miércoles

                                                                Antropología Fantástica 38
...
Esto que acabo de escribir con tanto esfuerzo, ya no sobre pieles, sino sobre vegetales, masticados y pacientemente transformados en una lámina tan blanca como la leche, es la memoria veraz de lo que sucedió hace veintidós pariciones de hembras.  Talvez algunos recuerdos ―y pido disculpas por tal posibilidad―, se hayan disueltos en mi cabeza como las nubes, que desde hace tiempo son sólo blancas y grises, ya no violetas, premonición de desastres. El mismo blanco y gris de mi barba. Para hacerlo tuve primero que ver cómo lo hacía mi Aluna. Fue duro y humillante aprender de ella. Muy humillante. Y también, para qué negarlo, asombroso, porque comencé a andar de sorpresa en sorpresa.  Ver que la “o” que digo, o grito, es igual de redonda a la que escribo, me dice que los dioses no son tan complicados. ¡Oh, prodigio del Astro Mayor, que para nuestra alegría todos los días vuelves de la negra muerte! También la “u”, que no es otra cosa que la “o” sin el asombro final. La “a” tan pacífica y amable con su estribo invitante. La “i”, una astilla que duele y aclara, como las flechas, y la “e” que ondula como las olas del mar. Los labios dan la forma justa, y si me dejo llevar por ellos son muy fáciles de hacer. No podía ser de otra manera. La ele, la eme, la ene y la ese no me causan ninguna admiración. Todo lo contrario. Además, son difíciles de dibujar. Esas letras son y serán femeninas, no como las otras que se pueden juntar con la erre, que es el sonido que todavía llevamos adentro, como cuando la ciudad era únicamente nuestra. Bruto... bribón... bravo... cretino... crinudo...  grasiento...  gruñón.  Estas eran palabras que nos mantenían siempre alerta. Confieso que a pesar de mis años todavía me trepo a mi atalaya para observar, ya no la ciudad desordenada de ellas, que dicho sea de paso ya no existe más allá de nuestra muralla pues es solo campo, sino la mía. A pesar del cataclismo causado en aquellos tiempos por la irrupción de las hembras, continúa a ser más o menos igual, sólo que las amplias chozas de adobe, piedras, ladrillos, madera y paja (y debo reconocerlo; siempre muy ordenadas y limpias), han reemplazado a nuestras amadas y elementales tiendas de campaña. Y bueno... no es que haya cambiada tanto, porque las obligamos a construir…, mejor dicho, construimos las chozas con nuestras propias manos, respetando el pacto y el antiguo trazado: en ordenados cuadrados. Así se puede ver cómo nace el astro mayor en el inicio de una calle sin que nada lo obstaculice; llega al centro de la plaza de armas para dejar paulatinamente sin sombra una estaca, y muere donde muere la calle, detrás de nuestra muralla. Lo de la estaca se le ocurrió a uno de esos sacerdotes para medir el tiempo. Para nosotros, los guerreros, fue una gran novedad que daba aún más precisión a nuestro andar sobre esta tierra inconmensurable. Nos tuvo ocupados por noches y días enteros dando y escuchando pareceres por tal prodigio: que hasta las sombras tuvieran un significado, jamás lo habíamos sospechado. Fueron tan encendidos los cambios de opiniones que por poco no se llegó a las armas. Sin embargo, a las hembras no les causó ni la más mínima impresión, porque, sin tener que ir a ver cuándo la estaca quedaba sin sombra, sabían que era tiempo de comer. Y lo mismo sucede cuando llega la noche, cuando no hay estaca que valga. Estoy seguro de que comemos siempre en el mismo momento. Los sacerdotes guerreros ya no hablan más de enemigos monstruosos que