miércoles


                                                               DEJAR DE FUMAR

La realidad llegó de repente, dentro de una oscuridad tibia, jamás experimentada, sin embargo, no le era desconocida; luego un sobresalto al percibir una existencia dentro de sí mismo, hecha de la conciencia de sus músculos y el movimiento de sus globos oculares, y junto a estos el último recuerdo con la imagen del doctor y de su ayudanta.  Abrió los ojos y tuvo que esperar algunos segundos para lograr enfocar los objetos que lo rodeaban. La luz que lo iluminaba era casi dolorosa, y mientras parpadeaba, todo lo que veía a su alrededor y la certidumbre de que ése era su cuerpo, ése su respirar, ésa su mente alimentada por lo que veía y sentía, comenzaron a encajar en su memoria.

Era Jorge Ardegui, que se despertaba después de estar hibernado por más de un año para curarse del vicio de fumar. Y fue una experiencia que no repetiría. Ese tiempo lejano, vacío, que anidó en él durante un año y ahora le parecía un segundo, le pareció horrendo.

Levantó su torso, y al hacerlo sintió un leve dolor en sus espaldas y en su cintura. Nada grave, le había asegurado el doctor Anchorena, cuando le anticipó los síntomas que sentiría al recuperar su conciencia. “Un ligero cansancio, leves dolores musculares, falta de apetito, una cierta languidez, tristeza, nostalgia, todas manifestaciones que tenderán a desaparecer para dar lugar: primero, a una desorientación, normalísima, e inmediatamente luego a un… frenesí, una alegría, un optimismo incontrolable, y es ahí donde tiene que estar atento: podría ser peligroso. Sus órganos, su corazón, sus emociones estarán adormecidos por un año, y no sabemos todavía cómo reaccionarán al recobrar sus funciones vitales. Es muy probable que no suceda nada, pero tomar precauciones no está de más, por esto, recuérdelo, porque es muy importante: cuando retorne a la realidad trate de controlar ese estado de felicidad que de a poco lo invadirá. Tiene que considerar que usted, prácticamente, volverá después de haber estado en un noventa y ocho por ciento sin actividad psico-física. ¿Me entiende? Todas sus vivencias volverán inmediatamente, pero usted estuvo casi casi muerto, ¡siendo un adulto!, no un neonato sin experiencia, y volver desde allá no será como si lo hiciera retornando a su casa luego de haber ido al cine y haberse llevado un chasco por una película pésima. No, todo lo contrario: usted volverá, y digamos así, exagerando, con una bomba de alegría a punto de estallar. Además de renacer prácticamente con un año menos, el mecanismo biológico, que no hace otra cosa que transmitir felicidad a los individuos para que se multipliquen, se despertará de golpe, y si no controla esa estampida de goce puede ser peligroso. El estado de hibernación en el cual usted entrará no será total, tendrá un dos por ciento de actividad bioquímica, la suficiente para permitir drenar la nicotina cotidianamente por medio de su metabolismo, de a poco, muy lentamente. Además, su flujo sanguíneo será más puro y sus músculos, especialmente aquellos cardíacos, luego de ese descanso se despertarán con más bríos”.

Y ahí estaba ese fervor que desde el centro de su pecho se propagaba hacia la superficie de su cuerpo, hacia sus extremidades, su zona pélvica, contagiando su corazón y obligándolo a aumentar sus latidos precipitadamente. “Respire hondo y traiga a su memoria recuerdos horrendos para apaciguarlos”, le había aconsejado el doctor, y así lo hizo: imágenes de guerra con soldados horriblemente mutilados, de niños africanos famélicos, de perros abandonados, de barrios pobrísimos con hombres, mujeres y niños abandonados y sucios. Era difícil hacerlo. Ese estado de efervescencia en aumento le quitaba la concentración, pero de a poco lo logró, y su corazón, su respiro, volvieron a los viejos tiempos, cuando feliz no les prestaba atención. Recordó la decisión de someterse a ese extremo y original tratamiento de cura, e inmediatamente comprobó que aquel salivar que antaño se le presentaba llamando desesperadamente al tabaco… ¡había desaparecido!, y más aún, una repugnancia tomó su lugar, también en su boca y en la saliva cuando sintió el olor de un cigarrillo que un policía en uniforme recién había apagado. ¿Qué hacía a su lado?, se preguntó. El lugar que recordaba era el mismo, iluminado con neones blanquísimos y paredes blancas, con aparatos médicos que controlaban el funcionamiento del corazón, de su cerebro, de su respiración, de su temperatura corpórea y tantos otros de los cuales desconocía sus funciones, pero en vez de ver solamente al doctor Anchorena y su ayudanta, último recuerdo antes de entrar en un sueño hermético del cual ahora emergía, se encontró con ese agente en uniforme que recién apagaba su cigarrillo y lo miraba sin ninguna emoción alguna, y a su lado, un señor de traje y corbata. Este último era el fiscal de la república Bianchi, encargado de comunicarle la causa judicial que el estado había iniciado contra él, por el uso de sistemas de cura ilegales, y como también por abuso y apropiación indebida de la jubilación mientras no estuvo presente física y conscientemente dentro de la comunidad que había velado por él desde la infancia. Esta última acusación podría dar lugar a otra y novedosa realidad jurídica ―añadió el fiscal―, punible y aún más grave si él lograba convencer a la corte judicial de que la hibernación, desde un punto de vista fáctico, era un suicidio… temporal, pero un suicidio en toda regla, y en especial modo injusto con respecto a la sociedad, ya que no todos podrían acceder a él, en el caso de que en un futuro fuera declarado legal, y todo esto sin tener en cuenta las posibles implicaciones religiosas que despertaría en el ámbito de la mayoría cristiana, con un antecedente tan notorio como la resurreción de Lázaro.  Él, aunque no creyente pero sí persona cívica y pragmática, se esforzaría con todos sus medios para frenar legalmente una práctica que podría llevar a la ruina cualquier sociedad. “Imagínese usted una grande franja de la población acomodada y madura que, por vanidad o por comprensibles razones de existencia se hiberna dejando a jóvenes inexpertos en su lugar. Sería el principio del fin” le dijo con gravedad mientras le pasaba el acto judicial.

A Jorge Ardegui, esos argumentos no le causaron estupor como lo harían después, ya que continuaba a sentir, cada vez con mayor virulencia, esa repugnancia por el olor a colillas mal apagadas. Estaba a punto de vomitar, y mirando a su alrededor pidió que, si alguien estaba fumando, lo dejara de hacer, por favor. El policía, un hombrón oscuro de mirada torva, viendo sus gestos faciales, pasó velozmente su mano abierta frente a su rostro para disipar un inexistente humo.

Gracias, agente -dijo JA-, pero no es el humo, que ya se fue. Creo que una colilla continúa encendida en alguna parte.

El policía la buscó a su alrededor, dio dos pasos y luego de aplastarla con más fuerza, le dio un puntapié para alejarla.

JA, ahora sí verdaderamente sorprendido y sin salir de su estupor, comenzó a leer el acto judicial… sin entender absolutamente nada.

