miércoles

                                                                Antropología Fantástica 38
...
Esto que acabo de escribir con tanto esfuerzo, ya no sobre pieles, sino sobre vegetales, masticados y pacientemente transformados en una lámina tan blanca como la leche, es la memoria veraz de lo que sucedió hace veintidós pariciones de hembras.  Talvez algunos recuerdos ―y pido disculpas por tal posibilidad―, se hayan disueltos en mi cabeza como las nubes, que desde hace tiempo son sólo blancas y grises, ya no violetas, premonición de desastres. El mismo blanco y gris de mi barba. Para hacerlo tuve primero que ver cómo lo hacía mi Aluna. Fue duro y humillante aprender de ella. Muy humillante. Y también, para qué negarlo, asombroso, porque comencé a andar de sorpresa en sorpresa.  Ver que la “o” que digo, o grito, es igual de redonda a la que escribo, me dice que los dioses no son tan complicados. ¡Oh, prodigio del Astro Mayor, que para nuestra alegría todos los días vuelves de la negra muerte! También la “u”, que no es otra cosa que la “o” sin el asombro final. La “a” tan pacífica y amable con su estribo invitante. La “i”, una astilla que duele y aclara, como las flechas, y la “e” que ondula como las olas del mar. Los labios dan la forma justa, y si me dejo llevar por ellos son muy fáciles de hacer. No podía ser de otra manera. La ele, la eme, la ene y la ese no me causan ninguna admiración. Todo lo contrario. Además, son difíciles de dibujar. Esas letras son y serán femeninas, no como las otras que se pueden juntar con la erre, que es el sonido que todavía llevamos adentro, como cuando la ciudad era únicamente nuestra. Bruto... bribón... bravo... cretino... crinudo...  grasiento...  gruñón.  Estas eran palabras que nos mantenían siempre alerta. Confieso que a pesar de mis años todavía me trepo a mi atalaya para observar, ya no la ciudad desordenada de ellas, que dicho sea de paso ya no existe más allá de nuestra muralla pues es solo campo, sino la mía. A pesar del cataclismo causado en aquellos tiempos por la irrupción de las hembras, continúa a ser más o menos igual, sólo que las amplias chozas de adobe, piedras, ladrillos, madera y paja (y debo reconocerlo; siempre muy ordenadas y limpias), han reemplazado a nuestras amadas y elementales tiendas de campaña. Y bueno... no es que haya cambiada tanto, porque las obligamos a construir…, mejor dicho, construimos las chozas con nuestras propias manos, respetando el pacto y el antiguo trazado: en ordenados cuadrados. Así se puede ver cómo nace el astro mayor en el inicio de una calle sin que nada lo obstaculice; llega al centro de la plaza de armas para dejar paulatinamente sin sombra una estaca, y muere donde muere la calle, detrás de nuestra muralla. Lo de la estaca se le ocurrió a uno de esos sacerdotes para medir el tiempo. Para nosotros, los guerreros, fue una gran novedad que daba aún más precisión a nuestro andar sobre esta tierra inconmensurable. Nos tuvo ocupados por noches y días enteros dando y escuchando pareceres por tal prodigio: que hasta las sombras tuvieran un significado, jamás lo habíamos sospechado. Fueron tan encendidos los cambios de opiniones que por poco no se llegó a las armas. Sin embargo, a las hembras no les causó ni la más mínima impresión, porque, sin tener que ir a ver cuándo la estaca quedaba sin sombra, sabían que era tiempo de comer. Y lo mismo sucede cuando llega la noche, cuando no hay estaca que valga. Estoy seguro de que comemos siempre en el mismo momento. Los sacerdotes guerreros ya no hablan más de enemigos monstruosos que daban miedo. Y esto me preocupa. Ahora andan diciendo que no hay tantos dioses, sino uno solo, que no es otro que el astro mayor, o sol, según Aluna. Si todos estuvieran de acuerdo no habría nada que temer, pero hay otro grupo que opina lo contrario. Otra vez viejos fantasmas se agolpan en mi cabeza que todavía se niega a bajar la cerviz a pesar de la vejez. Lo único que falta es que nos enfrentemos fraternalmente por la cantidad de dioses que puede haber. Aluna dice que hablan así porque tienen todo el tiempo que quieren, ya que no deben lidiar con hembras e hijos. «¿Si hay uno, o dos, o diez? ¿Cuál es el problema, si las cosas continúan a ser y a estar como siempre han sido y estado?» ―me dice.   Sigue siendo muy soberbia mi Aluna. No entiende que estas cosas son importantes para nosotros. «Los dioses nos han elegido a nosotros, los hombres, para llevar a cabo sus designios» ―le respondo. «¿Ah, sí? ¿Y cuáles son esos… divinos designios?» ―me pregunta irónica. «Construir murallas» ―le contesto.  Y ahí, por fin, calla, porque ellas no son capaces. Me ha dado diez y seis hijos mi dulce Aluna. Todas las primaveras se aparece con uno de esos en brazos, con sus cabezas como cocos; duras, redondas y peludas, en proporción más grandes que sus cuerpecitos; ciertamente dignos de compasión, y por lo visto todavía no está satisfecha. No sé qué come, o qué bebe, para que de repente su panza se hinche. A menudo me pregunto si mis sagradas armas no tengan algo que ver con ese misterio, ya que esos renacuajos chillones salen por el mismo lugar por donde entran las mías. Los guerreros sacerdotes dicen que no, que las hembras, cuando llega el preciso momento que sólo ellas conocen, van a respirar el aire lleno de esos hombrecitos, en la cima de una colina misteriosa. Puede ser, pero mi Aluna opina que son unos ignorantes, y sobre todo… mi só gi nos; sí, esa es la palabra que usó. Difícil vocablo, por cierto. Todavía no sé el significado, y por lo visto nadie lo conoce, ni siquiera mi comandante. Cierta vez se lo pregunté a uno de los sacerdotes: me miró con desprecio y no dio respuesta alguna. Lo intenté con Aluna, y me respondió que se lo preguntara a aquellos. Sospecho que no corre buena sangre entre ella y los otros.