daban miedo. Y esto me preocupa. Ahora andan diciendo que no hay tantos dioses, sino uno solo, que no es otro que el astro mayor, o sol, según Aluna. Si todos estuvieran de acuerdo no habría nada que temer, pero hay otro grupo que opina lo contrario. Otra vez viejos fantasmas se agolpan en mi cabeza que todavía se niega a bajar la cerviz a pesar de la vejez. Lo único que falta es que nos enfrentemos fraternalmente por la cantidad de dioses que puede haber. Aluna dice que hablan así porque tienen todo el tiempo que quieren, ya que no deben lidiar con hembras e hijos. «¿Si hay uno, o dos, o diez? ¿Cuál es el problema, si las cosas continúan a ser y a estar como siempre han sido y estado?» ―me dice.   Sigue siendo muy soberbia mi Aluna. No entiende que estas cosas son importantes para nosotros. «Los dioses nos han elegido a nosotros, los hombres, para llevar a cabo sus designios» ―le respondo. «¿Ah, sí? ¿Y cuáles son esos… divinos designios?» ―me pregunta irónica. «Construir murallas» ―le contesto.  Y ahí, por fin, calla, porque ellas no son capaces. Me ha dado diez y seis hijos mi dulce Aluna. Todas las primaveras se aparece con uno de esos en brazos, con sus cabezas como cocos; duras, redondas y peludas, en proporción más grandes que sus cuerpecitos; ciertamente dignos de compasión, y por lo visto todavía no está satisfecha. No sé qué come, o qué bebe, para que de repente su panza se hinche. A menudo me pregunto si mis sagradas armas no tengan algo que ver con ese misterio, ya que esos renacuajos chillones salen por el mismo lugar por donde entran las mías. Los guerreros sacerdotes dicen que no, que las hembras, cuando llega el preciso momento que sólo ellas conocen, van a respirar el aire lleno de esos hombrecitos, en la cima de una colina misteriosa. Puede ser, pero mi Aluna opina que son unos ignorantes, y sobre todo… mi só gi nos; sí, esa es la palabra que usó. Difícil vocablo, por cierto. Todavía no sé el significado, y por lo visto nadie lo conoce, ni siquiera mi comandante. Cierta vez se lo pregunté a uno de los sacerdotes: me miró con desprecio y no dio respuesta alguna. Lo intenté con Aluna, y me respondió que se lo preguntara a aquellos. Sospecho que no corre buena sangre entre ella y los otros.

martes

                                                             Antropología Fantástica 37
Todo cambia. Hasta el lenguaje. Vos no sois como cuando erais niño. Ni el retoño de lo que mañana será un árbol frondoso. Ni el hilo de agua, que luego de la furia del dios que sacude la tierra será un rio impetuoso. No, mi estimado sacerdote. No lo seréis, ni lo seremos ni lo serán mientras que el dios del tiempo marque su invariable y continuo devenir, comiéndose sus propios hijos y vomitándolos distintos después.  ¡Abran el portón! ―ordenó―, que quiero parlamentar de cara a cara con ese, que sin duda es un descendiente de aquella gloriosa expedición de la cual no supimos más nada». Y descendió majestuoso sin prestar atención a la gritería de nosotros que le aconsejábamos que no lo hiciera.  Hasta alejó con un empujón, fastidiado, a su mancebo preferido que se había aferrado a su cuerpo, implorándole también de que no se expusiera. Pero las órdenes son órdenes y el pesado portón se abrió. Y fue ahí que comprobamos la diferencia de nobleza de nuestro caudillo con la de aquel bárbaro, Kraukalí. El nuestro quería llegar a un acuerdo justo, pero el otro, al ver el imbatible portón abierto, debido a su índole salvaje y calculando una fácil victoria, se dio vuelta, y con el rostro deformado ordenó a sus huestes, ¡Al ataque!
