miércoles

                                                            Antropología Fantástica - Epílogo


Bruk, que al inicio no sabía a quién le sucedería lo mismo, opinaba que fue a partir de ese momento que nuestro caudillo comenzó a manifestar esos repentinos cambios de estado de ánimo y humor. Le ordenó que hiciera copias de todas estas estatuas, y que ya de retorno en nuestra ciudad, tenía que construirlas idénticas. Luego, llamándonos, nos obligó a transportar esos restos de informes piedras hasta la playa, con la intención de cargarlas sobre las naves. Siendo tantas, y pesadas, le hicimos notar que sería imposible navegar por meses junto a ellas. Ahí, para nuestro terror, comprobamos que los dioses de la furia se alternaban en él con los dioses benévolos, porque vociferó, que, si era así, dos contingentes tendrían que quedar a tierra para dar espacio en las naves a sus piedras. Era inconcebible. ¿Cómo podía preferirlas en lugar de nosotros, sus fieles guerreros que lo habrían seguido hasta la muerte? Llegó hasta a amenazarnos con la fusta, prometiendo castigos y si era necesario hasta la muerte. Desconcertados, pero sobre todo aterrorizados por su aspecto, hicimos cuadrado, listos para el combate. Su plana mayor, que sin duda también se encontraba desorientada, trató de hacerle entender que sus órdenes eran, además de crueles, inauditas. Nuestro caudillo los miró desafiante. Ya estaba por saltarles encima, pero se detuvo, vaya a saber por qué, y entonces, para nuestra infinita tristeza lo vimos, luego de dirigir su mirada hacia nosotros ―y por lo visto volver a reconocernos―, arrodillarse sobre la arena, con las manos sobre su cabeza, y… ¡llorando!, nos pidió que lo perdonáramos. ¡Oh, dioses! ¡Qué dolor inundó nuestros pechos! Ahí supimos que nuestro héroe ya no sería jamás el mismo.

Y retornamos lentamente con sus piedras, sin joyas ni esclavos. Cuando nuestras hembras constataron con lo que volvíamos, inmediatamente pensamos que los reproches serían vergonzosos e interminables y ya estábamos listos para defendernos, pero nos equivocamos. Al ver el estado lastimoso de nuestro conductor, dieron, por vez primera, muestras de cordura. Y nada dijeron, pero comenzaron a recetarle infinidad de brebajes curadores, de cánticos propiciatorios y danzas, de posturas corporales, de cremas mágicas para untar su cabeza, de plegarias. Hasta llegaron a insinuar que, con tal de curarlo, nada objetarían si nuestro conductor compartía el lecho con más de una.  Todo inútil. Mientras Bruk y otros les realizaban sus benditas estatuas para embellecer nuestra ciudad, tareas que al verlas momentáneamente lo sacaban de su postración, él, un día sí, y otro no, se trepaba a la muralla, y atisbando el horizonte, hacia la muralla de los bárbaros de Kraukalí, ordenaba que formáramos con equipo de combate, listos para salir a destruirlos, ya que ellos llevarían a la ruina nuestra ciudad. Costaba tanto convencerlo de que no era de nobles guerreros iniciar las hostilidades sin un motivo, que si lo hubiéramos hecho nos transformaríamos en bárbaros como ellos. Él, en sus momentos de lucidez, se daba cuenta de sus cambios de humor. La angustia por el futuro de su amada ciudad lo habría matado, por eso decidió salir en expedición como lo he dicho antes. Y todavía lo estamos esperando.

Con respecto a los bárbaros de Kraukalí que mi noble tuerto perdonó, para que pudieran progresar civilmente, y que cada tanto quería aniquilar en sus momentos de enajenación, tengo que decir que me preocupan. Aprendieron muy rápido a hacer campamentos amurallados. Hasta ahora no ha sucedido nada grave, solo pequeñas peleas por el agua de un riacho, por un pedazo de terreno, por una hembra caprichosa que no sabe con cual guerrero quedarse. Han hecho la muralla mucho más grande que la nuestra, y son tantos. Cada vez más. Y esto es muy peligroso. Una vez al año mandan una embajada, con regalos y votos de no beligerancia, de confianza mutua, pero creo que vienen a nuestra ciudad sólo para espiar. Será guerra más adelante. Estoy seguro. Espero que mis huesos, para esos tiempos ni gris polvo sean. Un olvido frío. Un gran bostezo invisible en medio de la absurdidad de este mundo.

¿Qué más tenía que escribir? ¡Oh, dioses! No me acuerdo. Ahora que mi dulce Aluna duerme satisfecha, otra vez con su panza hinchada, me treparé de nuevo a mi vieja atalaya, a tratar de recordar mirando la luna. Y sé que no podré hacerlo. Ni dormir ni tratar de recordar porque un ejército de bravos fantasmas a paso vivo, de nobles y corajudos guerreros y principales sobre briosos caballos al trote desfilarán delante de mis ojos, velando el Astro de Leche.

                                                                                       
                                                           Antropología Fantástica 44

Como es obvio, durante la construcción no permitimos a las hembras que se acercaran a nuestro astillero por motivos de seguridad. Fue una decisión dolorosa ya que fue más de un mes sin ellas. La única consolación la hallábamos pensando que, por fin, además de murallas también éramos capaces de construir estilizadas naves que las llenarían de estupor al verlas. Y fue exactamente lo que sucedió. Nuestro caudillo, excitado por la seguridad que daban las nuevas naves y por el éxito indudable de la campaña que encabezaría, en un acto de magnificencia permitió que estuvieran presentes en la despedida. Sabíamos que jamás habrían reconocido nuestra habilidad para construir esas elegantes naves. Según ellas, nuestros antepasados, no nosotros, como lo recalcaban con manifiesto y deliberado desprecio, fueron los únicos capaces de construir la majestuosa muralla de nuestra ciudad. Mi Aluna, como es obvio, no formaba parte de esa chusma envidiosa que miraba incrédula nuestras creaciones, pero igualmente se unió al coro, que al momento de la despedida nos pedían que volviéramos con cosas útiles: joyas y esclavos. Nos alejamos del puerto asegurándoles que volveríamos con lo pedido, no todos, por supuesto, ya que no pocos preguntaban con malicia cómo era posible que le prometiéramos esos presentes tan valiosos sin tener en cuenta que más de una vez queríamos echarlas a piedrazos de nuestras chozas. Fue una despedida dolorosa porque sabíamos que sería una aventura a lo desconocido, con mares y naves jamás probadas, llena de peligros y de la cual posiblemente más de uno no volvería vivo, y, sin embargo, mientras nosotros hacíamos un esfuerzo inmenso para no demostrar nuestra angustia, ellas parecían muy contentas al vernos alejarnos. Repetían continuamente: vuelvan con cosas útiles, con joyas, con esclavos.  

De la travesía, que duró más de seis meses y paulatinamente se transformó de un optimismo triunfal en los primeros días, a un oscuro presagio mientras procedíamos, diré que no hicimos otra cosa que remar abnegadamente, siempre alentados por nuestro caudillo que nos convencía que el día venidero sería mejor que el que dejábamos a nuestras espaldas, y no era así: eran exactamente iguales, y esto nos desalentaba. Desembarcábamos para abastecernos de agua y comida, descansar lo necesario y luego continuar. Contactos con el enemigo los hubo, por fin, pero visualmente, jamás cercano como para iniciar una tratativa comercial, o un combate para hacernos con esclavos. Esos grupos nómades que aparecían cada tanto, sin una organización social o militar huían despavoridos al vernos. Seguramente pensaban que nosotros éramos los bárbaros. Esto nos llevaba a preguntarnos de dónde habían salido las huestes de Kraukalí tan agresivas. También descubrimos tribus de antropomorfos ―como llamó Aluna a aquella pobre desgraciada que mostrábamos en el medio de la plaza de armas―, que desaparecieron casi al instante al olfatearnos, y que tan bochornoso recuerdo nos causaba. Con el pasar del tiempo comenzó a ser decepcionante. Y lo peor era que los horizontes cambiaban continuamente. ¿Cuán inmensa era esta tierra? Tenía que tener un fin, pero nada hacía prever que lo tuviera.

Lo que sí tendría un fin sería la imagen que teníamos de nuestro jefe. Su figura impávida y seguro de sí mismo, su porte desafiante, su mirada inquisidora, su voz de trueno, de ese día en adelante iniciaron a desvanecer. Todo tuvo origen cuando, sobre una colina, para nuestra sorpresa avistamos restos de una muralla.

¡Oh, dioses! ¿Cómo fue posible que las ruinas materiales de una misteriosa ciudad pudieran llevar a la ruina emocional a un gran conductor como lo era nuestro jefe? ¿Por qué no permitió que sus fieles guerreros lo acompañaran en la primera inspección? ¿Qué nos quería esconder? ¿Qué sospechaba? Ordenó que sólo Bruk lo siguiera, y por medio de este, que nos pidió encarecidamente la mayor reserva, supimos lo que le sucedió en esos dramáticos momentos. No podíamos creer que nuestro principal, dirigiéndose todo el tiempo a nuestro camarada Bruk mientras contemplaba las ruinas, lo hiciera… derramando lágrimas. «Observa, mi fiel Bruk, estos brotes de inofensivas hierbas que crecen entre ladrillo y ladrillo con tenaz determinación. Prisa no tienen porque el tiempo es su aliado, y son tan frágiles y ciegas como crueles a la vez, pero la victoria, si de victoria se trata, al final, será de ellas, sin necesidad de fanfarrias. Observa, mi fiel Bruk, esta muralla cercenada, ofendida por manos de la ignorancia y la barbarie, y tú, como artista, toma nota de lo queda para que ni siquiera el olvido se pierda; observa, amigo mío, lo que habrá sido esta plaza polvorienta, estos jardines secos, estas columnas quebradas, estas calles recubiertas de lajas, fuentes áridas, templos sin dioses, estos restos de estatuas. Aquí hubo una diosa, y ahora es solo un vientre y un par de alas; allí, en esos pedazos un guerrero que jamás se habría rendido, y, sin embargo, ahora… ¡Oh, dioses! ¡Sucederá lo mismo! ¡Sucederá lo mismo!»
                                                             Antropología Fantástica 43

Esa misma noche comenzó un frenético ir y venir, desde la playa hasta la ciudad, y de esta al bosque del cual nos abastecíamos de leña, bastante alejado, por cierto. Nuestro conductor, en el portón de entrada, ordenó al vigía en la atalaya que despertara al comandante interino que nombró antes de partir para que se presentara inmediatamente. El vigía, como era de esperar, sorprendido, ya que no le habían comunicado llegada alguna, y para colmo en medio de la noche, le ordenó que se identificara, listo para hacer sonar el cuerno lúgubre si era necesario, tratando de ver en la oscuridad. Nuestro jefe gruñó, maldijo, pero se hizo acercar una antorcha que iluminó su rostro feroz, y enseguida se sintió una cadena de órdenes que repetían: llamada urgente para el comandante Brakaú en la atalaya uno…, llamada urgente para el comandante Brakaú en la atalaya uno... Éste, por lo visto y como ejemplo de mando, no dormía, o lo hacía muy cerca de la puerta, pues lo vimos aparecer sobre nuestra muralla casi al instante. Al reconocerlo, luego de saludarlo con el debido respeto, le dijo que en esos momentos lo hacía en medio del mar, que era una agradable sorpresa verlo, e inmediatamente le preguntó si tenía que hacer formar la tropa para recibirlo. Nuestro héroe le contestó que se olvidara del protocolo, que ni siquiera entraría; que debía elegir cincuenta bravos además de requisar todas las hachas y cúneos de piedra, y que fueran al bosque de la leña, hacía el cual ya nos dirigíamos, detrás de nuestro conductor, en la más completa oscuridad.