martes

                                                             Antropología Fantástica 37
Todo cambia. Hasta el lenguaje. Vos no sois como cuando erais niño. Ni el retoño de lo que mañana será un árbol frondoso. Ni el hilo de agua, que luego de la furia del dios que sacude la tierra será un rio impetuoso. No, mi estimado sacerdote. No lo seréis, ni lo seremos ni lo serán mientras que el dios del tiempo marque su invariable y continuo devenir, comiéndose sus propios hijos y vomitándolos distintos después.  ¡Abran el portón! ―ordenó―, que quiero parlamentar de cara a cara con ese, que sin duda es un descendiente de aquella gloriosa expedición de la cual no supimos más nada». Y descendió majestuoso sin prestar atención a la gritería de nosotros que le aconsejábamos que no lo hiciera.  Hasta alejó con un empujón, fastidiado, a su mancebo preferido que se había aferrado a su cuerpo, implorándole también de que no se expusiera. Pero las órdenes son órdenes y el pesado portón se abrió. Y fue ahí que comprobamos la diferencia de nobleza de nuestro caudillo con la de aquel bárbaro, Kraukalí. El nuestro quería llegar a un acuerdo justo, pero el otro, al ver el imbatible portón abierto, debido a su índole salvaje y calculando una fácil victoria, se dio vuelta, y con el rostro deformado ordenó a sus huestes, ¡Al ataque!
¡No lo hubiera jamás hecho! Una lluvia de flechas que oscureció el astro mayor se abatió sobre ellos. La primera en disparar fue Alarfa, que con su diabólico único ojo centró el caballo del engreído e incomprensible charlatán. Rodando, y mordiendo el polvo luego del desplome de su bestia, llegó hasta los pies de nuestro caudillo. Y ahí se quedó, humillado, desconcertado, con un pie de nuestro héroe tuerto sobre su pecho y la lanza a punto de penetrar en su garganta. Lo que siguió más allá, a pocos pasos de él y de su vencedor, sobre la tierra amarilla, fue, al principio, un griterío feroz y una inmediata persecución, luego una fácil carnicería. Al ver a su caudillo derrotado, el pánico se apoderó de ellos, y comenzaron a huir, dándonos las espaldas, pero se toparon con la propia retaguardia compuesta de niños, viejos, hembras, animales y carros. Atrapados, sin saber por dónde escapar nos imploraban piedad, pero estábamos sordos, furiosos y sedientos de sangre por tanta espera, y hundíamos y hundíamos nuestras lanzas en las carnes con facilidad pasmosa. El suelo otra vez se tiñó de rojo; chapoteábamos sobre una sangre que más de uno de nosotros hubiera preferido que se desparramara dentro de nuestra ciudad, no en la de ellas. Habría podido ser la primera vez que sangre desconocida la bañaba, y no la de camaradas. Incontenibles y sordos tajeábamos, cortábamos y penetrábamos sus carnes, quebrábamos sus huesos, manos y cabezas. La roja y humeante sangre se mezclaba con sus heces y sus orinas. No sentíamos la fatiga ni el dolor; parecía que cuando más sangre veíamos, más sangre queríamos; que, oyendo los gritos de terror de los vivos, pretendiéramos que de la misma manera lo hicieran los muertos. Todo a mi alrededor era un subir y bajar la ensangrentada mano armada. E inevitablemente llegó el cansancio, y de a poco la gritería se fue acallando, entonces nuestro jefe tuvo que amenazar con severos castigos, repetidas veces, a aquellos camaradas más sanguinarios, que continuaban a ultimar a los heridos con ahínco, a masacrar y a mutilar los muertos con ferocidad. Obedecieron de mala gana retornar a las filas, y cuando lo hicieron cada uno de ellos arrastraba los restos de un adversario por un pie, dejando detrás una estela de negra sangre. Luego volvieron a empujones los primeros prisioneros aterrorizados y milagrosamente vivos, que eran mucho más dóciles luego de la derrota que sus pocas hembras. Tuvimos que recurrir a acciones violentas y amenazas contra ellas que no podían aceptar ver a sus hombres reducidos de tal manera. Gritaban, mordían, pateaban, escupían, nos apedreaban. Las hembras son tremendas. Las desconocidas y las nuestras. A duras penas las convencimos de que sacrificaríamos a sus hijos, frente a sus propios ojos, sin ninguna piedad. Entonces, comprobando nuestra feroz intención que llevaríamos a cabo sin vacilar, ya que aferrábamos por los pelos a más de uno de sus cachorros, ya prontos a atravesarles el cogote, se calmaron. Para ultrajar sus escudos, a nuestro triunfante y sabio tuerto su séquito lo encaramó sobre uno de esos. Desde allá arriba, majestuoso, ordenó que le pasaran la lanza del derrotado, y con un formidable golpe de rodilla la quebró en dos. Luego miró a esa chusma atemorizada que dócilmente hizo lo mismo con las suyas. Después, fiero y altivo, mandó que lo bajaran y esperó, mirando al vencido. Éste se levantó, sucio de tierra amarilla, para luego arrodillarse y besar la mano que nuestro gran jefe le alargó magnánimo. Parecía que todo había terminado.
¡Oh, dioses! ¡Qué jornada gloriosa! No obstante la excitación no me abandonara, recuerdo aún que el cielo de piedra celeste era más claro que nunca. Parecía que, además de haber derrotado al pérfido enemigo, también hubiéramos alejado para siempre las odiosas nubes violetas y sus dolores. La paz finalmente llegaba, y esto, la paz que nunca habíamos experimentado, me alarmó. La de las armas, después de tanta sangre y horrores estaba entre nosotros…, pero, ¿qué nos esperaba de ahí en adelante con las hembras? Mis temores se vieron confirmados cuando nuestro caudillo, inexplicablemente, llamó a Alarfa a su lado y le dijo algo. Esa hembra soberbia le respondió que sí. Se dio vuelta, y con señas, hizo que se acercaran un montón de sus iguales e inició a explicarles algo, no muy difícil por lo visto. Las otras asintieron, entusiasmadas, mientras miraban la multitud de prisioneros, que, en pie o sentados sobre el suelo, observaban a sus alrededores sin entender, sangrantes, temerosos, talvez esperando lo peor. Pero no. !Oh, dioses! ¿Cómo osaban hacerlo? No fueron pocas las que decidieron de acercarse a los derrotados sin temor alguno, y fuimos testigos incrédulos de una escena que preanunciaba lo que se nos venia encima en el futuro. De entrada, comenzaron a revisarles los ojos, que eran mucho más claros que los nuestros, y esto parecía que las excitaban aún más. Les acariciaron las largas y renegridas colas de cabello detrás de sus nucas; les controlaron y contaron los dientes, luego estiraron orejas, apretaron narices y tocaron, casi con temor, sus ombligos; comprobaron la dureza de los músculos de brazos y piernas; se aseguraron de que los dedos de pies y manos fuesen diez, el largor de las uñas, y finalmente les palparon las sagradas armas de guerreros. Estaban satisfechas por lo visto. Las muy traidoras. Luego de lo que habíamos hecho por ellas. Fueron falsas y aprovechadoras cuando nos vendieron los rollos de soga con las puntas escondidas. Ganaron con el peso de los mismos porque no especificamos que tenían que ser todos del mismo tamaño; para fabricarlas usaban material de pésima calidad; nos engañaban con el peso de la carne. Usaron una magia incomprensible para derrotarnos. Encima, en esta última batalla, no habían sido pocos los guerreros nuestros que dejaron los huesos quietos para siempre sobre la tierra amarilla de la ciudad de... ¡ellas! Así nos pagaban, con la ingratitud. 

domingo

                                                               Antropología Fantástica 36
La perversidad de ellas llegó al límite cuando comenzaron a extraer esos artilugios incomprensibles y pestíferos de los bultos que introdujeron en nuestra ciudad. Podían habernos exterminados cuando lo hubiesen querido. Aluna, abriéndose paso en medio de la excitación de mis camaradas que tocaban las maderas y estiraban las cuerdas, se acercó y me miró. Daba la impresión de que no sabía qué hacer conmigo. Traía entre sus manos uno de esos artefactos. «Vení para acá, pez en contracorriente» ―me dijo. Mirá cómo se hace. Luego apoyó esa varita sobre la cuerda, la estiró curvando al máximo la madera y disparó hacia lo alto, hacia las nubes blancas, una astilla que desapareció. «Prueba tú».  No recordaba cómo lo había hecho, así que traté de apoyar sobre la cuerda la punta afiladísima del palito, pero antes de que me digiera algo lo di vuelta porque fue evidente que así no se disparaba: no podía engancharse…, y lancé yo también una flecha que fue mucho más lejos que la suya, como debía ser. Después de todo no era tan difícil aprender a usarlos. Vi con sorpresa a más de uno de mis conmilitones que daban la impresión de conocerlos desde siempre, a otros que, asombrados, observaban la cantidad de flechas que las hembras habían introducido a escondidas dentro de nuestra ciudad. ¡Era increíble! ¿Cómo podíamos confiar en ellas? En poco tiempo de aprendizaje mi compañía y las otras que componían mi unidad, La Gloriosa de Piedra, lanzó infinidad de flechas al cielo. A un amplio ¡Oh! de admiración por los tiros, le siguió un desbande y gritos de espanto cuando vimos que, regresando, se nos venían encima. Ahí comprobamos la eficiencia de nuestros cascos de tres cueros, ya que las flechas no pudieron hacer mayor daño a las cabezas de los pocos y desafortunados camaradas que recibieron una: no lograron traspasarlos del todo. Luego de otra ejercitación en la cual aprendimos a no temerles y a esquivarlas, nuestro amado caudillo, con el rostro satisfecho, nos llamó para ocupar nuestros puestos en la muralla. También se treparon ellas, porque después de todo, además de que teníamos que respetar el pacto, sabían manejar mejor que nosotros esas armas. Y así, en una fila de guerreros dentro de la cual cada tanto se introducían a la fuerza, nos asomamos sobre el pretil para ver mejor los tres emisarios del enemigo. Del camarada que los había tenido siempre bajo control, nuestro principal se enteró de que, desde cuando llegaron no pararon de hablar. Especialmente el del centro. En una lengua desconocida. Y lo seguía haciendo, exactamente igual a nuestro caudillo cuando nos arengaba, mostrando un pecho duro e inflado, pero aquel envuelto en pieles. Era evidente de que estaba muy irritado por la espera. Llevaba un casco de cuero semejante a los nuestros, sus pies estaban envueltos también en cuero y en su espalda le colgaba una madera, coloreada y redonda junto a su lanza. Por lo visto había sido él que arrojó su maza, ya que era al único de los tres a quien le faltaba.  Su cuadrúpedo, que como los nuestros sólo tenía anudada la nariz con una soga, parecía tan feroz como su jinete. Caracoleaba, tiraba patadas y gritaba en su idioma. También ellos los mantendrían siempre indómitos mediante los ululupis, ya que sentíamos, detrás de las filas, sus continuas amenazas.  Su dueño, entonces, sin parar de hablar, señaló con una y otra mano la vastedad de su ejército. Luego indicó a mi amado principal, a su ayudante y a sus segundos, dando a entender que los aplastaría de un golpe, dentro de la palma de su mano. Varias veces. ¡Qué soberbio!  Los gestos que hizo después convencieron a mi principal de que Alarfa tenía razón: venían por nuestras hembras. Las señaló con su dedo musculoso, una por una, con mucha atención, ya que estaban mezcladas con nosotros sobre nuestra muralla, como si las eligiera, especialmente a mi Aluna, sobre la cual detuvo su mirada por más tiempo. Está de más decir que mi vista se nubló de rojo. Hasta me pareció ver nubes violetas que descargaban sus furias sobre la tierra, y estuve a punto de saltar desde esa altura si no fuera que mi disciplina me lo impedía: tendría que pasar sobre mis huesos inmóviles si osaba acercarse a ella.  Después cerró y abrió, muchas veces, los dedos de sus manos para comunicarnos la cantidad que necesitaban. ¡Son demasiadas! ¿Qué haremos nosotros?, alcancé a escuchar. Luego esperó muy tranquilo, al contrario de su cuadrúpedo que continuaba a pararse en dos patas. Eran tantos y feroces me dije. Como nosotros que no éramos de menos. Nuestra victoria no sería fácil. La fortuna de las armas podía estar de uno o del otro lado, y teníamos que prepararnos a lo peor, aun sabedores de que nos protegía nuestra muralla y un arma nueva. Los sacerdotes guerreros, al igual que nuestros jefes, tenían razón: el perverso adversario existía y los teníamos delante de nuestras narices. También nos decían que éramos los únicos sobre esta tierra, siempre distintos al enemigo, por supuesto, ya que fuimos capaces de construir un campamento rodeado de muralla, pero no era así, no obstante aquellos anduvieran sin un lugar fijo. También que el enemigo era horrendo. Que tenían un solo ojo, que eran altos como dos de nosotros, uno arriba del otro y comían sus propias carnes, pero desde que estaban ahí, gritando y amenazando, tuvimos el tiempo necesario para observarlos mejor, y eran muy pocas las diferencias. Talvez un poco más pálidos, pero con dos ojos y dos manos. Fue entonces que, otra vez, las cosas se hicieron aún más complicadas. El escriba de nuestro amado tuerto le preguntó si había visto ese pedazo de tela, que, con un palo uno de los emisarios había tenido en su mano continuamente. Estaba hecha jirones, pero todavía se podía ver la imagen desteñida de dos lanzas cruzadas y un puñal en el centro. Nuestro principal contestó que sí, que la había visto; desde cuando llegó. Uno de los sacerdotes guerreros, que siempre andaba detrás de él, le dijo que era imposible, que éramos los únicos a poblar esta tierra a pesar del parecido entre ellos y nosotros; que los dioses no lo habrían permitido; que era una herejía; que eran monstruos surgidos del infierno. Con grande coraje y parsimonia nuestro venerado tuerto le pidió que se callara porque las cosas eran evidentes: ese estandarte, si bien antiquísimo y maltrecho, era igual al estandarte del ejército de expedición que diez principales atrás salió en busca del enemigo y nunca más volvió. Toda la preparación, los pertrechos, los nombres de los intrépidos y la fecha de partida quedó minuciosamente registrado en un antiguo pergamino. Sé que jamás lo ha consultado, venerable sacerdote, pero está ahí, a disposición de todos. Entonces, el sacerdote guerrero, molesto por ser llamado al silencio, hinchando su pecho le respondió que, si era así, por qué no le entendíamos lo que decía. «Porque todo cambia, venerable sacerdote ―respondió nuestro sabio comandante con palabras incomprensibles para mí.

