jueves


Traducción de “Cambia-menti” de Vasco Rossi



Cambiar de auto es bastante fácil,

de mujer, ya es algo más difícil,

cambiar de vida es casi imposible,


cambiar todas las costumbres

eliminando las menos útiles

para cambiar de dirección,


cambiar la marca de cigarrillos

y hasta tratar de dejar el vicio

no es para nada tan difícil,


impedir que se desboquen las pasiones

sin exagerar las emociones

y que no “nos dejen caer en tentaciones”,


cambiar de lógica es muy fácil,

de idea, ya es algo más difícil,

cambiar de fe es casi imposible,


cambiar todas las razones

que nos han hecho para cometer errores

no sería ni siquiera natural,


cambiar de opinión no es difícil,

cambiar de partido es muy fácil,

cambiar el mundo es casi imposible,


solo podemos cambiar nosotros mismos,

parece poco, pero si lo lográramos

llevaríamos a cabo la revolución,


vivir bien o tratar de hacerlo,

hacer el menos daño posible,

no querer ser el mejor,

no tener miedo a la derrota,

y considerar que será bastante difícil

zafar de este estado de cosas.

martes

                                                    El periodista... 4

El Secretario de Relaciones Públicas no era un hombre; era una mujer, y esto me puso aún más de buen humor. Con ellas las entrevistas no transcurren como con los hombres, con los cuales siempre me parece encontrarme en medio de un mar tempestuoso, como tripulante de naves de guerra que se enfrentan cañoneando preguntas y respuestas a mansalva, sin ninguna intención de hacer marcha atrás, y que al quedarse sin municiones continúan a agredirse insultándose desde los puentes.
Con ellas como máximo me siento sobre un lago apenas encrespado, en el cual las mismas preguntas y respuestas, cargadas de ironías unas y llenas de desprecio las otras, se saludan con la mano desde la borda esperando volver a verse. ¡Son tan vanidosas! Por este motivo creo que no guardan rencor, y menos cuando de aparecer en revistas de moda se trata: no tienen tiempo, no como nosotros que somos igual de vanidosos y rencorosos hasta morir. Pero esa encargada, rotunda expresión rubicunda de la raza anglosajona había adherido en forma maciza a la representación masculina. También ella lucía un ambo, azul oscuro en este caso, pero con botones metálicos que trajeron a mi memoria viejos estereotipos de uniformes militares. Pude comprobar que estaba excitadísima por la entrevista, y no había mejor manera de demostrarlo que acomodando una y otra vez su notoria humanidad en el sillón.
Acepté un té que me ofreció en su pensado, lento y seguro español y luego, en su lengua natal, lo ordenó a alguien en la oficina contigua de la cual, al entrar, ignoraba la presencia.
Mientras esperábamos me pasó su tarjeta de presentación al mismo tiempo que me decía que mi revista “era muy amena, algo indiscreta, por cierto, pero considerándolo bien, necesaria su lectura”, “que leía todos mis artículos” pero me reprochó, con un dejo de tristeza, la manera superficial y hasta cruel de cómo divulgué la noticia de la condesa... condesa (¡Oh, nefasta coincidencia!)  que era su íntima amiga. Ese particular me llevó a pensar que me estaba haciendo de un nuevo enemigo, pero me sentí aliviado cuando, al final, me dijo casi con complicidad; “Sí, la condesa es algo muy especial. Un espíritu libre, con un concepto de la libertad talvez un poco vistoso para este tipo de sociedad, que la lleva a mostrarse como una mujer sin prejuicios, pero no es verdad: es tan emancipada como generosa, muy culta, pero no quiere aceptar que ya tiene sus años.  Continuará a ser una niña a pesar de sus... de su edad, y espero que su crítica pueda hacerle abrir los ojos, como no lo he conseguido yo con mis consejos de buena amiga. Además –añadió con un tono de confidencia y voz apenas audible―, no es la primera vez que su pobre marido, el conde, se entera de los amoríos de su esposa”.
Largué un suspiro de alivio, y comprobé que podía ser una fuente inagotable de chismes, por lo cual decidí de conquistar su amistad y hacerle visitas más periódicas.
La que llegó con el té era una jovencita de tez morena, de evidente origen andina que me asombró por su elevada estatura. No había visto jamás una así tan alta. Me saludó en un español terso, para luego responder a una incomprensible pregunta de mi interlocutora en su idioma. Continué a mirarla con insistencia sin esconder mi asombro, mientras palabras que escuché de niño se despertaron otra vez: mistol, albahaca, chañar, maíz... “Así de alta, así de igual y flexible a una verde y noble planta de maíz”. Me propuse que de alguna manera tendría que hacerle una entrevista para que me explicara el motivo de tal excepción de su etnia.
Mi entrevistada, tan propensa a las pequeñas historias como todas las mujeres a pesar de que vestía como hombre, me informó –notando mi evidente interés por su asistente―, que la globalización no había empezado en aquellos últimos años, sino tanto tiempo atrás, agregando una sentencia que la llenó de orgullo por poseer a sus servicios tal vistosa muestra antropológica; “¡Su padre era inglés!”, afirmación que me desorientó ya que ella, para su cargo, no podía no ser sudafricana. ¿Qué tenía que ver que hubiera sido inglés? Talvez, además de ser una representante política de un notorio país, también era una socialista progresista que no creía, como yo, en fronteras, himnos y banderas. O quizás aquella teoría racista que afirmaba que todos los pueblos germánicos son más solidarios entre ellos era cierta, por el solo hecho de ser blancos y rubios, en desmedro de las gentes latinas, morochos y oscuros. De cualquier manera lo dijo con fuerte acento nacionalista, cosa que no me sorprendió observando nuevamente su porte, casi militar, pero otra vez, volviendo a mirar a esa muchacha alta,  pensé que el árbol de la   humanidad, en su  crecer traumático recibe injertos de manos que no se conforman con sus frutos naturales y quieren saborear otros gustos... y he aquí el resultado; esa belleza que no era andina, pero tampoco anglosajona, muy alta, muy altiva en su aparente humildad... y que respondía al nombre de Helda.

Cuando pronuncié el nombre del gran diamante, mi entrevistada, muy a pesar mío, no demostró ninguna sorpresa. Todo lo contrario, y se limitó a responder casi con fastidio que ese nombre venía a flote cada tanto. No le había ordenado nada a Helda, pero esa alta belleza andina se apareció con una carpeta en la cual la secretaria se informó con ojeadas rápidas de su contenido, como si ya la hubiera consultada más de una vez.
Lo único que puedo decirle es que El Gran Kaiser, antes que nada, es propiedad de mi gobierno.
¿Y dónde se encuentra ahora?   –pregunté con ficticio desinterés, pero excitado interiormente sabiendo que era una pregunta molesta. 
No lo sabemos –me respondió mientras, para mi íntima satisfacción, pude comprobar que un bochorno colorido comenzó a invadirla.
¿Ha sido robado?  
No diría... “robado” ... digamos que –y para continuar necesitó la ayuda de la presencia de Helda, que sólo se limitó a devolverle una mirada impasible, como para hacerle recordar que no debía perder su aplomo–...  se considera momentáneamente “extraviado”.
Supongo que continuarán con su búsqueda.
–Sin ninguna duda. Si bien su valor es incalculable es antes que nada un símbolo, una parte de la historia de mi país... ¿Puedo saber cuál es su interés por El Gran Kaiser?

Yo no sé cómo hago para disimular mi cinismo... (y sin él, ¿cómo haría para subsistir en este medio?) pues estaba excitado viendo cómo había cambiado su actitud, tan francamente amigable y social al principio, y después tan “estrictamente funcionaria de Relaciones Públicas”, pero ya me había hecho una firme idea: mi rostro debía expresar la rutina del rostro de un periodista de Costumbre y Sociedad, un poco despistado, a caza de frívolas novedades.
Mi revista cree que sería interesante indagar viejos misterios en noticias del pasado. El Gran Kaiser es, entre tantas, una de las más insólitas.    
Supongo que comprenderá que también es insólito la ausencia de tal.... “símbolo” de su lugar de origen indiscutible –me respondió agregando una frase que hizo inútil la que yo estaba por decir―,Y MI GOBIERNO HARÁ LO IMPOSIBLE PARA RECUPERARLO.
“Lo imposible” –me dije a mí mismo pensando en Bonifacio.

