jueves


                                                     Antropología Fantástica 9

Me gustaba verlas desde mi atalaya como abatían esos cuadrúpedos cornudos. Eran muy hábiles, hay que reconocerlo, aunque tenían costumbres extrañas. Inmediatamente luego de desollarlos, colocaban una vasija debajo del chorro de sangre, se chupaban los dedos sucios de ella, y luego bebían un buen sorbo, todavía caliente. Decían que era la vida lo que bebían. ¿Cómo podían afirmar eso? La vida estaba en las partes duras del animal, en las que comíamos nosotros, no en la sangre que desaparecía como agua sobre la tierra. Sin embargo, se tornaban redondas y rosadas con esa sangre. Cuando llegaba la noche del astro de leche eran más vigorosas y veloces, y era difícil voltearlas. Se reían al ver nuestros intentos, pero al final cedían, siempre cedían. Para el bien de ellas y de nosotros.
Con las vendedoras de hierbas y frutas no teníamos problemas. Siendo nuestra dieta básicamente carnívora, el precio de sus productos prácticamente lo establecíamos nosotros. Especialmente de aquellas con los cuales nuestros sacerdotes fabricaban zumos embriagantes. Desde nuestra muralla le arrojábamos a esas harapientas algunas piedrecillas coloridas, y en cambio alzábamos canastas repletas de frutas. Separábamos las útiles, y con el resto nos divertíamos tratando de centrar sus cabezas. Ellas respondían, pero con piedras. Qué gran diversión era verlas enojadas. Y no eran pocas, ya que casi todas tenían un árbol frutal en la puerta de sus chozas. Cierta vez, mirándolas después que terminaba el mercado, me di cuenta de que la ciudad de ellas, al no tener murallas, crecía más que la nuestra. De consecuencia supuse que serían más numerosas que nosotros. Era alarmante. La nuestra, al tener murallas, no podía crecer más de lo que era, y sus guerreros, naturalmente más expuestos a los peligros, mermaban en manera continua. Con la última sublevación habían desaparecido dos de cada diez. Honor a ellos, a los vivos y a los muertos. Fue una revuelta más que justa. Yo participé, con tremendo dolor, pero era necesario. El anterior principal era un gran egoísta. Se guardaba la mayor parte de la carne para devorarla con sus consejeros y favoritos. Era una situación intolerable, y nuestro nuevo principal no tuvo más remedio que rebelarse con el apoyo de la mayor parte de nosotros. Fue una horrenda carnicería. Murieron tantos de los nuestros, aunque no sería apropiado decir “los nuestros” si bien se formaron dos facciones. Los guerreros somos todo uno, nacidos para esperar y combatir unidos contra un enemigo común, no entre nosotros, e inevitablemente se formaron dos bandos. La suerte estaba echada, así lo habían querido los dioses. En el bando mío, en el cual desde tiempo se hablaba de esa situación odiosa, hubo guerreros que no estaban de acuerdo en rebelarse, aun compartiendo nuestro punto de vista. Decían que no era honroso hacerlo, que había que ser fiel con los superiores hasta las últimas consecuencias. Luego vino lo inevitable. Llegado el triste momento, gritando que era innoble lo que hacían, se nos unieron, y sin importarles sus convicciones se batieron como valientes. ¡Qué nobles e intrépidos guerreros! ¡Gloria a ellos y sus muertos! Nuestros adversarios se habían atrincherado dentro de las tiendas de los jefes, esas que estaban apoyadas contra la muralla antiquísima de ladrillos. No tenían salida con ese muro a sus espaldas. Cuando la batalla, incierta al principio, inició a tomar un cariz desfavorable para ellos, terminaron defendiéndose, primero, en campo abierto, y luego, los pocos que aún resistían, en las barracas de troncos que estaban al costado de las tiendas, donde la plana mayor guardaba todos los alimentos y armas. En ese lugar fue más satisfactorio exterminarlos, especialmente al principal que escondía los mejores partes de la carne. Ahí murió, sobre uno de esos pedazos, mezclando su sangre con la del animal. ¿Le habrá bastado para saciar su voracidad? Desgraciadamente tuvimos que matarlos a todos, a la vista de las hembras que, aprovechando la ausencia de los vigías también mezclados en la lucha, aprovecharon para treparse a la muralla. No reían esta vez de nosotros porque sabían que más de uno de sus hijos moriría. Tampoco lloraban. Nos miraban incrédulas, creo, y comenzaron a gritarnos que éramos estúpidos y a arrancarse los cabellos.  Cuando la batalla llegó a su fin, todavía en medio de los gritos de dolor de los moribundos, nuestro nuevo primer principal, lleno de orgullo escuchando las hurras que le dábamos por el poder conquistado y nuestras esperanzas renovadas, nos ordenó de echarlas de encima de nuestra amada muralla a piedrazos, sabia decisión por ser la primera que tomó. Ya del otro lado continuamos a sentir sus gritos e insultos, pero al vernos transportar los caídos hacia su ciudad comenzaron a aullar como ululupis y a lanzarnos piedras. Tuvimos que formar un cordón de guerreros para protegernos. Llevar los muertos allá fue una decisión tomada por el nuevo principal que no tuvo una aprobación unánime. Mis camaradas y yo considerábamos que tenían que ser cremados en nuestra ciudad, ya que mal o bien habían sido nuestros compañeros de armas. Pero las ordenes no se discuten, así que, entre llantos y alaridos, les entregamos a sus hijos y posibles padres masacrados. La ciudad de ellas estuvo iluminada por las hogueras durante toda la noche, y el olor a carne quemada nos sacó el apetito.

