viernes

                                                                Antropología Fantástica 14
Krag fue el primero en comparecer, con las manos debidamente inmovilizadas. El viejo juez parecía ausente mientras escuchaba la acusación y la defensa, pero miraba al reo con severidad, diría con escándalo cada vez que sentía su nombre. Cuando terminaron sus argumentos, posó su mirada sobre el acusador y luego sobre el defensor, moviendo los labios y frunciendo el ceño. Se estaba acariciando la barba cuando de repente gritó que a Krag se le diesen diez azotes.  Es más que afortunado ―me dije―, pero el acusador se levantó indignado. Este era un tercer principal, mesurado, también con un pasado glorioso. Alegó que con tan poco castigo la disciplina se relajaría; que cualquiera sobornaría a los guardias, o se treparía a la muralla para pasar del otro lado, que, además, el estar continuamente ebrio no era un buen ejemplo. Krag hasta ese momento reía con desprecio mirando sus muñecas atadas. Cuando le tocó al defensor este dijo que había que remitirse a las fojas de servicios de ese buen camarada; que los defectos de guerrero eran muchos menores que los defectos de hombre. El anciano juez dudó un momento y se rectificó. «Que sean diez veces diez los azotes». A Krag se le oscureció la cara. Se levantó y comenzó a menearse con violencia. Los dos guardias no lograban dominarlo, así que tuvieron que llamar a otros dos y entre los cuatro comenzaron a castigarlo con saña. Viéndolos, el juez golpeó su mesa con el bastón de la justicia y ordenó cesar ese castigo, agregando que, aun siendo el reo un excremento irrecuperable, merecía y tenía el derecho a la incolumidad de la carne mientras se hallase en los sagrados recintos de la Justicia. Los guardias se detuvieron un instante al oír esa frase, se miraron entre ellos... y continuaron a golpearlo con más ahínco. «¡Basta, animales!» gritó el juez. Ahora sí se detuvieron y Krag pudo agregar: «Cómo si ustedes no necesitasen de las hembras y menos beber; hipócritas, mal nacidos» gritaba dolorido y ensangrentado. El juez lo miraba con desprecio. «¡Necio!, ¡bestia!» le respondió.

A Alina sin tantas vueltas la condenaron a morir estaqueada y en pie, pero no con la cara al astro mayor como a los guerreros, no: con la cabeza hacia abajo. El defensor no se esmeró demasiado en su arenga para evidenciar que “era la primera vez que a una hembra se la acusaba de posibles prácticas sacrílegas”. Probablemente el guerrero sacerdote que estuvo siempre a su lado influenció su parecer. El acusador, que también tenía uno a su lado, lo interrumpió sonriendo y repitió remarcando las palabras “Prácticas sacrílegas”; omitiendo “posibles”. Luego agregó que, además del delito anterior, el hecho de no querer acoplarse en las noches debidas, era una afrenta tremenda hacia los guerreros. Si esta hembra continuaba con su prédica innatural se corría el riesgo de que todas las otras la imitasen, ¿y entonces?  Se pondría en peligro la necesaria procreación de guerreros que las defendiesen a ellas y sus comercios, tan necesarias para la sobrevivencia, sobre todo de ellas.  Alina preguntó si no sería al revés. «¡Encima soberbia, señor juez!»  ―respondió el acusador verdaderamente escandalizado. Cuando se la llevaban entre dos guardias Alina miró fijamente a los tres; juez, acusación y defensa, estiró los labios y de su boca salió una bocanada de humo en dirección del juez. Éste se levantó de un salto de su silla y pálido retrocedió. También se apartaron sus guardias al ver esa brujería. Alina esperó que se repusieran del susto y, cuando estuvieron a su lado, salió con ellos.

A mí se me preguntó si había puesto en duda la existencia del enemigo, e inmediatamente se me repitió la frase que había sido escrita sobre un rollo de piel. No sabiendo leer esperé la confirmación de lo que yo había dicho a Krof y si coincidía con lo escrito. Respondí que sí, sin escuchar el consejo superfluo de mi defensor, un guerrero de otro cuerpo, el cual se aburría con estos ritos. Continuamente se acariciaba la barba, ausente. «Si dices que no, la cosa sería grave pues hay un testigo; faltar a la verdad es más grave aún, tú lo sabes» ―me susurró en el oído. «Sí que lo sé. Todavía soy un guerrero con honor» ―respondí. Luego el acusador me preguntó en base a cuáles consideraciones yo había llegado a esa certeza. «Simplemente porque después de veinticinco pariciones de hembras no había jamás visto uno» ―contesté. Entonces me preguntó irónico si no me había pasado mínimamente por la cabeza que la razón de esta... realidad...

(Llegado a este punto tengo que hacer otro necesario paréntesis. Como lo he afirmado más arriba, mi cultura, en aquellos momentos, era igual a la de mis camaradas de armas: nula. Sobre todo, con respecto al lenguaje jurídico, pero mi memoria era prodigiosa y por este motivo transcribiré fielmente el enmarañado discurso en mi contra, que aún hoy zozobro al tratar de entender su estructura gramatical, no así su objetivo final que era el siguiente: desde tiempos inmemorables la ciudad existía con su muralla y, si había una muralla, existía un enemigo. Temo aburrir a mis futuros lectores con estos discursos intrincados, pero también es necesario que se sepa el alto grado intelectual de mis amados superiores.)

jueves

                                                                Antropología Fantástica 13

El juicio no se llevó a cabo inmediatamente debido a la cantidad de causas pendientes, la mayoría por reincidencia agravada en visitar a las hembras en tiempos prohibidos. Pocos por indisciplina militar, hurtos, borracheras y peleas, siempre que terminaran con muertos. En tanto esperábamos, nos encerraron en una celda excavada en la amarilla tierra, que a esa profundidad era de color ocre. Tenía una enramada de troncos cruzados y atados entre sí con cuerdas vegetales, a guisa de techo. Recuerdo que los nudos eran iguales a los que hacían las pescadoras. Desde ahí abajo podíamos ver el astro mayor, apenas velado por el polvillo amarillo que muy a menudo envolvía a mi ciudad. También a nuestros camaradas que continuamente pasaban mirándonos en silencio. Era una continua procesión. Nos observaban sin ninguna emoción en la cara, sabiendo que seguramente moriríamos. Talvez me equivocaba y lo único que hacían era esconder sus sentimientos. De cualquier manera, no le daba gran importancia porque era y soy un guerrero y morir era el destino con mayores probabilidades. Pero me llamaba la atención que vinieran a ver condenados a muerte con la misma cara como cuando nos cruzábamos en nuestra ciudad, sin conocernos. Quizás nos conocíamos, pero era imposible acordarse de todos. Por eso a veces comparaba mi ciudad con una ciudad de muertos que se conocían.

Krag, de repente y gritando, pues sin duda estaba molesto por el silencio que manteníamos, me preguntó de qué me acusaban. Se lo dije. Rio mostrando una dentadura feroz con algunos faltantes. «Yo tampoco creo ―me dijo―, pero no soy tan estúpido de andar diciéndolo». Entonces le pregunté el motivo de su detención, creyendo que sería por los zumos y las escapadas de la ciudad. «Por el enemigo ―me respondió con rabia―, por el enemigo ―y señaló Aluna. Estas son el verdadero enemigo. ¿No te diste cuenta? Fingen que no existimos, son casi igual a nosotros, pero no nos dejan dormir y cuando tenemos un astro mayor libre, no hacemos otra cosa que pensar en ellas, pero ellas no piensan en nosotros. ¿No son el enemigo, entonces?» Y la miró con desprecio. Recordé Aluna. No era ningún enemigo para mí. Todo lo contrario. Alina, como si la presencia de Krag recién la hubiera notado, abrió su boca por primera vez para decirle palabras incomprensibles. Escupió sin enojo, como distraída y lo señaló con el índice. El otro continuó mudo y su rostro empalideció y, como si obedeciera a alguien invisible, se sentó en el suelo de tierra húmeda. En esa posición no era tan feroz su apariencia. De repente cayeron algunas piedras sobre mi cabeza. Algunas terminaron a los pies de Alina que las miró y las recogió con curiosidad, pero Krag cambió de aspecto instantáneamente. Se levantó de un salto y su cuerpo tomó una rigidez de felino intentando ver de dónde y quién las arrojó. Miré hacia arriba y alcancé a vislumbrar a Krof que se alejaba riendo. Si salgo de esta ―me prometí―, algo tramaré para vengarme de su traición. Le pregunté a Alina qué era lo que vendían dentro de su choza de piedras. Me dijo que no vendían nada. Al ver que no entendía continúo. «El templo estaba hecho para que adentro se pudiera estar en paz». «¿En paz?» Le respondí que nosotros, la paz, la conseguíamos cuando nos reemplazaban de nuestra misión de vigilar y esperar. Ella se rio con esa manera mansa de hacerlo. Todas sus comadres se reían igual. Me ponían de mal humor. ¿Qué entendían esas criaturas por paz? ¿Sería lo mismo que pensar?, me pregunté.  De cualquier manera, también ella era... no, no era olorosa como Aluna, pero tenía unos hermosos tobillos, blancos por el polvo, que se veían a partir de donde terminaba su sayo. Sobresalían y se movían lentamente, como si estuviesen vivos cuando ella cambiaba de posición sus pies descalzos.  Me hacían recordar el pomo de la empuñadura de mi puñal de piedra, un pomo que a fuerza de acariciarlo y rasparlo quedó liso y brillante. Tenía los ojos muy extraños esa hembra, no era como las demás que miraban siempre desconfiadas. Ella lo hacía como si mirase más allá de uno, parecía que te atravesara con su mirada, que uno tuviera algo en las espaldas que no veíamos. Me disturbaba su mirada, pero quería seguir hablando con ella a pesar de sus ojos y su manera de hablar. Paz, pensar, rogar... ¿Rogar? Le pregunté qué era rogar. No rio esa vez. «Rogar es pedir, sin esperar nada, sólo pedir» ―me dijo después de quedarse en silencio un momento. «¿Crees también tú que el enemigo no existe?» le pregunté. «Sí que existe me respondió―, pero dentro del templo no puede entrar». Empecé a entenderla. Dentro del templo ella estaba al seguro. Yo estaba seguro con mis camaradas, con la ciudad ordenada y limpia, esperando el enemigo. Krag nos miró con desprecio. Es extraño, pero el rictus del desprecio lo alejó aún más de nosotros. Era un desconocido.