¡No lo hubiera jamás hecho! Una lluvia de flechas que oscureció el astro mayor se abatió sobre ellos. La primera en disparar fue Alarfa, que con su diabólico único ojo centró el caballo del engreído e incomprensible charlatán. Rodando, y mordiendo el polvo luego del desplome de su bestia, llegó hasta los pies de nuestro caudillo. Y ahí se quedó, humillado, desconcertado, con un pie de nuestro héroe tuerto sobre su pecho y la lanza a punto de penetrar en su garganta. Lo que siguió más allá, a pocos pasos de él y de su vencedor, sobre la tierra amarilla, fue, al principio, un griterío feroz y una inmediata persecución, luego una fácil carnicería. Al ver a su caudillo derrotado, el pánico se apoderó de ellos, y comenzaron a huir, dándonos las espaldas, pero se toparon con la propia retaguardia compuesta de niños, viejos, hembras, animales y carros. Atrapados, sin saber por dónde escapar nos imploraban piedad, pero estábamos sordos, furiosos y sedientos de sangre por tanta espera, y hundíamos y hundíamos nuestras lanzas en las carnes con facilidad pasmosa. El suelo otra vez se tiñó de rojo; chapoteábamos sobre una sangre que más de uno de nosotros hubiera preferido que se desparramara dentro de nuestra ciudad, no en la de ellas. Habría podido ser la primera vez que sangre desconocida la bañaba, y no la de camaradas. Incontenibles y sordos tajeábamos, cortábamos y penetrábamos sus carnes, quebrábamos sus huesos, manos y cabezas. La roja y humeante sangre se mezclaba con sus heces y sus orinas. No sentíamos la fatiga ni el dolor; parecía que cuando más sangre veíamos, más sangre queríamos; que, oyendo los gritos de terror de los vivos, pretendiéramos que de la misma manera lo hicieran los muertos. Todo a mi alrededor era un subir y bajar la ensangrentada mano armada. E inevitablemente llegó el cansancio, y de a poco la gritería se fue acallando, entonces nuestro jefe tuvo que amenazar con severos castigos, repetidas veces, a aquellos camaradas más sanguinarios, que continuaban a ultimar a los heridos con ahínco, a masacrar y a mutilar los muertos con ferocidad. Obedecieron de mala gana retornar a las filas, y cuando lo hicieron cada uno de ellos arrastraba los restos de un adversario por un pie, dejando detrás una estela de negra sangre. Luego volvieron a empujones los primeros prisioneros aterrorizados y milagrosamente vivos, que eran mucho más dóciles luego de la derrota que sus pocas hembras. Tuvimos que recurrir a acciones violentas y amenazas contra ellas que no podían aceptar ver a sus hombres reducidos de tal manera. Gritaban, mordían, pateaban, escupían, nos apedreaban. Las hembras son tremendas. Las desconocidas y las nuestras. A duras penas las convencimos de que sacrificaríamos a sus hijos, frente a sus propios ojos, sin ninguna piedad. Entonces, comprobando nuestra feroz intención que llevaríamos a cabo sin vacilar, ya que aferrábamos por los pelos a más de uno de sus cachorros, ya prontos a atravesarles el cogote, se calmaron. Para ultrajar sus escudos, a nuestro triunfante y sabio tuerto su séquito lo encaramó sobre uno de esos. Desde allá arriba, majestuoso, ordenó que le pasaran la lanza del derrotado, y con un formidable golpe de rodilla la quebró en dos. Luego miró a esa chusma atemorizada que dócilmente hizo lo mismo con las suyas. Después, fiero y altivo, mandó que lo bajaran y esperó, mirando al vencido. Éste se levantó, sucio de tierra amarilla, para luego arrodillarse y besar la mano que nuestro gran jefe le alargó magnánimo. Parecía que todo había terminado.