El juez Sandoval, de la Quinta Sección continuó el fiscal Bianchi, considerando las pruebas de facto aportadas como irrefutables, ya que ha sido individuada infraganti y secuestrada el arma del delito como el cuerpo del mismo, en este caso usted y esta… ―y miró de una punta a la otra la cápsula celeste con su cubierta superior transparente y alzada en donde, durante un año, JA había dormido y en la cual ahora estaba sentado, totalmente desnudo― como decía, este artefacto, ha decidido imponerle una caución de veinte mil pesos y no encarcelarlo, ya que es un crimen menor, pero igualmente retirarle el pasaporte, y la obligación de presentarse todos los días a la comisaría más cercana a su domicilio. Además…, ―y se detuvo por un instante para ordenar lo que estaba por agregar.

JA, con el acto judicial en la mano del cual, por su desconcierto nada había entendido, luego de escuchar a Bianchi, comenzó a sentir frío en su espalda, especialmente sobre todo el largor de su columna vertebral, y fue entonces que se dio cuenta de que estaba completamente desnudo. Inmediatamente se cubrió pene, testículos y la abundante vellosidad con la comunicación firmada por el juez Sandoval.

El fiscal y el policía miraron el insólito uso del documento oficial, acto que no pasó inadvertido a JA, quien pidió por favor que le alcanzaran su bata que estaba doblada y ordenada dentro de un armario. Iñiguez, el policía, luego de ir y volver con paso cansino se la pasó. Ya afuera de la cápsula y cubierto, JA fue hasta el armario, caminando con una cierta dificultad, muy lentamente, comprobando que su sentido de la verticalidad comenzaba a normalizarse. Se había olvidado de pedir sus pantuflas. Volvió con ellas calzadas, ya seguro de que no caería, y cuando estuvo frente a ellos continuó a escuchar.

―Como estaba diciendo, señor Jorge Ardegui, también hemos presentado una denuncia contra… ―y buscó en su tablet el nombre y apellido― la señora Juliana Margarita Ardegui, su esposa, por complicidad necesaria, ya que no podía no saber de sus intenciones, aunque reconozco que será difícil de probar este ilícito, no imposible, porque… ―y se detuvo, incierto de cómo proseguir y para ordenarle a Iñiguez que lo dejara solo con el transgresor por un momento. Ya solos prosiguió, no sin antes tomar aire―. Señor Aguirre, usted estuvo… ilegalmente muerto durante un año en el cual han sucedido cosas que cuando las conozca estoy seguro de que no lo dejarán indiferente. En un año el mundo, digamos, se ha acelerado, no sé si para bien o para mal, ya que se estuvo a punto de declarar la tercera guerra mundial entre Estados Unidos y la Confederación Asiática Oriental, pero también, y finalmente, se descubrió la cura del resfrío, de la gripe, y de algunos tumores. La temperatura por el efecto invernadero se ha estabilizado, con muchas probabilidades de que disminuya, como asimismo el porcentaje de monóxido de carbono en la atmósfera gracias a los últimos acuerdos comerciales mundiales. Hay más con respecto a la actualidad mundial, pero no quiero aburrirlo, entonces, volvamos a su situación personal. Yo continuaré a tratar de demostrar la complicidad de su esposa, pero lamentablemente, muy a mi pesar, tengo que informarlo que, cuando fui a comunicarle la decisión judicial a su esposa me enteré de que no vivía más en su casa…, y que había decidido… de abandonarlo, cosa que usted no podía saber. ¿Entiende mi posición, señor Ardegui? Es lamentable que quien tenga que informarlo de su… anómala situación íntima sea yo. ¿Me entiende, señor Ardegui? Lo siento mucho.


La continuación de este cuento, como también todos los anteriores y poesías que he publicado, podrán seguir leyéndolos en esta nueva dirección: WWW.CUENTOSDEMIPADRE.COM
Gracias, y viva la literatura. Agrego que este primer capítulo ha sido modificado. Gracias.

sábado


                                                                EL DIRIGIBLE 

A través del gran ventanal de sus oficinas en el vigésimo tercer piso podía contemplar su ciudad. Comenzaba con construcciones bajas y miserables en el margen sud del río, y a medida que se acercaban a su rascacielo, el más alto de todos hasta ese momento, se elevaba mediante otros edificios, que siendo construidos tantos años atrás se habían rendido a los pies de la torre de su abuelo y ahora suyo. Con el pasar de los años también la suya sería superada en altura.

En el margen opuesto del río se extendía una densa masa verde de vegetación, salpicada con manchas verde-amarrillas y ocre, y en un punto impreciso, dentro de esa barrera, estaba su casa con su esposa e hijas.

Más allá de ese confín iniciaba una vasta llanura envuelta dentro de una calígine lechosa que no lograba esconder las montañas, y a los pies de estas, la temida e imprevisible falla geológica.     

El río fluía imperturbable hacia su derecha, hacia un mar que no alcanzaba a divisar, pero a tal distancia esa masa de agua parecía estar inmóvil a causa de los infinitos y continuo titilar de reflejos en el mismo lugar. Esa falsa percepción era aún más evidente viendo el oscuro barco petrolero que remontaba el rio a una velocidad lentísima, casi imperceptible. Hasta los pequeños veleros con sus paños hinchados parecían estar quietos.

Bella imagen de inmovilidad a la cual no estaba habituado, pero que no dejaba de emocionarlo después de todo. Volviendo a la realidad prefirió mirar más acá, hacia abajo, a esa parte de la ciudad que bullía a los pies del gran rascacielos: ahí estaba la vida; en el cauce caótico, colorido y ruidoso de las calles con su humanidad ajetreada y numerosa; en el hacer, convencer, deshacer, esperar, en el fracasar, en el triunfar, y también ahí se arrastraba el “diabólico futuro” como lo había definido su abuelo.

Miró hacia su izquierda, por donde sabía que los globos aerostáticos tendrían que aparecer, pero no vio nada, a pesar de que ya había transcurrido más de una hora desde el inicio programado.

Se acomodó nuevamente los pulsos de su camisa blanca tratando de adivinar el motivo del retraso, pero antes de llamar a su secretaría se dirigió hacia su chaqueta que colgaba del perchero de madera labrada y barnizada de su abuelo. De ella extrajo un aro que apoyó en medio del inmenso escritorio, mueble que también había pertenecido a ese anciano del cual sólo y exclusivamente aprendió cómo y qué era lo que tenía que hacer.

―¡Ya y ahora! -le decía-, para tener bajo control el futuro, para ganarle de mano y que no te derrote, ya que no sabemos que diabólica dirección tomará.

De joven tuvo un período en el cual fantaseó convertirse en un escritor, o en un actor de teatro, pero el viejo lo convenció para que no lo hiciera, no obstante fuese socio mayoritario de dos editoriales y único dueño de un teatro, y agregó que esos secos y vagabundos actores y poetas también eran un filón del cual se podía sacar provecho. Recordó que entonces, desde su gigantesco escritorio lo miró como si hubiera descubierto en su nieto ese maldito futuro que se le escapaba de las manos, y le dijo, mitad en pregunta y mitad afirmativamente que él era un nieto de los Miraflor Gonzalez, y si las matemáticas con sus cálculos de probabilidades era una ciencia infalible, de una familia que desde sus orígenes no había sabido hacer otra cosa que derribar árboles y construir casas, era imposible que surgiera, así, de un día para otro, un artista. 

Su secretaria entró.

