jueves

                                                   El gran escarmiento

Leonardo Aguirre estaba sobrevolando justo las Azores cuando lo llamó su padre por video. Iba detrás, a pocos segundos, de otra Esfera Autónoma Levitante (ESAL1) que llevaba su misma dirección. Todavía alcanzaba a divisarla, como un punto plateado. Volvía de Súhbaatar, en la Mongolia, con cuarenta y cinco grados bajo cero, en donde descargó media tonelada de hortalizas y legumbres frescas provenientes del Paraguay, a muy buen precio, recolectadas dos horas antes de partir, con treinta y seis grados de calor. En ambas extremidades los hangares de aterrizaje y despegue de las esferas ESAL1 mantenían una temperatura constante de veinte grados, pero él, mientras esperaba la carga o descarga, hacía un paseo por los alrededores, para observar sus gentes, tratar de comunicarse si era posible con la población, en este caso con la mongola, que era la primera vez que la veía, y tan numerosa, pero más que nada experimentar esos extremos climáticos que prácticamente desconocía. Los dos le causaban un escalofrío recóndito cuando, dentro de su ESAL1 las evocaba, e íntimamente se alegraba de que ningún habitante de la tierra, salvo esos grupos nómades aferrados a sus tradiciones, sufrieran tremendas temperaturas después del Gran Escarmiento. Para llegar a su casa en la Ciudad de la Esperanza, en medio del desierto del Chubut, faltaban cuarenta y cinco minutos y veintidós segundos, y el sueño, debido a la monotonía del mar allá abajo, comenzó a invadirlo sin tener que preocuparse por la conducción de su esfera, ya que no era él quien la guiaba, lo hacía automáticamente el PTU (Programa de Tráfico Universal). Se sobresaltó al oír la voz de su padre.  

Este coso tiene las manos frías protestó Miguel Aguirre a través de la pantalla, un anciano en silla de ruedas propulsada, mientras miraba barriendo la pantalla esperando que apareciera la imagen de su hijo. El “coso” con las manos frías era un Robot Asistente Enfermero. 
Hola, papá ―contestó despabilándose y esperando unos instantes hasta que el anciano, un poco desorientado, lo descubrió en su pantalla―. Así que RAE4 tiene las manos frías. Veamos por qué.
Y buscó en el ordenador de a bordo el manual de uso de esos robots. Cuando lo tuvo de cuerpo entero, girando y mostrando todas sus partes en su monitor auxiliar, digitó “temperaturas” y comprobó que su padre tenía razón: sus manos tenían casi diez grados menos que el resto del cuerpo metálico. No tuvo necesidad de exigir la búsqueda del problema, pues el programa que lo controlaba, al activarlo, inmediatamente detectó la anomalía. Era una frecuencia terciaria que decayó abruptamente causando la disminución de la temperatura en esas zonas. Era anormal, leyó Leonardo en la sección manutención y procedimientos, y la causa podría haber sido un golpe externo de considerable magnitud. Había que impostar nuevamente, esta vez del externo, desde su ESAL1, la frecuencia original, ya que su padre no sabía hacerlo desde su casa en tierra firme. 
El “coso”, ¿ha recibido un golpe últimamente? preguntó.   El anciano, mirando hacia un costado no contestó. Parecía que había descubierto una imperfección en el ángulo superior izquierdo de su pantalla. Y trataba de arreglarla fingiendo distracción. 
¡Papá!, RAE4, ¿recibió un golpe, se cayó, o tropezó con algo?  
No respondió débilmente su padre. 
¿Seguro? ―inquirió Leonardo.  
Bueno…, sí rectificó el anciano. 
¡Papa! ¡Don Miguel Aguirre! ¡Sí o no! ―gritó su hijo fingiendo seriedad.
Está bien, está bien. Sí. Recibió un golpe confesó finalmente su padre con resignación.
Lo enternecía y a la vez le causaba gracia esa obstinación por defender su dignidad que ni de viejo lo abandonaba. Lo veía aún, a su lado, llevándolo de la mano, enérgico, utopista y generoso. Lástima que la vejez no le permitió asistir con la plenitud de sus sentidos al estupor por el Gran Escarmiento. ¿Qué hubiera dicho? Seguro que no habría comulgado con aquellos que opinaban que era el merecido castigo divino, ya que las esferas, que de celestiales no tenían nada, cuando terminaron sus feroces tareas se volvieron a perder en el espacio. Lo recordaba diciendo con fiereza que, si resultaba que después de muerto venía a saber que Dios existía, él, como ateo sincero y franco que fue desde que tuvo uso de razón, con el debido respeto por tal majestuosa entidad, no se habría callado la boca, y de frente a Él le habría cantado unas cuantas además de pedirle una explicación por el disparate de la creación. ¡El disparate de la creación! Sólo a su padre se le podían ocurrir tales sentencias. Era reservado y hosco, y en esos pocos e inusuales momentos en los cuales se permitía evocar una intimidad, repetía que amaba todo lo que era a-mable, y desde hacía tiempo se había liberado del sentido de culpa por no saber a quién dar gracias por la vida. 
Bueno, papá, mientras lo arreglo desde acá dígame qué sucedió.
El anciano tardó en responder. 
Le di con el bastón contestó finalmente Miguel Aguirre, después de mirar hacia ambos lados, talvez tratando de que el “coso” no lo escuchara.
¡Ah…! ¿Y por qué se merecía el bastonazo? preguntó su hijo mientras ingresaba datos para la reparación. 
El anciano no respondió. Ahora miraba la base de su pantalla, fijamente.
¡Oh, madre mía! ¡Qué humillación! exclamó de repente con voz lastimera y llevándose las manos a la cara. 
Leonardo dejó por un momento de digitar. Entendía perfectamente aquella humillación, entonces le preguntó si recordaba en qué habían quedado tiempo atrás. El pacto era que, si no lo recordaba ―señal gravísima―, su hijo tendría que abocarse a buscar otra solución más drástica, una clínica donde internarlo, lejos del bienestar de su hogar, obviamente sin su consenso en vez de asignarle un robot enfermero.
Sí, sí. Me acuerdo, pero no deja de ser una humillación. 
¡Papa! ¡Por favor! gritó su hijo, esta vez con enojo verdadero tratando de esconder su pena.
Me… ensucié confesó su padre, pero sin querer, y ese coso, qué no sé cómo hace para saberlo, me quería limpiar, y como es todo de lata, supuse que tendría las manos frías, entonces le di dos bastonazos para que me dejara tranquilo, pero no conseguí nada; me limpió igual, con las manos frías. 
Leonardo contuvo a mala pena un inicio de carcajada y le preguntó si le había hecho notar la baja temperatura, a lo que el padre respondió que sí, y que esas “cuatro latas” le contestó que comprobaba tal disfunción en sí mismo, pero que era necesario asearlo primero, ya que la tarea no presentaba ningún peligro para el paciente, y tan solo luego tratar de resolver su problema electromagnético. 
Tendrá que acostumbrarse a la compañía de RAE4, don Miguel. Está programado para cuidar de usted.  
Sí, sí respondió el anciano con fastidio, lo sé, pero podría ser un poco menos entrometido. Anda siempre detrás mío, como si yo fuera un mocoso a punto de hacer una travesura. Hubiera sido mejor uno…, una de carne y hueso, con temperatura y olores normales, ¿no te parece? Además, desde que está conmigo, no hace otra cosa que contradecir todo lo que le digo. 
Leonardo volvió a sonreír mientras terminaba la reparación. Las contradicciones a las que se refería su padre eran las correcciones resultantes de la investigación de RAE4. Éste, luego de escuchar a su paciente e informarse inmediatamente sobre el tema tratado en los archivos universales, le presentaba los hechos históricos resumidos, tal y cual como nos habían llegado. La Historia era una de las pasiones de don Miguel, pero últimamente su memoria comenzaba a fallar. Con toda seguridad él, profesor austero de esa materia durante toda su vida, se habría propuesto “civilizar” a esas cuatro latas, pero confundía fechas y personajes, y de ahí el fastidio por verse corregido.  
Papá, RAE4 lo único que hace cuando usted le comenta algo, es informarse inmediatamente para enriquecer sus conocimientos y poder mantener un diálogo, importante en estos casos tan humanos como es velar por usted. Es un robot inteligente. Él se aprende de memoria en unos segundos lo que a usted le llevó años, y se lo presenta sin el ánimo de ofenderlo, sólo para tenerlo actualizado y continuar a dialogar sobre lo que a usted le gusta, en este caso la Historia.