Pasaron tres astro mayor y sus noches, durante los cuales comimos mal y dormimos peor y, para mi asombro, comprobé que Alina no se movió de donde estaba y no cerró los ojos en ningún momento, siempre vigilados desde allá arriba por dos guerreros. Finalmente, después de sentir gritar órdenes y contra órdenes, se aproximaba nuestro turno para comparecer frente al juez, un sabio anciano según tantos, que había hecho una intachable carrera como oficial.

miércoles

                                                                Antropología Fantástica 12

Y continuaron a construir esa choza, o lugar, sin sacarse ese color del cuerpo. Con más troncos, cuerdas y tantas otras hembras que llamaron en su ayuda, consiguieron elevar cada una de esas pesadas piedras y colocarlas en su lugar hasta formar una choza... ¡de paredes rectas!, ya no de fango y paja, sino una choza con piedras blancas, más larga que ancha. ¡Era incomprensible! Pero lo extraño fue ver como consiguieron hacer, después de medir con hilos y estacas, altas columnas, bien cilíndricas, desbastadas con piedras más duras y que colocaron a la entrada y dentro de la choza de piedra. ¡Era el colmo! Por supuesto que inmediatamente fuimos a investigar porque nos parecía inaudito. Y entramos. Creo que el temor de los guerreros cuando estuvieron adentro, especialmente el del nuestro principal, se debió a esa insólita emoción que daba el interior silencioso de tal construcción jamás vista; alta, sólida y blanca, como también por el color de ellas que no abandonaron jamás. Y los extraños ritos que comenzaron a practicar dentro. Pero lo escandaloso fue que no se quería acoplar. Ella lo había hecho sólo una noche obligada con la fuerza. Se opuso hasta que no pudo más. Desde entonces nunca más apareció en las noches del astro de leche. Lograba siempre escabullirse. Con ella se llevó también otras hembras que siguieron su ejemplo. Y esto en mi ciudad no fue visto con buen ojo, especialmente por el principal. Nuestro caudillo consideró que, si la dejaba continuar con su perversa actitud, lograría agravar aún más el problema. En tanto ordenó tirar abajo esa choza de piedras. Protestando y con poca voluntad tuvimos que hacerlo nosotros, porque las otras hembras se oponían. Debía ser por eso que ella estaba sobre el carro maniatada. ¿De qué otra cosa podían acusarla? Hasta entonces no había ninguna prohibición para construir extrañas chozas de piedras, o practicar cualquier comercio.

El otro prisionero era un guerrero indisciplinado, ya lo conocíamos. Le gustaban demasiado los zumos embriagantes y visitar las hembras con excesiva frecuencia. Y poco le importaban los fustazos de castigo por visitarlas fuera de tiempo. Fue gracias a él que supimos que en la ciudad de ellas había una choza en donde se podía ir sin tener que esperar la noche del astro de leche. Sabíamos dónde quedaba, la veíamos desde la atalaya, una de las últimas.  Cuando me tocaba la guardia nocturna observaba, a la distancia, el continuo encenderse y esconder antorchas para entrar y salir. Hubiera querido ir yo también cuando tenía nostalgia de Aluna, pero era necesario dar toda la vuelta a nuestra ciudad, saliendo por la otra puerta, cuyos guardias no eran tan estrictos. Tendría que haberlos sobornados con una o dos pepitas amarillas, pero no me alcanzaría después para comprarme un cuadrúpedo. Además, no fui porque estaba seguro de que no olerían como Aluna. Sabía que no pedían tanto. Con conchillas, raspadores, puntas de huesos, o pulseras de piedras te dejaban estar encima y empujar sin oponer ninguna resistencia. Contaban maravillas los camaradas que las visitaban.

Cuando el carro comenzó a zarandearse con nosotros arriba, recordé que con aquella era la tercera vez que lo encerraban a Krag; así se llamaba ese guerrero indisciplinado. Creo que después murió, encima de una hembra, decían. Estaba seguro de que no saldría bien parado de la cuarta. Alina, con su cara y cabellos blancos, me miraba sin emoción estando en cuclillas, mas, estaba seguro de que no me veía realmente. Me dije entonces que de esa ella tampoco se salvaría. Esperé que su defensor fuera hábil como me lo auguraba fuese el mío. Ninguno de los guerreros más viejos recordaba juicios contra camaradas que no creían en el enemigo. No había memoria. Yo, por lo visto, sería el primero. Triste primado para mi amada ciudad.  Tampoco contra hembras que practicasen otro negocio como el de Alina. Era la primera vez. ¿Qué inventaría para esta nueva situación el acusador de turno?, me dije.

domingo

                                                                 Antropología Fantástica 11
Krof era uno que creía firmemente en la existencia del enemigo. Yo no lo sabía. Y si lo hubiera sabido no me habría preocupado más de tanto. Todos mis camaradas con los cuales había hablado respecto al enemigo, me confesaban, siempre a media voz, en secreto, que tampoco creían. Sin embargo, cuando estaban formados, prontos para escuchar la arenga, eufóricos por los zumos, todos invariablemente creían, simplemente porque no podían hablar con el camarada a su flanco. Estaban con la atención puesta en lo que debían escuchar y luego hacer: y obedecían ciegamente después. Continuaba a observar las nubes, plácido. Quise transmitirle mi tranquilidad a Krof y le dije que yo no creía en la existencia del enemigo y que se relajara. Escupí despreocupado, observándolas y queriendo irme con ellas. Él me miró por un instante, luego continuó a controlar el estrecho rocoso. No tendría que haber dicho nada.

Volvimos a nuestra ciudad decepcionados, escuchando decir a nuestros jefes que el enemigo no presentó combate por temor a nuestra organización y perseverancia, pero íntimamente satisfechos por no poner en peligro nuestros cuerpos y todavía eufóricos por los zumos embriagantes que en esas situaciones podíamos beber sin límite.

Al astro mayor siguiente me tocaba turno de vigilancia y, como de costumbre, me presenté a mi atalaya mucho antes de que se asomaran sus rayos. Luego del emocionante ritual de cambio de centinela, lo primero que hice fue tratar de ver si distinguía a mi dulce Aluna dentro de aquel hormiguero de hembras, pero algo, no inusual, por cierto (no supe entonces el por qué), llamó mi atención allá abajo, en mi ciudad. Nuestro principal comenzaba a pasar revista a la tropa. Llevaba el escriba y la escolta detrás. Caminaba lentamente deteniéndose en cada tienda y de ésta surgía rápido el responsable. Saludaba como todo buen combatiente: con un formidable y retumbante golpe a su pecho y súbito le comunicaba los eventuales problemas que los escribas anotaban diligentemente. Estando lejos me dije que las quejas serían siempre las mismas: lo exiguo de carnes rojas, los pocos permisos para salir, no hacia la ciudad de las hembras, sino por la otra puerta, hacia la libre tierra que está afuera de nuestra ciudad. También le mostraron un trípode de piedra para cocinar que por lo visto no se mantenía en pie. El principal lo tomó en sus manos, lo revisó y luego ordenó algo al escriba. Se estaban acercando a mi grupo de tiendas, cosa extraña pues el recorrido habitual hacía que mi puesto de descanso fuese visitado al final, pero enseguida comprendí el cambio de rumbo. Krof estaba en su escolta y señaló mi tienda. Se me heló la sangre. Mientras mi camarada responsable le comunicaba las carencias y las quejas de los guerreros que en ella dormían, vi que le decía al oído del principal que yo estaba de guardia en la atalaya. Éste me miró haciendo visera con la mano y de su escolta se adelantaron cuatro guerreros para escuchar su decisión. No me adelanté a los hechos. Había que esperar las órdenes. Ésta vino a los gritos desde allá abajo por parte de uno de los cuatro que me ordenaba descender. Tomé mi manta de cuero, apoyé al pretil de troncos la tromba de sonido lúgubre hecha con cuerno, envainé mi lanza a mis espaldas y comencé a bajar la escalera tambaleante de troncos. Miraba la ciudad de las hembras mientras la altura lo permitía y pensé en Aluna. Talvez no la vería más, o pasaría tanto tiempo sin verla siempre y cuando los dioses fuesen benévolos. Ya en tierra firme, un combatiente, que, corriendo se acomodaba el casco de cuero, pasó a mi lado. Se trepó veloz a la escalera para subir y ocupar mi lugar. La vigilancia no debía menguar jamás, era justo. Un guardia de los cuatro, mientras los otros tres me apuntaban con sus lanzas, me conminó la entrega de la mía y del pequeño puñal de piedra rosada.  Así inerme miré al escriba que, adelantándose, me preguntó mi nombre, número y clase de guerrero. Mi camarada que se había acercado, responsable de la tienda y de mi grupo, confirmó con un gesto la veracidad de mis datos. El escriba entonces anotó.
Me apartaron hacía un costado, siempre atentamente vigilado por los guardias. Fue muy extraño comprobar el cambio en ellos. A más de uno lo conocía, pero sus rostros, en aquellos momentos, parecían decir lo contrario, que jamás me habían visto. Por sus gestos, sus nerviosismos, sus sudar copioso daba la impresión de que frente a ellos tenían a un monstruoso e imprevisible enemigo que en cualquier momento se abalanzaría sobre ellos. El principal, después de mirarme y hacer un gesto de desprecio, continuó con su inspección seguido del traidor Krof dentro de su escolta. Al poco tiempo llegó un trineo tirado por mansas bestias, lentas y gordas. Dentro transportaba con las manos atadas una de las hembras de la ciudad y un guerrero de mirada torva, en cuclillas y también amarrado. A ella la conocía de lejos. Era Alina, quien había iniciado tiempo atrás la construcción de una extraña choza con sus comadres: el “lugar” lo llamaban ellas. Las vimos arrastrar pesadas piedras ayudadas por animales de tiro. Fue divertido comprobar que tiraban con más fervor que las bestias. Ellas mismas las descargaron con palos, cuerdas, contrapesos y tanta gritería. Luego las escuadraron después de jornadas enteras de trabajo, al final de las cuales terminaban completamente cubiertas de un polvillo blanco que les daban un aspecto de fantasmas. Nos preguntamos asombrados de dónde habían aprendido a hacerlo, ya que solo sabían cortar leña.

