lunes


Los demás nutren justificadas dudas cuando

afirmo que mis muertos ríen, y de manera

estentórea, nada de hacerlo con delicadeza,

con decoro, por respeto al lugar donde están

y en el cual la muerte ya no puede asustar más.

Yo creo que lo hacen con esa falta de respeto

porque, además de alegres y despreocupados

continuarán a creer en la evolución selectiva,

en este caso en la evolución de los recuerdos

que elige a los más fuertes, a los más sanos,

a los más bellos, para que estos, a su vez,

llamen a otros. Y hacen muy bien mis muertos.

De otra manera pasarían al olvido.  

sábado


Un planeta privilegiado por la luz,

el agua y los gases no es seguridad

suficiente para los ingenuos invitados.

Tuvimos que aceptar el cambio de pellejo,

aprender para comer o no ser comidos

sin ningún tipo de dolor o remordimiento,

o simplemente el derecho a existir

de esos seres que a nadie se devoran,

aun nosotros que al descubrirnos vivos

por el juego de espejos de la conciencia

nos proponemos en el vértice sin saber

cuánto medimos por no tener un patrón

preciso, o creer que pesamos poco o mucho

cuando la verdad es que nos tiran para abajo.

En mí sucedió lo ilícito, lo imposible,

las bases del libre albedrío y libertad

anclados a la esclavitud de lo inevitable

pero no necesario: un simple y fantástico caso.

Podría haber tenido alas, púas o escamas,

y ser feliz a mi manera, ya que el tiempo

en el menú de la vida, sería un punto en blanco,

y no andaría como ahora con lápiz y papel,

garabateando fabulosas plantas y animales,

extra terrestres e insectos que se parecen

y sistemas solares con una imposible física

privilegio del cosmo y su estrafalaria fantasía.