¡Oh, dioses! ¡Qué momentos! Nosotros no teníamos un día que fuera distinto a los demás. Entre formar y vigilar eran todos exactamente iguales, no así las hembras que lo tenían, en honor de Alina, que comenzaron a festejar una vez al mes. Fue tanto el fervor derramado en esas circunstancias que alguien le propuso a Arkaú, que, de ahí en adelante, festejáramos esa noche, en recuerdo de la gesta de “las naves de la noche”. Y así se hizo.

(Aquí tendrá que perdonarme el futuro lector si los datos que trascribiré pueden no corresponder a la realidad. Ahora me doy cuenta de lo terrible que es dejar para la posteridad relatos que, debido a un fervor lindando con la insania, llevan en sí mismo la termita del error, la telaraña del olvido… y la insidia de la parcialidad).

¿Cuántos rectos y altos árboles abatimos? No lo recuerdo, pero suficientes para construir cinco naves panzudas y dejar casi pelado todo ese inmenso bosque.

¿Cuántos días trabajamos como obsesos? Tampoco lo recuerdo, como así mismo cuántos pasaba sin dormir.

El momento de la tremenda cicatriz que llevo en mi pecho, a veces ―y por falsos motivos de decoro, lo reconozco―, lo ubico antes de la construcción, en una fiera batalla indefinida, y no mientras hachábamos los tronco e le introducíamos infinidad de cúneos para procurarnos tablas. Fueron la flexibilidad de una de estas junto al descuido de un camarada los responsables.

Por supuesto recordar qué comíamos también es un misterio. A menudo creo que no lo hacíamos.

Tampoco recuerdo la larga marcha ― ¿tres?, ¿cinco?, ¿diez días y sus noches? ― durante los cuales arrastramos como mulos nuestras creaciones.

Sin embargo, todo lo anterior no tiene importancia cuando rememoro aún hoy, vívidamente, como si todavía estuviera ahí con los pies hundidos en la arena, el momento en el cual, luego de nuestro último empuje haciéndola rodar sobre troncos, la primera nave de la noche hundió su proa en las aguas, con inaudita violencia. Para nuestro terror inmediato parecía que estaba por irse hacia el fondo, cuando de pronto, como si hubiera recapacitado, como si fuera un caballo brioso derribado que se recupera y alza de nuevo su cogote, elásticamente elevó su proa, y entonces, en manera opuesta, nos pareció que se iba hacia los cielos, para luego caer como si el mar la llamara, golpeándolo con furia por tal osadía; y nuevamente trató de volar, esfuerzo imposible pues ya estaba amansada por las aguas, y ahí se quedó, balanceándose dulcemente y haciendo crujir sus maderos. Inmediatamente corrimos como desaforados con el agua más arriba de nuestras cinturas, prontos para ocupar nuestro lugar, pero gracias a nuestra disciplina tuvimos la lucidez de detenernos y esperar primero el abordaje de nuestros jefes.
                                                              Antropología Fantástica 42

Le hicimos llegar a los gritos nuestras observaciones, ya que él encabezaba la formación en la nave insignia, sabiendo que, inmediatamente, no nos habría prestado atención; todo lo contrario, nos habría acusado de cobardes y haraganes. Conocíamos su vanidad, como así mismo su sensatez, por eso obedecimos sus órdenes de continuar, contra viento y marea, conscientes de que tarde o temprano reflexionaría. Bruk, a su flanco, también comenzaba a abrigar dudas sobre la calidad de su invento, en especial modo por la inexistencia de algo sólido, fijo, al cual aferrarse, objeto faltante que nos obligaba a abrazarnos entre nosotros para mantener el equilibrio dando una pésima, o por lo menos, sospechosa imagen. Y no hubo más remedio que regresar, y de noche para colmo, cuando no se distinguía el cielo del océano, cuando todo parecía lleno y vacío a la vez, sin la luna ni las estrellas, solo un viento quejumbroso, frío, tajante, y continuos bandazos de agua. Jamás vi tal oscuridad, y ya nos veíamos cayendo como piedras hacia los abismos marinos. No alcanzábamos a distinguirnos a pesar de que estábamos a menos de un paso el uno del otro, y solamente el hablar sin cesar nos aseguraba que continuábamos vivos y a bordo de la nave. Ya estábamos por comenzar a gemir por el terror cuando nuestro jefe gritó, desde un punto impreciso dentro del abismo negro, «Allí, mis valientes, allí están las luces de las antorchas de nuestra ciudad». Creo que jamás remamos tan veloces. Como es de imaginar desembarcamos sin que nadie nos recibiera, y cuando estuvimos, felices, en tierra firme, nos sucedió algo muy extraño: después del necesario descanso, todos mudos, reflexionando aún sobre el peligro al que nos habíamos expuesto, inexplicablemente comenzamos a añorar ese mar que estuvo a punto de engullirnos y que apenas habíamos abandonado. Su balanceo, sus espacios inmensos y silenciosos, la falta de confines, su cielo de piedra celeste y circular nos había hechizado haciéndonos sentir los únicos habitantes de este mundo, y como tales, primeros en cumplir cualquier hazaña. Queríamos volver a intentarlo, siempre y cuando Bruk nos ofreciera algo más seguro. Con mis camaradas nos dirigimos resueltamente hacia donde estaba nuestro comandante y su plana mayor, para comunicarle nuestra decisión que lo llenaría de orgullo al enterarse de que queríamos intentarlo otra vez, pero con otro tipo de naves de las cuales, como era lógico, no teníamos la más mínima idea de cómo tendrían que ser. De eso estaban discutiendo nuestros jefes, con Bruk entre ellos. Nuestro principal tuerto había apenas dicho que, para navegar con seguridad, era necesario imitar a la naturaleza, a los animales con sus extrañas estructuras, y en este caso la forma peculiar del caparazón vacío de una tortuga era lo más adecuado. «Dada vuelta posee naturales paredes que contendrían las aguas. Tenemos que realizar algo parecido» ―sentenció. «Tiene razón nuestro jefe» ―afirmó más de uno, pero Bruk, que por lo visto reflexionaba aún sobre esa observación de imitar a los animales, replicó absorto, casi con displicencia, como uno con probada experiencia en tales construcciones estrafalarias, que era imposible, que no iríamos a ningún lado con una nave circular, que remando no haríamos otra cosa que girar y girar sobre nosotros mismos, pero que nuestro comandante, en lo que concernía a imitar la naturaleza, tenía razón. Se había alejado del grupo como si alguien o algo que estaba en lo alto lo atrajera, como si un dios desconocido lo estuviera aspirando desde el fondo de la noche. «Hay que imitar a la naturaleza» ― repetía. Se detuvo, giró sobre sus pasos, y se acercó a la fogata que ardía en medio de la playa, con un rostro que, al principio, logró espantar hasta a nuestro intrépido caudillo: palidísimo, casi transparente, con los ojos inmensamente abiertos. «Comandante ―exclamó cuando volvió a ser nuestro conocido Bruk―, ¿ha visto lo que queda de ese monstruo marino que vino a morir en esta misma playa, pero casi a un día de marcha?» «Claro que sí. Lo hemos visto todos. ¿Y con eso?» ―replicó nuestro jefe. «Pues así tendremos que construir nuestra nave» ―contestó Bruk. La carcajada general no le hizo mella, y menos la observación de uno de los ayudantes de Arkaú. «Guerrero Bruk ―dijo este―, le recuerdo que queremos navegar sobre las aguas, no debajo de ellas». Bruk no le prestó atención y comenzó a dibujar sobre la arena los restos de aquel monstruo, especialmente su larga columna vertebral y sus costillas arqueadas en ambos costados que se apoyaban sobre la arena. «Tenemos que construir con troncos algo parecido a ese esqueleto ―exclamó trazando veloces líneas―, y con madera recubrirla; y después sí, darlo vuelta. Entonces tendremos direccionalidad, con las dos extremidades filosas, para que corten y avancen en las aguas, hacia adelante y hacia atrás, y nosotros adentro, bien protegidos por sus parapetos altos, y hasta con asientos para remar». E hizo otro dibujo de cómo sería la nave terminada. Formando un círculo todas las cabezas de la plana mayor se aproximaron para verla a la luz de las antorchas. «Guerrero Bruk: genial ―exclamó nuestro tuerto corajudo golpeándole un hombro, añadiendo en manera enigmática…: A veces, sólo hay que mirar las cosas desde la parte opuesta para entenderlas. Genial, guerrero, genial. ¡Manos a la obra! ―ordenó».

