jueves

                               DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 5

Había ya puesto en marcha el auto para irse, pero tuvo que detenerse porque Patricia lo estaba alcanzado. Bajó la ventanilla y su malhumor se disipó al ver el rostro sonriente de su hija.

―¿Y, inspector Columbo? ¿Qué pasó? ¿Afloja o no?  Y se largó a reír.
.......

La camioneta gris se detuvo en los estacionamientos de un supermercado. Javier bajó, dio la vuelta, abrió la puerta del acompañante y ayudó a bajar a la mujer que había hecho el viaje con él. A Enrique, que  estacionó inmediatamente después del ingreso, lo suficientemente lejos como para que no sospecharan, ya lista su máquina fotográfica, esa gentileza le pareció inaudita, pero comprendió inmediatamente el motivo, ya que la mujer que descendió tomó un bastón que había quedado dentro del auto. Enrique reconoció a la muchacha que había visto en las oficinas de la perrera, por el pelo recogido, pero ahora que se había dado vuelta, a través del teleobjetivo, pudo comprobar que era la semi-inválida de la sociedad protectora de animales, fotografiada en la manifestación frente al circo de Eustaquio Pérez. Continuó a disparar fotos con esa ligereza de ánimo debido al estupor que causan las coincidencias favorables.



Con las fotos sobre su escritorio ya reveladas, se dispuso a elegir aquellas más comprometedoras para mostrárselas a Nicoleta Acuña.  Mientras escogía aquellas tres fotos en la cuales el rostro de la semi-inválida era nítido, marcó el número de teléfono de Elisa, pero volvió a colgar porque sabía que no respondería. En la primera foto seleccionada la mirada recíproca de los dos, y en la segunda y tercera el beso que iniciaba y terminaba Javier. Con las otras se entretuvo recorriéndolas como en una historieta. La primera era aquella en donde él la ayudaba a bajar del auto... y ya en el fondo, fuera de foco, la silueta de una mujer que por lo visto había reconocido a la pareja. En las siguientes, como en los recuadros de celuloide de una película, se veía el movimiento de Javier que se agachaba para anudarle un cordón de los zapatos a la semi-inválida; luego, ya en pie, la imagen nítida de aquella otra mujer, fuera de foco en las anteriores, que se había acercado y ahora sólo reconocía a Javier. Luego, en las fotos siguientes, la atención exclusiva de la recién llegada hacia el muchacho; sus gestos ampulosos con absoluta indiferencia por la presencia de la semi-inválida y el inevitable gesto serio y el bochorno de Javier. Después el saludo de despedida de la intrusa y los posteriores intentos del muchacho mientras caminaban de espaldas para recomponer  la situación.

...

Armando De La Fuente lo esperaba en pie, detrás de su escritorio, con los puños apoyados sobre el vidrio.  Había apenas terminado de dar disposiciones a su secretaria que ya se iba, con frases cortas y secas: “mañana, a primera hora, sin falta”. “Comuníquelo a quien corresponda”.

Era un hombre de estatura más bien baja; no llegaría al metro setenta, con una voz agradable, casi aguda y con un visible esfuerzo para contener su estado de híper actividad. Su rostro, que hasta ese momento no mostraba ninguna señal de tensión, viendo aproximarse a Enrique no pudo disimular una mueca de desconfianza ni una rigidez del cuerpo casi instantánea. No lo miraba de frente, lo hacía casi de costado.

Enrique, en el momento de entregarle la foto del mulato, sintió que ahora lo observaba con el odio de alguien a quien se le había obligado a compartir una humillación. Mientras su cliente la observaba, se convenció de que no se había equivocado al apostar que le habría bastado sólo mostrarle esa con el supuesto amante de su Margarita-Nicoleta, y que ella misma le había dado. Estaba seguro de que no necesitaba otras pruebas más contundentes, como podrían haber sido las fotos de los dos juntos.  Si se las hubiera pedido le habría respondido que tendría que esperar, pero no tenía duda de que era un caso terminado (rápido y provechoso) porque su cliente, después de observar la foto y luego memorizar la dirección de la perrera se dijo a sí mismo “no me equivoqué, no me equivoco nunca”, y sin mirarlo, con una voz que cambió de tono y registro para esconder su humillación  transformándola en un susurro impersonal,  le dijo  que el cheque por sus servicios se lo confeccionaría su secretaria.

Dirigiéndose al ascensor con la paga en el bolsillo, observó todos los objetos que dejaba atrás: eran fríos los cuadros de arte figurativo, los muebles, los pomos de las puertas, las ventanas luminosas, las revistas brillantes para la espera, las alfombras mullidas. Todos rígidos, valiosos, muy atrayentes, muy perfumados y sobre todo muy asépticos; como la luz blanquísima de las lámparas y la secretaria monísima.



A Margarita-Nicoleta la llamó casi al mediodía y por la voz la había despertado: en media hora estaría con él.

Entró en su oficina con otra cartera, por lo visto de piel de boa y con otro perfume. Miró las fotos y exclamó incrédula, “pero... ¡es renga!”, y volvió a observarlas con mayor atención: ¡Renga!, –añadió escandalizada buscando confirmación en el rostro de Enrique.

―Así parece –contestó este.

Escribió la cifra, lo firmó y se lo entregó, dejándolo en un estado de molesta sensación. Juntó los cheques de marido y mujer y los alzó para observarlos sin ningún motivo, como si fueran transparentes. Luego se levantó, buscó la fotografía en la cual Javier anudaba el cordón del zapato de la semi- inválida, y del olvido trajo el mismo gesto que había cumplido tantos años atrás con Elisa, y pensó que recuperar la monita sería mucho más noble.



El portón de la perrera, como siempre, estaba abierto y varios perros vinieron a olfatearlo: por lo visto en él aun persistía el olor de Toby. Alguien en el galpón hizo que la puerta quedara semi abierta y hacía él se dirigió. No tenía ningún apuro. Pasando saludó a la señora regordete que continuaba a lavar cacharros, quien lo miró como si lo hubiera visto pasar siempre a esa hora. No tuvo que abrir del todo la puerta del galpón porque pasaba tranquilamente, sin hacer ruido, pero maldijo cuando comprobó que estaba pisando barro y bosta de animales.

La parejita estaba de espaldas; él, semi agachado, tratando de medicar la pata de un burro, en tanto que ella aferraba el bozal. El animal hizo un movimiento brusco.