miércoles

                                                            Antropología Fantástica 25
El remolino de violencia y odio recíproco se ensanchaba cada vez más, dentro de poco devoraría a todos con sus ráfagas impetuosas. Tenía que participar, por uno o por el otro bando, como nos habían enseñado, en caso contrario hubiera pasado por un indiferente, que era aún más grave que ser cobarde, pero no sabía por cuál decidirme, ya que todos, mal o bien, eran mis camaradas. La ciudad necesitaba mi sangre o mi orgullo. Era indistinto una u otro, a los dos se los tragaría satisfecha con la misma indiferencia porque era ciega e impaciente, a favor o en contra del relato, pero rápido porque la sangre no podía esperar. Me pregunté si saldría vivo de esa para poder limpiar y poner en su lugar las cosas resultantes del desastre que veía inminente. Mas por fortuna, justo cuando la lucha estaba por degenerar, llegaron corriendo los guerreros que se encargaban de sedar las reyertas, o disputas de poca monta de sus iguales, esos que daban palos cuando dos o más se peleaban por una hembra en la noche del astro de leche.  A diestra y siniestra, con mucha seriedad y prácticos en sus tareas, comenzaron a dar formidables garrotazos, que veía y sentía que retumbaban y dolían, especialmente en las cabezas de los revoltosos que continuaban a estar muy ocupados riñendo entre sí. Pero, oh, dioses, comprobé amargamente que se ensañaban especialmente con los que se oponían al relato, o sea segundos, terceros, cuartos principales y sus seguidores, obligándolos a formar un grupo, bastante considerable pero menor que sus rivales. Era demasiado evidente que también ellos pactaban por Kam y sus disfrazados, ya que los favorables se amontonaban cobardemente detrás de los guardias para terminar de masacrar a los que aquellos iban dejando por el suelo. Era una injusticia inaceptable. Habrían tenido que ser imparciales. Ya no tuve dudas por quien tomar partido, y no me importó que yo fuese uno a favor; lucharía por defender a las víctimas de una prepotencia indigna, mas, no hubo tiempo para demostrar mi lealtad a los desventajados, porque de repente un viejo y conocido enemigo se presentó, a los gritos sobre la muralla. Las hembras, que por la emoción de asistir a nuestra ficticia contienda sobre el tablado ya no se escondían; ahora, al descubrir una verdadera se habían puesto en pie, las muy osadas, excitadísimas. Daban hurras y gritaban festejando la casi segura victoria de los simpatizantes por el relato de Kam en la trifulca real. Aquel gesto me hizo dudar de sus inteligencias, que dicho sea de paso jamás consideré igual a la nuestra. ¿Creían que nuestra lucha feroz y fratricida era también una representación, como la del tablado? No. No lo creí en su momento porque a más de uno la sangre brotaba a borbotones de sus cabezas partidas a garrotazos.  Sólo me confirmaron que eran y serían estúpidas estas hembras. Salvo, claro, Aluna... y Alarfa... y Alina. No sabían, porque no querían saber, la lógica de la guerra. Seguramente jamás habían escuchado aquella máxima primordial que tardé tanto en desentrañar: el amigo de tu enemigo es tu enemigo, y el enemigo de los dos estará perdido, como asimismo desconocían el genuino, profundo y antiguo sentimiento de camaradería que surgió de repente entre nosotros. No obstante estuviésemos tratando de aniquilarnos mutuamente con ahínco, el viejo instinto gregario, aun en pleno conflicto, se adueñó de nosotros al verlas sobre nuestra muralla. Entonces, dejando de lado las diferencias, todos, simpatizantes, contrarios y los que tendrían que imponer el orden, comenzamos a ordenarles que se fueran, con una única voz, pero aquellas altaneras no nos prestaban atención, todo lo contrario. ¿Terminaron de romperse los huesos, pelandrunes? ―gritaba una. ¡Allá hay uno que todavía está en pie, con la cabeza sana! ―señalaba otra. ¡Qué no escape! ¡Es uno de los contrarios! ¡A él, mis valientes! Y todas se largaron a reír en manera descompuesta cuando vieron y oyeron la imitación de una de ellas, que exageraba los movimientos de nuestro vigía con su cuerno lúgubre llamando al combate. Inflaba los cachetes para luego emitir sonidos irreproducibles. ¡Oh, dioses! ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Si no se van de ahí inmediatamente las bajaremos nosotros! ―gritó uno de los espías. ¡Sííí! ―hicieron eco los demás, ¡A piedrazos! Por toda respuesta, Alarfa (¡no podía ser otra!), como lo había hecho conmigo  tiempo atrás, se levantó el sayo y nos mostró su tesoro viejo que nos indignó aún más. Se expandió un ¡ohhh! de estupor que redondeó ojos y boca por algo que tendríamos que haber visto en privado, no juntos y listos para el combate. Las demás descaradas, alentadas por ella para que la imitaran, repitieron el mismo obsceno gesto, pero lo hicieron aún más ofensivo cuando inmediatamente después se dieron vuelta y nos mostraron sus redondos y blanquísimos culos, allá, en lo alto, sobre nuestras sagradas murallas de ladrillos rojizos.  ¡Fue el colmo! ¡Una ofensa inaudita! ¡Era inaceptable! ¡La burla procaz necesitaba nuestra inmediata respuesta! Entonces, una furiosa lluvia de piedras voló hacia la muralla, que eran esquivadas con desdén, ya que poseían una flexibilidad asombrosa, la misma que nos hacía babear cuando estábamos sobre ellas empujando. Se contoneaban evitándolas al tiempo que gritaban ¡Y va otra! ¡Y pasa otra! ¡Afinen la puntería, zopencos! ¡Estamos aquí, no del otro lado! Llenos de odio continuamos sin descanso la tarea de purificación de nuestra muralla hasta que por fin Alarfa cayó, llevándose las manos al rostro. Y aquello me indignó. Ella no, a pesar de su impertinencia no se lo merecía, era la madre de Aluna.

