¿Te llenarán de miel,
tajo que atraviesas
desde de mis pies
a mi boca en espera?
Agua dulce: ven, humedece
el desierto de mujer
que, por tu naciente, vuela.
¿Dónde tu cauce que envuelve?
Ven y, en cada vuelta de la vida,
haz que sienta
la puntada que cicatriza,
el hilván que cierra.
Pues, ya no sé recordar
la palabra que lastima
y aquella que he de amar
para no morir de pena.