¡Oh, dioses! ¡Qué jornada gloriosa! No obstante la excitación no me abandonara, recuerdo aún que el cielo de piedra celeste era más claro que nunca. Parecía que, además de haber derrotado al pérfido enemigo, también hubiéramos alejado para siempre las odiosas nubes violetas y sus dolores. La paz finalmente llegaba, y esto, la paz que nunca habíamos experimentado, me alarmó. La de las armas, después de tanta sangre y horrores estaba entre nosotros…, pero, ¿qué nos esperaba de ahí en adelante con las hembras? Mis temores se vieron confirmados cuando nuestro caudillo, inexplicablemente, llamó a Alarfa a su lado y le dijo algo. Esa hembra soberbia le respondió que sí. Se dio vuelta, y con señas, hizo que se acercaran un montón de sus iguales e inició a explicarles algo, no muy difícil por lo visto. Las otras asintieron, entusiasmadas, mientras miraban la multitud de prisioneros, que, en pie o sentados sobre el suelo, observaban a sus alrededores sin entender, sangrantes, temerosos, talvez esperando lo peor. Pero no. !Oh, dioses! ¿Cómo osaban hacerlo? No fueron pocas las que decidieron de acercarse a los derrotados sin temor alguno, y fuimos testigos incrédulos de una escena que preanunciaba lo que se nos venia encima en el futuro. De entrada, comenzaron a revisarles los ojos, que eran mucho más claros que los nuestros, y esto parecía que las excitaban aún más. Les acariciaron las largas y renegridas colas de cabello detrás de sus nucas; les controlaron y contaron los dientes, luego estiraron orejas, apretaron narices y tocaron, casi con temor, sus ombligos; comprobaron la dureza de los músculos de brazos y piernas; se aseguraron de que los dedos de pies y manos fuesen diez, el largor de las uñas, y finalmente les palparon las sagradas armas de guerreros. Estaban satisfechas por lo visto. Las muy traidoras. Luego de lo que habíamos hecho por ellas. Fueron falsas y aprovechadoras cuando nos vendieron los rollos de soga con las puntas escondidas. Ganaron con el peso de los mismos porque no especificamos que tenían que ser todos del mismo tamaño; para fabricarlas usaban material de pésima calidad; nos engañaban con el peso de la carne. Usaron una magia incomprensible para derrotarnos. Encima, en esta última batalla, no habían sido pocos los guerreros nuestros que dejaron los huesos quietos para siempre sobre la tierra amarilla de la ciudad de... ¡ellas! Así nos pagaban, con la ingratitud. 

domingo

                                                               Antropología Fantástica 36
La perversidad de ellas llegó al límite cuando comenzaron a extraer esos artilugios incomprensibles y pestíferos de los bultos que introdujeron en nuestra ciudad. Podían habernos exterminados cuando lo hubiesen querido. Aluna, abriéndose paso en medio de la excitación de mis camaradas que tocaban las maderas y estiraban las cuerdas, se acercó y me miró. Daba la impresión de que no sabía qué hacer conmigo. Traía entre sus manos uno de esos artefactos. «Vení para acá, pez en contracorriente» ―me dijo. Mirá cómo se hace. Luego apoyó esa varita sobre la cuerda, la estiró curvando al máximo la madera y disparó hacia lo alto, hacia las nubes blancas, una astilla que desapareció. «Prueba tú».  No recordaba cómo lo había hecho, así que traté de apoyar sobre la cuerda la punta afiladísima del palito, pero antes de que me digiera algo lo di vuelta porque fue evidente que así no se disparaba: no podía engancharse…, y lancé yo también una flecha que fue mucho más lejos que la suya, como debía ser. Después de todo no era tan difícil aprender a usarlos. Vi con sorpresa a más de uno de mis conmilitones que daban la impresión de conocerlos desde siempre, a otros que, asombrados, observaban la cantidad de flechas que las hembras habían introducido a escondidas dentro de nuestra ciudad. ¡Era increíble! ¿Cómo podíamos confiar en ellas? En poco tiempo de aprendizaje mi compañía y las otras que componían mi unidad, La Gloriosa de Piedra, lanzó infinidad de flechas al cielo. A un amplio ¡Oh! de admiración por los tiros, le siguió un desbande y gritos de espanto cuando vimos que, regresando, se nos venían encima. Ahí comprobamos la eficiencia de nuestros cascos de tres cueros, ya que las flechas no pudieron hacer mayor daño a las cabezas de los pocos y desafortunados camaradas que recibieron una: no lograron traspasarlos del todo. Luego de otra ejercitación en la cual aprendimos a no temerles y a esquivarlas, nuestro amado caudillo, con el rostro satisfecho, nos llamó para ocupar nuestros puestos en la muralla. También se treparon ellas, porque después de todo, además de que teníamos que respetar el pacto, sabían manejar mejor que nosotros esas armas. Y así, en una fila de guerreros dentro de la cual