lunes

                                                          Antropología Fantástica 8

 Jamás tuvimos buenas relaciones comerciales con esas ávidas, pero, muy a nuestro pesar, eran imprescindibles para nuestra subsistencia. Al poco tiempo de la leña de Alarfa y sus socias, surgió el problema de las cuerdas, tan necesarias para nuestras tiendas y armas. La proveedora se llamaba Alema, la misma infame que le había vendido a Bruk aquellas cuerdas de mala calidad para ligar sus troncos. Ya no era joven y había dejado de parir. Sus críos la seguían y le estaban alrededor como insectos, desde el más pequeño hasta aquel otro, uno que no fue reclutado en su oportunidad por su horrible aspecto. Era una gigante todo blanco, y apenas sabía hablar: gesticulaba y refunfuñaba. Nos llenaba de inquietud y espanto al verlo, especialmente a nuestro principal. Cada vez que lo encontraba se apartaba de un salto, daba vuelta la cara y se tocaba las sagradas armas. Sin embargo, su madre, sí que entendía lo que decía. No sabíamos cómo. Le obedecía ciegamente, como los otros menores. Era un pequeño ejército desordenado y bullicioso con una jefa previsora y deshonesta para los negocios. Jamás le faltaban las cuerdas vegetales trenzadas. Sabiendo que teníamos necesidad, esperaba que nuestro principal le ofreciera más. No tenía apuro, pero nosotros sí. Entonces, cuando nuestro caudillo juraba y re-juraba que estaba de acuerdo con el precio, ella desaparecía por bastante tiempo desconcértandonos, para volver después cargada de ovillos, siempre rodeada de su prole harapienta. En una de aquellas compraventas nos sucedió que, al tratar de usar las cuerdas, era imposible encontrar la punta de esos ovillos. Entonces, nuestro venerado principal, sintiendo nuestras más que justificadas quejas, y comprobando que habíamos transformado esas prolijas esferas de cuerdas en un amasijo chato, inútil y repleto de nudos al tratar de desenrollarlos, amenazó no pagarle, pero Alema, la muy descarada, sin siquiera ruborizarse, le recordó que no había prometido ovillos con la punta visible: sólo había prometido ovillos. Nuestro principal quedó rígido como piedra, confundido, y se contuvo para no atravesarla con su lanza. Entonces comenzó a morderse los labios y juró que le haría pagar tal deshonestidad. Inmediatamente llamó al escriba que registraba todas las transacciones con ellas, como también, a un costado, todas las picardías de su razonar malvado usadas a su debido tiempo. Lentamente se hizo leer todas las artimañas que había utilizado en las últimas ventas. Con los ojos entrecerrados por la rabia mientras lo escuchaba, el escriba le hizo recordar que en una de las tantas entregas habían llegado ovillos grandes y pequeños. Frente al inmediato y justo reclamo, la muy desfachatada dio una respuesta inapelable: había prometido ovillos, sin especificar la grandeza. Nuestro principal continuó a escuchar con el rostro pálido por la rabia, y el escriba, luego de recorrer con la vista todo el pergamino, eligió otro caso al azar. En una vieja entrega llegaron ovillos de cuerdas de otro vegetal, distintos a los que estábamos acostumbrados. La respuesta de Alema fue del mismo tenor: jamás había prometido cuerdas de un específico vegetal. Sólo tenían que ser resistentes, resistencia que Bruk pagó con más de una caída en el mar al tratar de atar sus troncos. Entonces nuestro caudillo ordenó que, para la próxima compra, antes de jurar por el precio, se tuviese en cuenta esas jugarretas innobles y la mala fe evidente. Para no permitirle que las volviera a introducir ordenó de crear “cláusulas restrictivas y específicas” en el contrato, antes del precio, cantidad y fecha de entrega.
Aquí, en honor de la verdad y debido homenaje a mi superior, es necesario que haga un paréntesis. En aquellos tiempos yo era mucho, pero mucho más ignorante que ahora. Para comenzar, no sabía escribir ni leer, y escuchaba ciertas palabras dichas por mi amado caudillo que simplemente desconocía, como las más arriba evidenciadas y las que vendrán inmediatamente luego, todas de uso jurídico. Ahora lo sé, y mi agradecimiento profundo va para él que despertó mi curiosidad, pero humildemente reconozco que, en aquel momento, no tenía ni la más pálida idea de lo que estaba diciendo. Continúo con mi relato.
Para crear un antecedente jurídico preciso y detalladogritó que quede bien en claro cada indigna “coartada” que usó. Veremos qué “cavilo” retorcido e “extemporáneo” se le ocurre para la próxima compra. El escriba obedeció con un gesto de resignación, pues los casos eran abundantes, mientras nuestro principal se golpeaba la palma de su mano con el bastón de mando.
Con las abastecedoras de carnes rojas también tuvimos problemas. Sobre todo, con la manera de pesar. El contrapeso de igualar con carnes era, como ya lo he dicho, un guerrero de mediana estatura, sano y bien nutrido. Para nuestro principal era demasiado flaco, y para ellas, siempre demasiado gordo. Mas las cosas no pasaron a mayores porque comprobaron que, promediando, éramos todos iguales, descartando, por supuesto, los pocos y deshonrosos extremos. Esto no podía ser que normal, ya que un ejército que se preciaba debía tratar de igualar a todos sus componentes. Ninguno podía sobresalir más de tanto.