En tanto me despedía le pregunté si estaría presente en el próximo desfile de moda. Sabiendo de antemano que no había sido invitada –pues tuve acceso a la lista de invitados―, le alargué una de las tantas entradas gratis que llevo como fuente de corrupción para casos como estos. Por su reacción no tuve dudas de que volveríamos a ser como viejos amigos necesitados el uno del otro, pero a Helda, aún asombrado, le insinué una entrevista para ahondar en esa nueva curiosidad que me intrigó: las condiciones en las cuales se entreveraron dos solitarios componentes de dos etnias completamente diversas y aún más lejanas, dando como resultado este nuevo fruto con un rostro andino, tan bello como tan bien colocado en la cima de un cuerpo esbelto.    

viernes

                                                             El periodista... 3

Me levanté para irme notando que mi acidez estomacal había desaparecido. Me sentía satisfecho, tenía una historia que, si la trabaja bien, sería estrepitosa, pero cuando los miré desde mi altura, en pie, vi cuatro vidas derrotadas dentro de cuerpos frágiles, obstinados y, por lo visto, todavía sanos. Me miraban confiados, y por supuesto no tenían ambiciones de notoriedad como lo afirmó mi jefe. Habían pasado en silencio y en silencio querían irse, y estaba seguro de que el encuentro con esa piedra era lo único importante que les había sucedido durante todas sus vidas, demasiado importante, diría una exageración, una burla del destino. Tuve un momento de confusión porque, al observarlos, se mezclaba en mí la satisfacción de saber que yo no me encontraría jamás como ellos, pero al verlos expectantes, esperando como si yo fuera lo último a quien aferrarse me llenaban de tristeza, y, para colmo, el muerto volvió a dar señales de vida en ese bar oscuro y fumoso. Me pareció que, con las manos en los bolsillos, daba vueltas alrededor nuestro.

―Pero, con respecto a ese… muerto… ¿No vino nadie a preguntar, a investigar?

―Ni los perros ―se apresuró a contestar Clara. Era un hombre malvado, y seguramente ninguno sintió su falta o lloró por él… era…

― ¡Basta, Clarita! ―la interrumpió Bonifacio.

Mientras manejaba hacia la redacción ya había armado la historia. Por supuesto sin un final, porque, incorporándome realmente a los sucesos, ya que iría a la embajada, los epílogos podían ser varios. Mi entusiasmo era cada vez mayor. De lo que estaba seguro era que, Bonifacio, en unos de sus vagabundeos por la ciudad se encuentra sin querer en medio del tiroteo. Uno de los ladrones, al ser herido, suelta la valija, esta se abre por el golpe al caer y desparrama el contenido, El Gran Káiser llega rodando hasta él, y sin pensarlo dos veces huye con el diamante. Se sienten inmensamente ricos cuando lo observan sobre la mesa, pero siguen siendo tan pobres como antes. Se ponen en contacto con la embajada, llega un tipo sin escrúpulo, los amenaza luego de negarse a pagar lo que ellos le pedían como justa recompensa, y en un acto de defensa propia lo matan… ¿y quién si no Miguel podía hacerlo? Clarita lo momifica y luego lo recubre con cera… ¿Para qué? ¿No sería mejor hacerlo desaparecer? No. Lo expone en su sala de figuras de cera, por supuesto en un lugar imaginario, solo para tener enganchados a los lectores.

Cuando llegué al edificio del diario, el treintañero cortejador de la condesa me estaba esperando en la entrada con dos gorilas, a los que ordenó de no intervenir. Pude comprobar lo que ya me imaginaba: que era un cobarde; de los peores, pues buscaba notoriedad, ya que estaba seguro de que antes de llegar hasta mí, los guardias de la editorial lo habrían detenido, como luego puntualmente sucedió. Así y todo, logró asestarme un puño en el rostro, por suerte con poca convicción, que me dejó con las ganas. Pero el gesto estaba destinado a los demás presentes que se alarmaron cuando oyeron sus gritos para comenzar con la farsa;

―¡Infame! ¡Falso! Nos veremos en los tribunales. Hasta creo que esperaba los aplausos de los atónitos espectadores.

Verdaderamente él no me preocupó tanto como sus extraños amigos. Esos no se ofenden por nada: sólo obedecen. ¿De dónde habían salido? 

Sobre él ya había hecho averiguaciones. Sabía a qué familia pertenecía ese energúmeno Don Juan semi–aristocrático, quiénes eran sus amistades y los círculos que frecuentaba, bastantes opacos y sospechosos. Sus gorilas deberían de pertenecer a esas cofradías. Lo había anotado todo, a partir de cuando supe que había comenzado a cortejar a la condesa, para saber qué clase de tipo era.

Mi director, al ver mi estado, me miró riendo. Por lo visto le causaba gracia mis vestidos desaliñados y mi rostro marcado.

 ¿No es un trabajo algo peligroso?  –me preguntó con sorna.

Entonces aproveché para decirle que merecía un aumento.

La de tu aumento es una historia que creo no tendrá un final, por lo que a la dirección le compete, ni feliz ni triste –me respondió hermético.

Tuve que admitir que, además de ser un excelente periodista, también es un inigualable contemporizador cuando se trata de plata, mejor dicho, un inigualable tacaño. Sin embargo, estaba seguro de que mi aumento, como premio en toda historia, llegaría, con o sin accidentes callejeros. Sólo tenía que insistir. La obstinación no me falta, pero ese último encontronazo, con los dos personajes que se agregaron sin tener nada que ver, me hicieron reflexionar. No era la primera vez que me agarraba a trompadas para defenderme de corruptos y fanfarrones que denunciaba, pero jamás con guardaespaldas. Consideré que sería mejor agenciarme un arma.  Pareció que mi jefe había leído mis pensamientos pues agregó;

Si continuás de esa manera lo único que conseguirás será una medalla post morten... Después un largo discurso de parte mía en el cual no ahorraré elogios...  ¡y menos aumentos de sueldo que desgraciadamente ya no te servirán!   –añadió señalándome con el dedo mientras reprimía un ataque de risa– dálo por seguro. ¡Ah! Sería una situación sublime. En tu funeral y con la gravedad de los vestidos oscuros, yo, alto y claro pronunciaría un discurso memorable – y finalmente largó su risotada contenida que me devolvió el buen humor, no tan negro como el suyo.

También el ambiente de mi trabajo junto a todas las noticias que incuba, elabora y hace explotar es íntimamente parte de esa frivolidad tan sanguínea que se llama Costumbre y Sociedad. Sociedad con costumbres de avidez continua, de amistades intermitentes, de deseos de fama asfixiante, de sinceridad de ocasión, de tantos odios y simpatías. Estoy metido hasta la coronilla en el, a menudo me siento ahogar, pero si me faltara no sé que haría.

Terminé de hacer los primeros bosquejos de la historia del diamante y los viejos, y la primera frase que había escrito me pareció perfecta para que se transformara en el título del artículo “¿Dónde está el Gran Kaiser?” Volví a leer esas dos páginas y me di cuenta de que le faltaban los componentes importantísimos por lo cuales me siguen tantos lectores: el amor, la pasión, el sexo. Era evidente de que de ese ramo seco de la humanidad nada de sublime de esas manifestaciones podría obtener, y fue en ese momento que recordé que Patricia K, luego de mi insistencia, con una cierta resignación accedió a darme el número de teléfono, el de su trabajo, avisándome que andaba siempre muy ocupada, pero que insistiera; ella trataría de hacer un paréntesis.

Comencé a buscarlo ansiosamente porque no recordaba dónde lo había guardado aquella noche, hasta que lo encontré en el bolsillo posterior de mi pantalón, escrito sobre una servilleta del Palace Inn Hotel. Lo repetí mentalmente descubriendo que su conformación sonora me llevaba –pues tengo una memoria audible muy desarrollada–, a algún otro que había escuchado recientemente. Busqué y encontré también ese: ¡era, salvo por el último número, seguramente un interno, idéntico al teléfono de la embajada que había anotado Bonifacio!

Me quedé sin pensamientos por un instante, pero luego estos retornaron desordenadamente a afluir alrededor de ella, mas no se me ocurrió pensar que los hechos estaban íntimamente ligados.

Era una coincidencia que me causó estupor y una alegría incontenible. No podía ser que un buen augurio.

El recuerdo de su personalidad, esa mezcla de despreocupación mundana que sintetizaba clarísimo en frases tan inesperadas como efectivas, junto a una consciente percepción del efecto que causaba su belleza en los hombres, hizo posible que la coincidencia pasara a segundo plano.