sábado

                                                              Antropología Fantástica 10

Después vino la parte más dolorosa: borrar los rastros de lo que habíamos hecho dentro de nuestra ciudad. Jamás la vi tan desordenada y tan sucia de sangre. ¡Sangre de nuestros propios camaradas! Fue necesario volver a ponerla en orden, como si no hubiera ocurrido nada. Todavía recuerdo el sentimiento atroz mientras lo hacíamos. El odio hacia lo que habíamos exterminado se iba diluyendo, pero aún escuchábamos el fragor del combate, los gritos, los ayes. No tuvimos coraje de observarnos a los ojos mientras buscábamos objetos, aun los más mínimos, para volverlos a colocar donde estaban. Queríamos otra oportunidad para comenzar de nuevo, pero ya era demasiado tarde. Todo un ejército apabullado que trataba de acomodar las cosas como más o menos las recordaba. Éramos una multitud de gente que se diría sin meta la que daba vueltas y vueltas buscando los rastros, para cancelar los restos de la batalla. Nuestra ciudad tenía que quedar como nueva después del desastre, mostrar que nada había sucedido. Era necesario continuar a mantener su orden, su limpieza y su silencio. No quisimos saber cuántos ya no estaban entre nosotros porque todavía nos pesaban. Estuvimos a punto de rebelarnos a nuestro nuevo principal cuando intentó el conteo. Habría sido una herejía más que aumentaría nuestra culpa. Habíamos matado a guerreros como yo, que nada sabían de la injusticia de sus jefes y que por fidelidad no tenían otra alternativa que defenderlos. Se habían ido llevándose nuestra violencia como prueba para reclamar justicia frente a los dioses, no como aquellos que, en busca de la guarida del enemigo, o para saber qué había más allá de los horizontes, se marchaban enrolándose libremente en esas expediciones, de las cuales de ninguna se supo más nada. Se recordaba solamente de una que regresó, tantísimo tiempo atrás, pero con sus guerreros que habían perdido el uso de la palabra y miraban sin ver nada. Caminaban porque sus camaradas caminaban y comían por los mismos motivos. Nuestros sacerdotes decían que, además de la soberbia de sus comandantes por saber más, también era culpa del silencio y la soledad que reinaba allá afuera, lejos de nuestras murallas. Sólo planicies sin fin ―agregaban―, el horrendo malvado enemigo, sin duda; bosques interminables, animales fabulosos, espejismos de montañas, mares sin confines, y tanto cielo, siempre el mismo. ¿Cómo podían saberlo? ¿Con cuáles dioses hablaban si jamás habían puesto pie fuera de la muralla? De las otras expediciones que desde tiempo antiguo partían, no volvió ninguna. Los principales de aquellas épocas, luego de consultarse con su plana mayor, dedujeron que fueron aniquiladas por el enemigo y esa vieja versión llegó hasta nosotros. Si existía, cosa que había comenzado a dudar, ¿estaba tan lejos el taimado adversario? No nos dejaba dormir con sus posibles apariciones. Y no eran sólo los superiores, también nuestros camaradas que, creyendo sentir, o ver algo, enseguida daban la alarma. Entonces, entre el sonar de la lúgubre tromba, la polvareda densa y amarilla que se levantaba por el correr de la infantería y de la caballería, entre fustazos, gritos y órdenes, medios dormidos todavía, nos hacían formar y beber e inmediatamente salíamos dispuestos a combatirlo, llenos de odio, furor y enardecidos por los zumos embriagantes. En una de aquellas salidas, funesta para mí, estuvimos un astro mayor entero quemándonos las cabezas bajo sus rayos. Habíamos caminado a paso vivo por la mitad de una noche y allá estábamos, controlando una garganta estrecha y rocosa en la cual una patrulla aseguraba haberlo visto. Mi compañero, uno de la parte baja de la ciudad que pocas veces había visto, estaba rígido a mi lado. Fue uno de los tantos perdonados por adherir al grupo derrotado en la revuelta por la carne. Podía sentir sus músculos tensos y las manos crispadas empuñando la lanza. Krof se llamaba entonces, moriría para mi satisfacción más tarde, el muy miserable. Continuaba a mirarlo porque me había aburrido de controlar ese paso estrechísimo, en el cual, cada tanto, desaparecía un cuadrúpedo saltarín, espantado al ver tremendo despliegue de guerreros. Pero él estaba muy atento. «¿No escuchás sus cascos ―repetía, mientras entrecerraba los ojos y ladeaba la cabeza para ver mejor a través de las filas de guerreros. Saldrán en cualquier momento» ―agregaba. Yo clavé mi lanza en el suelo y me relajé.  «No tendrías que hacerlo ―me advirtió. Cuando se nos vengan encima te tomarán desprevenido». En tanto que lo escuchaba miraba el cielo y sus pacíficas, caprichosas nubes blancas. Eran de buen augurio, me dije en aquel momento. Nada malo o imprevisto sucedería. Si hubieran sido violeta oscuro, con estruendosos resplandores instantáneos de color naranja, rojo y blanco atravesándolas, entonces, sí. Esas nubes espantosas que nos hacían correr de aquí para allá enloquecidos, aparecían puntuales poco antes de que la tierra comenzara a sacudirse, o de repente levantarse olas descomunales, o inundaciones de ríos que se hinchaban sin lluvias y arrasaban todo lo que encontraban a su paso, o incendios espontáneos, vapores ardientes que emergían de la tierra al improviso, o el reventar de montañas que vomitaban fuego y humo oscureciendo el astro mayor. Las que miraba eran blancas como la leche. Nada de espantoso podía suceder.

jueves


                                                           Antropología Fantástica 9

Me gustaba verlas desde mi atalaya como abatían esos cuadrúpedos cornudos. Eran muy hábiles, hay que reconocerlo, aunque tenían costumbres extrañas. Inmediatamente luego de desollarlos, colocaban una vasija debajo del chorro de sangre, se chupaban los dedos sucios de ella y luego bebían un buen sorbo, todavía caliente. Decían que era la vida lo que bebían. ¿Cómo podían afirmar eso? La vida estaba en las partes duras del animal, en las que comíamos nosotros, no en la sangre que desaparecía como agua sobre la tierra. Sin embargo, se tornaban redondas y rosadas con esa sangre. Cuando llegaba la noche del astro de leche eran más vigorosas, más veloces y era difícil voltearlas. Se reían al ver nuestros intentos para alcanzarlas, pero al final cedían, siempre cedían. Para el bien de ellas y de nosotros.

Con las vendedoras de hierbas y frutas no teníamos problemas. Siendo nuestra dieta básicamente carnívora, el precio de sus productos prácticamente lo establecíamos nosotros. Especialmente de aquellos con los cuales nuestros sacerdotes fabricaban zumos embriagantes. Desde nuestra muralla le arrojábamos a esas harapientas algunas piedrecillas coloridas y en cambio alzábamos canastas repletas de frutas. Separábamos las útiles y con el resto nos divertíamos tratando de centrar sus cabezas. Ellas respondían, pero con piedras. Qué gran diversión era verlas enojadas. Y no eran pocas, ya que casi todas tenían un árbol frutal en la puerta de sus chozas. Cierta vez, mirándolas después que terminaba el mercado, me di cuenta de que la ciudad de ellas, al no tener murallas, crecía más que la nuestra. De consecuencia supuse que serían más numerosas que nosotros. Era alarmante. La nuestra, al tener murallas, no podía crecer más de lo que era y sus guerreros, naturalmente más expuestos a los peligros, mermaban en manera continua. Con la última sublevación habían desaparecido dos de cada diez. Honor a ellos, a los vivos y a los muertos. Fue una revuelta más que justa. Yo participé, con tremendo dolor, pero era necesario. El anterior principal era un gran egoísta. Se guardaba la mayor parte de la carne para devorarla con sus consejeros y favoritos. Era una situación intolerable y nuestro nuevo principal no tuvo más remedio que rebelarse con el apoyo de la mayor parte de nosotros. Fue una horrenda carnicería. Murieron tantos de los nuestros, aunque no sería apropiado decir “los nuestros”. Los guerreros somos todo uno, nacidos para esperar y combatir unidos contra un enemigo común, no entre nosotros, pero inevitablemente se formaron dos bandos. La suerte estaba echada, así lo habían querido los dioses. En el bando mío, en el cual desde tiempo se hablaba de esa situación odiosa, hubo guerreros que no estaban de acuerdo en rebelarse, aun compartiendo nuestro punto de vista. Decían que no era honroso hacerlo, que había que ser fiel con los superiores hasta las últimas consecuencias. Luego vino lo inevitable. Llegado el triste momento, gritando que era innoble lo que hacían, se nos unieron y sin importarles sus convicciones se batieron como valientes. ¡Qué nobles e intrépidos guerreros! ¡Gloria a ellos y sus muertos! Nuestros adversarios se habían atrincherado dentro de las tiendas de los jefes, esas que estaban apoyadas contra la muralla antiquísima de ladrillos. No tenían salida con ese muro a sus espaldas. Cuando la batalla, incierta al principio, inició a tomar un cariz desfavorable para ellos, terminaron defendiéndose, primero, en campo abierto, y luego, los pocos que aún resistían, en las barracas de troncos que estaban al costado de las tiendas, donde la plana mayor guardaba todos los alimentos y armas. En ese lugar fue más satisfactorio exterminarlos, especialmente al principal que escondía las mejores partes de la carne. Ahí murió, sobre uno de esos pedazos, mezclando su sangre con la del animal. ¿Le habrá bastado para saciar su voracidad? Desgraciadamente tuvimos que matarlos a todos, a la vista de las hembras que, aprovechando la ausencia de los vigías también mezclados en la lucha, aprovecharon para treparse a la muralla. No reían esta vez de nosotros porque sabían que más de uno de sus hijos moriría. Tampoco lloraban. Nos miraban incrédulas, creo, luego comenzaron a gritarnos que éramos estúpidos y a arrancarse los cabellos.  Cuando la batalla llegó a su fin, todavía en medio de los gritos de dolor de los moribundos, nuestro nuevo primer principal, lleno de orgullo escuchando las hurras que le dábamos por el poder conquistado y nuestras esperanzas renovadas, nos ordenó de echarlas de encima de nuestra amada muralla a piedrazos, sabia decisión por ser la primera que tomó. Ya del otro lado continuamos a sentir sus gritos e insultos, pero al vernos transportar los caídos hacia su ciudad comenzaron a aullar como ululupis y a lanzarnos piedras. Tuvimos que formar un cordón de guerreros para protegernos. Llevar los muertos allá fue una decisión tomada por el nuevo principal que no tuvo una aprobación unánime. Mis camaradas y yo considerábamos que tenían que ser cremados en nuestra ciudad, ya que mal o bien habían sido nuestros compañeros de armas. Pero las ordenes no se discuten, así que, entre llantos y alaridos, les entregamos a sus hijos y posibles padres masacrados. La ciudad de ellas estuvo iluminada por las hogueras durante toda la noche y el olor a carne quemada nos quitó el apetito.