domingo

                                                            Antropología Fantástica 7
Regresé a mi ciudad junto a mis camaradas en mitad de la noche, cuando el astro de leche comenzaba a morir, invadido por una extraña tristeza. No me sentía feliz como ellos, que, borrachos o no, se intercambiaban a los gritos el relato de lo que les había sucedido mientras atrapaban a las hembras, con precisión de detalles. Hasta los que tenían la cabeza partida por los garrotazos de la guardia lo hacían, mostrando, además, sus heridas como un trofeo. Qué guerreros. Ningún peligro los detenía. En el portón de entrada de nuestra ciudad nos contaron uno por uno, para saber si faltaba alguien. No era la primera vez que un guerrero justificaba su retardo diciendo no haber oído el cuerno de llamada, y por estar un poco más con las hembras, se sometían sin chistar a los tres fustazos de castigo. Después del recuento resultó que faltaba Bruk, no podía ser otro. Habrá creído que como lo habían decorado por la invención de las naves, se podía tomar ciertas libertades, pero no se libraría de los latigazos. Llegamos a nuestra tienda, y no pudiendo conciliar el sueño, abandoné a mis cuatro camaradas con los cuales la compartía y que ya roncaban. Mi sagrada muralla me lo donaría mirando las chispas quietas del cielo negro, me dije, siempre y cuando el recuerdo de Aluna me lo permitiera. No hubo caso. No tuve más remedio que comenzar a manipular mis sagradas armas para que ella dejara de angustiarme. Y poco me importó las terribles consecuencias que sufriría según los guerreros sacerdotes. En vista de un posible enfrentamiento con el enemigo, nuestros cuerpos tenían que estar enteros, ni una gota tenía que abandonarnos antes del combate ―nos avisaban ceñudos. Por eso bebíamos zumos embriagantes antes de los eventuales combates. El temible enemigo no se había presentado desde que me enrolaron, tantísimos astro mayor atrás, y tampoco lo habían visto mis posibles padres. Hubiera sido demasiada mala suerte si se presentaba justo en ese momento. Aluna valía la pena correr ese peligro en soledad. Continué despierto pensando en ella hasta que el astro mayor comenzó a asomar su cresta.
Y así, sin sueño todavía y entristecido inicié mi turno de vigilancia desde la atalaya. Lo primero que hice fue ver si podía verla de nuevo, pero ya la ciudad de ellas parecía un hormiguero. Era un astro mayor de mercado, y súbito después de nuestro portón, siempre en su ciudad, porque no podían hacerlo en la nuestra, vendían y compraban de todo. Había llegado un trineo cargado de leña, el de Alarfa, arrastrado por dos hembras y un cuadrúpedo, viejos los tres. Cuadrúpedo que con seguridad le habíamos comprado cuando potrillo, y luego, ya viejo, se lo volvíamos a vender. Era normal vendérselos ya que no nos servían, pero ellas los querían regalados. Algo de razón tenían, y era un misterio el interés que tenían por esos animales inútiles. Nuestro principal decía que con toda seguridad los dejaban libres, para que murieran de viejos, lejos de nuestras murallas. Si era cierto, era una actitud incomprensible: dejar libres a animales que ya no servían para nada. Morirían de cualquier manera. ¿Cuál era la ganancia? En el momento de las tratativas por esos cuadrúpedos desahuciados, comenzaban a regatear el precio de una manera tan hábil que sacaba de quicio a nuestro principal. Mientras los acariciaban les controlaban los pocos dientes que tenían, el inexistente brillo del pelo, los cascos gastados, las orejas cortadas. Lo hacían a propósito, para acusarnos de que tendríamos que avergonzarnos por deshacernos de animales en ese estado, y encima pretender el pago. A nuestro principal se le deformaba la cara cuando se lo referían. Al final pagaban, poco, pero pagaban. Eran indispensables esos cuadrúpedos, sobre todo para los caballeros. Teníamos que tener de reserva y siempre jóvenes, como corresponde a un ejército. Desde mi atalaya podía ver el corral en donde los reuníamos. Siempre estaba envuelto en una nube de polvo amarillo debido a que, o nuestros guerreros ociosos se divertían montándolos y castigándolos, o corrían espantados por los ululupis que introducían en sus corrales para mantenerlos siempre en tensión. Las hembras los atrapaban siendo pequeños, los alimentaban por un largo período de tiempo, y luego se acercaban a nuestra muralla para venderlos, siempre