martes

                                                               Antropología Fantástica 41

El caudillo de los bárbaros derrotados, Krakaulí, en una de sus tantas ofrendas para reafirmar su más que sospechosa amistad y sometimiento, le había donado un hacha, que, a su vez, perteneció a un enemigo que exterminó en una lucha cuerpo a cuerpo: terrible y mortífera arma, no de piedra, sino de un material que no perdía el filo jamás. Bastaba fregarlo contra una superficie dura y rugosa y quedaba como nueva, no como las nuestras de piedra, que, cuando se astillaban, no había otra solución que tirarlas y perder un día entero para fabricar otras. Nuestro jefe, como siempre práctico y previsor, vio las enormes ventajas que podía sacar si lograba descubrir cómo y dónde procurarse ese mineral prodigioso.  También ubicar las minas de las cuales provenían el dorado y el plateado de todas las joyas que las pocas hembras de Krakaulí ostentaban para envidia de las nuestras.
En aquella reunión con su plana mayor, nuestro superior, después de dejar bien en claro los dos objetivos, agregó que, gracias a la inventiva y visión del futuro de Bruk, esa sería la primera expedición que no se marcharía tras lo desconocido a pie. Sus inmediatos subordinados, al sentir la noticia, se estremecieron por la emoción y lo aclamaron con hurras, ya que dejar para la memoria a venir una primacía de tal importancia era un honor: sus nombres quedarían esculpidos sobre estelas de piedras, para la eternidad. Y súbito desplegó los planos de las modernísimas naves de tronco de Bruk, que ya había finiquitado un prototipo: un espectacular rectángulo de diez por cincuenta pasos, compuesto por rectos troncos, impecablemente unidos uno al lado del otro con robustos nudos. Era una nave muy flexible, pues se adaptaba inmediatamente a los lomos de las olas, siempre y cuando fueran encaradas de costado.  En el esperado día de la demostración práctica, que preveía una prueba de navegación de cinco días, nuestro caudillo volvió a dar muestras de su sagacidad. Temiendo que emisarios de los bárbaros sometidos se mezclaran entre nosotros para copiarnos el invento, ordenó un estricto control y disimulada vigilancia. Tuvimos que presentarnos con nuestro guerrero responsable de pelotón, y mostrar las tablillas donde constaba nombre, número, cuerpo y grupo. También, y muy previsor, consideró que la presencia de las hembras en el evento sería un potencial peligro, ya que es proverbial ese vicio que tienen de desparramar cualquier noticia, banal o importante que fuera, pero buscando la mejor manera de comunicárselas sin herir sus susceptibilidades, se llevó la sorpresa de que ya sabían de las intenciones del viaje (sobre esta fuga de noticias no hay duda de que la responsable fue Alsaína, la hembra que nuestro jefe tuvo que elegir como compañera para respetar aquel pacto con Alarfa), y que no tenían ningún interés de andar a ver esos troncos flotantes, que según ellas no podían ir más allá de un tiro de flecha, y menos con nosotros encima. Aún hoy me pregunto con cuáles filtros o poderes secretos adivinaron el desastroso resultado del primer intento de navegar.  El único asombro lo demostraron por los nudos que Bruk, finalmente, había aprendido a hacer. Debo reconocer que, a partir del momento de la partida, aquel no fue un día memorable. Sentíamos gran admiración y respeto por nuestro jefe. Fue él que encabezó aquella revuelta por la injusta distribución de carne haciéndose portavoz de nuestros reclamos. Era él que visitaba al improviso nuestras tiendas de campaña para saber cómo estábamos, si el rancho era suficiente, si sufríamos el frio o el calor, si nos faltaba algo. Fue él, si bien con la ayuda de las hembras, que nos llevó a la victoria contra aquellos bárbaros encabezados por Kraukalí. Fue él que se presentó al relato sin ánimo de censurar lo narrado, aun al corriente del nombre ridículo que Kam le había dado, transformándose luego en un decidido sostenedor de las artes que comenzaron a nacer alrededor de las obras representadas.  Fue él que nos reveló la secreta fuerza que guardaban los troncos o ramas expuestos a una torsión. En él veíamos a nuestros padres desconocidos cuando nos daba consejos de cómo aferrar la lanza, de cómo esperar el embate, de cómo reaccionar. Por eso nos embarcamos sin objetar sobre aquellas cinco naves cuando lo ordenó: diez guerreros bien pertrechados en cada una, haciendo caso omiso a nuestro innato terror al agua, y sobre todo salada. Con bríos encaramos las primeras olas, y después de superarlas, ya en mar abierto, mirándonos incrédulos entre nosotros por el lugar al cual habíamos logrado llegar, nos convencimos de que nada nos podía detener de ahí en adelante. Comenzamos a remar al ritmo sin sentir la fatiga, dándonos fuerza mutuamente, mirando el horizonte y al compás que marcaba el novel e improvisado timonel, esperando que nuestro comandante nos viese y admirara, pero con el pasar del tiempo comprobamos que no podíamos continuar siempre mojados. Al no tener un parapeto, como el pretil de nuestra muralla, esas naves lisas eran continuamente barridas por las olas.

domingo

                                                           Antropología  Fantástica 40

Escribir sobre Alina es turbante porque mi Aluna, cuando le pregunto por aquella, me dice que por los palos que me dieron aquella vez que me estaquearon yo sencillamente la inventé, en mi cabeza extraviada y dolorida. Yo no le creo. Además, todas sus secuaces la recuerdan, si bien algunas piensan que fue solo un fantasma. Para mí que Aluna lo dice porque las hembras son celosas. Alarfa, si estuviera viva, habría aclarado la situación de una vez por toda. No pueden soportar que otra ocupe la cabeza de sus hombres. «¡Pero si te he visto al lado de ella!» ―le digo.  «No era ella ese día. Era...» ―e inventa siempre nombres distintos para confundirme cada vez que discutimos. He decidido no preguntarle más nada, pero cuando voy al templo en honor de Alina, que sus hermanas ―como se llaman entre si―, construyeron en el punto en que la vi por última vez, a pocos pasos de la puerta que da al mar y a las montañas, Aluna me sigue, de lejos, muy seria, con un ramo de flores. Esto me confirma que no tuve visiones. Y ahí me quedo, dentro de esos muros blancos, preguntándome cuál de esas aves que revolotean dentro de la cúpula será Alina. Sus sacerdotisas atrapan pichones de palomas blancas y los crían dentro. Entran y salen continuamente. Dicen que van a todos los bosques mágicos de la tierra y vuelven sin mostrar cansancio, porque cuando se agotan, se dejan llevar por las nubes blancas que se dirigen a nuestra ciudad, cada vez con hojas de árboles distintos en sus picos. Además, son dóciles. Se dejan atrapar sin oponer resistencia y uno puede acariciarles el cándido plumaje.

Mi amado principal tuerto, después de la muerte de Alarfa, de un día para otro decidió que también él saldría a ver que había más allá de las montañas. Lo haría por segunda vez, talvez con menos entusiasmo que la anterior, y de esta todavía lo estamos esperando. Cedió el mando en paz y se marchó. Hasta ahora nada sabemos de él y su pequeño ejército. No fueron muchos los que lo siguieron: todos aquellos inquietos y curiosos, llenos de fantasías absurdas y siempre dispuestos a irse a las manos por nimiedades. ¿También sus descendientes, un día, como lo hicieron los otros bárbaros que ahora viven no muy lejos de nosotros, volverán con un estandarte hecho jirones? ¿Un estandarte sobre el cual mi corajudo tuerto hizo dibujar ―además de un cuchillo de piedra y dos lanzas cruzadas―, un haz de flechas en el centro? ¿Se presentarán a nuestras puertas con el mismo lenguaje incomprensible, sin siquiera sospechar los orígenes comunes? ¿Y qué harán los hijos de mis nietos? Seguramente guerra. Guerras y masacres por cosas que sobran, o no existen:  la comida, las mujeres, la tierra, el honor, la gloria, el coraje. A menudo pienso que mi Aluna tiene razón. «¿Qué buscamos como desequilibrados si lo tenemos todo acá? Basta ponerse de acuerdo» ―agrega. Para ellas es fácil que no ven más allá del grupo, pero para nosotros, con una vista, un olfato, un oído y una intuición tan desarrollada es difícil. Siempre conocemos la intención de los otros, que inevitablemente jamás son pacíficas. Nuestro comandante Arkaú, por su naturaleza indómita, era el claro ejemplo de estas virtudes guerreras, pero antes de masacrar o ser masacrado, aceptaba negociar, ponerse de acuerdo. Era muy tolerante y astuto a la vez. Todavía no perdemos la esperanza de que un día, luego de la debida alarma, que dicho sea de paso ya no suena casi nunca, lo veamos aparecer a lo lejos con su ojo de menos al frente de su legión de exploradores, más viejo, y seguramente más sabio, lleno de gloria, tesoros y, sobre todo, novedades. Si a alguien le debemos la grandeza y progreso reciente de mi ciudad, es a él. Fue nuestro conductor el que vio las inmensas posibilidades de tener una flota a partir de la obstinación de Bruk, ese camarada hechizado por el mar. Al poco tiempo del sometimiento de aquellos bárbaros, y aprovechando el inevitable período de paz que lo acompañó, nuestro caudillo reunió a toda la plana mayor para comunicarles su decisión de salir en expedición, hacia la tierra sin confines, para saber qué había más allá, cuántos otros bárbaros existían, qué comían, qué bebían y, en caso afirmativo, tomar los recaudos necesarios por si se les ocurría acercarse a nuestra ciudad.  Pero sobre todo buscar esos yacimientos de un mineral que lo intrigó.

(En este punto tengo que hacer una declaración personal que no mancillará el recuerdo que conservo de él. Los inevitables períodos de paz fueron siempre catastróficos, y por este motivo imploraba a los dioses que no llegaran. Inevitablemente las guardias, los plantones, las arengas, los desfiles, el control, los simulacros de batallas, los juramentos en masa, las batidas sin previo aviso, las luchas cuerpo a cuerpo para mantenernos siempre en forma disminuían; en cantidad y calidad, y ese exceso de tiempo sin apremios nuestros jefes lo usaban para inventarse nuevas aventuras, sobre todo expediciones a lo ignoto. La paz no estaba hecha para ellos que no tenían paz interiormente, y no desaprovechaban momentos para no dejarnos en paz. Por supuesto que protestábamos al inicio, porque holgazanear también era de nuestro agrado, pero luego los seguíamos convencidos, hechizados, sin paz, como ellos)

viernes

                                                             Antropología Fantástica 39

Cuando llega la noche con el astro de leche, que pareciera que brilla aún más desde que están dentro de nuestra ciudad, es insaciable. Si no fuera que cuando no la veo ando como perdido, diría que es una bruja que, además de conocer todo sobre ese disco cándido, me ha hechizado. Entonces, para evitarla, me escabullo con cualquier pretexto y me trepo rapidito a una de las atalayas, que desde hace tanto no se utilizan todas. Es suficiente nuestra sagrada muralla. Y ahí me quedo, tratando de dormir mirando la luna, como la llama mi Aluna, porque evoca el ulular y al llanto. Y no sé cómo hace para descubrir dónde estoy. Siento crujir los maderos de la escalera, despacio, luego su olor, después veo su cabecita, su cabello renegrido, sus ojos felinos, sus pechos redondos. «¡Te encontré de nuevo, sardina en contracorriente!»  ―me dice la muy atrevida. «¿Cómo hacés para saber siempre dónde estoy?» ―le pregunto. «¿Y adónde podés estar si no es acá, dentro de tu amada ciudad, encaramado como una comadreja sobre una de estas torres que se caen solas?» ―y agrega con ese gesto de tristeza que nosotros nos cuidamos muy bien de no demostrar―: «El día que te atrevas a salir de ella... ese día sí que no te veré más». Tristeza que le pasa rápido porque la luna tiene otras urgencias, urgencias a las cuales me rindo. «Vení para acá» ―me dice la muy descarada, y saca de entre su sayo siempre lo mismo: un fragante y blando pedazo de carne ahumada. Le da un mordiscón, lo mastica, luego chupa el resto, muy lentamente, varias veces, y me lo ofrece. Es entonces que por la luna y la carne olorosa descubro de nuevo su cuerpo de mujer. Ya no empujo, ahora es un balanceo, juntos, blandas olas del mar que se encrespan, vienen y van y al final revientan. Miro la luna pequeña encerrada en sus ojos, e incrédulo busco la otra, la grande que flota. «¿También yo la reflejo?»  ―pregunto. Me besa de nuevo y al oído me revela que no, tonto, porque está detrás tuyo, pero no te detengas. «Y si la atalaya se cae de nuevo, como la última vez, ¿qué hacemos?» ―le digo. «Lo que hicimos aquella noche ―me responde. Llenos de moretones y heridas pensábamos que nos moríamos, sí, pero de tanto reír». Mi dulce Aluna. No sé cuándo habla en serio y cuándo no. Me desconcierta todavía. Además, tiene esa facilidad para reír que yo no tengo.