Morena inquietante, treinta y pico de floridos, reservados y provocantes años que apenas se contenían dentro de su blusa de seda, chaqueta y falda negra. Cerró la puerta con toda la parte posterior de su cuerpo, y luego de asegurarse de que estaban solos, se dirigió al vetusto escritorio. Venía personalmente para responder al llamado de su jefe.

―Sí, decime –exclamó al mismo tiempo que descubría el brillo de su aro sobre el escritorio. Lo tomó y alzando con garbo un poco sus cabellos, se lo colocó añadiendo―; Benditos tiempos estos en los cuales no tenés que justificar por qué andás con un solo aro, ¿No te parece?

A él, que era un hombre más o menos feliz, no le quedó otra alternativa que sonreír por la ocurrencia de ese oasis con forma de mujer, que últimamente se estaba transformando en el único oasis posible. Luego le preguntó;

―¿A estas horas no tendríamos que estar viendo el pasaje de los globos aerostáticos de la campaña publicitaria?

―Sí, es verdad. Se lo pregunté a Jorge, y hace media hora que llama a medio mundo para saber qué pasa –y se encaminó hacia el ventanal para cerciorarse también ella.

Jorge era el Director Publicitario: regordete, untuoso, pero políglota extraordinario, y con él Miraflores Gonzales comenzó a hablar a través del intercomunicador.

―¿Podría nuestro súper director de publicidad venir a mi despacho? Gracias.

Nadie contestó ya que había establecido, para ganar tiempo, de no responder a sus órdenes, sino simplemente cumplirlas, pero a sus espaldas oyó a su secretaria decir con una voz de asombro,

―Pero...  ¿tenían que ser globos aéreo-estáticos o un dirigible?   

Él pensó que era otra de sus divertidas ocurrencias que tanto lo maravillaban, ocurrencias que denotaban la libertad de su femenino espíritu emancipado, lejos de platos, trapos, hijos y la obligación de construir juntos un futuro.

―¡Ah! ―exclamó―. Por fin mi eficiente secretaria muestra que no lo sabe todo... ¿No sos capaz de distinguir un globo de un dirigible?» –mientras, irritado por la tardanza, la frase de su abuelo comenzó a rondarlo: ese endiablado futuro que no se sabe… y no pudo terminarla porque ella lo interrumpió.

―¿Por qué no venís a verlo con tus propios ojos? –contestó sin quitarle los suyos de encima a lo que estaba viendo.

Él se dio vuelta y observó incrédulo propio... un dirigible, que como un imán de un salto lo arrancó de su sillón y lo atrajo hasta el ventanal.

El tremendo objeto presentaba espacios aquí y allá con la pintura gris descascarada que antaño cubría toda la tela del ovoide, proceso mecánico que no afectó a la cabina de mando hecha de madera y del mismo color, puesta debajo y en el centro geométrico del globo, pero más de una de las ventanillas que rodeaban a ese habitáculo tenían los vidrios rotos. Le hélice, en la parte posterior estaba inmóvil. Avanzaba de costado, a la deriva, lentamente, y dentro de poco se apoyaría contra la pared del edificio.

A pesar de su grandeza, o tal vez por esto, se mostraba plácido, evidentemente ciego y abandonado, amenazado por los rascacielos, buscando un posible reparo dentro de su medio ambiente natural, el aire. En su quietud lo único que se movían eran esos estandartes que colgaban y flameaban debajo de su panza con ideogramas en japonés o tal vez chino.

―Es la publicidad de un artículo que no conozco... pero que “gusta y trasciende” ... Es japonés.

Era Jorge quien respondió, el Director de Publicidad, que había llegado veloz y ahora estaba a su lado mirando también asombrado ese animal flotante.

―¿Qué es lo que gusta y trasciende? –preguntó Miraflor González, todavía desconcertado.

―No lo sé, señor. El sujeto no lo conozco, pero tiene una raíz que significaría “dulce”. Seguramente es la publicidad de una golosina... o de una medicina dulce, pero… ¿de dónde salió? Y miro en ambas direcciones.

En ese momento se produjo el primer y creciente temblor y súbito luego una formidable sacudida hacia ambos lados que hizo -además de hacer trizas los objetos de adorno en sus caídas- deslizar el pesado escritorio de familia hacia un costado, luego hacia el otro, y en su desbocada carrera final atravesar como si fuera de cartón y hacer explotar una pared baja que sostenía un vidrio encima, para finalmente detenerse fragorosamente contra la pared. Luego todo quedó en silencio por unos segundos, y a continuación una horrible sensación de caer en el vacío con una frenada de golpe y el consiguiente desprenderse de parte del cielo raso. MG esperaba el siguiente golpe, hacia arriba que no llegaba, pero estaba al acecho. En su lugar comenzó el temblor inicial.

―¡Salgamos de aquí, a planta baja!  –gritó ella mientras huía despavorida junto a Jorge a los primeros movimientos.

En las demás oficinas el caos se había adueñado de la gente y de los objetos. Por la vibración continua los cuadros y relojes de pared que no habían caído antes comenzaron a hacerlo; los ordenadores, máquinas de escribir, calculadores, papeles, carpetas y lapiceras comenzaron a temblar y a caminar para finalmente asomarse a los bordes de los escritorios desde donde caían.

―¡Es un rascacielos a prueba de terremotos! En una zona sísmica como esta ¿qué esperaban que construyéramos? –gritó tratando de mantener el equilibrio. Y continuó a mirar ese animal aéreo que era ajeno a los humores de la tierra.

Sonó su teléfono y sabiendo que era su mujer preguntó enseguida por las hijas.

―¡Estamos todas bien!, ¡pero vení por favor! ¡Aquí tiembla todo, tenemos miedo! ¡Gracias a Dios que te oigo! ¡Pensaba lo peor con ese edificio tan alto, pero vení por favor!

«¡Shh...! está bien, está bien, ya pasará. Son edificios hechos para aguantar. Las nenas, ¿cómo están? ¿Bien? Bueno, eso es lo importante» –y sin oír los posteriores lamentos de su esposa continuó a mirar ese viajero aparentemente pesado, aparentemente torpe y surgido de la nada. Luego agregó:

―Sabés que a pesar de todo siempre te he amado.

Hubo un silencio.

―Sí, lo sé... ¡pero te parece el momento para confesiones! ¡Por el amor de Dios...! ¡Lo único que quiero es que vengas, por favor!

Entonces se produjo el segundo temblor, el que faltaba, el de acomodamiento final, pero esta vez fue un tremendo salto hacia arriba, con varios golpes, escalonados, violentos, que hizo estallar el gran ventanal.

Luego silencio.

Lleno de sudor y polvo, aterrorizado y en el suelo, supo que las placas tectónicas se habían estabilizado y no habría ninguna otra posterior sacudida. Eso esperaba. Se levantó lentamente y se dirigió hacia el rectángulo, peligrosamente repleto de astillas colgantes que había sido el ventanal.



El inmenso y ovalado pez aéreo mientras tanto se había apoyado contra el edificio, y la puerta de entrada de la cabina de mando estaba al mismo nivel del piso de su oficina.  No existiendo el ventanal, dejaba pasar un viento frio, y se ofrecía, grotescamente, como otra dependencia de la empresa, o como un lugar exótico para visitar. Quiso entrar, pero la puerta no se abrió, entonces, cuidando de no lastimarse, pasó la mano a través de los polvorientos vidrios rotos de la ventanilla vecina y desblocó la cerradura desde adentro.