carísimos. Se detenían con todos esos animales jóvenes detrás en el portón de entrada, y ahí comenzaba el tira y afloje. Ellas no podían entrar, porque si lo hubieran hecho nuestra ciudad sería impura. Eso decían los sacerdotes. Si las hembras eran un misterio para mí, no lo eran menos estos últimos. No entendía cómo hacían para no participar en la noche del astro de leche. Pasaban la mayor parte del tiempo sentados sobre la muralla, mirando el cielo y escribiendo, de noche y durante el astro mayor. A veces decían mmm, sí. Y continuaban a escribir. Así como de a poco comencé a no creer en la existencia del enemigo, también inicié a tener dudas sobre todo lo que nos decían. Cierta vez, uno de estos que andaba siempre detrás de nuestro principal, nos dijo que propondría a los jefes un estandarte de identificación para nuestro ejército. La idea nos entusiasmó, ya que flameando y siempre al lado de nuestro caudillo, en la confusión de tantos guerreros, podíamos orientarnos para saber de dónde venían las órdenes. Nos exaltamos aún más cuando nos dijo que el emblema tendría que ser un animal macho. Sí, gritamos todos, vibrantes por la emoción. Era excitante creer que podíamos ser uno de esos que caminan con cuatro y cuando se enojan lo hacen en dos patas, o un ululupis feroz, o un cuadrúpedo no orejudo, brioso y rápido como el viento. Estos animales fueron nuestra propuesta inmediata. El sacerdote guerrero agregó que él pensaba en esos volátiles que planeaban en las alturas, con las alas inmóviles, vista agudísima y siempre atentos para descubrir la víctima. La verdad es que nos desorientó por unos instantes ya que lo considerábamos inteligente por ser un sacerdote. Para comprobar que eran machos no se necesitaba tanto conocimiento si eran de la tierra, de lejos era evidente, pero, ¿cómo saberlo de aquellos que andaban en el aire y apenas se veían? Cuando se lo hice notar el sacerdote refunfuñó algo y no dijo más nada. Por supuesto que por el estandarte pasaría bastante tiempo hasta tener uno.
Cuando Alarfa y sus comadres comenzaron las tratativas por el trineo lleno de leña, me pregunté cuánto nuestra ciudad pagaría de más esta vez. El precio jamás era el mismo, siempre más caro. Para justificarse decían que tenían que ir más lejos a derribar árboles, o porque la lluvia o la nieve no les permitía salir y algunas de ellas enfermaba. Era incomprensible. ¿Qué tenían que ver esas cosas con el valor final? Sin embargo, los precios volvieron a bajar inexplicablemente cuando otro grupo de hembras viejas comenzó a hacer el mismo negocio. Cada vez costaba menos la leña, pero en cierta ocasión que se encontraron los dos grupos por casualidad frente a nuestro portón vendiendo lo mismo, se agarraron de los pelos y a los mordiscones. Fue un espectáculo inolvidable esa trifulca de hembras. Desde nuestra muralla comenzamos a apostar por unas u otras. Al vernos desde allá abajo cómo nos divertíamos, dejaron inmediatamente de arañarse, hablaron entre ellas, se pusieron de acuerdo en algo y se marcharon. Volvieron unos astro mayor después, todas juntas y por lo visto más que amigas, y los precios volvieron a subir inexplicablemente, precios que nuestro principal, hastiado de sus comportamientos innobles se rehusó firmemente de pagar. No podía ser gritaba rojo de rabia que, por el peso equivalente a un guerrero de mediana altura, sano y bien nutrido, la leña que antes costaba una moneda de metal amarillo, después pretendiesen el doble. Y salió a encararlas en la puerta de nuestra ciudad para dejar las cosas bien en claro, con todo su séquito detrás: escribiente; primero, segundo, tercero y cuarto principal y guardia del cuerpo. Ellas, las muy soberbias, al ver todo ese despliegue de fieros guerreros que no cederían, le dijeron a nuestro principal que no era necesario tanta gente para decir que no comprarían. Y se marcharon con sus trineos repletos de leña. Pareció que había sido una buena lección, y no dudamos en dar hurras a nuestro comandante por su inflexibilidad, pero el invierno llegó, y fue duro. Muertos de frío y moqueando le rogamos a nuestro caudillo que cediera, que la leña era necesaria para los fogones. Pero él continuaba en sus trece. Para convencerlo estuvimos a punto de desencadenar una revuelta, con la mitad de los conjurados enfermos. Pero la leña, finalmente, llegó, porque también nuestro principal sufría de frío.