viernes

                                                                Antropología Fantástica 35

Era bochornoso lo que escuchábamos, pero aun así alguien tuvo el coraje de contestar con altivez: «Y si nos negamos, ¿qué harán ustedes?» Pasaron unos momentos de silencio absoluto. Alarfa, con su solo ojo nos miraba desde lo alto de nuestra gloriosa muralla. Sentíamos su desprecio. Apretó sus labios sacudiendo lentamente la cabeza, y dijo palabras incomprensibles para mí en aquellos tiempos. «Vuestra obcecación es proverbial. Vivís de la violencia, del odio, de la envidia, de la traición, de la avidez que destruirá en los años a venir todo. Sin embargo, en vuestro masculino extravío, incomprensiblemente, habéis sido capaces de construir esta inmensa muralla, que, si por acaso no lo sabéis, y estoy segura de que no, es espectacular, majestuosa; también daros leyes de comportamiento elemental, aunque sean sólo para codificar el honor, el coraje y todas esas estupideces; mandar expediciones al exterminio con el solo fin de saber qué hay más allá. Pero esto, en comparación, no es nada de frente al estupor, al desconcierto que nos ha causado ver cómo ha surgido eso que llaman en manera arcaica relato, a cuyas representaciones iremos, por derecho adquirido, pero no actuaremos. Estoy de acuerdo con algunos de vosotros, porque correríamos peligro al andar desnudas sobre el escenario como lo hace más de uno de los actores. Es vergonzoso... Y si vosotros no aceptáis nuestras condiciones, bueno... ―y se dio vuelta para mirar al enemigo. Podríamos pasar a ellos. Por lo que veo son mucho más aseados y ordenados. Hasta se recogen el cabello detrás, no como el vuestro, desgreñado, sucio y duro como paja».   ¡Oh, dioses!, me dije. ¡Qué culpa sin saber nos hemos buscado! ¿Por qué esta afrenta? ¡Quieren imponer sus leyes! Más de una ya se mezclaba irrespetuosamente dentro de nuestras filas, empujando y a golpes de codo para poder ver mejor a su bruja tuerta, allá, en lo alto, sobre nuestra sagrada muralla. Si se permitían hacerlo cuando todavía no habíamos decidido nada, ¿cómo sería en el posible caso de que hubiéramos dicho que sí? Entonces, olfateando el peligro inminente grité con toda mi voz: ¡Noo! ¡No aceptamos!    ¡Preferimos mor...! y antes de que terminara mi indignada respuesta, alguien, a mis espaldas, me dio un tremendo puntapié en los tobillos. «¡Por todos los dioses! ¡Cállate, pedazo de tripas hediondas con patas! ¡Es una tratativa seria! ¡Está en juego nuestro futuro como lo ha dicho el principal! Si ellas se van con el enemigo, ¿qué hacemos? ¿Lo entiendes o no, bruto?»  ―me susurró con rabia, para luego abandonarme en el medio de un claro producido por el paulatino distanciarse de mis camaradas. Y así, solo pero fiero, descubrí que mi Aluna me miraba con una infinita tristeza. También ella, como Alarfa lo había hecho antes, cerró sus labios mientras sacudía resignada la cabeza. Oh, dioses, dueños y señores de los cielos de piedra celeste, de las blancas nubes informes que raptan, de las otras, las violetas que nos enloquecen, de los mares sin fondo, relámpagos enceguecedores, rayos mortíferos y tierras sin fin que aterrorizan. ¿Qué he hecho de mal? ¿Por qué han puesto a Aluna y a mi amada y protectora ciudad al mismo tiempo?   «No tome en cuenta, hembra Alarfa, lo dicho por el guerrero Akadama ―gritó probablemente el que me pateó. Es un tarambana que no ha hecho otra cosa que decir estupideces, como por ejemplo andar afirmando que el enemigo no existía y recibir los más que justificados palos como castigo. Le han dado tantos que su cabeza no le funciona muy bien.  Yo estoy de acuerdo con la propuesta de la hembra Alarfa ―agregó. Que levanten la mano los que están conmigo». No quise ni ver ni sentir, pero mi desazón fue total cuando vi el rostro sonriente de satisfacción de mi amado principal tuerto, el corajudo. ¡También él estaba de acuerdo con los demás! Se disponía a contar las manos, pero no fue necesario. ¡Mayoría absoluta! ―gritó. Y fue en ese preciso y doloroso momento que moqueé por primera vez.

