viernes

                                                          EL MEDIADOR. FIN

Espeche largó un suspiro para normalizar su respiración. Enderezó al máximo su cuerpo mirando los cerros, el cielo, aspirando con avidez mientras la anciana depositaba sus flores acompañadas con Ave María.

Después de rezar frente a esa calavera que ahora tenía flores y recuerdo, doña Encarnación, sin dejar de murmurar su letanía, caminó alrededor de ese espacio con margaritas, y cuando estuvo frente a Espeche le dijo que lo acompañaría al peluquero.

—Primero la llevo a su casa –replicó él.

—¡No, no! Voy con vos m’hijito porque tengo que seguir rezando ahí, en la peluquería.

—¿En la peluquería? –preguntó incredulo. 

La peluquería, un local estrecho, cuya fachada era un gran ventanal y una puerta de vidrio en el medioo mirando las colio las colinas, estaba en la parte opuesta de la ciudad. Para llegar hasta ella Espeche y la anciana tuvieron que dar un gran rodeo, por calles de tierra con capillitas en cada cruce sin encontrar ánima viva. Al bajar de la camioneta Espeche alcanzó ver a través de la vidriera al peluquero. Estaba sentado sobre uno de los dos sillones de trabajo, con las piernas cruzadas. En sus manos tenía un libro, y cada tanto miraba la televisión que estaba casi pegada al techo.

Éste se apresuró a guardar su lectura cuando los vio entrar. En ese mismo momento el noticiero informaba escuetamente los trascendidos de los disturbios en Cerro Pelado. Hubo una veloz entrevista al ministro del interior, quien aseguraba que todo estaba bajo control; que ya había eficientes profesionales enviados a Cerro Pelado. Luego unas imágenes veloces mostrando el edificio de la policía, la iglesia y en un mapa del país, la ubicación de Cerro Pelado.

El peluquero era un hombre joven, con gafas, de barba negra, corta y prolija, y de la misma estatura de Espeche, de ojos marrones desconfiados al verlos entrar.  Vestía un delantal corto, blanco, impecable y almidonado, que cubría una camisa celeste y corbata gris, pantalón negro, con la raya bien marcada y zapatos negros brillantes, de movimientos pausados que acentuaban su rígida elegancia. Si no fuera por su delantal corto, más que un peluquero se parecía a un profesor de medicina, listo para dar una clase demostrativa, todo lo contrario a los peluqueros que conoció Espeche. Además, para confirmar su impresión, este peluquero fuera de lo común, luego de preguntarle qué servicio tenía que hacerle, no dijo ni preguntó más nada, y sólo se limitó a mirar con evidente fastidio a la anciana y de vez en cuando la televisión.

Doña Encarnación se sentó en uno de los sillones de espera y comenzó con sus Ave María, y Espeche, a través del espejo vio que el peluquero, evidentemente contrariado, detenía su labor cada tanto. Dejaba en el aire peine y tijera y la observaba. La anciana le devolvía la mirada y continuaba con mayor fervor su rezo, rezo que habrá llegado a las habitaciones del fondo de la peluquería, ya que por la puerta de la trastienda se asomó una mujer diminuta, con vaqueros, camisa blanca y cabello negro y corto, a lo hombre. También estaba leyendo un libro, y fumando.  

—¡Esta es una peluquería! ¡No la iglesia, doña Encarnación! –la espetó desde el vano.

La anciana, como toda respuesta, dejó de invocar a la Virgen y comenzó a enumerar;

—Un soldadito sin nombre ni cruz, dos soldaditos sin nombre ni cruz...

—¡Basta doña Encarnación! ¡Termínela! No hay fosas comunes en Cerro Pelado. Son habladurías –gritó la mujer desde la puerta.

La anciana bajó la voz, pero continuó con un susurro a enumerar los soldaditos sin nombres ni cruces.

—¡Qué va a pensar el señor!  –agregó la mujer observando a Espeche.

En ese mismo momento el programa que la televisión estaba mandando fue interrumpido por un periodista. Con indiferencia profesional anunció que la situación en Cerro Pelado se había agravado, y a continuación pasó a detallar los trascendidos.

“Un individuo, de nombre Luis Ignacio Rivarola Méndez, que días atrás la policía local logró salvarlo de una turba que se proponía lincharlo por motivos aún no claros, y alojado en las dependencias policiales para su seguridad, armado de un fusil arrebatado a un agente, abrió el fuego contra la multitud al grito de “viva la revolución”. Hay dos heridos de los cuales no se sabe la gravedad. El agresor, luego de disparar, se atrincheró en un quiosco cercano, y desde ahí amenaza, tanto a las fuerzas del orden como a la multitud. Su supone que ha tomado como rehén al propietario del negocio. También ha trascendido que pretende la presencia de un tal comandante Federico.  

—¡Oh, madre de Dios! ¡Más muertos! –exclamó con voz quebrada doña Encarnación.

—¡Te lo dije que ese estaba de la cabeza! –gritó la mujer dirigiéndose al peluquero. Éste se había quedado con sus instrumentos de trabajo en el aire, inmóvil, mirando la pantalla, y no escuchó a Espeche que le pedía la cuenta y agregar apurado que la barba se la afeitaría después.


Espeche, obligado a entrar por el portón de atrás del cuartel policial, tuvo que esperar porque el guardia, tenso por el griterío que provenía del frente del edificio, no lo reconocía: había tomado servicio media hora antes y no tenía ninguna notificación de que alguien estuviera afuera y debía entrar.  Tuvo que presentarse Aguirre para tranquilizar al agente. Espeche lo puso al corriente de su macabro descubrimiento, narración que hizo empalidecer al doctor, quien le pidió que por ahora mantuviese ese secreto.

—Escuché por televisión lo que ha sucedido, doctor. Han llegado periodistas de todos lados. ¿Cómo fue posible que obtuviera un arma, doctor?

—Ese loco todavía recordaba la formación militar que recibió. No le costó nada arrebatarle la carabina a ese pobre infeliz que lo vigilaba. Le dio un puñetazo y ahora está en la enfermería, con el rostro tumefacto y aterrorizado. Le aconsejé a Ayala que lo encerrara bajo llave, pero no lo hizo porque apareció su abogado amenazando causas judiciales por la privación ilícita de la libertad. Ahora también ese leguleyo está aterrorizado. Tiene miedo que los policías le echen la culpa del lío que armó su defendido, y solito se encerró en la celda que ocupaba su cliente.  Ese loco se decidió a escapar después de que estuvo su mujer quien le trajo la sopa que le gustaba.

—¡Su mujer! ¿Con la sopa que le gustaba? Por lo visto no logró convencerlo.

—Para nada. Para mí que ella ya sabía lo que iba a hacer. Estuvieron juntos un buen rato. Se abrazaron, lloraron, se consolaron mutuamente y al final, ¿sabe lo que hicieron?... Se pusieron a bailar, románticamente, dentro de la celda. Alucinante. La sopa me parece que era el último deseo de un condenado a muerte. Este pueblo está lleno de locos, Espeche.

—Sí, doctor. Y de gente extraña... Usted, doctor, ¿ha visto alguna vez a un peluquero impecable en su vestir, que lee gruesos libros, pero no hace preguntas ni entabla conversación alguna? –preguntó Espeche al improviso.

El doctor, que todavía pensaba en Rivarola Méndez, su mujer, la sopa, pero más que nada en los disturbios de afuera, no prestó atención a la insólita pregunta de Espeche.

—Lo único que veo extraño en un peluquero es que no hable –respondió finalmente Aguirre, absorto.

En ese momento se sintieron disparos provenientes de la calle.

—¡Los de Ruiz Alcoza tienen armas de fuego! –gritó el comisario Ayala con la suya en la mano, apoyado contra la medianera que daba a la calle, a un costado del portón. ¿Qué hacemos doctor?

—¡Redoble la guardia en los ingresos! Yo llamo al ministro para pedirle refuerzos. Si no lo hace inmediatamente abandonamos este pueblo de locos, y nos mandamos a mudar –añadió el doctor, pero esta vez dirigiéndose a Espeche.

―Me disculpe, doctor, pero yo no me muevo de acá. Me quedo. Verá que algo ocurrirá… o, mejor dicho, se les ocurrirá ―respondió su ayudante.

El doctor lo miró incrédulo. Estuvo a punto de largarle una ácida perorata sobre sus supersticiones, pero viendo que se lo había dicho sin ningún tipo de prepotencia o de bravuconada, no dijo nada.

