Su estación de origen fue el paraíso, alfoz de la miseria; y la de llegada, el rechazo.
Allí residió, en el suburbio del exilio y la añoranza, durante largos años. Sus vecinos más próximos en aquellos tiempos fueron la escasez y la esperanza.
Cuando consiguió un billete de vuelta, sus cabellos eran hebras de plata.
Recorrió el trayecto en sentido inverso y se instaló en el barrio del desarraigo y la nostalgia.
Vivió acariciando el recuerdo de los que no volvieron, hasta que su corazón, seducido por la fatiga, tuvo un descuido y se olvidó de latir.