También creo que es necesario que escriba sobre Alarfa; sobre mi amado caudillo tuerto; también sobre Bruk, ese loco con sus naves que por poco no mandó a los abismos marinos a toda una expedición, y especialmente sobre Alina, y esta última me disturba. Tanto. Alarfa ya no está más. Era la única que hubiera podido decirme la verdad sobre Alina. Aquella murió de vieja, pero riendo, exigiendo que la cremáramos desnuda y con su mano cubriendo su tesoro.  Era tremenda. Se divertía haciéndonos escandalizar. Por supuesto que le dijimos que sí, que cumpliríamos su póstumo deseo para que se fuera en paz, pero después no lo hicimos. ¡Faltaba más!  Hasta último momento nos miraba con su único ojo, y de repente comenzó a decir cosas incomprensibles. Los dioses habían soplado el humo oscuro de la confusión en su cabecita cuando estaba llegando su fin. Nos decía que despertáramos de nuestro torpor, que miráramos más allá de nuestra cómoda niebla, que tuviéramos siempre presente que todo lo existente provenía del tesoro viejo de la amarilla tierra; que teníamos que cuidarlo con mucha mayor atención, y con menos por aquello que nosotros suponíamos ser, que nosotros, los guerreros, dábamos solamente el envión inicial a la vida que dormía en lo femenino, que la tierra, entre tantos otros, era el lugar justo para nacer y morir felices si nos olvidábamos un poco de nosotros. Luego su único ojo soltó una sola lágrima, y cuando ésta se secó comenzó a reír. Lo hizo hasta el final. Pero lo hacía con una sonrisa extraña, mezcla de tristeza y compasión, como si fuéramos sus hijos que se quedaban desamparados. Qué disparates estoy diciendo. Siempre nos hemos arreglado solos, sin la ayuda de nadie. Recuerdo que mi amado tuerto le sostuvo la mano entre las suyas, firme, hasta que dejó de respirar. «Buen viaje, amiga mía, franca y leal espina a mi costado. Ya nos veremos otra vez, de ojo a ojo, y todo será menos ruinoso, menos absurdo y sin segundas intenciones» ―le susurró al oído. ¡Qué noble guerrero era mi más admirado principal! Kam, que también estuvo a su lado y había comenzado a sentir una verdadera admiración por ella, después del funeral me mostró lo que había dibujado sobre una tablilla de barro: era su rostro, idéntico, con sus cabellos como nido de cigüeña, su único ojo y una sonrisa burlona. «Con esta construiré la máscara del escándalo. Era la que me faltaba» ―me confió al oído, muy satisfecho.

miércoles

                                                                Antropología Fantástica 38
...
Esto que acabo de escribir con tanto esfuerzo, ya no sobre pieles, sino sobre vegetales, masticados y pacientemente transformados en una lámina tan blanca como la leche, es la memoria veraz de lo que sucedió hace veintidós pariciones de hembras.  Talvez algunos recuerdos ―y pido disculpas por tal posibilidad―, se hayan disueltos en mi cabeza como las nubes, que desde hace tiempo son sólo blancas y grises, ya no violetas, premonición de desastres. El mismo blanco y gris de mi barba. Para hacerlo tuve primero que ver cómo lo hacía mi Aluna. Fue duro y humillante aprender de ella. Muy humillante. Y también, para qué negarlo, asombroso, porque comencé a andar de sorpresa en sorpresa.  Ver que la “o” que digo, o grito, es igual de redonda a la que escribo, me dice que los dioses no son tan complicados. ¡Oh, prodigio del Astro Mayor, que para nuestra alegría todos los días vuelves de la negra muerte! También la “u”, que no es otra cosa que la “o” sin el asombro final. La “a” tan pacífica y amable con su estribo invitante. La “i”, una astilla que duele y aclara, como las flechas, y la “e” que ondula como las olas del mar. Los labios dan la forma justa, y si me dejo llevar por ellos son muy fáciles de hacer. No podía ser de otra manera. La ele, la eme, la ene y la ese no me causan ninguna admiración. Todo lo contrario. Además, son difíciles de dibujar. Esas letras son y serán femeninas, no como las otras que se pueden juntar con la erre, que es el sonido que todavía llevamos adentro, como cuando la ciudad era únicamente nuestra. Bruto... bribón... bravo... cretino... crinudo...  grasiento...  gruñón.  Estas eran palabras que nos mantenían siempre alerta. Confieso que a pesar de mis años todavía me trepo a mi atalaya para observar, ya no la ciudad desordenada de ellas, que dicho sea de paso ya no existe más allá de nuestra muralla pues es solo campo, sino la mía. A pesar del cataclismo causado en aquellos tiempos por la irrupción de las hembras, continúa a ser más o menos igual, sólo que las amplias chozas de adobe, piedras, ladrillos, madera y paja (y debo reconocerlo; siempre muy ordenadas y limpias), han reemplazado a nuestras amadas y elementales tiendas de campaña. Y bueno... no es que haya cambiada tanto, porque las obligamos a construir…, mejor dicho, construimos las chozas con nuestras propias manos, respetando el pacto y el antiguo trazado: en ordenados cuadrados. Así se puede ver cómo nace el astro mayor en el inicio de una calle sin que nada lo obstaculice; llega al centro de la plaza de armas para dejar paulatinamente sin sombra una estaca, y muere donde muere la calle, detrás de nuestra muralla. Lo de la estaca se le ocurrió a uno de esos sacerdotes para medir el tiempo. Para nosotros, los guerreros, fue una gran novedad que daba aún más precisión a nuestro andar sobre esta tierra inconmensurable. Nos tuvo ocupados por noches y días enteros dando y escuchando pareceres por tal prodigio: que hasta las sombras tuvieran un significado, jamás lo habíamos sospechado. Fueron tan encendidos los cambios de opiniones que por poco no se llegó a las armas. Sin embargo, a las hembras no les causó ni la más mínima impresión, porque, sin tener que ir a ver cuándo la estaca quedaba sin sombra, sabían que era tiempo de comer. Y lo mismo sucede cuando llega la noche, cuando no hay estaca que valga. Estoy seguro de que comemos siempre en el mismo momento. Los sacerdotes guerreros ya no hablan más de enemigos monstruosos que daban miedo. Y esto me preocupa. Ahora andan diciendo que no hay tantos dioses, sino uno solo, que no es otro que el astro mayor, o sol, según Aluna. Si todos estuvieran de acuerdo no habría nada que temer, pero hay otro grupo que opina lo contrario. Otra vez viejos fantasmas se agolpan en mi cabeza que todavía se niega a bajar la cerviz a pesar de la vejez. Lo único que falta es que nos enfrentemos fraternalmente por la cantidad de dioses que puede haber. Aluna dice que hablan así porque tienen todo el tiempo que quieren, ya que no deben lidiar con hembras e hijos. «¿Si hay uno, o dos, o diez? ¿Cuál es el problema, si las cosas continúan a ser y a estar como siempre han sido y estado?» ―me dice.   Sigue siendo muy soberbia mi Aluna. No entiende que estas cosas son importantes para nosotros. «Los dioses nos han elegido a nosotros, los hombres, para llevar a cabo sus designios» ―le respondo. «¿Ah, sí? ¿Y cuáles son esos… divinos designios?» ―me pregunta irónica. «Construir murallas» ―le contesto.  Y ahí, por fin, calla, porque ellas no son capaces. Me ha dado diez y seis hijos mi dulce Aluna. Todas las primaveras se aparece con uno de esos en brazos, con sus cabezas como cocos; duras, redondas y peludas, en proporción más grandes que sus cuerpecitos; ciertamente dignos de compasión, y por lo visto todavía no está satisfecha. No sé qué come, o qué bebe, para que de repente su panza se hinche. A menudo me pregunto si mis sagradas armas no tengan algo que ver con ese misterio, ya que esos renacuajos chillones salen por el mismo lugar por donde entran las mías. Los guerreros sacerdotes dicen que no, que las hembras, cuando llega el preciso momento que sólo ellas conocen, van a respirar el aire lleno de esos hombrecitos, en la cima de una colina misteriosa. Puede ser, pero mi Aluna opina que son unos ignorantes, y sobre todo… mi só gi nos; sí, esa es la palabra que usó. Difícil vocablo, por cierto. Todavía no sé el significado, y por lo visto nadie lo conoce, ni siquiera mi comandante. Cierta vez se lo pregunté a uno de los sacerdotes: me miró con desprecio y no dio respuesta alguna. Lo intenté con Aluna, y me respondió que se lo preguntara a aquellos. Sospecho que no corre buena sangre entre ella y los otros.