Antes de dirigirme al Secretario de Relaciones Públicas de la embajada, me enteré de que Patricia K. era una agregada comercial, según una chapa dorada sobre su puerta. Golpeé y me abrió la puerta, junto a una oleada de perfume que aún conservaba en mi memoria, una señora con ambo oscuro perfectamente adherido a su cuerpo, sin ningún pliegue. Se me ocurrió que sus hombreras, que en otras mujeres son evidentemente postizas, en ella no hubieran sido necesarias, ya que todo su cuerpo era una invitación delicada a extraviarse observando su figura. ¡Madre mía! ¿Por que nos enamoramos de ciertas mujeres y de otras no? ¿Qué tenía esa mujer si he tratado con otras aún más bellas? ¿Por qué es tan caótico el amor?

Me saludo extendiéndome la mano, como si fuera la primera vez que nos veíamos; luego me invitó a sentarme.

En el bolsillo de su pecho se asomaba un pañuelo rígidamente ordenado del cual imaginé su fragancia. Observé nuevamente mientras recordaba ese collar de diminutas piedras brillantes que se apoyaban en su piel. Su cabello estaba prolijamente recogido, y, sin embargo, no había nada que me retrajera a la mujer que en la fiesta de la condesa bailó conmigo, apenas excitada por el poco alcohol que bebía con lentitud. Estuve a punto de tamborilear los dedos sobre su escritorio, gesto que siempre hago para comenzar cualquier entrevista, consciente del efecto que ejerzo sobre el entrevistado, pero me detuve a observarla, directamente a los ojos, e inexplicablemente abandoné cualquier intento de preguntar para saber. No quería saber nada que no fuese algo íntimo de si misma, pero no sabía por dónde empezar. Se dio cuenta y con apenas una sonrisa esbozada fue ella que inició con las preguntas.

Bueno, ¿a qué debo (¡e hizo un cambio de pronombre que me desorientó aún más!)  su visita?

Sus ojos eran de un inmenso y triste gris claro, que por lo visto no tenían ninguna intención de parpadear mientras la miraba tratando de transmitirle mi desorientamiento. Recordaba aún que los había cerrado divertida mientras acercaba su cabeza, con un mohín de vergüenza hacia mi hombro, cuando bailábamos en el Palace Inn. De esto me pareció que no hubiera sido la noche anterior; estaba ahí todavía, al alcance de mi mano, de mi memoria que se hacía más vívida por el deseo, noche en la cual hubiera querido continuar a estar.

—Si mal no recuerdo, porque estaba algo alegre, habíamos quedado en que te llamaba... pero se dio la casualidad de que tengo que entrevistar al encargado de Relaciones Públicas de la embajada... y descubrir que trabajás en el mismo lugar me parece de buen augurio. ¿No te parece?

Sonrió antes de contestarme que los augurios eran más... “emocionantes” si estaban dirigidos a dos personas, jamás a una. Luego agregó, con esa seguridad que da el hecho de saber que todo está bajo control y puede permitirse un gesto de cortesía (¿o de compasión?)   que también ella, en la fiesta estaba algo alegre y despreocupada.

Como   puede   ver   el   trabajo que realizo me ocupará prácticamente todo el día –me dijo señalando una ordenada columna de carpetas sobre su escritorio, y otra sobre un mueble a sus espaldas. Sobre la pared descubrí asombrado un diploma de Tiro al Blanco Móvil con su nombre.

No es necesario darme del usted –le respondí en tanto observaba otra fotografía en la cual posaba sonriente al lado de un hombre apuesto.

Lo sé. También sé que... eres comprensivo y discreto –me respondió cuando se percató de que continuaba a observar, alternativamente, el retrato y su diploma.

 Es... mi marido –me aclaró. Él era también campeón de tiro.

Con las mujeres difíciles había puesto a punto una estratagema que me dio siempre resultado: poner una cara de desamparo que hacía imposible que en ellas no se asomara ese instinto que las distinguen: la compasión. A veces hasta en situaciones límites, como la que estaba experimentando, en la cual parecía que todo estaba irremediablemente perdido. También ahí dio resultado, y podía abandonar el campo de batalla sin haber sufrido una derrota humillante, esperando ingeniar otros artilugios más convincentes en futuras ocasiones, pero me di cuenta de que no había fingido un aspecto de desamparo: realmente, frente a ella y sabiendo que estaba casada, me sentí desolado... pero no pensé en aflojar.

Después de explicarme sumariamente que es lo que hacía en la embajada, me pidió mi número de teléfono y se comprometió a llamarme cuando tuviera algo de tiempo. Extrañamente no me importó si me llamaría o no, porque me quedé como suspendido con el sonido de esa frase que prometía una intimidad: Te llamaré.

Mientras me estaba yendo me preguntó qué había venido a hacer a su embajada.

Realmente quería verte de nuevo –contesté sin olvidar de mostrar un rostro devastado.

—¡No empecemos por favor! –me respondió mientras le afloraba un ligero enojo que la tornó aún más atractiva. Quise continuar a provocarla, pero tuve temor a su reacción.

No sé si les dije algo que a ustedes les parecerá banal, pero mi profesión, que a todas luces se ocupa de la frivolidad, me obliga a declamarlo para liberarme de mal entendidos, para dejar bien en claro que no soy un superficial o un frívolo periodista. Amo esta vida no sólo porque además de fresco y con todas las luces ya encendidas, me despierto, antes que nada, con una propicia hambre, con proyectos que jamás son los mismos y con una fuerza, que, indudablemente tiene que ser sexual, que hace posible cualquier esbozo de tarea futura, aún si no hay en ella mujer alguna. Que me perdone quien ha escrito esa hermosísima frase en la Biblia, pero realmente sólo ellas son “La sal de la vida”.

Siempre habrá una mujer. Siempre las hubo. Sin ellas –mejor dicho, sin esa fuerza que está dirigida a todas, no a una, el mundo no hubiera tomado el rumbo que tomó. Mientras exista esa tensión hacia todas ellas, todo continuará a existir, todo será bello y prometedor a pesar de que este mundo es un horror continuo. Hasta la metafísica, esa ciencia obsoleta y abstrusa no habría nacido ya que la Belleza, el Bien, lo Bueno, lo Justo ¿En dónde tendríamos que buscarlos si no en ellas? Y si a veces aquellas virtudes en ellas no se manifiestan es simplemente porque les ha tocado existir en un mundo exclusivamente masculino.

La miré sabiendo que vendrían momentos memorables, tan sólo en pensar que lo haría. No había lugar en mi exaltación para lo contrario. “Te llamaré” continué a repetirme, y esa intimidad verbal me llenó de orgullo, de ansiedad, de pasión, de una alegría casi eléctrica. “Te llamaré”.  Sí... y respondí a su pregunta.

Mi revista, siempre frívola, quiere saber algo más sobre un diamante sud africano desaparecido hace tiempo –contesté sin tener en cuenta que jamás hubiera revelado tal infame característica de la empresa para la cual trabajo a otra persona.

¿Diamante? –repitió mientras su mirada se apartó de mí para observar el pasillo vacío, el que me llevaría hasta la oficina del encargado de las relaciones públicas de la embajada. Se quedó inmóvil como si tratara de recordar algo. La segunda puerta a la izquierda ―agregó finalmente.


domingo


Mi viejo gato haragán se estira perezoso

para luego enroscarse blandamente y quedar

ensimismado barruntando cual filósofo

el extraño sino de la vida.



Entrecierra los ojos perspicaces y se olvida

que en sus grietas las lauchas de la alegría

duermen grises bien seguras y al amparo.



Su misión reposando hoy es otra;

es dar lecciones de abandono

ahorrando astucia y eficacia

para aquel que camina,

fuma, piensa y se pasea

arrastrando las dos patas.

¡Esta extraña ligereza de lo transitorio!

El mismo tiempo dividido en ilimitados

pedazos de conciencia, no iguales a sí misma,

porque cambian según como cambian

las reflexiones volátiles de quien tuvo

que aprender  a tener derecha la osamenta

y esperar que muerte diga ya está bien,

es suficiente, ya es hora, no hay prisa,

pero es tiempo de abandonar esta experiencia.

Y así de transitorio también son los sueños,

como el polvo de cúmulos de universos

que ensombrece esta tierra y su fervor.