jueves

                                                                 Antropología Fantástica 34
Desde la atalaya había observado nuevamente la larguísima fila de enemigos que ahora estaban más cercanos. No habían dejado piedra sobre piedra, y detrás se perfilaban todavía más guerreros. Cerrando las filas venían animales cargados, niños, ancianos... y cosa muy extraña: poquísimas hembras jóvenes.   «Principal Arkaú, me parece que se encuentra dentro de un gravísimo problema ―dijo Alarfa, muy seria. Haciendo un cálculo aproximativo serán más o menos diez contra uno. Para colmo con falta de hembras. No quisiera estar en su lugar, principal. Esa nostalgia los harán más combativos y feroces. Me gustaría saber el por qué de tan pocas hembras.  Enfermedades no creo. Pestes tampoco. Nos lavamos seguido. Somos longevas y muy a menudo, con un dolor que ustedes no pueden entender, enterramos a nuestros hijos... y a los posibles padres que ustedes llevan alegremente al matadero. Es muy probable que otro enemigo, más fuerte que estos se las hayan arreado. Es difícil su situación, principal. No quisiera estar en su lugar» ―terminó diciendo Alarfa, esforzando la vista para distinguir mejor los tres caballeros guerreros que se habían despegado de la multitud y se acercaban a la muralla, agregando; «¿Ha visto lo que llevan en un brazo, principal?»  «Sí. ¿Qué es esa... madera redonda?» ―preguntó nuestro caudillo.   «Escudos» ―respondió Alarfa.   «¿Escudos? ¿Y para qué sirven?»    «Para detener los golpes. De lanza y de esas mazas que llevan colgando de la cintura».   «¡Cobardes! ¡Rehúyen el combate cuerpo a cuerpo!»  ―respondió indignado nuestro comandante.   De repente, Alarfa dijo algo extrañísimo que nos hizo sospechar que ese demonio tuerto escuchaba lo que pensaba nuestro principal. Le preguntó si estaba pensando lo mismo que ella, a lo que nuestro caudillo contestó con palabras aún más increíbles e enigmáticas. Le dijo que sí, que estaba pensando lo mismo, e inmediatamente añadió; «¿A qué precio?»  Miré a mi camarada y comprobé que se encontraba más desorientado que yo al escuchar, en momentos tan graves, las condiciones de compraventa de vaya saber qué cosa.  Alarfa se le acercó y comenzó a enumerar a baja voz la mercadería que vendía, o que compraba, con los dedos de la mano. Oh, dioses de los cielos de piedra celeste ―exclamé en esos momentos―, ¿por qué todo era cada vez más complicado? Deseé vehemente volver atrás en el tiempo,emente complicado? Duisieraal mataderorañarentario que no disminuirte  cuando creía que el enemigo no existía y no llegaba nunca. Esperé con el corazón a punto de estallar que nuestro amado caudillo no se humillara, que no se dejara embaucar otra vez por esa hechicera vendiendo, o quizás comprando vaya a saber qué cosa inútil. Sin embargo, a tratativa terminada, nuestro principal no tenía el aspecto de un guerrero a quien se le había obligado a hacer algo por la fuerza. Todo lo contrario. Había recuperado su porte erguido. Se lo veía muy serio, se diría satisfecho, al igual que la tuerta. Súbito ordenó que sonaran los cuernos a silencio, y desde nuestra muralla nos informó que el enemigo ―y se dio vuelta para observarlo―, además de ser diez veces más que nosotros, poseía armas nuevas; que lo más probable era que venían en busca de hembras, y este particular, como lo sabíamos por experiencia propia, los volverían muy feroces; que las posibilidades de que fuésemos derrotados eran muy, pero muy altas, mas no todo estaba perdido. Había una solución que muy a su pesar estaba en manos de las hembras, por eso la decisión final correspondía a nosotros. Sería una elección dolorosa de parte nuestra, pero teníamos que tener presente que con ella se jugaba nuestra existencia de guerreros. Hizo silencio para ver nuestra reacción, y al ver nuestras caras desorientadas, prosiguió. Como es tan crucial la decisión y todo depende de que vosotros la aceptéis o no, no seré yo en detallarla porque soy consciente de que puedo influir en vuestra libre elección. Será Alarfa quien les dirá de qué se trata.  «La cuestión es simple, guerreros» ―inició esta, pero el vigía que controlaba a los tres emisarios de repente gritó, «¡cuidado, mi principal!» ―y sobre la cabeza de nuestro héroe pasó zumbando una maza. Debido a su increíble rapidez de reflejos, se había dado vuelta al instante, sin demostrar ni temor o sorpresa por el objeto, y al igual que nosotros, la observó cómo terminaba su carrera detrás de las filas, levantando una polvareda amarilla al estrellarse.  «Seré veloz ―continuó Alarfa―, porque los que están ahí afuera tienen urgencia. Nosotras sabemos construir y usar el arco y la flecha. Las flechas son esas cosas que vosotros llamáis astillas que hacen mal. Los que están ahí afuera las desconocen, y por eso serán presa fácil, y como vosotros también ellos pedirán una tregua, o quizás el sometimiento total».   «¿Y en cambio, ustedes, que piden?» ―se sintió decir casi al unísono. Fue ahí que entendí lo que secretamente vendían y compraban momentos antes esos dos tuertos.   «Estar adentro de las murallas ―contestó Alarfa―, cosa que ya hicimos y es irreversible, porque el pacto anterior lo permitía. Segundo: ya que será largo el asedio, nosotras elegiremos con quién vivir, no vosotros».   «Me parece justo ―gritó un guerrero. Pueden elegir a voluntad, siempre y cuando continuemos a dormir en las tiendas, con cuatro o cinco hembras para cada uno, en lugar de los cuatro o cinco camaradas que nos tocaban».   «¡Ni lo sueñen! Una hembra y un macho ―respondió severa―, y solos. Nada más. Y no en tiendas. En chozas de piedra, barro y paja que vosotros construiréis y que nosotras mantendremos limpias; con un baño afuera, y no un agujero como lo han hecho hasta ahora, al aire libre».    «¡¿Quééé!?  ―fue la respuesta que voló de una punta a la otra sobre nuestras cabezas. ¿Pretenden que usemos nuestras propias manos, que ensuciemos nuestras manos que sólo conocen el uso y cuidado de las armas, para construir chozas y…? ¿cómo llaman a esos cagaderos…?»  «Baños» ―aclaró otro guerrero con desprecio.  «Y no sólo eso ―rebatió Alarfa. De aquí en adelante seremos nosotras las que decidirán cuándo y cómo nuestros hijos serán enrolados en el ejército, después de que hayan aprendido a leer y escribir. Y seréis vosotros que procuraréis la comida. No nosotras. Entre combate y combate tendréis que salir a cazar y a pescar. No tenemos nada en contra de vuestras guerras, imaginarias o no, con tal de que traigan cosas útiles; tesoros, esclavos, comida, y no esas piedras que cayeron del cielo y no sirven para nada, como tampoco otra como esa pobre antropomorfa que se parece en algo a nosotras, y encima preñada».  

miércoles


Peces de plata, flexuosas criaturas de agua

sin escamas, resbalosas figuras huidizas

cruzan el aire de esta pecera de páginas

en busca del espacio que dejan las frases

incompletas de todos los libros del mar.

Son las palabras que faltan y flotan

cuando entiendes lo que no se dijo.

Peces de Egipto, delfines de Grecia,

vertebrados familiares, aunque fósiles

con sus escalas de espinas-fonemas

en el único idioma de los poemas,

con crestas, aletas para un rumbo

que conocen sólo los instintos marinos.

Peces de plata al origen del mundo,

palabras acuáticas y anfibios precoces,

salta el salmón y se vuelve gaviota,

punto y aparte, se da vuelta la hoja.

¿Quién sabe el idioma de los pájaros-peces?

¿Cuánto le faltará al Martín Pescador

para volver a ser pez y atrapar la libélula

de un salto del agua hasta el cielo que ahoga?

El Viejo y el Mar y un esqueleto de sueños,

la inmensa ballena, pesadilla de  Ahab,

criaturas horrendas en los abismos de Nemo,

cardumenes que en sus bailes alocados

dan el sentido a las letras en las páginas

de todos los diarios, novelas, poemas

de viejos marineros que, si aún no están,

todavía respiran y otean el horizonte salado.