En el medio del habitáculo resaltaba un timón, similar a aquellos utilizados en los galeones antiguos, de madera marrón lustrada como los muebles de su abuelo, y dos más pasos más allá una consola gris de mando cubierta de polvo con tres botones redondos: uno verde, otro anaranjado y el último rojo, seguido de relojes e instrumentos de medición encastrados al raso, y al final una leva con el pomo negro encajada dentro de una ranura en el metal.

Se acercó lentamente, y luego de creer entender el simplísimo funcionamiento, apretó el botón verde... pero no sucedió nada, entonces se dio cuenta de que tenía que destrabar el botón rojo, que había detenido por última vez el motor. Lo destrabó y luego presionó el botón amarillo en vez del verde: una luz piloto del mismo color se encendió en la consola, luego sí, apretó el verde y en alguna parte del dirigible un motor diésel intentó arrancar; al inicio como si lo hubieran despertado después de un letargo, con malhumoradas y esporádicas explosiones que luego se hicieron menos intermitentes hasta alcanzar el ronroneo perfecto.

Empujó levemente la leva hacia adelante y comprobó que la hélice comenzaba a girar. Fue hasta el timón sintiendo el olor a carburante, impostó la ruta hacia el mar, lo bloqueó con una cuerda que estaba ahí, volvió a la leva, dio máxima potencia, las revoluciones aumentaron y el gran pez del aire, sacio de su soledad y vagabundeo comenzó a moverse lentamente con su presa en su interior.  
                                                            Humito Fin

Al otro día  la madre de Popi regresó del hospital, demacrada, pero dispuesta a continuar con la normalidad de su vida junto a su hijo, y al domingo siguiente llamó al anciano diciéndole que su hijo  preguntaba por qué no venía, ya que ese... “humito” estaba con él gracias a los palillos aromatizantes que le había regalado.

Este chico me desorienta con sus fantasías –continuó la madre―. Me gustaría compartirlas, pero por lo visto carezco de ella, cosa que veo que en usted no falta. Lo digo por los palillos humeantes. No entiendo la diferencia entre usted y yo. Será porque ustedes, los hombres,  son más propensos a las fantasías. Espero que no lo moleste demasiado venir.

—No, para nada –contestó.

Luego colgó, dejó su libro, se observó en el espejo para ver si estaba presentable porque su esposa se lo había recomendado, y salió.

  

¿Y si fuese verdad lo que dice? –le preguntó cuando estuvo frente a ella, luego de entrar en su departamento. La madre de Popi lo miró sorprendida.

―¡Por favor! Son sólo fantasías.

El anciano miró el techo, único lugar posible y más cercano donde podían estar, pero tenía a una madre sufrida, decidida, valiente... y sobre todo real delante de él, pero se decidió a continuar a defender su tesis.

¿Sabe cuál es la diferencia entre las fantasías de los niños y la de los adultos? No sabremos jamás si son o no verdaderas las de los niños, pero las de los adultos son evidentemente falsas. Una prueba es cómo va el mundo.

—¡Qué pesimista! –objetó  la madre riendo.

—¿Pesimista? ¡Pero no!  Por favor. Sólo realista. Estoy convencido de que entre Dios y nosotros lo mejoraremos... y también con las fantasías de los niños. En tiempos futuros intervendremos en la psiquis y lograremos que esa parte del cerebro humano que alberga las fantasías, continúe a hacerlo en edad adulta, pero con la candidez de los niños y....

La madre de Popi había comenzado a observarlo abriendo los ojos como platos, entonces, dándose cuenta a tiempo de que su fantasía había comenzado a galopar sin riendas, pidió permiso para pasar al cuarto de Popi, con paso normal, por supuesto.

Popi, que tenía encendido un palillo, dialogaba animadamente tendido sobre su alfombra con su amigo invisible cuando el anciano entró en su cuarto. Avanzó esos cuatro pasos hasta poder ver qué era lo que leía. Popi lo saludó y continuó a dialogar mirando un libro.  

El corazón del anciano tuvo un sobresalto porque el niño tenía abierto el regalo que le había hecho días atrás, un libro ilustrado con las aventuras de Peter Pan,  y dentro de los recuadros le pareció ver a un niño de humo que también, luego de saltar sobre la cama se largaba detrás de la banda de ese pibe que no quería crecer. Parpadeó varias veces... y logró verlo otra vez. Entonces se dijo que no podía ser, y así fue. No podía ser. Pero quería verlo de nuevo, y sobre todo a Peter Pan. Entonces, también él se abandonó al vuelo en persecución de su ídolo de la infancia sin el peso de su cuerpo, convencido de la realidad de su fantasía.

...Y así, sin un motivo, volaron los tres, pero sólo el anciano probó por única vez en su vida lo que era sentirse libre. Llegaron hasta la isla del Nunca Jamás, y recibiendo una férrea y escamosa promesa de parte del cocodrilo de que nada les haría porque no era a los niños que él perseguía, se acercó a ese horrendo animal para felicitarlo y decirle que esperaba que continuase a perseguir con su tic–tac ineludible, además del Capitán Garfio, a todos los perversos del mundo, y, si podía, proteger a Peter Pan y sus amigos.  Mas no duró tanto su satisfacción porque de repente se encontró agachado, pesado, anciano, ya que le dolía un poco la espalda, mirando el libro, en pie y al lado de Popi, quien alarmado y al improviso le preguntó a su amiguito de humo;    

¿Miedo? ¿A qué tenés miedo?

Los niños tienen generalmente miedo a la oscuridad. Los hombres a lo desconocido, aún en la luz; a la muerte, a los dioses, a los dolores. Las mujeres, que no temen los sufrimientos del parto, al contrario, les tienen un miedo tremendo y ridículo a las cosas más insignificantes, como por ejemplo a las lauchas, las arañas y toda una serie de sabandijas que a los niños y a los adultos causan curiosidad o simpatía.  Pero los espíritus:  ¿Por qué tendrían que tener miedo?

Porque  presienten la maldad en la luz o en la oscuridad.

Hay animales que irradian esa amenaza con los gestos, movimientos, olores; y olor era lo que había sentido Humito, olor a alcohol, a sudor agrio mezclado con perfumes, una intención de terminar de cualquier manera un antojo que desestabilizaba a quien lo emitía, de llenar un vacío que sólo podía colmarse con dinero y bebidas, y también  había sentido el desprecio del padre de Popi por la puerta de su ex–casa que conocía de memoria, que tantas veces había cerrado con odio y abierta con fastidio.  Ahora la estaba golpeando nuevamente con rabia.

Soy yo. ¡Abrime!

¡Mamá! –gritó  Popi. ¡Tengo miedo! El anciano lo contuvo a su lado mientras la madre, alarmada por los golpes, esperó un momento...  luego fue a abrir. Lo hizo con  lentitud los primeros centímetros, pero súbito el otro llevó a cabo con violencia la apertura total.

Esperaba encontrar a su ex mujer a solas con su hijo, pero al ver al anciano se contuvo un instante sorprendido, y no detuvo su injuria humillante.