Leonardo alcanzó a ver el gesto de desprecio por algo que consideraba imposible, y su esfuerzo para no llegar a un acceso de ira como le sucedía en sus años de enseñante. Todavía la vejez no había dañado la facultad de poder controlar sus impulsos y esto era prometedor. Estaba sobre una silla de ruedas, pero con sus facultades mentales casi intactas. Así y todo, rezongó diciendo con desdén «qué puede saber ese montón de lata. Hubiera sido mejor una de carne y hueso»
Estoy de acuerdo con usted que una mujer hubiera sido lo más apropiado respondió su hijo, pero recuerde que las enfermeras cada vez son más escasas. Será una profesión que desaparecerá en favor de los RAE, ya que, en vez de trabajar durante ocho horas para cuidar una persona, prefieren hacer cuatro y ganar casi el doble en las fábricas de ESAL, o en las demás que producen todo lo humanamente necesario, desde alfileres, teléfonos, televisores, cocinas, generadores eléctricos, hasta tubos de gran diámetro para la conducción de líquidos, y todo esto realizado a partir de los elementos más abundantes sobre la Tierra: el Hidrógeno, el Oxígeno y el Silicio.  
Su padre adoptó un gesto de fastidio. Sacudió su cabeza y contestó «cómo era posible que las mujeres hicieran trabajos de varones y encima que ganaran más». Leonardo comenzó a explicarle los motivos, pero don Miguel lo interrumpió diciéndole con fastidio que ya se lo había dicho, que se acordaba muy bien, que no era necesario que se lo repitiera otra vez, que todavía su memoria le funcionaba.

Cuando terminó de ingresar datos, su hijo, mirando el aparente inmóvil mar allá abajo se preguntó que pensaría su padre si estuviera más al tanto de lo sucedido. Desde hacía años no le interesaban las noticias de la actualidad. Sólo la lectura de sus queridos clásicos y los contemporáneos que prácticamente devoraba. La magnética narración de la insensatez y arrogancia humana, repetía refiriéndose a la Historia, pero continuaba a leer.

En tanto el mundo había cambiado de manera abrupta y trágica, pagando un altísimo precio en vidas humanas, especialmente Estados Unidos. Sin embargo, después de aquel trauma que bien podría definirse cósmico, las mismas esferas dejaron (el verbo donar sería incongruente luego de lo que habían hecho) esa nueva tecnología que convulsionó todo lo conocido sobre ciencias positivas, producción, transporte, vivienda, medicina, energía. Al cabo de unos años resultó ser que era un mundo casi perfecto, con el hambre derrotada, un sistema de prevención y salud en constante avance y mano de obra ocupada casi al cien por ciento en todo el planeta, con transportes no contaminantes y veloces como podían serlo esas esferas que se comenzaron a fabricar en primer lugar, transformando en objetos obsoletos carreteras, trenes, transatlánticos, aviones y sus colaterales estructuras. Los centros de producción eran independientes, específicos y desparramados equitativamente sobre todo el planeta, eligiendo los países menos desarrollados al principio, cuyas direcciones estaban disponibles a cualquier ciudadano mundial con probados conocimientos científicos o técnicos y de organización empresarial. El boom económico explotó con esas innumerables fábricas que habían recibido un sistema de producción jamás visto, veloz, seguro y, sobre todo, gratis, que abarataba considerablemente el producto final. Los primeros centros de producción fueron obligados por el Consejos Mundial de Control a fabricar, antes que nada, esferas de transporte para conectar las cada vez más numerosas fábricas, y luego generadores de electricidad que solo usaban como combustible la luz diurna, las increíbles piñas helicoidales que en menos de diez metros cúbicos generaban potencia para alimentar desde una casa hasta una ciudad de diez mil habitantes. El objetivo principal y más acuciante era disminuir gradualmente el uso de las fuentes de energía contaminantes que estaban llevando a la debacle el planeta. Las empresas creadas actuaban a discreción de los dirigentes que habían sido seleccionados para su gestión, teniendo como objetivo como cualquier otra empresa independiente y capitalista la excelencia del producto y sus consiguientes beneficios, pero debían seguir las directivas del CMC con respecto a la estrategia mundial y al destino de los excedentes de los ingentes beneficios. Este CMC estaba presente telemáticamente en la creación de cada empresa desde el inicio y era inseparable de ella, y su dirección universal fue confiada a tres personajes de probada idoneidad cívica de cada país del planeta. Dentro de sus tantas tareas estaba el controlar que no se formaran corporaciones o monopolios que desvirtuaran sus fines filantrópicos, y que los excedentes se destinaran al bienestar social, primero al territorio y sus habitantes en donde estaba la fábrica, y luego asistir a aquellas regiones con sus centros de producción que por diversos motivos no lograban conseguir un resultado óptimo. Era casi un mundo perfecto, sin miserias, sin hambre, sin guerras.  Sin embargo, Leonardo evocó aquel trágico tres de abril del dos mil veintiséis cuando todo comenzó de repente, a las primeras horas de la madrugada, en la costa occidental de los Estados Unidos. 
La noticia se expandió casi al instante a través de la red. Se saturaron las líneas telefónicas que llamaban para alertar de lo que estaba sucediendo, para que encendieran la televisión aquellos que dormían. Los insomnes o noctámbulos vieron que el programa preferido se interrumpía para dar lugar a escenas que, al principio, se creyó que eran una de las tantas bromas que colgaban en la red. Los incrédulos cambiaban de canal, pero volvían a encontrarse con las mismas imágenes. 
Fue el cuadragésimo sesto presidente americano en bata y pantuflas con su esposas e hijos que para la incredulidad de millones se pudo ver por televisión, arrastrados por su guardia de seguridad hacia el refugio subterráneo, porque también una de esas esferas flotaba muy cerca de la Casa Blanca.
Pareció que don Miguel había seguido sus pensamientos, y que no era del todo cierto de que no estaba informado sobre lo sucedido como lo creía, porque de repente dijo, 
Los yanquis se merecían que exterminaran todas sus fuerzas armadas.  
Leonardo tardó en responder porque nunca estuvo de acuerdo con la visión maniquea de la política mundial de su padre. 
―Lamentablemente sólo a Estados Unidos le tocó sufrir el exterminio de instalaciones y hombres por haber sido los primeros en responder, como la lógica aconsejaba, a una amenaza desconocida, si bien no ponderada en toda su magnitud y seguramente tomada por el desconcierto del momento, ya que flotaba una de esas esferas sobre la Casa Blanca respondió su hijo recordando todavía con un estremecimiento aquellas jornadas vistas en directa televisiva. 

