jueves

Cuento para dos niños indígenas y una luna llena.

Aquella tarde nos quedamos mirando la luna gigantesca que aparecía, apenas, sobre las copas de los árboles. Ambos pensamos que estaba ahí detrás del árbol de mango, y nos fuimos corriendo rumbo a sus pies para saludarla. No, no estaba ahí, se había movido. Ahora estaba sobre la copa del laurel, no era muy lejos. Corrimos tras ella para hacer un último intento de alcanzarla y darle un beso de luna a nuestras bocas. Los pies descalzos de Luvia eran veloces, cuando llegamos al laurel la luna ya se había movido.

-“Corramos rápido” -dijo Luvia, antes de que se vaya hacia el cielo-. Sus pasitos fueron patas de venado y tras ella, yo, temiendo perderla de vista entre las hierbas y las raíces salientes de las ceibas.

Llegamos tarde, la Luna ya se elevaba como globo de gas hacia los cielos.
Nunca nos vio. Jamás supo que íbamos tras ella.
Luvia estaba llorando: quería un beso de Luna.

Tomados de la mano volvimos rumbo al rancho.

Las sombras nos cerraron todos los caminos, todas las veredas.
La noche de la selva se pobló de ruidos, y nuestros pasos de niños se quedaron suspendidos entre un mundo en cacería de todo tipo de extravíos.

Me ganaron los llantos. La mirada de Luvia reflejaba preocupación por mí: me consolaba, me daba ánimos, me decía que no tuviera miedo que ella me llevaría a casa.

Le creí, porque ella parecía siempre saberlo todo: se sabia el camino al río que tomábamos todas las tardes para bañarnos en nuestra poza preferida.
Sabía llegar a todos lados por diferentes veredas, y siempre salía as donde quería. Parecía conocer a cada hoja del follaje, cada rayo de luz que se filtraba al seno de la selva.

Yo no tenía más que confiarme en Luvia para andar seguro por toda ella.

Esa noche, su voz de niña me devolvió la confianza.
Caminamos mucho rato librando "Los Capotes" que eran venenosos, los bejucos que enredan en sus tejidos sin orden, como cabello de mujer, las patas de los ciervos. Por entre La Beberecua, que se extiende en hinchazones, como si fueran piquetes de mil hormigas, por los pies descalzos. Y lejos del maraqueo de la cascabel que sin piedad atraviesa cualquier piel como su tuviera dagas venenosas en las quijadas.

Después de mucho andar sin llegar a ningún lado nos sentamos en un claro de la selva, juntos a unas peñas hirientes, partidas por el sol del ecuador. Recargamos la espalda sobre una de ellas, la que quedaba frente a la luna y la empezamos a ver con nostalgia. Me acordé de todos los cuentos que Tlelelhua, la hermana de Luvia, nos contaba de los encantamientos de la luna. A unos hombres se les aparecía desnuda en medio de la poza de agua azul de los Cenotes. A los niños se les aparecía como anciana dándoles dulces de requesón para irlos perdiendo por los bejucales.

Teníamos miedo.

Luvia empezó a cantar en tzotzil una canción de cuna. Entre sus brazos, yo, dormitaba a ratos.
Un par de cachorros de coyotes nos encontraron casi dormidos, se acercaron a nosotros y nos lamieron el cuerpo. Eran cachorros, no sabían que nosotros los humanos somos como dos coyotes: uno juguetón que todo acaricia y corretea y otro hambriento, cruel y maligno que todo atrapa y asesina. Por fortuna para ellos, esa noche nosotros, los humanos, no estábamos para alimentar maldades sino miedos.

Dormitábamos cuando la lengua fría de los cachorros nos despertó. Yo me desperté primero y pegué un grito; Luvia se despertó al sentir que me libraba de sus brazos.

Vio a los jóvenes coyotes y se alegró.

Los llamó como si conociera sus nombres: “Son nuestros Nahuales” –dijo-.
Los animalitos se acercaron y se echaron junto a nosotros acompañándonos y calentándonos mutuamente para pasar la noche.