martes

                                                             Antropología Fantástica 37
Todo cambia. Hasta el lenguaje. Vos no sois como cuando erais niño. Ni el retoño de lo que mañana será un árbol frondoso. Ni el hilo de agua, que luego de la furia del dios que sacude la tierra será un rio impetuoso. No, mi estimado sacerdote. No lo seréis, ni lo seremos ni lo serán mientras que el dios del tiempo marque su invariable y continuo devenir, comiéndose sus propios hijos y vomitándolos distintos después.  ¡Abran el portón! ―ordenó―, que quiero parlamentar de cara a cara con ese, que sin duda es un descendiente de aquella gloriosa expedición de la cual no supimos más nada». Y descendió majestuoso sin prestar atención a la gritería de nosotros que le aconsejábamos que no lo hiciera.  Hasta alejó con un empujón, fastidiado, a su mancebo preferido que se había aferrado a su cuerpo, implorándole también de que no se expusiera. Pero las órdenes son órdenes y el pesado portón se abrió. Y fue ahí que comprobamos la diferencia de nobleza de nuestro caudillo con la de aquel bárbaro, Kraukalí. El nuestro quería llegar a un acuerdo justo, pero el otro, al ver el imbatible portón abierto, debido a su índole salvaje y calculando una fácil victoria, se dio vuelta, y con el rostro deformado ordenó a sus huestes, ¡Al ataque!
¡No lo hubiera jamás hecho! Una lluvia de flechas que oscureció el astro mayor se abatió sobre ellos. La primera en disparar fue Alarfa, que con su diabólico único ojo centró el caballo del engreído e incomprensible charlatán. Rodando, y mordiendo el polvo luego del desplome de su bestia, llegó hasta los pies de nuestro caudillo. Y ahí se quedó, humillado, desconcertado, con un pie de nuestro héroe tuerto sobre su pecho y la lanza a punto de penetrar en su garganta. Lo que siguió más allá, a pocos pasos de él y de su vencedor, sobre la tierra amarilla, fue, al principio, un griterío feroz y una inmediata persecución, luego una fácil carnicería. Al ver a su caudillo derrotado, el pánico se apoderó de ellos, y comenzaron a huir, dándonos las espaldas, pero se toparon con la propia retaguardia compuesta de niños, viejos, hembras, animales y carros. Atrapados, sin saber por dónde escapar nos imploraban piedad, pero estábamos sordos, furiosos y sedientos de sangre por tanta espera, y hundíamos y hundíamos nuestras lanzas en las carnes con facilidad pasmosa. El suelo otra vez se tiñó de rojo; chapoteábamos sobre una sangre que más de uno de nosotros hubiera preferido que se desparramara dentro de nuestra ciudad, no en la de ellas. Habría podido ser la primera vez que sangre desconocida la bañaba, y no la de camaradas. Incontenibles y sordos tajeábamos, cortábamos y penetrábamos sus carnes, quebrábamos sus huesos, manos y cabezas. La roja y humeante sangre se mezclaba con sus heces y sus orinas. No sentíamos la fatiga ni el dolor; parecía que cuando más sangre veíamos, más sangre queríamos; que, oyendo los gritos de terror de los vivos, pretendiéramos que de la misma manera lo hicieran los muertos. Todo a mi alrededor era un subir y bajar la ensangrentada mano armada. E inevitablemente llegó el cansancio, y de a poco la gritería se fue acallando, entonces nuestro jefe tuvo que amenazar con severos castigos, repetidas veces, a aquellos camaradas más sanguinarios, que continuaban a ultimar a los heridos con ahínco, a masacrar y a mutilar los muertos con ferocidad. Obedecieron de mala gana retornar a las filas, y cuando lo hicieron cada uno de ellos arrastraba los restos de un adversario por un pie, dejando detrás una estela de negra sangre. Luego volvieron a empujones los primeros prisioneros aterrorizados y milagrosamente vivos, que eran mucho más dóciles luego de la derrota que sus pocas hembras. Tuvimos que recurrir a acciones violentas y amenazas contra ellas que no podían aceptar ver a sus hombres reducidos de tal manera. Gritaban, mordían, pateaban, escupían, nos apedreaban. Las hembras son tremendas. Las desconocidas y las nuestras. A duras penas las convencimos de que sacrificaríamos a sus hijos, frente a sus propios ojos, sin ninguna piedad. Entonces, comprobando nuestra feroz intención que llevaríamos a cabo sin vacilar, ya que aferrábamos por los pelos a más de uno de sus cachorros, ya prontos a atravesarles el cogote, se calmaron. Para ultrajar sus escudos, a nuestro triunfante y sabio tuerto su séquito lo encaramó sobre uno de esos. Desde allá arriba, majestuoso, ordenó que le pasaran la lanza del derrotado, y con un formidable golpe de rodilla la quebró en dos. Luego miró a esa chusma atemorizada que dócilmente hizo lo mismo con las suyas. Después, fiero y altivo, mandó que lo bajaran y esperó, mirando al vencido. Éste se levantó, sucio de tierra amarilla, para luego arrodillarse y besar la mano que nuestro gran jefe le alargó magnánimo. Parecía que todo había terminado.
¡Oh, dioses! ¡Qué jornada gloriosa! No obstante la excitación no me abandonara, recuerdo aún que el cielo de piedra celeste era más claro que nunca. Parecía que, además de haber derrotado al pérfido enemigo, también hubiéramos alejado para siempre las odiosas nubes violetas y sus dolores. La paz finalmente llegaba, y esto, la paz que nunca habíamos experimentado, me alarmó. La de las armas, después de tanta sangre y horrores estaba entre nosotros…, pero, ¿qué nos esperaba de ahí en adelante con las hembras? Mis temores se vieron confirmados cuando nuestro caudillo, inexplicablemente, llamó a Alarfa a su lado y le dijo algo. Esa hembra soberbia le respondió que sí. Se dio vuelta, y con señas, hizo que se acercaran un montón de sus iguales e inició a explicarles algo, no muy difícil por lo visto. Las otras asintieron, entusiasmadas, mientras miraban la multitud de prisioneros, que, en pie o sentados sobre el suelo, observaban a sus alrededores sin entender, sangrantes, temerosos, talvez esperando lo peor. Pero no. !Oh, dioses! ¿Cómo osaban hacerlo? No fueron pocas las que decidieron de acercarse a los derrotados sin temor alguno, y fuimos testigos incrédulos de una escena que preanunciaba lo que se nos venia encima en el futuro. De entrada, comenzaron a revisarles los ojos, que eran mucho más claros que los nuestros, y esto parecía que las excitaban aún más. Les acariciaron las largas y renegridas colas de cabello detrás de sus nucas; les controlaron y contaron los dientes, luego estiraron orejas, apretaron narices y tocaron, casi con temor, sus ombligos; comprobaron la dureza de los músculos de brazos y piernas; se aseguraron de que los dedos de pies y manos fuesen diez, el largor de las uñas, y finalmente les palparon las sagradas armas de guerreros. Estaban satisfechas por lo visto. Las muy traidoras. Luego de lo que habíamos hecho por ellas. Fueron falsas y aprovechadoras cuando nos vendieron los rollos de soga con las puntas escondidas. Ganaron con el peso de los mismos porque no especificamos que tenían que ser todos del mismo tamaño; para fabricarlas usaban material de pésima calidad; nos engañaban con el peso de la carne. Usaron una magia incomprensible para derrotarnos. Encima, en esta última batalla, no habían sido pocos los guerreros nuestros que dejaron los huesos quietos para siempre sobre la tierra amarilla de la ciudad de... ¡ellas! Así nos pagaban, con la ingratitud. 

domingo

                                                               Antropología Fantástica 36
La perversidad de ellas llegó al límite cuando comenzaron a extraer esos artilugios incomprensibles y pestíferos de los bultos que introdujeron en nuestra ciudad. Podían habernos exterminados cuando lo hubiesen querido. Aluna, abriéndose paso en medio de la excitación de mis camaradas que tocaban las maderas y estiraban las cuerdas, se acercó y me miró. Daba la impresión de que no sabía qué hacer conmigo. Traía entre sus manos uno de esos artefactos. «Vení para acá, pez en contracorriente» ―me dijo. Mirá cómo se hace. Luego apoyó esa varita sobre la cuerda, la estiró curvando al máximo la madera y disparó hacia lo alto, hacia las nubes blancas, una astilla que desapareció. «Prueba tú».  No recordaba cómo lo había hecho, así que traté de apoyar sobre la cuerda la punta afiladísima del palito, pero antes de que me digiera algo lo di vuelta porque fue evidente que así no se disparaba: no podía engancharse…, y lancé yo también una flecha que fue mucho más lejos que la suya, como debía ser. Después de todo no era tan difícil aprender a usarlos. Vi con sorpresa a más de uno de mis conmilitones que daban la impresión de conocerlos desde siempre, a otros que, asombrados, observaban la cantidad de flechas que las hembras habían introducido a escondidas dentro de nuestra ciudad. ¡Era increíble! ¿Cómo podíamos confiar en ellas? En poco tiempo de aprendizaje mi compañía y las otras que componían mi unidad, La Gloriosa de Piedra, lanzó infinidad de flechas al cielo. A un amplio ¡Oh! de admiración por los tiros, le siguió un desbande y gritos de espanto cuando vimos que, regresando, se nos venían encima. Ahí comprobamos la eficiencia de nuestros cascos de tres cueros, ya que las flechas no pudieron hacer mayor daño a las cabezas de los pocos y desafortunados camaradas que recibieron una: no lograron traspasarlos del todo. Luego de otra ejercitación en la cual aprendimos a no temerles y a esquivarlas, nuestro amado caudillo, con el rostro satisfecho, nos llamó para ocupar nuestros puestos en la muralla. También se treparon ellas, porque después de todo, además de que teníamos que respetar el pacto, sabían manejar mejor que nosotros esas armas. Y así, en una fila de guerreros dentro de la cual cada tanto se introducían a la fuerza, nos asomamos sobre el pretil para ver mejor los tres emisarios del enemigo. Del camarada que los había tenido siempre bajo control, nuestro principal se enteró de que, desde cuando llegaron no pararon de hablar. Especialmente el del centro. En una lengua desconocida. Y lo seguía haciendo, exactamente igual a nuestro caudillo cuando nos arengaba, mostrando un pecho duro e inflado, pero aquel envuelto en pieles. Era evidente de que estaba muy irritado por la espera. Llevaba un casco de cuero semejante a los nuestros, sus pies estaban envueltos también en cuero y en su espalda le colgaba una madera, coloreada y redonda junto a su lanza. Por lo visto había sido él que arrojó su maza, ya que era al único de los tres a quien le faltaba.  Su cuadrúpedo, que como los nuestros sólo tenía anudada la nariz con una soga, parecía tan feroz como su jinete. Caracoleaba, tiraba patadas y gritaba en su idioma. También ellos los mantendrían siempre indómitos mediante los ululupis, ya que sentíamos, detrás de las filas, sus continuas amenazas.  Su dueño, entonces, sin parar de hablar, señaló con una y otra mano la vastedad de su ejército. Luego indicó a mi amado principal, a su ayudante y a sus segundos, dando a entender que los aplastaría de un golpe, dentro de la palma de su mano. Varias veces. ¡Qué soberbio!  Los gestos que hizo después convencieron a mi principal de que Alarfa tenía razón: venían por nuestras hembras. Las señaló con su dedo musculoso, una por una, con mucha atención, ya que estaban mezcladas con nosotros sobre nuestra muralla, como si las eligiera, especialmente a mi Aluna, sobre la cual detuvo su mirada por más tiempo. Está de más decir que mi vista se nubló de rojo. Hasta me pareció ver nubes violetas que descargaban sus furias sobre la tierra, y estuve a punto de saltar desde esa altura si no fuera que mi disciplina me lo impedía: tendría que pasar sobre mis huesos inmóviles si osaba acercarse a ella.  Después cerró y abrió, muchas veces, los dedos de sus manos para comunicarnos la cantidad que necesitaban. ¡Son demasiadas! ¿Qué haremos nosotros?, alcancé a escuchar. Luego esperó muy tranquilo, al contrario de su cuadrúpedo que continuaba a pararse en dos patas. Eran tantos y feroces me dije. Como nosotros que no éramos de menos. Nuestra victoria no sería fácil. La fortuna de las armas podía estar de uno o del otro lado, y teníamos que prepararnos a lo peor, aun sabedores de que nos protegía nuestra muralla y un arma nueva. Los sacerdotes guerreros, al igual que nuestros jefes, tenían razón: el perverso adversario existía y los teníamos delante de nuestras narices. También nos decían que éramos los únicos sobre esta tierra, siempre distintos al enemigo, por supuesto, ya que fuimos capaces de construir un campamento rodeado de muralla, pero no era así, no obstante aquellos anduvieran sin un lugar fijo. También que el enemigo era horrendo. Que tenían un solo ojo, que eran altos como dos de nosotros, uno arriba del otro y comían sus propias carnes, pero desde que estaban ahí, gritando y amenazando, tuvimos el tiempo necesario para observarlos mejor, y eran muy pocas las diferencias. Talvez un poco más pálidos, pero con dos ojos y dos manos. Fue entonces que, otra vez, las cosas se hicieron aún más complicadas. El escriba de nuestro amado tuerto le preguntó si había visto ese pedazo de tela, que, con un palo uno de los emisarios había tenido en su mano continuamente. Estaba hecha jirones, pero todavía se podía ver la imagen desteñida de dos lanzas cruzadas y un puñal en el centro. Nuestro principal contestó que sí, que la había visto; desde cuando llegó. Uno de los sacerdotes guerreros, que siempre andaba detrás de él, le dijo que era imposible, que éramos los únicos a poblar esta tierra a pesar del parecido entre ellos y nosotros; que los dioses no lo habrían permitido; que era una herejía; que eran monstruos surgidos del infierno. Con grande coraje y parsimonia nuestro venerado tuerto le pidió que se callara porque las cosas eran evidentes: ese estandarte, si bien antiquísimo y maltrecho, era igual al estandarte del ejército de expedición que diez principales atrás salió en busca del enemigo y nunca más volvió. Toda la preparación, los pertrechos, los nombres de los intrépidos y la fecha de partida quedó minuciosamente registrado en un antiguo pergamino. Sé que jamás lo ha consultado, venerable sacerdote, pero está ahí, a disposición de todos. Entonces, el sacerdote guerrero, molesto por ser llamado al silencio, hinchando su pecho le respondió que, si era así, por qué no le entendíamos lo que decía. «Porque todo cambia, venerable sacerdote ―respondió nuestro sabio comandante con palabras incomprensibles para mí.