Por el portón enrejado se podía ver a grupos de personas que se guarecían en los ingresos de las casas del otro lado de la calle. Los tiros habían cesado y ahora se sentía un griterío ininteligible, con furiosas y marcadas imprecaciones, órdenes imperiosas, consejos, y ¡también risas!... y a veces carcajadas, cuando de repente, en el medio de la calzada y frente al portón del cuartel, de derecha a izquierda pasó gesticulando Rodríguez Ibarra, uno de los apellidos que, junto al de un tal Fernández, el cura escribió en la esquela y entregó al doctor señalándolos como personas sensatas con respecto a Ruiz Alcoza. Con su gesto temerario Rodríguez Ibarra había logrado llamar la atención, y ahora gritaba que a esta “diabólica” situación se llegaba gracias a la intolerancia de “ciertas personas”; que debían avergonzarse y volver inmediatamente a sus hogares. Pasaron unos segundos de total silencio, en los cuales el pacifista, viendo que podía convencerlos, seguro de sí mismo y con aún mayor decisión se dispuso a continuar con su discurso, pero Rivarola Méndez, que no hacía distinción de religiosos pacifistas disparó varias veces, logrando herirlo superficialmente en un brazo. Rodríguez Ibarra de un salto se guareció en el umbral del portón del cuartel, a pocos metros de Ayala, quien lo introdujo para medicarle la herida. Estaba aterrorizado y continuaba a repetir “¡Me ha disparado! ¡Ese fanático me ha disparado! ¡Dios mío, ese loco me ha disparado! ¡Están todos locos en este pueblo!” Su herida no era grave, pero la situación en la calle sí, ya que como respuesta a los disparos de Rivarola Méndez se sintió una granizada de otros que provenían de diversos puntos de la calle y que acribillaron el quiosco y su vidriera: Rivarola Méndez había logrado poner de acuerdo a las dos alas enfrentadas de sus contrincantes.

Aguirre, apartándose en un ángulo para poder oír mejor, fue interrumpido por Espeche en el momento en que el ministro otra vez le decía que esperara un momento porque tenía que reflexionar. Segundos antes le había preguntado si él, como así mismo Espeche, los demás personales policiales y las armas estaban todas al seguro. Aguirre, desorientado e incrédulo por tal preocupación contestó que sí... y el tiempo pasaba.

—¡Ministro! ¿Está todavía en línea? –preguntó Aguirre, tapándose el otro oído.

—Sí, doctor. Estoy pensando. Espere un momento.

—Corte, doctor –intervino Espeche. Es inútil. No hay crisis que duren eternamente. Estos mismos locos resolverán la cuestión. Si intervenimos se las agarrarán con nosotros y eso es lo que quiere ese revirado de Rivarola Méndez. Después de todo tan loco no es.

Aguirre miró su móvil, y antes de cortar alcanzó a escuchar que el ministro le aconsejaba de dejar correr la cosa, que mandaría un cuerpo, no armado por supuesto, pero no ahora, que se cuidaran y que lamentablemente tenía que ausentarse: tenía otra reunión impostergable.  

De repente los disparos cesaron y se oyó clara la voz de alguien que llamaba al camarada Néstor. A pocos metros del quiosco el peluquero culto y elegante estaba en pie.

—¡Camarada Néstor! ―gritó el peluquero con las manos a jarra, de frente a lo que quedaba de la puerta de vidrio. ¿Se acuerda de esta contraseña? –y pronunció una frase con un tono de voz que sólo él y el camarada Néstor podían oír. Éste, desde su escondite, luego de unos instantes de total silencio, respondió;

—¿Y la respuesta cuál era?

El peluquero volvió a decir algo, siempre inaudible para los demás, y acto seguido entró, teniendo cuidado por dónde pisaba, ya que era un reguero de vidrios rotos. Se plantó en medio de la sala y esperó que el camarada Néstor se le acercara. Ahora, desde la calle se los podía ver, uno frente al otro. El peluquero comenzó a gesticular, a indicarlo con inconfundible autoridad, repetidamente; luego señaló hacia el exterior y, finalmente, dándose vuelta ordenó a alguien que estaba a sus espaldas que se fuera. El dueño del quiosco no esperó que lo repitiera y desapareció casi al instante. El peluquero, nuevamente con las manos a jarra, con gestos inequivocables, lo intimó a que saliera. Como toda respuesta el camarada Néstor, luego de retroceder unos pasos, lo observó de los pies a la cabeza, le señaló con desprecio el delantal, los pantalones, los zapatos, la delicada barba... y levantó su fusil que hasta ese momento apuntaba hacia el suelo… y disparó a quemarropa. Dos veces. Lo miró sin emoción cómo el peluquero se retorcía sobre el piso de baldosas, hasta que quedó rígido, llevándose en su rostro la sorpresa. Luego, y mirando hacia el exterior, lo apoyó en su mentón, cerró los ojos, tensó los músculos de la cara y volvió a disparar.

El silencio que cayó sobre Cerro Pelado parecía espeso, imposible de romper. Cada uno de los manifestantes y los policías continuaban en su lugar, mirando el drama que los había enmudecido. Luego, la mujer de vaqueros y pelo corto que estaba en la peluquería, entró en el quiosco, se arrodilló a su lado, lo tomó de la nuca y comenzó, entre sollozos, a repetir;

—¡Te lo dije que ese estaba de la cabeza, te lo dije! ¡En este pueblo están todos de la cabeza! ¡Pero por qué amor mío! ¿Por qué? ¿Y ahora, yo qué hago?

También entró la doctora Eleonora García, con unas mantas, y sin decir palabra, luego de apartar a la otra, cubrió los dos cuerpos. Luego se dio vuleta y miró la calle vacía sacudiendo su cabeza.

Parecía que la paz, finalmente, había llegado a Cerro Pelado, pero no era así. De uno de los umbrales, Ruiz Alcoza, con una carabina que sostenía desganadamente y apuntaba hacia abajo, dio unos pasos mirando alternadamente al quiosco y a los demás que volvían a poblar la calzada. Comenzó a rascarse la cabeza, y alguien, a sus espaldas gritó,

―¿Estás contento ahora?

Ruiz Alcoza, alzando nuevamente su arma contestó que él no había empezado.



Volvían en silencio, atravesando otra vez esa selva húmeda y espesa, en donde otro tipo de guerra muda continuaba agazapada. Estuvo a punto de frenar para no atropellar a un animal espantado que cruzó rapidísimo la ruta seguido de otro más grande. Parecía un conejo la víctima elegida; el otro seguramente era un lince. El primero dobló a noventa grados con una agilidad y velocidad sorprendente, pero el otro no se quedaba atrás. Millones de años de entrenamiento y hambre lo habían vuelto tan veloz como su posible víctima. Se perdieron dentro de la selva. Algunas plantas trepadoras, con paciencia, habían logrado secar lo que antaño fue un robusto árbol. Parecía que solamente en los cielos no se libraban combate. Al cielo miraba Aguirre cuando le dijo a Espeche que no había sido necesario recurrir a la improvisación para resolver aquel maldito embrollo.

―¿Sabe lo que pienso, doctor? Que la vida es una improvisación continua, y tarde o temprano se resuelve por sí misma sin tenernos en cuenta. No espera la pequeña improvisación nuestra para ajustarse. Además, en un pueblo en donde la mayoría están de la cabeza, ¿Qué se podía esperar?

miércoles

                                                        EL MEDIDADOR 7

En ese momento se abrió una puerta y en ella apareció un pibe de diez o doce años, que sin importarle la presencia de Aguirre comunicó a su madre que ya había pelado las papas, y ahora necesitaba saber qué más hacer.

—Cortalas a lo largo por la mitad, y a lo ancho con un espesor igual a.… tu pulgar... y no te preocupes si el último pedacito es más chico. Y tu hermana, ¿qué hace?

—Está lavando la verdura para la sopa –contestó el pibe observando fijamente su pulgar.

—Señora, contra la absurdidad de todo lo ocurrido, ¿no cree que es necesario darnos otra oportunidad? –respondió Aguirre mirando como el pibe se alejaba observando su pulgar. Que nos permita tomar la sopa en paz, sin que haya ausentes en la mesa.

La doctora atravesó la sala mientras repetía “poesía inútil, doctor”, abrió la puerta y llamó “pase el siguiente”, y se detuvo, esperando que Aguirre se fuera. Éste estaba nuevamente por pasar sobre el perro que continuaba allí, cuando sintió decir a sus espaldas;

—Dígale a Luis Ignacio que le llevaré la sopa que le gusta.

Ya dentro de la camioneta el comisario Ayala le preguntó si había conseguido algo de parte de la esposa de Rivarola Mendez.

—La sopa que le gusta –respondió Aguirre, absorto, decidido a pedir refuerzos.

—¿Sopa? ¿Qué sopa me gusta, doctor?  preguntó desconcertado Ayala.

—No a usted. Me disculpe. Me ha dicho la mujer que le llevará la sopa que le gusta. Huelo mal comisario, como si fuera la última voluntad de un condenado. Cuando lleguemos hablaré con el ministro. Necesitaremos refuerzos. Mientras tanto encerraremos bajo llave a ese exaltado.

—Se lo dije doctor. Están todos locos en este pueblo. Incluidas las mujeres.