―¡Qué no se mueva, Helena!  –exclamó Javier, inmovilizándose por unos segundos para luego continuar con la cura.

El fondo del galpón era una gran abertura, a través del cual se veía otro recinto rectangular de alambre tejido del ancho del galpón. En él pastaban otros burros, caballos, cebras, que por el aspecto eran todos viejos.  Probablemente cuando fue construido ese ambiente de chapas, con esas medidas tan grandes, sobre todo en altura, había sido para darle otra destinación que desconocía, y no para cobijar animales, salvo esa jirafa que se acercaba lentamente hacia ellos. También había jaulas dentro de las cuales inmóviles boas y camaleones con sus miradas reducían todo a una atemporal quietud amenazadora,  y en una de esas otras jaulas alcanzó a divisar a Yuyu: no tuvo dudas porque era el único monito idéntico a Yoyo.

La jirafa había sacado de su concentración   a Helena, que descubrió a Enrique con evidente asombro.

―¿Qué hace usted aquí?  ¡Es una propiedad privada! ¿Cómo hizo para entrar? –exclamó Helena.

Javier, que reconoció al hombre del galgo, con tranquilidad reprochó a su amiga.

―¡Qué decís Helena!... ¡Si está todo abierto!  Es un lugar público... además lo conozco ¿Qué ha decidido... señor..? Ah sí... Schwartz.

―¡¿Schwartz?!  –repitió alarmada Helena. ¿Es pariente  del...?

―No tengo ningún parentesco con ese personaje, pero ustedes tienen algo que es de su propiedad.   

En ese momento la puerta se abrió totalmente haciendo que la luz diurna hiciese más nítido todo el ambiente.

Ya habíamos dicho que Enrique consideraba que Eustaquio Pérez con sus atuendos chillones, su porte histriónico, extravagante, escondía junto a tantas otras cosas ―como ser la falta de originalidad―, la ridiculez; pero comprobó que el ridículo no estaba solo en esos personajes de los circos itinerantes, sino también en las personas que de ambiciones artísticas estaban desprovistas, pero que pertenecían a otro tipo de circo: el cotidiano. Eran más refinadas, elegantes, con una cultura aparentemente elevada, pero que en vez de vestir ropas coloradísimas y exóticas vestían de acuerdo a los dictados de la moda. Toda esa escena era tan ridícula, con monos, jirafas, burros, semi-inválidas, mestizos apuestos y una mujer que no lo perdonaba... y él que al improviso había decidido de recuperar una monita.

Margarita-Nicoleta, con su nuevo vestido, su nueva cartera, sus nuevas gafas, observando que sus nuevos zapatos (¿de qué piel de animales eran esta vez?)  comenzaban a hundirse en la tierra y en los excrementos de los animales del galpón, se detuvo evidentemente escandalizada:  quería llegar hasta Javier, pero sus celos, o amor, o vanidad herida se habían empantanado.

―¡Elizabeta! –exclamó Javier mientras que a Enrique el nuevo nombre de Nicoleta no le causó ningún asombro: sólo se preguntó cuál sería el verdadero. Javier continuó:  ¿Qué hacés acá?

―¡Otra de tus amigas! ―exclamó con desprecio Helena.

Margarita-Nicoleta-Elizabeta se acomodó las gafas y trataba de lloriquear, pero sus cualidades artísticas no llegaban a tanto, por lo que solo logró decir con tono dramático;

―¡Quería verlo con mis propios ojos..! ¡Y también a esa... renga! –agregó señalando a Helena.

lunes

                                               DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 4 

Toby se había echado en los asientos posteriores de su auto, adoptando esa única postura con la cual lo recordaba: en su casa, tendido sobre la alfombra con toda la quijada sobre esa, inmóvil. Ya en marcha modificó la posición del espejo retrovisor para verlo mejor. Esta vez la cabeza la apoyaba sobre la tapicería de los asientos, pero siempre parpadeando de vez en cuando, como si esperara algo inevitable, o conocido, sin ningún tipo de ansiedad que le permitía, aparentemente, dormir a intervalos. Esa posición pasiva del animal que daba lástima, le trajo la imagen de la semi-invalida de la sociedad protectora de animales, y no pudo contener un impulso de risa por lo absurdo de tal asociación de ideas al pensar que una, que apenas podía moverse, se preocupara por animales que, como Toby, no ofrecían ninguna resistencia a su destino, así fuera andar al matadero o acompañar como cómplice a un detective dentro de un auto. Continuarían a morir cientos, miles de esos perros y tantos otros.... Patricia, su hija, sólo había podido salvar a uno... Eustaquio Pérez quería recuperar su monita... Armando De La Fuente, con su paranoia había adivinado la infidelidad de su mujer, amante de carteras de cocodrilos como también de perros, aves exóticas y mulatos... y Margarita (o Nicoleta Acuña), a su vez se sentía humillada por un seco pero apuesto mulato... su mujer creaba vestidos de novia sin tener aparentemente ninguna necesidad de él... su hija confiaba en él... ¡burlándose! Detuvo el auto. Con la frenada Toby alzó el cogote. Se miraron. Por primera vez prestó atención a los ojos de un perro, su cristalino, su pupila, su diafragma, a ese brillar debido a la humidificación continua como en los suyos.   Estaba por decir estúpido, pero se corrigió diciéndole;  ¡Qué animal extraño que sos! 

Para llegar hasta la perrera de Javier tuvo que salir de la ruta principal doblando hacia la derecha, encarar una calle de tierra polvorienta llena de baches y cunetas que sacaron a Toby de su despreocupado abandono. La calle terminaba justo delante del portón de entrada, que estaba abierto, pero continuaba por lo menos cien metros más allá para finalmente detenerse frente a un galpón de chapas onduladas extrañamente alto: se parecía más a un hangar que a un lugar destinado a animales.