lunes

                                                           Antropología Fantástica 8

Jamás tuvimos buenas relaciones comerciales con esas ávidas, que, muy a nuestro pesar, eran imprescindibles para nuestra subsistencia. Al poco tiempo de la leña de Alarfa y sus socias, surgió el problema de las cuerdas, tan necesarias para tiendas y armas. La proveedora se llamaba Alema, la misma infame que le había vendido a Bruk aquellas cuerdas de mala calidad para ligar sus troncos. Ya no era joven y había dejado de parir. Sus críos la seguían y le estaban alrededor como insectos, desde el más pequeño hasta aquel otro, uno que no fue reclutado en su oportunidad por su horrible aspecto. Era una gigante todo blanco que apenas sabía hablar: gesticulaba y refunfuñaba. Nos llenaba de inquietud y espanto al verlo, especialmente a nuestro principal. Cada vez que lo encontraba se apartaba de un salto, daba vuelta la cara y se tocaba las sagradas armas. Sin embargo, su madre, sí que entendía lo que decía. No sabíamos cómo. Le obedecía ciegamente, como los otros menores. Era un pequeño ejército bullicioso con una jefa previsora y deshonesta para los negocios. Jamás le faltaban las cuerdas vegetales trenzadas. Sabiendo que teníamos necesidad, ella esperaba que nuestro principal aumentara su oferta. No tenía apuro, pero nosotros sí. Entonces, cuando nuestro caudillo juraba y re-juraba que estaba de acuerdo con el precio, ella desaparecía por bastante tiempo desconcertándonos, para volver después cargada de ovillos, siempre rodeada de su prole harapienta. En una de aquellas compraventas nos sucedió que, al tratar de usar las cuerdas, era imposible encontrar la punta de esos prolijos ovillos. Entonces, nuestro venerado principal, sintiendo las incontrastables quejas de sus subordinados, y comprobando que habíamos transformado esas esferas de cuerdas en un amasijo chato, inútil y repleto de nudos intrincados al tratar de desenrollarlos, amenazó no pagarle, pero Alema, la muy descarada, sin siquiera ruborizarse le recordó que no había prometido ovillos con la punta visible: sólo había prometido ovillos. Nuestro principal quedó rígido como piedra, confundido, y se contuvo para no atravesarla con su lanza. Entonces comenzó a morderse los labios y juró que le haría pagar tal deshonestidad en el futuro. Inmediatamente llamó al escriba que registraba todas las transacciones con ellas, como también, a un costado, todas las picardías de su razonar malvado usadas a su debido tiempo. Lentamente se hizo leer todas las artimañas que había utilizado en las últimas ventas. Con los ojos entrecerrados por la rabia mientras lo escuchaba, el escriba le recordó que en una de las tantas entregas habían llegado ovillos grandes y pequeños. Frente al inmediato y sensato reclamo, la muy desfachatada dio una respuesta inapelable: había prometido ovillos, sin especificar la grandeza. Nuestro principal continuó a escuchar con el rostro pálido por la rabia y el escriba, luego de recorrer con la vista todo el pergamino, eligió otro caso al azar. En una vieja entrega llegaron ovillos de cuerdas de otro vegetal, distintos a los que estábamos acostumbrados. La respuesta de Alema fue del mismo tenor: jamás había prometido cuerdas de un específico vegetal. Sólo tenían que ser resistentes, resistencia que Bruk pagó con más de una caída en el mar al tratar de atar sus troncos. Fue por esos motivos que nuestro caudillo ordenó que, para la próxima compra, antes de jurar por el precio, se tuviese en cuenta esas jugarretas innobles y la mala fe evidente. Para no permitirle que las volviera a introducir ordenó de crear “cláusulas restrictivas y específicas” en el contrato, antes del precio, cantidad y fecha de entrega.

(Aquí, en honor de la verdad y debido homenaje a mi superior, es necesario que haga un paréntesis. En aquellos tiempos yo era mucho, pero mucho más ignorante que ahora. Para comenzar, no sabía escribir ni leer, y escuchaba ciertas palabras dichas por mi amado caudillo que simplemente desconocía, como las más arriba evidenciadas y las que vendrán inmediatamente luego, todas de uso jurídico. Ahora lo sé y mi agradecimiento profundo va para él que despertó mi curiosidad, pero humildemente reconozco y repito que, entonces, no tenía ni la más pálida idea de lo que estaba diciendo). Continúo con mi relato.

Para crear un antecedente jurídico preciso y detallado―gritó―, en el cual quede bien en claro cada indigna “coartada” que usó. Veremos qué “cavilo” retorcido e “extemporáneo” se le ocurre para la próxima transacción. El escriba obedeció con un gesto de resignación, pues los casos eran abundantes, mientras nuestro principal se golpeaba la palma de su mano con el bastón de mando.

Con las abastecedoras de carnes rojas también tuvimos problemas. Sobre todo, con la manera de pesar. El contrapeso de igualar con carnes era, como ya lo he dicho, un guerrero de mediana estatura, sano y bien nutrido. Para nuestro principal era demasiado flaco; para ellas siempre demasiado gordo. Mas las cosas no pasaron a mayores porque comprobaron que, promediando, éramos todos iguales, descartando, por supuesto, los pocos y deshonrosos extremos. Esto no podía ser que normal, ya que un ejército que se preciaba debía tratar de igualar a todos sus componentes. Ninguno podía sobresalir más de tanto.