sábado


Talvez soñemos porque somos reales.

Si fuéramos un sueño lo real sería incomprensible.

Volveríamos de él preguntándonos si más allá

de nuestro soñar existe un mundo posible.

Tiempo atrás vi un rostro que reía,

aquella mascara se disolvió, pero su sonrisa,

sin labios, sin caja de resonancia se quedó,
para siempre.

Cada tanto vuelvo en busca de ella

en mis archivos desordenados

porque clasificar la belleza, el estupor,

es mucho más que complicado.

viernes

                                                               Antropología Fantástica 6


Otra vez los dioses se habían distraído por un momento. Cuando finalmente estuve a su lado le confesé lo que había querido hacer con ese camarada, y ella, la muy descarada, riendo me dijo que no tenía que hacerlo y tampoco pensarlo. ¿Pensar? ¿Qué es pensar?, le pregunté. La muy desfachatada volvió a hacerlo, como si se burlara de una ignorancia que yo desconocía. Entonces me dijo que lo entendería mejor si yo, en vez de tener los ojos abiertos mientras esperaba al enemigo, los cerrara y comenzara a decirme cómo, cuándo, por qué, y por donde llegaría. Al principio me opuse con fuerza a su consejo simplemente por insensato. Nosotros, cuando dormimos, que es el único momento durante el cual los cerramos, lo hacemos sabiendo que hay un confiable conmilitón que los tiene muy abierto a nuestro lado. Y se lo dije con fiereza. Lo que sucedió después fue toda culpa de los dioses, que otra vez miraban para otro lado, o no sabían qué otro espanto crear y mandar a la tierra para afligirnos. Ella alargó sus brazos, y con sus manos hizo que los cerrara. Entonces llegó la oscuridad, igual a cuando dormía, sabiendo que había un camarada de confianza que velaba por mí. Pero era ella la que estaba a mi lado, y no lejos, en su choza, como lo comprobaba cuando, durmiendo solo y soñándola, me despertaba gimiendo por su olor. ¿Cómo era posible entonces, que yo me sentía tranquilo y al seguro mientras dormía y la soñaba? Tampoco me asaltó el miedo a la oscuridad si los cerraba, como nos advertían los guerreros sacerdotes. Todo lo contrario. Era una tranquilidad llana, igual a cuando agotado por una lucha en la cual salía vencedor, llegaba el descanso reparador, o como cuando terminaba de empujar sobre ella. Era la primera vez que los cerraba estando despierto, y hubiera querido continuar así, para siempre. Hasta el odio por el guerrero que se me había adelantado comenzó a diluirse. Mi dulce Aluna despegó sus manos de mis ojos, pero yo continuaba a tenerlos obstinadamente cerrados, entonces, en la quieta oscuridad que no quería perder, las busqué a tientas para que continuaran a oscurecerme, y cuando las encontré volví a depositarlas en ese lugar, sobre mis ojos. No sabía si estaba sobre una atalaya o en su choza, o flotando sobre mi ciudad, sintiendo su olor a hembra, y se lo dije. Ella me preguntó si, además de sentir su olor, la veía. Le dije por supuesto que no. ¡A veces tenía cada ocurrencia! ¡Cómo podía verla en la oscuridad!  