Luego de descender de la camioneta, ya en el patio de la comisaria, Aguirre se dirigió a la puerta principal porque el griterío, a intervalos, aumentaba para luego disminuir. Pasó delante de la celda de Rivarola Méndez que cantaba a raja gola una marcha revolucionaria en esos momentos de relativo silencio, con los ojos expectantes, esforzándose por escuchar y responder con estrofas encendidas a esa vocinglería ininteligible al externo, sumido en una excitación que paralizaba su cuerpo. Aguirre, desde la vereda, constató que la muchedumbre había aumentado gracias a un nuevo grupo compuesto de hombres y mujeres que discutían acaloradamente con Ruiz Alcoza, y al escuchar a este último llamar por su apellido con quien discutía, un tal Fernández, el doctor se dio cuenta de que era uno de los apellidos que le había dado el cura, uno que no aprobaba la actuación de Ruiz Alcoza. Evidentemente trataba de hacerlo entrar en razones, con poco resultado, ya que los seguidores de Ruiz Alcoza, formando un cordón alrededor de su guía, por medio de empujones comenzaron a aislar al Fernández. Aguirre volvió a entrar en el edificio y los guardias, con chalecos antibalas y cascos, cerraron con llave el pequeño portón de rejas. Llamó al ministro, expuso la situación y aconsejó de mandar más policías, y se quedó esperando la repuesta.

—Hola, señor ministro, ¿está todavía ahí? –preguntó Aguirre luego de un silencio prolongado.

—Si. Estoy aquí, doctor. Déjeme pensar un momento –respondió el ministro, y volvió a quedarse en silencio. ¿Es resistente el edificio de la comisaría? ¿Logró entrar algún manifestante en el último disturbio?  –preguntó el ministro de repente.

—No. Solo daños en la fachada –contestó desconcertado Aguirre.

—Bueno, entonces trate de dilatar la situación, doctor. Prométales cualquier cosa, lo que se le ocurra. Hasta dinero, si quiere. Por ahí se puede corromper a alguien. Use la imaginación. Además, ¿no se llevó consigo a ese suboficial de la famosa marcha, el que solo y desnudo los persuadió? Seguro que a él se le ocurre algo. Mandar más efectivos no es conveniente. No somos los militares. Aún con razones de tranquilidad pública mandar más efectivos pasaría por un acto represivo a los ojos de la comunidad mundial. Tendrá que disculparme, pero ahora tengo que dejarlo porque hay una reunión con el presidente. Me tenga informado. No se expongan inútilmente –y cortó.

Aguirre se quedó mirando su teléfono, maldiciéndolo y añorando el juego de azar afortunado, cuando no había conocido aún a Giulet.

—¡Doctor! –exclamó el comisario Ayala a sus espaldas. Imagine quién llegó: la mujer del revirado. Está en el portón de atrás. Vaya a recibirla, es mérito suyo.

La doctora Eleonora García, rígida en el umbral, sostenía un objeto envuelto con una servilleta blanca, con sus cuatro puntas anudadas. El agente de guardia le comunicó que tendría que revisar ese bulto, pero sintiendo al comisario, que desde lejos le decía que no era necesario, dejó que pasara.

—Es sólo sopa para el huésped... pasajero –explicó Aguirre al guardia, que tenso por la situación continuaba a abrir y cerrar sus dedos sobre la carabina.

Rivarola Méndez continuaba con su contrapunto musical, todavía más acérrimo, pero al ver a su mujer su cuerpo y sus gestos se relajaron. No estaba sorprendido, parecía que en su exaltación reservaba un lugar para ella, como algo necesario.

—¡Eleonora! Llegaste –y la abrazó. Sabía que vendrías. ¿Y los chicos?  –añadió entre sollozos.

Eleonora García, consolándolo con golpecitos en la espalda, y al mismo tiempo que miraba al doctor, le respondió que estaban bien.

—Te traje la sopa que te gusta



Espeche, con una camioneta idéntica a la que usaría Aguirre y el comisario para ir hasta Los Manantiales, luego de cargar una pala fue en busca de la anciana. Le había dado la dirección, en las afueras del pueblo, y cuando llegó fue recibido por uno de los que estaban junto a Carlos Miguel Ruiz Alcoza frente a la comisaría.

—¿Para qué quiere verla? –le preguntó desconfiado cuando Espeche pidió verla.

—Sólo algunas preguntas –respondió éste.

—¡Deje en paz a mi abuela que no está bien de la cabeza!

—El que no está bien de la cabeza sos vos –respondió doña Encarnación, saliendo de atrás de su nieto, con una voz débil, para nada sumisa, autoritaria.

Se había cubierto la cabeza con un pañuelo negro y llevaba en sus manos un ramo de flores junto al rosario.

—¿Se ha agenciado una pala m’hijito? –preguntó la anciana sin prestar atención a lo que le decía su nieto.

 —¡Abuela!, son sólo ideas suyas la de esos muertos. No hay fosas comunes, ni nunca las hubo. ¡Abuela! Vuelva para acá.

—¡Qué no hay muertos! Desde que nací no he visto otra cosa que ver morir a inocentes. Y encima estos no han tenido una cristiana sepultura. Adónde habrá ido a parar la compasión me pregunto a veces. ¿Vamos m’hijito?

Junto a la anciana Espeche atravesó la periferia de un pueblo sin alma viva, como si toda la población y su actividad se hubieran concentrado cercana a la iglesia y al cuartel de policía. Viajaron por media hora sin encontrar a nadie, en silencio los dos, y cuando doña Encarnación le dijo que después de esos árboles tenía que doblar a la derecha, comenzó a desgranar su rosario y a recitar Aves María. Espeche estuvo a punto de pedirle que no lo hiciera. Se le había hecho un nudo en la garganta, idéntico a la imposibilidad de respirar cuando de pibe oyó por primera vez, con voz monótona y débil, rezar a su abuela, también con el rosario entre las manos. Ese día pensó que moriría asfixiado. Se esforzaba angustiosamente para obligar al respiro que volviera a su cauce natural, pero cuando comprobó que ya no podía hacer más nada, y trataba de comunicarle a su abuela su desesperación por el temor de morir y que no rezara más, de repente la respiración volvió a llenarle de nuevo los pulmones, pero acompañado de un llanto liberador que hizo sobresaltar a su abuela.

—Es el ánima en pena de Francisco que te ha hecho llorar –arguyó la anciana que rezaba por su nieto Francisco, un muchacho de veinte años, que una semana atrás había salido con los animales para hacerlos pastorear en una planicie donde la hierba era tierna, y no volvió nunca más. Los animales regresaron gracias a los perros pastores, pero de Francisco no se supo absolutamente nada.

Espeche dobló luego de esos eucaliptus y detuvo la camioneta porque lo invadió un deseo irrefrenable de llorar. La anciana lo miró y le dijo que no temiera.

—¿Los escuchás vos también? –añadió doña Encarnación.

Espeche se avergonzó de revelarle su temor, y mintió diciendo que el hecho de no haber encontrado a nadie durante media hora de viaje lo había inquietado, porque parecía un pueblo fantasma.

—Es lo mismo m’hijito. Son siempre ausencias.

Espeche puso en marcha otra vez la camioneta, y luego de dejar atrás una hondonada, doña Encarnación le ordenó de detenerse.

Al costado del camino de tierra rojiza, un prado de hierba verde se abría, y en su centro unas franjas irregulares de flores amarillas se mostraban al sol.

—Ves –le dijo la anciana. Las margaritas han crecido solamente sobre esos muchachitos, como señal de que ellos no quieren irse sin que antes alguien los despida. ¡Pobre chicos!

Espeche, con la pala en sus manos, no se atrevió a pisar esas flores para llegar al centro, entonces comenzó a excavar en el borde, donde comenzaban. A la tercera palada, a no más de veinte centímetros de profundidad, el metal de la herramienta chocó con algo sólido. Espeche apartó la tierra que cubría el objeto con dos orificios oculares oscuros, llenos de detritos que observaban el cielo.

—¿Me creés ahora? –preguntó doña Encarnación.

lunes

                                                                    EL MEDIADOR 6

Se estaba por dormir cuando sonó el teléfono. Del ministerio le pasaron una llama telefónica del exterior: era Giulet.
Después de oír los reproches de ella por haberse ido en manera tan precipitada, Aguirre le contestó que todo fue debido al calibre de los personajes políticos con quien colaboraba, y que cuando terminaría lo que estaba haciendo volvería. Necesitaba tiempo para reflexionar.

—Júramelo –la oyó decir con esa erre que le costaba pronunciar.

—Te lo juro, Giulet.

—No lo creeré hasta que no te vea –respondió Giulet y cortó.