domingo

                                                          Antropología Fantástica 7

Regresé a mi ciudad junto a mis camaradas en mitad de la noche, cuando el astro de leche comenzaba a morir, invadido por una extraña tristeza. No me sentía feliz como ellos, que, borrachos o no, se intercambiaban a los gritos el relato de lo que les había sucedido mientras atrapaban a las hembras, con precisión de detalles. Hasta los que tenían la cabeza partida por los garrotazos de la guardia lo hacían, mostrando, además, sus heridas como un trofeo. Qué guerreros. Ningún peligro los detenía. En el portón de entrada de nuestra ciudad nos contaron uno por uno, para saber si faltaba alguien. No era la primera vez que un guerrero justificaba su retardo diciendo no haber oído el cuerno de llamada, y por estar un poco más con las hembras se sometían sin chistar a los tres fustazos de castigo. Después del recuento resultó que faltaba Bruk, no podía ser otro. Habrá creído que como lo habían decorado por la invención de las naves, se podía tomar ciertas libertades, pero no se libraría de los latigazos. Llegamos a nuestra tienda y no pudiendo conciliar el sueño, abandoné a mis cuatro camaradas con los cuales la compartía que ya roncaban. Mi sagrada muralla me lo donaría mirando las chispas quietas del cielo negro, me dije, siempre y cuando el recuerdo de Aluna me lo permitiera. No hubo caso. No tuve más remedio que comenzar a manipular mis sagradas armas para que ella dejara de angustiarme. Y poco me importó las terribles consecuencias que sufriría según los guerreros sacerdotes. En vista de un posible enfrentamiento con el enemigo, nuestros cuerpos tenían que estar enteros, ni una gota tenía que abandonarnos antes del combate ―nos avisaban ceñudos. Por eso bebíamos zumos embriagantes antes de los eventuales combates. El temible adversario no se había presentado desde que me enrolaron, tantísimos astro mayor atrás, y tampoco lo habían visto mis posibles padres. Hubiera sido demasiada mala suerte si se presentaba justo en ese momento. Aluna valía la pena correr ese peligro en soledad. Continué despierto pensando en ella hasta que el astro mayor comenzó a asomar su cresta.Y así, sin sueño todavía y entristecido inicié mi turno de vigilancia desde la atalaya. Lo primero que hice fue ver si podía verla de nuevo, pero ya la ciudad de ellas parecía un hormiguero. Era un astro mayor de mercado y súbito después de nuestro portón, siempre en su ciudad, porque no podían hacerlo en la nuestra, vendían y compraban de todo. Había llegado un trineo cargado de leña, el de Alarfa, arrastrado por dos hembras y un cuadrúpedo, viejos los tres. Cuadrúpedo que con seguridad le habíamos comprado cuando potrillo y luego, ya viejo, se lo volvíamos a vender. Era normal vendérselos ya que no nos servían, pero ellas los querían regalados. Algo de razón tenían, pero era un misterio el interés que tenían por esos animales inútiles. Nuestro principal conjeturaba que con toda seguridad los dejaban libres, para que murieran de viejos, lejos de nuestras murallas. Si era cierto era una actitud incomprensible: dejar libres a animales que ya no servían para nada. Morirían de cualquier manera. ¿Cuál era la ganancia? En el momento de las tratativas por esos cuadrúpedos desahuciados, comenzaban a regatear el precio de una manera tan hábil que sacaba de quicio a nuestro principal. Mientras los acariciaban les controlaban los pocos dientes que tenían, el inexistente brillo del pelo, los cascos gastados, las orejas y piel tajeadas. Lo hacían a propósito para acusarnos de que tendríamos que avergonzarnos por deshacernos de animales en ese estado y encima pretender el pago. A nuestro principal se le deformaba la cara cuando se lo referían. Al final pagaban, poco, pero pagaban. Eran indispensables esos cuadrúpedos, sobre todo para los caballeros. Teníamos que tener de reserva y siempre jóvenes, como corresponde a un ejército. Desde mi atalaya podía ver el corral en donde los reuníamos. Siempre estaba envuelto en una nube de polvo amarillo debido a que, o nuestros guerreros ociosos se divertían montándolos y castigándolos, o corrían espantados por los ululupis que introducían en sus corrales para mantenerlos siempre en tensión. Las hembras los atrapaban siendo pequeños, los alimentaban por un largo período de tiempo y luego se acercaban a nuestra muralla para venderlos, siempre carísimos. Se detenían con todos esos animales jóvenes detrás en el portón de entrada, y ahí comenzaba el tira y afloje. Ellas no podían entrar, porque si lo hubieran hecho nuestra ciudad sería impura. Eso decían los sacerdotes. Si las hembras eran un misterio para mí, no lo eran menos estos últimos. No entendía cómo hacían para no participar en la noche del astro de leche. Pasaban la mayor parte del tiempo sentados sobre la muralla, mirando el cielo y escribiendo, de noche y durante el astro mayor. A veces decían mmm, sí. Y continuaban a escribir. Así como de a poco comencé a no creer en la existencia del enemigo, también inicié a tener dudas sobre todo lo que nos decían. Cierta vez, uno de estos que andaba siempre detrás de nuestro principal, nos dijo que propondría a los jefes un estandarte de identificación para nuestro ejército. La idea nos entusiasmó, ya que, flameando y siempre al lado de nuestro caudillo, en la confusión de tantos guerreros, podíamos orientarnos para saber de dónde venían las órdenes. Nos exaltamos aún más cuando nos dijo que el emblema tendría que ser un animal macho. Sí, gritamos todos, vibrantes por la emoción. Fue excitante creer que podíamos ser uno de esos peludos que se alzan en dos patas cuando se enojan, o un ululupis feroz, o un cuadrúpedo no orejudo, brioso y rápido como el viento. Estos animales fueron nuestra propuesta inmediata. El sacerdote guerrero agregó que él pensaba en esos volátiles que planeaban en las alturas, con las alas inmóviles, vista agudísima y siempre atentos para descubrir y desplomarse sobre la víctima como un rayo. La verdad es que nos desorientó por unos instantes ya que lo considerábamos inteligente por ser un sacerdote. Para comprobar que eran machos no se necesitaba tanto conocimiento si eran de la tierra; de lejos era evidente, pero, ¿cómo saberlo de aquellos que andaban en el aire y apenas se veían? Cuando se lo hice notar el sacerdote refunfuño algo y no dijo más nada. Por supuesto que por el estandarte pasaría bastante tiempo hasta tener uno.
Cuando Alarfa y sus comadres comenzaron las tratativas por el trineo repleto de leña, me pregunté cuánto nuestra ciudad pagaría de más esta vez. El precio jamás era el mismo, siempre más caro. Para justificarse decían que tenían que ir más lejos a derribar árboles, o porque la lluvia o la nieve que no esperaban no les permitía salir y algunas de ellas enfermaba. Era incomprensible. ¿Qué tenían que ver esas cosas con el valor final? Sin embargo, los precios volvieron a bajar inexplicablemente cuando otro grupo de hembras viejas comenzó a hacer el mismo negocio. Para nuestro asombro cada vez costaba menos la leña, pero en cierta ocasión que se encontraron los dos grupos por casualidad frente a nuestro portón vendiendo lo mismo, se agarraron de los pelos y a los mordiscones. Fue un espectáculo inolvidable esa trifulca de hembras. Desde nuestra muralla comenzamos a apostar por unas u otras. Al vernos desde allá abajo cómo nos divertíamos a sus espaldas, dejaron inmediatamente de arañarse, hablaron entre ellas, se pusieron de acuerdo en algo que no llegamos a oír e inmediatamente se marcharon. Volvieron unos astro mayor después, todas juntas y por lo visto más que amigas, con sus trineos cargados, pretendiendo sin avergonzarse precios aún mayores, precios que nuestro principal, hastiado de sus comportamientos innobles se rehusó firmemente de pagar. No podía ser ―gritaba rojo de rabia― que, por el peso equivalente a un guerrero de mediana altura, sano y bien nutrido, la leña que antes costaba una pepita de metal amarillo, después pretendieran el doble. Y salió a encararlas en la puerta de nuestra ciudad para dejar las cosas bien en claro, con todo su séquito detrás: escribiente; primero, segundo, tercero y cuarto principal y guardia del cuerpo. Ellas, las muy soberbias, al ver todo ese despliegue de fieros guerreros que no cederían a sus prepotencias, le dijeron a nuestro principal que no era necesario tanta gente para decir que no comprarían. Y se marcharon con sus trineos desbordantes de leña. Pareció que había sido una buena lección, y no dudamos en dar hurras a nuestro comandante por su inflexibilidad…, pero el invierno llegó, y fue duro. Recordando este hecho todavía siento la vergüenza por haber cedido frente a tal innoble extorsión. Muertos de frío y moqueando le rogamos a nuestro caudillo que cediera, que la leña era necesaria para los fogones. Pero él continuaba en sus trece, envuelto con sus pieles, de los pies a la cabeza. Para convencerlo estuvimos a punto de desencadenar una revuelta, con la mitad de los conjurados enfermos. Preferíamos morir con las armas en mano antes de congelarnos. Pero la leña, finalmente, llegó, porque también nuestro principal, aun si no lo demostraba, sufría por la rigidez del frío.

sábado


Talvez soñemos porque somos reales.

Si fuéramos un sueño lo real sería incomprensible.

Volveríamos de él preguntándonos si más allá

de nuestro soñar existe un mundo posible.

Tiempo atrás vi un rostro que reía,

aquella mascara se disolvió, pero su sonrisa,

sin labios, sin caja de resonancia se quedó,
para siempre.

Cada tanto vuelvo en busca de ella

en mis archivos desordenados

porque clasificar la belleza, el estupor,

es mucho más que complicado.

viernes

                                                              Antropología Fantástica 6

Otra vez los dioses se habían distraído por un momento. Cuando finalmente estuve a su lado le confesé lo que había querido hacer con ese camarada, y ella, la muy descarada, riendo me dijo que no tenía que hacerlo y tampoco pensarlo. «¿Pensar? ¿Qué es pensar?»  ―le pregunté. La muy desfachatada volvió a hacerlo, como si se burlara de una ignorancia que yo desconocía. Entonces me dijo que lo entendería mejor si yo, en vez de tener los ojos abiertos mientras esperaba al enemigo, los cerrara y comenzara a decirme cómo, cuándo, por qué y por donde llegaría. Al principio me opuse con fuerza a su consejo simplemente por insensato. Nosotros, cuando dormimos, que es el único momento durante el cual los cerramos, lo hacemos sabiendo que hay un confiable compañero que los tiene muy abierto a nuestro lado. Y se lo dije con fiereza. Lo que sucedió después fue toda culpa de los dioses, que otra vez miraban para otro lado, o no sabían qué otro espanto crear y mandar a la tierra para afligirme. Ella alargó sus brazos y con sus manos hizo que los cerrara. Entonces llegó la oscuridad, igual a cuando dormía, sabiendo que había un camarada de confianza que velaba por mí, pero, sin embargo, era ella la que estaba a mi lado y no lejos, en su choza. ¿Cómo era posible entonces que yo me sintiera tranquilo y al seguro estando despierto, pero con los ojos cerrados? Tampoco me asaltó el miedo a la oscuridad cuando los cerré, como nos advertían los guerreros sacerdotes. Todo lo contrario. Era una tranquilidad llana, igual a cuando agotado por una lucha en la cual salía vencedor, llegaba el descanso reparador, o como cuando terminaba de empujar sobre ella. Era la primera vez que los cerraba estando despierto, y hubiera querido continuar así, para siempre. Hasta el odio por el que se me había adelantado comenzó a diluirse. Mi dulce Aluna despegó sus manos de mis ojos, pero yo continuaba a tenerlos obstinadamente cerrados, entonces, en la quieta oscuridad que no quería perder, las busqué a tientas para que continuaran a oscurecerme y, cuando las encontré, volví a depositarlas en ese lugar, sobre mis ojos. No sabía si estaba sobre una atalaya o en su choza, o flotando sobre mi ciudad, sintiendo su olor a hembra, y se lo dije. Ella me preguntó si, además de sentir su olor la veía. Le dije por supuesto que no. ¡A veces tenía cada ocurrencia! ¡Cómo podía verla en la oscuridad!  Entonces me recordó una de aquellas preguntas, el “cómo”, que servía, tanto para pensar como para imaginar según ella. «¿Cómo soy?» ―me dijo. Fue ahí que comencé a considerar que los dioses no eran tan fiables. O se distraían por nada, dejándonos inermes de frente a ellas, o llegaban tarde, tarde para evaporar su imagen que se formó de repente cuando me pregunté cómo era, aparición que me hizo sobresaltar. Estaba ahí, dentro de la oscuridad de mi cabeza, desnuda, sin olor y sin palabras. Si para mí era linda en carne y huesos, lo era aún más dentro de mi cabeza que se negaba a aceptarla. Y, sin ningún motivo, al imprevisto sentí que un cansancio enorme me aplastaba. Entonces la busqué con mis manos para atraerla hacía mí. Quería tumbarme con ella sobre la amarilla tierra y a su lado dormir, pero mi dulce Aluna me quería encima. Qué hembra. Al principio me negué porque no quería que su imagen me abandonara, pero ella, la real e insatisfecha, comenzó a buscar mi lengua y a tocarme las sagradas armas. Con los ojos bien abiertos, dioses, ciudad, guerreros e imágenes desaparecieron debido a la urgencia. La próxima vez, no sé cómo, tendré que ser más veloz para llegar primero. No me dejaré vencer por nadie. Correré como un cuadrúpedo a quien persiguen furiosos ululupis.