Por lo visto las oficinas de la Perrera Amistad, que estaban a su derecha, era ese largo edificio de madera pintado de blanco, elevado del suelo por los menos de medio metro gracias a robustas estacas de madera debajo. La construcción era una sucesión de puertas y ventanas, flanqueadas por una galería, también cubierta por el techo de chapas a dos aguas, en su mayor parte oxidadas. Le pareció absurdo que estuviera elevada, porque esa zona no estaba sujeta a inundaciones, así que supuso que de esa manera los animales encontraban una sombra fresca en los días de verano debajo de esas habitaciones. A su izquierda, y de frente a las oficinas, se extendía un cercado rectangular de alambre tejido, con tantos recintos y correspondientes cuchas en cada uno y que terminaba más allá del “hangar”.  El mulato, que no lo miró desde cuando entró, continuaba a tratar de enseñarle a un cachorro a sentarse. Por lo visto ya lo había conseguido, pero igualmente insistía dándole un bocado que el animal tragaba goloso cada vez que se sentaba. El maestro y alumno estaban rodeados de tantos otros perros, pocos de raza pura, tantos mestizos, y los había aún más que vagaban despreocupados. Viendo entrar a Enrique y Toby los únicos que se dirigieron a su encuentro, ladrando y muy excitados, fueron en su mayoría los de talla pequeña. Los más grandes lo hicieron luego, sin ningún apuro, y como no podía ser de otra manera el objeto de tal excitación no era el extraño que entraba, sino sólo Toby, a quien ladraban sonoramente. Este, mientras tanto, con esa flema aristocrática innata no había cambiado para nada su actitud y continuaba a caminar cansino, sujetado a su correa. Cuando llegaron a pocos metros del maestro y alumno, la jauría vociferante ya se había calmado.

Javier Solano, el mulato, se agachó para observar mejor a Toby, respondiendo al saludo, pero no así a la pregunta de Enrique. Le revisó los dientes, los ojos, las orejas, palpó el vientre y las patas del animal.

―A esta edad ya no pueden aprender nada –respondió finalmente. Lo ha salvado del matadero... ¿No es cierto? ¡Qué crueldad!  

Luego miró con atención a Enrique, y este tuvo la certeza de que Javier había comenzado a dudar de que ese tipo que tenía enfrente con un galgo, de casi un metro ochenta, de vientre voluminoso, ancho de espaldas, de voz ronca, rostro oscuro, manos grandes y bien cuidadas hubiese salvado a ese animal.

―No es mío. Es de mi hija –contestó Enrique.

Javier Solano comenzó a enumerar los otros servicios que prestaba, además del adiestramiento, ya que daba por descontado que Toby, debido a la edad, pudiera aprender algo, pero agregando al final que lo intentaría si se lo dejaba unos días. Luego se quedaron en silencio por unos instantes, durante los cuales Enrique registró todo lo que veía: el galpón hangar, las oficinas, el recinto, la camioneta gris, cuando de repente sintió exclamar a Javier;     ―¡Sentado!  y Toby obedeció. La sorpresa de que el animal obedeciera a Javier lo distrajo por unos segundos, y por ese motivo no alcanzó a ver quién había arrojado, desde la última puerta de las oficinas, un balde de agua sobre la calle de tierra. Dejó transcurrir unos instantes mientras fingía de escuchar a Javier para luego preguntarle si podía pasar al baño.

―Al final de la galería a la derecha –contestó el mulato.

Subió la escalera crujiente que llevaba a la galería y comenzó a caminar en ella. Todas las ventanas estaban abiertas, y en la antepenúltima alcanzó a ver fugazmente el perfil de una mujer con el pelo recogido en una coleta que, sentada, estaba escribiendo en su ordenador. Fue un instante, porque en ese momento ella se giró hacia su derecha para copiar lo que estaba escribiendo sin prestarle la más mínima atención. Él continuó a caminar, y al final de la galería, a través de la puerta desde la cual alguien había arrojado el agua, vio a una señora baja de estatura, regordete, de cabello renegrido, en delantal, que enérgicamente lavaba cacharros, mientras que sobre una hornalla algo parecido a una olla de grandes dimensiones humeaba. Llegado hasta el baño en el se encerró  y estuvo por unos minutos, en pie, apoyado a la pared de madera después de haber revisado el botiquín, en el cual solo había artículos de higiene masculina.

Volvió sobre sus pasos, saludó a la señora regordete que ahora revolvía con un cucharón dentro de esa especie de marmita, y pasando por la ventana que le interesaba comprobó que ya no había nadie. Tampoco en las demás ventanas abiertas vio persona alguna. Descendió nuevamente la escalera tratando de adivinar dónde se podía encontrar la muchacha del ordenador y llegó hasta el mulato, siempre mirando distraído a su alrededor. Sólo le quedaba el galpón, pero decidió encarar otra estrategia. Ya de frente a él, y antes de despedirse, prometió de considerar los consejos de Javier Solano y se comprometió a llamarlo en caso de que su hija estuviese de acuerdo en dejarle el animal. Y se marchó acomodando sus pasos a los de Toby.



Al día siguiente, apostado dentro de su auto a no más de cien metros del cruce de la calle de la perrera y la ruta principal, luego de una hora de espera vio salir la camioneta de la Perrera Amistad. También él se puso en marcha. Luego de algunos minutos de seguimiento consideró que la camioneta gris continuaría en esa dirección por bastante tiempo... lo suficiente para pensar en otra cosa.

...

El día anterior había vuelto a su casa para devolver a Toby, y su ex-mujer, con las manos ocupadas esta vez con telas y alfileres, volvió a abrirle la puerta.

―No lo he cansado... y tiene las patas limpias  –se excusó inmediatamente. Elisa se agachó, feliz de ver de nuevo a su Toby quien respondió al  efusivo recibimiento de su patrona con su habitual desinterés. Aferró la correa y lo arrastró del otro lado del umbral de la puerta, en su terreno, dentro de su casa, y ahí se quedó, inmóvil, observando a su ex marido. Pasaron unos segundos en los cuales Enrique se sentía cada vez más inadecuado porque no encontraba palabras, mientras que la mirada de Elisa, sin cambiar de intensidad, no esperaba otra cosa que él se marchara.

―¿Puedo entrar? Después de todo también es mi casa –se animó a decir.

―También es la mía... ¿Y para qué querés entrar?

La rigidez emocional de Elisa, que se había acentuado después de la separación, en el fondo, lo divertía. Ella desde siempre se había comportado de esa manera; con una intransigencia de vieja abuela, de hermana mayor, de esposa prudente: una especie de conservadurismo femenino que por ser tal, al final  se resolvía siempre a regañadientes con la aceptación de una situación, persona, cosa o idea. Pero últimamente Enrique comprobaba que la actitud hacia él no cambiaba, y esto lo desalentaba porque no quería perderla. Por lo visto la separación la había fortalecida... mucho más  que a él.

―Bueno, entonces si no me ofrecés un café ¿qué te parece si el sábado que viene te invito a cenar?