Entonces me recordó una de aquellas preguntas, el “cómo”, que servía, tanto para pensar como para imaginar según ella. ¿Cómo soy?, me dijo. Fue ahí que comencé a considerar que los dioses no eran tan fiables. O se distraían por nada, dejándonos inermes de frente a ellas, o llegaban tarde, tarde para evaporar su imagen que se formó de repente cuando me pregunté cómo era, aparición que me hizo sobresaltar. Estaba ahí, dentro de la oscuridad de mi cabeza, desnuda, sin olor y sin palabras. Si para mí era linda en carne y huesos, lo era aún más dentro de mi cabeza que se negaba a aceptarla. Y, sin ningún motivo, al imprevisto sentí que un cansancio enorme me aplastaba. Entonces la busqué con mis manos para atraerla hacía mí. Quería tumbarme con ella sobre la negra tierra y a su lado dormir, pero mi dulce Aluna me quería encima. Qué hembra. Al principio me negué porque no quería que su imagen me abandonara, pero ella, la real e insatisfecha, comenzó a buscar mi lengua y a tocarme las sagradas armas. Con los ojos bien abiertos, dioses, ciudad, guerreros e imágenes desaparecieron debido a la urgencia. La próxima vez, no sé cómo, tendré que ser más veloz para llegar primero. No me dejaré vencer por nadie. Correré como un cuadrúpedo a quien persiguen furiosos ululupis.
Me desperté pegado a sus ubres, sintiendo su olor. Ella se esforzaba en penetrar mis cabellos enmarañados con sus dedos. Trataba de acariciarme. Cerré nuevamente los ojos, y en silencio, otra mujer desconocida tomó su lugar dentro de mi cabeza. Supe que era mi madre, mi verdadera madre, no una de las tantas que criaban huérfanos o abandonados junto a los propios. Fue un momento, pero por fin la conocía. Era como siempre esperé que fuera, con sus ubres abundantes, su vientre tibio que cada tanto me acariciaba. Pregunté que pasaba, porque a lo lejos sentía gritos e insultos de camaradas y aullidos de hembras. Mi dulce Aluna, continuando a acariciarme, me dijo que no me preocupara, que continuara a dormir, que sucedía lo de siempre, y lo de siempre no podía dejarme indiferente porque era una escaramuza, siempre violenta y a veces fatal, entre camaradas, en mi amada ciudad. Otra vez había surgido una reyerta debido a que una hembra tenía más de un pretendiente. Los gritos que escuchaba era el resultado de la intervención de la guardia interna del ejército, en su mayoría guerreros más ancianos, pero todavía vigorosos, que ya no participaban en la persecución y volteo de hembras. A golpes de garrotes estarían restableciendo el orden para que la caza pudiera continuar. Con toda seguridad se les estaba yendo la mano con los golpes para imponer la disciplina, y más de un guerrero quedaría inconsciente, boqueando y patas para arriba con la cabeza sangrante. Solamente si moría era un problema grave, ya que la hembra causante del conflicto, en vez de acoplarse, antes tenía que curar a ese desgraciado. Y lo estaría haciendo con esa facilidad que tienen para pasar de un estado de excitación a otro de cuidado. Son muy extrañas estas criaturas. No son como nosotros que, cuando nos excitamos, no encontramos tranquilidad hasta que no hemos acabado, así sea luchando o empujando.

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web