***

Allá en el pueblo se había despertado la alarma.

-Los niños se perdieron -decía la gente.

Armados con linterna nos buscaron por todos los patios de la finca y no nos encontraron.
Se pensaron las peores cosas. Nadie se atrevía a internarse en la Selva por miedo a ser raptado por Juan No (el fantasma charro sin cabeza).
Tlelelhua empezó a llorar. Ella había visto a la luna bajar por entre los árboles para andar entre las hojas rascándose algún cachete. Los viejos querían mirar si al lado del Conejo se miraban dos niños, más no podían porque estaban medio ciegos.

Una nube negra cubrió el rostro de la luna y la gente empezó a llorar y a gritar.
Sacaron los troncos huecos y las conchas de mar para nos diéramos cuenta allá, en la panza de la Luna, que nos estaban buscando.

La mamá de Luvia, doña Nati, sugirió a mi madre que le preguntaran a don Laco, el curandero, a ver si veía algo entre el humo del copal.

Mi madre no creía en esas supersticiones pero la angustia y las faltas de respuestas a todas las búsquedas emprendidas la obligaron a aceptar.

El viejo curandero ya las estaba esperando.

Cuando entraron a su choza de techo de palmas y paredes de otate, él le habló a Nati en tzotzil.

-Ésta no es nuestra hermana -le dijo-.

Doña Naty le respondió que estaba angustiada:

-Se perdieron los niños, -lloró-.


-Lo sé -dijo el curandero-,

Echó petróleo sobre su anafre de barro, y luego que el carbón prendió y formó brasas, aventó en el centro cinco copales negros y dos blancos.
Los copales llenaron de un humo aromático la choza, al grado que era imposible ver y respirar.

Ambas mujeres salieron de la choza y esperaron afuera, frente a la única puerta, a que don Laco saliera a decirles que había visto.

Don laco nunca salió. Los copales terminaron de humear y la mujeres entraron para preguntarle al curandero que qué había visto.

No había nadie dentro.

Allá, en el claro de las peñas, oímos el aullido lastimero de un lobo fugando su llanto entre los vientos frescos de la noche.

Los bracitos de Luvia se estremecieron y me apretaron con más fuerza.

Los pequeños coyotes se incorporaron y empezaron a otear el viento, como si detectaran que algo se acercaba.

Luvia me despertó. Entre las sombras de la noche apareció la silueta de un hombre. Nos tomó de la mano y nos empezó a llevar entre las veredas secretas de la selva. Detrás venían los pequeños cachorros de coyote.

Llegamos junto al río.
La luna, preciosa, bañaba todos los confines del mundo nocturno. Las hojas de los árboles tenían destellos de plata. Los remansos del río batallando entre las piedras parecían bucles de ancianos; y las piedras, manzanas amarillo plata.

Allá, sobre las peñas del recodo del río, una pareja de coyotes llamó a sus cachorros, los que fueron alegres a su encuentro.

El hombre que nos guiaba los miró e hizo un gesto a manera de despedida.

Entre los árboles asomaban las sombras de los fantasmas viejos del monte: los dioses antiguos, los curanderos muertos, nos miraban.

Sentí miedo. Iba a llorar, pero la manita fuerte de Luvia presionó a la mía para darme valor.
La volteé a ver y sus enormes ojos morenos me dejaron ver los reflejos acariciantes de la luz de luna que bañaba de hermosura toda la noche.

Pasamos entre los tallos de los árboles. Entre los viejos fantasmas desdentados de la noche, y seguimos la vereda que Luvia había tomado tantas veces desde el río de regreso a las casas de la Finca.

Me volvió a apretar fuerte la mano para que la volteara a ver y me encontré con su rostro lleno de su sonrisa chimuela.

Los vecinos danzaban como poseídos alrededor de los teponaztles, bañados con el fluido dulce de las flautas de barro.
Una sombra humana se apareció ante los ojos de las dos mujeres. Traía a un pequeño en cada mano.