Toby, después de dar una vuelta sobre sí mismo, se sentó al lado de su patrona, y con su mirada impersonal parecía que apoyaría incondicionalmente lo que estaba por decir su dueña, que fingiendo hastío, aburrimiento y rabia contenida contestó;

―¡Pero vos no querés... o no podés entender que..!  –y a ese “podés” le dio la entonación de un no poder por una tara congénita... y se detuvo ahí porque sabía que Enrique conocía lo que estaba por reprocharle y que a ella le causaba, más que dolor, humillación: la infidelidad de su marido cuatro años atrás.

No podía odiar a esa mujer que había amado desde un primer momento porque era algo casi fisiológico. Cada vez que surgían estas u otras discusiones con buenos motivos para odiarla, como en este caso donde ponía en duda su capacidad de querer o  poder entender, un desánimo lo invadía. Ahora tenía toda la razón del mundo: la había traicionado... pero en cualquier otra situación le sucedía lo mismo, una especie de dependencia de ella lo desarmaba, por eso, al observarlo echado a los pies de su ama, un acceso de furia dirigida a Toby lo embistió, porque le pareció que el animal, con su plácida y estúpida mirada, le decía “ella tiene razón, hermano”.

Desde que comenzó esta tarde,

 la lluvia, no ha hecho otra cosa

que hacer muy bien su trabajo;

humedecer y lavar sin distinciones

y salpicar de costado cuando

no puede hacerlo desde lo alto,



y no trabaja sola hoy la lluvia

pues se trajo a su socio mas descarado;

un viento impetuoso para ayudarla

en las faenas que más la divierten;

 dar vuelta paraguas y alzar las polleras

de las muchachas, que se espantan primero,

luego ríen aguantando en contramano

las ráfagas de viento y el agua,

                                                      tratando de saber si alguien se dió cuenta

de sus piernas desnudas.



Es una gran trabajadora la lluvia;

lavó al cartero y a esos hombres rudos

y en cuero, que arreglaban la calle

y huyeron liberados y a los gritos

con las primeras gotas que cayeron,

primero como clavos, y luego a baldazos.

Hoy tendremos mojadas las cartas  

y los baches rebosantes, pero todo lava

menos a aquellos que viven  secos

protegidos en palacios de cristales y acero.



La lluvia lava a conciencia el trabajo

mejor remunerado que exista;

vivir observando la resignación delicada

de ramas y flores por el peso del agua;

ver a dónde van los pájaros que huyen,

                                                     y mirar la obstinación de los árboles

que le llevan la contra a la gravedad

de la tierra donde hemos nacido.

Hoy sus hojas se me muestran vivaces,

 como alas, que quieren levantar el vuelo

hoy, justo hoy, que llueve, como si hubieran

reventado todas las nubes del cielo.

sábado


Por esta campaña contra el humo

Francisca fuma afuera

con el frío del invierno,

y como todos, cuando fuma

hace otras nubes con el humo;

se va con ellas y regresa

en busca de otra recién hecha

                                                                    que le sea sólo suya,

luego las observa diluirse,

sus volutas y las nubes,

y cuando se percata que la miro

taconeando por el frío,
absorta a dos pasos de la puerta,

me cuenta que es el primer cigarrillo

encendido este lunes,

pues el sábado y el domingo,

entre la ropa, los mocosos, su suegra,

la comida, las compras y el marido

no ha tenido tanto tiempo.

Pobre mina, y encima

con este frío, tiene que irse

a fumar afuera.


                                           DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 3

Jürgen, apenas Nicoleta-Margarita cerró la puerta, entró sin esperar que lo llamaran. Todavía el perfume de ella flotaba en el ambiente y aspirándolo el circense exclamó;

―¡Qué mujer! Sin pelos en la lengua ¡Eh! Me parece que ama sólo los animales exóticos, pero bien muertos... ¿Vio su cartera?  –y se sentó.

El monito con un salto también lo hizo, sobre el escritorio, y comenzó a observar los papeles, los libros, las paredes, el techo...

―¿No es que ensucia?  –preguntó Enrique comprobando que el ano del animal se apoyaba sobre el vidrio del escritorio.

―¡Noo! Lo bañé esta mañana... ¡Un lío! No es que le guste tanto el agua.  Se trepa por todos los lados, pero al final lo logro... Solamente para el baño es indócil...  Es muy inteligente... ¡Hace esas monerías que divierten tanto al público...! Pero últimamente, sin su Yuyu, ya no es el mismo. A veces no quiere hacer nada, está como deprimido... Veamos si logro que haga algo. Yoyo... saluda al señor como un chinito –le ordenó. El monito lo miró, emitió un leve chillido, se puso de pie y flexionando sus rodillitas se inclinó varias veces con las manitas entrecruzadas. La sonrisa de Enrique fue un resoplido debido a tal absurdidad

―No lo veo tan...  deprimido...  ¿En qué puedo servirlo...? Aunque ya me lo imagino –preguntó Enrique Schwartz buscando al mismo tiempo en su chaqueta la tarjeta que le había dado en el ascensor. Señor... Jürgen. Jürgen Schwartz.

Con ese apellido, que también era el suyo, había cuatro personas en todo el país: tres no tenían nada que ver con él y el cuarto era un lejano pariente. Le importaban pocos los parientes, además trataba de verlos lo menos posible, pero sólo por curiosidad le preguntó si tenía alguna relación con aquel último.

―¡No!  Ese no es mi apellido. Me llamo Eustaquio Pérez. Elegí ese porque es... exótico, atrae... Es casi impronunciable –respondió Jürgen transformado en un santiamén en Eustaquio. Y continuó;

―Sí. Es sobre Yuyu... Me la robaron y si no la recupero pienso que Yoyo no será jamás el mismo... Los dos hacen uno de los números con más éxito.

Enrique observó su aspecto. Esos personajes, mitad actores, mitad pordioseros lo abochornaban. Como consideraba la compasión como algo superficial e innecesario, propio de mujeres y curas, todas las actuaciones de ellos le parecían un patético, miserable intento de suplantar las virtudes que no poseían para ser verdaderos actores, con sólo adoptar una apariencia extravagante. Eran casi una absurda copia de la existencia, pues prometían maravillas que al final eran torpes intentos de malabarismos, o burdo ilusionismo, poniendo en acto situaciones ridículas y resolviéndolas con finales resabidos e insulsos, con tantos colores chillones para esconder la falta de ingenio, con tantos ruidos que querían ser música, con tantas luces que en vez de iluminar acongojaban. Una tristeza desoladora.