Tuve todo al alcance de mi mano

porque soy lo que he pagado, un sueño

en los cuales a veces estuve vivo

y en otras me perdí completamente,

añorando en uno y en el otro, su contrario,

simple desacuerdo con toda mi persona

sometida pero con rebeldía a esto

que llamamos existir.





  
                                         El Periodista de Costumbre y Sociedad 2

Un enemigo hecho y, espero más adelante, algo más que una amiga: una deliciosa morocha, con insondables y tristes ojos marrones, de nombre Patricia K, también presente en la fiesta, que otra vez me ha hecho reflexionar sobre mi profesión. No es que no lo haya hecho antes. Defiendo lo que hago y no acepto cuando me tildan de periodista de bajos instintos, y a menudo me he ido a las manos por ello. Considero las críticas o, como envidia porque me leen tantos, o producto de los prejuicios de una sociedad hipócrita que no soporta ver sus trapos sucios. Pero, debo reconocerlo, me dolió su apreciación, siempre la misma: falta de metas más nobles, ligereza, frivolidad. Sólo su belleza me llevó a no contrastarla. Di a entender que algo de razón tenía, sólo para dejar puertas abiertas y volver a encontrarla. He conocido a tantas mujeres hermosas, pero, ¿qué tenía ésta de especial? A parte de la efectividad de sus frases críticas, su desenvoltura, su gracia, creo haber percibido una especie de obstinación, o insatisfacción por algo o alguien. Lo sentí en el tono de su voz cuando hablamos sobre el género masculino. Y de repente me dijo que tenía que irse. Me dio un beso en la mejilla y desapareció.

Continué a beber cuando me quedé solo, demasiado me parece, sordo dentro de ese irreal globo rutilante y ensordecedor de la fiesta, y si mal no recuerdo contesté algo poco amable al cortejador oculto cuando pasó a mi lado.

Me desperté pensando en ella y con la resaca en la boca. También que tenía que encontrarme con un tipo que afirmaba tener información sobre un diamante valioso y desde tiempo extraviado. Eso es lo que me comunicó mi jefe de redacción. “Talvez es uno que anda buscando notoriedad, pero es un buen motivo para que te inventes un artículo con gancho. Yo jamás vi un diamante, ¿Y vos? Andá y gánate el pan”. Admiro a mi jefe, arrabalero y aristocrático al mismo tiempo, directo y noble. Renguea de una pierna, resultado de su pasión por el periodismo: siguiendo en directa una de las tantas y estúpidas guerras que inventamos recibió un balazo. Morirá, estoy seguro, al pie de su máquina de escribir, viendo y narrando.

Y allí estuve en horario, en un bar fumoso y sin un mísero limón que aliviara mi acidez por lo bebido la noche anterior, de frente no a uno, sino a cuatro viejos. Dos hombres y dos mujeres.   Bonifacio, Miguel, Luisa y Clara. Viven juntos no sé dónde y por las reticencias, los silencios y las caras de asustada complicidad cuando trataron de darme la ubicación, juraría que son okupas. Son solteros, fuman todos menos Miguel, un robusto anciano. Un ramo seco de la humanidad, me dije al verlos, de los cuales creí que nada obtendría. ¿Qué información sobre un diamante podrían tener esos cuatro viejos? Y, sin embargo, si hubiera hecho caso a ese fugaz estremecimiento que me causó el bar y ese grupo, tendría que haberme ido ahorrándome todas las experiencias que vendrían después, pero desperdiciando una historia rocambolesca. Bonifacio, un anciano de rostro consumido y ajado por el tabaco, de no más de setenta años lleva la batuta. Habla por todos después de buscar la aprobación de los otros.

Luisita, que se me antoja pizpireta desde la cuna, fuma unos sutiles cigarrillos con el filtro color marrón mientras inspecciona sus uñas, cambia la posición de su cuerpo en la silla, y en los momentos en que se cruzan nuestras miradas adopta una actitud como si yo fuera alguien que le está exigiendo un dato difícil de encontrar. En su juventud tuvo que haber sido hermosa.

Clara es una rotunda expresión de beatitud, asociada a su cigarrillo que se consume sin ser aspirado, seguramente ingenua y algo despistada. No se atreve a mirarme por más de dos segundos, pero ríe casi bobamente cuando escucha algo divertido de los demás. Es la única que trabaja, de enfermera por horas, y tiene un negocio macabro en un barrio periférico: además de la venta de vivos, embalsama animales y hace figuras de cera.

Miguel, el robusto anciano, tuvo una experiencia como religioso. Queriendo saber más sobre Dios y lo inescrutable de su esencia, entró como novicio en una congregación de frailes, que abandonó después de un año. Su incapacidad para entender lo incomprensible y su fuerza física hicieron que terminara como fraile de servicio. Cortar leña, barrer, lavar, sembrar, arar, levantar paredes, etc. etc. Prefirió quedarse con sus dudas metafísicas en vez de quebrarse el espinazo por otros. Más adelante le haré una entrevista exhaustiva, porque también es una historia digna de ser contada.

Bonifacio, con la sola aprobación entusiasta de las mujeres, ya que Miguel parecía mudo o incapaz de entender, me hizo saber la admiración que sentían por mí y por mis artículos. Especialmente los chismes veraniegos; que me consideraban uno como ellos, de pueblo y de idioma, y por estos motivos me pidieron ayuda para tratar de obtener algo de dinero por el diamante El Gran Káiser, por supuesto con un generoso reconocimiento para mí si todo andaba a buen puerto. No sé si no entendí o no quise entender. Del Gran Káiser sabía algo. Cuando cursaba la universidad me enteré de un estrepitoso golpe a la joyería Joel’s durante el cual desapareció. Los ladrones, durante un tiroteo con muertos y autos quemados, desparramaron en la acera y vereda cantidad de esas piedrecillas luminosas y duras, incluido el Gran Káiser, un gran diamante originario de las minas del Sud África, y en aquellos tiempos destinado al emperador alemán. De ahí su nombre.

Se sabe que cuando se llega a viejo, además de los reflejos, también se retraen a una especie de infantilismo, de ingenuidad.  No podía creer lo que me estaban pidiendo. Me daban pena. Entonces me levanté para irme, con más acidez estomacal que cuando llegué por el tiempo perdido, pero antes les largué un discurso en el cual, con no tanta diplomacia, les di a entender la estupidez de la propuesta, como también la imposibilidad de que una joya de ese valor hubiera terminado en sus manos. Y agregué con sarcasmo que esa piedra seguramente no la tenían encima en esos momentos, porque era demasiado peligroso. Asintieron los tres, como lo había supuesto. No todos los días se anda con un diamante valorizado en millones de dólares en el bolsillo de unos pantalones raídos y sucios. Estaba por saludarlos cuando Bonifacio, depositando un cuadrado de carta brillante sobre la mesa, me detuvo,

¿Por qué no le da una ojeada?

Era una instantánea Polaroid, ya media amarillenta, que no me causó sorpresa: ninguno de ellos usaba teléfonos de última generación como el mío, con cámara de fotos incorporada.

Sobre un pedazo de arrugado papel de diario la fotografía mostraba el volumen brillante de una descomunal piedra poliédrica, y detrás, con muy poco sentido de la solemnidad de la ocasión y del supuesto valor del objeto se veía, fuera de foco, pero inconfundiblemente, una lavabo y platos amontonados.

La calidad de la imagen era deficiente, pues ya tenía sus años, pero logré ver aún los reflejos de la escala cromática... Violeta, anaranjado, amarillo. Creo que me quedé rígido al observarla, por un tiempo larguísimo, igual al necesario para que pudiera encajar esa belleza y su milenaria estabilidad atómica en la realidad que me rodeaba: un tétrico bar perdido en la periferia, cuatro andrajosos viejos y un periodista en busca de noticias con la boca abierta y acidez estomacal. Transparencia, brillo, delicadeza y estupor en un objeto tan viejo como el mundo, que, desde las entrañas del planeta, luego de que sus elementos primordiales sufrieran inimaginables presiones para llegar a ser lo que era, fue vomitado hacia la superficie, como lágrimas, esperando un día reflejar la luz del sol, su padre y madre. A duras penas salí de la fascinación, del magnetismo que me causaba, pero lo primero que hice fue buscar indicios de una falsificación. Un montaje era imposible porque no encontré absolutamente nada de anómalo. Además, dudé de que esos cuatro tuvieran conocimiento de una técnica que señorean pocos. Entonces hice la pregunta que no había previsto,

―¿Cómo llegó a sus manos?

