sábado

Traigo un gorrión alegre entre los labios
espero tu mirada
para abrirle la jaula
con todos sus encantos.

En tu mirada azul
se extravían mis ojos
deleitándose en tu alma
cadenciosa y profunda.

Sólo un mirar nos falta,
ya aguarda la penumbra
que misteriosa y santa
prepara algún encuentro
mientras la noche avanza.

Espero tu mirada.

De mi fantasma fiel
quiero el pozo de tu alma.

ocaso

rubio rubor alegre
que se inclina a beber
las sales cristalinas
de las olas errantes
mientras la tarde pinta
su extraño firmamento
de azules parafinas.

y se fue

Y se fue...
se fue
se fue.

Más allá
entre las sombras de su soledad
sólo tardes le quedan al errante
para asomarse al arca
y contar y contar
algo que se queda
tras un viaje
sin equipaje alguno.

Se fue
Se fue

Las voces callaron por ahora.
Desde el silencio
unos miran a otros,
extrañados;
y retoman sus rumbos
sin responder preguntas.

jueves

Hace falta un Tirano

"No me voy no me voy y no me voy"
La plaza llena canta coros desconocidos por mi lengua
en la pantalla de CNN nos dicen que no hay salida para el problema
que no hay cómo solucionar este conflicto.

Desde la plaza la gente canta y espera
saben lo que quieren
pero hay un problema
son como yo, como él y como tú
y "con gente como ésa"
no se puede hacer nada confiable.

Desde occidente miran y gestionan.
Qué salida le van a dar a toda esa gente reunida en esa plaza
que dice:

¡Basta!
¡Hasta aquí!
¡Ya estamos hartos!

Nadie los dirige más que el cansancio -dicen-.
pero con el cansancio no se pueden negociar intereses,
el hartazgo no sabe de compromisos ni convenios secretos
no sabe de demagogias ni de supuestas democracias;
es, sencillamente,
el andar que busca las satisfacciones inmediatas
al hambre y a la falta de futuro.

Hace falta un tirano.
Pronto...
Para que en Egipto todo vuelva a la normalidad
se requiere un tirano.

¿Quién sabe de un tirano?...

Occidente anda en busca de un tirano...

miércoles

Los Tres Cofres de la Media Luna.

Ella siempre pasaba a la cantina para echarse un tequilita. Sentada en la vieja barra de mezquite, se quedaba mirando divertida a todos los parroquianos; luego continuaba en lo suyo: acabar con "el caballito", sin sal, "como debe de ser", como lo degustan los buenos bebedores de tequila.
Acabada su bebida, se cubría con el reboso viejo que traía siempre y se marchaba.
En una ocasión me tocó atenderla, era un día de esos en que ni las moscas se paran en el negocio. Vino y me pidió su tequila, un Herradura Blanco "del más fuerte". Luego, como para matar el tiempo, o dejar salir a los fantasmas, inició una charla por demás extraña.


-¿Se imagina usted "mi señor" que yo de joven haya sido puta?
-No, no me imagino -respondí, un tanto sorprendido-.
Pues aquí donde me ve, con tantos años y sin dientes ya, fui de las más solicitadas de aquí por Querétaro. En el rancho nadie lo sabía, mucho menos en el pueblo. Me iba yo solita a la ciudad y en dos o tres días me juntaba una buena cantidad de billetes de cien y de doscientos. Luego me regresaba como me había ido. Todos pensaban que trabajaba de sirvienta en aquella ciudad, nunca me vieron con lujos ni nada por el estilo, todo el dinero lo iba juntando en un costal y lo metía dentro de un ropero viejo; nomás éramos mi madrecita y yo, y ella nunca andaba hurgando en mis cosas.
No señor... yo no gastaba mi dinero, nada me compraba. Alguna vez pensé en meterlo al banco, pero como no sé leer ni escribir, me dio miedo..., la verdad me dio miedo de que me fueran a hacer tonta y sentí que así estaba mejor, ahí bajo el colchón lo vería todo el tiempo. La verdad es que me gustaba levantarme por la madrugada y me ponía a tocarlo. A veces lo echaba sobre la cama y me acostaba sobre de él. No me lo va a creer pero sería algo así como un millón de pesos. Antes de que cualquier cosa fuera un millón de pesos.
Y es que no estás usted para saberlo… pero como yo era menudita, frágil pues..., pues tenía muchos clientes. Había noches en que no me daba abasto en el burdel, era uno tras otro, y guarde y guarde mis billetitos.
Sí señor, era yo muy codiciada, por bonita que era yo. Luego ya dejé de ir. Fue por los años 70, creo. Me llegaron las arrugas y con ellas los clientes fueron menos, luego
se me cayeron los dientes. La paga ya no era como antes, casi nada me daban y también ya nadie me buscaba, entonces decidí que ya no era tiempo para esas cosas. Me quedé en el ranchito. Mi mamacita y yo comíamos cualquier cosa para no tocar el dinero del costal. Luego murió mi madrecita y ahí fue cuando me pasó aquello. Cuando quise pagar su sepultura, el dinero no valía nada. Ya eran otros los billetes con que se pagaba y nada que me los quisieran aceptar.
Todavía ahí los tengo. No sé ni para qué. Cuando los miro me da harta tristeza. Pienso que debí comprarme una casa aquí en el pueblo o irme por ahí a gastarlo con mi madre. Pero no. Tonta de mí que creí que el dinero siempre valía lo mismo.