Miró al monito que aparentemente manipulaba algo invisible o muy pequeño. También este, igual que su dueño, lo observaba con la incertidumbre de alguien que espera algo con ansiedad.

―¿Conoce mis honorarios?  –preguntó mientras le pasaba una hoja en la cual estaban los precios por día, eventuales gastos extras, transporte, comunicaciones y un apartado en donde se establecía un extra del diez por ciento en caso de éxito de la pesquisa. Eustaquio Pérez leyó la información junto a su monito, que también miraba la hoja, y a quien le comentó por lo bajo que eran “algo saladas las tarifas”.

―Además siempre exijo un anticipo –añadió Enrique, esperando que se mandaran a mudar.

―Sí. Nos parece justo. ¿No es cierto Yoyo?  –y observó su monito. Todo sea por tu Yuyu.

Cuando se fueron, Enrique Schwartz observó el recorte de diario que le había dejado como único indicio de quién podría haberle robado su Yuyu. "Tumultuosa manifestación frente al Circo Schwartz por parte de la Sociedad Protectora de Animales",  rezaba el título. En la foto se veía una muchacha apoyada sobre un bastón, sosteniendo una pancarta en la cual se leía "Somos todos animales, pero nosotros somos más animales que ellos".

Eustaquio Pérez le había dejado varios cilindros de monedas envueltas en papel de diario junto a un montón de billetes en concepto de adelanto. Trataba de estirarlos pasándole la mano por encima, mientras llamaba a su amigo, jefe de gráficos en el diario El Día para pedirle el original de la fotografía de esa muchacha semi-inválida.

...

Necesitaba un animal para presentarse en la perrera de Javier Solano. Un perro era lo más fácil, y el de su hija sería perfecto.

Su ex-mujer lo recibió con un sobresalto cuando abrió la puerta. Continuaba a ser hermosa a pesar de que los años habían labrado leves arrugas en la extremidad de los ojos. De todas las imágenes que tenía de ella eligió esa, nueva, única, y se olvidó de las otras.   No lo hizo pasar, aunque la casa continuaba a ser de Enrique y por lo visto, para abrirle la puerta, había interrumpido una conversación telefónica rodeada de bobinas de telas, de vestidos en confección, máquinas de coser, planchas, maniquíes, perchas... en la sala que antaño había sido el común comedor.

Su hija, Patricia, se prestaba como modelo para un vestido de novia, y continuaba embelesada girando y observándose en un espejo gigantesco. La madre la sacó de su encantamiento comunicándole quién había llegado, y así, con el vestido de novia puesto, sujetando pedazos que todavía no habían sido cosidos sobre el, corriendo fue a su encuentro mientras su madre volvía a su labor.

Una vez se había ensuciado toda la cara con el chocolate que estaba bebiendo. ¿Cuántos años tenía en aquel momento? Poco más de uno. Pataleaba en su sillita, golpeaba la mesa con las palmas de sus manos enérgicamente mientras él la observaba.... y de repente esa niña le dirigió una sonrisa con la cual comenzó una camaradería que aún no había terminado y que no terminaría jamás, y ahora se probaba, para otra, un vestido de novia.

―¿Qué tal me queda? –le preguntó excitada sin saludarlo, como si su padre continuara a vivir en esa casa. Es uno de los mejores modelos que ha realizado... ¿Pero ¿qué hacés ahí parado...? ¡Ah! Seguro que no te dejó entrar... Para odiarte tanto seguro que te habrá querido también tanto. ¿O no? ¿Hasta cuándo durará esta payasada entre ustedes?

―Patricia, por favor, terminala... no entendés― –respondió su padre con verdadero fastidio.

―¡Sí que entiendo! Vos sos un egoísta insensible y ella es una testaruda sin remedio –respondió su hija con verdadera decisión.

Esa mocosa, o mejor dicho esa adolescente, verdaderamente no entendía nada... Pero ¡tenía un poder de síntesis!

―Necesito a Toby por unas horas –cortó tajante Enrique.

Patricia, luego de continuar a mirarlo fijo por unos instantes, sabiendo que sus palabras todavía se estaban decantando dentro de su padre, gritó sin darse vuelta.

―¡Elisa...! Tu ex necesita llevarse a Toby por unas horas ¿Qué hacemos? ¿Se lo prestamos? Mientras lo miraba estaba por estallar de risa.

―¡Pero que lo devuelva limpio! –contestó su madre de espaldas, continuando a controlar un pedazo de tela, con movimientos casi violentos, visiblemente molesta. ¡Que no me toque lavarlo a mí!  ¡Y que no lo haga cansar!



Toby era un galgo español que después de haber participado en innumerables carreras de esa raza, llegado a los tres años y agotado su rendimiento, había sido descartado; de consecuencia su destino era ser sacrificado. Patricia se había enterado de la suerte que les esperaban a esos animales, que años tras años eran suprimidos como en una cadena de montaje, pero al revés, logrando salvar entre tantos condenados a Toby. Elisa, su madre, se había siempre opuesto a tener un perro en su casa, pero conociendo la historia de Toby se había apiadado del animal y desde cuando llegó, abandonando su anterior y rígida oposición sin dar explicaciones, ese perro fue objeto de una atención especial de parte de madre e hija. Pero para Enrique aquel perro era el perro más taciturno, impasible, estático, mudo y apático que había visto jamás.  Por todo eso, para convencerse de que después de todo era un perro normal, cada vez que a la madrugada, con frio o calor, salía a correr sus cinco kilómetros, se lo llevaba consigo a través del parque cuando aún él y su esposa vivían juntos.

Una característica de los perros de esta raza es que se recuperan en poco tiempo luego de un esfuerzo, y trotear al lado de Enrique no era paragonable en nada a las carreras en los canódromos en las cuales, según los comentarios de su ex-dueño, alcanzaba casi los sesenta kilómetros por hora; por este motivo, cuando volvían, Toby demostraba la misma placidez, indiferencia y lentitud con la cual había salido, pero inevitablemente con las patas embarradas mientras Enrique jadeaba. Esto bastaba para que Elisa, luego de reprochar a su marido, lo bañara inmediatamente con champú, agua tibia y al final, con una sucesión de consideraciones lastimosas sobre su fragilidad debido a su ¡delgadez! y a su pelo corto, cuidadosamente lo secaba con toalla, bien ventilado con un secador, rito al cual Toby se sometía sin demostrar ningún tipo de emoción, rígido como una estatua.

viernes

                                         DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 2

Mientras tanto Margarita, desde el ascensor, habiendo visto la escena, bloqueó la puerta adivinando que el personaje estrambótico también lo usaría.