martes

                                                                 Antropología Fantástica 33
Le susurró algo al oído que, Alarfa, con fastidio, o con desgano, decidió hacer. Se llevó la del naciente hasta el borde inferior de su sayo, y lo aferró para levantarlo, pero cuando vio los ojos desmesuradamente abiertos de nuestro principal y luego los nuestros por lo que íbamos a ver, lo dejó caer, y en su lugar colocó su palma abierta sobre la tela basta que cubría su tesoro ya viejo. La otra, luego de ponerla vertical y de un momento de indecisión, finalmente se la llevó hacia la ubre del naciente, cubriéndosela. Y juró, por fin, para alivio de nuestro principal y de nosotros, con las mismas palabras. Nuestro caudillo estaba radiante después de esa ceremonia que pareció terminar mal. «Bien, bien, hembra; creo que hemos dado un paso que dignifica a ambas partes» ―exclamó nuestro tuerto.   «¡Alarfa! ―contestó agresiva ella. ¡A lar fa!» «¡Oh, sí! Me olvidaba. Le pido sinceramente que me perdone, hembra Alarfa. Bueno... ya que hemos logrado establecer una comunicación más fluida y limadas ciertas asperezas, ¿no podría enseñarme cómo hacen para arrojar esas astillas que causan tanto daño?» ―preguntó nuestro caudillo, señalándose el ojo herido.  «¡Ni muerta!» ―le respondió la engreída.  Y ahí se vio la grandeza de nuestro caudillo. No demostró ningún gesto de contrariedad, o de odio por el rechazo vil. Al contrario; respiró hondo, resignado.   «Comprendo. Son las prerrogativas de los vencedores» ―añadió con dignidad.  «¡Las vencedoras!» ―respondió esa soberbia. ¡Qué descaro! ¡Qué vil afrenta! Impotente deseé que el cielo de piedra celeste se desplomara, que un rayo dejara seca y negra a esa hembra soberbia. Y por un momento creí que los dioses, recapacitando, me hubiesen oído porque sonó furioso el cuerno, mejor dicho, los cuernos, en toda la muralla que da a la ciudad de ellas. Nuevamente nuestro amado tuerto dio muestra de su sabiduría guerrera. Abandonó la gentileza de caballero para transformarse inmediatamente en un formidable conductor, ansioso por iniciar el combate y decidido a ganarlo. «¿Qué sucede, vigía?» ―le gritó al de la atalaya de la puerta mientras su segundo le alcanzaba su lanza. «¡Son incontables, mi principal! ¡Sobre cuadrúpedos y a pie! ¡Han comenzado a arrasar la ciudad de las hembras! ¡Dentro de poco los tendremos en el portón!» ―respondió el vigía aterrorizado―, continuando a soplar dentro del cuerno, con más ímpetu. Inmediatamente nos trepamos a la muralla con nuestro caudillo tuerto a la cabeza... ¡y detrás Alarfa y sus secuaces! ¡Pies de hembras sobre nuestros antiquísimos ladrillos!  Era increíble. Inconcebible. Entonces creí comprender el sentido de aquella historia. ¡El demonio que nos ayudaba eran ellas! ¡Pero quién era capaz de desentrañar el designio de los dioses! Nuestro principal, luego de unos momentos aguzando la vista en dirección de aquella fila interminable de figuras pequeñísimas, exclamó triunfal. «¡Son guerreros! ¡Son guerreros enemigos! ¡Por fin! ¡La verdad de su existencia finalmente se desvela! ¡Jamás he dudado! De otra manera a nada serviría mi grado de comandante y años de estudio del arte militar.  ¡El enemigo se acerca! ¡Guerreros, a sus puestos!» Viéndolo allá arriba, en nuestra sagrada muralla, mis dudas desvanecieron. ¡Qué equivocado estaba yo! Él era nuestro caudillo a quien amábamos, respetábamos y seguiríamos obedientes, así nos llevara hasta el fin de la tierra, y entonces, en aquellos graves momentos, lo fue más que nunca porque el enemigo existía, así como existía él. Descendí de la muralla en orden, y luego de recibir las órdenes de mi superior inmediato la volví a subir, aún con más fervor. La defensa comenzaba a partir de esa muralla.  Era ahí donde esperaríamos el golpe de ariete del odiado adversario que por fin llegaba, no en la otra que daba al mar y a las montañas. Estábamos pronto, crispadas las manos que aferraban la lanza, atento el ojo, en buen equilibrio nuestros cuerpos, en ordenada fila sobre nuestra muralla… y aguardábamos, con los dientes apretados. La única que parecía ignorar el inminente peligro era Alarfa. Se había puesto a silbar y a gritar al resto de hembras amedrentadas que comenzaron a amontonarse a los pies de la muralla esperando recibir sus órdenes, aterrorizadas por la polvareda y el griterío que veían y oían a sus espaldas. «¡Los mocosos y las preñadas primero!» ―gritaba la vieja Alarfa, como si mocosos y preñadas sirvieran de algún modo para la defensa. «¡Luego las abuelas y las enfermas! ¡Después los enseres si los animales dan problemas! ¡De estos traigan solamente las crías, las que entren en sus brazos! ¡Espanten a los más grandes! ¡Mándenlos a pastorear!  ¡Salven las vasijas y las hierbas para hacer ofrendas! ¡Las ramas y cuerdas... para... bueno, ya saben! ¡Todas adentro, rápido!»    «¡¿Cómo todas adentro?!» ―gritó indignado un guerrero.   «¿Qué, eres sordo tu? ―contestó altiva Alarfa. ¿No has escuchado que en la negociación quedó bien claro que podemos entrar y salir cuando queramos?»     «Es así, guerrero. Como lo dice esta hembra... la hembra Alarfa. Discúlpeme otra vez. Los pactos hay que respetarlos» ―dijo nuestro amado tuerto, dirigiéndose con severidad y con evidentes gestos de preocupación al insolente, volviendo de pasar revista. Mientras observaba toda esa multitud de espantadas hembras que entraban en nuestra ciudad al galope, se había llevado las manos detrás y caminaba con una leve curvatura de su cuerpo hacia adelante, cosa que jamás le habíamos visto. Y menos en la inminencia de un combate, en los cuales sobresalía su cabeza impávida y su pecho inflado y casi de piedra. En aquellos aciagos momentos fue preocupante.

domingo

                                                             Antropología Fantástica 32
Nuestro principal buscó la ayuda de su segundo, y éste, al oído, le aclaró que eran esos roedores orejudos. «¡Ah! Entiendo ―contestó luego de escucharlo, añadiendo con gentileza; ¿Sólo eso?» Con satisfacción comprobamos que Alarfa había perdido por primera vez su agresividad. La veíamos evidentemente desorientada. No se había preparado para exigir más como conviene hacerlo en vista de una tratativa tan importante. La pregunta “¿Sólo eso?” la tomó de sorpresa. Además del pedido de que las dejáramos en paz, ¿qué otra cosa podía exigir si por ingenuidad jamás sospechó que podía hacerlo? Desconocía la trama enrevesada del arte diplomático, hecha de “dame que doy” sobre la cual nuestro jefe caminaba tan a sus anchas. Entonces miró con su único ojo a mi Aluna, que estaba a su lado, como consejera. Tampoco ella no sabía qué pedir. De consecuencia las dos se dieron vuelta en busca de alguna exigencia que a sus secuaces se les hubiera podido ocurrir. Parecía que también aquellas estaban desprovistas, pero, luego de una rápida consultación, finalmente se adelantó una y se lo confió en secreto. Después de oírla, Alarfa, recuperando su agresividad respondió, «¡No! ¡No sólo eso! ¡Hay más! También queremos ir al relato; circular libremente por la ciudad. Cuándo y cómo queramos. Para vender nuestros productos al por menor, para divertirnos».   «¿Algo más?» ―preguntó nuestro principal con una sonrisa que sacó de quicio a Alarfa. No había duda de que le dolía profundamente su ignorancia respecto a una negociación. Con esta inesperada experiencia aprendería que, además del objetivo principal, se pueden exigir hasta cosas absurdas para ir cediendo de a poco. En nuestros pergaminos memoriosos que narraban nuestras eternas luchas fratricidas, hubo casos en los cuales se conseguían ambos. Seguramente que la vieja, la próxima vez, confeccionaría una larguísima lista…, si se presentaría la ocasión de una segunda tratativa. Entonces gritó furiosa: «¡No, nada más…! ¡Y basta de repetir ¿Algo más? ¿Sólo eso? Entiendo.  ¡Bien, bien! y ¡Ah, Ah, Ah!»     «Bien, bien ―respondió sin perder la calma nuestro amado tuerto. Pero antes de jurar sobre este pacto, ¿tendría la bondad de decirme cómo deberá ser nuestro comportamiento en la noche del astro de leche, estimada hembra?»  Alarfa estaba por explotar, y aulló, «¡Que no vengan al galope como “equinos”! (inmediatamente no supimos qué animales eran esta vez, pero “al galope” fue revelador), que se saquen los cascos de las cabezas; sin lanzas ni puñales, que se laven antes, que se corten los pelos y las uñas, que coman hierbas aromáticas para el mal aliento, que no derriben las puertas a patadas, que hagan sus necesidades lejos de las chozas, y que no se emborrachen antes…»  «¡Y que nos llamen con nuestros nombres!» ―agregó una de sus secuaces, desde el fondo. «¡Sí! ¡También eso!» ―añadió Alarfa.   «Bueno, creo que son justas las condiciones» ―respondió nuestro amado principal con una cierta condescendencia y velada picardía, “el tuerto corajudo” para nosotros de ahí en adelante. Como nosotros también él se percató de que estaban exigiendo una insignificancia. Que nos presentáramos con una cierta urbanidad en la noche del astro de leche; que tuviéramos que soportarlas a nuestro lado mientras concurríamos al relato, y oírlas gritar como harpías por nuestras calles vendiendo sus productos no era para nada traumático.  «Bien, bien. Por lo visto y oído creo que no son necesarios estos documentos, toda esta burocracia inútil» ―prosiguió nuestro caudillo, señalando el pergamino a medio iniciar, también casi con desprecio, como lo había señalado la otra.  «¡Para nada!» ―respondió fiera Alarfa.  Entonces, nuestro amado principal, nuestro tuerto corajudo, nuestro caudillo ejemplar, se dispuso a cumplir uno de los ritos que más apreciábamos, así fuera cuando éramos derrotados o cuando nos alzábamos con la victoria: el juramento solemne. Primero carraspeó, se puso rígido, luego alzó su mano del poniente, y con la del naciente levantó el cuero que las protegían, dejando bien a la vista sus sagradas armas. Al mismo tiempo que se las cubría con la palma exclamó con voz firme. “Juro por lo más sagrado y por todos los dioses, honorar, respetar y mantener este pacto”. El primer acto se había cumplido en un silencio total. Ni viento de dioses ni respiro de guerrero se oyó. El cielo de piedra celeste era todavía más transparente. Estaba seguro de que más de uno de mis camaradas se había emocionado al escuchar tan noble y viril promesa. Satisfechos esperamos la contraparte, el juramento de ella… Pasaba el tiempo y nada sucedía. Era bochornosa la espera… ¿Para cuándo?  ¿Es que nos querían humillar nuevamente al hacernos jurar solamente a nosotros? Alarfa miraba a nuestro amado tuerto de los pies a la cabeza, que continuaba tieso con sus dos manos en posiciones sagradas. Lo observaba con su único ojo, desorientada. Entonces mi Aluna, mi soñada Aluna, talvez soplada por los dioses, se dio cuenta de lo que faltaba.

viernes


A través del aumento del microscopio

también se observan crímenes y dramas.

