad de su yate, o sea sin ver que eran un pescador y su perro, a la vez que gritaba;

«¡No amorcito mío, nooo, disminuye la velocidad...! vas demasiado rápido».

La ola hizo cabecear con violencia la proa que se desplomó en el agua y luego la popa. Proletario perdió el equilibrio, y como avergonzado escondió su cola entre las patas.

Una buena cantidad de agua todavía dulce los mojó a los dos.

Continuó a imprecar hasta cuando se encontró en la desembocadura del canal en la cual su placidez daba paso a las primeras olas del mar. El olor salobre, la inmensidad del mar y del cielo le hicieron olvidar el yate.

Mientras corría el toldo para procurar un poco de sombra para ambos, notó que más allá del vuelo de unas gaviotas se materializaba la estela gaseosa de un invisible avión... luego solo nubes y cielo celeste. Continuó a sentir graznidos de gaviotas cercanas que no lograba ver; el chasquear del agua contra la borda junto al pof pof de su viejo motor, y el respirar agitado de Proletario que se había echado bajo la sombra.

Comenzó a silbar, como siempre lo hacía cuando estaba en mar abierto, esas cuatro notas que se conocen instintivamente como el llamado de alguien a un otro en un lugar desconocido, Do Do Sol Re.… pero por supuesto no llamaba a nadie: sólo lo hacía para confirmar que estaba ahí, feliz. Mientras silbaba miraba a su alrededor y divisó la silueta gris de la nave de aquellos locos que habían llegado a Santa Lucía, su pueblo costero, convencidos de que, en sus costas, que en la antigüedad era paso obligado de galeones para la Europa, tendría que haber uno, por lo menos uno, naufragado y cargado con oro. Pero desde hacía años –y con otros tantos locos como esos―, que ninguno había encontrado absolutamente nada. Dejó de silbar y sonrió indulgente porque por lo menos sacaban de su sopor a Santa Lucía con las expectativas que despertaba, especialmente en Jorge, su joven amigo que creyó divisarlo en uno de los tantos botes, que como pececitos hambrientos rodeaban la nave para ver los preparativos y las zambullidas de los hombres ranas, que luego de cada inmersión y regreso jamás traían buenas noticias.  Era una fiesta para Jorge y sus amigos, y supuso una especie de funeral para los otros.

Por todo esto, por la algarabía que causaban en el pueblo y por haberse demostrado buenos clientes para el huerto y la cocina de su mujer, Margarita, murmuró una plegaria de agradecimiento a Dios y en otra, no muy convencido –ya que pudo imaginarse el desbarajuste que habría causado el hallazgo―, le rogó que por lo menos les hiciera descubrir, no un tesoro completo, sino algún pedazo de mástil, si aún subsistía, o viejos y oxidados pedazos de hierro de la nave, un cañón inservible o  armas inútiles, pero nada más. Y que se marcharan de una vez.

Con Margarita, antes de salir había tenido la enésima escena de preguntas cargadas de reproches por parte de ella y de respuestas no muy convincentes por parte de él.

«¿Adónde vas?»

«Por ahí.»

«Espero que traigas algo... o carne de pescado o de cerdo.»

Esto último lo indignaba, porque era una doble crueldad por parte de ella, ya que sabía bien que jamás tenía suficiente dinero para el carnicero, y una crítica velada a su condición de pescador desafortunado, pero cuando estaba lejos de ella era cuando más feliz se sentía de haber vivido tanto tiempo junto a esa mujer, a la cual, en más de una ocasión, y en esos momentos de incomprensible exaltación, arrodillándose le preguntaba si se casaría de nuevo con él.  Ella reía y le contestaba siempre lo mismo;

«Ni loca, porque serás siempre un pescador... seco y soñador.»

Con esas palabras, después de tirar los hilos, se adormeció, feliz y tranquilo como el vuelo de esa gaviota que alcanzó a ver.