domingo

                                                           Antropología Fantástica 24
Me dolían todavía los huesos, pero sabía que por la magia de la espera y lo fantástico, el dolor sería un espectador más que se llamaría a silencio.  Me preguntaba cómo harían para representar las piedras de fuego, cuando vi surgir una esfera de ramas, atada a una cuerda que pasaba sobre las cabezas de los actores, con movimiento circular. Surgió desde atrás del escenario, escondida por una hilera de altas y espesas ramas que serían el cómplice bosque de la batalla. Volvió a pasar otra vez, arrancando con la cuerda hojas de la cima de los árboles, y alguien gritó que sería difícil detenerla en el momento justo. Y encima ardiendo ―añadió. ¿No se la puede detener con un palo alto? ―preguntó Kam, y sin esperar respuesta ordenó; ¡Se ensaya otra vez! Luego de unos momentos en los cuales se oyeron esforzados insultos detrás de los árboles, la esfera pasó sobre el escenario, y cuando volvió a quedar escondida detrás del bosque se sintió un golpe tremendo y alguien que gritaba y maldecía. ¿Alguien se lastimó? ―preguntó Kam.  Si. Pero no es nada. Se enredó en el palo ― contestó el invisible ayudante. Mientras tanto los bloques de piedra que circundaban el entablado se habían ido llenando de guerreros curiosos. También llegaron segundos, terceros, cuartos y quintos principales que fueron a juntarse con los dos espías. Como estaban todos viendo el ensayo, incluido, allá arriba, el vigía de la atalaya más cercana, ninguno advirtió las cabezas de hembras que comenzaron a aparecer sobre la muralla como hongos. Hubiera dado la alarma si no fuera que reconocí en una de ellas a la de mi dulce Aluna. Hasta sentí su olor desde donde estaba. Luego la de Alarfa, y también la cabeza de la vendedora de cuerdas, Alema. Y detrás otras, y otras que se iban desparramando agazapadas. Bueno ―continuó Kam. Traten de mejorar el frenado de la piedra de fuego.  Mientras tanto empecemos con la declamación. ¡Principal Cocoroco! ¡Tu parte! ¡Comienza! ―ordenó Kam.   ¿Principal Cocoroco? ¿Lo llaman así a nuestro principal?  ―escuché de repente que repetían escandalizados los dos espías. Se revolvieron excitados, ellos y sus allegados. Discutían con voces esforzadas de las cuales escapaban chillidos. Dos de ellos aferraron a otro que quería entrar en acción inmediatamente para interrumpir la acción. A todo esto, el guerrero panzón, o sea el principal Corococo, con las manos detrás, luego de mirar el bosque balanceándose sobre sus tacos, se dio vuelta y recitó apesadumbrado: “Tremendo y oscuro es el mundo, guerreros, como este bosque impenetrable y espeso, del cual muy poco trecho nos separa, y en su vientre maligno el enemigo al acecho. Si los dioses nos son adversos, y ruego para que no lo sean, de vosotros me espero, pues generoso es el soldado, la viril sangre manar abundante, y escuchar decir en el aciago momento, al amigo que cubre tu flanco, muero contento, ya que poco tiempo al enemigo le queda, si tu revives en tu cuerpo que no huye, mi odio, mi furor y mi desprecio”. Más de uno se emocionó a mis espaldas e inmediatamente alcancé a escuchar del otro costado, en donde estaban los simpatizantes del relato, a un guerrero en pie, a punto de llorar, impresionado por los versos: ¡Sí! ¡Eso fue lo que dijo! ¡Es verdad! Lo recuerdo muy bien.  Silencio, tarambana ―le gritó uno de los segundo principal. Nuestro caudillo jamás dijo tales palabras. No tuvo tiempo. Yo estaba en primera línea. Y además no se llama Corococo.  Bueno, si no lo dijo, tendría que haberlo dicho, aunque creo que no sea capaz de hablar de esa manera ―contestó otro en defensa del emocionado. ¡Sí que lo dijo! ¡Yo lo oí! Ustedes, los segundos, terceros y cuartos principales, además de brutos son sordos ―agregó defendiéndose el emocionado. ¿A quién le has dicho bruto, mal parido?  ―rebatió el principal segundo, que momentos antes quería intervenir para suspender el espectáculo, con ímpetu frenado otra vez a tiempo por sus camaradas.  ¡Silencio guerreros! ―gritó Kam al pie del entablado. Todos obedecieron, porque, además de conservar su recia autoridad, recordaban muy bien que fue un intrépido comandante. Ahora es tu turno, guerrero Kiki ―prosiguió Kam, dirigiéndose a uno de los que estaban con su máscara feroz en las filas enfrentadas a cada lado del escenario, escuchando la arenga del principal Corococo ¿Quién será ese guerrero Kiki? ―preguntó desorientado alguien detrás mío. Tenés que mostrar que estás profundamente conmovido ―continuó Kam dirigiéndose al tal Kiki―, casi llorando por la arenga de tu comandante. Tu emoción tiene que ser patética, tiene que contagiar al espectador. Salís de la fila dando dos pasos marciales, luego te arrodillás, y mirando al público declamás tu parte. El guerrero Kiki, además de dar dos pasos, también golpeó con fuerza su lanza sin punta sobre las tablas, y esa improvisación hizo entusiasmar a Kam que calló súbito para poder oírlo.
“Oh, mi principal, ya siento mi sangre hervir y salir de mis venas. Jamás palabras tan justas y excelsas han surgido de boca más noble y experta. Votados al mezquino destino, al eterno rodar, al andar a ciegas, yo, entre lágrimas que ni de miedo y dolor son, juro sobre esta lanza y mi honor mi vida donar” ¡Muy bien! ¡Bravísimo, Kiki! Sigan así. Adelante ―susurró Kam excitado. El emocionado detrás mío, todavía más emocionado, agregó que también oyó decir eso a su camarada Kruso, que por desgracia murió ahogado en el bañado traidor. Esto último hizo salir de quicio al principal segundo, que, desde su llegada, con ojo avieso e inquisidor trataba de individualizar simpatizantes del relato. Se desprendió con violencia de sus camaradas que intentaban frenarlo y se abalanzó sobre el mistificador gritando: ¡Pedazo de tripa hedionda en dos patas! ¡Son todas mentiras lo que decís! ¡Así nacen los mitos humanos que se oponen al de los dioses! Y siguió una trifulca furiosa destinada a agrandarse, porque de los grupos que de a poco habían ocupado las piedras, surgieron simpatizantes de una y otra facción, cada vez más numerosos. ¡Oh, dioses! En aquellos momentos comprobé con amargura que mi ciudad, otra vez, estaba por hundirse en el caos, en el desorden, en la vergüenza.
Algo sobre el alma, de Wislawa Szymborska