Hay una célula hipócrita que merodeando

está preparando una emboscada vil.

Su víctima es una inerme gota de plasma

que vibra, se desplaza, parece feliz.

Se le acerca la muy malvada y le habla,

talvez le promete felicidad y amor eterno,

pero de golpe ¡glup! sin compasión alguna,

se la traga, y de dos que eran,

ahora solo queda una, pero no muy lejos…

otra más grande se asoma.


jueves

                                                                 Antropología Fantástica 31

El firmamento, lentamente, tornaba a ser de piedra celeste. Sus tremendas nubes violetas ya no estaban, y en su lugar, de a poco y perezosamente corrían las blancas, hacia las tierras ignotas llevándose el odio y el furor, mas no la vergüenza. El cielo volvía a estar ahí, y por lo visto no cayó cuando Alarfa y sus secuaces cruzaron, por primera vez y causándonos una profunda angustia, el portón de nuestra incólume e invicta ciudad hasta no hacía tanto. El astro mayor calentaba de nuevo nuestras cabezas que no nos atrevíamos a levantar para mirarlas mientras estábamos en formación. La humillación fue tremenda, insoportable. No osábamos mirarnos entre nosotros luego del nefasto anuncio de nuestro principal, y, al principio, no queríamos armar ninguna parada para recibirlas con los honores debidos, pero nuestro caudillo, primero con buenas palabras, adaptas a tal trágica situación, y luego, al ver nuestra reticencia, amenazándonos con sus fusta, nos obligó, antes que nada a cepillarnos mutuamente las pieles de cuadrúpedos que cubrían nuestras espaldas; acomodarnos más o menos los pelos luego de liberarlos de ramas, hojas, tierra y algunos insectos; limpiarnos las caras y después, con órdenes que le costaba pronunciar, a colocarnos en fila dentro de perfectos cuadrados. Lo hicimos, como podrán comprender, de mala gana, pero volvimos a considerarlo un grandísimo jefe, ya que fue la primera vez que nos llamó con el apelativo “conmilitones”: varones unidos por un destino común, sin distinción de categorías, no ya guerreros, o bestias, o tripas hediondas sobre dos patas como solía gritarnos. «Conmilitones ―exclamó, la dignidad antes que nada de frente al azar de la fortuna de las armas. Demostrémosles nuestra integridad. Esta ha sido una batalla perdida, no la guerra. Compórtense en consecuencia, altivos aun en la mala suerte».    Confiábamos ciegamente en nuestro principal, pero no sabíamos que pretenderían esas endemoniadas. Esto nos llevaba a creer que sería una tratativa difícil entre esos dos tuertos. Nuestro caudillo, que además de corajudo era franco y sincero, cuando vencía o cuando perdía, había acumulado sobre la tabla de las negociaciones un montón de pergaminos de piel. Sabíamos que eran los reglamentos de la ciudad de los guerreros. Sin duda los colocaba a la vista para demostrarles a esas atrevidas que teníamos nuestra memoria, leyes escritas, ordenadas y catalogadas; no como ellas que, si bien sabían leer y escribir, jamás se les ocurrió hacer algo parecido. Una manera para ostentar nuestra superioridad y rectitud, sin importar que fuimos nosotros los que solicitamos una tregua. El tintero y la pluma estaban ahí, sobre una tabla, junto a un pergamino en blanco, ya listo para registrar oficialmente las cláusulas de la tregua, sobre el cual el escriba ya comenzaba a trazar signos incomprensibles para mí, al mismo tiempo que los traducía en voz: “Aquí, en nuestra ciudad, fundada al mismo tiempo que nuestro astro mayor...” pero se vio obligado a detenerse abruptamente, sobresaltado por la insolente interrupción de Alarfa que comenzó a vociferar; «¡Sólo queremos que nos dejen en paz!» ―mientras lo miraba con su único ojo, que era todavía más feroz.  «¿Cómo ha dicho, hembra?» ―preguntó gentilmente nuestro principal sin perder la calma, muy a nuestro pesar también tuerto. «¡No necesitamos tanta escritura! ¡Sólo queremos que nos dejen en paz! ¿Para qué tantos cueros, tanta tinta?» ―preguntó con fastidio Alarfa.   «¿En paz, hembra?  ¿Y cuándo fue que no las hemos dejado en paz? ¿Talvez durante las tratativas comerciales?» ―respondió irónico nuestro principal, recordando muy bien sus pasadas e infames triquiñuelas. Debido a la tirantez de la piel vendada, estaba obligado a desviar levemente su cabeza, dando la sensación de no escuchar lo que decía, pero escuchaba y recordaba muy bien.   «¡En las noches del astro de leche!» ―respondió furibunda Alarfa.    «¡Ahh! Pero si esa es una noche de fiesta para todos» ―contestó nuestro principal paternalmente, como liberándose del temor de una humillación mayor.   «¡Para ustedes será una fiesta, que andan siempre como conejos!» ―respondió la descarada.  «¿Cómo qué...?» ―preguntó sorprendido nuestro tuerto, girando aún más la cabeza para oír mejor, como si su sordera aparente fuese real. «¡Conejos! ―repitió la atrevida. ¡Co ne jos!»

(Llegado a este punto es necesario que haga un comentario aclaratorio. Podrá parecer ofensivo, pero no logrará jamás disminuir la grandeza intelectual de nuestro caudillo, ya que no podía saberlo todo. Nosotros, la tropa, además de otros animales, u objetos, desconocíamos el nombre culto de esos roedores, y esto, por motivos obvios, era más que comprensible, pero no poco asombro nos causó que él tampoco lo supiera). 

miércoles

                                                                Antropología Fantástica 30

Uno de ellos, luego de esforzar la vista hacia la oscuridad, se dio vuelta convencido de que de allá no venían, pero de repente dio un salto y también comenzó a gritar, sin el valor de tocarse las asentaderas. Continuaba a girar como un ululupis tratando de ver esa otra astilla, que silenciosa y rápida se había hundido en sus carnes. Luego otra que se clavó en el pecho peludo de un guerrero. También éste la miró sin entender. Por lo visto no le dolía. La extrajo con facilidad y la observó, pero cuando descubrió la sangre que manaba comenzó a gritar del espanto. Luego otra que terminó en el estómago de un conmilitón. Luego otra que rebotó sobre algo duro de un camarada y terminó cayendo a los pies de la muralla. Luego otra y otra. De a poco se asemejaron a una lluvia horizontal en aumento. Fue más que suficiente para que el pánico se apoderara de nosotros. Cuatro guerreros se dirigieron resueltamente para proteger a nuestro principal y comenzaron a arrastrarlo tratando de entrar en la ciudad. Uno no lo logró. Pobre y leal desgraciado. Se desplomó hacia adelante con otra que le entraba por la nuca. Otro gritó porque también habían hecho blanco en sus asentaderas; otro, girando sobre sí mismo, aullaba y sacudía su mano tratando de despegar una que se la había atravesado.   El pesado portón de madera se cerró velozmente detrás de nosotros, y alcanzamos a oír una retahíla de golpecitos sobre él cuando finalmente estuvimos al seguro. Creyendo que nuestro conductor estuviese por morir, el terror llegó puntual. Ya veía las furiosas y sanguinarias luchas por el vacío de poder que dejaría su desaparición. Hasta entonces, salvo ciertas excepciones, como aquella revuelta por la carne, un principal, generalmente por viejo, pasaba el mando a otro. Así, según las memorias de los guerreros ancianos, funcionó nuestra ciudad, desde sus misteriosos inicios, por ese motivo comenzamos a gritar de terror por lo que estaba por venir. Después de esa deshonra a manos de ellas, seguramente el cielo de piedra celeste caería sobre nosotros, el humo de las ofrendas no se elevaría, todo lo contrario, nos ahogaría, las montañas se desplomarían y las hembras andarían como si nada en nuestra amada ciudad. El espanto aumentó aún más cuando, en vez de caer el cielo de piedra, cayó entre nosotros, como piedra, con una astilla en su garganta, el vigía de la atalaya de la puerta. El zumbido que hacían mientras pasaban sobre nuestras cabezas nos enloquecían, y aún más cuando en una segunda tanda comenzaron a pasar encendidas. Parecía todo perdido; nuestro jefe moribundo, sin una guía, desorientados, ¿qué podíamos hacer? Pero, gracias a los dioses y a su determinación, nuestro principal no pasaría al reino eterno de la oscuridad. Estaba milagrosamente entre nosotros, si bien mostrando un agobio inusual en él. Supusimos que se debía a la pérdida de tanta sangre. Le habían puesto hierbas medicinales, y una venda le tapaba el ojo ofendido además de media cabeza. Nos reunió y comprobamos alarmados que su voz había perdido su tono indómito y su potencia. Para nuestra incredulidad nos dijo lo que nunca hubiéramos querido escuchar, «Hay que negociar, mis valientes. Esos demonios han hecho un pacto con los dioses de los infiernos» ―terminó diciendo mientras miraba con su único ojo esa nube de palillos encendidos.