Ya dentro los tres, volvió a bloquear la puerta porque distinguió a nuestro detective, que después de abrirse paso a través de los niños, ya estaba en el corredor y se dirigía al ascensor que lo esperaba. Agradeció por la cortesía de la espera sin mirar a ambos, pero de reojo vio que ella observaba alternadamente y con disgusto, tanto al animal como a su dueño: el personaje extravagante vestido de rojo que parecía orgulloso de sí mismo.

La puerta del ascensor se cerró y con toda seguridad, debido a la sacudida del arranque, el animal, con un corto y agudo chillido se trepó de un salto al hombro de su amo, asustando a Margarita que con visible indignación le preguntó;

—¿No piensa que es una crueldad esclavizar así a ese pobre animal?

El circense no abandonó su porte risueño, todo lo contrario, además sacó pecho, y a nuestro investigador le pareció que el interpelado había sido el monito, ya que además de no saber reír, por consiguiente, muy serio como la pregunta, luego de mirarla se rascó la cabeza buscando una respuesta en el piso del ascensor, en sus paredes y en el techo. Pero respondió su dueño con una humana sonrisa.

―¡Ah...!  Supongo señora que también usted comparte las ideas de esos ingenuos idealistas protectores de animales...  Estoy seguro de que han sido ellos los que me secuestraron a Yuyu, la compañera de este que ve, Yoyo –y lo señaló con un movimiento de su cabeza.

― ¡Seguramente estará mucho mejor en manos de personas que aman a los animales, que no los explotan por intereses económicos, que no le ponen collares de hierro...! ¿No ve que son indefensos? El cautiverio no es la condición natural―   –respondió con desprecio Margarita.

―Señora, yo también amo a los animales, tal vez más que nadie, y no tengo duda de que he salvado de una muerte segura a todos los animales que trabajan conmigo...  ¡porque tienen que trabajar!, como todos. Se ganan el pan cotidiano, mejor dicho: tienen que ganarse el pan cotidiano. Cada vez hay menos selvas, o sea menos lugares adaptos para su subsistencia ya que necesitamos esos espacios y la madera de sus árboles, cada vez hay más cazadores furtivos que satisfacen la moda de poseer animales exóticos... o sus pellejos... Sí señora: este bicho tendría que agradecerme.

Dicho esto, el circense sacó de su chaqueta dos tarjetas. Una se la ofreció a nuestro detective que la aceptó curioso, pero Margarita, con un gesto de disgusto y dándose vuelta hacia la puerta, le respondió;

―¡Pero por favor! Sería lo último que haría: ir a ver animales envilecidos.

―Le agradezco su sinceridad señora –respondió el circense guardando la tarjeta rechazada, pero le hago presente que las dietas de mis animales cuestan el triple que la mía.

En el ánimo de nuestro investigador la tensión que sentía por el cauce que había tomado la pesquisa, desapareció por un instante, dándole esa satisfacción que experimentaba cuando asistía a pareceres inconciliables, la fuente inagotable de su trabajo. “Sólo me faltaría chupar un helado mientras estos dos discuten”, se dijo... pero sintió una repentina curiosidad cuando leyó la tarjeta de presentación del circense:

En el ínterin el ascensor había llegado al quinto piso y esperó, como última posibilidad, que se dirigieran a otro piso, por lo menos la mujer. Pero no; descendieron los tres, mejor dicho, los cuatro.

Ella, resueltamente, se dirigió a través del corredor.

Jürgen, luego de hacer descender de su hombro al animal, la siguió, y nuestro investigador, después de un momento de indecisión, en el cual consideró resignado que era imposible que  se dirigieran a las otras tres oficinas que ocupaban el piso:  un importador-exportador de bebidas, un depósito de legajos abandonados del Ministerio de la Justicia y una sede de la Quinta Circunscripción del Partido Comunista (casi siempre cerrada), ya que, ¿qué podrían necesitar de esas oficinas una coqueta y viciada esposa y un circense muerto de hambre y estrafalario con su mono? Efectivamente no iban a aquellas. Margarita golpeó con los nudillos el vidrio opaco de su oficina con su nombre y apellido: Enrique Schwartz.

Jürgen Schwartz y su mascota se habían detenido unos pasos más atrás.

―Parece que nos hemos puesto de acuerdo para llegar al mismo    tiempo –murmuró nuestro investigador, Enrique Schwartz, mientras abría la puerta.

Margarita se había sacado las gafas oscuras y lo miró como asombrada, con insistencia. La expresión de sus ojos   –ahora veía que eran verdes– era la misma de la fotografía: una alegría curiosa, pera esta vez intrigada.

Al contrario de Armando De La Fuente, su marido, Margarita fue directamente al grano y le alar una tarjeta en la cual se leía ¡Nicoleta Acuña!, Veterinaria. Nuestro investigador tuvo un pequeño momento de incertidumbre porque nada coincidía: la perseguida se convertía de alguna manera en perseguidora; no se llamaba como creía, y hasta consideró que no fuesen marido y mujer. Mientras ella inspeccionaba la oficina, deteniéndose especialmente en los diplomas obtenidos durante la permanencia de Enrique en la policía, le reveló que su dirección y confiabilidad se la dio una íntima amiga que había contratado tiempo atrás sus servicios (Le repitió el nombre que Enrique recordó inmediatamente), y que no lo había llamado antes por teléfono para concertar una cita porque estaba pasando por “una situación algo delicada, en la cual era aconsejable mantener la mayor reserva”.

Enrique Schwartz, como buen ex-policía y apasionado investigador, experimentaba las incertidumbres que su oficio le deparaba como retos a su sagacidad, una incitación a su curiosidad, un estímulo para poner en práctica su despreocupación y desprecio por el peligro, pero esta situación, tan ambigua como extraña, comenzó a hacerlo sentir frágil, expuesto a insidias que no había considerado. Tener en su oficina a una frívola e hipócrita mujer de la cual no sabía cuál era el nombre verdadero y junto a esta un extravagante circense vestido de rojo con un mono era casi humillante.

No habían pasado dos días desde su entrevista con el marido que lo contrató para que la siguiese, y ahora tenía frente a frente a la posible esposa infiel, con otro nombre, dispuesta por lo visto a contratar sus servicios. Se esforzó para calmarse logrando esconder su inquietud y esperó.