¡Ah! No sabía que te la entendías con... –y  mirándolo de la cabeza a los pies finalizó; viejos...  Tu madre piensa siempre en vos –le dijo con desprecio a su hijo.

 Luego, sin esperar más, se dirigió hacia el dormitorio donde sabía que encontraría la cartera de su ex–esposa.

Necesito dinero –gritó.  

La madre de Popi se le interpuso diciéndole qué basta ya, qué le servía, qué ya le había robado bastante y que... no pudo seguir pues aquel animal la aferró del cuello.

Popi estaba mudo, pero Humito que se escondía aterrorizado detrás del anciano, comenzó a pedirle a gritos a su amiguito que deseara ver, como lo había hecho con él, cosas, pero que le dieran miedo, como por ejemplo monstruos o animales feroces. Popi lo hizo pero nada apareció porque simplemente  no le daban miedo. Por ser un niño todavía no tenía un miedo de adulto. Entonces, y para sorpresa de Humito, el anciano preguntó  si  podía  probar él. Tenía algo a quien le tenía un miedo atroz. “Sí, le dijo Humito, pero rápido por favor.” El anciano no tuvo que esforzarse tanto porque todavía recordaba aquel espanto.



Estaba semi–inconsciente después de un accidente de autos en el cual casi pierde la vida.  Su cabeza completamente envuelta con vendas, lleno de dolores, sondas y agujas por todos lados, sin poder hablar con su esposa que lo miraba afligida, pero recordaba que él le decía sin palabras  que tenía miedo, mucho miedo a la muerte, que estuviera a su lado, que no se fuera, que no lo dejara solo, que se fijara bien por todos lados  para ver dónde estaba, ya que esa muerte ya lo había estado visitando, paseándose de un lado para el otro en la sala, tirándose pedos y escupiendo en el suelo. Un esqueleto todo envuelto en lienzos negros y con una guadaña, que se reía de las enfermeras y doctores, que cuando se acercaba a su cara para ver si estaba ya muerto, además de sentir su aliento repugnante, lo angustiaba porque, al comprobar que seguía vivo, le decía que se apurara, que se muriera pronto porque ella tenía tanto que hacer, que él no tenía privilegios, y encima le hacía zumbar su instrumento sobre su cabeza...

Y he aquí que, en vez de apretarle el cuello a su mujer, el padre de Popi comprobó horrorizado que lo estaba haciendo a un montón de huesos.  Retrocedió con los ojos desorbitados,  con las manos que aún aferraban un pedazo de columna vertebral. La arrojó con asco y se las limpió en la camisa porque estaban llenas de una gelatina hedionda, mientras que Doña Muerte, después de recuperar sus huesos y ponerlos en su lugar, se ensalivó con dos escupitajos sonoros las manos huesudas, y dando dos pasos hacia atrás se comenzó a preparar,  balanceando su herramienta y seleccionando con un solo ojo vacío dónde dar el primer golpe.

El padre de Popi quiso escapar, pero su cuerpo estaba rígido, helado. Al mismo tiempo que se orinaba encima comenzó a derrumbarse, con las manos delante de sus ojos para no ver lo que se le venía encima... pero no sucedió nada.

La madre de Popi estaba contra la pared, todavía masajeándose el cuello y  observando atónita ese espectáculo de su ex-marido acurrucado.

El anciano se acercó, y después de algunos instantes el “condenado” comenzó a bajar sus brazos,  todavía con los ojos cerrados. Cuando los abrió lo primero que sintió fue su pantalón húmedo, luego el charco tibio que había dejado  a sus pies, y cuando desorientado terminó de ponerse en pie y observó el rostro del anciano, abrió nuevamente los ojos aterrados porque era la misma cara de aquel esqueleto. Abrió la puerta y nunca más lo vieron.



Días después, cuando Popi fue despertado nuevamente por su madre, –y como siempre haciendo tanto barullo y dejando entrar tanta luz–, él  tuvo otra vez ese ataque de malhumor, pésimo. Pero sólo le dijo;

–Hago yo el desayuno, mamá.

La madre lo observó cómo se levantaba, cómo se vestía en silencio, con la mirada de pocos amigos, y se dio cuenta de que su hijo había dejado de ser un niño, pero como no lo aceptaba respondió;

–Ya lo hice. Hay café con leche pan y mermelada– respondió ella. Popi continuó a vestirse, con un malhumor que lo ponía en contra de todo el mundo... pero no de su madre, y supo que esta vez el humito del café con leche sólo le abriría el apetito.  Tan sólo pensar en eso lo puso de buen humor, leve al principio pero ya en la mesa sonrió a su madre que lo miraba  aun embelesada.



Después los años continuaron a pasar, con sus Navidades y sus Años Nuevos pero esta vez con las dos familias reunidas.

Además de las luces que son necesarias para esas fiestas, el anciano y Popi encendían palillos de fragancias. Era un secreto entre ambos que la madre del niño y la esposa del anciano miraban con desconfianza. Pero después se acostumbraron.


                                                               Humito 6

Humito  caminaba con las manitos detrás, como lo hubiera hecho un turista despreocupado,  observando cada cosa muy serio. Los muebles sobre los cuales resbalaba sin tocarlos... los cuadros...  las fuentes.  Olía las flores en los jarrones con torpeza, porque para aspirar el perfume introducía  su cabecita de humo confundiéndose con la flor. Se metía en los cuadros con motivos bucólicos y caminaba sobre prados y entre bosques como un fantasmita.  Luego, saliendo de uno de ellos, se dejó caer muy lentamente en el espacio estrecho de un mueble y la pared. Popi lo sintió reír divertido, pues atravesando las telas de araña que ahí detrás pululaban, observaba que su corporeidad de humo era adornada con dibujos de... ¡telas de araña!, al mismo tiempo que esos arácnidos que corrían despavoridos dentro de su estómago le causaban cosquillas.   Volvió a emerger despacio, flotando, con impulsos alternados de sus piernecitas hacia un costado, hacia el otro. Como un patinador sobre hielo se trasladaba de uno a otro lugar,  muy ensimismado y serio en su exploración. Observó muy de cerca a Toby, el perro, que había seguido su desplazarse, pero este, viendo que se acercaba hacia él, alzó cabeza y orejas y emitió un breve ladrido, como para mantener la debida distancia con un desconocido. Micho ni se asomaba. Luego Humito se detuvo, satisfecho frente a su amiguito que le preguntó;    

¿No puedo ir con vos a conocer dónde vivís?

¡Noo! ¡Es imposible!  –contestó Humito con firmeza. No es tu mundo.

¿Y cómo vos podés venir al mío?

Nosotros somos tu fantasía hecha realidad. Vos no sos nuestra fantasía.

Para Popi era demasiado difícil entender esas razones,  entonces solo atinó a lamentarse con el anciano.

Yo no puedo visitar donde vive, pero él sí puede venir aquí.

Será porque él es tu fantasía y vos no la eres para él –respondió  distraído el anciano.

¡Me ha escuchado! –exclamó. ¿Puede escucharme tu abuelo? –preguntó  Humito excitado.

¿Lo escuchaste a Humito, abuelo?