lunes

                                                                  Antropología Fantástica 29
El desbande habría sido total si no fuese que nuestro principal, interponiéndose en nuestra carrera alocada, a golpes de fusta nos obligó a escucharlo. «¡Cobardes ignorantes! ―nos gritó cuando nos detuvimos y lo rodeamos para escuchar, para saber qué teníamos que hacer. ¿No han visto jamás cómo se doblan las ramas cargadas de nieve? ¿Eh? ¿Y qué sucedía cuando le quitábamos el peso? ¡Salían disparadas para arriba! ¡Zumm!» ―añadió, revoleando veloz su brazo. «¡Es verdad!» ―grito uno. «¿Lo han entendido ahora, tripas hediondas con patas? ¡A formar entonces detrás mío! ―vociferó. Tenemos que destruir esa arma infernal solo hecha de un árbol antes de que haga más daño. No nos costará tanto. ¡Abran el portón! ¡Y no se excedan con el castigo corporal posterior y debido! ¡Sólo recios fustazos, precisos garrotazos, viriles trompadas, patadas y mordiscones!, ¡hasta que se rindan! Las arrastraremos por los cabellos a esas revoltosas engreídas. ¡Atreverse a tal insensatez! ¡Adelante, mis valientes!» El portón se abrió con hurras eufóricas en vista de un triunfo fácil. Nuestro principal sería el primero que lo atravesaría, gallardo y fiero, dispuesto a reestablecer el orden natural. A partir de la revuelta de la carne fue siempre un padre para nosotros, un enviado de los dioses en nuestra ayuda. Además de ser intrépido nos explicaba los pocos misterios de este mundo, los necesarios. Aún hoy estremezco al recordar cómo me sentía en aquella que creíamos sería una gloriosa jornada al restablecer nuevamente el orden, pero sobre todo apropiarnos de una novedosa arma. Me parecía como si mil demonios ocupaban mi cuerpo, impacientes por destruir ese aparato innatural, sin embargo, a pesar de la excitación, tuve el tiempo necesario para pensar en ella, porque no quería que sufriera demasiado el merecido castigo. Tendría que escabullirme para salvarla de la furia de los demás que no harían distinciones. Me adelantaría a mis camaradas para llegar primero junto a ella y ocultarla y, ya al seguro, no sería demasiado severo, solamente le tiraría de los pelos y le ordenaría de evitar malas compañías. Lo sentía por Alarfa. Como ya no era joven seguro que la sacrificarían. ¿Y Alina, ese demonio, estaría con ellas? Entonces traté de recordar nuevamente la historia de la ciudad de Kam.  ¿Los hombres, junto al demonio luchaban contra los dioses? No creí entenderla porque el demonio que nos ayudaba entonces se volvía contra nosotros ahora. Talvez mi comandante me la hubiera explicado mejor, porque los guerreros sacerdotes eran bastante oscuros cuando trataban de hacernos entender lo que decían. Mi principal cruzó el portón mientras otra bola de fuego pasaba sobre nuestras cabezas de la cual no nos preocupamos, pero se detuvo de repente luego de dar pocos pasos, como fulminado por un rayo y lanzando un grito atroz que nos hizo temblar huesos, piel y pelos. Fue un grito de sufrimiento desgarrador que jamás le habíamos sentido, no obstante, en más de una ocasión, en los certámenes de lucha terminara con heridas espantosas. Parecía que algo le molestaba en la cara, a quien sus manos no se atrevían a tocar. Entonces se dio vuelta hacia nosotros y nos miró, como pidiendo ayuda. ¡Oh, dioses! ¡Con un solo ojo!, porque en el otro tenía hundida una astilla, fina y larga.  Nuevamente el terror nos invadió.  Su ojo comenzó a sangrar copiosamente. «¡Ahhh! ―gritaba. ¡Que alguien me saque esta... cosa! ¡Ahhhh!»   Krof, que felizmente estaba donde no tenía que estar se le acercó servicial, pero pude comprobar que tenía un miedo espantoso. Talvez creía, como nosotros, que era un animal, un reptil volador que le mordía el ojo. Para comprobarlo lo golpeó tímidamente con sus dedos, varias veces, haciéndolo oscilar, movimiento que al principal le causó aún más dolor. «¡Ahhh! ―volvió a gritar nuestro jefe. ¡No la muevas! ¡Tírala para atrás! ¡Ahhhh! ¡Rápido! ¡Ahhh!»  Krof le pidió que no se moviera, y con un tirón extrajo esa astilla puntiaguda con una pluma en la otra extremidad, chorreando sangre. Continuó a mirarla, sin entender, mientras nuestro caudillo daba saltos de dolor. «¡Hierbas curativas! ¡Que me traigan hierbas curativas! ¡Pronto! ¡Oh, dioses! ¡Qué dolor!» ―aullaba tapándose el ojo tratando de detener la sangre. Krof, todavía desconcertado y siempre servil, quiso hacérsela ver, pero otra astilla surgida de la nada sin ruido le atravesó la garganta que no le permitió gritar ahh de dolor, solo dijo grr por la sorpresa, y con esa póstuma incredulidad se desplomó. Se acercaron otros atraídos por lo sucedido; unos para ayudar al principal, que con un solo ojo miraba a Krof agonizante, los restantes para ver más de cerca al caído que continuaba a retorcerse señalando el objeto sin atreverse a tocarlo. Le extrajeron la astilla y se la pasaron entre ellos, observándola sin entender mientras Krof dejaba de moverse. No había duda de que venía de donde estaban esas figuras blanquecinas que se entreveían dentro de la penumbra violeta, rodeando ese artefacto infernal que ya dábamos por destruido.

domingo


La estatua, pequeña, no más grande

que una botella de vino,

tiene una niña que mira el cielo, o cuenta;

(talvez estén jugando a las escondidas),

luego un paralelepípedo detrás

sobre el cual ella se apoya, y en la cima,

una oca que estira el cogote, y que no sé

si husmea su frente o quiere darle un beso.

Todo con el color de la terracota.

Es uno de los tantos objetos que,

sin que se den cuenta mis ojos

aspiran y me despojan del tiempo.