La totalidad de los demás países, también con estáticas y amenazantes esferas sobre los centros de poder político y militar, viendo la invulnerabilidad que poseían y la destrucción que causaban sin recibir daño alguno, no solo en territorio americano, sino también en ultramar, o en bases militares de países aliados, decidieron acatar las obvias órdenes de rendición y desarme incondicional que incomprensiblemente solo ellos podían escuchar. Al cambiar de canal era desconcertante encontrar a presidentes, primer ministros, jeques, tiranos y reyes con sus consejeros tratando de negociar una paz que no fuera tan humillante, dentro de bunker o salas de reuniones, repletos de gente agitada, como si una cámara estuviera presente y los siguiera por doquier sin importar los inevitables controles de seguridad o cambio de ambientes. Ellos también se daban cuenta de que estaban siendo registrados, ya que en los infaltables televisores de información permanente podían ver sus imágenes. Llenos de estupor y con el temor en sus rostros, y luego de hacer cálculos de posición angular en el aire de acuerdo a lo que veían en los televisores, señalaban el punto donde supuestamente estaba la cámara espía e misteriosamente invisible. Acercaban sus cabezas, y a veces tan próximas al objetivo que quedaban fuera de foco, o simplemente tomaban un solo color o causaban veloces rayas de interferencia. Se veía que alargaban la mano y atravesaban el posible volumen de la misteriosa cámara, sin interrumpir la información visiva y auditiva de las órdenes, contra órdenes y consejos que todo ese grupo de personas atemorizadas daban y recibían. Y fue evidente que oían algo, ya que, de repente, se detenían, quedaban en silencio, se miraban entre ellos y buscaban la fuente de esa voz que sólo ellos escuchaban, no así los televidentes. Al poco tiempo, a través de la red, se supo que por los movimientos de los labios los dirigentes repetían con asombro: ¿que hemos llegado a un punto sin retorno? Esa era la frase, o una parte de un discurso mayor que los televidentes mundiales no podían oír.

Lo que había puesto en marcha la urgencia de los demás gobiernos para llegar a un acuerdo, no era la inevitable destrucción de todo su poderío militar si se negaban, sino que tampoco ellos estaban al seguro en sus refugios, ya que habían visto en unos de los canales mundiales más populares al presidente de los Estados Unidos, en su refugio anti atómico, rodeado de secretarios, su esposa e hijos, militares, los servicios secretos y personal administrativo. ¿Cómo era posible que esas reuniones tan secretas antes y ahora tan ajetreadas y desordenadas podían verse libremente?  El caos reinaba, las comunicaciones se sobreponían, todos opinaban, el presidente pedía calma. En uno de los tantos televisores se podía ver a esa esfera que continuaba a descargar sobre el asfalto de la ciudad continuos arcos voltaicos, como si estuviera cargando o talvez descargando una desconocida energía, a pocos centenares de metros de la casa de gobierno, esfera iluminada por los potentes faros de los helicópteros que habían llegado prontamente y ahora la circundaban, seguramente ordenándole que se retirara inmediatamente y que abrirían el fuego. No fueron más que unos pocos minutos, no más de dos, desde el momento de la carrera del presidente con su familia por estrechos pasillos, prácticamente arrastrados por la guardia hasta el refugio y lo que sucedió después, cuando por lo visto el presidente ordenó repeler la amenaza. Luego de unos segundos se oyó, esta vez sí, el rugir de toda una escuadrilla de cazas bombarderos que se dirigían hacia el peligroso intruso y que sin duda ya habían decolado antes de sus bases.
Luego comenzó el inesperado terror dentro del caos. Cuando el general que había recibido la orden del presidente de atacar levantó el micrófono y dijo no más de una palabra, muy cerca de él se formó de repente una especie de nube, al inicio difusa pero que velozmente tomó la consistencia de vapor espeso, hasta transformarse en una esfera líquida que inmediatamente envolvió la cabeza del general. Este, luego de la sorpresa inicial, comenzó desesperadamente a tratar de sacarse de encima ese líquido que lo sofocaba, pero por más que lo intentara, el agua o lo que fuera, luego de mostrar surcos debido a los manotazos, volvía a ser una esfera elástica y asfixiante. Al cabo de unos segundos el general cayó exánime, aun manoteando, de frente al estupor e impotencia de los presentes que continuaban a tratar de despegar ese líquido, mientras que en las pantallas momentáneamente  ignoradas por ese drama se pudo ver cómo los cazas bombarderos eran neutralizados por varios de esos arcos voltaicos que otra esfera oculta disparó. Los cazas pasaron sobre Washington, en línea descendente, con las turbinas apagadas. Alguien se acercó diligente al general con un tubo de oxígeno y su máscara, pero era imposible abrir una brecha hacia boca y nariz en esa especie de agua que volvía a tomar obstinadamente su volumen esférico. Los hijos del presidente se apretujaban aterrorizados a su madre, la guardia de cuerpo rodeaba a su comandante máximo con las armas listas, mirando hacia todas las direcciones sin ver nada; sudaban, estaban tensos, retrocedían hacia una pared con su protegido en el medio. Esperaban una nueva nube. Alguien le pasó el tubo de oxígeno y su máscara que no sirvió para el general, e inmediatamente el presidente fue obligado a ponérselo por precaución. Luego llegaron más de esos equipos de respiración, pero no siendo suficientes para todos, se dio la prioridad a la esposa e hijos, luego a todas las mujeres presentes, y al final a los miembros presentes del gabinete. Quedaron varios civiles y militares sin ellos y se vieron sus gestos resignados. Era tragicómico, y con seguridad más de un televidente habrá reído al ver a todo ese grupo dirigente del país más poderoso del planeta con esas máscaras y tubos transportados con incomodidad y que no les permitía hablar con libertad.

Luego comenzó la atroz represalia, sobre todo el territorio americano y en los diversos países aliados que acogían su presencia armada, al mismo tiempo y en directa. Los edificios eran los que más tardaban en ser destruídos. Al mismo tiempo que repelían las defensas haciendo estallar armas ligeras, cañones o lanza misil que dejaban fuera de combate a sus sirvientes en el mismo momento en que de sus bocas de fuego salían los proyectiles, otros rayos voltaicos penetraban en las paredes de cemento en busca de la estructura de metal. Luego venía el inevitable derrumbe. Algunos edificios, por inercia, quedaban en pie, pero bastaba un nuevo golpe luminoso para que se desplomara dentro de una nube de polvo y griterío infernal. Las esferas podían disparar innumerables y contemporáneos arcos voltaicos a partir de su superficie, mientras otro de mayor diámetro estaba continuamente conectado al terreno, de un color anaranjado claro, distinto al blanco enceguecedor de los ofensivos. Deformaban todo metal instantáneamente, por eso reventaban los cañones de las armas. Los super cazas bombarderos de altura alcanzados no respondían a los comandos por tal motivo, y se precipitaban sin remedio. Los portaviones y demás naves de guerra detenían su marcha en medio de explosiones puntuales dentro de sus interiores y quedaban a la deriva. Algunas se incendiaban y explotaban.  Cualquier objeto o persona que portara un arma o metal en las manos, era alcanzado con precisión espantosa. 
¿También Cuba se rindió? preguntó incrédulo y con cierta pena Miguel. 
Sí. También Cuba, papá contestó Leonardo.