cada tanto se introducían a la fuerza, nos asomamos sobre el pretil para ver mejor los tres emisarios del enemigo. Del camarada que los había tenido siempre bajo control, nuestro principal se enteró de que, desde cuando llegaron no pararon de hablar. Especialmente el del centro. En una lengua desconocida. Y lo seguía haciendo, exactamente igual a nuestro caudillo cuando nos arengaba, mostrando un pecho duro e inflado, pero aquel envuelto en pieles. Era evidente de que estaba muy irritado por la espera. Llevaba un casco de cuero semejante a los nuestros, sus pies estaban envueltos también en cuero y en su espalda le colgaba una madera, coloreada y redonda junto a su lanza. Por lo visto había sido él que arrojó su maza, ya que era al único de los tres a quien le faltaba.  Su cuadrúpedo, que como los nuestros sólo tenía anudada la nariz con una soga, parecía tan feroz como su jinete. Caracoleaba, tiraba patadas y gritaba en su idioma. También ellos los mantendrían siempre indómitos mediante los ululupis, ya que sentíamos, detrás de las filas, sus continuas amenazas.  Su dueño, entonces, sin parar de hablar, señaló con una y otra mano la vastedad de su ejército. Luego indicó a mi amado principal, a su ayudante y a sus segundos, dando a entender que los aplastaría de un golpe, dentro de la palma de su mano. Varias veces. ¡Qué soberbio!  Los gestos que hizo después convencieron a mi principal de que Alarfa tenía razón: venían por nuestras hembras. Las señaló con su dedo musculoso, una por una, con mucha atención, ya que estaban mezcladas con nosotros sobre nuestra muralla, como si las eligiera, especialmente a mi Aluna, sobre la cual detuvo su mirada por más tiempo. Está de más decir que mi vista se nubló de rojo. Hasta me pareció ver nubes violetas que descargaban sus furias sobre la tierra, y estuve a punto de saltar desde esa altura si no fuera que mi disciplina me lo impedía: tendría que pasar sobre mis huesos inmóviles si osaba acercarse a ella.  Después cerró y abrió, muchas veces, los dedos de sus manos para comunicarnos la cantidad que necesitaban. ¡Son demasiadas! ¿Qué haremos nosotros?, alcancé a escuchar. Luego esperó muy tranquilo, al contrario de su cuadrúpedo que continuaba a pararse en dos patas. Eran tantos y feroces me dije. Como nosotros que no éramos de menos. Nuestra victoria no sería fácil. La fortuna de las armas podía estar de uno o del otro lado, y teníamos que prepararnos a lo peor, aun sabedores de que nos protegía nuestra muralla y un arma nueva. Los sacerdotes guerreros, al igual que nuestros jefes, tenían razón: el perverso adversario existía y los teníamos delante de nuestras narices. También nos decían que éramos los únicos sobre esta tierra, siempre distintos al enemigo, por supuesto, ya que fuimos capaces de construir un campamento rodeado de muralla, pero no era así, no obstante aquellos anduvieran sin un lugar fijo. También que el enemigo era horrendo. Que tenían un solo ojo, que eran altos como dos de nosotros, uno arriba del otro y comían sus propias carnes, pero desde que estaban ahí, gritando y amenazando, tuvimos el tiempo necesario para observarlos mejor, y eran muy pocas las diferencias. Talvez un poco más pálidos, pero con dos ojos y dos manos. Fue entonces que, otra vez, las cosas se hicieron aún más complicadas. El escriba de nuestro amado tuerto le preguntó si había visto ese pedazo de tela, que, con un palo uno de los emisarios había tenido en su mano continuamente. Estaba hecha jirones, pero todavía se podía ver la imagen desteñida de dos lanzas cruzadas y un puñal en el centro. Nuestro principal contestó que sí, que la había visto; desde cuando llegó. Uno de los sacerdotes guerreros, que siempre andaba detrás de él, le dijo que era imposible, que éramos los únicos a poblar esta tierra a pesar del parecido entre ellos y nosotros; que los dioses no lo habrían permitido; que era una herejía; que eran monstruos surgidos del infierno. Con grande coraje y parsimonia nuestro venerado tuerto le pidió que se callara porque las cosas eran evidentes: ese estandarte, si bien antiquísimo y maltrecho, era igual al estandarte del ejército de expedición que diez principales atrás salió en busca del enemigo y nunca más volvió. Toda la preparación, los pertrechos, los nombres de los intrépidos y la fecha de partida quedó minuciosamente registrado en un antiguo pergamino. Sé que jamás lo ha consultado, venerable sacerdote, pero está ahí, a disposición de todos. Entonces, el sacerdote guerrero, molesto por ser llamado al silencio, hinchando su pecho le respondió que, si era así, por qué no le entendíamos lo que decía. «Porque todo cambia, venerable sacerdote ―respondió nuestro sabio comandante con palabras incomprensibles para mí.