Alma se tiene a veces.
Nadie la posee sin pausa
y para siempre.

Día tras día,
año tras año
pueden transcurrir sin ella.

A veces sólo en el arrobo
y los miedos de la infancia
anida por más tiempo.
A veces nada más en el asombro
de haber envejecido.

Rara vez nos asiste
en las tareas pesadas,
como mover los muebles,
cargar las maletas
o recorrer caminos con zapatos que aprietan.

Cuando hay que cortar carne
o llenar solicitudes,
generalmente está de asueto.

De mil conversaciones
toma parte sólo en una,
y no necesariamente,
pues prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo nos empieza a doler y doler,
escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es algo quisquillosa:
con disgusto nos ve en la muchedumbre,
le repugna nuestra lucha por supuestas ventajas
y el rumor de los negocios.

La alegría y la tristeza
no son para ella sentimientos distintos.

Sólo cuando se unen
está presente en nosotros.

Podemos contar con ella
cuando no estamos seguros de nada
y tenemos curiosidad por todo.

De los objetos materiales
le gustan los relojes con péndulos
y los espejos que trabajan afanosos
aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene
ni cuándo se irá de nuevo,
pero evidentemente espera esa pregunta.

Según parece,
así como ella a nosotros,
nosotros a ella
también le servimos de algo.


No copie, use la imaginación...

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