Me desperté pegado a sus ubres, sintiendo su olor. Ella se esforzaba en penetrar mis cabellos enmarañados con sus dedos tratando de acariciarme. Cerré nuevamente los ojos y, en silencio, otra mujer desconocida tomó su lugar dentro de mi cabeza. Supe que era mi madre, mi verdadera madre, no una de las tantas que criaban huérfanos o abandonados junto a los propios. Fue un momento, pero por fin la conocía. Era como siempre esperé que fuera, con sus ubres abundantes, su vientre tibio, que revisaba y cada tanto extraía algo de mis cabellos. Pregunté que pasaba, porque a lo lejos sentía gritos e insultos de camaradas y aullidos de hembras. Mi dulce Aluna, continuando a acariciarme, me dijo que no me preocupara, que continuara a dormir, que sucedía lo de siempre, pero lo de siempre no podía dejarme indiferente pues era una escaramuza, siempre violenta y a veces fatal, entre camaradas, en mi amada ciudad. Otra vez había surgido una reyerta debido a que una hembra tenía más de un pretendiente. Los gritos que escuchaba era el resultado de la intervención de la guardia interna del ejército, en su mayoría guerreros más ancianos, pero todavía vigorosos, que ya no participaban en la persecución y volteo de hembras. A golpes de garrotes estarían restableciendo el orden para que la caza pudiera continuar. Con toda seguridad se les estaba yendo la mano con los golpes para imponer la disciplina, y más de un guerrero quedaría inconsciente, boqueando y patas para arriba con la cabeza sangrante. Solamente si moría era un problema grave, ya que la hembra causante del conflicto, en vez de acoplarse, antes tenía que curar a ese desgraciado. Y lo estaría haciendo con esa facilidad que tienen para pasar de un estado de excitación a otro de cuidado. Son muy extrañas estas criaturas. No son como nosotros que, cuando nos excitamos, no encontramos tranquilidad hasta que no hemos acabado, así sea luchando o empujando.

miércoles

                                                           Antropología Fantástica 5

El campo de la leña donde la encontré estaba lejísimo de mi ciudad. Fui hasta ahí aun sabiendo que era arriesgado hacerlo, y encima solo, ya que el peligro de que apareciera el enemigo estaba siempre latente. Fue en aquellos tiempos que comencé a dudar de su existencia. Regresando, además de hacerlo con atraso, tuve que apurar el paso, pues la noche afuera de mi ciudad es horrenda, con su bruma, pegajosa y salada. Antes de cruzar el portón comprobé que era tétrica cuando la envolvía la oscuridad. Idéntica a una mole fosca, como un animal echado y al acecho, solitaria, con sus murallas altas y amenazadoras recortándose, casi confundiéndose con el cielo, cielo como una gigantesca piedra azul oscura. La única señal que en esa oscuridad me decía que no era toda una con lo que la rodeaba, eran las antorchas de las atalayas, con sus guardias que seguramente estaban controlando mi retorno. Yo no los veía, pero ellos sí. Si no hubiera sabido que adentro estaban mis camaradas, y que a pesar de que todos ellos no tenían necesidad de mí, pero yo de ellos sí, se diría que era una ciudad para muertos, e inmediatamente di gracias a los dioses por habernos obligados a vivir todos juntos al seguro. Tuve problemas para entrar pues no regresaba en el tiempo convenido.  Las velas de control ya casi se habían consumido, y las muecas en ellas, en la cuales tendría que haberme hecho presente, ya no estaban.  Esperé lo peor. Pero no, gracias a los dioses compasivos ese jefe de guardia fue bastante tolerante. Sólo me dio un puntapié en el trasero y un par de planazos con su lanza. Todavía lo recuerdo, pero no hizo denuncia a pesar de su indignación.  Si lo hubiera hecho seguramente que terminaba otra vez estaqueado. Ya habría sido más de una vez. Era y es peligroso haber sido estaqueado más de una vez: la próxima podía ser fatal. Tendría que haber vuelto más temprano, pero como tenía un astro mayor libre me olvidé del enemigo, y además me topé con Alarfa. Vagabundeando de aquí para allá, sin nada que hacer, me vinieron una cantidad de motivos distintos para hablar, pero mis camaradas no conocían otro tema que no fuera el del enemigo, con interminables historias de sus inciertas apariciones y suposiciones de su existencia. Las conversaciones se hacían tan pero tan densas, que a un cierto punto estuve convencido de que el enemigo existía, como lo creía cuando apenas me reclutaron. Tuve que hacer un esfuerzo para recordar que ni mis posibles padres vieron uno.  Por lo menos las mujeres viejas no hablaban de eso. Además, se reían. Del enemigo y de nosotros. Y eso no estaba bien. Si llegaba a saberlo el principal, seguro que las habría perseguido y castigadas. “No nos preocupa ―me contestó Alarfa cuando se lo dije. No creo que nos encuentren. Ustedes, fuera de su ciudad no ven más allá de sus narices. Y si nos llegasen a encontrar, bueno, algo haremos, no nos dejaremos castigar como otras veces”. Era verdad. No tenía memoria desde cuándo, pero siempre se castigaban algunas hembras viejas, con las más que justificadas razones. De un lado porque eran viejas, pero más que nada porque amaestraban a las hembras reproductivas diciéndoles que era una prepotencia la fiesta de la noche del astro de leche, que fiesta era solo para nosotros. Y si las hembras consentían era porque el guerrero era más fuerte. No tenía que ser una cacería como los guerreros la llamaban, no es ninguna cacería, no somos el enemigo ―me decía la vieja. Yo no encontraba nada de malo en esa fiesta. Todo lo contrario. No veía la hora de que llegara, pero algo inexplicable sucedió al conocer a mi dulce Aluna. Cuando después de una veloz y decisiva trifulca a mi favor para llegar primero, e inmediatamente, babeando, comencé a empujar sobre ella, sentí por vez primera su mirada que, debo reconocerlo, me hechizó. No era como las otras que, además de no mirarme, me agarraban a mordiscones, especialmente las orejas, o a puñetazos, o patadas a mis sagradas armas. Ella no. Me miraba mientras empujaba. ¿Qué había sucedido? ¿Los dioses se distrajeron por un instante dejándome a merced de ella? Es muy bochornoso confesarlo, pero en aquellos tiempos comenzó a nublarse mi vista y a querer estar siempre al lado de ella, dormir con ella a mi lado, y eso no estaba bien. Un guerrero debía tener siempre los ojos limpios y atentos porque el enemigo, según mis superiores, era artero e imprevisible. Temí que ella lo divulgara porque se dio cuenta de lo que me sucedía, mas no dijo nada y guardó el secreto para siempre. También ella había visto algo inexplicable en mí. Fue la primera vez que compartí un secreto con una hembra, y este particular me turbó por bastante tiempo, ya que jamás había compartido uno con mis camaradas. Estos habrán visto algo insólito en mi comportamiento ya que comenzaron a evitarme, señalándome, con una especie de envidia y de reproche, como la víctima inevitable de turno, el ingenuo hallado en el momento equivocado, el tonto en el único lugar donde no tendría que estar. Yo estaba al corriente de tal peligro, porque hubo otros con el mismo defecto que terminaron mal ya que no se podía traicionar a la ciudad, pero, ¿cómo podía saberlo que se presentaría justo cuando toda mi ansiedad y urgencia estaban exclusivamente dedicadas, y por consiguiente yo completamente inerme, a empujar sobre ella? Por suerte, gracias a la eterna benevolencia de los dioses hacia sus guerreros y a mi férrea educación, tales efectos no pasaron a mayores. Continué a vigilar desde mi atalaya, pero ya no era lo mismo. El tiempo que el astro de leche empleaba para transformarse de con cuernos hasta redondo para dar comienzo a la caza, era interminable. Comenzó a dolerme el estómago y a faltarme el respiro. Hacía un esfuerzo enorme para no cerrar los ojos. Yo ya estaba convencido de que el enemigo no existía, pero rogaba a los dioses para que nos lo mandara. Prefería luchar contra fantasmas, y ojalá morir, que esperar. Y a la siguiente caza a las hembras casi muero. Nos habíamos puesto de acuerdo con mi dulce Aluna para encontrarnos en un lugar secreto cuando llegase, un lugar que solo los dos conocíamos. Ella se retiraría a las afueras de su ciudad, donde terminan las calles de barro y comienza la verde hierba, evitando el caos de guerreros y hembras en estampida que se formaba en la parte con más chozas. Yo sólo tenía que dejarme llevar guiar por su olor en el laberinto de sus calles. Según ella yo también olía, pero no sabía decirme a qué. Creo que olía y huelo aún hoy a cuero y a sudor, y eso le gustaba. El olor a cuero era exactamente igual al de cuadrúpedos al galope que algún día compraría. Entonces pasaría de guerrero a pie a guerrero montado, y este ascenso me daría mayor prestigio y ella estaría más orgullosa de mi. No fue difícil ubicarla. Mi instinto me llevó al galope donde estaba, añorando estar a su lado después de empujar, pero al llegar tuve que detenerme y hacer un esfuerzo para no atravesarlo con mi lanza. Por más que hubiera corrido veloz, no pude contra uno de esos guerreros que vencía siempre en los certámenes de carrera a pie que organizaba mi ciudad. Mi vista se nubló de rojo, y si no fuera que ese inocente camarada me daba la espalda desnuda mientras empujaba, ahí mismo hubiera quedado seco de un lanzazo. Mi integridad y honor de guerrero no habrían jamás permitido matarlo a traición.