¿Yo? ¡Noo!  No he oído nada. Sólo dije algo sin pensarlo. Fue una... intuición. ¿Sabés lo que es una intuición? –respondió,  tratando de llevarlo a una situación en la cual él podría participar con cierta autoridad.  

Popi dijo que no, pero  Humito agregó mirando al anciano con curiosidad.

Mmm. Quizás tenían razón mis nubarrones cuando me dijeron que las intuiciones en ustedes no son producidas por ese hueso pesado que llevan sobre los hombros.

Popi rio por la expresión repitiéndosela al anciano.

¡Un hueso pesado sobre tus hombros! ¡Y es tu cabeza! ¡Un hueso pesado!

El anciano se tocó la suya. Sí. Era un retumbante hueso cerrado y rígido ese que tenía sobre sus hombros.  

Comenzó a levantar la mesa y a lavar los platos mientras escuchaba al niño reír y rogar que no se acercara tanto a su cara. Esto  sucedía  porque Humito  descubrió que alejándose y acercándose a los ojos del niño, lograba que estos casi se juntaran en la base de su naricita. Popi, perdiendo el foco de la visión, continuaba a pedirle  que se alejara, mientras que retrocediendo no podía ir más atrás del respaldo de la silla.  Humito continuaba a avanzar, avanzar, hasta que estuvo muy pegado  a la cara de Popi que retenía el respiro... pero no aguantaba más, y al aspirar con violencia, ¡se lo tragó! Y gritó horrorizado.

—¡Me lo tragué abuelo!  ¡Pero fue sin querer! ¡Me lo tragué!

El anciano lo miró incrédulo mientras Popi, abriendo la boca  le pedía que se fijara si Humito todavía estaba ahí.  El anciano se sintió ridículo observando la boca de Popi donde sabía que iba a ver lo que estaba viendo: una boquita con dientes pequeños y la campanilla rosada, pero no quiso contradecirlo.

No. Adentro no está.

¿Y ahora? –preguntó  alarmado el niño.



Humito en esos momentos observaba con curiosidad  el funcionamiento del  corazoncito de Popi  que bombeaba  veloz.  Maravillado sintió el  calor  que emanaba y también, pues los latidos iban en aumento, un cierta preocupación de su dueño. Y no era para menos: ¡se lo había tragado!  Continuó a observarlo dando toda la vuelta a su alrededor y comprobó,  mirando su propio pecho, que él no tenía algo parecido y tan complicado. Entonces decidió atravesarlo, solo para sentir la tibieza de ese artefacto que lo seducía con su ritmo de tambor repitiendo también él; tutún... tutún, y lo envidió tanto, pero tanto, que de golpe un corazoncito, apenas rosado y también transparente, comenzó a latir dentro de él. Después, muy contento con su nueva adquisición, trepando por una escalerita de huesitos en la nuca del niño, y con el batir al unísono de dos corazones en sus oídos, llegó a su cabecita donde descubrió un espacio inmenso, con una cúpula de un cielo blanquísimo e infinito. Ahí comprobó que había “humitos” como él, pero con los rostros de gente que ya conocía; la madre, y en un rincón oscuro el padre de Popi, la  del anciano,  de su esposa, de maestros y compañeros de la escuela, de Micho y Toby, de sus juguetes y de tantas otras cosas diminutas que flotaban.  Quería saber algo más de ellos pero los latidos de los corazones  lo alarmaron porque continuaban a aumentar. Entonces, a pesar suyo, decidió regresar por donde había entrado: por su nariz.

—¡Es él! –grito  Popi. Lo siento. Está volviendo.

Y continuó a sentirlo mientras Humito se deslizaba hacia afuera  cuando el niño  espiraba, y aferrándose con desesperación  a los bordes y los pelitos de la nariz  para no ser succionado cuando aspiraba. A Popi ese ir y venir le causaba cosquillas; a Humito un ataque de risa, y por lo primero Popi estornudó, provocando que su amiguito saliese disparado como un bólido para  andar a rebotar contra la pared, muertos de risa los dos. El abuelo, ya resignado, continuó a lavar los platos tratando de  no dar importancia a lo que estaba diciendo el niño en ese momento:

—¿Dónde encontraste ese corazoncito rosado? –preguntó Popi asombrado.

—¿Te gusta? –respondió Humito muy orondo, sacando pecho.

—¡Síí!

—Lo copié del tuyo

—¡Qué bueno! ¿Así es el mío?

—Sí. Un poco más grande. Pero el mío larga humo cuando yo quiero, como una locomotora cuando funciona ¿Lo ves? –el corazoncito comenzó a humear.

Luego de divertirse viendo ese prodigio, el niño le preguntó  si podía hacerlo volar en un avión pequeñito y sin cabina. Humito respondió que sí, que podía, ya que descubrió ese juguete en la cabecita de su amigo. Popi además de aviones tenía trenes, animales fabulosos, marcianos, soldaditos...



Y así, de repente, Popi se encontró piloteando un avión sin cabina. Viraba y daba máxima potencia a su motor, pero sintiendo el viento en su cara con una fuerza tremenda que lo obligaba a cerrar los ojos, recordó que en el despegue ¡No se había puesto el casco de cuero con las antiparras! El avión zigzagueaba peligrosamente porque, con una mano comenzó a ponérselo y con la otra, que no bastaba, tenía fijo el timón. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para sacarlo de la caída en picada que causó tal distracción, pero lo logró, gracias a puños y dientes apretados. Luego de estabilizarlo, y resoplando por su hazaña,  continuó a atravesar nubes húmedas como el humito del café con leche. Voló sobre esos algodones espesos sin consistencia  y también dentro de ellos, y finalmente los abandonó para observar  hacia abajo.

Allí estaba la Tierra con sus ríos serpenteantes y sus ciudades pequeñísimas.  Disminuyó la velocidad para poder ver mejor aquella maravilla cuando de repente, a su lado, también volando, apareció Humito. Pero no piloteaba ningún avión. Volaba en forma horizontal, y su figura, debido al viento en contra, se alargaba, igual  a una estela de humo.

¡Hagamos una carrera! –propuso  excitado Popi.

¡Siii! –respondió  su amiguito. Y se pusieron a la par.

¿Listos?

¡Ya! –ordenó   Humito. 

Los dos volaban libres e hinchados de felicidad, lejos del mundo que estaba  allá abajo, y elevándose sobre las nubes de crema batida  apuntaron hacia el Sol.  Ninguno de los dos se sacaba ventaja. Ninguno de los dos se miraba pues la felicidad se había hecho velocidad fantástica y querían ganar la carrera.

¡Hacia abajo! –ordenó Popi. Y hacia allá fueron.

—¡Las nubes!  Son mi hogar. Ahí nací y ahí quiero siempre volver –gritó  Humito, pero Popi no lo oyó pues el ruido del motor era ensordecedor.