Aguirre se quedó por un largo rato oyendo el sonido de oquedad del teléfono, mirando la oscuridad, recordando que cuando estuvo  con ella el tiempo inexplicablemente le pasaba veloz, tan veloz que hasta le sacaba el respiro, y sin embargo, a pesar de esa velocidad en donde los momentos y los objetos circundantes tendrían que ser mínimos e instantáneos, podía recordar con inaudita fidelidad cada cosa, cada gesto de ella, de él, la mesa del bar con los tiques arrugados de los café consumidos,  la tarde y ¡la forma de una nube!, el color de cada edificio, las palomas que rondaban alrededor de ellos esperando una migaja. Ese día ella abrió su cartera y sacó un paquete de galletitas ya comenzado, e inició a desmenuzarlas para dárselas, y en ese mismo momento Aguirre sintió la reyerta ácida y apenas contenida de una pareja que se había detenido a sus espaldas. Fueron sólo unos instantes, en los cuales oyó decir “¡siempre decís lo mismo”; “¡Pero escuchame!”; “¡No me toqués!”.

Giulet también se había dado cuenta, pero continuaba a arrojar migas.

Luego que esa pareja se alejó, Aguirre, observando la superficie de la mesa de metal, exclamó cómo para sí mismo; “¡Qué tristeza!”.

Giulet sonriendo le preguntó “¿Por qué tristeza? Son cosas de todos los días; es más: te digo que son necesarias. ¿Te asustan esos momentos?”

“En parte sí porque no los entiendo. Tanta pasión al principio, y luego...”

“¡Qué ingenuo y a la vez romántico que sos!  –respondió riendo ella, continuando a dar de comer a las palomas.

Ingenuo le había dicho, lo mismo que pensaba de ella, también de Espeche... y entonces ¿para qué le había dicho que volvería? ¿Y por qué comenzaba a sentir un afecto incomprensible por Espeche?



El doctor y Espeche se despertaron al mismo tiempo. Bebieron un café cada uno y sin decir palabra se dirigieron a la iglesia. Cuando pasaron frente al edificio de la policía constataron que ya no eran cinco los manifestantes, sino un consistente grupo, con mujeres y hasta niños. Alguien los señaló y todos los presentes se dieron vuelta para observarlos.

Llegaron a la iglesia con la misa ya iniciada.  Espeche, luego de santiguarse, se sentó en uno de los últimos bancos y agachó la cabeza, mientras que el doctor prefirió quedarse al lado de la puerta de entrada, y ahí, mientras pensaba que también Giulet podría estar un día junto a ellas, esperó que el oficio religioso terminara para las no más de diez feligresas presentes.

El cura, luego de augurar paz y concordia, se había retirado, y la única anciana que aún permanecía se levantó con dificultad de su asiento, se persignó otra vez y se dirigió al costado de la nave, hacia un altar repleto de velas ardientes que rodeaban una teca de madera y vidrio. También el doctor y su ayudante se dirigían hacia ese lugar, mirando cada tanto en las paredes las representaciones de la pasión del Cristo; el juicio, la condena, los azotes, la coronación con espinas, los escarnios, la caída, la crucifixión. La anciana rezaba mientras encendía una nueva vela, y como no lograba encontrar un lugar libre, Espeche le susurró amablemente que lo haría él por ella, que tenía el brazo más largo y no se quemaría con las otras velas. La anciana lo miró con sus ojos velados llenos de lágrimas, y tomándolo de la mano lo apartó unos metros. Aguirre mientras tanto, teniendo cuidado de no exponer su corbata al fuego de las velas, esforzó la vista para observar ese tubo de vidrio dentro de la teca, con unos huesos y un pedazo de piel, todavía con el pelo… ¡rojizo!

En esos momentos el cura, ya sin los paramentos sacerdotales, se acercó con su rostro redondo, afable y tímido, como si tuviera temor de molestar. Ya sabía quién era el doctor y cuál su misión, y antes que Aguirre demostrara su curiosidad por esas reliquias, don Suarez, el cura, le dio a entender que esas muestras de fe popular, contra su voluntad, las tuvo que permitir para que fueran expuestas a la adoración.

—Nuestra santa madre iglesia tarda tanto en aceptar nuevos santos, pero un día estos restos serán canonizados, porque ya han producido un milagro. Sucederá lo mismo que con la aceptación del culto de la santísima Virgen María, que tardó cientos de años para ser reconocido. Rezo por usted y por el éxito de su misión. La concordia en este pueblo debe volver a reinar. Además de escuchar a Ruiz Alcoza, hable con estas personas –y le entregó un papel escrito. No todos son tan rígidos como Ruiz Alcoza; quieren vivir en paz, olvidar, pero sucede que ese hombre tiene una personalidad... casi diabólica, magnética, y no creo que esté bien de la... –y se indicó la cabeza.


Luego que don Suarez se fue, Aguirre tuvo que esperar que Espeche terminara de hablar con la anciana. Ésta le aferraba el brazo mientras continuaba a decirle algo, con el rostro sufriente. Quería arrastrarlo a un lugar de sus recuerdos.  Espeche la escuchaba con atención y extrajo de su chaleco su libreta de apuntes para anotar algo que la anciana le dictaba. Después ella continuó a rezar de frente a las velas mientras Espeche, luego de agudizar la vista para ver también él las reliquias, alcanzó al doctor.

—¿Qué ha descubierto, Espeche? –preguntó curioso Aguirre.

—Si esta anciana no delira, creo que algo jodido. Me habló de un campo de flores amarillas, no muy lejos de acá, donde hay más de cien soldaditos masacrados y sin cristiana sepultura, enterrados así nomás, apenas cubiertos con tierra, sin que nadie haya rezado un padrenuestro. Yo le creo, porque en esta zona ni los milicos ni los guerrilleros andaban con miramientos. ¿Usted qué piensa hacer, doctor?

Aguirre no contestó inmediatamente porque recién ahora se daba cuenta del horror de aquellos años.

—Trataré de hablar con ese grupo. Por ahí consigo calmarlos un poco. ¿Y usted? –respondió Aguirre.

—Yo tendría que ir al peluquero, por la barba, pero me parece que antes me agencio una pala y me doy una vuelta por ese campo de flores amarillas. ¿Vio las reliquias, doctor?

—Sí, las vi –respondió Aguirre volviendo a pensar en ellas, pero no le contestó.

—¿Y...?

—Por los pocos pelos que vi, ese comandante era pelirrojo, pero la falange no es la de un ser humano.

Espeche lo miró, como con desconfianza.

—¿Está pensando en esos monos que vimos, doctor? –preguntó.

—Exactamente en ellos –respondió el doctor.


Ya afuera de la iglesia y observando los manifestantes, Aguirre tomó coraje y se dirigió hacia ese grupo que encabezaba Ruiz Alcoza. Mientras se acercaba, recordando que una misma situación como la que estaba por enfrentar había experimentado Espeche aquella vez, se preguntó qué improvisación podría inventarse para des-dra-ma-ti-zar, y sólo imaginarse en calzoncillos y medias y la dificultad de Espeche para pronunciar esa palabra, le arrancó una sonrisa. No se dio cuenta, pero también estaba improvisando con esos recuerdos. Cuando estuvo de frente a ellos, especialmente de Ruiz Alcoza, alzó su mano como para llamar la atención de los que estaban más alejados.

—Ustedes ya saben quién soy y qué es lo que vine a hacer –inició Aguirre e hizo un silencio, recorriendo con su mirada a todo ese grupo. Por una causa justa este pueblo inmoló a más de uno de sus jóvenes hijos idealistas, pero me pregunto si no es hora de olvidar el pasado...

—¡Sólo queremos que ese... arrogante sea castigado, nada más! Ha ofendido a toda la comunidad –lo interrumpió Ruiz Alcoza.

—No sé si lo saben, pero no hay reato de opinión. Este actual gobierno... democrático, tiene el deber de defender a cualquiera que sea perseguido por expresar su pensamiento...

—No es un pensamiento, doctor. Es un insulto, liso y llano –volvió a interrumpirlo Ruiz Alcoza.

Del grupo alguien gritó “dejalo hablar, Ruiz Alcoza”, y éste se giró para acallarlo, pero sintiendo a otros que pedían lo mismo esperó que el doctor continuara.

—Las autoridades tienen el deber de protegerlo –continuó el doctor    

—¿Nos está amenazando, doctor? –preguntó Ruiz Alcoza.

—No tergiverse mi discurso, Ruiz Alcoza. Sabe bien que tengo la obligación de proteger a Rivarola Méndez. Hablaré de nuevo con él tratando de convencerlo de que se aleje de este pueblo, pero…,

—¡Sí, trate de llevárselo! ¡Verá lo que le contesta! ¡Ese está de la cabeza! ―lo interrumpió Ruiz Alcoza.

―¡Pará un poco, Ruiz Alcoza! Dejá escuchar ―protestó otro.

―… no prometo nada. Mientras tanto consideren la gravedad de la situación. Atacar y obligar a las autoridades policiales a refugiarse en la comisaría puede dar lugar a reacciones imprevistas. Yo les aconsejaría que se disolviesen en paz con la promesa de que haré todo lo posible para resolver esta…

―Si usted tiene el deber de proteger a ese… hereje, nosotros tenemos el derecho de protestar hasta que se resuelva la situación. Y no seremos los primeros en romper la tranquilidad de nuestro pueblo, a no ser que ese loco lo haga antes. De acá no nos moveremos ―respondió Ruiz Alcoza mirando con desprecio a los suyos.