Lo despertó Proletario, no porque entendía algo de pesca, simplemente porque era un perro que se había acostumbrado al silencio y la inmovilidad de las cosas dentro de la lancha, especialmente la de su patrón. Por eso, al ver y sentir que uno de los hilos producía esos golpes en la madera debido a los tirones, y que no habrían bastado para despertar a su dueño, decidió hacerlo él.

«¡Bien Prole... bien!» –gritó cuando se hubo despertado al instante.

Con sus manos bronceadas y callosas comenzó a frenar el sedal. Por los tirones que daba pensó que era un descomunal chorlito.

«¡Vení!, ¡vení! ¿Adónde querés ir...? Pero vení, no seas testarudo» –continuaba a decir mientras el animal se debatía haciendo trechos veloces desde un lado para cambiar improvisamente hacia el otro.

«¡Ah, Prole..! Es inmenso» –volvió a gritar excitado mientras el perro miraba ansioso el lugar en el cual el hilo, cortando el agua, levantaba pequeñas y veloces láminas informes de agua. Bien aferrado el sedal lo dejó que nadara en esas condiciones por un buen rato, luego, viendo que la velocidad había disminuido comenzó a traerlo hacia él, pero el pez aún oponía una tenaz resistencia, si bien con contra golpes espaciados. Cuando lo tuvo a tiro, y con la mano izquierda doliente por la tensión del hilo que se la envolvía, con la derecha logró atraparlo con el medio mundo... y en ese momento vio que todo el esfuerzo no había servido para nada. Era un “Busca Busca”, como él llamaba a esa especie de tiburón pequeño, medio metro más o menos de largo, porque se comía todo; desde peces hasta piedras, metales o plásticos, con la cabeza a forma de martillo y con dos ojos en sus extremidades, a ciento ochenta grados.

Proletario ladraba de contento tratando de morderlo.

«No, estúpido, no... ¿Para qué ladrás…? No sirve para nada este bicho... es casi incomible»

Se sentó porque se había agotado con el esfuerzo y pensó en su mujer. Al mirar nuevamente la víctima creyó que un ojo negro y brillante se había movido siguiendo su movimiento... pero era solo un pez que boqueaba agonizando.

«Pobre bicho ―se dijo―. Qué culpa tiene si no sirve para nada», entonces, clavándole el cuchillo a la altura de las branquias, lo abrió de la cabeza hasta la cola para sacarles las tripas que le servirían por lo menos como carnada. Mientras le sacaba los intestinos “Proletario” olía la sangre, pero bufando rechazaba el sabor.

«Bien que cocinados te gustan desgraciado... perro tonto, y si no le saco las espinas te lo comerías todo» lo amonestó, pero de repente notó una dureza y forma muy conocida por sus dedos. Hizo presión con los mismos empujando el objeto a través de la tripa. Cuando estuvo en su mano, sucia de sangre, de algas trituradas junto a granos de arena supo ya que era una moneda, algo más grande de las que conocía. La fregó y la lavó. El oro librado de su costra brillaba ante sus ojos. En un anverso un escudo desconocido, en el reverso el perfil de un hombre de nariz grande y letras que el tiempo no había podido cancelar y para él desconocidas; Carlo, equis, eles, ce.

Se irguió y buscó con la vista la nave de los locos. Los botes de sus jóvenes amigos ya no lo rodeaban. Probablemente se habían cansado de esperar una novedad. En tanto acariciaba su moneda comenzó a rogar que esa nave y sus tripulantes, decepcionados, levase anclas y se mandara a mudar. Luego pensó en su mujer. Ya no podría rechazar su oferta de segundo matrimonio. Miraba su doblón, el agua, su perro, la costa, el motor de su vieja lancha como si alguien lo estuviese obligando a elegir, pero de repente todas las otras cuerdas comenzaron a tironear. Metió su tesoro en el bolsillo, bien envuelta en el pañuelo que ella religiosamente le lavaba y bien planchado se lo dejaba sobre la mesa, y gritando le dijo a “Proletario” que hoy comerían como señores.


No copie, use la imaginación...

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