Luego de atravesar nuevamente las nubes, planeando ya más tranquilos, descubrieron   una bandada de patos en migración. Y a la par se  les pusieron. Estos no se espantaron y ni siquiera los miraron. ¡Tan orondos iban en su vuelo con aleteadas acompasadas!  Miraban sólo hacia adelante con esa media sonrisa de beatitud  que solo los patos tienen, tan inocentes como majestuosos.  Humito logró casi casi  acariciar la pequeña y colorida cabeza de aquel que iba en la punta de la formación a pirámide. Y se propusieron imitar su volar.  Humito con las manos y Popi con las alas de su avión imaginario. Los siguieron por un buen trecho y después volvieron a  retozar por los aires. Volaba feliz dando vueltas por el cielo mientras que el anciano, apartándose de la lectura,  lo seguía en ese “vuelo” alrededor de la mesa... cuando de repente su avión, sin ningún motivo aparente, ¡se deshizo en mil pedazos!, entonces Popi, al improviso, ¡se encontró suspendido en el vacío sintiendo que nada había debajo de sus pies! ¡Era terrible! ¡El vértigo le hinchaba panza y cabecita dándole ganas de vomitar! ¡Y caía sin paracaídas! ¡No sabía de dónde agarrarse! ¡Manoteaba por aquí, por allá! Sentía los latidos de su corazón en aumento, que le faltaba el aire mientras giraba como un trompo o hacía cabrioletas en el vacío, y ya se imaginaba con terror el impacto final… que no llegó, pero en su lugar...  ¡se encontró de golpe  otra vez sentado sobre la silla! ¡Porque no había más humo!

La esposa del anciano había vuelto, y oliendo el aroma de los palillos que no le agradaban, los había apagado. Le daban dolor de cabeza, y se lo reprochó a su esposo. Popi estaba pálido, los pelos erizados, con los ojos desorbitados, la boca abierta, con las manos que todavía aferraban el invisible timón, respirando con dificultad porque todavía no se sobreponía del espanto de la caída, con manos y rostro helados por el frío de la atmósfera en esas alturas, todavía temblando de miedo.

―¡Popi! ¿Qué te sucede? –gritó la señora asustada, aferrándole la cabecita para observar mejor esa palidez, los pelos parados y sentir el frío de su rostro... y su primera sospecha fue hacia su marido―. ¿Qué experimento hiciste con él? ¡Está pálido! ¡Muerto de miedo! ¡Helado!  ¿Qué le hiciste? –añadió mirándolo con el ceño fruncido.

¡No! Basta se dijo su marido. ¡Esto era demasiado!  Tenía que poner fin a esas situaciones absurdas. Entre su libro de sicología, lleno de realidades que eran fantásticas, las fantasías de ese niño que parecían reales, y la “materialización” de su esposa lo habían llevado a un desorientamiento total, pero recordando su infantil deseo de ver también aparecer en el humo de los palillos de su madre un duende, y mirando a Popi sólo atinó a decir;

—¡Nada! Yo no he hecho nada. Hace más de una hora que leo este libro mientras escucho el monólogo de Popi y luego ver las vueltas que comenzó a dar alrededor de la mesa, con los brazos extendidos, como si volara.

¿Los diálogos?  –preguntó su esposa. ¿Y con quién hablaba?

Con un tal “Humito”.

—¡Dios mío! Vos y tus fantasías.

¿Las mías? –protestó  él. Pero si yo...

Su esposa no  dejó terminar su defensa y continuó a observar el rostro del niño para asegurarse que estaba bien. Este comenzaba a recobrar el color.

¿Te encontrás bien, Popi?

“Bueno, se dijo a si mismo su esposo para consolarse. Finalmente todo volvía a la normalidad con esa pregunta”.

Andá a lavarte... y a la cama, Popi –ordenó  su esposa.

Cuando fue a saludarlos antes de irse a dormir, Popi quiso saber de su madre.   

¿Y mi mamá? –preguntó tímidamente.

 Los esposos se miraron, y ella   le aseguró que en un día o dos volvería para estar con él. Popi bajó la cabecita y comenzó a llorar. El anciano lo levantó, lo abrazó consternado y se dijo que a pesar de que siempre había criticado al hombre y su ferocidad, estaba contento de pertenecer a esa especie que era capaz de apiadarse por la prole de otro. Y continuó a acariciarle la cabecita.

Es verdad. Dentro de poco volverá. No llorés. Estás con nosotros.

¿Qué tiene?

Nada. No tiene nada que no se cure.

¿Pero por qué... –alcanzó sólo a decir Popi, omitiendo “mi papá lo hizo”?  

El anciano sabía que el niño no podía preguntarse el por qué de su destino, solamente por lo que sucedía en su reducida familia, pero él si se lo preguntaba.


                                                      Humito 5

...

¿Y cómo pensás encarar las investigaciones sobre ese niño? –preguntó su esposa considerando que después de todo, era un estudio pasivo, que no comprometería sus plantas ni ensuciaría la casa.

No lo sé todavía. No es fácil presentarse a la madre con esta pretensión que considerará inaudita –y  se rascó dudoso la cabeza.

Ella lo miró entre divertida y resignada. Su marido continuaba a ser  un niño curioso y desconforme. En eso sonó el timbre y fue a abrir.

En el vano de la puerta la madre de Popi hablaba mirando el piso. Llevaba el cabello desordenado y aferraba de la mano a su hijo.

Habló con voz  entrecortada, cada tanto alzando la cabeza,  lo que permitió  descubrir una hematoma en su mejilla izquierda.

¡Hija mía!  ¿Qué te  ha hecho? –exclamó su esposa.

No es nada señora. Sólo quiero pedirles un favor. Debo ausentarme por unos días, y pensé que tal vez ustedes podrían tenerme a Popi hasta mi regreso.

¡Pero por supuesto! –respondió  el anciano adelantándose decidido hacia el niño.  Éste se veía aún aterrorizado, pero viéndolo animó una sonrisa.

Así podremos continuar a hablar de ese tu amiguito. ¿Qué nombre tiene?

No lo sé, pero yo lo llamo Humito –contestó  tímidamente Popi.

¿Usted también ya lo sabe? –preguntó con dificultad la madre tomándose el vientre―. No le haga caso. Es más bien fantasioso.

Mientras el anciano la miraba alejarse por la escalera tratando de esconder su rostro humillado acompañada de su esposa,  pensó que no era tan peregrino aquel deseo: que en un futuro las mujeres no tuvieran necesidad de los hombres para la procreación.

Durante todo el día Popi no hizo otra cosa que mirar a su alrededor y sonreírle cuando el anciano lo observaba jugar con sus pocos juguetes que había traído consigo. Como todo niño se entregaba a ese mundo particular hecho de situaciones realizadas a mitad: por la materialidad de los juguetes y  su fantasía que se intercambiaban cada tanto. A veces los juguetes eran fantásticos, y otras veces, cuando se aburría, la fantasía se deshacía  en ellos y dejaban de animarse.

El anciano no quiso forzar ninguna situación para satisfacer su curiosidad por el otro personaje, pues observándolo en sus juegos solitarios pensó que era  como un rito de respetar, pero sintió un ligero bochorno por haber preparado unos palillos aromatizantes. Tomó su libro y continuó a leer.  

Mientras tanto la casa se llenó con las imitaciones de los ruidos de grúas en funcionamiento, camiones, aviones, y los diálogos de intrépidos soldados que se lanzaban al ataque junto a la voz muda del libro “Psicología de su niño”.