viernes

                                                                Antropología Fantástica 35

Era bochornoso lo que escuchábamos, pero aun así alguien tuvo el coraje de contestar con altivez: «Y si nos negamos, ¿qué harán ustedes?» Pasaron unos momentos de silencio absoluto. Alarfa, con su solo ojo nos miraba desde lo alto de nuestra gloriosa muralla. Sentíamos su desprecio. Apretó sus labios sacudiendo lentamente la cabeza, y dijo palabras incomprensibles para mí en aquellos tiempos. «Vuestra obcecación es proverbial. Vivís de la violencia, del odio, de la envidia, de la traición, de la avidez que destruirá en los años a venir todo. Sin embargo, en vuestro masculino extravío, incomprensiblemente, habéis sido capaces de construir esta inmensa muralla, que, si por acaso no lo sabéis, y estoy segura de que no, es espectacular, majestuosa; también daros leyes de comportamiento elemental, aunque sean sólo para codificar el honor, el coraje y todas esas estupideces; mandar expediciones al exterminio con el solo fin de saber qué hay más allá. Pero esto, en comparación, no es nada de frente al estupor, al desconcierto que nos ha causado ver cómo ha surgido eso que llaman en manera arcaica relato, a cuyas representaciones iremos, por derecho adquirido, pero no actuaremos. Estoy de acuerdo con algunos de vosotros, porque correríamos peligro al andar desnudas sobre el escenario como lo hace más de uno de los actores. Es vergonzoso... Y si vosotros no aceptáis nuestras condiciones, bueno... ―y se dio vuelta para mirar al enemigo. Podríamos pasar a ellos. Por lo que veo son mucho más aseados y ordenados. Hasta se recogen el cabello detrás, no como el vuestro, desgreñado, sucio y duro como paja».   ¡Oh, dioses!, me dije. ¡Qué culpa sin saber nos hemos buscado! ¿Por qué esta afrenta? ¡Quieren imponer sus leyes! Más de una ya se mezclaba irrespetuosamente dentro de nuestras filas, empujando y a golpes de codo para poder ver mejor a su bruja tuerta, allá, en lo alto, sobre nuestra sagrada muralla. Si se permitían hacerlo cuando todavía no habíamos decidido nada, ¿cómo sería en el posible caso de que hubiéramos dicho que sí? Entonces, olfateando el peligro inminente grité con toda mi voz: ¡Noo! ¡No aceptamos!    ¡Preferimos mor...! y antes de que terminara mi indignada respuesta, alguien, a mis espaldas, me dio un tremendo puntapié en los tobillos. «¡Por todos los dioses! ¡Cállate, pedazo de tripas hediondas con patas! ¡Es una tratativa seria! ¡Está en juego nuestro futuro como lo ha dicho el principal! Si ellas se van con el enemigo, ¿qué hacemos? ¿Lo entiendes o no, bruto?»  ―me susurró con rabia, para luego abandonarme en el medio de un claro producido por el paulatino distanciarse de mis camaradas. Y así, solo pero fiero, descubrí que mi Aluna me miraba con una infinita tristeza. También ella, como Alarfa lo había hecho antes, cerró sus labios mientras sacudía resignada la cabeza. Oh, dioses, dueños y señores de los cielos de piedra celeste, de las blancas nubes informes que raptan, de las otras, las violetas que nos enloquecen, de los mares sin fondo, relámpagos enceguecedores, rayos mortíferos y tierras sin fin que aterrorizan. ¿Qué he hecho de mal? ¿Por qué han puesto a Aluna y a mi amada y protectora ciudad al mismo tiempo?   «No tome en cuenta, hembra Alarfa, lo dicho por el guerrero Akadama ―gritó probablemente el que me pateó. Es un tarambana que no ha hecho otra cosa que decir estupideces, como por ejemplo andar afirmando que el enemigo no existía y recibir los más que justificados palos como castigo. Le han dado tantos que su cabeza no le funciona muy bien.  Yo estoy de acuerdo con la propuesta de la hembra Alarfa ―agregó. Que levanten la mano los que están conmigo». No quise ni ver ni sentir, pero mi desazón fue total cuando vi el rostro sonriente de satisfacción de mi amado principal tuerto, el corajudo. ¡También él estaba de acuerdo con los demás! Se disponía a contar las manos, pero no fue necesario. ¡Mayoría absoluta! ―gritó. Y fue en ese preciso y doloroso momento que moqueé por primera vez.