Continuó a mirarlo porque daba la impresión de que caería en esos estados de extravío que cada tanto sufría, ya que observaba un punto en lo alto mientras balanceaba su cabeza. Detrás de él alcanzó a ver RAE4 que pasaba con algo en la mano. Entonces le preguntó qué estaba haciendo el robot. Miguel volvió en sí, miró hacia un costado y le respondió que estaba preparando la comida, pues le había dicho que no comería otra vez sopa, que quería comer pescado y que por lo visto le obedeció porque sentía el olor. Luego, como si se avergonzara, le preguntó a su hijo si esas esferas no habrían sido mandadas por un dios iracundo. Leonardo le contestó que no lo creía, ya que eran esferas de metal, bien visibles, con la increíble capacidad de cambiar de diámetro según la necesidad y con una propulsión desconocida, velocísimas para trasladarse desde un punto al otro y cambiar de rumbo casi al instante, como si desconocieran la ley de la inercia en los cuerpos, que atacaban y se defendían emitiendo innumerables, instantáneos y potentes arcos voltaicos y que la creencia, aceptada por gran parte de creyentes, de que era un castigo divino, provenía de que jamás se vio figura humana o algo parecido que las guiara. Alguien, o algo se comunicaba con grupos predeterminados sin que los oyeran otros, con voz inteligible, en ciertas ocasiones entrometiéndose en los circuitos elegidos, y en otras, inexplicablemente, sin necesidad de las frecuencias en uso, como si salieran de un altoparlante desconocido y potente, en todos los idiomas, llegando a cualquier lugar por más recóndito que estuviera.
―¿De dónde habrán salido…, y con tanto poder? ―exclamó su padre― y, para colmo, preocupados por nuestro futuro.
―Todavía es un misterio ―respondió su hijo―, pero han dejado una impresión fortísima, un desconcierto y un terror inaudito que no podrá ser cancelado en las futuras generaciones, tanto en ateos como en creyentes. Ha sido tan traumática la experiencia que no es posible que tal evento no haya influido en nuestro sistema evolutivo. Fue espeluznante y se habrá grabado en nosotros, como los horrores del nazismo y fascismo. Ciento de miles de militares y civiles americanos muertos; instalaciones, naves, aviones, fábricas de armas pulverizadas, al mismo tiempo y en poco menos de un día… en directa televisiva, para todo el mundo. Y aquellos grupos armados que en distintos países continuaban a enfrentarse a los gobiernos, fueron ubicados con precisión inaudita, uno por uno y eliminados. Pocos depusieron las armas y salvaron la vida al comprobar que era imposible esconderse sin saber que eran perseguidos y eliminados por el solo hecho de poseer un arma. Y lo mismo sucedió con todas las organizaciones criminales. Era suficiente que una de esas esferas individuara a un posible sospechoso, lo inmovilizara y le sonsacara toda la información luego de que la víctima quedara como rígida, sin voluntad, debajo de un extraño haz de luz. No duraba más de un minuto ese ―si así se podría denominar― tipo de interrogación, y con la información obtenida de esa manera, partían raudos en busca de los nuevos personajes, o instalaciones reveladas por el desafortunado e inconsciente delator, y todo en directa televisiva, a través de los canales privados o no, dentro de los cuales se introducían interrumpiendo programas sin encontrar resistencias. Fuimos testigos de una matanza y destrucción sobrecogedora.
                                                   Amigas  Fin

Durante el viaje Ugachín llamó al grupo que desde varios días controlaba los movimientos en la casa de Javier, al mando de Giménez. Hasta ese momento sólo los cuatro objetivos entraban y salían, informó. No había otros.

“Dentro de una hora y quince minutos estaremos allí. Comienza el baile” –volvió a repetir Ugachín.

Luisa y Telma estaban a mitad de camino, y desde que habían salido se mantenían en silencio. Al improviso Luisa detuvo el auto, y sin mirar a su amiga le dijo que no quería ir, que no se sentía bien y además... que tenía miedo.

—¿Miedo a qué? –preguntó Telma.

—No lo sé.

Telma no respondió porque también ella tenía un extraño presentimiento debido a lo que podía hacer Luis después del rechazo de su amiga. No era un buen domingo con dos impredecibles personajes ofendidos. Tal vez ese sicopático también había invitado a almorzar a Luis, para hacer de mediador, o vaya a saber qué.

—Entonces volvamos –comentó Telma. Pero antes avisá a tu madre.

Luisa la llamó, y cuando su madre quiso saber el por qué, le relató lo sucedido con Luis.

—Te entiendo, chiquita –respondió su madre y tuvo que darle el teléfono a su marido que había escuchado todo.

—¡Cómo es que no venis! ¡Ya está todo preparado! ¡Tendrías que haberme avisado antes! –vociferó su padre.

Luisa volvió a relatar lo sucedido con Luis.

—¡Ese mujeriego de mierda! –respondió su padre, con el rostro inflamado.

Su esposa tuvo un sobresalto, por la revelación, pero sobre todo por el estado anímico de su marido. Le hizo recordar lo sucedido en el auto cuando volvían de la casa de su hija.

Luisa se quedó en silencio luego de escucharlo, incrédula. Cuantas cosas que no sabía.

—¿Mujeriego? ¿y usted, cómo lo sabe? –preguntó Luisa, cerrando otra vez los ojos para no oír.

—¡No me hagas caso! Es el momento de rabia. Ya había preparado todo, y ahora resulta que no venís. Luis es un cabeza fresca, pero es un buen marido. ¿Y adónde van ahora?

—Volvemos a casa –respondió Luisa, todavía con los ojos cerrados.

—Bueno, y no salgan. Dentro de una hora estoy ahí. Quiero hablar seriamente con vos –ordenó su padre.

—¿Qué quiere ese... tu padre? –preguntó Telma, luego que Luisa hubo cortado.

—Que volvamos y lo esperemos. Quiere hablar conmigo... muy seriamente.

—¿Y vos lo vas a esperar, como una nena obediente? ¡Pero quién se cree que es! Vos hacé lo que quieras, pero yo me voy a la casa de Javier.

Luisa recordó que Telma le decía que era todavía una nena, que no había crecido todavía, que continuaba a depender de su padre, que le tenía un miedo irracional. También recordó los consejos de su madre: ... “pero cuando tengas que elegir, seguí tu instinto”.

—Te acompaño –le dijo, siguiendo su instinto. Dio la vuelta en redondo y se dirigieron a la casa de Javier.

De a poco fueron recuperando el diálogo, sobre todo por la curiosidad de Luisa por saber cómo sería esa danza con Javier disfrazado de turco, ¡y con una espada!

—No será con una espada de verdad –comentó Luisa continuando a pensar en su padre.

—¡Cómo pensás que salga a escena con una espada de verdad!, Luisa. ¡Por favor! –respondió Telma incrédula.





Cuando llegaron a la cuadra de Javier presenciaron una escena que comenzaba a verse con mayor frecuencia. Un grupo de soldados y civiles armados rodeaban un auto y sus dos ocupantes, pertenecientes al comando de Ugachín, que con las manos sobre el techo del vehículo y las piernas separadas no dejaban de insultar. La falta de coordinación de esos grupos que no se conocían entre ellos y actuaban independientemente, dio lugar a que casi se dispararan mutuamente. Estaban controlando los documentos, y luego de llamadas de teléfono, con códigos y contra-códigos, todo se había resuelto. Fue por eso que Giménez y su camarada no vieron entrar el auto con el cuñado del coronel, a quién Javier también había invitado para darle una sorpresa a su amiga, y segundos después el auto con Luisa y Telma que estacionaron detrás de la casa, al lado del auto del tío, frente a la puerta de la cocina.

Después de la sorpresa de Luisa al encontrar a su tío y escuchar en qué manera había conocido a Javier, éste había apagado todas las luces, menos una lámpara al costado de los sillones donde sentados esperaban el espectáculo los cuatro amigos de Javier y las recién llegadas. Les había explicado que él entraría con el torso desnudo, turbante y una espada, dando saltos de danza, de frente a ellos, pero la realidad era que entraría a las espaldas de ellos, para un mayor efecto, saliendo de una habitación, cuya puerta daba al espacio entre los sillones y la cocina. El volumen de la música estaba al máximo, y la puerta de la cocina, por supuesto, sin llave.