Eramos Luvia y Yo.

Doña Naty se deshacía en agradecimientos.
Tiró de las trenzas a Luvia, le subió el vestidito de algodón y le propinó varias nalgadas sonoras, regañándola en tzotzil.

Le dijo algo al curandero, luego, a manera de disculpa a mi madre.
Mi madre tomó de su bolsa el monedero y quiso darle unos billetes a don Laco.
El hombre los rechazó.
Doña Naty le dijo que el dinero era una ofensa.
Mañana -le dijo- le traeremos, manteca, maíz, arroz y frijol; alguna carne seca y petróleo. También una botella de aguardiente de caña: Un Comiteco. Con eso está bien.

El curandero ya se había metido a su choza, enredado entre los brazos de su hamaca, para darles a entender que ya debían salir de su casa.

Al día siguiente no dejaron salir a Luvia de su casa de palma, estaba castigada.

Yo fui a verla. Su madre estaba allá en el patio, junto al fogón de piedra y tepetate, cociendo el nixtamal para molerlo al metate al día siguiente y luego hacer las tortillas.

Acostaba boca abajo sobre un catre de lazo de ixtle, estaba Luvia; cuando me vio le brillaron los ojos. Me acerqué para hablarle en secreto, para que su madre no se diera cuenta que me había metido a la casa.

-“No me pegaron” -le dije-; Mi mamá me abrazó toda la mañana.
“Por la mañana le mandaron un costal de maíz, una carga de leña y varios sacos de frijol, arroz y azúcar a don Laco”.
“También varias botellas de aguardiente de caña, del Comiteco, y tres galones de petróleo diáfano”.

Luvia no me escuchaba. Se me quedaba viendo a la cara y me plantó un beso en la boca, como siempre lo hacía. Sentí el roce de sus dientes chimuelos casi cortar mi labio inferior.

Allá en el traspatio, su madre le daba vuelta al nixtamal con la paila de madera mientras cantaba un canto tzotzil para atraer la buena fortuna.

Luvia me mostró con su mirada, el chicote de membrillo que presidia la única estancia que era todo a la vez, recamara, cocina, comedor...

Luego me dijo: "Cúrame".

Le recorrí rumbo a la cabeza el vestido de una sola pieza con cuidado hasta quitárselo. Su cuerpecito quedó desnudo.
Desde la espalda hasta las piernas se notaban marcados, como líneas inflamadas y a veces abiertas, los verdugones.
Sobre sus nalguitas estaba la parte más lastimada.

Empecé a curarla pasando por sobre sus heridas la punta de mi dedo índice mojado con saliva.

Luvia se retorcía de dolor pero me decía que continuara.

Acompañé la rutina con un canto que Luvia me había enseñado, entre burlas, por mi mala pronunciación en lengua tzotzil. El canto hablaba de una boda en la selva bajo la luz de la luna. A la novia, la luna le había regalado un vestido con hilo de telaraña de color plateado, como el de la luz de la luna.

Su madre, seguía lidiando con el nixtamal y controlando el fuego del fogón de tepetate.
Luvia se quedó dormida sobre el catre. Mis manos continuaron dibujando, con la punta de su dedo índice bañado en saliva, el cuerpo lastimado de mi compañera de todos mis juegos y aventuras.

Tlelelhua Contó, hasta que fuimos ancianos, el cuento de los niños que devolvió la luna envueltos en una nube de algodón, montada por un lucero, mientras ella danzaba el baile que por muchos años sirvió para romper el encantamiento de la luna sobre los niños tsotsiles.
La luna no se volvió a robar a ningún niño tsotsil por la noche.

1 comentario:

Céu de Buarque dijo...

C. este viaje bajo la luna en medio de la selva es mágico, me quitaste el aliento, más que para chicos...es para todos. Todavía tengo las telas de araña plateadas cubriéndome...
Ya llegaste a la mitad del Puente, jajaja.
Besos..todos, que curen las nalgadas que te mereces por este cuento.
C.

No copie, use la imaginación...

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