Aguirre, luego de hacer un cálculo veloz de cuántos eran, entró en la comisaría. Los guardias le abrieron el pequeño portón con movimientos tensos. Los gritos de “lléveselo”, “que se vaya”, se habían hecho cada vez más unánimes.

Rivarola Méndez lo esperaba en pie, excitado, en medio de su celda, sin zapatos, gritando con el puño izquierdo cerrado “la hora ha llegado, comandante Federico, por la liberación de las masas de la ignorancia, de las supercherías, la lucha continúa”.

Aguirre, viendo que era imposible hacerlo razonar abandonó la celda junto al comisario Ayala.

–¿Qué hacemos, doctor? –preguntó el comisario.

Aguirre había decidido llamar al ministro del interior y exponerle la situación con la esperanza de que este conociera alguna ley de emergencia, como para poder justificar el traslado por la fuerza de un ciudadano, pero antes preguntó al comisario si sabía si Rivarola Méndez tenía familiares.

–Está casado, o juntado, por lo que hemos podido averiguar. La mujer vive en el próximo pueblo, Los Manantiales. Es una doctora como él. Atiende un consultorio gratis. Me he comunicado con ella para tratar que de su parte lo convenciera, pero me di cuenta de que no le interesa para nada su esposo. Se desentendió completamente. ¿Quiere intentarlo usted, doctor?

Salieron por el portón de atrás de la comisaría, en una camioneta ruinosa y dura de volante, y luego de media hora de viaje llegaron hasta el consultorio, una casa con un pequeño y descuidado jardín en el ingreso, con gallinas que escarbaban y un perro que dormía en el umbral de la puerta que no se movió cuando Aguirre paso sobre él: abrió por un momento los ojos, lo miró y continuó a dormir. El vestíbulo había sido transformado en la sala de espera, y en ella una mujer con su bebé y un anciano de sombrero negro y chaqueta del mismo color esperaban. El comisario Ayala prefirió quedarse en la camioneta, y al preguntarle Aguirre el por qué, respondió que era mejor así, y agregó;

—Cuando vine la primera vez me recibió con disgusto. Es intratable como su marido. Estos idealistas comparten el mismo desprecio por todos aquellos que, por diversos motivos no necesitan su ayuda ni comparten sus creencias. Espero que usted tenga más suerte, doctor.

La doctora Eleonora García se asomó a la sala de espera en compañía de una señora con su hijo en brazos. Le repetía las dosis que debía suministrarle a ese bebé cuando notó la presencia de Aguirre, e inmediatamente tuvo un momento de indecisión, pero luego de pedirles un poco de paciencia a los dos pacientes que esperaban, hizo pasar al doctor.   

—¿Cómo está Luis Ignacio, doctor Aguirre? ¿Sigue soñando todavía con la victoria final? –preguntó la doctora Eleonora, sin mirarlo y ordenando los instrumentos que había apenas utilizado.

—Ese sueño irreal nos está creando graves problemas, doctora. Vine hasta aquí con la esperanza de que usted pudiera darnos una ayuda antes de que lo traslademos contra su voluntad a otro lugar.

—Haga lo que crea necesario, Aguirre. Usted mismo lo ha dicho con otras palabras: Luis Ignacio ha perdido el sentido de la realidad, y aunque no fuera así yo no movería un pelo para ayudarlo, a ambos; él está loco de remate, y no va a parar hasta que... ¡pobre! y usted... usted vino con ese comisario Ayala, ¿no es cierto?, con ese fascista que no tuvo inconvenientes de ponerse a las órdenes de los milicos. ¡Es un cobarde! Tuvo la desfachatez de presentarse para pedirme lo mismo que usted. Ojalá que esos... clericales fanáticos lo pasen por encima, y que lo remuevan de su puesto por inepto y lo manden bien lejos.

jueves

                                                            EL MEDIADOR 5

A Cerro Pelado llegaron al anochecer, con treinta y seis grados de calor. Aguirre se dirigió directamente al cuartel de la policía, una construcción que ocupaba toda una manzana. Un edificio pintado de blanco, de dos pisos a techo plano ocupaba una de las caras del cuadrado, mientras que las otras tres eran altos muros con alambre de púas en sus cimas y un portón en la fachada posterior, para el ingreso de los vehículos. La enorme puerta principal de madera y herrajes tenía sus dos batientes abiertos, pero el pasaje estaba custodiado por una reja del mismo tamaño y forma, medio metro más atrás, que a su vez contenía una pequeña puerta, por la cual solo podía pasar una persona a la vez, y detrás de ésta, a los costados, dos policías armados miraban, ya sin emoción alguna, a un grupo de cinco personas en la calle. Cuatro estaban sentados sobre el pavimento, el quinto, de barba, se paseaba fumando, mirando cada tanto el frente del edificio, que, en sus ventanas, tanto aquellas de la planta baja como las del primer piso, todas enrejadas, se notaban aún las señales del último disturbio: marcas del carbón de tizones arrojados contra la pared, manchas de diversos colores, vidrios rotos, y el residuo de hollín de dos principios de incendio en las paredes, a ambos lados del portón. Todavía se sentía el olor a nafta, a kerosene, a goma quemada. Un barril de metal cortado a la mitad, tiznado por el fuego que contuvo, y montones de neumáticos rodeaban a ese grupo, y detrás, apenas en pie, un cartel de tela con la escrita “Respeto por las reliquias de nuestro comandante Federico”.

Luego de presentar sus credenciales, Aguirre y Espeche fueron recibidos por el comisario Ayala, un hombre de estatura media, enjuto y seco. Daba la sensación de que trataba de dominar crispaciones nerviosas con su rigidez casi innatural, con un tic facial que consistía en estirar los tendones que partían del mentón hasta la base del cuello. Llevaba su pistola de ordenanza bien a la vista, con la tapa de seguridad de cuero desabrochada. La piel de su rostro era marrón claro, con ojeras oscuras, casi violetas, de alguien que no dormía últimamente o tal vez señales de una enfermedad agazapada. Detrás de él, en perfecto orden, apoyadas sobre la pared se veían lanza-gases y carabinas. Recién acababa de hablar con el ministro del interior, le dijo después de saludarlos; quería saber si habían llegado. Luego acomodó delante de él, sobre el escritorio, una pila de legajos.

El primero era de Luis Ignacio Rivarola Méndez, alias Néstor. El comisario leyó velozmente los datos personales y ralentizó cuando llegó a los folios donde constaba toda la supuesta actividad política en los tiempos de la dictadura. Se sospechaba que participó activamente en la columna “Patria y Libertad” que lideraba el comandante Federico. Aun sin pruebas fue detenido igualmente, pero junto con otros logró evadir en una famosa fuga organizada por tal comandante. Rivarola Méndez era ese que, en el medio de la plaza, el domingo pasado, luego de la misa, se puso a gritar que las reliquias guardadas en la iglesia no eran del comandante.  “Tuvimos que arrancarlo de las manos de quienes querían lincharlo. Ahora está protegido en una de nuestras celdas” –aclaró el comisario.

El segundo era el legajo del hombre delgado y con barba que Aguirre vio al entrar, Carlos Miguel Ruiz Alcoza. El comisario leyó los datos, luego su prontuario.

―También participó en la guerrilla, pero en otra columna; por esto último no creo que lo haya conocido al comandante Federico. Es un devoto religioso; digamos medio fanático. En definitiva, tenemos dos participantes acomunados por la misma ideología en tiempo de guerra, pero enfrentados en tiempos de paz.

―Y del comandante Federico, ¿hay algo? –preguntó Aguirre.

—Absolutamente nada –respondió el comisario apartando los legajos. Jamás lo vieron, excepto sus más allegados, que estarán todos muertos, supongo. Fue una matanza tremenda, de ambos bandos. Andaba siempre encapuchado cuando hablaba con alguien que no fuese de su columna. Al final lo acorralaron, estaba solo y por lo visto le explotó en las manos una bomba que pulverizó casi todo el cuerpo. Lo que se venera en la iglesia son unos pedazos de huesos y un poco de piel. Lo que Ruiz Alcoza, el que está ahí afuera logró recoger.

—Y ese Luis Ignacio Rivarola Méndez, el tal Néstor, ¿con qué argumentos sostiene que los restos no son del comandante Federico?

—Afirma de que está vivo, que lo vio después de la explosión.

—¿Y dónde lo vio?

—No lo quiere decir, pero para mí son todas invenciones suyas. No está bien de la cabeza. Todavía delira con continuar la lucha, con la victoria final, con la reforma agraria, con desfiles y otro montón de fantasías. ¿Por qué no se lo llevan a la capital? Acá continuará a hacer quilombo. Al otro, ese Ruiz Alcoza, grupos religiosos lo siguen como si fuera un profeta. Para colmo unos meses atrás un hombre que ya lo daban por muerto se curó inexplicablemente, y ya se puede imaginar en quién individuaron al autor del milagro: en el comandante Federico. Este pueblito, además de ser muy católico, se siente orgulloso de haber dado tantos hijos por la resistencia, pero la mayoría quiere olvidar el pasado. Reconocen que hubo demasiados muertos, pero ese Ruiz Alcoza... es un obstáculo.

