lunes

Mariana y mis silencios.

***

Antes de la A, de la B, todo un mar de palabras se agolpan en mi mente. Me miro en el reflejo de la pantalla y te veo a ti en mis ojos.
Tú siempre en mis ojos.
Todo el tiempo.
Tú también en aquella tarde combativa. La de los cráneos rotos con macanas que sólo saben de sudores y de chichones. Tú con tu flaca mano siempre asida a la mía, con la esperanza de encontrarnos siempre, en la misma celda, tras la misma vejación a nuestra dignidad; y quizá: hasta en nuestra misma tumba clandestina colectiva.
Tú, siempre tú: al lado o al frente mío.
Tú que en la sangre llevas semilla de disidencia digna y de rebeldía militante.

Antes de prender el primer pensamiento vienes tú; y la tarde se vuelve tan serena...
Y cuando vienes me da miedo que acompañe a tu recuerdo una tarde nublada o lluviosa, porque entonces, el mundo se me hace Edén, y me escapo en ese globo meteorológico que muchos confunden con platillo volador a la distancia.
Me escapo volando en la escoba que barre, recogiendo todos nuestros recuerdos, y te miro verme con esos ojos que huelen a verano en el mediterráneo: tibio y amoroso.
Se me hace sequía cualquier taza te café, y las hojas de papel se marchitan esperando a que algunas vocal se aposente por fin en el relato.
Mi temor se hace realidad: la tarde toda se vuelve caramelo y las palabras sobran para decir te quiero, y en verdad que sobran, porque tantos momentos juntos acumulan todo lo que se promete o se jura en el te quiero.

Yo me quedo callado de los dedos y de la boca.
La tarde se me nubla, se me hace río de cánticos encantados por el embrujo de tu presencia en mi mente. Y me miro ahora viéndome en el espejo sobre iluminado del escenario que me incuba, mientras los ojos y los oídos inquietos ya me aguardan allá en el auditorio.
Me veo ahí con la camisa negra y las sienes con sus hilos plateados que tu mano enceró con tal ternura que quedaron parados.
Me miro ahí y mis ojos delatan mi retrato al espejo burlesco que me muestra más arrugas de las ya conocidas. Me miro ahí con la ceja caída después de tantas noches de desvelo, de repaso y repaso de los compases complicados de la Mazurca necia, que neciamente se incrusta en el programa. Me miro ahí y adivino lo que la gente piensa cuando me mira salir al telón de sus ojos y al cuenco del oído que me lleva a sus sentidos.
Ellos me piensan como el que repite al genio que en mis manos se repite; y yo me miro como el yo que conoce a Mariana, la que está allá atrás, más nerviosa que yo, deseando que estén presos todos los tenues ruidos, y que las musas, todas, estén juntas conmigo.
Yo me miro en sus manos sudadas por los nervios, y en su angustia que estalla minuto por minuto a cada acorde, a cada arpegio.

Y me miro yo también aquél día en la Sala de Espera, con las manos sudadas y los cabellos vueltos comúnmente jirones, mientras tu cuerpo pare su única y perfecta opera prima entre coros llorosos.

Me miro mientras la letra muere en la esperanza. Mientras cierro el circuito que corta la sesión no completada, mientras busco su cuerpo y la cubro de besos mientras lo deja todo como si fuera nada y se cubre de noche, de desnuda y deseada.

Me miro y mi mirada languidece. No me importan las sombras, ni las sirenas que se roban la calma, cualquier calma. Porque lo que se escribe en el alma es un canto que contiene nuestros silencios, en un sólo relato llamado silencio. Quizá porque el amor, para cantarse, no ha menester de tan inspiradas letras, como sí, de amorosos silencios.

1 comentario:

Céu de Buarque dijo...

Desde el título hasta el concierto, nudos y desenlaces que siento como propios. Tengo la sensación de haber estado parada, al fondo, entre lágrimas, uñas masticadas y un manojo de nervios... y saber que eso es parte de un mundo femenino muy valorado, es grato. Cuando el amor une dos vidas, cuánto más si une tres, el remolino de energías fluyen y afectan a todos por igual, y mientras sean controlados los circuitos, eso forma una familia, uff, qué palabra, familia!.
Un beso Mel, que estés feliz en este día ventoso,
C.

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