jueves

                                                                 Antropología Fantástica 34
Desde la atalaya había observado nuevamente la larguísima fila de enemigos que ahora estaban más cercanos. No habían dejado piedra sobre piedra, y detrás se perfilaban todavía más guerreros. Cerrando las filas venían animales cargados, niños, ancianos... y cosa muy extraña: poquísimas hembras jóvenes.   «Principal Arkaú, me parece que se encuentra dentro de un gravísimo problema ―dijo Alarfa, muy seria. Haciendo un cálculo aproximativo serán más o menos diez contra uno. Para colmo con falta de hembras. No quisiera estar en su lugar, principal. Esa nostalgia los harán más combativos y feroces. Me gustaría saber el por qué de tan pocas hembras.  Enfermedades no creo. Pestes tampoco. Nos lavamos seguido. Somos longevas y muy a menudo, con un dolor que ustedes no pueden entender, enterramos a nuestros hijos... y a los posibles padres que ustedes llevan alegremente al matadero. Es muy probable que otro enemigo, más fuerte que estos se las hayan arreado. Es difícil su situación, principal. No quisiera estar en su lugar» ―terminó diciendo Alarfa, esforzando la vista para distinguir mejor los tres caballeros guerreros que se habían despegado de la multitud y se acercaban a la muralla, agregando; «¿Ha visto lo que llevan en un brazo, principal?»  «Sí. ¿Qué es esa... madera redonda?» ―preguntó nuestro caudillo.   «Escudos» ―respondió Alarfa.   «¿Escudos? ¿Y para qué sirven?»    «Para detener los golpes. De lanza y de esas mazas que llevan colgando de la cintura».   «¡Cobardes! ¡Rehúyen el combate cuerpo a cuerpo!»  ―respondió indignado nuestro comandante.   De repente, Alarfa dijo algo extrañísimo que nos hizo sospechar que ese demonio tuerto escuchaba lo que pensaba nuestro principal. Le preguntó si estaba pensando lo mismo que ella, a lo que nuestro caudillo contestó con palabras aún más increíbles e enigmáticas. Le dijo que sí, que estaba pensando lo mismo, e inmediatamente añadió; «¿A qué precio?»  Miré a mi camarada y comprobé que se encontraba más desorientado que yo al escuchar, en momentos tan graves, las condiciones de compraventa de vaya saber qué cosa.  Alarfa se le acercó y comenzó a enumerar a baja voz la mercadería que vendía, o que compraba, con los dedos de la mano. Oh, dioses de los cielos de piedra celeste ―exclamé en esos momentos―, ¿por qué todo era cada vez más complicado? Deseé vehemente volver atrás en el tiempo,emente complicado? Duisieraal mataderorañarentario que no disminuirte  cuando creía que el enemigo no existía y no llegaba nunca. Esperé con el corazón a punto de estallar que nuestro amado caudillo no se humillara, que no se dejara embaucar otra vez por esa hechicera vendiendo, o quizás comprando vaya a saber qué cosa inútil. Sin embargo, a tratativa terminada, nuestro principal no tenía el aspecto de un guerrero a quien se le había obligado a hacer algo por la fuerza. Todo lo contrario. Había recuperado su porte erguido. Se lo veía muy serio, se diría satisfecho, al igual que la tuerta. Súbito ordenó que sonaran los cuernos a silencio, y desde nuestra muralla nos informó que el enemigo ―y se dio vuelta para observarlo―, además de ser diez veces más que nosotros, poseía armas nuevas; que lo más probable era que venían en busca de hembras, y este particular, como lo sabíamos por experiencia propia, los