—¿Ha tratado de convencer a Ruiz Alcoza de la inestabilidad síquica de ese Rivarola Méndez alias Néstor, comisario?

—¡Claro que sí! Pero sólo quieren verlo castigado, entre rejas, y yo no puedo detener a uno por el solo hecho de ponerse a gritar en medio de la plaza.

—Lo entiendo comisario –contestó Aguirre, y se dio cuenta de que estaba agotado por el viaje. Ya es tarde comisario, pero antes de ir a descansar quisiera darle una ojeada a ese Néstor –agregó Aguirre mientras miraba a Espeche que se había acercado a la ventana y miraba la calle. ¿Siguen ahí, Espeche?

—Sí, doctor. Firmes como enanos de jardín.



Rivarola Méndez, alias Néstor, estaba dentro de una de las primeras celdas de un largo corredor. Un policía que se aburría de hacer la guardia se levantó de su silla para saludarlos. La puerta estaba abierta y un olor a trapos húmedos y orín fue lo primero que sintió Aguirre.  El custodiado leía sobre un catre, en calcetines. Al verlos, su rostro, hasta ese momento concentrando en la lectura del libro que tenía entre sus manos, cambió de expresión, como de espera gratificada. Se levantó, y ya en pie, con el puño izquierdo cerrado exclamó;

—¡Venceremos comandante! –mirando al doctor, como si este fuese ese fantasmagórico comandante y luego, menos eufórico agregó: ¡Finalmente civiles! Seguramente vienen de la capital, llenos de ideas libertarias. Lamentablemente también por ustedes hemos luchado, por burgueses satisfechos, ambiguos y sin solidaridad, que participaban de la lucha a través de la televisión, entre una telenovela y otra.

Aguirre y el comisario se miraron.

Era un hombre delgado y alto, con el pelo y la barba revuelta, de ojos negros y brillantes hundidos en su rostro huesudo. El pantalón y la camisa eran holgados, como si hubiera adelgazado demasiado últimamente.

—Buenas noches, Rivarola Méndez. ¿Cómo está? –preguntó el doctor observando los sucios muros grises de la celda.

—¡Mejor que nunca!  A la espera del comandante, y cuando llegue le demostraremos a todos esos chupa cirios de este pueblo que lo que veneran no son sus huesos.

—Y según usted, ¿de quiénes serían? –preguntó Aguirre.

—Yo soy médico cirujano, y le puedo asegurar que esos huesos, aún si son pocos, no son de hombre. Serán de algún animal que se le parezca. Si tiene un poco de cultura general se dará cuenta usted mismo. Vaya a verlos... si lo dejan entrar –contestó Rivarola Méndez resoplando, y luego riendo preguntó, ¿Todavía están ahí afuera esos fanáticos, comisario? –y recibiendo la confirmación añadió, Bueno, yo no puedo continuar a estar aquí. Hay que armar la defensa, aleccionar los cuadros.  

—Sería conveniente que se quedara acá por un tiempo. Hasta que se calmen las cosas –aconsejó Aguirre. Ya encontraremos una solución.

—¡Soluciones! ¡Soluciones! No hay soluciones posibles porque todo es una lucha continua. La lucha es el fin y principio de todas las soluciones, la vida misma es una lucha despiadada –respondió golpeando un puño contra la palma de su mano, con el rostro enajenado, y volvió a tirarse sobre el catre, continuando a leer su libro sobre tácticas guerrilleras.



Antes de atravesar la pequeña puerta de rejas para abandonar el edificio, Aguirre le confesó al comisario Ayala el temor de que Rivarola Méndez escapara.

—No puedo tenerlo bajo llave. Será un desequilibrado, pero conoce sus derechos. Ya ha venido un abogado a hablar con él. Están todos locos de remate. Tanto éste como ese otro que está ahí afuera.

—Los tiros y los muertos siempre dejan secuelas, comisario. Ahora yo y mi ayudante nos vamos a descansar. El viaje ha sido largo. Mañana iré a hablar con los otros.

Cuando estuvieron en la vereda, Aguirre observó a Ruiz Alcoza. Estaba por dirigirle la palabra, pero viendo que el otro lo miraba desafiante decidió continuar hacia el hotel donde se hospedarían. Este era el segundo día desde el inicio de los disturbios, y tal vez mañana sería más accesible, pero inesperadamente Ruiz Alcoza lo interrogó;

—¿Quiere hablar con nosotros, doctor Aguirre?

Este se sorprendió al oír su apellido que suponía imposible que lo conocieran, pero no hizo ninguna observación sobre esa revelación. El pueblo era chico. Se acercó hacia él mientras sus compañeros se ponían en pie.

—No le parece que todo esto es excesivo, señor Ruiz Alcoza.

—Excesivo es que se ofenda una reliquia sagrada. Ya ha hecho un milagro y no permitiremos que ese... fanático la insulte. Tiene que tener su castigo, e ir a la cárcel.

—No es punible el reato de opinión –contestó Aguirre.

—Entonces no nos iremos de aquí hasta que... no pida perdón, sinceramente, de rodillas, delante de las reliquias.

Aguirre lo miro desconcertado.

—¡Pero usted se da cuenta de lo que está pidiendo! –preguntó.

—¡Claro que sabemos lo que estamos exigiendo!: respeto –replicó fiero Ruiz Alcoza.

Aguirre estaba desorientado y comenzó a temer que la situación se le fuera de las manos. Dos exaltados intratables. Se despidió asegurándolo de que trataría de resolver la situación.





—¿Qué piensa hacer, doctor? –preguntó Espeche entrando en la pensión.

—No lo sé, Espeche, no lo sé. Mañana trataré de hablar con otros. Quizás encuentre alguien más razonable. Yo conté diez policías dentro. Son pocos. Si las cosas empeoran habrá que pedir refuerzos. ¿Usted qué haría?

Espeche pensó un momento.

—Yo mañana iría a misa.

—¿A misa? –preguntó asombrado Aguirre.

—Y sí. Así podemos ver esos huesos. ¿Y quién le dice que por ahí no nos den una mano?

Aguirre continuó a pensar en Espeche y sus salidas inesperadas. Ya le había ido bien una de esas, cuando se desnudó de frente a aquellos manifestantes, pero esperar que esas reliquias los ayudasen era una eventualidad que no podía considerar.

lunes

                                                        EL MEDIADOR 4 

Espeche hacía changas de albañil, plomero y carpintero. Vivía con su mujer, cuatro hijos adolescentes y su suegra, en una humilde casa que había levantado con sus propias manos, en un barrio con las calles todavía sin asfaltar. Cuando Aguirre llegó estaba terminando de instalar el agua corriente, que antes tenían que transportarla desde una bomba a la intemperie. Espeche, al descubrirlo parado detrás del portón de alambre, tuvo un momento de incredulidad, ya que se había convencido de que no lo vería nunca más. Arrojó el balde con cemento hacia un costado y lo saludó con un apretón de manos que le hizo crujir los huesos, junto a un larguísimo “¡doctoooor! ¿Usted por acá? ¡Qué sorpresa!” Su emoción era sincera. Lo miraba sonriendo mientras se lavaba las manos y se las secaba en los pantalones. Lo invitó a entrar a su casa, donde hablaron a solas, tomando café en la cocina. Aguirre todavía recordaba cuando casi desnudo enfrentó a la multitud, y también de que jamás tuvo la oportunidad de preguntarle qué le había pasado por la cabeza cuando lo hizo. Ahora podía hacerlo.

—¿No lo considera que fue un acto de insensatez que le salió bien? –preguntó Aguirre.

Espeche sonrió antes de beber otro sorbo de café.

—¿Sabe en quién pensaba unos segundos antes de ponerme en pelotas? –preguntó Espeche.

—No tengo la menor idea. ¿En lo que le podía suceder, en el cuerpo de policía, en su país, en sus hijos, su esposa? –trató de adivinar Aguirre.

—No. En usted.

—¡¿En mí?!

—Bueno, no en usted propiamente dicho, sino en una de las charlas al margen de las clases que nos daba. ¿Se acuerda que una vez dijo que, en cualquier situación jodida, así sea en el trabajo, en el hogar, o en cualquier otro lado, cuando ya hemos agotado todos nuestros recursos lógicos para tratar de solucionarla, no nos convenzamos pasivamente de que no queda nada por hacer y abandonarnos a esperar...  en pelotas el desastre?

Aguirre trató de hacer memoria.