―Llegó ―contesto Bonifacio, dándome a entender que no quería entrar en detalles. Sin que nosotros lo hubiéramos querido, pero llegó, y ahí está. Al principio no lo podíamos creer. ¡Éramos inmensamente ricos! Lo mirábamos y ya desfilaban frente a nuestros ojos compras, gastos y fiestas, fumábamos costosos toscanos en hoteles de lujos mientras Clara y Luisa mostraban sus joyas y vestidos. Pasó el tiempo, y continuaba a estar en nuestro poder, pero seguíamos siendo tan pobres como ahora, porque no sabíamos qué mierda hacer, a quién pedir algo por él. Tuvimos que volver a leer los diarios del día de la desaparición, y finalmente nos enteramos de que pertenecía a la República del Sud África. Nos pusimos en contacto con ellos, pero… salió todo mal.

―¿Qué quiere decir “salió todo mal”? pregunté, sin dejar de observar la foto.

Hubo un silencio durante el cual noté que se miraban entre ellos.

Vino un tipo de la embajada y…

Hubo un muerto ―lo interrumpió Luisita. Pero no fue culpa nuestra.

La miré de repente esperando haber oído mal, pero los suyos, que habían oído muy bien le musitaron casi al unísono,

¡Porque no te callás, Luisita!

Después de metabolizar el miedo repentino por esa revelación, me di cuenta de que esa historia comenzaba a ser apasionante. Pero con ese repentino muerto, presunto o real, yo también no sabía qué hacer.

Hagan de cuenta que no escuché nada ―les dije mientras ya estaba armando mi historia particular de esa piedra: uno de los viejos, pasando por casualidad frente a la joyería Joel’s en el momento del atraco, se encontró con que un diamante grueso como una ciruela había rodado hasta él. ¿Y el muerto…? Lo dejé para después. Era la primera vez que me encontraba con uno. Llené con los datos necesarios mi agenda, a mano, porque me pidieron que no grabara sus voces, les aseguré con juramentos que, como un buen cura, lo que me habían narrado quedaba encerrado dentro del secreto de la confesión; que si no tenían nada en contrario publicaría más adelante la historia, por supuesto cambiando nombres y situaciones; y, con una cautela timorata pregunté, qué fue de… ese muerto.

―¿Por qué no la publica después de que estemos muertos, con los nombres y situaciones verdaderas? No nos falta tanto ―respondió Bonifacio, e inmediatamente buscó con la mirada la aprobación de los otros que asintieron con una sonrisa cerrada, con un humm, abriendo los ojos como si esperaran una agradable sorpresa, incluido Miguel. Los muertos están siempre bien ―añadió Clara, y en ese momento supe dónde iría a parar ese muerto en mi imaginación: lo embalsamó y luego hizo una figura de cera. Era una historia perfecta, macabra, inventada pero genial. Les prometí mi ayuda, pero limitada solamente a tantear la embajada, y si era verdad lo que me habían contado, ponerlos en contacto a ambos a través de mi supuesta autoridad como periodista, y que se las arreglaran entre ellos. Y si todo salía bien, unos pesos no me vendrían para nada mal.


sábado

                                                        Cocodrilos


No se asusten por mi áspero aspecto

de taimado cocodrilo feroz,

los únicos autorizados al espanto

son los niños, diminutos dioses caseros,

porque en el hombre hay un cocodrilo

y en el cocodrilo la sombra de un hombre.

Mis fauces son profundas y oscuras,

mis dientes en desorden, cándidos y duros,

anticipan dolores venideros de la carne

inocente arrancada y desmenuzada a jirones.

Oscuros y antiguos prejuicios me definen

porque lloro con lágrimas de reptil antiquísimo

cuando el hombre todavía era un sueño político,

pero si las derramo es porque continuamente

ando con hambre, junto al saber que no soy bello.

Envidio la gacela y del veloz guepardo el donaire,

además, mis ridículas patas son cortas y lentas

y mi cola excesiva, eficiente en ríos y pantanos

sobre la madre tierra es brutal, torpe e inútil.

Nado estando al acecho continuo y es en el agua

que nadie observa que lloro porque mi pobre corazón

también está custodiado con infinitas, robustas

escamas que parecen casi de acero.




martes


                                             El periodista de Costumbre y Sociedad

Chisme y noticia comparten el mismo linaje, y si son valoradas con distintos pareceres es debido a que el chisme, lamentablemente, tiene una cierta familiaridad sonora con chusma. Las noticias, pretendiendo ser verdaderas por su noble etimología latina, también pueden ser falsas, y no todos los chismes deben ser falsos porque provienen de la chusma patricia o de aquella plebeya. En el fondo creo que es un prejuicio, generado por cómo se presentan los distintos grupos humanos cuando se disponen a trasmitir algo. Para mí una reunión de científicos, o de oligarcas satisfechos que discuten animadamente, unos por el último descubrimiento físico y el otro por lo que hizo tal o cual personaje, o simplemente ambos por la política, poco difieren de un grupo de comadres que desparraman sus pareceres sobre cosas, hechos o personas. La diferencia es solo superficial, de apariencia. Son los parientes ricos y pobres del humano opinar, y ambas contribuyen al progreso de la humanidad.  Es obvio que las noticias, o chismes, por sus naturalezas comunicativas tienen que salir a la luz, de consecuencia deben ser publicadas, para pocos o para muchos. Yo, siendo periodista de Costumbre y Sociedad en el diario Nuestro Tiempo, me encargo de los para muchos, los lectores ávidos de chismes que me dan de comer.

Siempre fui chismoso, y no me avergüenzo de serlo porque considero que soy como un científico, una especie de investigador obstinado, ya que no me quedo con el primer chisme que oigo, porque sé que vendrán otros detrás, y muy a menudo hasta noticias. No puedo decir lo mismo de mi madre. Cuando supo de mis precoces intentos periodísticos en la escuela primaria, comenzó a exclamar escandalizada, ¡Oh, Dios mío!, ¡qué hemos criado! Mi padre, no. Se limitaba a sonreír, aunque yo intuía que lo que quería hacer era desternillarse de risa. No lo hacía porque nunca quiso llevarle la contra a mi madre, pues le tenía una devoción, un amor, una veneración rayana en lo humillante. Yo soy inmune a ese sentimiento porque, lo confeso, soy algo narcisista, egoísta, y más de una vez maligno con mis entrevistados. Para colmo mi trabajo, que me ocupa todo el día y parte de la noche, me obliga a ser cínico, relativo, para estar a la moda y otras sandeces más, pero con frecuencia he envidiado a mi padre. ¿Cómo se puede amar de esa manera? Cuando mi pobre vieja se fue, lo hizo repitiéndome que no hiciera mal a ninguno, que no hablara mal de nadie, que no juzgara para no ser juzgado, que fuera franco y sincero. Le dije que lo haría, pero estoy seguro de que no me creyó. Era imposible. Sólo cuando me vio llorar mientras le sostenía su mano creo que su alma se tranquilizó, ya que, de pibe, frente a mis merecidas palizas jamás derramé lágrimas. La miraba desafiante, poniéndole la otra mejilla, sin moverme. Pobre mujer. Pensaba que tenía un monstruo como hijo. No sabía que sus cachetadas eran como una caricia para mí, pero yo ni muerto se lo habría revelado. Me lo recordaba siendo ya adulto. Y se fue, ella en paz al verme llorar, como jamás lo había hecho, por primera y última vez. Mi padre se fue al poco tiempo de ella, en completa salud mental y física, pero devastado interiormente. El motivo de su existencia se detuvo en el mismo momento que arrojó aquel puñado de tierra sobre su ataúd. En su agonía me hablaba de campos calcinados, de ciudades vacías, de fría oscuridad y soledad que ahogaba. ¿Qué hago en este mundo sin ella?, repetía. Antes de caer en aquel estado de postración lastimosa, cuando todavía, a mala pena mostraba su voluntad de vivir, me confesó que, al igual que mi madre, él no aprobaba el trabajo que yo había elegido. Como ella él esperaba que yo fuese un abogado, pero no sacerdote como imponía mi madre si las leyes no me gustaban; sin embargo, estaba contento con mi libertaria elección y que en el fondo… me envidiaba por eso. Mi pobre viejo. Tuvo la lucidez de decirme algo que yo, al principio, no consideré: los enemigos que me haría ejerciendo mi profesión. Luego, como era su costumbre de persona culta que intercala frivolidades dentro de sus serias peroratas, agregó, “¡Un chismoso con título universitario!, ¡y encima bien pagado! Como decía tu madre: hay de todo bajo la viña del buen señor”. Y se fue también él con el recuerdo de su amada. La tristeza corroe, pulveriza, sopla y lleva a lugares desconocidos. Por él no derramé ni una lágrima. Se habría avergonzado.