volverían muy feroces; que las posibilidades de que fuésemos derrotados eran muy, pero muy altas, mas no todo estaba perdido. Había una solución que muy a su pesar estaba en manos de las hembras, por eso la decisión final correspondía a nosotros. Sería una elección dolorosa de parte nuestra, pero teníamos que tener presente que con ella se jugaba nuestra existencia de guerreros. Hizo silencio para ver nuestra reacción, y al ver nuestras caras desorientadas, prosiguió. Como es tan crucial la decisión y todo depende de que vosotros la aceptéis o no, no seré yo en detallarla porque soy consciente de que puedo influir en vuestra libre elección. Será Alarfa quien les dirá de qué se trata.  «La cuestión es simple, guerreros» ―inició esta, pero el vigía que controlaba a los tres emisarios de repente gritó, «¡cuidado, mi principal!» ―y sobre la cabeza de nuestro héroe pasó zumbando una maza. Debido a su increíble rapidez de reflejos, se había dado vuelta al instante, sin demostrar ni temor o sorpresa por el objeto, y al igual que nosotros, la observó cómo terminaba su carrera detrás de las filas, levantando una polvareda amarilla al estrellarse.  «Seré veloz ―continuó Alarfa―, porque los que están ahí afuera tienen urgencia. Nosotras sabemos construir y usar el arco y la flecha. Las flechas son esas cosas que vosotros llamáis astillas que hacen mal. Los que están ahí afuera las desconocen, y por eso serán presa fácil, y como vosotros también ellos pedirán una tregua, o quizás el sometimiento total».   «¿Y en cambio, ustedes, que piden?» ―se sintió decir casi al unísono. Fue ahí que entendí lo que secretamente vendían y compraban momentos antes esos dos tuertos.   «Estar adentro de las murallas ―contestó Alarfa―, cosa que ya hicimos y es irreversible, porque el pacto anterior lo permitía. Segundo: ya que será largo el asedio, nosotras elegiremos con quién vivir, no vosotros».   «Me parece justo ―gritó un guerrero. Pueden elegir a voluntad, siempre y cuando continuemos a dormir en las tiendas, con cuatro o cinco hembras para cada uno, en lugar de los cuatro o cinco camaradas que nos tocaban».   «¡Ni lo sueñen! Una hembra y un macho ―respondió severa―, y solos. Nada más. Y no en tiendas. En chozas de piedra, barro y paja que vosotros construiréis y que nosotras mantendremos limpias; con un baño afuera, y no un agujero como lo han hecho hasta ahora, al aire libre».    «¡¿Quééé!?  ―fue la respuesta que voló de una punta a la otra sobre nuestras cabezas. ¿Pretenden que usemos nuestras propias manos, que ensuciemos nuestras manos que sólo conocen el uso y cuidado de las armas, para construir chozas y…? ¿cómo llaman a esos cagaderos…?»  «Baños» ―aclaró otro guerrero con desprecio.  «Y no sólo eso ―rebatió Alarfa. De aquí en adelante seremos nosotras las que decidirán cuándo y cómo nuestros hijos serán enrolados en el ejército, después de que hayan aprendido a leer y escribir. Y seréis vosotros que procuraréis la comida. No nosotras. Entre combate y combate tendréis que salir a cazar y a pescar. No tenemos nada en contra de vuestras guerras, imaginarias o no, con tal de que traigan cosas útiles; tesoros, esclavos, comida, y no esas piedras que cayeron del cielo y no sirven para nada, como tampoco otra como esa pobre antropomorfa que se parece en algo a nosotras, y encima preñada».  

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web