A todo esto, Nicoleta-Margarita había sacado una fotografía de su cartera; la observó por unos instantes durante los cuales sus ojos, siempre felices, se transformaron en dos ojos verdes resignados... casi aburridos. Luego se la pasó y le pidió “toda, pero toda la información posible” del retratado. Enrique, ya más relajado, casi riendo interiormente, creyó adivinar de quién se trataba, e imaginó todas las ventajas que obtendría simplemente por no hacer nada, ya que marido y mujer se sospechaban mutuamente, pero se equivocó: no era Armando De La Fuente el que estaba en la foto, sino un apuesto... mulato de extraños ojos claros, de tupida cabellera, físico lampiño y atlético, con coloridos pantalones cortos y en chancletas.

Primero trató de esconder su sorpresa, y luego su satisfacción porque, sea como sea, ahorraría tiempo y dinero al no seguirla ya que tenía casi toda la información de la infidelidad de Nicoleta-Margarita en esa foto.

Comenzó a hacerle preguntas generales, pero antes que nada establecer sus honorarios porque había decidido también de llevar a cabo su encargo, sabiendo que su marido, llegado el momento de ajustar las cuentas con su infiel esposa, no revelaría jamás el nombre de quien le había proporcionado los datos ya que estaba bien estipulado en el contrato.

El atrayente mulato, Javier Solano, vivía en las afueras de la ciudad, en una perrera, o   algo   por el estilo, “un terreno donde hay más animales que gente” –precisó Nicoleta-Margarita agregando;

―Este es mi número de teléfono privado –y mientras cerraba su nueva cartera, sin mirarlo y como si hablara consigo misma añadió. Si no respondo no se preocupe. Lo llamaré yo.




miércoles

Con respecto al artículo "Las madres que nos parieron", de El País, del 20 06 2017


¿Por qué será que hoy

me acuerdo de mi abuela?,

india pía y silenciosa

que paría hijos en pie

haciendo fuerza de una soga

anudada a las vigas de los techos,

como si sonara las campanas,

para luego en palangana,

agua pura, cristalina y tibia...

dos tijeretazos, el fajado,

una sonrisa resignada

y al trabajo.

Chile, Chile, Chile

¿Por qué será que hoy me acuerdo

de la geografía

de la mitad de mi persona?


martes


                                                                       A la mañana

ella baja las escaleras,

y después del último escalón

se apoyará sobre esta tierra,



                                                                y no sé si las columnas

de este templo diurno

podrán sostener y explicar

aunque sea con un oráculo,

de lo que siento al verla.



Es la patología de lo esencial

que perdurará mientras la vea.








                                           DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 

La fotografía daba vueltas en su mano mientras esperaba que saliera. Hacía más de una hora que había entrado en ese negocio de zapatos y carteras y por lo visto, de acuerdo a sus gestos que podía ver a través de la vidriera, sus desplazamientos indecisos y los diálogos que se imaginaba tendría para rato.  

La mujer en la fotografía en blanco y negro que sonreía al lado de su marido era una de las tantas mujeres que esposos desconfiados le encomendaban investigar. Volvió a mirarla comprobando una vez más que la infidelidad, si tenía algo en común en todos los casos que recordaba, era que todas ellas no eran de una belleza extraordinaria como en las películas. Y esta nueva clienta tampoco escapaba de su clasificación, producto de años de experiencia como investigador privado; pero era hermosa a su manera.

Su cráneo era más bien redondo, como si algunos de sus lejanos antepasados hubiera sido un habitante de las estepas mongolas. Su peinado era el resultado de haber tirado con energía hacia atrás sus cabellos negros y brillantes. Sus pómulos eran notorios, de una piel pálida, casi blanca. Sus ojos de un color oscuro tendían a ser estrechos y alargados, y con una boca más bien ancha, de labios finos.  Por todos esos aspectos casi rústicos, fuera del prototipo de las bellezas claras, de rostros ovalados y marcadamente simétricos, es que tenía ese aspecto, según él, de mujer desconfiada y enérgica, segura de sí, mientras miraba ansiosa al objetivo, como si supiera de su unicidad estética y racial.

La dio vuelta otra vez para controlar la fecha en el dorso que, con la facilidad que tienen los ex policías, ya había memorizado: desde entonces habían pasado... cinco años... tres meses y.… dos días. Era uno de los pocos casos de matrimonio con el menor tiempo transcurrido desde el inicio de la convivencia hasta la sufrida denuncia del marido.

Por lo visto esa pareja, al inicio, además de ser felices sentados sobre un sillón rodeados de dos perros, un gato y un papagayo, mostraba a la cámara una peculiaridad en el trato, una manera de estar juntos que tal vez se había trasladado a la vida cotidiana: ella con su mano derecha apoyada en el hombro derecho de su marido, como queriéndolo atraer hacía su cuerpo, mientras que con la izquierda señalaba y miraba el objetivo de la máquina fotográfica. Él, que riendo trataba de oponerse, como pidiéndole que no lo sometiera a algo que lo divertía, pero a lo cual no quería dar su consentimiento, mientras que el gato, acurrucado encima del respaldo, controlaba a los pekineses que querían alcanzarlo. Después, el tiempo, había hecho el resto: de la felicidad a la sospecha. Pero era extraño el lenguaje de la foto, porque mirando al marido en esa actitud que se podría definir de sometimiento, era imposible no compararlo con la actitud que había demostrado en la primera reunión: un tipo poco paciente, imperioso, casi mal educado.

Cuando éste lo llamó y le pidió que fuese a su empresa, en la entrevista hizo lo que siempre hacía en estos casos. Después de presentarse lo dejó hablar, sin interrumpirlo, a no ser que para pedir aclaraciones. Fue entonces que le entregó esa fotografía. Nuestro detective la observó por un instante, y le preguntó si no tenía otra en donde, si era posible, estuviera ella sola y de busto entero, ya que, finalizada la pesquisa, andaban a parar en un archivo donde sólo había ese tipo de fotos.  Era un detective metódico, y gatos, perros y loros no quedaban bien en su galería de casos terminados.

El marido, con evidente irritación, luego de escuchar el pedido de una nueva foto, le respondió que sí, que tenía, ¡y tantas!, pero no daban toda la información sobre ella. En esta foto (recordó el índice extendido y rígido junto al énfasis del pronombre pronunciado después de entregársela), se pueden ver sus rasgos sin ninguna dificultad, pero además da información precisa sobre toda su... personalidad.