Ugachín sentía esa música  insoportable cuando entró violentamente, en el preciso momento en que Javier, saltando y girando en el aire, pasó delante de él con un “machete” en la mano, y Ugachín, por instinto, disparó. Pocas veces erraba el blanco con tiro al móvil. Javier cayó sin entender lo que sucedía, y ya en el piso, con los ojos muy abiertos por el asombro, manoteó algo invisible delante de él, la vida que se le iba, y comenzó a decir cosas tan solo comprensibles para él mientras se apagaba. Luisa, Telma y los otros comenzaron a gritar mientras eran rodeados.

Ugachín mirando ese cuerpo delgado, sangrante y que todavía temblaba exclamó “¡La puta madre!, para qué mierda le servía un “machete” de plástico”. Su coronel le había ordenado de transportarlos vivos al Centro Dos, pero ahora había un muerto, y seis testigos. No lo pensó dos veces. Se plantó delante de ellos y volvió a disparar, él solo, mientras sus subordinados miraban, pestañeando por los estampidos a metralla.

El instinto de Telma fue abrazar a su Luisa, cubrirla con su cuerpo, con los ojos cerrados, tratando ingenuamente que no viera ni escuchara los disparos. Fue en vano. No llegó a tiempo. Se desplomó arrastrando a su amiga, que en su caída quedó de espaldas al suelo y ella en cuclillas.

―¡Telma! ―susurró Luisa con los ojos abiertos y llenos de terror aferrándose a sus vestidos, ¡No me abandones!, ¡está todo oscuro! ¡No te veo!, ¡Telma! 

Telma quizo decirle que no tuviera miedo, que ella estaba a su lado, que se dejara llevar por el sueño, que si no la veía era porque tenía los ojos cerrados, y que no los abriera porque no era un mundo para ella, pero nada salió de su boca. El frío comenzó a invadirlas de a poco y a borrar todas las angustias y dolores.

Cuando Ugachín terminó, entre el humo de su arma y los últimos gemidos, le preguntó por teléfono a Giménez, que continuaba afuera, “cómo mierda era que había siete, en vez de cuatro”. Giménez no supo dar una respuesta.

—¡Acá jamás hubo siete! ¿Escucharon bien? –ordenó Ugachín a los suyos, que sin emoción alguna habían visto cómo caían esos cuerpos. Eran cuatro. ¿Entendido? ¡Los documentos! Sáquenle los documentos –y miró con mayor atención a Luisa. ¿Dónde había visto esa cara?

Revisó en las dos carteras hasta que dio con los documentos de Luisa.

—¡La puta madre! ¡Qué mierda hicimos! ¿De dónde carajo salió esta pelotuda? –exclamó al reconocer la hija de su coronel.

—De estos tenemos que encargarnos nosotros, sólo vos y yo, Negro. ¿Me entendés? No pueden ir al Centro Dos –y le mostró el documento a su subalterno.

―¿La conocés? ―preguntó Ugachín.

―¿Y quién mierda es? ―preguntó el Negro empuñando su arma que apuntaba el techo.

― ¡Mejor así! ―respondió su superior.

—Afuera ya hay periodistas mi sargento –le comunicó un soldado que venía de la calle.

—No dejen entrar a nadie... Y prohíban las fotografías... Comuniquen que ha habido un enfrentamiento a fuego con... cuatro subversivos. Y que estén atento a lo que escriben si quieren todavía seguir laburando. ¡Hagan entrar la camioneta! –ordenó gritando.

Los siete cuerpos fueron cubiertos con un plástico negro que tapaban a los que ya no veían. Viajaron por tres horas, en busca de un descampado, bien lejos de la ciudad.



El padre de Luisa, todavía recordando las recomendaciones de su esposa de que se comportara con sensatez, golpeó la puerta del departamento de Telma. Varias veces. Sólo sintió el débil maullido de Chicha, que en ese momento se refregaba en la pared, de ida y de vuelta. Luego de algunos instantes,  comprobando que nadie abriría esa puerta por la cual estaba acostumbrada a ver entrar  su ama, se fue a refregar en la maceta con el limonero. La ventana continuaba a estar abierta, con sus cortinas inmóviles.



A la noche, después de calmar a su esposa por la falta de noticias de Luisa, diciéndole que ya llamaría, el coronel retirado fue hasta el viejo taller.



Ugachín olía a vino, pero esto no le impedía mostrarse satisfecho. Apenas habían terminado de lavar la camioneta y lo saludó velozmente.

—Como lo esperaba mi coronel, opusieron resistencia, y tuvimos que responder al fuego.

Fue una sorpresa para el coronel, porque estaba seguro de que Javier  jamás había visto un arma. Ese maricón, con sus manitos delicadas, no podía empuñar un arma. ¿Qué se estaba inventado Ugachín? ¿Qué estaba sucediendo?  Tal vez sus amigos, sí. ¡Pero si eran todos danzarines!

—¿Cuántos eran? –preguntó confundido el coronel.

Ugachín mostró asombro por la pregunta.

—¡Los que estaban en la foto, mi coronel! Cuatro sujetos.

—¿Y ofrecieron resistencia?

—Sí mi coronel. No se esperaban que entráramos por la puerta de atrás. Estaban reunidos en el medio del comedor. El factor sorpresa fue determinante, pero uno de ellos sacó un arma... y no tuvimos más remedio que disparar.

—¿Cuál de ellos tenía un arma? –preguntó el coronel.

Ugachín sacó de su bolsillo la foto y sin titubear le mostró uno. No era Javier.

—¿Hay sobrevivientes?

—Ninguno mi coronel.

—O sea que no fueron a parar al Centro Dos.

—Correcto mi coronel.

—¿Y dónde están?

Ugachín no respondió inmediatamente mientras lo miraba a los ojos.

—Le recuerdo mi coronel que en estos casos... especiales, puedo negarme a darle mayor información. Estoy autorizado. Es mejor que no lo sepa. Me asumo la total responsabilidad. Estoy en deuda con usted. Se jugó entero por mi ascenso, y eso no lo olvidaré, además, el día de mañana, quién sabe, si tuviera que responder frente a cualquier tribunal, usted puede decir que sus órdenes no se cumplieron. Hoy, al frente están las fuerzas armadas, pero como me lo ha enseñado usted, mañana, sin falta, llegará esa... “prostituta ingenua de la democracia” –y rio al repetir esa frase.

—¿Y su gente?

—Todos “indenes” mi coronel.

Cuando llegó a su casa encontró a su esposa que recién había terminado de hablar con un doctor. Luis estaba en el hospital, con una herida de bala, e inmediatamente le preguntó si sabía algo de Luisa.

—¡Qué sé yo dónde puede andar Luisa! Ya no es una niña. Tiene su vida privada, tiene una... amiga. Andarán por ahí. ¡Lo único que falta es que tenga que preocuparme por ella! Además, no es que haya pasado una semana sin saber nada de ella.  Ya volverá. Verás que mañana estará en su casa. Y a ese mujeriego, ¿qué le pasó? –preguntó el coronel.

Fueron los dos a visitarlo. Tenía un profundo raspón en el lado derecho de la cabeza, arriba de su oreja. Todavía estaba inconsciente. Sus padres no sabían todavía lo que había sucedido. Pero el coronel estaba seguro de  que ese donjuán no había tenido los huevos suficientes para suicidarse. Al último momento le tembló la mano, y el tiro le salió para arriba. De cualquier manera Luisa se había perdido el marido justo, porque uno que se dispara por despecho no se encuentra todos los días.

El Lunes su esposa hizo la denuncia por la desaparición de su hija en la comisaría de su sección. El agente que le tomó declaración tuvo un momento de desconcierto cuando ella le respondió que el oficio de su marido era “militar“

—¿Militar? preguntó el policía.

—Sí. Coronel –contestó ella.

Antes de darle la copia correspondiente a ella, el agente se la presentó al comisario. Este la leyó, miró a la mujer, luego a su subordinado e hizo un gesto de impotencia.