martes

                                                                  Antropología Fantástica 4
Mi dulce Aluna. También ella, en aquellos tiempos, se sentaba sobre la amarilla tierra para hablar con sus comadres… tanto. Desde la atalaya no podía oír lo que decían, pero deberían ser cosas muy importantes viendo sus gestos. Nosotros no hacíamos tantas reuniones y menos con esos movimientos ampulosos, pues nos distraían de la debida atención. El enemigo, nos aleccionaban, podía aparecer mientras uno menos lo esperaba. Sólo nos reuníamos para oír las arengas que nos llenaban de fervor. Esas hembras siempre fueron un misterio para mí. Andaban siempre inquietas y todo lo que hacían lo hacían con esa parvada de mocosos detrás. Trataban siempre de engañar a nuestro principal con las edades de sus hijos haciendo gestos exagerados, desnudándolos para que viera la falta de pelos y el tamaño de las sagradas armas, abriéndoles la boca para que mostraran los dientes, pellizcándolos para que chillaran. Según ellas eran siempre demasiados jóvenes, por tanto, no aptos para la leva. Nuestro caudillo las escuchaba con grande paciencia sin dejarse engañar. Sabía que eran mentirosas, astutas, pero él conocía bastante bien el cuerpo de los guerreros y enrolaba a los ya pronto para que se sumaran a la ciudad de los guerreros, sin importarle los gritos de sus madres. Se preocupaban más por los hijos varones, porque, según ellas, cuando se transformarían en intrépidos soldados morirían en una batalla sin adversarios, o en una de las tantas escaramuzas entre nosotros, o rebeliones contra el principal de turno. Y si no sucedía con lo anterior desaparecerían al formar parte de esos ejércitos que cada tanto partían para descubrir la guarida del enemigo, o para ver qué había más allá de los horizontes. A las hijas no les prestaban tanta atención. Estando todo el día detrás de sus madres aprendían lo esencial, o sea abastecernos de carne y leña, con precios bastante caros, por cierto, pero sobre todo prepararse para esperar la noche del astro de leche. Según Alarfa, esa vieja sin pelos en la lengua, muy atrevida, el problema grave eran esos… excesos necesarios; sí, eso fue lo que dijo, o sea los varones que criaban de una manera y después resultaba que no los conocían cuando se transformaban en intrépidos combatientes. Me irrité al sentirme llamar de ese modo. Yo no me consideraba un exceso necesario. ¡Faltaba más! ¿Qué harían sin nosotros? ¿Quiénes las defenderían contra el posible enemigo? A menudo era muy engreída esa vieja. Se divertía haciéndonos escandalizar. Como ya era vieja y no participaba en la noche del astro de leche, se dedicaba a cortar leña para vendérnosla con otras socias tan viejas como ella. La encontré cuando vagaba por el bosque en un astro mayor de franco. Aunque ya anciana todavía tenía el cuerpo redondo y brazos fibrosos, delgados, enérgicos. Era ella, la muy atrevida, a burlarse de nosotros cuando esperábamos ansiosos la caza de las hembras en las noches del astro de leche. Se reía a mandíbula batiente, se levantaba el sayo y nos mostraba su tesoro viejo esperando que algún guerrero cayera en su trampa. Y continuaba a mofarse, la muy impertinente, cuando nos veía correr como cuadrúpedos detrás de las hembras. Me había sentado para verla cortar leña y sudar, pero a cada golpe me miraba y hacía una mueca burlona. Hasta ese momento yo no sabía quién era ella.  «Te gusta Aluna, ¿no es cierto?»  ―preguntó de repente.  ¿Cómo lo sabía? Me levanté para irme pues me dije que era una de esas hembras que hablaban demasiado y creían conocer más de lo debido. Era eso lo que nos decían nuestros sacerdotes guerreros, ordenándonos de evitarlas, no frecuentarlas... «Bueno, ¿te gusta o no?» Y continuó a dar formidables golpes con su hacha de piedra. Sus cabellos negros como nido de volátiles, con rayas de mechones blancos y sus arrugas le daban un aspecto inquietante. «¿Y tú, como lo sabes?» ―pregunté.   «Pues creo que soy su madre. Cuando es la época de parir ―continuó―, parimos todas al mismo tiempo. La ciudad se llena de vagidos de los recién nacidos. Es una confusión por la alegría. Entonces sucede que los hijos de una se mezclan con los de otras, pues yendo de brazo en brazo al final terminan en regazos extraños.  Es un hermoso lio, pero sabemos que no corren peligro. Estoy casi segura de que soy su madre. Ella me lo ha confirmado pues dice que reconoce mi olor. Además, se encuentra muy a su gusto estando conmigo. Me ha contado de vos ―añadió, mirándome en forma misteriosa, cerrando un ojo―, pero tengo que decirte que es muy estúpida esa mujer, demasiada buena, no tiene garras». Me levanté dispuesto a irme escandalizado. «¡Hazle caricias mientras empujas!  En las mejillas y en la nuca ―me gritó cuando me alejaba. ¡Bésale la boca!  Verás que te hará gozar más...» Y comenzó a reír, la muy desgraciada... ¿Acariciarla? ¿Besarla en la boca? ¿En la boca?  No se pueden hacer dos o tres cosas a la vez... Yo no soy capaz. Apenas si la miro a los ojos porque para otro lado es imposible mirar. Me ha hechizado en un momento de distracción de los dioses. Además, debo tenerlos siempre abiertos... Ella, con sus inmensos ojos negros sí que me miraba.

domingo

                                                          Antropología Fantástica 3
 Y continuaron así, duras de seseras y engreídas, a vivir en una ciudad sin muralla, sin orden en la distribución de las calles, con chozas que crecían en cualquier lugar y dentro de ellas durmiendo amontonadas con hijos, madres, abuelas y amigas. Sólo dormían, ya que durante la claridad andaban retozando al aire libre. Cuando llegaba la estación iban de caza y de pesca, nos vendían la carne de cuadrúpedos cornudos ―por cierto, siempre carísima― que desgarraban con manos y dientes para extraerles la piel. Golpeaban con garrotes para ablandarla, gritaban y discutían por cualquier cosa. Caminaban descalzas en el barro de calles trazadas caprichosamente, debido a la continua agregación de nuevas y miserables chozas. Construían corrales; intercambiaban con avidez piedrecillas amarillas, conchillas, pequeños guijarros; cantaban en grupo y hasta a veces se emborrachaban. Reñían muy a menudo, ¡y cómo!, pero cada siete astro mayor se reunían sin un motivo para cantar susurrando.  No muy distintas eran las que pescaban. Por pícaras se parecían, ya que siempre, o nos engañaban con el peso, o pretendían más de lo que valían sus peces. Llegaban hasta las puertas de nuestra ciudad con las cestas repletas a sus espaldas, porque, o no sabían, o no querían usar cuadrúpedos orejudos como las otras que arrastraban trineos colmos de leña. Estando casi todo el día cerca del mar eran mucho más limpias. Talvez por eso, además de que tenían menos pelos, y los que tenían eran casi blancos, la piel oscura y los ojos se les tornaban más claros. Supuse que era debido a los reflejos del astro de leche sobre el mar. Las había observado más de una vez sentadas en la arena mirándolo. Quedaban como tontas. De repente emitían un murmullo que se transformaba en un aullido, como de animal que me hacían parar los pelos, después, a musitar extrañas palabras a coro mientras se zambullían en el mar. Y ahí desaparecían por largo tiempo. Me intranquilizaban porque, ¿cómo hacían para continuar a respirar debajo del agua? Cuando volvían a la superficie, completamente desnudas, volvían a observarlo, pero esta vez trataban de atraparlo, ondulando sus manos hacia el cielo de piedra azul. Por supuesto que el astro de leche ni se movía, pero ellas, bailando en círculo, se lo pasaban de mano en mano, como si lo hubieran desenganchado de allá arriba. Continuaban de esa manera, siempre girando en torno, pasándoselo hasta que llegaban las primeras luces del astro mayor. Entonces, con los mismos gestos de cuando aparentemente lo robaban, lo volvían a poner en su lugar, pero al improviso, como si se despertaran de un sueño, comenzaban a prepararse para la pesca. Ellas mismas tejían las redes que luego arrastraban hasta donde la profundidad se los permitía. No les temían a las olas, al contrario, las enfrentaban sin vacilar, luego, cuando emergían, se acomodaban el cabello riendo y expulsando de sus bocas interminables chorros de agua. Cierta madrugada se detuvieron a observar a Bruk que arrastraba un montón de troncos. Este es un camarada inquieto e ingenioso subyugado por las ondas marinas. Al contrario de nosotros, que solo al pensarlo se nos enfriaba la piel, era uno de los pocos que se atrevía a meterse en el mar. Trataba de andar sobre el lomo de las aguas, nos decía. Unía troncos entre sí, se subía sobre ellos y empujaba con una pértiga que hundía en el fondo de la arena. A veces lograba avanzar contra las olas, pero irremediablemente terminaba dentro de ese líquido salado y los troncos de su invento, ya descuajeringados y a la deriva, rodando llegaban a la playa. Maldecía una y otra vez, pero comenzaba de nuevo a atarlos. Después de dos intentos, siempre con la burla de ellas cuando volvía derrotado y vomitando agua, lo convencieron a duras penas ―ya que Bruk desconfiaba de ellas― que retornara más tarde. Nuestro camarada se alejó de mala gana. Para matar el tiempo comenzó a masticar caracoles, hierbas de las dunas y luego cortezas de troncos, a arrojar piedras al mar y, cuando supo que podía volver, se encontró con todos sus troncos bien sujetados. Al poco tiempo ya andaba más allá de las olas, gritando a los cuatro vientos. Y no se asustó cuando comprobó que su pértiga era inútil por la profundidad distinta. Avanzaba lo mismo golpeando el agua, de un lado y del otro.  No obstante la ayuda de ellas, sabíamos que un día lo conseguiría porque era muy testarudo, si bien su alegría no le duró más de un astro mayor sobre ese mar traicionero, todo por culpa de esa pérfida hembra vendedora de cuerdas, Alema. Las que le había vendido eran de pésima calidad, no así sus nudos intrincados. Se pudrieron mientras él navegaba. Aferrado a uno de los troncos, tragando agua, llegó hasta la playa, dispuesto a comenzar otra vez. Les pidió a las pescadoras que le revelasen el secreto de esas ataduras misteriosas, pero ellas se negaron. Mediante él fue una nueva humillación para todos nosotros. Tendría que haberlo sabido que no se podía confiar en esas tramposas que, si hacían un bien, enseguida cometían un mal. Sin embargo, porque los dioses miran más allá de la iniquidad, cuando nuestro principal se enteró de su hazaña, Bruk recibió los elogios de la ciudad y sus autoridades por haber dado una contribución tan importante para el progreso e, inmediatamente, lleno de medallas, recibió órdenes de estudiar una manera de llevar un ejército completo sobre esos troncos. Bruk casi no podía caminar por el orgullo y por sus medallas. Como a todos nosotros, por un honor recibido, se nos inflaba el pecho, como de piedra, pero él estaba a punto de reventar. Por supuesto que al enterarnos de que un día tendríamos que enfrentarnos contra esa masa oscura y fría, amontonados sobre las naves de Bruk, le hicimos llegar nuestro desacuerdo al principal. Éste tuvo que recurrir a la persuasión primero, y a los fustazos después para convencernos de que, en vez de ir por tierras desconocidas en busca del enemigo, o ver qué había más allá, también se podría ir por mar. Cuando ellas se enteraron del honor otorgado a Bruk, por sus índoles perversas, se opusieron con mayor tenacidad a revelarle el secreto. Nuestro camarada no se dio por vencido. Continuó a cortar árboles, muchos más altos en vista de una empresa mayor, a juntarlos y tratar de atarlos, a pesar de que entonces tenía dos problemas: el misterio de los nudos y la mala calidad de las cuerdas. Con los nudos traté de ayudarlo, pero Bruk, así como era intrépido e ingenioso, también era, pero en medida mayor, duro de seseras. No fue capaz de aprender. Ellas continuaban a tejer sus redes con unos movimientos de manos imposible de seguir. Y esto me desorientaba. Supe que también nuestro principal sufría por tal misterio. Pero la respuesta era simple: no podíamos entenderlo porque nosotros, aparte de limpiar, empuñar y afilar las armas, jamás moveríamos nuestras manos para hacer otra cosa, menos tejer y encima con esa velocidad. El misterio de los nudos se me reveló a través de mi Aluna, que a su vez lo aprendió de una tal Amarina. Tenía nombre de mar esa pescadora soberbia. Era un secreto que se transmitía de madre a hija, jamás a los varones, porque decía que era inútil, que inventaríamos cualquier pretexto con tal de no aprender esa tarea de hembras. Y mi Aluna me lo reveló a mí. Era dificilísimo: un giro completo, pasarlo por debajo y ya encima, pasar la punta por el círculo formado y después tirar fuerte. Lo guardé como un secreto y como tal continuó a ser, ya que Bruk no aprendió a hacerlo.