“... la necesidad mediante actividades lúdicas de tomar conciencia del mundo a través de la potencialidad del niño y su subsiguiente habilidad para ordenar los objetos, sometiéndose a las reglas del juego libremente, sin coacciones, y de esta manera poder ingresar en él, consciente de la responsabilidad que implica enfrentarse a un ambiente que, aunque hostil, es pasible de modificación”. O también “...mediante la fantasía comunicar con el mundo exponiendo su convicción de cómo podría  ser. En estos casos es necesario prestar atención al lenguaje, o código comunicativo que utilizan...”  ¿Lenguaje o código?, se preguntó el anciano. Sin duda en este caso tendría que aplicarse  el concepto de “código”. Un código de humo. No estaba mal como concepto inasible. Por eso le gustaban los tratados de sicología: en ellos el inexistente, escurridizo y ambiguo personaje junto a la trama se iban materializando de a poco en quien leía, y se llegaba a un final donde todo era claro y posible.



¿Tenés hambre Popi? –preguntó,  pues para él ya era hora de cenar y tendría que arreglárselas solo. Su esposa todos los días andaba a visitar a la madre del niño al hospital.  

Mientras cocinaba para los dos preguntó  distraído;

¿Creés que aparecerá mientras comemos, en la cocina donde hay humo? ¿O en los palillos que encendí para disimular el olor?

La casa se había llenado con un perfume de lentejas con carne.

La última vez apareció en el humo del café con leche –respondió  Popi mientras preparaba dos platos.

Probablemente no es carnívoro tu amigo. Café con leche tomaremos mañana en el desayuno.  

Popi fantaseaba haciendo volar su “tenedor–jet" delante de sus ojos, cuando un humeante “plato volador” de lentejas aterrizó frente a él.  Con buena disposición cargó varias veces  “la pala mecánica de su grúa” –el tenedor–  para alimentar la insaciable “caldera a vapor de su boca”  y mientras masticaba absorto mirando el humo de su plato, de repente, como saliendo de las lentejas   ¡de nuevo su amigo!

¡Humito! ¡Es Humito! –exclamó.

El anciano, que estaba calentando el café y que casi desparramó, se dio vuelta esperando ver ese prodigio... pero sólo vio a Popi que con los ojos muy abiertos y excitado observaba... ¡el humo que se elevaba del plato de lentejas!  En ese mismo instante Micho, sin un motivo aparente según el anciano, huyó despavorido con el lomo  erizado y  maullando.

¡Qué buen olor! –exclamó  Humito. ¿Qué es?

Son lentejas con carne. ¿No las conocés? –respondió entusiasmado el niño por la repentina presencia.

¿Con carne? –preguntó  horrorizado Humito.  ¿Con carne de quién?

Me pregunta de qué carne es el guiso.

El anciano explicó distraído el ingrediente porque trataba de entender el pánico del gato, y por qué Toby, su perro, miraba, también él, con curiosidad el humo que observaba Popi.

De vaca –trasmitió  Popi.

¿Y cómo son esas “vacas”?

Son animales. Con cuatro patas. Como Toby, pero con cuernos y... vestidas con cuero negro y blanco.

¿Y tienen ojos, hablan y caminan cómo ustedes?

Sí –respondió  divertido Popi.  Pero no hablan: dicen muuu.

¡Qué horror! –lo interrumpió  Humito.

¡Es riquísimo! –rebatió Popi.

El niño alzó su cubierto con un pedazo, pero Humito  retrocedió con vivas muestras de repugnancia, por lo cual le dijo al anciano que a Humito no le gustaba la carne.

Lo suponía.  No es carnívoro. Los espíritus no  son carnívoros.

El anciano se descubrió ridículo al sentirse decir tamaña insensatez... pero el mundo a veces era insensato... ¿entonces...? una insensatez más no lo haría derrumbar. Pero, ¿qué le estaba sucediendo?

¿Quién es ese? –preguntó Humito recomponiéndose, pero aún con la mano en la garganta en actitud de contener un vómito. Popi no sabía cómo describirlo.

Sería como... un abuelo. Como un padre de mi madre. Pero no lo es.

Esto por lo visto era demasiado difícil para Humito. Entonces preguntó;

¿Y tu mamá? –Popi se ensombreció.

Está en el hospital. Donde se curan las personas.

¿Le ha sucedido algo? –preguntó  Humito acercándose a  Popi con una zambullida horizontal.

Discutió con mi padre y él... –Se detuvo por un instante.

El recuerdo de lo acontecido le entristeció el rostro. El anciano escuchaba y no pudo no acongojarse con el monólogo de Popi. Ese sí que era real.

Me lo habían dicho mis mayores –observó Humito con tristeza. El mundo de los de carne es doloroso.

Mientras tanto el vapor de las lentejas había comenzado a ralear, y notándolo, Humito de un salto pasó a la estela  del café del anciano. Popi siguió su pirueta fascinado.

—¡Está sobre tu taza! –advirtió  al anciano.

Éste salió de su ensimismarse y observó su taza que aún humeaba. Comenzaba a sentirse incómodo con este ir y venir de “diálogos a una voz” y traslados invisibles.

¿Y qué hace sobre mi taza?

Porque mi plato de lentejas no humea más. Ahora te está mirando. Muy cerca de tus ojos.

También están los palillos aromatizantes –sugirió el anciano, e hizo un gesto que más que involuntario era un intento inconsciente de participar con esa fantasía: trató de espantar algo que estaba cerca de su cara.

El resultado fue tremendo.

¡Humito se deshizo en tantos pedacitos de humo después de que la palma de la mano pasó! Y quedaron todos desparramados, girando sobre sí mismos, en el preciso lugar de la colisión, delante de la cara.

Los pies por un lado, la cabecita por otro, y por allá manos y por acá brazos, torso y piernas. Y gritaba otra vez “!Socooorro!”.  Popi se levantó de su silla horrorizado.

―¡Lo has descuartizado! –gritó.

El anciano también se levantó de un salto porque la expresión de Popi no podía ser producto de una fantasía, pero consciente de la absurdidad del momento observó todo lo que lo rodeaba para convencerse de que eran cosas reales...y eran todas reales; la mesa, la silla, las paredes. Las conocía desde siempre, y no habían cambiado... pero el rostro del niño continuaba a mostrar un horror que sólo podía ser el producto de algo real.

¿Cómo que lo “descuarticé? –preguntó espantado. Dios mío. ¡Qué he hecho! Pero, ¿está vivo? Decile que me disculpe.

La taza de café le temblaba en la mano. Pero, ¿qué le estaba sucediendo? No había ningún descuartizado. Sólo había un niño que relataba situaciones fantásticas.

A todo esto Humito había dejado de pedir ayuda. Estaba muy ocupado en re–armarse, probando a colocar manos y pies en su lugar mientras se preguntaba cómo iba cada pieza. El primer intento hizo reír a Popi, risa que a su vez tranquilizó al anciano oyéndola.  Había puesto el torso al revés. Las piernecitas nacían de sus hombros y su cabecita estaba donde tenía que estar su pistulín. Popi, mientras reía por ese torpe intento,  relató todo al anciano.

―¡Ah! –atinó a decir este mientras se resistía a representarse un niño de humo y hecho de pedazos mal colocados. 

Dice que no soples ni muevas las manos cuando él anda por acá. Tampoco que abras las ventanas.

Está bien. He entendido –respondió  dócil. ¿Qué hace ahora?

Está explorando tu casa –contestó  el niño mientras terminaba su cena.

No copie, use la imaginación...

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