―Espere, no se esfuerce en recordar. Se lo digo yo, y estoy seguro de que son las mismas palabras que salieron de su boca a pesar del tiempo transcurrido… “siempre hay otra solución, la última, la que yo no puedo enseñárselas porque está dentro de ustedes: improvisar, señores. En esta vida todos somos actores rejuntados al azar, y de consecuencia no hay uno que no sepa declamar, aún con el silencio. Improvisar, señores, para... des-tra-mi-ti-zar... des-ma...

—Desdramatizar –intervino Aguirre.

—Sí. Eso. Y bueno, la situación era jodida. Le digo que sí, que usted tenía razón, pero me di cuenta de que para improvisar y des-dra-matizar no queda otra que ser insensato. No sé de dónde me salió desnudarme de frente a esa multitud, pero gracias a Dios dio resultado. Se quedó unos instantes en silencio, observando al doctor, y luego, como en confidencia, agregó, ¿Sabe que a veces trato de improvisar, acá, en mi casa, cuando discutimos con mi señora? Es tan testaruda como yo, y a veces me saca de las casillas, entonces, al final me meto a improvisar, para aflojar un poco la tensión, ya que de otra manera tendría que… y no se me ocurre otra cosa que hacer monerías, para des-dra..., bueno eso, y consigo traer la calma, pero lo más lindo es que ella no me entiende al verme hacer esos gestos, y me pregunta muy seria si estoy bien. ¿A usted le parece?

Aguirre a duras penas pudo contener una carcajada. Continuó a mirarlo mientras bebía su café humeante, pensando en lo que recién le había confesado, recordándolo siete años atrás cuando le preguntó con arrogancia por qué en vez de educar a los policías no educaba a esos revoltosos. Se asombró que alguien como ese policía tosco, casi iletrado, hubiera podido poner en práctica un consejo, que después de todo era pura retórica, dirigido más que nada a idealistas, sin embargo, lo había hecho, como también pedir la baja viendo la prepotencia con la cual esos milicos pretendieron mandar en un lugar que no era de ellos. Su relación con él había sido profesional, pero ahora se daba cuenta de que era un policía noble, no contaminado, puro... no como él, casi como Giulet.

Aguirre le explicó el por qué de su visita, y cuando de pasada mencionó esa supuesta reliquia que dio origen a los desórdenes en Cerro Pelado, Espeche se levantó, fue hasta el aparador y volvió con una cajita de madera con una tapa de vidrio. Dentro había un pedazo de tela sucia.

—Tiempo atrás tuve a mi segundo hijo muy enfermo –inició Espeche, de pie, mirando su cajita. Los doctores no sabían que tenía. No daban pie con bola, entonces un día me fui hacia el norte, en donde está el cuerpo aún incorrupto de San Severino, un santo hombre que la iglesia todavía no reconoce, o no quiere reconocer. Ya ahí, sin que nadie se diera cuenta arranqué un pedacito de su vestido, y me lo traje, prometiéndole que si sanaba a mi hijo cada año volvería en procesión, a pie. Y ahí anda mi hijo, sano y fuerte. No me olvido de mi promesa, y todos los años voy con mi familia, incluida mi suegra. Bueno –continuó luego de reponer la cajita en su lugar, ¿Cuándo salimos para Cerro Pelado?

—¿Cree que nosotros dos bastaremos? ¿No sería conveniente llevar a otros? –preguntó Aguirre, tomado de sorpresa por tan espontánea decisión.

—¿Para qué más? Si esas reliquias son verdaderas, junto a la de San Severino serían dos santos que nos ayudarían... y si las cosas se ponen mal... bueno, improvisamos y des-dra... Bueno, alguna insensatez se nos ocurrirá.

En esos momentos la esposa de Espeche volvía cargada con dos bolsas del supermercado acompañada de su hija menor, una morochita delgadísima, molesta por tener que arrastrar su carrito.

—No se preocupe por lo que dirá mi esposa. Está más tranquila desde que abandoné la policía y cree que nunca más volveré a serlo. Vivía con el corazón en la boca cada vez que me iba a trabajar. No le haga caso –lo previno Espeche, y la llamó con su apellido.

—¡Doña Eliziaga! Venga un momentito que le presento al doctor Aguirre –gritó mientras le guiñaba un ojo al doctor.

Era robusta, un poco más alta que su marido, de cabello renegrido como sus ojos, de piel blanquísima y rostro casi redondo. Era una mujer jovial, pero lo saludó muy seria, sin esconder su desconfianza, imaginando que ese doctor, del que tanto hablaba su marido, no había venido sólo para saludarlo. Luego de presentarse miró a su marido.

—Estamos bien con los trabajos que hacés. No nos falta nada nada, y hasta creo que ganás más. No es necesario que vuelvas a la policía –le dijo muy seria.

—Y usted, ¿cómo sabe que el doctor vino para reintegrarme a los cuadros? –respondió Espeche, siempre sonriendo.

—¿Y qué otra cosa puede hacer acá?, y me disculpe doctor la franqueza, pero sucede que tengo miedo que un día me lo traigan dentro de un... 

—¡Bueno, basta, pájaro de mal agüero! Me prepare ropa interior y una camisa que estamos saliendo –y añadió transformando su rostro ceñudo en una súplica. Por favor doña Eliziaga.

—¡Si!... ¡Pájaro de mal agüero! –contestó su esposa fingiendo desprecio. ¿Y adónde van que tenés que llevar ropa para cambiarte? –preguntó ella, y comprobando que no contestarían le pidió a su marido que se cuidase, y luego, dirigiéndose al doctor;

—Me lo cuide doctor. Que no cometa insensateces. Están todos de la cabeza en este país. No hay ni una persona sensata. Ni en la televisión.



Ya dentro del edificio central de la policía, adonde fueron para regularizar la reincorporación de Espeche antes de partir, éste decidió de ir a saludar a sus antiguos camaradas. El doctor Aguirre lo acompañó, más que nada por la curiosidad de volver a ver aquel grupo de policías con los cuales había compartido horas de estudio. Recordó que los escuchaba y trataba de hacerse una idea de qué grado de cultura tenían. Los resultados al inicio fueron desalentadores, pero se sintió satisfecho al lograr imponer, no sin resistencias explícitas o veladas, que a veces parecía que llegarían a la agresión física a su persona, de que no bebieran en horas de servicio. Para ese fin el carisma y autoridad de Espeche fue determinante, pero su mayor alegría fue, después del primer año, sentir recitar de memoria los elementales derechos de incolumidad física y asistencia legal de los detenidos.

En la cafetería en la cual entró Espeche había una veintena de sus ex colegas, pero sólo tres se levantaron y fueron al encuentro de su antiguo jefe. Aguirre, mientras tanto, se dirigió a la vieja sala donde daba las clases, a pocos metros de la cafetería, y sin entrar observó las cajas y trastos en desuso que cubrían todo el espacio. De las butacas, su escritorio y el pizarrón no había ni rastros.

Sintió a Espeche a sus espaldas decirle que había terminado de saludar y juntos fueron a ver al capitán Ortega, quien al ver a Espeche exclamó “¡Sabía que lo conseguiría, doctor!

Cuando abandonaron el edificio, ya dentro del auto, el doctor le hizo notar que solamente tres ex colegas se levantaron para saludarlo, no así los otros.

—¿Esos otros son nuevos, y por eso no lo saludaron? –preguntó Aguirre.

—No. Son los mismos de cuando estaba yo. ¿No se los recuerda? Los que me saludaron son los únicos tres que no se metieron en nada durante la intervención militar. Los comprendo. ¡Pobres! Me imagino todas las presiones y burlas que habrán tenido que soportar de los otros. Es difícil ser honesto cuando está todo podrido, doctor.  



Durante el viaje hacia Cerro Pelado, Espeche lo puso al corriente de lo sucedido durante esos cinco años en la policía.

—El viejo comisario general Ruiz no se suicidó doctor. Fue una burda escena la que armaron con ese muerto. ¿A usted le parece que ese viejo rezongón de Ruiz decidió suicidarse, así, de un día para otro?  ¡Pero si tenía dos huevos grandes como de avestruz!, y quien los tiene no piensa jamás en el suicidio, y era más honesto que nuestro Señor Jesucristo. Lo frecuenté durante todo el tiempo. Estaba por presentar una denuncia... ¡qué ingenuo! Se lo pedí encarecidamente que no lo hiciera. Los milicos metían presos a sospechosos, parientes, conocidos de estos y vendían todas sus propiedades cuando sabían que iban al matadero. Cuando vuelva a sus funciones, doctor, tendrá que tener cuidado. Hay más de uno de mis colegas que está metido hasta la coronilla. Está todo podrido, doctor, y será difícil enderezarlos. Están todos de la cabeza.

Hacía un calor insoportable dentro del auto. No tenía aire acondicionado y Aguirre sudaba.

—¿No tiene calor, Espeche? –preguntó.

—Sí. Hace calor, pero no me molesta. Además, no sudo ¿se dio cuenta?

—Por eso se lo pregunté.