Creo que el gusto por los chismes fue la consecuencia del narrar frío, objetivo e impersonal de los grandes historiadores que de pibe comencé a leer con avidez. Me molestaba sobremanera no saber qué opinaban las mujeres, las amantes, los amigos o familiares (especialmente las suegras) de los grandes personajes antes de tomar decisiones que pasarían a la historia. Esto fue el motivo; y la ocasión me la dio mi peculiar inteligencia que estaba sobre la media de los alumnos de la escuela primaria. Como terminaba siempre primero los deberes en clase, me quedaba tiempo para observar a mis compañeros, y ahí se presentó ese dulce morbo de querer saber todo sobre ellos. Comencé a llevar un diario con apreciaciones personales, y luego, como si fuese estado una iluminación, me inventé entrevistas, como lo hacían los grandes periodistas. Qué sorpresa me llevé. Nunca había imaginado que la vanidad por ser consultados me llevaría a saber tantas cosas sobre mis compañeros. Continuaba las entrevistas hasta en sus hogares. Me contaban sobre sus amistades, sus noviecitas, sus familiares y vecinos. Sobre estos dos últimos había todo un submundo, a veces sórdido, a veces hilarante. Cuando nuestro maestro, el señor Spinelli ―guapo y elegante con sus lentes sin marcos, su bigotito a la Clark Gable, su cabello renegrido y ondulado peinado para atrás, con su delantal blanco y rígido―, supo de mi pasión, me llevé otra sorpresa, ya que siendo también él periodista, pero político, me alentó a que siguiera, dándome las primeras nociones técnicas como también un rudimentario código ético que, paradójicamente, cuando me ocupé de él, no respeté. Creo que los buenos profesores sobresalen porque son capaces de hacer soñar a sus alumnos. Repito que mi único interés era saber de los otros; la metafísica no sabía ni me interesaba saber qué era, pero cada vez que observo este universo a través de sus estrellas, constelaciones, cometas y nosotros dentro con nuestras pequeñas existencias, no puedo no recordarme de mi viejo maestro Spinelli. En el medio de una lección de geometría sacó un lápiz muy bien afilado y nos lo mostró, la punta dirigida a la pared a nuestras espaldas. “Hagan abstracción”, nos dijo. “Consideren que la punta del lápiz es un simple e infinitesimal punto, luego traten de imaginar qué hay detrás de un punto”. Por supuesto que no teníamos ni idea de qué podía haber detrás de un punto. “Una línea”, intervino él, viendo nuestra falta de entrenamiento en abstracciones, girando el lápiz y mostrándolo de costado. Lo devolvió a su bolsillo y nos preguntó qué podría haber detrás de una línea. Entonces fue fácil, ya que era un razonamiento lógico. “Una superficie”, gritamos al unísono. “Perfecto”, respondió él, agregando, “¿Y detrás de una superficie?” Era todavía más fácil: ¡“¡un volumen!”, respondimos fieros. “Muy bien, señores, muy bien”. Y ahí se quedó, con su satisfacción resignada retomando la lección sobre las propiedades de un círculo. Me quedé con la boca abierta, porque quería saber qué había detrás de un volumen. Era importante. Había despertado en mi otro tipo de curiosidad. Y se lo pregunté. “Yo no lo sé, respondió. Tal vez vuestra generación podrá acercarse a la respuesta”.  

Mi generación comenzó a chismear sobre un posible aterrador estado, infinitésimamente pequeño de todo el universo en su origen, más pequeño aún que la punta afilada del lápiz, luego una explosión espeluznante y su consecuente expansión y, lógicamente, como todo en esta existencia sobrecogedora, su muerte luego de su retracción, un volver a los orígenes, un morir puntual para nacer como un nuevo universo en otro y desconocido lugar, y comenzar otra vez, como las plantas, como nosotros. El famoso Big Bang. Por ahora es un chisme. Quizá más adelante sea una noticia.

Este intranquilizante paseo por la metafísica lo olvidé casi inmediatamente, ya que nuevos chismes estaban llegando a mis oídos. Como dije más arriba, mi querido maestro, además de las primeras enseñanzas sobre el periodismo, también hizo posible que todas mis noticias fueran transcriptas sobre una hoja que pegaba dentro de una vitrina, al lado de la puerta de la dirección. Ahí se mostraban los horarios, las notificaciones del ministerio de educación y se constataba la cantidad de chinchillas disponibles. A mi primer periódico le di el simple nombre de Noticias, y en esa hoja que Spinelli fotocopiaba en su casa iban a parar, luego de un filtro severo por parte de él, los cumpleaños de madres, padres de alumnos y de profesores; por supuesto los pocos fallecimientos, generalmente de abuelos: cuando sucedía tal funesto evento, Noticias, con una franja negra en un ángulo, no daba otras, solo la congoja que deberíamos sentir y la fecha de los funerales. También los nacimientos de hermanitos, quién se enfermaba y de qué, cuándo estaría sano y volvería a los estudios, los objetos perdidos y hallados, alguna que otra horrible poesía de alumnos, en definitiva, un aburrimiento cósmico. Lo único que logró un poco de vivacidad fue la noticia (noticia, sí, porque era verdad) de que los sándwiches que a veces comprábamos en el almacén de don Gaetano antes de entrar en la escuela, se podían adquirir más baratos una cuadra más allá, en el almacén de doña Margarita. Y ahí comprobé el poder de la prensa: don Gaetano llevó el precio a la par de su competidora. También con mi querido profesor aprendí lo que es la censura, esa especie de terror hacia nosotros mismos que todos llevamos. Dentro de las noticias que durante la semana acumulaba con paciencia, había de todo. Alerté que más de uno de mis compañeros (yo incluido) habían comenzado a fumar; que a la salida fue X que dejó sin un diente a Y; que a Z sus padres lo fajaban; que la señorita de Historia se parecía, por las curvas, a una conocida actriz que había comenzado a ocupar nuestras fantasías. Eran estos los chismes que Spinelli censuraba. Hubiera aceptado sus recomendaciones y habría seguido publicando esas otras noticias insulsas, ya que sentía admiración por ese maestro. Él y su hermosa esposa se parecían a mis padres, y hablaba con mi maestro mucho más de lo que hubiera podido hacerlo con mi viejo. Era más liberal, más divertido, más fructuoso, lleno de ideas. Además, a los dos nos gustaba el periodismo.

Pero los chismes vuelan, y a veces se transforman en noticias. No lo creí hasta que no lo comprobé con mis propios ojos. Era un maestro apuesto, una atracción para las mujeres como también lo era la señorita de Historia para los hombres. Los vi entrar en un hotel a horas. Fue mi primera decepción, mi primera tristeza, mi primera maldición por el trabajo que me gustaba, y mi posterior arrepentimiento por lo que hice después. No podía darlo a conocer en la hoja de Noticias, así que, a la madrugada y siguiendo a los que pegaban carteles de propaganda alrededor de mi escuela, sobre los avisos de jabones, zapatos y perfumes pegué la noticia.

Era una hoja sin rótulo. No podía conducir a mi persona, pero los chismes rebotan y se multiplican. Además, ¿qué otro hubiera podido hacerlo? Después de detallar el hecho concreto, había escrito simplemente que la confianza sobre la integridad de las personas que se admiran tendría que ser eterna. Qué ingenuidad de pibe. Todavía me duele. Tuve que cambiar de escuela porque mi madre, además de comenzar a repetir ¡qué hemos criado! no abrigaba ninguna duda sobre mi autoría. Una vez recibí una carta de mi maestro. No estaba enojado ni me guardaba rencor. Decía que su vida, a pesar de todo, no había cambiado tanto. Supe que no había divorciado. Menos mal, pero no podía no imaginarme los pequeños infiernos que se encenderían entre marido y mujer cada tanto por culpa mía. Me deseaba éxito en mi carrera porque veía en mi la pasión por el periodismo, pero me rogaba que leyera un poco sobre deontología. Lo recuerdo muy a menudo. Y continuo a pedirle perdón, para mis adentros.