¿Qué podía hacer un comisario de parroquia si el gobierno central había nombrado como jefe de la policía a un general en actividad? El marido de esa señora seguramente  podría saber mucho más que una comisaría de barrio. Y se lo dijo con otras palabras.

Al anochecer, junto a su esposa, fueron hasta el departamento de su hija. El portero, después de saber quiénes eran, accedió a franquearles la puerta.  Chicha por fin veía a alguien, y comenzó a interponerse a los pasos de la madre de Luisa y a pedir comida. Luego se refregó en la maceta del limonero.

Al día siguiente, de frente a la desesperación de su esposa, recordó las palabras de Ugachín: “mejor que no lo sepa. Me asumo la total responsabilidad” y también su gratitud hacia su superior por haber insistido para que ascendiera a Suboficial Mayor.

 “Eso no lo olvidaré jamás mi coronel”.

Debido a que la lucha antisubversiva se hizo cada vez más virulenta, el grupo que comandaba el coronel fue disuelto y absorbido por un comando central, con militares en actividad, pero con su fiel Ugachín el coronel continuó a mantener relaciones. Lo invitaba a almorzar el último domingo del mes. El Suboficial Mayor Ugachín, cuando su superior abría la puerta, lo saludaba militarmente.

Comían en silencio, junto a la madre de Luisa, que no decía una palabra. Sólo se limitaba a agradecer los elogios de Ugachín por su carne al horno.

El coronel cada tanto observaba la mal disimulada voracidad y gusto con los cuales comía su ex-subalterno y la silenciosa resignación de su esposa, que además de no saber de su hija, últimamente tampoco sabía nada de su hermano.  Todas las noches la sentía llorar, y por ese motivo decidió de dormir en una habitación separada. A la total y absoluta falta de noticias de su hija y de su cuñado y al dolor de su esposa se estaba acostumbrando.

Los eventos azarosos, como le enseñaron sus manuales de estrategia, se habían presentado inesperadamente rompiendo sus previsiones, creando desconocidas situaciones. Era necesario adoptar otra táctica, pero ya no tenía ningún poder sobre los que podían cambiar la realidad. Por eso invitaba a su ex-subalterno a cenar, para que comprobara con sus propios ojos el estado anímico de su esposa.

Estaba seguro de que Ugachín sabía más de lo que decía saber. 

Por eso continuó a invitarlo hasta que Ugachín un día le dijo que no podía ir porque “trabajaba” hasta los domingos, entonces llamó a Gutiérrez y Rodríguez, los ayudantes de Ugachín, pero estos le comunicaron respetuosamente que tampoco ellos podían ir.

Por eso todos los lunes se plantaba frente a la casa de su subalterno, y lo esperaba pacientemente. Cuando salía lo enfrentaba y le preguntaba si no tenía nada que decirle.

Un lunes de esos, luego de escuchar la misma y angustiosa pregunta, Ugachín, antes de subirse al sedán negro que lo esperaba en la puerta de su casa con otros cuatros, cerró no sin cierto fastidio la puerta ya abierta. Se alejó unos metros con su coronel detrás. Una vez por todas tenía que poner en su lugar a ese coronel sin huevos que sólo servía para inventarse estrategias y mover soldaditos de plomo sobre un mapa, y si había llegado a suboficial mayor era sobre todo porque se lo merecía por sus aptitudes. Estaría eternamente agradecido por la recomendación de parte de su coronel pero ya comenzaba a ser un pesado.

―Mi coronel, con todo el respeto que se merece de parte mía y con la admiración que mantendré siempre por usted, espero que esta pregunta... obsesiva, no querrá decir que usted sospecha que yo y mi grupo tengamos algo que ver con la desaparición de su hija... y también con la de su cuñado.

―!Suboficial Mayor Ugachín! ―gritó el coronel, sin conseguir que su subalterno se cuadrara frente a él. Luego, y casi suplicando agregó: Por favor, Ugachín, sólo quiero saber algo sobre mi Luisa. Más que nada por su madre.

―Mi coronel, le repito lo que le dije en anteriores encuentros: yo no sé nada sobre su hija. Eran los cuatro de la foto. Y tampoco sabrá dónde los tiramos. Para su seguridad mi coronel. Estoy seguro de que me lo agradecerá, mi coronel, porque aquella prostituta ingenua llegará mi coronel, la democracia llegará. La certeza de que llegará, junto a otras cosas me la ha enseñado usted, mi coronel. Se ha abierto la caja de Candora, mi coronel. ¿Se recuerda de esa historia de los griegos que me contó, mi coronel?

―¿Candora? ―preguntó confundido el coronel. Entonces recordó.

―Pandora, Ugachín, Pandora. La caja de Pandora.

viernes

                                                               Amigas 7




Eran quince minutos que viajaban dentro del auto en silencio, en dirección de su casa. Su esposa miraba fijamente un punto en la base del parabrisas. De repente su marido comenzó casi a gritar.

—¡No es de ella la culpa! Son esos, sus amigos. Es como una moda. Siempre fue una... mentecata. ¡Hacer venir a ese... degenerado...! ¡Justo cuando sabía que estaría yo! ¡Y no la defiendas! –gritó cuando vio que su mujer saldría en defensa de Luisa. ¡No digas nada! ¡Te lo prohíbo!

Su esposa no lo escuchó porque había puesto toda su energía y voluntad para deformar su rostro.

—¡Es increíble! ¿Cómo podés ser tan obtuso? ¿Cómo podés creer que tu hija lo hizo a propósito? ¿No le viste la cara de vergüenza que puso cuando lo vio?

El porte de ese degenerado y la caricia de los cabellos de Luisa por parte de Telma se repetían constantemente en el coronel; desde cuando Javier abrió la puerta; los pasos afeminados que dio, ese abrazo a su hija, los besos a la otra... el quedarse pegado a su esposa, ¡y su esposa que lo abrazaba como si fuera su hijo!, la desfachatez de preguntarle si se recordaba de él, su perfume, su vestido, y otra vez sentir el timbre, verlo nuevamente, ridículamente descompuesto con los brazos como un espantapájaros,  la sorpresa de su hija, los abrazos... Ugachín... ¿se recordará de la frase en código para acudir a la reunión de emergencia? Si estaba borracho seguro que sí, y con otras palabras claves citaría a su vez a todos los demás componentes del grupo de apoyo, un grupo que si el comandante lo creía necesario podía actuar independientemente, sin rendir explicaciones ni obedecer a otro que no fuera él; solamente él era el responsable, exactamente igual como actuaban esos subversivos degenerados y sin Dios: atacar a sorpresa, desaparecer, hacer el mayor daño posible, neutralizarlos de cualquier manera, a ellos y a todo aquel que tuviera contacto con ellos, con cualquier medio, su esposa continuaba a preguntarle si se daba cuenta de lo que había dicho en la reunión, cómo se la había ocurrido preguntar por los padres de Javier, que por favor bajara la velocidad, cosa que no hizo, porque también él como su esposa estaba obstinado en apretar el volante y el acelerador, con un gesto en el rostro aún peor... bajó del auto, abrió la puerta de entrada, luego la puerta del ascensor, luego la de su casa mientras se repetía la frase en código, entraron en silencio a su departamento y el coronel se dirigió directamente a su estudio, en donde abrió la caja fuerte y extrajo su arma reglamentaria, se la colocó detrás, para que su mujer no pudiera verla y le dijo que tenía que salir, que volvería más tarde, ya en la vereda marcó un número en el móvil en dotación, nuevísimo, imposible de rastrear, pero no contestó nadie, volvió a insistir hasta que oyó la voz de Ugachín, que no respondió a la primera llamada porque tuvo que  alejarse de un grupo de amigos para que no lo oyeran y no llegó a tiempo, entonces el coronel dijo la frase en código, y del otro lado, Ugachín respondió “entendido” y añadió la otra palabra en código de confirmación agregando “¿comienza el baile mi coronel?”; “No haga comentarios suboficial mayor, se limite a cumplir las órdenes” respondió él y cortó, irritado por esa falta de concentración de Ugachín, que hablaba cuando no tenía que hablar, y hasta develó su grado en la conversación.