viernes

                                                                Antropología Fantástica 35

Era bochornoso lo que escuchábamos, pero aun así alguien tuvo el coraje de contestar con altivez: «Y si nos negamos, ¿qué harán ustedes?» Pasaron unos momentos de silencio absoluto. Alarfa, con su solo ojo nos miraba desde lo alto de nuestra gloriosa muralla. Sentíamos su desprecio. Apretó sus labios sacudiendo lentamente la cabeza, y dijo palabras incomprensibles para mí en aquellos tiempos. «Vuestra obcecación es proverbial. Vivís de la violencia, del odio, de la envidia, de la traición, de la avidez que destruirá en los años a venir todo. Sin embargo, en vuestro masculino extravío, incomprensiblemente, habéis sido capaces de construir esta inmensa muralla, que, si por acaso no lo sabéis, y estoy segura de que no, es espectacular, majestuosa; también daros leyes de comportamiento elemental, aunque sean sólo para codificar el honor, el coraje y todas esas estupideces; mandar expediciones al exterminio con el solo fin de saber qué hay más allá. Pero esto, en comparación, no es nada de frente al estupor, al desconcierto que nos ha causado ver cómo ha surgido eso que llaman en manera arcaica relato, a cuyas representaciones iremos, por derecho adquirido, pero no actuaremos. Estoy de acuerdo con algunos de vosotros, porque correríamos peligro al andar desnudas sobre el escenario como lo hace más de uno de los actores. Es vergonzoso... Y si vosotros no aceptáis nuestras condiciones, bueno... ―y se dio vuelta para mirar al enemigo. Podríamos pasar a ellos. Por lo que veo son mucho más aseados y ordenados. Hasta se recogen el cabello detrás, no como el vuestro, desgreñado, sucio y duro como paja».   ¡Oh, dioses!, me dije. ¡Qué culpa sin saber nos hemos buscado! ¿Por qué esta afrenta? ¡Quieren imponer sus leyes! Más de una ya se mezclaba irrespetuosamente dentro de nuestras filas, empujando y a golpes de codo para poder ver mejor a su bruja tuerta, allá, en lo alto, sobre nuestra sagrada muralla. Si se permitían hacerlo cuando todavía no habíamos decidido nada, ¿cómo sería en el posible caso de que hubiéramos dicho que sí? Entonces, olfateando el peligro inminente grité con toda mi voz: ¡Noo! ¡No aceptamos!    ¡Preferimos mor...! y antes de que terminara mi indignada respuesta, alguien, a mis espaldas, me dio un tremendo puntapié en los tobillos. «¡Por todos los dioses! ¡Cállate, pedazo de tripas hediondas con patas! ¡Es una tratativa seria! ¡Está en juego nuestro futuro como lo ha dicho el principal! Si ellas se van con el enemigo, ¿qué hacemos? ¿Lo entiendes o no, bruto?»  ―me susurró con rabia, para luego abandonarme en el medio de un claro producido por el paulatino distanciarse de mis camaradas. Y así, solo pero fiero, descubrí que mi Aluna me miraba con una infinita tristeza. También ella, como Alarfa lo había hecho antes, cerró sus labios mientras sacudía resignada la cabeza. Oh, dioses, dueños y señores de los cielos de piedra celeste, de las blancas nubes informes que raptan, de las otras, las violetas que nos enloquecen, de los mares sin fondo, relámpagos enceguecedores, rayos mortíferos y tierras sin fin que aterrorizan. ¿Qué he hecho de mal? ¿Por qué han puesto a Aluna y a mi amada y protectora ciudad al mismo tiempo?   «No tome en cuenta, hembra Alarfa, lo dicho por el guerrero Akadama ―gritó probablemente el que me pateó. Es un tarambana que no ha hecho otra cosa que decir estupideces, como por ejemplo andar afirmando que el enemigo no existía y recibir los más que justificados palos como castigo. Le han dado tantos que su cabeza no le funciona muy bien.  Yo estoy de acuerdo con la propuesta de la hembra Alarfa ―agregó. Que levanten la mano los que están conmigo». No quise ni ver ni sentir, pero mi desazón fue total cuando vi el rostro sonriente de satisfacción de mi amado principal tuerto, el corajudo. ¡También él estaba de acuerdo con los demás! Se disponía a contar las manos, pero no fue necesario. ¡Mayoría absoluta! ―gritó. Y fue en ese preciso y doloroso momento que moqueé por primera vez.

jueves

                                                                 Antropología Fantástica 34
Desde la atalaya había observado nuevamente la larguísima fila de enemigos que ahora estaban más cercanos. No habían dejado piedra sobre piedra, y detrás se perfilaban todavía más guerreros. Cerrando las filas venían animales cargados, niños, ancianos... y cosa muy extraña: poquísimas hembras jóvenes.   «Principal Arkaú, me parece que se encuentra dentro de un gravísimo problema ―dijo Alarfa, muy seria. Haciendo un cálculo aproximativo serán más o menos diez contra uno. Para colmo con falta de hembras. No quisiera estar en su lugar, principal. Esa nostalgia los harán más combativos y feroces. Me gustaría saber el por qué de tan pocas hembras.  Enfermedades no creo. Pestes tampoco. Nos lavamos seguido. Somos longevas y muy a menudo, con un dolor que ustedes no pueden entender, enterramos a nuestros hijos... y a los posibles padres que ustedes llevan alegremente al matadero. Es muy probable que otro enemigo, más fuerte que estos se las hayan arreado. Es difícil su situación, principal. No quisiera estar en su lugar» ―terminó diciendo Alarfa, esforzando la vista para distinguir mejor los tres caballeros guerreros que se habían despegado de la multitud y se acercaban a la muralla, agregando; «¿Ha visto lo que llevan en un brazo, principal?»  «Sí. ¿Qué es esa... madera redonda?» ―preguntó nuestro caudillo.   «Escudos» ―respondió Alarfa.   «¿Escudos? ¿Y para qué sirven?»    «Para detener los golpes. De lanza y de esas mazas que llevan colgando de la cintura».   «¡Cobardes! ¡Rehúyen el combate cuerpo a cuerpo!»  ―respondió indignado nuestro comandante.   De repente, Alarfa dijo algo extrañísimo que nos hizo sospechar que ese demonio tuerto escuchaba lo que pensaba nuestro principal. Le preguntó si estaba pensando lo mismo que ella, a lo que nuestro caudillo contestó con palabras aún más increíbles e enigmáticas. Le dijo que sí, que estaba pensando lo mismo, e inmediatamente añadió; «¿A qué precio?»  Miré a mi camarada y comprobé que se encontraba más desorientado que yo al escuchar, en momentos tan graves, las condiciones de compraventa de vaya saber qué cosa.  Alarfa se le acercó y comenzó a enumerar a baja voz la mercadería que vendía, o que compraba, con los dedos de la mano. Oh, dioses de los cielos de piedra celeste ―exclamé en esos momentos―, ¿por qué todo era cada vez más complicado? Deseé vehemente volver atrás en el tiempo,emente complicado? Duisieraal mataderorañarentario que no disminuirte  cuando creía que el enemigo no existía y no llegaba nunca. Esperé con el corazón a punto de estallar que nuestro amado caudillo no se humillara, que no se dejara embaucar otra vez por esa hechicera vendiendo, o quizás comprando vaya a saber qué cosa inútil. Sin embargo, a tratativa terminada, nuestro principal no tenía el aspecto de un guerrero a quien se le había obligado a hacer algo por la fuerza. Todo lo contrario. Había recuperado su porte erguido. Se lo veía muy serio, se diría satisfecho, al igual que la tuerta. Súbito ordenó que sonaran los cuernos a silencio, y desde nuestra muralla nos informó que el enemigo ―y se dio vuelta para observarlo―, además de ser diez veces más que nosotros, poseía armas nuevas; que lo más probable era que venían en busca de hembras, y este particular, como lo sabíamos por experiencia propia, los volverían muy feroces; que las posibilidades de que fuésemos derrotados eran muy, pero muy altas, mas no todo estaba perdido. Había una solución que muy a su pesar estaba en manos de las hembras, por eso la decisión final correspondía a nosotros. Sería una elección dolorosa de parte nuestra, pero teníamos que tener presente que con ella se jugaba nuestra existencia de guerreros. Hizo silencio para ver nuestra reacción, y al ver nuestras caras desorientadas, prosiguió. Como es tan crucial la decisión y todo depende de que vosotros la aceptéis o no, no seré yo en detallarla porque soy consciente de que puedo influir en vuestra libre elección. Será Alarfa quien les dirá de qué se trata.  «La cuestión es simple, guerreros» ―inició esta, pero el vigía que controlaba a los tres emisarios de repente gritó, «¡cuidado, mi principal!» ―y sobre la cabeza de nuestro héroe pasó zumbando una maza. Debido a su increíble rapidez de reflejos, se había dado vuelta al instante, sin demostrar ni temor o sorpresa por el objeto, y al igual que nosotros, la observó cómo terminaba su carrera detrás de las filas, levantando una polvareda amarilla al estrellarse.  «Seré veloz ―continuó Alarfa―, porque los que están ahí afuera tienen urgencia. Nosotras sabemos construir y usar el arco y la flecha. Las flechas son esas cosas que vosotros llamáis astillas que hacen mal. Los que están ahí afuera las desconocen, y por eso serán presa fácil, y como vosotros también ellos pedirán una tregua, o quizás el sometimiento total».   «¿Y en cambio, ustedes, que piden?» ―se sintió decir casi al unísono. Fue ahí que entendí lo que secretamente vendían y compraban momentos antes esos dos tuertos.   «Estar adentro de las murallas ―contestó Alarfa―, cosa que ya hicimos y es irreversible, porque el pacto anterior lo permitía. Segundo: ya que será largo el asedio, nosotras elegiremos con quién vivir, no vosotros».   «Me parece justo ―gritó un guerrero. Pueden elegir a voluntad, siempre y cuando continuemos a dormir en las tiendas, con cuatro o cinco hembras para cada uno, en lugar de los cuatro o cinco camaradas que nos tocaban».   «¡Ni lo sueñen! Una hembra y un macho ―respondió severa―, y solos. Nada más. Y no en tiendas. En chozas de piedra, barro y paja que vosotros construiréis y que nosotras mantendremos limpias; con un baño afuera, y no un agujero como lo han hecho hasta ahora, al aire libre».    «¡¿Quééé!?  ―fue la respuesta que voló de una punta a la otra sobre nuestras cabezas. ¿Pretenden que usemos nuestras propias manos, que ensuciemos nuestras manos que sólo conocen el uso y cuidado de las armas, para construir chozas y…? ¿cómo llaman a esos cagaderos…?»  «Baños» ―aclaró otro guerrero con desprecio.  «Y no sólo eso ―rebatió Alarfa. De aquí en adelante seremos nosotras las que decidirán cuándo y cómo nuestros hijos serán enrolados en el ejército, después de que hayan aprendido a leer y escribir. Y seréis vosotros que procuraréis la comida. No nosotras. Entre combate y combate tendréis que salir a cazar y a pescar. No tenemos nada en contra de vuestras guerras, imaginarias o no, con tal de que traigan cosas útiles; tesoros, esclavos, comida, y no esas piedras que cayeron del cielo y no sirven para nada, como tampoco otra como esa pobre antropomorfa que se parece en algo a nosotras, y encima preñada».  