viernes

                                                               Antropología Fantástica 2
 nuestros antepasados construyeron refugios del mismo material, con pequeños agujeros cuadrados en sus paredes laterales por donde pasa todavía hoy, siempre silbando, el viento helado. En esos refugios se entra por una apertura rectangular con arco encima, también de ladrillos, se hacen diez pasos y se sale por otra, igual a la de ingreso. Justo en la mitad, a través de un agujero en el techo y mediante escaleras de troncos, se llega a la cima de las atalayas de troncos que vigilan los alrededores. Desde ahí se podía observar ambas ciudades: la nuestra y la de las hembras. Ésta última comenzaba a partir de nuestra muralla y crecía continuamente, pero en honor de la verdad tengo que decir que lo hacía en forma caótica. A menudo me preguntaba cuál de las dos había sido fundada primero, pues a pesar de que los guerreros sacerdotes nos aseguraban que fue la nuestra, no he dejado jamás de considerar que salíamos de sus vientres. Era evidente que la de ellas habrá sido la primera. También eran de la misma opinión los camaradas que consultaba. Quien más, quien menos, repetían lo mismo. Por supuesto que esta certeza no se la habríamos jamás revelada pues son muy presumidas: no habrían perdido ocasión para echárnoslo en cara. Sin embargo, de acuerdo a lo poco que opinaban sobre esta primacía tan importante para nosotros, comprobamos con gran estupor que les importaba un bledo cuál de las dos nació primero. Era incomprensible. ¿Cómo podían existir ignorando un principio? El mismo desprecio mostraban cuando más de una vez nuestro amado principal les aconsejaba que vivieran más cerca de nuestra muralla, que no dejaran tanto espacio entre choza y choza, que demarcaran con claridad las calles y que, si querían, nosotros le construiríamos una muralla para sus seguridades.
(En este punto debo expresar una apreciación que en nada menguará la altura moral de nuestro caudillo: no creo que en aquella oportunidad nuestro jefe hablaba en serio. Seguramente lo dijo apremiado por la sucesión de recomendaciones, como para poner punto final a una sensata conversación. Si nos hubiéramos vistos obligados a construir otra muralla, se habría enfrentado a la enésima revuelta).
De cualquier manera una muralla es importante del punto de vista social, ya que los límites pueden verse, y esto ayuda a identificar a los de adentro y a los de afuera. Sin murallas defensivas ―agregaba nuestro venerado comandante―, cuando el enemigo se presentará ustedes serán presa fácil. Ellas respondían que, llegado el momento sabrían qué hacer; que si ese enemigo existía (Y ahí nuestro principal enrojecía de rabia por la ignorancia y falta de previsión de esas hembras desfachatadas), hablarían de cara a cara; y con respecto a los espacios que dejaban entre sus míseras moradas, lo hacían para tener al alcance de la mano verduras, legumbres y espacio para sus insignificantes cuadrúpedos y volátiles de tierra.  Además, agregaban, no entendían como nosotros, los guerreros, podíamos vivir todos amontonados y holgazaneando la mayor parte del tiempo.  


                                                    ANTROPOLOGÍA FANTÁSTICA
En la segunda atalaya de mi sagrada ciudad, después de veintidós pariciones de hembras y de la llegada del bárbaro enemigo.
Escribiente: Akadama, quinto guerrero del ejército Los Gloriosos de Piedra.
Que los Dioses me asistan.
Cuando el enemigo se hizo presente y ya no era un fantasma como suponía, decidí narrar por escrito el trauma sufrido por mi amada ciudad cuando irrumpieron aquellos bárbaros. Unos astro mayor antes lo habían hecho las hembras. De éstas hablaré más adelante y de los otros diré que van y vienen dentro de nuestras murallas, pocos a decir verdad y bien controlados. A la ciudad que nos copiaron, caminando con buen paso, se puede llegar en menos de lo que dura nuestro astro en nacer y morir. Ya no éramos los únicos a existir sobre esta tierra hostil que nos llena de espanto, como afirmaban erróneamente nuestros guerreros sacerdotes. Al principio no presté atención al hecho de que, llegando de lugares ignotos, era evidente que había otros, pues todo a nuestro alrededor era ignoto, sin duda aún más apartados e igual de desconocidos. No supe escribir nunca y este particular no era un drama para mí, ya que nuestra ciudad bien estructurada y sus guerreros memoriosos, podían tranquilamente transmitir oralmente el cataclismo sufrido a los que vendrían después. El primer grupo bárbaro que sometimos gracias a nuestra mayor inteligencia, era diez veces mayor que nosotros, y fue esta cantidad que me hizo reflexionar. ¿Cuántos había allá afuera? Tantos, me dije. No era solamente nuestra amada ciudad y sus guerreros a existir. En vista de tal cantidad, consideré que sería útil para la posteridad que supieran del descalabro, del escándalo sufrido por nosotros, para que tomaran conocimiento y las debidas precauciones si se llegasen a repetir las mismas condiciones. Ellos también, como me propuse yo, un día aprenderían a leer y escribir y talvez serían más afortunados. Me costó mucho hacerlo, muchísimo. Noches interminables de sufrimiento tratando de atrapar esas ideas esquivas y dejarlas fijas para siempre sobre esta superficie vegetal. Mis ojos estaban acostumbrados a otear los horizontes, mis manos a empuñar lanza y puñal de piedra, no plumas de volátiles, y más de una vez me desperté sobre lo escrito durante la noche.  Estas memorias, entonces, son para todos esos que habitan en ciudades, o campamentos, o simplemente clanes nómades sin un lugar fijo, que jamás conoceré porque mi vida está llegando a su fin. Es necesario que esos desconocidos desparramados sobre esta tierra, aún si potenciales enemigos, conozcan la gloria y decadencia de mi amada ciudad. Comenzaré por ella, cuando era pura y solo nosotros, los guerreros del Glorioso de Piedra, vivíamos dentro de ella.

A mi amada ciudad, más larga que ancha, la rodea una poderosa muralla de ladrillos perfectamente trabados, iguales y rojizos, sobre la cual jamás pie de hembra pisó. Corre sobre nítidas colinas, desciende hacia vaporosas planicies, se arquea para evitar obstáculos insalvables y a lo lejos se curva para formar la parte del poniente, una de las dos más corta. Luego dobla nuevamente hacia atrás y forma la muralla que da a la tierra sin confines, esas en las cuales se perdieron tantas expediciones nuestras, la misma que nos separaba de las hembras. La opuesta muralla da, de una parte, al mar caliginoso y en el otro costado, a lo lejos, a las montañas duras y azules.  En la cima de mi muralla nunca faltó la ronda de atentos camaradas. Para mayor gloria de aquellos que la idearon debo remarcar la astucia con la cual procedieron. La altura de su pretil sobre el cual nos asomamos es la mitad de un guerrero: protege nuestras sagradas armas por debajo permitiendo tener libres las manos por arriba de la cintura, mientras que la anchura por donde caminamos es la de diez en pie, uno al lado del otro con las lanzas a sus flancos. Una barrera infranqueable en casos extremos. A menudo, cuando perdíamos el sueño en nuestras tiendas lo buscábamos sobre ella, mirando las inmóviles chispas blancas del cielo de piedra oscuro. Para caminarla toda se tarda menos de la mitad del tiempo que necesita el astro mayor para nacer y morir. Cada cien pasos









 

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