Y no insistió, porque primero constató que no cedería en su obstinación, ya que lo miraba desafiante, y segundo, que esa personalidad, (que a él no le interesaba, y además no entendía cómo la personalidad de una mujer podía verse en la imagen bidimensional de una foto) no disminuía para nada la calidad gráfica de los rasgos de esa mujer. Después de todo era una foto muy nítida. Bastaba solo ampliarla si era necesario y evitar entredichos.  Y continuó a escuchar a Armando De La Fuente, el marido presuntamente traicionado, que imprevistamente comenzó a ilustrarlo de cómo, tantos años atrás su abuelo paterno había empezado, con tanto sacrificio a poner en pie “mi” empresa (Tenía una muy personal concepción del tiempo y de la propiedad, ya que la daba por suya antes de nacer). Cuántos obstáculos tuvo que afrontar, cuántas noches insomnes, cuántas insidias, cuanta envidia e incomprensión etc. etc. y veladamente, entre una consideración y la otra, como cosa circunstancial y casi marginal había dejado entrever la infidelidad de su Margarita.

―¿Tiene alguna pista concreta? –preguntó el detective.

El marido tuvo un sobresalto que arrojó su cuerpo hacia el respaldo de su sillón, y en su mirada, además de la sospecha de que no era el investigador adapto, tomó forma la idea de un obstáculo que no había tenido en cuenta... porque simplemente para él no existía: su mujer lo traicionaba.

―¡Para eso lo he contratado..! ¡Para que las encuentre!― –contestó perentorio.

Se notaba que tal infidelidad lo hundía en una situación bochornosa que no había calculado, y que encima lo había llevado a la humillación de tener que dirigirse a un investigador, a quien, aunque ínfimos, tendría que proporcionarle datos. Toda su vida había sido una cuidadosa selección de momentos y personas para continuar en las hormas de su abuelo, y ahí estaba el resultado: una empresa pujante, eficiente y moderna... pero por lo visto su Margarita no entraba en esa cuidadosa selección. Con su posible infidelidad trastornaba su ánimo, especialmente su mirada. La sospecha, más que los celos, había comenzado a roer su realidad que no podía ser que indestructible.

―Sólo quiero pruebas como pueden ser fotos... grabaciones... diálogos. Usted me entiende –agregó mientras lo miraba y se levantaba poniendo fin a la entrevista.  

“Esta vida es una inagotable fuente creadora de posibilidades –se dijo mientras continuaba a juguetear con la foto. Cualquier manifestación del ánimo del hombre no hace otra cosa que crear un mercado.  Los criminales son abastecidos por un interminable y rentable mercado de armas, (¿o habrá sido al revés?).  ¿Y el erotismo? Ni hablar. El narcisismo, la piedad, la compasión... Todos tienen un mercado, y en mi caso específico la infidelidad:  los cuernos”. Y no pudo no repasar, aunque por un instante todo lo sucedido con su esposa.

Unos golpecitos en la ventanilla opuesta lo sobresaltaron.

Era un vagabundo, con la piel de la cara áspera, porosa y oscura, tal vez por la suciedad de meses sin lavarse, o por vivir continuamente al aire libre, o sencillamente por las dos. Extendía la palma de la mano pidiendo una limosna del otro lado del vidrio. No tuvo el tiempo de hacerle señas de que se marchase, porque de repente el pedigüeño se enderezó y se tocó los genitales, mientras que con la otra mano se persignaba. El motivo de tal gesto era que por la calle comenzaba lentamente a pasar un cortejo fúnebre. “También los muertos crean mercado” –añadió mientras observaba la fila de autos negros. “¿Y los vagabundos?”   Éste ya se alejaba con pequeños pasos, casi saltando, soportando una espalda curva dentro de raídos vestidos. Trataba de saber qué tipo de mercado podrían crear estos cuando Margarita salió del negocio con su nueva cartera de cocodrilo. Se detuvo para observarse en el reflejo confuso de la vidriera y comenzó a caminar. Su marido, en la entrevista, también le había dicho que su Margarita amaba todo tipo de animales vivos, siempre y cuando fuesen de raza y con colores exóticos, y a los muertos, por su utilidad, aquellos feroces y repugnantes, como el cocodrilo y la boa, que según ella no había tantos en comercio. Del cuero de vaca no quería ni sentir hablar. Nuestro investigador, luego de descender y cerrar su auto, se puso en marcha, a una cierta distancia, sin apuro. Ella, que no había dejado de detenerse en cada vidriera de prendas femeninas, en un cierto momento consultó su reloj, y de ahí en adelante no se detuvo. Fueron más de veinte minutos a paso veloz en una dirección que comenzó a serle familiar a nuestro investigador, pues llevaba directamente a su barrio: a la calle en donde estaba su oficina. A medida que se acercaban a esta última crecía en él la sospecha, infundada, por cierto, de que ella se dirigiera hacia su despacho. Alarmado se preguntó cómo podía ser, pero se impuso tranquilizarse ya que era una idea descabellada pensar que lo hubiera descubierto. Era el primer día de vigilancia y estaba seguro de que no se había dado cuenta de su presencia. ¡Pero sus pasos iban derechito a su estudio!  Dobló la esquina, miró la numeración y se dio cuenta de que los impares estaban en la vereda opuesta. Antes de cruzar controló el tráfico en ambos sentidos, y cuando lo hizo en la dirección en donde estaba nuestro detective, este no tuvo más remedio que fingir que también él miraba una vidriera. Margarita cruzó la calle con su vestido rosado, su nueva cartera y sus gafas negras. Caminó mirando la numeración, se detuvo delante del doscientos treinta y siete, que también era la del detective, miró los nombres de los residentes y luego entró. Esto lo alarmó aún más, pero en ningún momento contempló la posibilidad de no subir a sus oficinas: todo lo contrario; la curiosidad comenzó a excitarlo porque sabía que no había cometido ningún error.
Detrás de ella también estaba por introducirse un extravagante personaje vestido con un frac rojo, una galera del mismo color y un monito que caminaba a su lado, sujetado con un collar metálico y una cadena, pero antes de entrar se dio vuelta, porque lo seguían varias madres con sus niños que excitados señalaban el animal al cual no se atrevían a acercarse. Se sacó la galera, distribuyó tarjetas de presentación y saludó ceremoniosamente, obligando a su mascota a hacer lo mismo.

No copie, use la imaginación...

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