miércoles


Peces de plata, flexuosas criaturas de agua

sin escamas, resbalosas figuras huidizas

cruzan el aire de esta pecera de páginas

en busca del espacio que dejan las frases

incompletas de todos los libros del mar.

Son las palabras que faltan y flotan

cuando entiendes lo que no se dijo.

Peces de Egipto, delfines de Grecia,

vertebrados familiares, aunque fósiles

con sus escalas de espinas-fonemas

en el único idioma de los poemas,

con crestas, aletas para un rumbo

que conocen sólo los instintos marinos.

Peces de plata al origen del mundo,

palabras acuáticas y anfibios precoces,

salta el salmón y se vuelve gaviota,

punto y aparte, se da vuelta la hoja.

¿Quién sabe el idioma de los pájaros-peces?

¿Cuánto le faltará al Martín Pescador

para volver a ser pez y atrapar la libélula

de un salto del agua hasta el cielo que ahoga?

El Viejo y el Mar y un esqueleto de sueños,

la inmensa ballena, pesadilla de  Ahab,

criaturas horrendas en los abismos de Nemo,

cardumenes que en sus bailes alocados

dan el sentido a las letras en las páginas

de todos los diarios, novelas, poemas

de viejos marineros que, si aún no están,

todavía respiran y otean el horizonte salado.




martes

                                                                 Antropología Fantástica 33
Le susurró algo al oído que, Alarfa, con fastidio, o con desgano, decidió hacer. Se llevó la del naciente hasta el borde inferior de su sayo, y lo aferró para levantarlo, pero cuando vio los ojos desmesuradamente abiertos de nuestro principal y luego los nuestros por lo que íbamos a ver, lo dejó caer, y en su lugar colocó su palma abierta sobre la tela basta que cubría su tesoro ya viejo. La otra, luego de ponerla vertical y de un momento de indecisión, finalmente se la llevó hacia la ubre del naciente, cubriéndosela. Y juró, por fin, para alivio de nuestro principal y de nosotros, con las mismas palabras. Nuestro caudillo estaba radiante después de esa ceremonia que pareció terminar mal. «Bien, bien, hembra; creo que hemos dado un paso que dignifica a ambas partes» ―exclamó nuestro tuerto.   «¡Alarfa! ―contestó agresiva ella. ¡A lar fa!» «¡Oh, sí! Me olvidaba. Le pido sinceramente que me perdone, hembra Alarfa. Bueno... ya que hemos logrado establecer una comunicación más fluida y limadas ciertas asperezas, ¿no podría enseñarme cómo hacen para arrojar esas astillas que causan tanto daño?» ―preguntó nuestro caudillo, señalándose el ojo herido.  «¡Ni muerta!» ―le respondió la engreída.  Y ahí se vio la grandeza de nuestro caudillo. No demostró ningún gesto de contrariedad, o de odio por el rechazo vil. Al contrario; respiró hondo, resignado.   «Comprendo. Son las prerrogativas de los vencedores» ―añadió con dignidad.  «¡Las vencedoras!» ―respondió esa soberbia. ¡Qué descaro! ¡Qué vil afrenta! Impotente deseé que el cielo de piedra celeste se desplomara, que un rayo dejara seca y negra a esa hembra soberbia. Y por un momento creí que los dioses, recapacitando, me hubiesen oído porque sonó furioso el cuerno, mejor dicho, los cuernos, en toda la muralla que da a la ciudad de ellas. Nuevamente nuestro amado tuerto dio muestra de su sabiduría guerrera. Abandonó la gentileza de caballero para transformarse inmediatamente en un formidable conductor, ansioso por iniciar el combate y decidido a ganarlo. «¿Qué sucede, vigía?» ―le gritó al de la atalaya de la puerta mientras su segundo le alcanzaba su lanza. «¡Son incontables, mi principal! ¡Sobre cuadrúpedos y a pie! ¡Han comenzado a arrasar la ciudad de las hembras! ¡Dentro de poco los tendremos en el portón!» ―respondió el vigía aterrorizado―, continuando a soplar dentro del cuerno, con más ímpetu. Inmediatamente nos trepamos a la muralla con nuestro caudillo tuerto a la cabeza... ¡y detrás Alarfa y sus secuaces! ¡Pies de hembras sobre nuestros antiquísimos ladrillos!  Era increíble. Inconcebible. Entonces creí comprender el sentido de aquella historia. ¡El demonio que nos ayudaba eran ellas! ¡Pero quién era capaz de desentrañar el designio de los dioses! Nuestro principal, luego de unos momentos aguzando la vista en dirección de aquella fila interminable de figuras pequeñísimas, exclamó triunfal. «¡Son guerreros! ¡Son guerreros enemigos! ¡Por fin! ¡La verdad de su existencia finalmente se desvela! ¡Jamás he dudado! De otra manera a nada serviría mi grado de comandante y años de estudio del arte militar.  ¡El enemigo se acerca! ¡Guerreros, a sus puestos!» Viéndolo allá arriba, en nuestra sagrada muralla, mis dudas desvanecieron. ¡Qué equivocado estaba yo! Él era nuestro caudillo a quien amábamos, respetábamos y seguiríamos obedientes, así nos llevara hasta el fin de la tierra, y entonces, en aquellos graves momentos, lo fue más que nunca porque el enemigo existía, así como existía él. Descendí de la muralla en orden, y luego de recibir las órdenes de mi superior inmediato la volví a subir, aún con más fervor. La defensa comenzaba a partir de esa muralla.  Era ahí donde esperaríamos el golpe de ariete del odiado adversario que por fin llegaba, no en la otra que daba al mar y a las montañas. Estábamos pronto, crispadas las manos que aferraban la lanza, atento el ojo, en buen equilibrio nuestros cuerpos, en ordenada fila sobre nuestra muralla… y aguardábamos, con los dientes apretados. La única que parecía ignorar el inminente peligro era Alarfa. Se había puesto a silbar y a gritar al resto de hembras amedrentadas que comenzaron a amontonarse a los pies de la muralla esperando recibir sus órdenes, aterrorizadas por la polvareda y el griterío que veían y oían a sus espaldas. «¡Los mocosos y las preñadas primero!» ―gritaba la vieja Alarfa, como si mocosos y preñadas sirvieran de algún modo para la defensa. «¡Luego las abuelas y las enfermas! ¡Después los enseres si los animales dan problemas! ¡De estos traigan solamente las crías, las que entren en sus brazos! ¡Espanten a los más grandes! ¡Mándenlos a pastorear!  ¡Salven las vasijas y las hierbas para hacer ofrendas! ¡Las ramas y cuerdas... para... bueno, ya saben! ¡Todas adentro, rápido!»    «¡¿Cómo todas adentro?!» ―gritó indignado un guerrero.   «¿Qué, eres sordo tu? ―contestó altiva Alarfa. ¿No has escuchado que en la negociación quedó bien claro que podemos entrar y salir cuando queramos?»     «Es así, guerrero. Como lo dice esta hembra... la hembra Alarfa. Discúlpeme otra vez. Los pactos hay que respetarlos» ―dijo nuestro amado tuerto, dirigiéndose con severidad y con evidentes gestos de preocupación al insolente, volviendo de pasar revista. Mientras observaba toda esa multitud de espantadas hembras que entraban en nuestra ciudad al galope, se había llevado las manos detrás y caminaba con una leve curvatura de su cuerpo hacia adelante, cosa que jamás le habíamos visto. Y menos en la inminencia de un combate, en los cuales sobresalía su cabeza impávida y su pecho inflado y casi de piedra. En aquellos aciagos momentos fue preocupante.