Después vino la universidad con años de inquietud porque no veía el momento de comenzar a investigar, a entrevistar, a revolver documentos y fotos, a contar. Luego mi ingreso casi instantáneo a Nuestro Tiempo, para ocuparme de Costumbre y Sociedad, y no solo.

Anoche estuve en la frívola megafiesta que la condesa en exilio M dio a favor de una sociedad que lucha contra una enfermedad impronunciable. Fui porque también
estaría presente aquel treintañero que se dice sea su cortejador oculto. La condesa no se escandalizó con mis preguntas: todo lo contrario; estaba excitadísima con mis envenenadas insinuaciones, pero sí, y en manera furibunda, se enojó la prometida oficial del osado cortejador. Este no sabía cómo explicarle esa novedad a su ingenua noviecita –se lo tuve que explicar yo, con lujo de detalles, agregando cosas de mi cosecha―, tan hermosa y treintañera como su novio y que logró ingresar a la fiesta sin ser invitada. 
Por supuesto que el cortejador oculto, ya visible para todos gracias a mis noticias, es mi nuevo enemigo.

     


viernes

                                                          EL MEDIADOR. FIN

Espeche largó un suspiro para normalizar su respiración. Enderezó al máximo su cuerpo mirando los cerros, el cielo, aspirando con avidez mientras la anciana depositaba sus flores acompañadas con Ave María.

Después de rezar frente a esa calavera que ahora tenía flores y recuerdo, doña Encarnación, sin dejar de murmurar su letanía, caminó alrededor de ese espacio con margaritas, y cuando estuvo frente a Espeche le dijo que lo acompañaría al peluquero.

—Primero la llevo a su casa –replicó él.

—¡No, no! Voy con vos m’hijito porque tengo que seguir rezando ahí, en la peluquería.

—¿En la peluquería? –preguntó incredulo. 

La peluquería, un local estrecho, cuya fachada era un gran ventanal y una puerta de vidrio en el medioo mirando las colio las colinas, estaba en la parte opuesta de la ciudad. Para llegar hasta ella Espeche y la anciana tuvieron que dar un gran rodeo, por calles de tierra con capillitas en cada cruce sin encontrar ánima viva. Al bajar de la camioneta Espeche alcanzó ver a través de la vidriera al peluquero. Estaba sentado sobre uno de los dos sillones de trabajo, con las piernas cruzadas. En sus manos tenía un libro, y cada tanto miraba la televisión que estaba casi pegada al techo.

Éste se apresuró a guardar su lectura cuando los vio entrar. En ese mismo momento el noticiero informaba escuetamente los trascendidos de los disturbios en Cerro Pelado. Hubo una veloz entrevista al ministro del interior, quien aseguraba que todo estaba bajo control; que ya había eficientes profesionales enviados a Cerro Pelado. Luego unas imágenes veloces mostrando el edificio de la policía, la iglesia y en un mapa del país, la ubicación de Cerro Pelado.

El peluquero era un hombre joven, con gafas, de barba negra, corta y prolija, y de la misma estatura de Espeche, de ojos marrones desconfiados al verlos entrar.  Vestía un delantal corto, blanco, impecable y almidonado, que cubría una camisa celeste y corbata gris, pantalón negro, con la raya bien marcada y zapatos negros brillantes, de movimientos pausados que acentuaban su rígida elegancia. Si no fuera por su delantal corto, más que un peluquero se parecía a un profesor de medicina, listo para dar una clase demostrativa, todo lo contrario a los peluqueros que conoció Espeche. Además, para confirmar su impresión, este peluquero fuera de lo común, luego de preguntarle qué servicio tenía que hacerle, no dijo ni preguntó más nada, y sólo se limitó a mirar con evidente fastidio a la anciana y de vez en cuando la televisión.

Doña Encarnación se sentó en uno de los sillones de espera y comenzó con sus Ave María, y Espeche, a través del espejo vio que el peluquero, evidentemente contrariado, detenía su labor cada tanto. Dejaba en el aire peine y tijera y la observaba. La anciana le devolvía la mirada y continuaba con mayor fervor su rezo, rezo que habrá llegado a las habitaciones del fondo de la peluquería, ya que por la puerta de la trastienda se asomó una mujer diminuta, con vaqueros, camisa blanca y cabello negro y corto, a lo hombre. También estaba leyendo un libro, y fumando.  

—¡Esta es una peluquería! ¡No la iglesia, doña Encarnación! –la espetó desde el vano.

La anciana, como toda respuesta, dejó de invocar a la Virgen y comenzó a enumerar;

—Un soldadito sin nombre ni cruz, dos soldaditos sin nombre ni cruz...

—¡Basta doña Encarnación! ¡Termínela! No hay fosas comunes en Cerro Pelado. Son habladurías –gritó la mujer desde la puerta.

La anciana bajó la voz, pero continuó con un susurro a enumerar los soldaditos sin nombres ni cruces.

—¡Qué va a pensar el señor!  –agregó la mujer observando a Espeche.

En ese mismo momento el programa que la televisión estaba mandando fue interrumpido por un periodista. Con indiferencia profesional anunció que la situación en Cerro Pelado se había agravado, y a continuación pasó a detallar los trascendidos.

“Un individuo, de nombre Luis Ignacio Rivarola Méndez, que días atrás la policía local logró salvarlo de una turba que se proponía lincharlo por motivos aún no claros, y alojado en las dependencias policiales para su seguridad, armado de un fusil arrebatado a un agente, abrió el fuego contra la multitud al grito de “viva la revolución”. Hay dos heridos de los cuales no se sabe la gravedad. El agresor, luego de disparar, se atrincheró en un quiosco cercano, y desde ahí amenaza, tanto a las fuerzas del orden como a la multitud. Su supone que ha tomado como rehén al propietario del negocio. También ha trascendido que pretende la presencia de un tal comandante Federico.  

—¡Oh, madre de Dios! ¡Más muertos! –exclamó con voz quebrada doña Encarnación.

—¡Te lo dije que ese estaba de la cabeza! –gritó la mujer dirigiéndose al peluquero. Éste se había quedado con sus instrumentos de trabajo en el aire, inmóvil, mirando la pantalla, y no escuchó a Espeche que le pedía la cuenta y agregar apurado que la barba se la afeitaría después.


Espeche, obligado a entrar por el portón de atrás del cuartel policial, tuvo que esperar porque el guardia, tenso por el griterío que provenía del frente del edificio, no lo reconocía: había tomado servicio media hora antes y no tenía ninguna notificación de que alguien estuviera afuera y debía entrar.  Tuvo que presentarse Aguirre para tranquilizar al agente. Espeche lo puso al corriente de su macabro descubrimiento, narración que hizo empalidecer al doctor, quien le pidió que por ahora mantuviese ese secreto.

—Escuché por televisión lo que ha sucedido, doctor. Han llegado periodistas de todos lados. ¿Cómo fue posible que obtuviera un arma, doctor?

—Ese loco todavía recordaba la formación militar que recibió. No le costó nada arrebatarle la carabina a ese pobre infeliz que lo vigilaba. Le dio un puñetazo y ahora está en la enfermería, con el rostro tumefacto y aterrorizado. Le aconsejé a Ayala que lo encerrara bajo llave, pero no lo hizo porque apareció su abogado amenazando causas judiciales por la privación ilícita de la libertad. Ahora también ese leguleyo está aterrorizado. Tiene miedo que los policías le echen la culpa del lío que armó su defendido, y solito se encerró en la celda que ocupaba su cliente.  Ese loco se decidió a escapar después de que estuvo su mujer quien le trajo la sopa que le gustaba.

—¡Su mujer! ¿Con la sopa que le gustaba? Por lo visto no logró convencerlo.

—Para nada. Para mí que ella ya sabía lo que iba a hacer. Estuvieron juntos un buen rato. Se abrazaron, lloraron, se consolaron mutuamente y al final, ¿sabe lo que hicieron?... Se pusieron a bailar, románticamente, dentro de la celda. Alucinante. La sopa me parece que era el último deseo de un condenado a muerte. Este pueblo está lleno de locos, Espeche.

—Sí, doctor. Y de gente extraña... Usted, doctor, ¿ha visto alguna vez a un peluquero impecable en su vestir, que lee gruesos libros, pero no hace preguntas ni entabla conversación alguna? –preguntó Espeche al improviso.

El doctor, que todavía pensaba en Rivarola Méndez, su mujer, la sopa, pero más que nada en los disturbios de afuera, no prestó atención a la insólita pregunta de Espeche.