—Jamás sudé... No. No es cierto. Sudé una vez... ¿Y sabe cuándo?, cuando me puse en pelotas frente a aquella manifestación. Me estaba cagando de miedo.



Aguirre le contó a medias lo que había hecho durante los años de inactividad. Su viaje al viejo mundo, sus mujeres y sus museos. De su pasión por el juego ni una palabra. Espeche le preguntó cómo era ese viejo continente, cómo era su gente, cuál la diferencia con la República Amerindia, y Aguirre le dijo que la gente era igual a la de acá, con otros colores, que el militar hacía rato que no se metían en la cosa pública, que no había tantos espacios libres, y que la diferencia más notable eran sus casas, sus palacios, sus monumentos. Todos viejos, eso sí. Viejísimos. Y muchísimos.

—¿Todos viejos? –preguntó asombrado Espeche. ¿Y de cuántos años?

—¡Tantos!  –respondió Aguirre. De más de cien. Hay algunos que tienen miles de años.

—¡Miles de años! Se estarán cayendo a pedazos –observó Espeche.

—¡No! Ni en sueño. Se gastan millones para tenerlos en pie.

—Pero si tienen poco espacio y esas casas son tantas, ¿Por qué no las tiran abajo y hacen nuevas?

—¡La memoria, Espeche! ¡La memoria!

Continuaron a hablar y sin darse cuenta dejaron la planicie que los había absorbido, comenzando a introducirse en una selva subtropical. La atravesaban a velocidad sostenida, observando esa mole verde y húmeda que se alzaba a sus costados.  Tuvieron que aminorar la marcha porque habían llegado a un pequeño poblado, al costado del camino, en un inmenso claro obtenido a fuerza de derribar árboles. El tránsito de carros y animales había llegado a su punto máximo. Grupos de niños desnudos chapoteaban en charcos transparentes, donde los tallos y las hojas sumergidas eran más verde y nítidas que nunca, mujeres con críos a sus espaldas y haces de leña diminuta en equilibrio sobre sus cabezas. Ancianos descalzos, con chalecos y sombreros negros de ala corta, inmóviles, mirando al borde del camino, asombrados de cómo pasaba el auto. Los carros volvían a sus hogares, con el resto de frutas y peces que no habían sido vendidos.

—Por acá cerca estará el pueblo donde nacieron mis abuelos –comentó Espeche, siguiendo con la mirada un carro y su cansino conductor que dejaban atrás.

—Me pareció entender que provenían de un pueblo al pie de la cordillera –respondió Aguirre confundido.

—No. Esos eran mis abuelos maternos. Los paternos son de por aquí.

Espeche, que no cesaba de mirar hacia todos lados, como si lo que observara lo había visto antes, le preguntó si sabía cómo se decía en su lengua “carro”, y como Aguirre no lo sabía, dijo un vocablo impronunciable para el doctor. Luego, sin pausa, comenzó a traducir pibe, hombre, mujer, agua, camino, montaña, árbol, bosque. Luego los verbos y sus declinaciones.

—Por lo visto no ha olvidado la lengua de sus antepasados –exclamó Aguirre asombrado.

—La memoria doctor. Nuestra memoria. Yo todavía la hablo, pero mis hijos apenas si conocen dos o tres palabras. Lamentablemente desaparecerá como todas las cosas que nunca se creyeron mejores que otras.

Después de ese claro habitado, volvieron a introducirse en una selva tupida y húmeda. Aminoraron la marcha porque el estrecho asfalto comenzaba a presentar baches imprevistos, y cada tanto, en hondonadas, debían cruzar a paso de hombre las aguas de algún torrente cercano que desbordando inundaba la ruta. Sobre ellos era una volar continuo de aves coloridas y graznantes que pasaban de la derecha hacia la izquierda, igual que los pequeños y veloces animales que cruzaban la carretera, como si huyesen, o alguien los llamase, o abandonaran un lugar ya no seguro.  Espeche se los indicaba con sus nombres en su lengua. De repente se vieron envueltos dentro de una nube de insectos que prácticamente cubrió todo el parabrisas. Aguirre quiso detener la marcha para descender, pero su compañero le aconsejó que continuara todavía, aún si no se veía nada, lentamente, porque esos insectos seguramente se abalanzarían sobre él si salía del vehículo. Cuando finalmente frenó y descendió, tuvo que recurrir a un trapo húmedo para limpiar esa masa viscosa. Estaba por subir para continuar la marcha cuando unos alaridos llamaron su atención. A no más de cincuenta metros un grupo de monos pelirrojos atravesó la ruta sin ningún apuro. Las hembras cargaban en sus lomos a sus cachorros, y algunos de estos últimos, ya más grandes y rebeldes, trataban de huir del cuidado de sus madres, mientras que los machos más jóvenes cerraban la columna. El jefe, con el pelaje desteñido por la vejez, pero aún robusto y autoritario, se sentó a mirar a Aguirre, en medio de la ruta, mientras que cada tanto controlaba el paso de su gente. Cuando el último rebelde, perseguido por su madre hubo cruzado, se levantó y tranquilamente desapareció en el bosque.

—¡Pero… esos son chimpancés! –exclamó atónito Aguirre. ¿Los ha visto usted también, Espeche?  

—¿Qué son doctor? –preguntó Espeche sin el estupor de Aguirre.

—¡Chimpancés! –repitió éste. ¡Es imposible que los haya en estas latitudes! ¿Cómo habrán llegado?

—Ah –respondió Espeche. Nunca los había visto antes, pero que los hay, los hay.

Aguirre se alejó del auto rascándose la cabeza, tratando de volver a verlos. Se detuvo en el punto en donde habían desaparecido y esperó un carro que se acercaba en sentido contrario. Lo detuvo y le preguntó al conductor de dónde habían salido esos “chimpancés”, pero el anciano que conducía, también con chaleco y sombrero negro, no le entendía. Se acercó Espeche y en su idioma le repitió la pregunta. El anciano respondió que así no se llamaban, le dio el nombre exacto, en su lengua por supuesto, impronunciable para el doctor, y les contó que, de una pareja de ellos, tantos años atrás, habían aparecido todos esos descendientes.

—¡Pero!, ¿de dónde salieron? –preguntó todavía incrédulo Aguirre.

Espeche tradujo y cuando supo la respuesta se largó a reír.

—¿Qué dijo? ¿De dónde salieron? –insistió el doctor.

—¡De la selva! ¡De dónde quiere que salgan! –respondió Espeche y rio nuevamente.

Volvieron a ponerse en marcha, siempre lentamente porque los baches se sucedían. Aguirre continuó a referirse a esos animales, afirmando que no podían ser autóctonos, que su hábitat natural era en un otro continente. Espeche le preguntó dónde estaba ese otro continente; el doctor, luego de orientarse de acuerdo al Sol señaló con su mano derecha extendida, informándolo de las horas de vuelo que eran necesarias para llegar. Espeche entonces le dijo que si era así como decía el doctor, probablemente se habrían escapado de un circo. Él, de pibe, se acordaba todavía de toda esa gente extraña que llegaba cada tanto con camiones y carpas, y que no miraban a la gente del pueblo como aquellos que venían de la capital. No, todo lo contrario. Le daban del usted a todos, hasta a los gurises, los saludaban con reverencias inclinándose, les señalaban la butaca donde tenían que sentarse con ampulosos gestos. Parecían grandes señores, o como reyes, muy educados. Siempre preguntaban si alguno de nosotros quería unírseles. Más de uno se fue con ellos.

―Me acuerdo que Ambrosio, un muchacho algo más grande que yo, el cantor del pueblo, había decidido juntarse a ellos. Y se dio la casualidad de que uno de los actores de un pequeño drama que representaban, se enfermó. Él se propuso inmediatamente, y luego que le enseñaron rápido la parte, tuvo que reemplazarlo. El papel era chiquito, el de un policía taimado. Lo único que tenía que hacer era dar cuatro pasos y matar por la espalda, con su bayoneta, a un gaucho rebelde que, escapando, intentaba saltar una pared. ¿Y sabe lo que hizo aquel tarambana cuando luego de arrancar con su arma tropezó y se cayó de bruces? ¡Se levantó y se puso a sacudirse el polvo de la ropa! ¡Cómo si nada! ¡Mientras el gaucho rebelde no sabía qué hacer en tanto esperaba la muerte! ¡Alzaba una pata para cruzar una pared bajita y la volvía a poner en su lugar! ¡Después probaba con la otra mientras miraba para atrás, para ver cuánto le faltaba a su asesino! ¡Cómo nos reímos aquella vez! ¡Le gritábamos, tenés que matarlo, Ambrosio! ¡No limpiarte los pantalones! Aguirre rio de buena gana por un buen rato. Después volvieron a quedarse en silencio, observando como esa selva subtropical, de a poco, se transformaba otra vez en una planicie que les dejaba entrever un cerro que era verdaderamente un cerro pelado. “Parece la cabeza calva de un fraile franciscano, de esos que se rapan sólo la parte de arriba”, observó divertido el doctor.   

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