Esperó exactamente cuarenta y cinco minutos, cuando un sedán negro se detuvo en el preciso punto de la vereda en donde esperaba, y subió.



Javier no sabía cómo hacer para sacar a Luisa de su estado de abatimiento, de vergüenza por el comportamiento de su padre. Trataba de explicarle las razones de su visita sabiendo que también estarían su padre y su madre, jurando y re jurando que ya ni se acordaba de lo sucedido. ¡Han pasado diez años Luisa! –le decía. ¡Era un pibe! No es que me lo haya olvidado, ¡pero me parece algo tan lejano!

Además de su amiga, quería saludar a la madre de Luisa, de quien guardaba buenos recuerdos. Nada más. Telma no lo ayudaba en su intento porque fuera como fuera, podría haber venido más tarde, u otro día, o llamar por teléfono primero.

—¿Te dije o no que aparecería en cualquier momento, Luisa?

― ¡Pero justo ahora, Javi! ¡Ha sido una ingenuidad! ―lo reprochó Telma.

Javier parpadeó y miró el piso.

― ¡Basta, Telma! ―intervino Luisa.

Y fueron dejando de lado el mal momento, gracias a la novedad que representaba un bailarín de una compañía de danza moderna. Javier había traído consigo las grabaciones de las últimas representaciones, y Luisa no podía creer que su amigo fuera capaz de hacer esos pasos y esas volteretas.

—Esperá un poco, te hago ver lo que más me gusta –la interrumpió Javier e hizo avanzar el filmado.

En la pantalla de la televisión se alzó lentamente un telón mientras la orquesta atacaba con los primeros compases, graves y lentos. Luisa reconoció a su amigo que con una bailarina iniciaban la danza, y se dio vuelta para mirarlo, para compartir su admiración. Javier le preguntó si le gustaba la sinfonía  mientras terminaba de armar un cigarrillo que dio a Telma, quien continuó a mirar la pantalla dando cada tanto pitadas. Cada vez que Telma fumaba uno de esos “porros” era más divertida que nunca, y Luisa se preguntó por cuanto tiempo Telma podría contener la euforia que le causaba. Ella estaba en el piso, con los pies entrecruzados, como en las lecciones de yoga, apoyando sus espaldas en las piernas de Telma, que estaba sentada junto a Javier. La sinfonía fue aumentando de volumen junto a la coreografía, y de a poco el escenario se fue llenando con los demás bailarines. Luisa había escuchado tantas veces esa sinfonía, pero no recordaba el título, y no tenía ninguna intención de preguntar. Estaban las tres en silencio. Telma alargó la mano, sin dejar de mirar la tv, y colocó el cigarrillo delante de la boca de su amiga. Esta sería la segunda vez que Luisa fumaba, y de la primera recordaba que junto al sueño que le causó también le agarró un ataque de risa, y cuando se despertó, sin saber dónde estaba, Telma, que se había acostado a su lado, con los ojos húmedos, le contó que en el sueño le había pedido... que no la abandonara.

Luisa le dio una pitada, esperando que esa fragilidad suya no volviera a repetirse, que sólo llegaran las ganas de reír, pero de repente sintió las manos de su amiga que le acariciaban el cabello. Parecía que lo hacía acompañando la cadencia, los compases largos de la sinfonía. El humo, el placer, la transportaron a un extraño estado de sensibilidad, dentro del cual, absurdamente sentía estar en un lugar que, de tan, pero tan frágil era imposible que no le sucediera algo doloroso.



Ugachín observaba la foto que su coronel le había pasado, y no hacía ningún esfuerzo para disimular el balanceo de su mano. Todavía no se había recuperado de la borrachera de la noche anterior. Cuando estaba en esas condiciones, a mitad entre la sobriedad y la resaca, era cuando más lucidez demostraba.

El padre de Luisa lo seleccionó como ayudante, sin ninguna razón en especial. Por organigrama debía tener uno, pero ese indio de pura cepa, además de ser un incansable cebador de mate y bebedor empedernido, demostró un inaudito interés por las tácticas de antiguas batallas. No conocía ninguna, pero como se imaginaba que no podían no haber existidas, quería saber cómo se habían desarrollado. Su coronel no dudó en perder tiempo mostrándole los manuales militares y explicarle el desenvolvimiento y resultado de las más famosas. Ugachín escuchaba mientras miraba los esquemas con atención entusiasta, y al final de la explicación de su coronel, siempre decía lo mismo: “La comunicación mi coronel. Una segura y contínua comunicación entre el frente y los mandos reduce al mínimo el riesgo de una derrota. Las unidades deben estar continuamente informadas de cómo va la cosa. ¿Sabe lo que pienso mi coronel? Que con la información precisa y a tiempo, en las próximas guerras la victoria será del comandante más corajudo; sí, porque a igualdad de informaciones y pertrechos, los ejércitos teóricamente no podrían arriesgarse a un encuentro incierto, y es ahí que el jefe con más huevos y fantasía interviene. ¿No le parece mi coronel?

No se equivocaba, reconocía su coronel.

—¿Qué poder de fuego tienen estos individuos? –preguntó Ugachín mirando la foto.

Su coronel, dos días atrás, se había presentado en la unidad central de investigación, recientemente creada, de operatividad autónoma, fuera de la cadena de mandos, que sólo obedecía al comandante en jefe del ejército.  Llevó el nombre de Javier y el lugar en donde se exhibía, con la seguridad de que no habría ningún indicio sobre él, ya que era un personaje público con escasa trascendencia, que no había hecho jamás una declaración de tipo político o social que lo comprometiese, pero si era así, él le inventaría una. A los pocos días, para su sorpresa,  tuvo un informe completo.

Javier y tres compañeros más estaban catalogados como sujetos de escasa peligrosidad: media-media-baja, y esta graduación se debía al hecho de que dentro de sus admiradores había un ideólogo, un profesor universitario, con el cual, a la salida del teatro mantenían prolongadas charlas en el bar adyacente. Nada más. No existían pruebas de que hubiera presenciado las clases, o que perteneciera al círculo que acompañaba a ese profesor. El escueto informe que recibió venía acompañado con fotografías de ese grupo. Leyó los datos de Javier. No había nada que ya no supiera, ni siquiera que fue exceptuado del servicio militar: “No apto”. También había una foto de la casa que actualmente alquilaba junto a los otros tres. A Ugachín le dio las fotos individuales de cada uno, y una en grupo, sin ningún dato, junto a la de la casa, y respondió a su pregunta. 

—Forman parte del grupo ideológico, los que captan adherentes. Generalmente desarmados.

Ugachín observó más de cerca la foto en grupo y comentó como para sí.

—Son todos flacos... parecen... ¡bailarines! Sí, bailarines mi coronel. Seguro que también son maricas. ¿Qué tenemos que hacer con ellos?

El coronel lo miró. Su ayudante todavía olía a alcohol, y en esa condición era más perspicaz que nunca, adivinaba las cosas. El coronel antes de contestarle observó a su alrededor. El galpón en el cual estaban era un viejo taller de reparaciones de autos que su grupo de tareas, informándose de que el último dueño había muerto sin herederos, no tuvo problemas en ocupar sin oposición de nadie. Cizallaron la cadena de la puerta que el juez había dispuesto, y con todos los utensilios y máquinas casi nuevas con las cuales se encontraron, continuaron con las tareas de camuflaje de autos, en su mayoría en la misma condición jurídica del taller, que otros grupos independientes como el suyo traían para cambiarle el color, la sustitución de patentes o simples controles. Había olor a grasa, a kerosene, a solvente.   