—Lo único que veo extraño en un peluquero es que no hable –respondió finalmente Aguirre, absorto.

En ese momento se sintieron disparos provenientes de la calle.

—¡Los de Ruiz Alcoza tienen armas de fuego! –gritó el comisario Ayala con la suya en la mano, apoyado contra la medianera que daba a la calle, a un costado del portón. ¿Qué hacemos doctor?

—¡Redoble la guardia en los ingresos! Yo llamo al ministro para pedirle refuerzos. Si no lo hace inmediatamente abandonamos este pueblo de locos, y nos mandamos a mudar –añadió el doctor, pero esta vez dirigiéndose a Espeche.

―Me disculpe, doctor, pero yo no me muevo de acá. Me quedo. Verá que algo ocurrirá… o, mejor dicho, se les ocurrirá ―respondió su ayudante.

El doctor lo miró incrédulo. Estuvo a punto de largarle una ácida perorata sobre sus supersticiones, pero viendo que se lo había dicho sin ningún tipo de prepotencia o de bravuconada, no dijo nada.

Por el portón enrejado se podía ver a grupos de personas que se guarecían en los ingresos de las casas del otro lado de la calle. Los tiros habían cesado y ahora se sentía un griterío ininteligible, con furiosas y marcadas imprecaciones, órdenes imperiosas, consejos, y ¡también risas!... y a veces carcajadas, cuando de repente, en el medio de la calzada y frente al portón del cuartel, de derecha a izquierda pasó gesticulando Rodríguez Ibarra, uno de los apellidos que, junto al de un tal Fernández, el cura escribió en la esquela y entregó al doctor señalándolos como personas sensatas con respecto a Ruiz Alcoza. Con su gesto temerario Rodríguez Ibarra había logrado llamar la atención, y ahora gritaba que a esta “diabólica” situación se llegaba gracias a la intolerancia de “ciertas personas”; que debían avergonzarse y volver inmediatamente a sus hogares. Pasaron unos segundos de total silencio, en los cuales el pacifista, viendo que podía convencerlos, seguro de sí mismo y con aún mayor decisión se dispuso a continuar con su discurso, pero Rivarola Méndez, que no hacía distinción de religiosos pacifistas disparó varias veces, logrando herirlo superficialmente en un brazo. Rodríguez Ibarra de un salto se guareció en el umbral del portón del cuartel, a pocos metros de Ayala, quien lo introdujo para medicarle la herida. Estaba aterrorizado y continuaba a repetir “¡Me ha disparado! ¡Ese fanático me ha disparado! ¡Dios mío, ese loco me ha disparado! ¡Están todos locos en este pueblo!” Su herida no era grave, pero la situación en la calle sí, ya que como respuesta a los disparos de Rivarola Méndez se sintió una granizada de otros que provenían de diversos puntos de la calle y que acribillaron el quiosco y su vidriera: Rivarola Méndez había logrado poner de acuerdo a las dos alas enfrentadas de sus contrincantes.

Aguirre, apartándose en un ángulo para poder oír mejor, fue interrumpido por Espeche en el momento en que el ministro otra vez le decía que esperara un momento porque tenía que reflexionar. Segundos antes le había preguntado si él, como así mismo Espeche, los demás personales policiales y las armas estaban todas al seguro. Aguirre, desorientado e incrédulo por tal preocupación contestó que sí... y el tiempo pasaba.

—¡Ministro! ¿Está todavía en línea? –preguntó Aguirre, tapándose el otro oído.

—Sí, doctor. Estoy pensando. Espere un momento.

—Corte, doctor –intervino Espeche. Es inútil. No hay crisis que duren eternamente. Estos mismos locos resolverán la cuestión. Si intervenimos se las agarrarán con nosotros y eso es lo que quiere ese revirado de Rivarola Méndez. Después de todo tan loco no es.

Aguirre miró su móvil, y antes de cortar alcanzó a escuchar que el ministro le aconsejaba de dejar correr la cosa, que mandaría un cuerpo, no armado por supuesto, pero no ahora, que se cuidaran y que lamentablemente tenía que ausentarse: tenía otra reunión impostergable.  

De repente los disparos cesaron y se oyó clara la voz de alguien que llamaba al camarada Néstor. A pocos metros del quiosco el peluquero culto y elegante estaba en pie.

—¡Camarada Néstor! ―gritó el peluquero con las manos a jarra, de frente a lo que quedaba de la puerta de vidrio. ¿Se acuerda de esta contraseña? –y pronunció una frase con un tono de voz que sólo él y el camarada Néstor podían oír. Éste, desde su escondite, luego de unos instantes de total silencio, respondió;

—¿Y la respuesta cuál era?

El peluquero volvió a decir algo, siempre inaudible para los demás, y acto seguido entró, teniendo cuidado por dónde pisaba, ya que era un reguero de vidrios rotos. Se plantó en medio de la sala y esperó que el camarada Néstor se le acercara. Ahora, desde la calle se los podía ver, uno frente al otro. El peluquero comenzó a gesticular, a indicarlo con inconfundible autoridad, repetidamente; luego señaló hacia el exterior y, finalmente, dándose vuelta ordenó a alguien que estaba a sus espaldas que se fuera. El dueño del quiosco no esperó que lo repitiera y desapareció casi al instante. El peluquero, nuevamente con las manos a jarra, con gestos inequivocables, lo intimó a que saliera. Como toda respuesta el camarada Néstor, luego de retroceder unos pasos, lo observó de los pies a la cabeza, le señaló con desprecio el delantal, los pantalones, los zapatos, la delicada barba... y levantó su fusil que hasta ese momento apuntaba hacia el suelo… y disparó a quemarropa. Dos veces. Lo miró sin emoción cómo el peluquero se retorcía sobre el piso de baldosas, hasta que quedó rígido, llevándose en su rostro la sorpresa. Luego, y mirando hacia el exterior, lo apoyó en su mentón, cerró los ojos, tensó los músculos de la cara y volvió a disparar.

El silencio que cayó sobre Cerro Pelado parecía espeso, imposible de romper. Cada uno de los manifestantes y los policías continuaban en su lugar, mirando el drama que los había enmudecido. Luego, la mujer de vaqueros y pelo corto que estaba en la peluquería, entró en el quiosco, se arrodilló a su lado, lo tomó de la nuca y comenzó, entre sollozos, a repetir;

—¡Te lo dije que ese estaba de la cabeza, te lo dije! ¡En este pueblo están todos de la cabeza! ¡Pero por qué amor mío! ¿Por qué? ¿Y ahora, yo qué hago?

También entró la doctora Eleonora García, con unas mantas, y sin decir palabra, luego de apartar a la otra, cubrió los dos cuerpos. Luego se dio vuleta y miró la calle vacía sacudiendo su cabeza.

Parecía que la paz, finalmente, había llegado a Cerro Pelado, pero no era así. De uno de los umbrales, Ruiz Alcoza, con una carabina que sostenía desganadamente y apuntaba hacia abajo, dio unos pasos mirando alternadamente al quiosco y a los demás que volvían a poblar la calzada. Comenzó a rascarse la cabeza, y alguien, a sus espaldas gritó,

―¿Estás contento ahora?

Ruiz Alcoza, alzando nuevamente su arma contestó que él no había empezado.



Volvían en silencio, atravesando otra vez esa selva húmeda y espesa, en donde otro tipo de guerra muda continuaba agazapada. Estuvo a punto de frenar para no atropellar a un animal espantado que cruzó rapidísimo la ruta seguido de otro más grande. Parecía un conejo la víctima elegida; el otro seguramente era un lince. El primero dobló a noventa grados con una agilidad y velocidad sorprendente, pero el otro no se quedaba atrás. Millones de años de entrenamiento y hambre lo habían vuelto tan veloz como su posible víctima. Se perdieron dentro de la selva. Algunas plantas trepadoras, con paciencia, habían logrado secar lo que antaño fue un robusto árbol. Parecía que solamente en los cielos no se libraban combate. Al cielo miraba Aguirre cuando le dijo a Espeche que no había sido necesario recurrir a la improvisación para resolver aquel maldito embrollo.

―¿Sabe lo que pienso, doctor? Que la vida es una improvisación continua, y tarde o temprano se resuelve por sí misma sin tenernos en cuenta. No espera la pequeña improvisación nuestra para ajustarse. Además, en un pueblo en donde la mayoría están de la cabeza, ¿Qué se podía esperar?

No copie, use la imaginación...

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