domingo

                                                             Antropología Fantástica 32
Nuestro principal buscó la ayuda de su segundo, y éste, al oído, le aclaró que eran esos roedores orejudos. «¡Ah! Entiendo ―contestó luego de escucharlo, añadiendo con gentileza; ¿Sólo eso?» Con satisfacción comprobamos que Alarfa había perdido por primera vez su agresividad. La veíamos evidentemente desorientada. No se había preparado para exigir más como conviene hacerlo en vista de una tratativa tan importante. La pregunta “¿Sólo eso?” la tomó de sorpresa. Además del pedido de que las dejáramos en paz, ¿qué otra cosa podía exigir si por ingenuidad jamás sospechó que podía hacerlo? Desconocía la trama enrevesada del arte diplomático, hecha de “dame que doy” sobre la cual nuestro jefe caminaba tan a sus anchas. Entonces miró con su único ojo a mi Aluna, que estaba a su lado, como consejera. Tampoco ella no sabía qué pedir. De consecuencia las dos se dieron vuelta en busca de alguna exigencia que a sus secuaces se les hubiera podido ocurrir. Parecía que también aquellas estaban desprovistas, pero, luego de una rápida consultación, finalmente se adelantó una y se lo confió en secreto. Después de oírla, Alarfa, recuperando su agresividad respondió, «¡No! ¡No sólo eso! ¡Hay más! También queremos ir al relato; circular libremente por la ciudad. Cuándo y cómo queramos. Para vender nuestros productos al por menor, para divertirnos».   «¿Algo más?» ―preguntó nuestro principal con una sonrisa que sacó de quicio a Alarfa. No había duda de que le dolía profundamente su ignorancia respecto a una negociación. Con esta inesperada experiencia aprendería que, además del objetivo principal, se pueden exigir hasta cosas absurdas para ir cediendo de a poco. En nuestros pergaminos memoriosos que narraban nuestras eternas luchas fratricidas, hubo casos en los cuales se conseguían ambos. Seguramente que la vieja, la próxima vez, confeccionaría una larguísima lista…, si se presentaría la ocasión de una segunda tratativa. Entonces gritó furiosa: «¡No, nada más…! ¡Y basta de repetir ¿Algo más? ¿Sólo eso? Entiendo.  ¡Bien, bien! y ¡Ah, Ah, Ah!»     «Bien, bien ―respondió sin perder la calma nuestro amado tuerto. Pero antes de jurar sobre este pacto, ¿tendría la bondad de decirme cómo deberá ser nuestro comportamiento en la noche del astro de leche, estimada hembra?»  Alarfa estaba por explotar, y aulló, «¡Que no vengan al galope como “equinos”! (inmediatamente no supimos qué animales eran esta vez, pero “al galope” fue revelador), que se saquen los cascos de las cabezas; sin lanzas ni puñales, que se laven antes, que se corten los pelos y las uñas, que coman hierbas aromáticas para el mal aliento, que no derriben las puertas a patadas, que hagan sus necesidades lejos de las chozas, y que no se emborrachen antes…»  «¡Y que nos llamen con nuestros nombres!» ―agregó una de sus secuaces, desde el fondo. «¡Sí! ¡También eso!» ―añadió Alarfa.   «Bueno, creo que son justas las condiciones» ―respondió nuestro amado principal con una cierta condescendencia y velada picardía, “el tuerto corajudo” para nosotros de ahí en adelante. Como nosotros también él se percató de que estaban exigiendo una insignificancia. Que nos presentáramos con una cierta urbanidad en la noche del astro de leche; que tuviéramos que soportarlas a nuestro lado mientras concurríamos al relato, y oírlas gritar como harpías por nuestras calles vendiendo sus productos no era para nada traumático.  «Bien, bien. Por lo visto y oído creo que no son necesarios estos documentos, toda esta burocracia inútil» ―prosiguió nuestro caudillo, señalando el pergamino a medio iniciar, también casi con desprecio, como lo había señalado la otra.  «¡Para nada!» ―respondió fiera Alarfa.  Entonces, nuestro amado principal, nuestro tuerto corajudo, nuestro caudillo ejemplar, se dispuso a cumplir uno de los ritos que más apreciábamos, así fuera cuando éramos derrotados o cuando nos alzábamos con la victoria: el juramento solemne. Primero carraspeó, se puso rígido, luego alzó su mano del poniente, y con la del naciente levantó el cuero que las protegían, dejando bien a la vista sus sagradas armas. Al mismo tiempo que se las cubría con la palma exclamó con voz firme. “Juro por lo más sagrado y por todos los dioses, honorar, respetar y mantener este pacto”. El primer acto se había cumplido en un silencio total. Ni viento de dioses ni respiro de guerrero se oyó. El cielo de piedra celeste era todavía más transparente. Estaba seguro de que más de uno de mis camaradas se había emocionado al escuchar tan noble y viril promesa. Satisfechos esperamos la contraparte, el juramento de ella… Pasaba el tiempo y nada sucedía. Era bochornosa la espera… ¿Para cuándo?  ¿Es que nos querían humillar nuevamente al hacernos jurar solamente a nosotros? Alarfa miraba a nuestro amado tuerto de los pies a la cabeza, que continuaba tieso con sus dos manos en posiciones sagradas. Lo observaba con su único ojo, desorientada. Entonces mi Aluna, mi soñada Aluna, talvez soplada por los dioses, se dio cuenta de lo que faltaba.

viernes


A través del aumento del microscopio

también se observan crímenes y dramas.

Hay una célula hipócrita que merodeando

está preparando una emboscada vil.

Su víctima es una inerme gota de plasma

que vibra, se desplaza, parece feliz.

Se le acerca la muy malvada y le habla,

talvez le promete felicidad y amor eterno,

pero de golpe ¡glup! sin compasión alguna,

se la traga, y de dos que eran,

ahora solo queda una, pero no muy lejos…

otra más grande se asoma.


jueves

                                                                 Antropología Fantástica 31

El firmamento, lentamente, tornaba a ser de piedra celeste. Sus tremendas nubes violetas ya no estaban, y en su lugar, de a poco y perezosamente corrían las blancas, hacia las tierras ignotas llevándose el odio y el furor, mas no la vergüenza. El cielo volvía a estar ahí, y por lo visto no cayó cuando Alarfa y sus secuaces cruzaron, por primera vez y causándonos una profunda angustia, el portón de nuestra incólume e invicta ciudad hasta no hacía tanto. El astro mayor calentaba de nuevo nuestras cabezas que no nos atrevíamos a levantar para mirarlas mientras estábamos en formación. La humillación fue tremenda, insoportable. No osábamos mirarnos entre nosotros luego del nefasto anuncio de nuestro principal, y, al principio, no queríamos armar ninguna parada para recibirlas con los honores debidos, pero nuestro caudillo, primero con buenas palabras, adaptas a tal trágica situación, y luego, al ver nuestra reticencia, amenazándonos con sus fusta, nos obligó, antes que nada a cepillarnos mutuamente las pieles de cuadrúpedos que cubrían nuestras espaldas; acomodarnos más o menos los pelos luego de liberarlos de ramas, hojas, tierra y algunos insectos; limpiarnos las caras y después, con órdenes que le costaba pronunciar, a colocarnos en fila dentro de perfectos cuadrados. Lo hicimos, como podrán comprender, de mala gana, pero volvimos a considerarlo un grandísimo jefe, ya que fue la primera vez que nos llamó con el apelativo “conmilitones”: varones unidos por un destino común, sin distinción de categorías, no ya guerreros, o bestias, o tripas hediondas sobre dos patas como solía gritarnos. «Conmilitones ―exclamó, la dignidad antes que nada de frente al azar de la fortuna de las armas. Demostrémosles nuestra integridad. Esta ha sido una batalla perdida, no la guerra. Compórtense en consecuencia, altivos aun en la mala suerte».    Confiábamos ciegamente en nuestro principal, pero no sabíamos que pretenderían esas endemoniadas. Esto nos llevaba a creer que sería una tratativa difícil entre esos dos tuertos. Nuestro caudillo, que además de corajudo era franco y sincero, cuando vencía o cuando perdía, había acumulado sobre la tabla de las negociaciones un montón de pergaminos de piel. Sabíamos que eran los reglamentos de la ciudad de los guerreros. Sin duda los colocaba a la vista para demostrarles a esas atrevidas que teníamos nuestra memoria, leyes escritas, ordenadas y catalogadas; no como ellas que, si bien sabían leer y escribir, jamás se les ocurrió hacer algo parecido. Una manera para ostentar nuestra superioridad y rectitud, sin importar que fuimos nosotros los que solicitamos una tregua. El tintero y la pluma estaban ahí, sobre una tabla, junto a un pergamino en blanco, ya listo para registrar oficialmente las cláusulas de la tregua, sobre el cual el escriba ya comenzaba a trazar signos incomprensibles para mí, al mismo tiempo que los traducía en voz: “Aquí, en nuestra ciudad, fundada al mismo tiempo que nuestro astro mayor...” pero se vio obligado a detenerse abruptamente, sobresaltado por la insolente interrupción de Alarfa que comenzó a vociferar; «¡Sólo queremos que nos dejen en paz!» ―mientras lo miraba con su único ojo, que era todavía más feroz.  «¿Cómo ha dicho, hembra?» ―preguntó gentilmente nuestro principal sin perder la calma, muy a nuestro pesar también tuerto. «¡No necesitamos tanta escritura! ¡Sólo queremos que nos dejen en paz! ¿Para qué tantos cueros, tanta tinta?» ―preguntó con fastidio Alarfa.   «¿En paz, hembra?  ¿Y cuándo fue que no las hemos dejado en paz? ¿Talvez durante las tratativas comerciales?» ―respondió irónico nuestro principal, recordando muy bien sus pasadas e infames triquiñuelas. Debido a la tirantez de la piel vendada, estaba obligado a desviar levemente su cabeza, dando la sensación de no escuchar lo que decía, pero escuchaba y recordaba muy bien.   «¡En las noches del astro de leche!» ―respondió furibunda Alarfa.    «¡Ahh! Pero si esa es una noche de fiesta para todos» ―contestó nuestro principal paternalmente, como liberándose del temor de una humillación mayor.   «¡Para ustedes será una fiesta, que andan siempre como conejos!» ―respondió la descarada.  «¿Cómo qué...?» ―preguntó sorprendido nuestro tuerto, girando aún más la cabeza para oír mejor, como si su sordera aparente fuese real. «¡Conejos! ―repitió la atrevida. ¡Co ne jos!»

(Llegado a este punto es necesario que haga un comentario aclaratorio. Podrá parecer ofensivo, pero no logrará jamás disminuir la grandeza intelectual de nuestro caudillo, ya que no podía saberlo todo. Nosotros, la tropa, además de otros animales, u objetos, desconocíamos el nombre culto de esos roedores, y esto, por motivos obvios, era más que comprensible, pero no poco asombro nos causó que él tampoco lo supiera). 

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