—Neutralizarlos y transportarlos al Centro Dos. Ahí sabrán que hacer. Además de los sargentos Giménez y Rodríguez se lleve estos hombres como grupo de apoyo –respondió el coronel dándole una lista.

—¿El día y la hora, mi coronel?

—Será comunicado con dos horas de anticipación. Mientras tanto plante un grupo frente a la casa para controlar los movimientos.

Esto sucedió un viernes a la noche. El sábado a la mañana, por primera vez y para la sorpresa de su esposa, decidió acompañarla al supermercado para hacer las compras. Su esposa, intrigada por esa decisión imprevista, le preguntó el motivo de tal inusual urgencia que se traducía en una impensable paciencia de su marido frente a su indecisión cuando tenía que elegir un producto. El coronel contestó “qué mal había, ya que eran tantos los hombres que acompañaban a sus respectivas esposas. Además, no sabía cómo era un supermercado por dentro”.



Más o menos a esa misma hora Luisa y Telma estaban en un invernadero.

Mientras Luisa, que en vez de elegir flores parecía que se paseaba entre de ellas, Telma quería saber si en el balcón de su departamento podía plantar papas, zanahorias, berenjenas. El encargado dudaba del resultado, pero no lo daba por imposible, siempre y cuando hubiera un extracto ancho y profundo de tierra y bastante sol. “Es necesario tanto espacio; no sé si vale la pena por cuatro o cinco papas o berenjenas, señora” –aconsejó el vendedor. Telma se acordó de Chicha, que por ahí se le ocurría cambiar de baño e ir a ensuciar sus tubérculos y legumbres, entonces le preguntó por una planta de limones. Cuando salieron Luisa le preguntó quién metería en los inviernos dentro del departamento esa tremenda maceta con el limonero, que además también crecería. Telma le respondió que le pediría ayuda al policía del tercero. Luego agregó empujando el carro con su planta “Si vos supieras del amarillo y del olor de los limones, cuando se asoman a los primeros calores, con sus cabecitas rubias y sus azahares”.



El padre de Luisa almorzó ese sábado como siempre, en silencio,  y antes de tomar el café, como si la decisión le hubiera llevado interminables horas de consulta consigo mismo, le dijo a su esposa que  mañana, domingo, invitaría a almorzar a su hija y su amiga, y que si sólo cocinaba verduras o fideos, para él estaba bien. Sólo pretendía un buen vino, que él se encargaría de comprar. Su esposa, para su alegría, andaba de sorpresa en sorpresa.



A esa misma hora Luisa y Telma ya habían terminado de comer unos emparedados veloces, y dentro del auto Luisa le leyó las escuetas informaciones sobre flores y limones. Gimieron y sudaron para descargar el limonero, y a pesar del frío en los pasillos del departamento, tuvieron que desabrigarse porque el esfuerzo para transportar esa pesada maceta las hizo sudar de nuevo. Luisa, obedeciendo al pedido de su amiga, le olfateó las axilas y le dijo que no olían a nada. Todo lo contrario de su Luis. Telma quiso hacer lo mismo, pero en vez de olerla comenzó a hacerle cosquillas, y Luisa tuvo que correr por los corredores para no dejarse alcanzar. Cuando finalmente entraron con sus plantas sonó el teléfono y Luisa contestó. Escuchó, otra vez cerrando los ojos con fuerza, la invitación de su padre por medio de su madre. Miraba la flor que había comprado y tuvo un incomprensible temor al acariciarla, porque según ella, no estaban para ser acariciadas, solo para observarlas, y su padre solamente quería hacerse perdonar. Le dijo que sí, que mañana irían, sin entusiasmo, y su madre no hizo ninguna pregunta por esa resignación que escuchó en su voz.

Luisa, que continuaba a mirar el teléfono mudo, le comunicó la invitación para el domingo a Telma, y ésta, tomada de sorpresa contestó;

—¡Oh, no! Qué quiere ahora ese... sicopático. Yo no voy. Me causa... una especie de miedo tu viejo. Es tan rígido, en los modos corporales quiero decir. Se parece a la estatua de la plaza. Andá vos sola. Yo me voy a la casa de Javier. Me prometió que me haría ver unos pasos de danzas, vestido de turco, ¡y con una espada!

—¡Telma! No hables así de mi padre. No es un sicopático. Vení conmigo. Por favor.



El coronel, antes de levantarse de la mesa, le dijo a su esposa que le recordara a su hija que almorzaban a las doce en punto. Su esposa, aun sabiendo de esa manía de su esposo por la puntualidad le contestó que la llamaría mañana.

Y el domingo la llamó, a eso de las nueve. Luisa, después de oír la recomendación de su madre, le aseguró que sería puntual, todavía con un tono de voz retraído, porque recordaba el encuentro con Javier. Era una ofensa que seguramente su padre jamás olvidaría. Una invitación a almorzar con él era algo inaudito, porque recordaba todavía los días, ¡semanas! en las cuales la ignoraba, o la evitaba, no le dirigía la palabra, como castigo por las pocas travesuras que hacía siendo niña. Además, Telma no tenía ninguna intención de ir. Pero a pesar de todo la acompañaría. Era así: rezongaba, pero jamás la dejaría sola.

Sonó el timbre y Telma fue a abrir.

Era Luis que quería hablar con Luisa.

Telma ni se movió del vano de la porta mientras lo miraba a los ojos, y llamó a su amiga. Luisa, al verlo sintió un cansancio imprevisto, pero le pidió a Telma que la dejara sola con él. Telma fue a buscar un abrigo y su cartera para irse, pero cuando estuvo en la puerta cambió de decisión y volviendo se encerró en el dormitorio: después de todo esa era su casa y Luisa también le pertenecía. Se apoyó con sus espaldas en la pared, al lado de la puerta, y tratando de reprimir las lágrimas se esforzaba para escuchar.

Sentía a Luis hablar con frases concitadas, a veces gemía, a veces se dejaba llevar por el furor, pero volvía inmediatamente al tono inicial, a veces eran susurros que Telma no podía oír. Le pedía que volviera, que no le importaba nada de lo que había hecho ella, que él cambiaría. Luisa continuaba a repetir “que no” “que él no podía comprender” “que era toda culpa de ella por no haber tenido el coraje antes” “que estaba confundida”, “que se fuera” “que la perdonara”.

Después hubo un largo silencio, demasiado largó consideró Telma, imposible en un diálogo. Abrió la puerta despacio, temiendo que los dos continuaran ahí, pero sólo estaba su Luisa, en pie, mirando la puerta que Luis, al irse, dejó abierta.

Telma le acercó su abrigo y la cartera y le dijo que sería hora de salir para llegar en tiempo a la casa de su padre.

—Pero antes tendrías que lavarte esa... carita de nena.

Luisa sonrió y se refregó la nariz húmeda.

La madre de Luisa fue en busca de su marido que en ese momento estaba controlando la pequeña bodega de vinos que tenía. Había encontrado un vino de su agrado, pero cuando su esposa le dijo que Luisa y Telma ya estarían en camino, decidió salir en busca de otra botella. Su esposa le recordó que era domingo, pero el coronel contestó que según él, el supermercado abría en esos días, durante la mañana solamente, y si no era así conocía una bodega y a su dueño.

Cuando estuvo en la vereda llamó a Ugachín, que esta vez no respondió y sólo escuchó la frase en código y contestó con otra.

Ugachín y su grupo, en tres autos abandonaron el viejo taller. “Comienza el baile” comentó en voz alta a sus subordinados.

El coronel se encaminó hacia el supermercado sabiendo que estaba cerrado.

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web