Nunca me quise casar ni tener hijos, quedé harta de hombre y me dio miedo eso de tener hijo con tanto "trabajo" que tuve. Ora estoy sola. Sola señor... Bueno hasta hay quien quiere quitarme la casita que fue de mis padres. Es un primo mío que como ve que no tengo familia ya le anda por que me muera de hambre para quedarse con lo mío. Imagínese... después de tener tanto dinero encostalado, ahora tengo que pedir limosna para pagar al municipio los impuestos de mi tierrita, y para comer… y medio vestir. Allá tengo mi costal de papel sin valor, nomás me sirve para sentirme la más pendeja de las pendejas pues para qué otra cosa puede servir ya.

Terminó de contarme su tragedia con los ojos inyectados de emoción. Terminó su tequila y se marchó.

Ese mismo año me enteré que había fallecido. No sé la razón por la que me uní al cortejo fúnebre con el resto de la gente de su rancho. A sus vecinos se les hizo extraño verme en su sepelio pues no sabían qué relación podría haber entre la anciana difunta y yo.

El primo por fin se hizo de la casa y como se encontró con un costal lleno de billetes viejos, se le ocurrió pensar que había un tesoro enterrado por ahí y empezó a hacer boquetes por dondequiera. Una vez que hubo destruido toda la casita intentó venderla pero nadie se interesó en comprar unas ruinas con paredes de adobe y paja.

Alguna vez me vino a buscar para decirme que su prima le había dicho antes de morir que le había dejado conmigo algunas cosas para que yo se las entregara. De inmediato me percaté que relacionó mi asistencia al sepelio con otro tipo de amistades, confianzas o negocios entre la anciana y yo. Para darle una lección le dije que sí, que su prima me había encargado que le dijera que arrojó en el centro de la Laguna Solís tres cofres antiguos de metal y madera llenos de doblones españoles de oro, que se había encontrado en el establo de su casa. “Ahí frente a La Media Luna de Purian”, con datos muy precisos del sitio, según yo. Y por qué los echó ahí, preguntó. Pues según me dijo que para que quien quisiese hacerse rico sin trabajar, al menos algún trabajo le costara. Se fue pensativo. Me enteré que por algunos meses anduvo de pescador por la Media Luna. Después de un tiempo dio por perdido el tesoro.

De ahí en adelante cada vez que se emborrachaba les platicaba a sus amigos de parranda “que la desgraciada de su prima”, “que ardiendo esté en el purgatorio”, había encontrado tres cofres llenos de monedas de oro y que, para no dejárselos a él, por envidia, los había ido a echar al fondo de la laguna.

Algunas veces, mientras tejía entre los humos del alcohol la historia de los cofres de oro, yo le preguntaba, gritándole, para que todos escucharan: A ver tú, Catalino Carretones, diles a éstos de qué tamaño eran los cofres de oro que se halló tu prima. Eran así, respondía, y hacia un círculo con los brazos, juntando al frente ambas manos, encorvando la cintura hacia el frente, como si le pesara el oro contenido en los cofres imaginarios. Luego se perdía en la borrachera soñando con doblones de oro hundidos y cientos de billetes que nunca tuvieron valor en sus manos.

No copie, use la imaginación...

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