viernes

                                                               Antropología Fantástica 28
Nuestro principal, sin perder el control de los nervios, dio las primeras instrucciones y ordenó que sonaran los cuernos lúgubres, y que no nos preocupáramos por los animales enloquecidos, ya que dentro de poco estaríamos sobre nuestra sólida defensa de ladrillos, con la ciudad prácticamente vacía. Luego gritó, ¡A la muralla! Nuevamente excitados por la inminencia del combate, sabiendo que esta vez veríamos la cara del enemigo, corrimos, todos, molestándonos, cayendo y levantándonos llenos de furor. Ese, a diferencia del anterior, en el cual tuvimos que ir a buscar el proyectil a casi un astro mayor de marcha, y que está como muestra en la plaza, era un ataque cuidadosamente preparado. El primero había hecho centro cayendo dentro del corral. Seguramente se preparaban al segundo con mayor cuidado y mejor mira. Mi ciudad, más larga que ancha como lo he dicho antes, está sólidamente circundada por una muralla continua. Uno de los trechos más largo da a las tierras sin confines, que al encararlo nos introducía en la ciudad de ellas. La opuesta es la que da al mar y a las montañas, por donde nos habían advertido siempre que atacaría el enemigo. Fue sobre esta muralla que como hormigas comenzamos a treparnos para llegar a la cima y defenderla. El cielo, como lo sospeché momentos antes, fue abandonado por las blancas nubes, y en su lugar comenzaron, otra vez, a llegar las temidas, las que presagiaban desastres, de color violeta oscuro, con estruendos y resplandores aterradores dentro de sus vientres; blancos enceguecedores, anaranjados y rojos sangrientos. Por primera vez no dimos importancia a tales funestos presagios de caos como lo hubiéramos hecho en otras circunstancias, simplemente porque estábamos furiosos por la ofensa, sedientos de sangre. Si anunciaban el peligro eminente lo hacían sin conseguir que nosotros corriéramos como insanos de aquí para allá. Corríamos como insanos, sí, pero entonces teníamos una noble misión: defendernos, y después, aniquilar.  Ni ellas ni el adversario en vil complot, podrían derrotar a nuestra ciudad. Estaría ahí, para siempre, a pesar del odio de dioses y bárbaros hostiles, sólida sobre la amarilla tierra, única, irreducible y protectora. El residuo dolor de mi cuerpo desapareció al instante cuando mi segundo principal me entregó mi lanza y mi puñal rosado. ¡Nuevamente era reconocido como un noble guerrero!  Estábamos trepando cuando sentimos otro ruido sordo, otra llamarada, pero a nuestras espaldas. «¡Están atacando del lado de la ciudad de las hembras, no por ésta!» ―gritamos casi al unísono―, cuando ya asomábamos nuestras cabezas en la cima opuesta. ¡Eso significa que las han hecho prisioneras! ¡Oh, dioses! ¡Qué será de mi Aluna, de Alina! ―me dije. Descendimos y corrimos los diez tiros de lanza de un campeón, que es la distancia que nos separaba de la muralla ofendida, más veloces que los cuadrúpedos. Ya encima, jadeando, vimos horrorizados que los dioses continuaban a no estar de nuestro lado, como no lo estaban en aquella historia de Kam, la de una ciudad que se desplomaba sobre la tierra, defendida por un demonio solo y todos los habitantes. Por algún motivo desconocido, ya que siempre reservábamos las partes más enjundiosas de las ofertas para ellos, habían decidido de cambiar el orden natural de hembras y machos. Era, además de la irrupción del enemigo, otro desastre incluido en el funesto color de las nubes, el presagio que los guerreros sacerdotes jamás quisieron aceptar cuando las veían. Para ellos nada significaba que no fueran blancas, o al máximo grises. Son sólo nubes de tormentas, añadían, pero jamás llovía luego y siempre, puntualmente, arrastraban pesares. Desde nuestra muralla mis camaradas no entendían lo que estaban haciendo, pero para mí fue suficiente: no estaban haciendo cosas de hembras. Las secuaces de Alina, aquellas que con palos, sogas y ruedas construyeron columnas perfectamente redondas para embellecer su lugar, todas refulgiendo de blanco, habían pelado, como langostas hambrientas, las ramas de un árbol alto y flexible, y lo estaban doblando por medio de una cuerda anudada en su extremidad. Eran tantas las que tiraban ayudadas a su vez por un cuadrúpedo orejudo. El tronco se plegó despacio, y cuando comenzó a crujir, varias de ellas, encaramadas sobre montones de piedras, traspasaron a una cesta anudada en su punta esferas de ramaje secos. Sentimos olor a grasa derretida de puerco porque fue con ese líquido espeso que la rociaron y le dieron fuego. A una señal de Alarfa (¡no podía ser otra!) que tenía vendado un ojo, soltaron la cuerda... y fuimos testigos de algo que no entendimos. Ellas soltaron al mismo tiempo la soga, pero no liberaron al cuadrúpedo orejudo que, de repente y con violencia, fue arrastrado hasta donde estaban ellas. La bola de fuego rodó inofensiva y lentamente sobre el tronco y cayó a sus raíces. Nos dijimos que probablemente era un sacrificio propiciatorio, a pesar de que el animal continuó a estar vivo. Se levantó, se sacudió y tiró patadas. Alarfa gritó y ordenó apagar el fuego. Luego repitieron todos los movimientos, esta vez desatando antes el cuadrúpedo y, para nuestro asombro y terror, una bola de fuego, haciendo un arco en el aire se nos vino encima. Se desplomó sobre una tienda, deshaciéndose en tantos pedazos encendidos. Otra vez estábamos aterrorizados por tal demostración de magia. El griterío fue infernal. Nos empujábamos para descender, unos por miedo, otros para ayudar a apagar el incendio que comenzó a contagiar a las demás, enloqueciendo aún más a cuadrúpedos y ululupis que por ahí andaban derribando nuestros alojamientos de pieles y pisoteando nuestros cacharros.

lunes

                                                            Antropología Fantástica 27

La obra, finalmente, recomenzaba. Un silencio sobrenatural se desplegó sobre todas las cabezas que miraban a los actores, producido por la presencia de nuestro caudillo, pero más que nada por la batalla que iba a comenzar sobre el tablado. Recuerdo con emoción que era justo el turno del comandante Corococo para declamar.   “En dos filas os dispondréis para atravesar el insidioso guado. Valientes soldados quiero, tanto a poniente como a naciente, en el más absoluto silencio, como lo harían muertos diligentes y, cuando estemos como un solo cuerpo, en el centro, del otro lado, ya listos para el combate, esperaréis mi señal para el embate fiero y que los dioses tengan piedad, si quieren, del estrago siguiente. Que no quede enemigo sano y comprueben que es en vano enfrentar a tantos valientes”. Las dos filas de guerreros enmascarados se agazaparon y en puntas de pie rodearon el supuesto bañado, una por cada lado, disponiéndose detrás del comandante, con las lanzas prontas, observando su mano alzada. Nosotros, los espectadores, estábamos hechizados por la acción aun sabiendo el desastroso final, pero esto no nos preocupaba. La magia del relato, me dije.   “A mi señal los quiero ver atravesar viento y distancia como lanzas, arrojadas con vehemencia y furor que cuerpos tantos despanzan.” Entonces Kam ordenó que se pusiera en movimiento la bola de ramas, que no se hizo esperar. Un ¡Oh! extasiado del público acompañó su vuelo. Pasó zumbando sobre las cabezas de los personajes que espantados se acercaron al principal, disponiéndose en abanico alrededor de él, mostrándose al público, sin dejar de mirar la esfera que continuaba a dar vueltas. El comandante Corococo, con gestos ampulosos pero dramáticos, continuó. “Oh, dioses. Qué prodigio luminoso veo, qué brujería de malvados, que vil espanto. Oh, potencia desconocida desvelada en los más oscuros antros.  Reparaos, mis soldados, no temáis ni huyáis con bellaquería, haced de tantos un solo cuerpo y podréis contar a los venideros este día, cuando una batalla ya perdida, por el ardor de tantos jóvenes corazones fue victoria conseguida.”  De la fila de guerreros con máscaras se adelantó uno de ellos para arrodillarse frente al público y recitar su parte. Era su mancebo preferido. “No presentéis combate, oh, mi señor, que el enemigo es potente. No permitáis que no tengamos un regazo en donde apoyar la frente. Retiraos a una posición propicia, recordad que os aman con el pecho doliente y tanta delicia.” De un grupo de simpatizantes del relato, que para estar más cerca del tablado se había detenido a mi lado, escuché preguntar si aquel era el tipo sobre el cual el comandante de la zona baja de la ciudad había puesto el ojo. Un otro le dijo que sí, que era ese. «¡Lo único que falta es que haya una sublevación por culpa de ese... castrado!» ―añadió el anterior. «Yo por ese mancebo no movería un pelo ―contestó su compañero. ¡Faltaría más!  Aunque es muy bueno para recitar, pero lo que presiento es un ajuste de cuentas por la aceptación o no del relato. Esta escaramuza no va a quedar así. Si los jefazos se divierten con esos... guerreros sin armas sagradas, a mí no me van a sacar la diversión de escuchar y ver historias divertidas. ¿Y a vos?» «Tampoco» ―contestó el otro. 

Kam, constatando que ya era una considerable cantidad de espectadores, decidió suspender los ensayos. No faltaba tanto y revelaría el final. Entonces gritó basta por hoy. Pero la esfera continuó a girar mientras quien la manejaba advertía a los gritos que se rompió el freno. Se detuvo finalmente golpeando la cabeza del comandante Corococo, quien se desparramó por el suelo, perdiendo lanza y máscara y despertando la hilaridad general de los presentes. Incluido nuestro real comandante. ¡Cuán tolerante era mi amado jefe!
Fue la primera vez que nos escuchamos reír estando juntos. Reír. No lo habíamos hecho nunca. Y sobre todo hacerlo luego de que momentos antes habíamos comenzado la enésima revuelta fratricida. Fue extraña la sensación de esa alegría espontánea, algo desconocido para nosotros y por ser desconocida no dejó de mostrar su parte de mal augurio en mí. Quizás me equivoque, que haya sido todo pura casualidad, pero al recordar aquellos momentos felices, no puedo dejar de comprobar que, al final de ellos, como un dar y quitar, en mi amada ciudad todo se aceleró para conducirnos al descalabro que nos esperaba con las fauces abiertas. Fue ahí, cuando finalmente, después de emocionarnos con los versos o reír en franca camaradería, cuando los odios fueron sepultados por la fantasía, que mi amada ciudad sufrió por primera vez la peor e inaudita ofensa. Recuerdo aún que alguien gritó alarmado ¡Oh, dioses! ¡Miren! ¡El enemigo ha vuelto! ¡Están atacando! ¡Den la alarma! Me di vuelta y alcancé a ver el último pedazo de trayectoria de una bola de fuego. Cayó en el corral, donde custodiábamos los cuadrúpedos jóvenes, continuamente azuzados por ululupis. La estampida fue incontenible. Rompieron cercos y escaparon, ambos, desparramándose por la ciudad, sembrando el pánico porque esos ululupis no hacían diferencia entre cuadrúpedos y guerreros.

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